DUDO, LUEGO EXISTO

En las últimas semanas, en las que todas hemos asistido indignadas al sainete en que se ha convertido la política de nuestro país, han sido muchas las actitudes que me han preocupado sobremanera. Además de la incapacidad manifiesta de nuestros represen…

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YO NO TENGO PATRIA

Escribo estas líneas antes del domingo, por lo que cuando se publiquen habremos pasado ya la línea, simbólica al menos, que debería marcarnos el punto de partida de un proceso en el que podamos redefinir un sistema constitucional en el que todas y todos nos sintamos a gusto. Un «hogar de la ciudadanía» en el que cada cual pueda tener su habitación propia y en el que no falten esos espacios comunes donde gestionar lo común. Asumiendo que esos terrenos, como pasa en las mejores familias, siempre serán tensos y en ocasiones agridulces. Mi optimismo es en todo caso limitado, después de lo vivido en las últimas semanas, en los últimos meses, incluso en los últimos años. No sé si tenemos actores políticos a la altura del reto que tenemos planteado. Mucho me temo que sin un cambio de protagonistas será imposible rodar un guion distinto que nos muestre en la pantalla cómo todas y todos somos seres mestizos y viajeros, migrantes y buscadores, sujetas y sujetos que nos deberíamos definir más por el equipaje que por nuestras pertenencias. Algo que quizás veríamos con claridad si en este país no hubiéramos renunciado a la memoria.
Justamente por eso, porque yo siempre me he sentido como Gloria Anzaldúa en las fronteras –fronteras indecisas, gerundio queer–, me producen tanto rechazo y hasta miedo las patrias, las naciones, las banderas. Huyo como de la peste de todo lo que intenta absorberme en una identidad colectiva en la que es tan fácil perder la cordura en nombre de los sacrosantos vínculos colectivos. De ahí mi huida de las religiones, de los clubes que te marcan como si fueras una pieza de ganado, de las ideologías de partido que nublan la libertad de pensamiento, de los espacios en los que se exige una fidelidad que inevitablemente conduce al cinismo. Tal vez por eso nunca me emocionaron los himnos, ni las oraciones en público, ni los púlpitos. La historia se ha encargado de demostrarnos cuántas víctimas andan perdidas en la cuneta de la memoria gracias precisamente a quienes pretendieron salvar la patria y a quienes no entendieron que en un país decente o cabemos todos y todas o no cabe ni Dios.
Estos días he vuelto a sentir tristeza y miedo ante las banderas a las que tantos se abrazaban, alimentando así el pulso de machitos en que ha acabado convertida la tensión entre el Gobierno español y el de Cataluña. Como en cualquier otro momento de crisis, se han ido poniendo al descubierto los verdaderos rostros de quienes durante cierto tiempo se presentaron ante nosotros como demócratas, se han liberado los demonios que la Constitución del 78 no ha conseguido domesticar y hemos asistido al lamentable espectáculo de lanzar vivas a una patria que no merece ser alabada al menos hasta que deje de alimentarse con la mecha explosiva de la confrontación. Una vez más las banderas han servido para envolver, pero no para ocultar, la mediocridad de muchos, la ira propia de quienes no saben conversar, la energía tan mal administrada por quienes necesitan un enemigo en frente para poder definirse a sí mismos.
He vuelto en estos días a un libro que debería ser de lectura obligatoria en los colegios y las facultades, las Tres guineas de Virginia Woolf, y me he reconocido en esa mujer que escribe desde las afueras y que no se siente parte de un mundo que entendía que ella, por razón de su sexo, no podría nunca ser equivalente a los varones. He vuelto a entender la rebelión de Virginia contra la patria, ese pacto juramentado de padres que siempre ha justificado el heroísmo de la violencia, y he sentido ganas de quemar todas las banderas. En esa hoguera donde muchos quemarían libros y en la que descubro que, como hombre disidente de tantas cosas que soy, yo tampoco tengo patria ni quiero tenerla.
Publicado en DIARIO CÓRDOBA, 2 de octubre de 2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/yo-no-tengo-patria_1175566.html
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LA REINA JUANA: De mujeres "locas" y pactos entre varones

En el debate de las Cortes constituyentes de 1931 se alegó que las mujeres no deberían tener derecho al voto porque eran puro histerismo. De esta manera, apenas hace un siglo, se reiteraba lo que ha sido una constante en buena parte de la historia de la Humanidad: sesudos científicos, políticos y filósofos (todos varones, por supuesto) insistieron en que ellas eran pura Naturaleza, emocionalidad desbordada, vasijas para la reproducción. Es decir, carecían del raciocinio necesario para el gobierno, para la cosa pública, para la ciudadanía. A lo sumo, podrían ser, como apuntó Kant, “ciudadanas pasivas”, lo cual no era sino una contradicción en sí misma con la que no se ocultaba la misoginia de este pensamiento.
La locura, por tanto, ha sido una constante en la definición del estatuto incluso jurídico de las mujeres. Un pretexto para su incapacitación, un arma en los juegos masculinos de poder, una herramienta más para mantenerlas en sus cautiverios.  La Historia está llena de mujeres silenciadas y encerradas, de seres a los que se les cortaron las alas cuando intentaron ser autónomas, de heroínas que solo con el tiempo estamos rescatando del olvido. Esa justa labor de memoria y reconocimiento es lo que plantea Ernesto Caballero en su monólogo La reina Juana. A través de una larga confesión, en la que la reina sin corona repasa sus días cuando ya le queda poca vida en su encierro de Tordesillas, acompañamos a una de esas mujeres que fueron silenciadas, que desde pequeñas fueron sometidas a violencias de todo tipo, que fueron objeto y mercancía en manos de los hombres, y a la que la historia escrita en masculino interesó que viéramos como una “histérica” Aurora Bautista loca de amor.  Por supuesto que en el cautiverio de Juana hubo también razones de amor, de deseo, de furia y de celos: ella fue una víctima más de las dependencias emocionales que genera el amor tóxico y que tantos estragos, todavía hoy, sigue haciendo en la mitad subordinada. Pero no fueron las razones del amor las que mejor nos explican a este personaje que deberíamos someter a una honda relectura. Fueron sobre todo las razones del poder, del poder masculino, las que nos dan las claves para entender por qué a ella quisieron, como dice en un momento de la obra, que la viéramos como loca,  hasta el punto que ella misma llega a verse como tal en el espejo puesto por los jerarcas delante de sus narices.
La reina Juana, que se nutre de un hermoso texto y de una puesta en escena que le da alas en vez de anularlo (bravo por Gerardo Vera), nos ofrece justamente una reflexión sobre esos “pactos juramentados” de los que habla Celia Amorós en su caracterización del patriarcado. La hija, la esposa, la hermana, la madre: Juana es siempre un satélite en función de los intereses de ellos que son los que mueven el mundo. Un ser para otros y en función de otros que, desde que era apenas una niña, fue sometida a los dolores del maltrato. El maltrato que supone negarle la capacidad de preguntarse, de decidir, de rebelarse. La historia de tantas y tantas mujeres, despojadas del poder no ya político, que también, sino del poder de ser en sí y para sí.
El tremendo caudal de emociones, sentencias y ajuste de cuentas que supone la confesión de Juana habría sido imposible, claro está, sin el talento y la fuerza descomunal de una Concha Velasco que se convierte literalmente en la reina destronada de Castilla, en la amante despechada, en la hija y madre invisible, en la mujer ardiente y en la que tal vez vivió el mayor ejercicio de cordura entre tanto loco de ambición.  Sus palabras y su propio ejemplo bien podrían ser la antítesis, femenina  feminista, de El Príncipe de Maquiavelo al que alude Juana en su parlamento. La lucidez de una mujer sin corona que ve como nadie las miserias del poder de los hombres. La loca de amor, también, pero sobre todo la condenada al silencio y a la cautividad. La invisible y a la que no dejaron que diera voz a su empoderamiento.
La reina Juana. La reina Concha. Poderío de mujeres en el que tanto deberíamos mirarnos cuando el mundo continúa prisionero de los mismos males que la hija de Fernando e Isabel denuncia con su grito desesperado. Un mundo de pactos varoniles y mujeres silenciadas. Y de amores que siguen matando.
PUBLICADO EN Tribuna Feminista, 2-10-17:
http://www.tribunafeminista.org/2017/10/la-reina-juana-de-mujeres-locas-y-pactos-entre-varones/
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RECORDANDO A EVA

Palabras en recuerdo y homenaje a mi colega, la constitucionalista EVA MARTÍNEZ SEMPERE.

En estas primeras semanas del curso he vuelto a ser insistente, como cada año, en mi crítica a la mirada androcéntrica y patriarcal que ha dominado la construcción del Estado moderno, la lógica jurídica, el sistema de los derechos humanos y, en definitiva, un modelo de subjetividades que todavía hoy arrastra el poderío masculino y la subordiscriminación femenina.


Como cada septiembre vuelvo a explicarles a mi alumnado que en 1791 Olimpia de Gouges alzó su voz reclamando equivalentes derechos y libertades y apenas dos años después le cortaban la cabeza. Sin duda, la metáfora más cruel y sangrienta de lo que las revoluciones liberales, como todas las revoluciones que en la historia han sido, han hecho con las mujeres.


Cuando recuerdo la voz de Olimpia, o la de Mary Wollstonecraft, o la de las sufragistas, o la de Clara Campoamor contestándole a diputados que como Novoa Santos argumentaban que la mujer era pura histeria, no puedo evitar acordarme de todas esas colegas feministas, juristas feministas, que hace tiempo me ofrecieron unas gafas violentas con las que pude darme cuenta de hasta qué punto la miopía machista me hacía ver distorsionada la realidad.


Me siento entonces tremendamente agradecido a ellas, en deuda permanente con ellas, porque sin su magisterio no sería hoy ni el constitucionalista ni, mucho menos, y más importante todavía, el hombre que soy ahora.


Una de esas mujeres fue, ha sido, es, sin duda, Eva Martínez Sempere.  Fue de su mano cómo empecé a descubrir la mixitud de la Humanidad, las trampas de la ciudadanía demoliberal, lo imperfecto de una democracia que sin ellas no lo es. Fue ella la que, supongo que sin saberlo, y ahora me arrepiento de no habérselo dicho de manera más expresa, me puso sobre la pista de la democracia paritaria, de la necesaria educación igualitaria o de la imperfección de unos derechos humanos hechos a imagen y semejanza del sujeto varón. Fue ella además la que en un ya lejano congreso de la ACE me insistió más, y además hizo todo lo posible, para que me incorporara a la Red FEMINISTA DE DERECHO CONSTITUCIONAL. Feliz entonces y ahora de sentirme un “hombre cuota”. Y todo ello con esa especie de levedad de bailarina frágil con la que Eva lo hacía todo. Como si habitara en un bosque en el que al fin se hubiera evaporado la distinción jerárquica entre genios y musas.


