13 años aprendiendo la paternidad – @Azofaifa516

Cartelería del dóndeestánlospadres

Ayer, 19 de Marzo, entró mi hija a felicitarme por el día del padre, recreando con sus 13 años, los juegos de las mañanas de domingo siendo una cría. Le encantaba que la atrapara mientras ella intentaba zafarse de mí, colándose con su flexibilidad por cualquier espacio que dejara mi cuerpo.

Nació un 25 de octubre, inaugurando el día. Lloré al verla, al ver la maravilla de la vida en ella y sentirla vinculada a mí.

Fui un padre tardío;  tenía ganas de ser  padre, pero que lejos estaba de saber entonces, lo mucho que iba a trastear mi mundo, mi orden de vida, tanto social como personalmente hablando.

Apenas un mes de vida y mi pareja ya me había llamado la atención en varias ocasiones: “Muchas ganas de ser papá pero ni te arrimas”. Y era cierto. Me sentía torpe cogiéndola y me dejaba llevar por la inercia de que era ella, su madre, quien estaba al tanto de sus necesidades.

Me costó caer la cuenta de que también era mi responsabilidad el cuidado, que mi pareja necesitaba también respirar, tener un mínimo espacio para ella, y que yo no estaba facilitando ni aportando nada. Y todo ello pese a mi convicción intelectual de ser un padre presente.

Tras varias discusiones y tensiones entré en la tarea de participar de forma activa en el cuidado y con ello abrir la caja de mis contradicciones.

Recuerdo que, cuando pasamos a su habitación a Alba (así se llama mi hija), con frecuencia me despertaba a media noche para ir al baño y al regresar a la cama, conforme intentaba acomodarme oía la voz de mi pareja preguntando: “¿has mirado a la cría?”. Sin responder me levantaba de nuevo soplando, pues mi inercia era regresar al sueño de inmediato.

Este episodio se iba repitiendo noche tras noche que me levantaba al baño, pues no había en mí una lógica de atención a la niña que me llevara de forma voluntaria a mirar cómo se encontraba.  Cada noche que pasaba me molestaba más la pregunta; me molestaba mi torpeza y mi falta de atención. Me costó una temporada interiorizar esa atención vincular al cuidado.

El siguiente tema fue gestionar la sensación de que perdía mis espacios y mis prioridades. Cada atención a la criatura conllevaba simultáneamente una sensación de estar relegando lo mío. Y me incomodaba. Pero como solemos hacer los hombres me lo llevaba adentro de forma callada, y cuando salía era de forma inadecuada, en un enfado egóico reclamando mi ombligo.

Esta lógica que tenemos los hombres de que lo nuestro es lo primero y lo principal se venía al traste a diario. Todo un aprendizaje incluir el cuidado de mi hija y el orden familiar como elementos principales de mi organización. Llegar a la conclusión interna de que el cuidado y la atención familiar era una prioridad para mí fue todo un proceso de transformación que ha cambiado mi forma de relacionarme en casa, en mi organización laboral, con mis amistades y mí tiempo de ocio. Descubrir que no sólo son mis necesidades, que la familia es un todo al que pertenezco, que las necesidades del resto de la familia son tan válidas y relevantes como las mías en todos los órdenes, ha dado un nuevo sentido y valor a mi forma de vivir y verme a mí mismo.

En favor he descubierto la empatía, la magia de los vínculos afectivos, el premio de la presencia, de la devolución de una mirada que siente acogida, segura en tu mirada. La felicidad de verla crecer en cada click cognitivo, en la superación de sus limitaciones; en el reforzamiento de su propia personalidad.

Y esto que digo, en absoluto es bucólico, ni idealista; ni está exento de dificultades, preocupaciones y quebraderos de cabeza. Ni siquiera te ofrece la garantía de ser un buen padre, ni que la devolución de l@s hij@s va ser la que pudiéramos esperar. No te quita las dudas de si tu proceder ha sido acertado, ni el dolor interno después de una regañina probablemente merecida. Pero te conecta de pleno al cariño, al cuidado, a la alegría de verte y sentirte a través de otr@s a los que amas. Y esto es de difícil descripción sino lo vives.

Me atrevo a decir que hoy miro a mi hija y sé quién es, que le gusta, qué necesita, que le preocupa, a qué aspira,….; pero lo mejor de todo es que ese recorrido me ha llevado a saber quién soy, a replantear mis valores, a sacarme de la mirada de mí mismo en el reflejo de una masculinidad aprendida que hoy, ya siento me es ajena.


Santiago Fernández Guillermón

Trabajador Social y terapeuta transpersonal. Nuevas masculinidades, subjetividad y relaciones de igualdad desde la perspectiva integral de género.

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