Como me imagino que a ella no le habrían gustado las ceremonias fúnebres, ni las oraciones, ni siquiera los homenajes públicos, siento que la mejor manera de tenerla presente es intuirla al lado de esas voces de mujeres que cada Septiembre recupero en mis aulas. En ese hilo de genealogía feminista que lleva siglos gritando con Olimpia:


“Mujer, despierta; el rebato de la razón se hace oír en todo el universo; reconoce tus derechos. El potente imperio de la naturaleza ha dejado de estar rodeado de prejuicios,fanatismo, superstición y mentiras. La antorcha de la verdad ha disipado todas las nubes de la necedad y la usurpación. El hombre esclavo ha redoblado sus fuerzas y ha necesitado apelar a las tuyas para romper sus cadenas. Pero una vez en libertad, ha sido injusto con su compañera. ¡Oh, mujeres! ¡Mujeres! ¿Cuando dejaréis de estar ciegas?

¿Qué ventajas habéis obtenido de la revolución? Un desprecio más marcado, un desdén más visible. […] Cualesquiera sean los obstáculos que os opongan, podéis superarlos; os basta con desearlo.”

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CHARAMSA CONTRA LAS MASCULINIDADES SAGRADAS

El patriarcado no es solo una estructura de poder o un sistema que reparte de manera asimétrica derechos y  oportunidades en función del sexo, sino que es también, y ante todo, un orden cultural. Es decir, el patriarcado ha necesitado siempre y continúa necesitando hoy un andamiaje construido sobre discursos, imaginarios y relatos colectivos en los que sostener el binomio supremacía masculina/subordinación femenina. A lo largo de la historia los hombres han ido construyendo narraciones que han sido determinantes en la configuración de las subjetividades de unos y de otras. Ahí está la mitología clásica como buena muestra de cómo entender por ejemplo la masculinidad heroica y violenta. Estos relatos fueron posteriormente asumidos y multiplicados por las religiones, muy especialmente por las monoteístas, que han sido las que no han duda en santificar los “pactos juramentados” entre varones. El Dios hombre ha servido para avalar la absoluta monarquía masculina y ha justificado la expulsión de Eva no solo de paraíso sino también de los espacios comunes en los que no debería tener ni voz ni palabra.
En esa construcción de las masculinidades sagradas, tal y como las define con acierto el teólogo Juan José Tamayo, ha sido esencial la expulsión a las afueras de quienes rompían con la norma heterosexual y, en consecuencia, con los pilares de un orden hecho a imagen y semejanza de los patriarcas. De ahí que la homofobia haya sido y sea un componente esencial en la construcción de una masculinidad hegemónica que tradicionalmente han considerado traidores a los que se apartaban del régimen heteronormativo. No hace falta recordar aquí cómo la homosexualidad ha sido pecado, delito y enfermedad: las tres grandes herramientas de poder disciplinario mediante las que en una sociedad se marca lo que vale y lo que no, quien está dentro y quién fuera.
A estas alturas del siglo XXI, y cuando las sociedades han ido superando en gran medida esos lastres homófobos, resulta especialmente alarmante y doloroso que la Iglesia Católica continúe manteniendo sus dogmas tradicionales y no se haya movido ni un centímetro con respecto a lo que siempre ha pensado de quienes han hecho uso de su libertad afectiva y sexual. Una discriminación que, lógicamente, está muy ligada al mantenimiento de las mujeres en un estatus devaluado con respecto a los hombres. Al final la homofobia, en un sentido amplio, no es otra cosa que la expresión radical del rechazo a lo femenino, a lo que se identifica con las mujeres. De ahí el valor simbólico de un insulto tan habitual entre varones: eres un maricón, un mariconazo, una nenaza.
Como tampoco el Papa Francisco ha sabido remover con valentía esos lodos, tiene tantísimo valor el testimonio que nos ofrece Krzysztof Charamsa en su libro La primera piedra. Charamsa, que estaba situado en uno de los más altos escalones del poder eclesiástico – era oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe – saltó a todos los medios cuando en 2015 hizo pública su homosexualidad y presentó a su pareja. El Vaticano reaccionó expulsándolo y tratando de silenciar el asunto. Sin embargo, el efecto fue el contrario: la experiencia de este sacerdote polaco servía para sacar a la luz la enorme responsabilidad de la Iglesia Católica en mantener la humillación de tantos seres humanos a los que desprecia por razón de su orientación sexual.
En su hermoso libro, sin duda uno de los más desgarradores e intensamente comprometidos que he leído en los últimos años,  Charamsa parte de la al fin asunción gozosa de su condición sexual: “Es el don para un homosexual tal como lo es la heterosexualidad para un heterosexual. Es el don de mi Dios, el don de la naturaleza, el don de la vida. Es la buena energía que se entrega a todo ser humano. La energía buena solo puede ser contaminada por la homofobia.” Y desde esa posición de ser absolutamente empoderado hace un llamamiento no solo a la urgente transformación que en esta materia necesita la doctrina oficial de la Iglesia sino también una necesaria reflexión sobre la histórica responsabilidad de la misma en el dolor causado a tantísimas personas.
Siguiendo su relato biográfico, en el que sin duda a muchos les resultará fácil reconocerse, es imposible no entender cómo la dignidad es un concepto hueco sino lo construimos desde la igualdad entendida como el reconocimiento de las diferencias. Este hombre, fascinado por Judith Butler, y que como bien nos cuenta se salvó, como tantos, gracias a novelas o películas en las que pudo ver y entender que no era ni un enfermo ni un bicho raro,  no se muerde la lengua al hacer su denuncia: “Mientras no se despierte de sus múltiples retrasos, la Iglesia aniquila espiritual, psicológica y socialmente a los gais, no pocas veces llevándolos a la muerte física: crea ese clima en que se hace fácil odiar a una persona gay, lesbiana, bisexual, transexual o intersexual, una persona frágil cuya única culpa es pertenecer a una minoría y tratar de ser feliz tal como es. Todo esto siembra muerte, aunque nadie está en condiciones de probar cuántas son las víctimas ni de demostrar las consecuencias de un discurso hecho con los labios sucios de amor, que en realidad condenan a las personas.”


El polaco, que se emocionó tanto al ver en el cine la imposible historia de amor de Ennis del Mar y Jack Twist, pone su dedo acusador en una institución especialista en mantener una doble moral y en generar un sentimiento de culpa que todavía hoy continúa minando la vida de quienes sienten sobre sí mismos el látigo de la moralidad católica. Su compromiso militante, ahora que al fin se siente libre y enamorado, un hombre que al fin no ha de renegar de haberse enamorado de otro, le lleva a afirmar cosas como la siguiente: “Estoy convencido de que hoy la sociedad, para ayudar a la Iglesia, debería invitar al clero y a los distintos curas a revelar públicamente la propia sexualidad. Habría que preguntar a los obispos, sacerdotes, diáconos y catequistas cuántas veces se masturban, cuántas veces sienten la tentación, en quién piensan en sus fantasías –¿en una mujer o en un hombre? ¿o quizás en una orgía?–, hasta qué punto son o se han vuelto asexuados… Se debería invadir la intimidad de los curas, como hacen ellos con los creyentes en nombre de la Iglesia, porque esta podría ser la única vía para hacer presión sobre la hipocresía de una comunidad inhumana. Hoy la Iglesia necesitaría su propio Alfred Kinsey para que indagara sin miedo y presentara la verdad sobre cómo están las cosas en el clero, en la Iglesia «abstinente» del sexo. Una Iglesia que me ha herido durante toda la vida en uno de los aspectos más delicados de mi personalidad, mi sexualidad sana y natural, alimentando en mí un patológico sentimiento de culpa, un verdadero terror.”


El retrato que Charamsa hace del clero es demoledor: “En su conjunto el clero nunca ha suscitado en mí emociones positivas: la mayoría de las veces se comporta como un rebaño de hombres acomplejados y profundamente infelices, que compensan los naturales deseos sexuales, sean homo o hetero, con la carrera, el dinero y una exasperada búsqueda del poder y del control sobre los demás.” Incluso no renuncia a su sentido del humor y a la ironía para evidenciar la hipocresía de un espacio tan indecente: “El clero católico es esa corporación que, vestida con ropas femeninas, veta histéricamente que un chico se ponga una falda (como hacen los escoceses) e intente salir a la calle así. Travestis que persiguen a otros travestis. Sotanas, albas, casullas… Me pregunto cuándo el mundo empezará finalmente a pedir explicaciones sobre la presunta necesidad de estos uniformes.”
El gran valor de La primera piedra, y más allá del relato de lo que ha sido todo un proceso personal de lucha y de reconocimiento, es el llamamiento que hace a revisar unos planteamientos teológicos y una moral que hacen que la Iglesia Católica se mantenga muy alejada de los apelativos cristianos a la igual dignidad del ser humano, al sentido emancipador que ha de tener cualquier dimensión espiritual, a la raíz última del amor como motor que hace posible que el individuo crezca y multiplique sus dones. Una revisión que, por supuesto, ha de partir de la superación de la concepción androcéntrica y patriarcal que sigue dominando las estructuras básicas del poder eclesiástico y, por tanto, de la interpretación privilegiada de los dogmas y las escrituras. Bastaría con atender, por ejemplo, a esas otras teologías que por el mundo complejo del siglo XXI luchan por hacerse visibles, como las feministas, las queer o todas las que en general nos remiten a un sur alternativo. Tal y como bien explica Juan José Tamayo en su libro recién publicado Teologías del Sur. El giro descolonizador  (Trotta, 2017).
Se trata de un horizonte urgente e inaplazable porque está en juego la dignidad de millones de personas, la felicidad y el bienestar de muchos seres humanos que todavía hoy son perseguidos y anulados por su orientación sexual, la realidad de una democracia que no podrá calificarse como tal mientras que ampare en su seno a colectivos e instituciones  que niegan cotidianamente la efectividad de la igual dignidad de todos y de todas. El libro de Krzysztof, al fin feliz en su amada Barcelona al lado de su amado Eduard, es todo un aldabonazo en las conciencias y una magnífica lección de cómo los verdaderamente enfermos, pecadores o incluso delincuentes son los que se empeñan en prorrogar y justificar la fobia al diferente. Esos, como bien dice Krzistof, son las verdaderas “nenazas”.

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MARIE CURIE: Las más inteligente entre los hombres

Siempre que hago la pregunta entre mi alumnado de cuántas mujeres científicas conocen, como mucho me responden que a Marie Curie. Sucede igual cuando les pregunto por filósofas, ensayistas o incluso escritoras: es milagroso que conozcan más de una. Esta simple prueba nos demuestra cómo ellas continúan siendo invisibles en una historia escrita por los hombres y en una educación que sigue teniendo, me temo, una mirada radicalmente androcéntrica. Las mujeres siguen sin “estar”, lo cual tiene, entre otras terribles consecuencias, que las más jóvenes carecen de referentes. Es decir, para que ellas sepan en lo que pueden convertirse necesitan también ejemplos que les marquen el camino. Algo que a nosotros, los chicos, no nos pasa, ya que de entrada tenemos referentes a los que seguir en todos los campos y muy especialmente en aquellos que suponen ejercicio de poder y autoridad.


Por todo ello tenía tantas ganas de ver la reciente película que una directora alemana Marie Noëlle ha realizado sobre la científica polaca. Con la esperanza de que el cine, con su poderosa capacidad para generar relatos colectivos, nos ofreciera, además de una bella historia, una herramienta para restaurar el vacío. Sin embargo, mi decepción ha sido grande. Creo que la enorme Marie Curie se merecía una mejor película. No puedo negar que el film tiene una primorosa ambientación, una fotografía y una música envolventes, una poderosa presencia de la actriz protagonista (Karolina Gruszka), pero en él se desaprovecha el enorme potencial narrativo que tiene la vida de la única mujer (y no sé si hombre) que ha ganado en dos ocasiones el Premio Nobel.

La película incide, por supuesto, en las dificultades que Marie tiene para desarrollar su carrera por el hecho de ser mujer. Pero todo está contado de manera tan desangelada, con tan poco nervio y como si se pretendiera soltar de vez en cuando una proclama feminista, que el mensaje de fondo acaba totalmente perdido. Nos faltan muchas claves para entender al personaje y a veces la denuncia que se hace de la misoginia con la que fue tratada cae en un didactismo que casa muy mal con lo que se pide a una narración cinematográfica.

Por otra parte, me parece muy discutible el acento que la directora pone en dos aspectos de la vida da la científica y que, paradójicamente, vendrían a contrarrestar la imagen de ella como mujer autónoma. Me chirría cómo se relata su dependencia emocional (amorosa) de Pierre y, sobre todo, me parece digno del peor culebrón cómo se nos cuenta su relación con el físico Paul Langevin. En este caso la película remeda al peor de los telefilms que nos podamos imaginar al incidir de manera obscena en la idea del adulterio (recordemos que el casado era él y ella era una mujer libre, por lo que si hubiera que repartir culpas él era el que estaba comprometido). Hay en el tratamiento de esta historia un tufillo machista que hace que el relato, desde mi punto de vista, naufrague.

Me quedo, pues, con algunos momentos brillantes, con esas escenas absolutamente pobladas por hombres y en las que emerge Marie como una pionera, o con esa conversación en la playa con Albert Einstein donde se nos lanza la idea de que la polaca no era solo la más inteligente entre las mujeres sino también entre los hombres. Todo lo demás me ha parecido una oportunidad absolutamente desaprovechada y que nos sigue reclamando la necesidad de construir, también a través de los relatos cinematográficos, una genealogía feminista.
  
PS: ¡Cuánto me he acordado por cierto al ver esta fallida película del hermoso libro de Rosa Montero La ridícula idea de no volver a verte!
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YO NO SOY UN PUTERO: CONTRA LA TRATA Y LA EXPLOTACIÓN SEXUAL DE MUJERES

El patriarcado se ha sostenido a lo largo de los siglos a través de la conjunción perversa de dos silencios estructurales: el silencio de las mujeres en cuanto sujetos no políticos y el de los hombres sobre nuestros privilegios. Incluso cuando hemos ido avanzando hacia sociedades al menos formalmente igualitarias, muchos hombres han continuado manteniendo un silencio cómplice, por omisión, con el que están contribuyendo a mantener el estado de subordinación de la mitad femenina. Por eso es tan necesario y urgente que los hombres levantemos la voz pero no para ser los protagonistas, como lo hemos sido siempre, sino para dejar claro que no nos identificamos con una masculinidad hegemónica que produce víctimas y para señalar con el dedo a quienes siguen disfrutando impunemente de los dividendos que derivan de ella.
Por eso en el día que internacionalmente se llama la atención sobre la explotación sexual y el tráfico de mujeres, niñas y niños, urge que todas y todos tengamos clara la conexión existente entre trata y prostitución, en el sentido que sin la segunda no existiría la primera. Por lo tanto son los hombres que se van de putas los que alimentan y perpetúan la que constituye una de las expresiones más brutales de la violencia machista, al mismo tiempo que todos los que miran a un lado contribuyen con su silencio a perpetuar una cadena de humillaciones y explotación que provoca beneficios millonarios a escala planetaria.
En esta cuestión, en la que están en juego derechos fundamentalísimos de las mujeres y de las niñas, creo que el foco ha de ponerse en los sujetos que crean la demanda y, por supuesto, en los que multiplican sus patrimonios gracias a la sumisión sexual de aquéllas. Para ello, además de pensar en la conveniencia de aplicar medidas jurídicas como la sanción de los clientes, es necesario deconstruir un modelo de masculinidad basada en la conjunción terrible de poder y violencia y, con ella, una concepción de la sexualidad masculina como impulso irrefrenable que necesita tener a su disposición cuerpos femeninos para satisfacerla, a cualquier hora, cualquier día, en cualquier lugar del planeta. 
Como bien concluye Rosa Cobo en su imprescindible libro La prostitución en el corazón del capitalismo ,  los puteros encuentran en el acto prostitucional la posibilidad de desarrollar una masculinidad salvaje hasta borrar de su subjetividad los límites entre violencia, coacción y consentimiento. Sus prácticas agresivas y violentas son llevadas a su conciencia como actos voluntarios de las mujeres prostituidas. En el prostíbulo refuerzan la fantasía de su hipermasculinidad, permanentemente en sospecha.  En unos momentos de revancha patriarcal, y en los que la cultura consumista y del ocio propia del capitalismo más salvaje ha convertido el sexo en una industria global, la prostitución representa uno de esas últimos espacios en los que muchos varones refuerzan  y normalizan la masculinidad hegemónica. Una masculinidad construida por los siglos de los siglos sobre la idea del control y el dominio, y que requiere constantemente de la confirmación entre los pares. Solo así sobrevive a su innata precariedad. De ahí que ser un hombre de verdad implique, ante todo, poder demostrarlo ante los iguales, para lo que, con frecuencia, se participa en ceremonias tribales, como es el acceso en grupo a mujeres prostituidas o las violaciones en la que los pares hacen viral su virilidad.  En esta celebración colectiva, los sujetos masculinos sellan y confirman uno de esos  “pactos juramentados” que, como bien ha explicado Celia Amorós, sostienen el orden patriarcal.
Es necesario por tanto evidenciar el significado político de los demandantes de prostitución, y en consecuencia incidir de manera urgente sobre la desactivación y deslegitimación  de su demanda, además de insertar dicha institución en la intersección entre neoliberalismo y patriarcado que en el presente siglo está incidiendo de manera tan negativa en la autonomía de las mujeres.  Ello implica,  como bien explica Rosa Cobo y como también se argumenta en el reciente estudio colectivo Elementos para una teoría crítica del sistema prostitucional, la prostitución no puede ser estudiada desde las experiencias individuales sino que necesariamente ha de situarse en el marco de los sistemas de dominio sobre los que se edifican las sociedades.  Eso pasa por realizar un análisis de género en el que tengamos en cuenta no solo como se construyen jerarquías a partir del control masculino sobre el cuerpo femenino, sino también como desde esa construcción jerárquica estamos dando un determinado sentido de poder a una subjetividad y otra. Además, ese análisis resultaría incompleto si no abordamos como la prostitución se ha convertido en un poderosísimo sector económico a nivel global, que expresa dramáticamente la brecha entre los pudientes y las excluidas y en el que además interseccionan  factores étnicos, de raza o de procedencia nacional.  Todo ello en un contexto cultural en el que la pornografía se ha convertido en un fenómeno social global, naturalizado y legitimado, apenas censurado, y que constituye la “metáfora perfecta del significado simbólico y material del patriarcado”.  
Por lo tanto, es imposible separar el análisis de la prostitución de la trata y las nuevas formas de esclavitud que se generan en el mercado transnacional. Como tampoco es posible argumentar sin más la autonomía de las mujeres para que opten por la prestación de servicios sexuales como si se tratara de un trabajo más sin tener en cuenta las relaciones de poder en el que se enmarca esa pretendida libertad de elección.  Situarse en esa posición implica dar por bueno el paradigma del individuo propietario y la lógica contractual en que se apoya el liberalismo para sostener su visión de los derechos humanos.  Una lógica frente a la que deberíamos reaccionar todos los varones que estamos contra cualquier forma de esclavitud y que, en consecuencia, deberíamos atrevernos a disentir de los pactos juramentados que nos convierten en la mitad privilegiada. Lo cual pasa, para empezar, por tener claro que el Richard Gere de Pretty woman no es un héroe romántico sino un putero.
Publicado en www.eldiario.es (23 de septiembre de 2017):
http://www.eldiario.es/tribunaabierta/putero-trata-explotacion-sexual-mujeres_6_689491062.html
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LA PUERTA VIOLETA DE ROZALÉN

En estos tiempos de Malumas y machotes que arrasan entre las adolescentes, de divas que en vez de cantar parecen gritar desesperadas al amor romántico, escuchar a Rozalén supone abrir una puerta a otra manera de mirar y entender el mundo. Estamos tan necesitados de voces femeninas que en cualquier ámbito de la cultura aporten su visión de la vida y sus compromisos que escuchar el último trabajo de esta hija de un “amor prohibido” es como si nos recargáramos con las vitaminas necesarias para afrontar un otoño en el que quien más y quien menos sueña con volver a los diecisiete.
Rozalén es de esas artistas que piano piano se ha ido metiendo en las casas y en las vidas de muchas y de muchos que buscamos letras en las que reconocernos, músicas con las que sentir que pese a todo la vida es un milagro y presencias que nos recuerden la diferencia entre lo urgente y lo importante. Sin recurrir a ninguna estridencia y haciendo del trabajo honesto y la complicidad creativa sus mejores armas, la autora de joyitas como Berlín ha sabido retomar nuestra mejor tradición de canción “de autor” (y de autora, menos mal) y le ha puesto las adecuadas gotas de su entusiasmo de mujer empoderada. Todo ello sin olvidar, como demuestra cada vez que se sube a un escenario, que ante todo es una comunicadora y que la música, al fin, no es sino una forma más, tal vez de las más inteligentes y sanadoras, de acariciar al respetable.
Esperábamos con ansia su nuevo disco y ya desde el verano llevábamos unos meses bailando ese himno al optimismo y a la rebelión contra la idiotez que son sus Girasoles (https://www.youtube.com/watch?v=0228mfBzZEk ) A muchos nos parecía que el 15 de septiembre no llegaba nunca. Y llegó finalmente, y con él otro regalo que nos demuestra que el poderío no es otra cosa que la posibilidad de desarrollar al máximo las capacidades vitales y de ponerlas en relación, enredarlas, con las de otros y otras. Porque ese es de nuevo el milagro que consigue María con Cuando el río suena: dejar en el aire los puntos suspensivos del refrán para que nosotros los llenemos con las emociones que nos provocan sus canciones. Basta con abrir la puerta violeta que nos encontramos al quitar el envoltorio del regalo, para comprobar que lo que tenemos para nuestro disfrute es una suma de jirones de piel, de memorias resucitadas y de amores que se resisten a ser tóxicos. La mejor miel para curar los resfriados que no saben de recetas.
Rozalén nos vuelve a demostrar que canta desde sus convicciones más hondas, pero sin necesidad de convertir los versos en eslóganes que riman. Es fácil detectar en sus creaciones el hilo de una bruja que se resiste a ser quemada en la hoguera, la genealogía que la une a millones de mujeres que no pudieron tener voz, la presencia activa de un feminismo que ella asume desde la normalidad que implica considerarlo inseparable de la democracia. Además, en un país tan desmemoriado como éste, la autora que nació el mismo año que triunfaba La puerta de Alcalá nos deja heridos con la historia de Justo, se atreve a meterse en los laberintos emocionales de un País Vasco en el que durante tantos años las patrias se superpusieron a los seres humanos, y hasta nos recuerda cómo ella misma es el producto de una rebelión amorosa contra el orden establecido.
Cuando el río suena es mitad biografía, mitad ventana. Una puerta que se abre para superar los miedos y los dolores, una pista de baile en la que ya no baila la mujer objeto, un poema de Violeta Parra con el que todas y todos nos hacemos enredadera. Músicas de mujeres que al fin se reconocen en el espejo y arco iris de Madre Tierra que no deja de darle tirones de oreja a un hombre que parece empeñado en prorrogar la violencia sobre sus dominios. Una fiesta de gente buena y danzarina en la que es fácil darse cuenta que necesitamos de hadas como Rozalén para darle una vuelta a este mundo que está pidiendo a gritos una revolución violeta.
Video de La puerta violeta: https://www.youtube.com/watch?v=q4oDFPakVBg

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LOS PANTALONES DE JUAN Y MEDIO

Siempre que se plantean dudas sobre si una determinada situación resulta denigrante o humillante para las mujeres, propongo que hagamos la prueba de situar en ese mismo contexto a un varón. Si en ese caso la situación nos resulta chocante, o ridícula, o incluso imposible en la práctica, será porque nos encontramos ante un evidente desequilibrio desde el punto de vista del género. Es la prueba que podríamos hacer con una gran mayoría de anuncios que vemos todos los días, o con las letras de las canciones que escuchan los y las adolescentes, o con buena parte de los comportamientos con los que muchos hombres tratan de demostrar que están por encima de las mujeres. Por lo tanto, si a ustedes les ha costado imaginar que en el programa de por las tardes de Canal Sur una presentadora cogiera unas tijeras y le cortara a Juan y Medio los pantalones hasta que le viéramos los calzoncillos, tenemos la prueba irrefutable de que lo que ocurrió hace unos días ante miles de espectadores fue un vergonzoso e indecente numerito mediante el que el presentador mimado de la cadena andaluza quiso demostrarnos una vez más que él está ahí porque lo vale y, sobre todo y ante todo, porque es hombre. Lo cual implica, según machistas como él, tener la capacidad y la oportunidad de someter a tratos humillantes a sus compañeras, cosificarlas con el objetivo de hacer unas risas y, además, ante las críticas, sentirse halagado por sentirse protagonista rutilante de los espacios que siempre han sido nuestros.
La impresentable actuación de este individuo, que por cierto lleva años haciendo programas de dudoso gusto que pagamos entre todos y todas, ha provocado la apertura de un expediente por parte del Consejo Audiovisual de Andalucía y, lamentablemente, muchos silencios, no sé si cómplices, entre quienes deberían haber sido los primeros y las primeras en manifestar que un señor que se permite esos lujos no es digno de estar en una cadena pública. Espero que el expediente no quede en una mera reprimenda, lo cual no haría sino avalar a quienes piensan que estamos exagerando con el asunto. Algo que es fácil de desmontar si tenemos en cuenta que ese momento televisivo forma parte de una larga cadena de actitudes, comportamientos y manifestaciones que todos los días nos demuestran que vivimos un mundo tremendamente desigual, en el que las mujeres son fácilmente convertibles en objetos y en el que nosotros nos seguimos creyendo con el derecho a usarlas y en el mejor de los casos a mantenerlas en un lugar accesorio. Lo terrible del numerito de la falda, al que podríamos usar otras muchas barbaridades que en estos años hemos podido ver en programas que capitanea el señor Y Medio, es que nos muestra cómo incluso en una televisión pública seguimos encontrando el rastro de un machismo rancio y que tan terribles consecuencias continúa hoy provocando en la autonomía de nuestras compañeras. Es justamente la suma de todas esas pequeñas violencias y discriminaciones, humillaciones y tratos vejatorios, la que genera un caldo de cultivo que alimenta un orden, el patriarcal, y la cultura que lo sostiene.
De ahí que sea tan importante y urgente que las instituciones y la sociedad en su conjunto no dejemos pasar ni una, que estemos alerta ante cualquier actuación que nos devuelva a la caverna y que exijamos de nuestros representantes una respuesta en consecuencia. Solo así podremos ir desterrando de nuestros procesos de socialización cualquier atisbo de supremacía masculina y solo así podremos poner las bases para construir una democracia donde mujeres y hombres seamos realmente equivalentes. Algo para lo que efectivamente necesitamos leyes y políticas públicas, pero también y sobre todo un compromiso férreo con el objetivo de desmontar un modelo de sociedad en el que sobran Juanes y Medios y en el que tanto faltan todavía mujeres empoderadas. Un concepto que, por favor, no confundamos, con el poderío que cada sábado demuestra en Canal Sur la incombustible María del Monte.
PUBLICADO EN DIARIO CÓRDOBA, 18-9-2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/pantalones-juan-medio_1172287.html
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VERANO 1993: LA MIRADA DE CARLA

Quienes llevamos mucho tiempo trabajando personal y profesionalmente sobre la igualdad de género, y por supuesto quienes estamos convencidos de que la revolución pendiente de esta sociedad será feminista o no será, hace tiempo que tuvimos claro que la cultura es uno de los pilares desde los que el patriarcado más se atrinchera en sus postulados. Y cuando hablo de cultura me refiero, en un sentido amplio, a todos los relatos y narraciones que desde la creatividad del o de la artista generan un imaginario colectivo, nos sirven para interpretar el mundo y a nosotros mismos, hacen que seamos conscientes de la realidad en la que vivimos. Unos relatos que todavía hoy siguen dominados mayoritariamente no solo por sujetos masculinos sino también por un lenguaje, unos códigos y unos esquemas interpretativos androcéntricos y ajustados a nuestra mirada privilegiada. Justamente por eso, si realmente queremos avanzar hacia sociedades más igualitarias, es tan necesario que haya más mujeres participando de esas narraciones y que, con ellas, seamos capaces de introducir en nuestros órdenes mental y emocional otra escala de valores, otros itinerarios, otras palabras. Y no porque ellas sean ni mejores ni peores que nosotros, sino simplemente porque su experiencia vital, sus compromisos y sus horizontes son necesariamente distintos desde el momento en que el sistema sexo/género las ha colocado social y culturalmente en una determinada posición que poco o nada tiene que ver con la nuestra.
Por todo ello, y no simplemente por una cuestión numérica (que también), necesitamos por ejemplo que cada vez haya más películas hechas por mujeres, que sean capaces de contarnos la realidad desde otra perspectiva y que nos permitan superar los esquemas de la masculinidad hegemónica. Un reto que será esencial por ejemplo en la transformación de unos varones que necesitamos urgentemente superar los lastres del macho dominante. Es justamente esa mirada alternativa, disidente incluso, la que he encontrado y disfrutado en la bellísima Verano 1993. Estoy convencido de que si hubiera habido un hombre detrás de la cámara la historia habría sido otra, no digo que ni mejor ni peor, pero sí distinta. Y como efectivamente la historia del cine está llena de historias contadas por hombres y desde nuestra perspectiva, es tan necesario y revitalizante que nos encontremos con miradas como la de Carla Simón.
Verano 1993 es una de esas películas que, frente a lo que solemos ver habitualmente en el cine, al menos en el más exitoso y comercial, nos ofrece un paseo hondo y emocionante por eso que la profesora Laura Mora denomina “el orden amoroso de la vida”.  Con lo tremendamente complejo que debe ser hacer una película sobre la infancia y mucho más trabajar con niños y niñas, la directora consigue el milagro de hacer que las dos protagonistas (inmensas Paula Robles y Laia Artigas) nos transmitan todas las tensiones emocionales que se están viviendo en un contexto donde de repente ambas tienen que reorganizar sus vidas y en el que sobre todo Frida (con esos ojos de Laia Artigas que bien podrían ser los de la Ana Torrent de El espíritu de la colmena) ha de entender, o asumir al menos, lo que significa la muerte. Verano 1993, en su aparente sencillez, es una complejísima película porque nos habla, partiendo además de propia experiencia autobiográfica de la directora, de muchísimas cosas, todas ellas cruciales en la vida de cualquier persona. La película nos habla del duelo, de la familia, de los imbricados mecanismos emocionales que se ponen en juego cuando una niña es adoptada, del papel de entorno (familiar y social) en la definición de nuestra personalidad, de la necesidad o no de creer en algo para superar los miedos. Porque también Verano 1993 nos habla de nuestros miedos – del miedo a la muerte, a la soledad, a crecer, a no tener respuesta, a no sentirte querido – y muy especialmente de los que pueblan nuestra infancia.
Con uno de los más hermosos finales que recuerdo en el reciente cine español, el largometraje de Carla Simón da voz y rostro a quienes habitualmente no lo suelen tener, al menos de manera protagonista, en las películas. Teje una compleja trama de emociones y sentimientos sin necesidad de contar grandes hazañas ni de mostrar heroísmos masculinos, y por supuesto sin caer en sentimentalismos “femeninos”. Incluso se atreve a mostrarnos a través del personaje de David Verdaguer lo que podría ser el referente de otro modelo de masculinidad, alejado de la “diligencia del buen padre de familia” y más cercano a la paternidad presente y entrañable que bien puede ser un primer paso para superar al patriarca que todos llevamos dentro. Por todo ello, y por la belleza que nos ofrecen sus imágenes, por esa Madre Naturaleza que es también parte del relato, por ese bosque que parece interpelar a nuestro corazón de urbanitas con un guiño ecofeminista, Verano 1993 se merece todos los premios. Y no solo porque sea una buena película, que lo es, sino porque nos demuestra que la ternura puede ser una herramienta de transformación política y porque hace que el espectador se reconcilie con lo que de verdad nos hace partícipes de una igual humanidad: nuestra frágil vulnerabilidad y el potencial de las emociones cuidadoras como única salida para salvarnos de los miedos.
PUBLICADO EN TRIBUNA FEMINISTA, 17-9-2017:
http://www.tribunafeminista.org/2017/09/verano-1993-la-mirada-de-carla/
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EL NEOMACHISTA DISCURSO DE LA DISCRIMINACIÓN MASCULINA

Una de las consecuencias más terribles del caso de Juana Rivas – más allá de su drama personal, del laberinto procesal y de los muchos errores cometidos en su defensa y, por supuesto, de la constatación de las múltiples fallas de nuestro ordenamiento jurídico y de nuestro sistema judicial para proteger adecuadamente a las víctimas de la violencia de género – ha sido el rearme de los discursos machistas y neomachistas que en los últimos tiempos han encontrado en las redes sociales un espacio ideal de expansión. Y hablo de neomachismo para referirme a todas esas construcciones ideológicas que usan aparentemente nuevos conceptos y paradigmas para en el fondo seguir defendiendo a ultranza los dividendos patriarcales. Unas construcciones que han ido incluso creando sus propios mitos, como el de las denuncias falsas, con los que pretenden armarse de razones.
La figura de Arcuri se ha convertido, sobre todo para muchos hombres que son prisioneros de la ira y el resentimiento frente a unas mujeres que han sido capaces de plantarles cara y convertirse en sujetas autónomas, en una especie de héroe a través del cual están expresando toda una construcción ideológica que insiste en la victimización masculina y que supone una rearme patriarcal frente a las progresivas conquistas de nuestras compañeras. Arcuri ha acabo convertido, no sé si siendo él consciente del todo, en una especie de portavoz de todos esos varones que llevan más de una década argumentando contra la LO 1/2004, de 28 de diciembre, de medidas de protección integral contra la violencia de género; que han encontrado en el término “feminazis” el calificativo más facilón con el que desprestigiar a las que llevan siglos luchando por la democracia y que, por supuesto, encuentran todo tipo de aliados y de aliadas, a veces en los lugares más insospechados, en la cruzada contra lo que ellos llaman la “ideología de género”.
La gran paradoja de los discursos de estos individuos, y de algunas individuas que son cómplice de ellos por acción u omisión (que también las hay), es que son precisamente sus pretendidos argumentos los que nos sirven de prueba evidente de la pervivencia del patriarcado y la urgente necesidad, todavía hoy, de articular mecanismos legales y políticas públicas para erradicarlo de la faz de nuestras democracias. Solo desde una reacción patriarcal y profundamente machista es posible soltar eso de que los hombres en este país estamos discriminados, como ha manifestado el abogado del “héroe” italiano, justo además el día después de que todos hemos visto en los medios de comunicación las imágenes de la inauguración del año judicial en las que hemos podido constatar de qué manera continúa funcionando la cuota del 100% masculina. Unas fotografías que no solo tienen significado cuantitativo por la ausencia de las mujeres en la cúpula del poder judicial sino que también poden de manifiesto el freno cualitativo que supone seguir teniendo una judicatura androcéntrica y que reproduce con tanta facilidad sesgos machistas en la aplicación e interpretación de las leyes.
Decir que los hombres de este país estamos discriminados no es solamente un ejercicio de machismo y de resentimiento, sino también de ignorancia. Porque basta con analizar cualquier estadística, cualquier dato objetivo de la realidad, de esos que no son opinables, para constatar que seguimos ocupando una posición de privilegio y que ellas, nuestras compañeras, son las que continúan teniendo muchas más dificultades que nosotros para tener un trabajo digno, para ocupar posiciones de poder o en definitiva para construir autónomamente sus proyectos de vida. Todo ello por no hablar de las cifras que nos muestran el drama de las múltiples violencias que sufren y que no solo son las que podemos encuadrar en el tipo estricto de la denominada “de género” sino que tienen que ver con todas las que contribuyen a mantenerlas en un estado de subordinación. 
Es justamente ese estado de subordinación, que se traduce a su vez en múltiples discriminaciones que además se multiplican entre ellas, el que legitima que nuestro ordenamiento jurídico  adopte acciones positivas, cuya finalidad no es otra, como bien ha justificado el Derecho de la Unión Europea y por supuesto nuestro Tribunal Constitucional, que remover los obstáculos que impiden que las mujeres puedan acceder a determinados bienes o al ejercicio de determinados derechos en igualdad de condiciones con nosotros.  Tal y como además ordena el artículo 9.2 de nuestra Constitución.  Un objetivo que lógicamente sería inalcanzable si aplicáramos la estricta igualdad formal de la ley ya que los resultados de ésta son injustos cuando el punto de partida de los individuos a los que se aplican son desiguales.  Algo que parece evidente en el caso de las mujeres, si nos ajustamos, como antes apuntaba, a las estadísticas que nos hablan de su lugar en la sociedad. Unos datos que no son “ideología” sino el resultado perverso de una construcción de “género” que nos hace histórica y culturalmente desiguales en función de nuestro sexo.
Y es justamente esa interpretación del principio de igualdad en la que se apoyó nuestro Tribunal Constitucional al enjuiciar la constitucionalidad de la LO 1/2004. Una ley que, recordemos, fue aprobada por unanimidad de todos los grupos parlamentarios. La interpretación del TC no deja lugar a dudas: “ No es el sexo en sí de los sujetos activo y pasivo lo que el legislador toma en consideración con efectos agravatorios, sino el carácter especialmente lesivo de ciertos hechos a partir del ámbito relacional en el que se producen y del significado objetivo que adquieren como manifestación de una grave y arraigada desigualdad” (fundamento jurídico 9º, STC 59/2008, de 14 de mayo). Una sentencia que no estaría de más que Arcuri y sus asesores jurídicos releyeran antes de decir barbaridades en los medios de comunicación y de lanzarse al heroísmo de cuestionarla, no sé bien a través de qué herramienta procesal, ante los tribunales italianos.  Un posicionamiento que huele a grito desesperado de sujeto que no se resigna a perder sus privilegios y que no ha entendido que los derechos humanos, como bien explica su compatriota Luigi Ferrajoli, no son otra  cosa, o no deberían ser otra cosa, que “la ley del más débil”.

Foto: Agencia EFE
Publicado en www.eldiario.es, 7-9-2017:
http://www.eldiario.es/zonacritica/neomachista-discurso-discriminacion-masculina_6_684241580.html
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EL REY DE LAS FIESTAS

Cuando escribo estas líneas aún no se ha celebrado su proclamación, así que desconozco si el Rey de las Fiestas de Cabra entró en el acto del brazo del alcalde o de su compañera de trono. Tampoco sé si el pregonero exaltó su belleza como ha sido habitual cada 3 de septiembre en mi pueblo con respecto a las mujeres que hasta este año monopolizaban la corona. Yo mismo, hace 10 años, tuve el honor y la responsabilidad de subirme a ese escenario y me encontré en la encrucijada de ajustarme a la tradición o de jugar con ella, aún a riesgo de merecer las críticas de un vecindario tan conservador. Haciendo una pirueta aproveché para desearle a aquellas siete jovencitas que me escuchaban vestidas de princesas que hicieran en sus vidas justo lo contrario de lo que estaban haciendo aquella noche. Y permitiéndome un ejercicio de ironía pedí a las autoridades la elección de un rey y hasta de una drag queen para que así todas y todos nos pudiéramos sentir representados. Justo una década después, el gobierno municipal del PP se ha tomado en serio mi propuesta irónica y este año en Cabra los rejoneadores se verán en la tesitura de brindar el día 8 una faena también el bello rey. De esta manera pensarán algunos y algunas que se da un paso gigantesco hacia la igualdad y que mi pueblo, tan poco dado a las innovaciones, se coloca a la vanguardia de las políticas feministas.
No es casualidad que esta novedad se introduzca en un momento de tremenda confusión en la opinión pública, en los medios y en la clase política en torno a lo que implica la igualdad de género y a cómo traducir en hechos las convicciones feministas. En esta ceremonia de la confusión, que lógicamente beneficia a los de siempre, es decir, a nosotros, resulta facilón concluir que la igualdad no ha de significar otra cosa que, por ejemplo, propiciar que los hombres seamos sometidos a los mismos tratos denigrantes que durante siglos lo han sido las mujeres. De esta manera, si a ellas se las cosifica y sexualiza, nosotros también debemos ser reducidos a mero cuerpo. Si ellas han sido y son objetos de una publicidad estereotipada, también nosotros hemos de convertirnos en ganchos sexuados para el consumo. Si ellas continúan presentándose a concursos de belleza, qué menos que nosotros no seamos tratados también como perchas en las que colgar moda, cosméticos y músculos.
Es evidente que de esta manera no transformamos la realidad ni ponemos el dedo en la llaga de la desigualdad. Al contrario, le hacemos el juego a un orden, el patriarcal, que es especialista en darle sentido al dicho de que todo cambie para que todo siga igual. Se equivocan pues quienes son cómplices de este tipo de medidas y discursos. Porque el feminismo es un pensamiento, una vindicación, una ética, que persigue darle la vuelta a un estado de cosas en el que nosotros hemos sido los privilegiados y ellas las subordinadas. Ello supone un programa transformador que busca más justicia para todas y todos, mayor calidad democrática y, sobre todo, que mujeres y hombres seamos tratados como sujetos autónomos equivalentes. Lo cual no significa igualarnos en la estupidez ni mucho menos dejar intocables las reglas de juego que a ellas las continúan degradando.
Estoy seguro de que este septiembre muchas chicas y también chicos de mi pueblo disfrutarán cuando vean al apuesto Rey luciendo body en la carroza o en la procesión. No seré yo quien niegue los placeres de la belleza masculina. Pero espero que, pasados los fuegos artificiales, nadie se crea que ya somos más iguales. Simplemente habremos multiplicado el carácter rancio de una costumbre que justamente nació en un momento histórico en el que las mujeres estaban condenadas a ser ángeles del hogar o reinas de la belleza. Mucho me temo que Lampedusa bien podría haber sido egabrense.
Publicado en DIARIO CÓRDOBA, 4-9-2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/rey-fiestas_1169451.html
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50 PRIMAVERAS: CUANDO "YA NO ERES UNA MUJER".

Como  Aurore le comenta a su hija adolescente en una de las escenas de la película, cuando a una chica le llega la regla se le dice “ya eres una mujer”. ¿Y qué ocurre cuándo la regla se va? En este diálogo se resume a la perfección lo que 50 primaveras nos plantea con un tono de comedia simpática y desenfada: la invisibilidad de las mujeres cuando rebasan una cierta edad, las mayores dificultades que la sociedad les plantea para poder rehacer sus vidas o inventarse proyectos nuevos, la evidente discriminación que por razón de los años se suma a la de género y a la de otras muchas circunstancias que hacen que ellas lo sigan teniendo más complicado que nosotros  (en una escena incluso se explica de manera muy didáctica qué es eso de la discriminación interseccional). Entre otras cosas, porque para nosotros los años no acaban siendo un lastre similar sino que incluso se convierten en una garantía de prestigio, atractivo y poder. De ahí que, como también se pone en solfa en la cinta, estén tan normalizadas las parejas de hombres maduros y mujeres mucho más jovencitas. 


En una sociedad en la que la juventud es un valor por sí solo, y en el que además las mujeres continúan estando condicionadas por su aspecto físico y por su rol de seductoras/cuidadoras, pasar los 50, como le pasa a la protagonista, divorciada, sin empleo y a punto de convertirse en abuela, supone un momento crítico en el que de nuevo se evidencia que ellas se ven obligadas a superar más obstáculos que nosotros. Empezando por el del reconocimiento o la mera visibilidad. Ahí está la divertida escena en que Aurore ni siquiera es reconocida por las puertas de apertura automática. A todo ello habría que sumar el sentimiento de culpa siempre presente, las responsabilidades que para toda la vida implica ser madre o las dificultades de encontrar un compañero con el que sea posible establecer una relación de iguales y no ser esclava, una vez más, del amor romántico.


La película de Blandine Lenoir no hace un drama de todas estas circunstancias sino que apuesta por la alegría de vivir, apoyándose en el rostro radiante y la desbordante energía de la protagonista: una estupenda Agnes Jaoui sin la que esta historia carecería de sentido.  Y nos muestras, además, cómo la sororidad femenina puede ser la clave para seguir confiando en la vida (deliciosa esa casa de mujeres mayores en las que juntas se organizan para vivir felices el final de sus días).

Una vida en la que siempre merece la pena bailar al son del clásico de Nina Simone, y tan frescas que diría Anna Freixas:  

I ain’t got no home, ain’t got no shoes
Ain’t got no money, ain’t got no class
Ain’t got no skirts, ain’t got no sweater
Ain’t got no perfume, ain’t got no bed
Ain’t got no man
Ain’t got no mother, ain’t got no culture
Ain’t got no friends, ain’t got no schoolin’
Ain’t got no love, ain’t got no name
Ain’t got no ticket, ain’t got no token
Ain’t got no god
Hey, what have I got?
Why am I alive , anyway?
Yeah, what have I got
Nobody can take away?
Got my hair, got my head
Got my brains, got my ears
Got my eyes, got my nose
Got my mouth, I got my smile
I got my tongue, got my chin
Got my neck, got my boobies
Got
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JUANA RIVAS: EL DERECHO TAMBIÉN TIENE GÉNERO

Durante las últimas semanas he seguido con mucha atención, no solo por su importancia social y humana sino también por su complejidad jurídica, el caso de Juana Rivas. He constatado cómo en las redes sociales todas y todos nos convertíamos en apenas horas en expertos juristas, sin tener más conocimiento de los procedimientos en curso que lo que nos llegaba a través de las  medios de comunicación y de los ecos, con frecuencia tan poco fundados, de quienes en Twitter o Facebook parecían tener más claro que nadie cuándo es posible interponer un recurso de amparo o de qué manera se debe actuar judicialmente para proteger los intereses de un menor. Todo ello en muchos casos con un nivel de vehemencia que parecía, cualquiera que fuera la posición que se estuviera defendiendo, que en Derecho no fueran posibles las divergencias, cuando la primera lección que yo le enseño a mi alumnado es que en el ámbito jurídico dos y dos casi nunca suman cuatro.
No voy a entrar por lo tanto a valorar aspectos concretos de las dos líneas procesales abiertas en el caso, la penal y la civil, para lo que, insisto, me faltaría manejar la que supongo prolija documentación que se ha generado en los últimos meses. No puedo más que adherirme al sensato y bien argumentado documento que hace unos días hizo pública la Asociación de Mujeres Juezas de España. Simplemente me voy a limitar a subrayar algunas de las sombras que ha puesto al descubierto el drama de Juana Rivas, justo además cuando nuestros representantes acaban de firmar un rimbombante pacto de Estado contra la violencia de género que, como ya puse de manifiesto  hace unas semanas, me parece un documento formalmente muy valioso pero del que dudo de su eficacia real.
Desde mi punto de vista, el caso de Juana Rivas ha venido a subrayar, otorgándoles una atención mediática que no han tenido otros muchos supuestos casos de madres que han vivido situaciones similares, dos factores que hoy por hoy continúan siendo grandes lastres para la urgente necesidad de acabar con una lacra que pone en duda que nos podamos calificar como sociedad democrática.
De una parte, es evidente, pese a que el laberinto judicial a veces no nos deja ver bien las realidades últimas, que nuestros mecanismos procesales, y por supuesto los meramente preventivos, necesitan de reformas legislativas que los hagan más eficaces, además de una correlativa dotación de recursos que hagan posible en cualquier circunstancia la protección de las y los más vulnerables. En este sentido, también creo que ha llegado el momento de replantearse determinados instrumentos internacionales, como el tan citado Convenio de La Haya, que me da la impresión que resulta poco eficaz cuando hay que afrontar un asunto tan dramático como el de los hijos de Juana.
De otra parte, e incluso creo que este factor habría de ser el de atención prioritaria por parte de todas las instancias públicas, lo que nos ha certificado el caso de Juana Rivas es el peso brutal que la visión androcéntrica y machista del Derecho sigue teniendo en la aplicación e interpretación de las normas. Es decir, nuestros jueces y tribunales, como también una gran mayoría de abogados y de abogadas, y no digamos el Ministerio Fiscal, continúan haciendo oídos sordos al mandato establecido por la LO 3/2007 según la cual todos los poderes públicos deben aplicar en sus actuaciones la perspectiva de género.
Una perspectiva que, por lo tanto, habría de estar de manera principal y no solo transversal –ese es el sentido del mainstreaming de género– en la actuación de todos los operadores jurídicos. Una obligación que implica tener presentes: a)  las relaciones de poder asimétricas que se dan entre hombres y mujeres, y que tiene unas singulares manifestaciones en el ámbito de las relaciones familiares y afectivas; b) la extrema vulnerabilidad de las mujeres, y con ellas de los menores de edad, que se hallan en una posición de subordiscriminación que hace que carezcan de equivalentes recursos para actuar con autonomía y, por lo tanto, con auténtica libertad.
Mientras que en este país no nos tomemos la igualdad de género en serio, también en las Facultades de Derecho, en la formación de todos los operadores jurídicos y en general de todos los profesionales que intervienen directa o indirectamente en la protección y atención de las mujeres maltratadas y de sus hijos, nos vamos a seguir encontrando con casos como el de Juana. Porque no basta con tener leyes que efectivamente protejan a los y a las más vulnerables, sino que es preciso incorporar a las pautas de interpretación del Derecho una dimensión, la del género, sin la que es imposible garantizar los derechos de quienes se hallan en posición de subordinación.
Porque, insisto, las leyes, por más perfectas que nos creamos que son, siempre son objeto de interpretaciones varias, necesitan de aplicadores que las moldean en función de los casos concretos, y en esos procesos es donde necesitamos mujeres y hombres que sean capaces de mirar más allá de la letra de la ley y, por tanto, de hacer reales valores constitucionales como la igualdad o la justicia. Una justicia que, de momento, sigue dando buenas muestras de continuar respondiendo mayoritariamente a los dictados del patriarca que es el que sigue dominando los púlpitos y las puñetas.
Mientras que el mundo del Derecho, tan reaccionario, tan cómplice del orden patriarcal, tan liberal, no sufra una transformación que permita al fin descoser lo que los varones hemos tejido durante siglos, mucho me temo que seguirá habiendo mujeres como Juana que se verán obligadas a desafiar la ley. Es nuestra responsabilidad por lo tanto evitar que esto suceda garantizando que ninguna de ellas se sienta más perdida que protegida ante un sistema que en muchos casos no hace sino multiplicar su proceso de victimización.
Publicado en www.eldiario.es, 25 de agosto de 2017:
http://www.eldiario.es/tribunaabierta/Juana-Rivas-derecho-genero_6_679342071.html
Fotografía: AGENCIA EFE.
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CORTESANAS: MUJERES "APARENTEMENTE" EMPODERADAS

En los últimos meses han sido series de televisión las que nos han ofrecido los relatos más complejos y diversos sobre la realidad de las mujeres. A diferencia del cine, al menos del más comercial, en el que dominan las miradas androcéntricas y los heroísmos masculinos, en series como Big Little lies, The good fight, El cuento de la criada o Feud no solo es posible encontrar personajes femeninos con vida propia, seres autónomos que no dependen del protagonista masculino para tener un sentido en la historia, sino que también es fácil detectar en ellas un compromiso rotundamente feminista. Es decir, una propuesta ética que supone mirar críticamente el orden establecido y evidenciar las injusticias de un mundo en el que ellas siguen teniendo más obstáculos que nosotros para ejercer su plena ciudadanía. En algunas de las producciones citadas, no es casualidad que hayan sido justamente mujeres las que hayan estado detrás de la propuesta, algo que todavía parece ser mucho más complicado en el mundo tan patriarcal como es el de la gran pantalla.

Este verano, que suele ser una época de sequía cinematográfica y no digamos televisiva, nos ha regalado otra de esas producciones que se atreven a ofrecer una mirada alternativa sobre la realidad. Me refiero a la serie Harlots (Cortesanas), que se adentra en el mundo de la prostitución en el Londres del siglo XVIII para contarnos un relato que poco tiene que ver con el que habitualmente nos ha ofrecido el cine sobre las mujeres prostituidas. La serie está basada en el libro The Covent Garden Ladies (las Damas de Covent Garden, 2005) de Hallie Rubenhold, académica e historiadora británico-americana especializada en el siglo XVIII. Este libro, a su vez, es la adaptación de Harris’s List of Covent Garden Ladies, un directorio de las prostitutas en activo en Londres que se publicaba anualmente en la segunda mitad del XVIII.
Lo más interesante de estas Cortesanas es el protagonismo absoluto de un grupo de mujeres que luchan por sobrevivir en una época y en un lugar en el que precisamente ellas no lo tenían nada fácil. No se trata de una serie que plantee un debate ético o político sobre la prostitución en sí, pero sí que pone el dedo en las llagas de un orden, el patriarcal, que es el que genera una institución en la que millones de mujeres se han visto atrapadas a lo largo de los siglos. La serie no renuncia, al contrario, a mostrarnos las terribles consecuencias, dramáticas en ocasiones, que la prostitución provoca en unas mujeres que han accedido a ellas porque, como bien vemos, no han tenido otras oportunidades para convertirse en seres con una mínima parcela de poder y de autonomía. Es decir, lo que Cortesanas nos pone en evidencia es que la prostitución acaba siendo para las mujeres que vemos en la pantalla la única vía para empoderarse, para conseguir dinero por sí mismas y, por supuesto, para poder disfrutar de una libertad similar a la de sus compañeros. Por lo tanto, y haciendo el imprescindible análisis de género que nos traduzca en términos de poder el lugar de mujeres y hombres en ese contexto relacional, lo que la historia de esas cortesanas nos indica es que el ejercicio de la prostitución no ha sido ni podrá ser nunca una vía para escapar del dominio masculino sino que es en todo caso y en cualquier lugar una forma dramática de continuar sustentado las servidumbres femeninas. Es decir, en la serie queda clarísimo que la prostitución es una de las más evidentes consecuencias de la suma de dos órdenes, el patriarcal y el capitalismo, que se apoyan y retroalimentan. Una suma que en el siglo XVIII convertía a las mujeres en singulares víctimas, algo que por cierto no hemos superado casi tres siglos después.
En la serie, y frente al rutilante protagonismo masculino que suele ser el más habitual en las pantallas, los hombres son solamente satélites que circulan alrededor, aunque evidentemente ellos sean los señores que se benefician de los privilegios del patriarcado y ellas las que siempre han de estar siempre luchando contra ellos y contra una sociedad llena de trampas para las mujeres que se atreven a romper las reglas. No creo que sea pura casualidad que se trate de una serie urdida casi enteramente por mujeres: desde las dos directoras hasta las productoras ejecutivas, pasando por las guionistas. No me cabe ninguna duda de que gracias a ellas estamos ante un producto en el que vemos como los personajes femeninos rebasan los estereotipos y se nos muestran en toda su compleja diversidad. Porque en Harlots vemos no solo putas, sino también mujeres acomplejadas por el peso de la culpa que les transmite la religión (una religión, por supuesto, hecha a imagen y semejanza de los jerarcas masculinos), mujeres que viven su sexualidad de manera diversa, mujeres de diferentes etnias y culturas que sufren múltiples discriminaciones, mujeres que son madres y mujeres que no desean serlo, mujeres que han aprendido a sobrevivir en los márgenes de una sociedad en la que eran lo más parecido a un esclavo. Todo un repertorio de vidas y de subjetividades que habitualmente están en un segundo plano en los relatos cinematográficos y que aquí se adueñan de la pantalla para demostrarnos que sigue habiendo una larguísima historia, justamente la de la mitad femenina de la Humanidad, que en gran medida sigue sin ser contada.
Harlots, que además cuenta con las suficientes dosis de intriga como para mantenerte pegado a la pantalla durante las 8 horas que aproximadamente dura su primera temporada, es un brillante producto que nos demuestra lo necesarios que son otro tipo de relatos e imaginarios. En definitiva, historias que nos muestren y demuestren la genealogía de una lucha, la de nuestras compañeras, por alcanzar una posición de equivalencia en el entramado social. Por eso justamente la mejor lectura “política” que podíamos sacar de ellas es cuántas cosas hemos hecho mal para que casi tres siglos después sigamos debatiendo sobre si la prostitución puede ser una vía para la “liberación” femenina. Un debate que podríamos cerrar, al menos éticamente, si pensamos despacio en una de las frases que Lucy, una de las protagonistas, le suelta a su madre, que regenta un burdel y que educa a sus hijas para que sean espléndidas cortesanas, y que encierra irónicamente todo el dramatismo de su destino: “Mamá, gracias por el regalo de la prostitución”. En fin, el mito de la libre elección.
PUBLICADO EN TRIBUNA FEMINISTA, 24-8-17:
http://www.tribunafeminista.org/2017/08/cortesanas-mujeres-aparentemente-empoderadas/
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ABRACADABRA: ADIÓS AL MACHIRULO

La corta pero intensa y coherente filmografía de Pablo Berger demuestra que estamos ante un creador que es capaz de recuperar lo mejor de muchas de nuestras “esencias patrias” y darle una vuelta de tuerca para hacerlas radicalmente contemporáneas y hasta corrosivas. Así quedó de manifiesto en su primera e inclasificable película, Torremolinos 73 (2003), y no digamos en su hermosa y brutal al mismo tiempo adaptación de Blancanieves (2012). Quizás su mejor seña de identidad sea justamente el tener muy asimiladas claves esenciales de nuestra tradición cultural – literaria, cinematográfica, artística en general – y hacer con ellas juegos de malabarismo a través de los cuales nos cuenta historias en las que es imposible no reconocerse.

En su tercer largometraje Berger se mantiene fiel a esos parámetros pero quizás juega con ellos más que nunca. De entrada, porque aunque Abracadabra es sobre todo una comedia, no deja también de encerrar otros muchos géneros, como si fuera un enorme puzle en el que las piezas no necesariamente encajan pero sí que tienen su sentido. Su historia de hipnotismo y de magia es paradójicamente una historia muy real, casi una fábula con moraleja.  Lo que de entrada puede parecer simplemente un cuento ingenioso en sus manos acaba convertida en toda una lección de cómo a través de lo narrativo diseccionar la realidad y una vez más hablarnos de nosotros mismos, de problemas actuales, de personas que viven y sobreviven en rutinas mediocres. Berger lo hace además como una mirada crítica pero tierna, porque se nota que el director quiere a sus personajes, incluso a los que nos pueden parecer más malvados e insoportables. Sirva como ejemplo magnífico de esa mirada “jugosa” sobre la realidad, la historia de esa pareja “rara” que vive en un piso que parece un catálogo de IKEA. Ese fragmento, que es como un cortometraje dentro de la película, justifica por sí mismo todo un largo al que nadie puede negar su capacidad de riesgo y su valentía.

La historia de Carmen, interpretada por una superlativa Maribel Verdú que desde ya se merece todos los premios de la temporada, es, por encima de cualquier otra cosa, la historia de una emancipación. La de una mujer de clase media, que vive en un barrio obrero y a la que perfectamente podemos caracterizar por cómo va vestida o por cómo se mueve o habla, que es capaz después de una peripecia “mágica” de tomar partido por ella misma. De no dejarse llevar ni por el sentimiento de culpa, ni por las dependencias emocionales ni por el amor romántico. Que consigue al fin ser consciente de que necesita liberarse del hombre que la maltrata, interpretado por un Antonio de la Torre que parece especializado últimamente en personajes machistas y violentos, y de que la solución a sus dilemas no viene de la mano de otro hombre (aunque se trate del espíritu de Quim Gutiérrez),  que pese a su aparente empatía y ternura encierra también una malísima gestión de sus emociones.

Abracadabra es no solo una película inclasificable, hasta desconcertante por momentos, sino que es por encima de todo una mirada incisiva sobre los machitos que siguen habitando en nuestras sociedades y sobre las muchas Cármenes que no tienen la suerte de que, por arte de magia, como sucede en la película, sus vidas puedan dar un giro a su favor. Hay en la escena final de la película un llamamiento sereno pero incuestionable a la autonomía de las mujeres, a la necesidad de que al fin en estas sociedades que habitamos nos logremos desprender de unas masculinidades que generan injusticias y dramas. Y en las que al fin las mujeres dejen de estar “hipnotizadas” por machirulos que hacen con ellas lo que quieren, incapaces de salir del cuento en el que con tanta frecuencia no llegan a probar las perdices del final. Esa es, quiero pensar, la principal “moraleja” del cuento que Berger nos ha querido contar haciéndonos sentir como si estuviéramos viendo su película en una vieja barraca de feria en la que el proyeccionista no podría ser otro que un José María Pou escapado de Blancanieves.

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ABRACADABRA: ADIÓS AL MACHIRULO

La corta pero intensa y coherente filmografía de Pablo Berger demuestra que estamos ante un creador que es capaz de recuperar lo mejor de muchas de nuestras “esencias patrias” y darle una vuelta de tuerca para hacerlas radicalmente contemporáneas y hasta corrosivas. Así quedó de manifiesto en su primera e inclasificable película, Torremolinos 73 (2003), y no digamos en su hermosa y brutal al mismo tiempo adaptación de Blancanieves (2012). Quizás su mejor seña de identidad sea justamente el tener muy asimiladas claves esenciales de nuestra tradición cultural – literaria, cinematográfica, artística en general – y hacer con ellas juegos de malabarismo a través de los cuales nos cuenta historias en las que es imposible no reconocerse.

En su tercer largometraje Berger se mantiene fiel a esos parámetros pero quizás juega con ellos más que nunca. De entrada, porque aunque Abracadabra es sobre todo una comedia, no deja también de encerrar otros muchos géneros, como si fuera un enorme puzle en el que las piezas no necesariamente encajan pero sí que tienen su sentido. Su historia de hipnotismo y de magia es paradójicamente una historia muy real, casi una fábula con moraleja.  Lo que de entrada puede parecer simplemente un cuento ingenioso en sus manos acaba convertida en toda una lección de cómo a través de lo narrativo diseccionar la realidad y una vez más hablarnos de nosotros mismos, de problemas actuales, de personas que viven y sobreviven en rutinas mediocres. Berger lo hace además como una mirada crítica pero tierna, porque se nota que el director quiere a sus personajes, incluso a los que nos pueden parecer más malvados e insoportables. Sirva como ejemplo magnífico de esa mirada “jugosa” sobre la realidad, la historia de esa pareja “rara” que vive en un piso que parece un catálogo de IKEA. Ese fragmento, que es como un cortometraje dentro de la película, justifica por sí mismo todo un largo al que nadie puede negar su capacidad de riesgo y su valentía.

La historia de Carmen, interpretada por una superlativa Maribel Verdú que desde ya se merece todos los premios de la temporada, es, por encima de cualquier otra cosa, la historia de una emancipación. La de una mujer de clase media, que vive en un barrio obrero y a la que perfectamente podemos caracterizar por cómo va vestida o por cómo se mueve o habla, que es capaz después de una peripecia “mágica” de tomar partido por ella misma. De no dejarse llevar ni por el sentimiento de culpa, ni por las dependencias emocionales ni por el amor romántico. Que consigue al fin ser consciente de que necesita liberarse del hombre que la maltrata, interpretado por un Antonio de la Torre que parece especializado últimamente en personajes machistas y violentos, y de que la solución a sus dilemas no viene de la mano de otro hombre (aunque se trate del espíritu de Quim Gutiérrez),  que pese a su aparente empatía y ternura encierra también una malísima gestión de sus emociones.

Abracadabra es no solo una película inclasificable, hasta desconcertante por momentos, sino que es por encima de todo una mirada incisiva sobre los machitos que siguen habitando en nuestras sociedades y sobre las muchas Cármenes que no tienen la suerte de que, por arte de magia, como sucede en la película, sus vidas puedan dar un giro a su favor. Hay en la escena final de la película un llamamiento sereno pero incuestionable a la autonomía de las mujeres, a la necesidad de que al fin en estas sociedades que habitamos nos logremos desprender de unas masculinidades que generan injusticias y dramas. Y en las que al fin las mujeres dejen de estar “hipnotizadas” por machirulos que hacen con ellas lo que quieren, incapaces de salir del cuento en el que con tanta frecuencia no llegan a probar las perdices del final. Esa es, quiero pensar, la principal “moraleja” del cuento que Berger nos ha querido contar haciéndonos sentir como si estuviéramos viendo su película en una vieja barraca de feria en la que el proyeccionista no podría ser otro que un José María Pou escapado de Blancanieves.

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TEA ROOMS: LA EMANCIPACIÓN DE LAS MUJERES OBRERAS

Justamente 85 años después de que Luisa Carnés empezara a escribir su novela Tea Rooms yo me he encontrado con ella en este mes de agosto y he sentido, como hacía tiempo que no me pasaba, la fuerza que irradia de la literatura cuando está atravesada por la vida y el compromiso. La lectura de esta novela-reportaje sobre mujeres obreras en el Madrid de los años 30, al igual que hace unos meses me ocurriera con el Oculto sendero de Elena Fortún, me ha puesto de nuevo sobre la pista de una silenciosa genealogía de voces femeninas que en nuestro país han ido construyendo toda una narrativa sobre el género y sobre las demandas todavía hoy insatisfechas de autonomía de las mujeres. Voces que continúan sin aparecer en los libros de texto, que están borradas del imaginario colectivo y que continúan en gran medida escondidas en los armarios de un país que tan mal se ha llevado siempre con la memoria. Aunque es cierto que en los últimos años se ha empezado a hacer una importante labor de recuperación de esas “modernas” que a principios del siglo XX se rebelaron, o lo intentaron, contra un rígido orden de género y desafiaron la voz universal masculina, todavía ellas continúan siendo, como las califica Nuria Capdevilla, “los grandes fantasmas de la modernidad española”.
La gran sorpresa que para mí ha supuesto Tea Rooms no ha radicado solo en la evidente conciencia de género y de clase que recorren sus páginas, sino que también me ha parecido una novela escrita con un tono y una estructura absolutamente contemporáneos, casi cinéfilos (no en vano el cine está muy presente como espacio de modernidad y libertad), y con los que la autora de buena muestra de su capacidad no solo para captar ambientes sino para dibujar personajes de una hondura extraordinaria. Por todo ello, esta historia de un grupo de mujeres que coinciden en un salón de té cercano a la Puerta del Sol bien podría ser el reverso de esa cursilada romántica titulada Las chicas del cable y hasta me atrevería a firmar que podría considerarse la parte de La colmena que su autor, varón patriarcal sin conciencia de clase, no supo ni quiso mirar.
A través del personaje de Matilde, la autora nos ofrece el retrato de una mujer que en esa época historia lucha por su emancipación, lo cual implicaba, lógicamente, tener la suficiente independencia económica y liberarse de las ataduras de una injusta sociedad de clases. Matilde es esa voz que con tanta frecuencia parece clamar en el desierto y que es capaz de poner en evidencia los lastres que impiden la autonomía femenina: “La obrera española, salvo contadas desviaciones plausibles hacia la emancipación y hacia la cultura, sigue deleitándose con los versos de Campoamor, cultivando la religión y soñando con lo que ella llama su <<carrera>>: el marido probable. Sus rebeliones, si alguna vez las siente, no pasan de momentáneos acaloramientos sin consecuencia. Su experiencia de la miseria no estimula su mentalidad a la reflexión”.
Las mujeres que nos retrata con empatía la autora están condicionadas por las normas y reglas que marca el patriarca: el padre, el marido, el jefe. “<<El ogro>> es el jefe supremo, el propietario. Es brusco, grosero, autoritario; adora la disciplina”. Luisa Carnés lo tiene claro y denuncia los abusos que se cometen “en las oficinas y en las fábricas y en los talleres y en los comercios, y en todas partes donde haya mujeres subordinadas a los hombres”. Y parece también evidente que para la autora de Tea Rooms la lucha contra esa subordinación no podrá desligarse de la que los obreros, la “casta de los oprimidos”, deberían protagonizar frente a un sistema que alimenta desigualdades. Vemos por tanto como para Carnés la esencial es la lucha por la emancipación del ser humano, incluidas las mujeres, las cuales deben empezar por liberarse de las ataduras de un “contrato sexual” que las convierte en esclavas. “Pero también hay mujeres que se independizan, que viven de su propio esfuerzo, sin necesidad de <<aguantar tíos>>”. Es decir, por liberarse del “gobierno de los padres”: “En los países capitalistas, particularmente en España, existe un dilema, un dilema problemático de difícil solución: el hogar, por medio del matrimonio, o la fábrica, o el taller o la oficina. La obligación de contribuir de por vida al placer ajeno, o la sumisión absoluta al patrono o al jefe inmediato. De una o de otra forma, la humillación, la sumisión al marido o al amo expoliador. ¿No viene a ser una misma cosa?”. La mirada de Carnés es políticamente tierna, literariamente política: “En el hogar hay demasiados hijos. Demasiados. El marido no puede ganar ni un céntimo más. La esposa <<tiene bastante con su esclavitud doméstica>>”.
Hay en la novela un permanente llamamiento a la solidaridad, al reconocimiento y garantía de derechos fundamentales como el de huelga y la rebelión contra el enemigo: “Habla el enemigo, a quien se odia y se teme, y de quien no se puede prescindir. Habla autoritario, soberbio. Seguro de ser obedecido. Seguro de la sumisión absoluta de <<su>> personal. Él es la gran llave del estómago de cada uno de aquellos débiles seres y cada chiquillo de cada mujer inherente a tales seres infortunados”. Incluso encontramos en ella la honda tradición del feminismo pacifista: “Esa es la gran tarea que nos atañe principalmente a las mujeres: acabar con la guerra”.
En Tea Rooms, que los británicos de la BBC habrían convertido en una impecable serie televisiva, o que sueño ver convertida en una bellísima película de la mano de una directora como Paula Ortiz, nos encontramos con las tensiones entre el orden dominante y el orden amoroso de la vida, con las emociones de quiénes están en la parte no privilegiada del contrato y, pese a la amargura, con un llamamiento a la acción. A la acción política y a la vindicación que sume las energías y los proyectos de “todas las innumerables Matildes del universo”. En este sentido, encontramos en la novela algún fragmento que enlaza a la perfección con llamamientos como el que hacía Olimpia de Gouges en su Declaración de derechos de la mujer y la ciudadana de 1791. Así, cuando leemos palabras tan hermosas como las que siguen: “Ha pasado el tiempo en que se consideraban ridículas y hombrunas a las mujeres que se preocupaba de la vida social y política del mundo. Antes creíamos que la mujer solo servía para zurcir calcetines al marido y para rezar. Ahora sabemos que los lloros y los rezos no sirven para nada. Las lágrimas nos levantan dolor de cabeza y la religión nos embrutece, nos hace supersticiosos e ignorantes. Creíamos también que nuestra única misión en la vida era la caza del marido, y desde chicas no se nos preparaba para otra cosa; aunque no supiéramos leer, no importaba: con que supiéramos acicalarnos era bastante. Hoy sabemos que las mujeres valen más que para remendar ropa vieja, para la cama y para los golpes de pecho; la mujer vale tanto como el hombre para la vida y la política social. Lo sabemos porque muchas hermanas nuestras han sufrido persecución y destierros. Quiero decir con esto, ya que los hombres luchan por una emancipación que a todos nos alcanzará por igual justo es que les ayudemos; justo que nos labremos nuestro propio destino. Antes no había más que dos caminos para la mujer: el del matrimonio o el de la prostitución; ahora ante la mujer se abre un nuevo camino, más ancho, más noble: ese camino nuevo de que os hablo, dentro del hambre y del caos actuales, es la lucha consciente por la emancipación proletaria mundial”. No puede ser casualidad que 1848 fuera el año del Manifiesto comunista pero también de la Declaración de Séneca Falls.
Gocen pues de esta novela y, a través de ella, tiremos todas y todos del hilo de Luisa Carnés y, con ella, de todas esas mujeres intelectuales, creadoras, comprometidas, que todavía hoy son en gran medida invisibles. Recuperarlas y valorarlas ha de ser el primer paso para, desde la memoria, construir al fin una sociedad en la que las normas no vengan dictadas por la universalidad sustitutoria masculina. En la que las mujeres y el feminismo tengan al fin el pilar inquebrantable de su brillante genealogía.
Publicado en TRIBUNA FEMINISTA, 5 de agosto de 2017:
http://www.tribunafeminista.org/2017/08/tea-rooms-la-emancipacion-de-las-mujeres-obreras/
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TEA ROOMS: LA EMANCIPACIÓN DE LAS MUJERES OBRERAS

Justamente 85 años después de que Luisa Carnés empezara a escribir su novela Tea Rooms yo me he encontrado con ella en este mes de agosto y he sentido, como hacía tiempo que no me pasaba, la fuerza que irradia de la literatura cuando está atravesada por la vida y el compromiso. La lectura de esta novela-reportaje sobre mujeres obreras en el Madrid de los años 30, al igual que hace unos meses me ocurriera con el Oculto sendero de Elena Fortún, me ha puesto de nuevo sobre la pista de una silenciosa genealogía de voces femeninas que en nuestro país han ido construyendo toda una narrativa sobre el género y sobre las demandas todavía hoy insatisfechas de autonomía de las mujeres. Voces que continúan sin aparecer en los libros de texto, que están borradas del imaginario colectivo y que continúan en gran medida escondidas en los armarios de un país que tan mal se ha llevado siempre con la memoria. Aunque es cierto que en los últimos años se ha empezado a hacer una importante labor de recuperación de esas “modernas” que a principios del siglo XX se rebelaron, o lo intentaron, contra un rígido orden de género y desafiaron la voz universal masculina, todavía ellas continúan siendo, como las califica Nuria Capdevilla, “los grandes fantasmas de la modernidad española”.
La gran sorpresa que para mí ha supuesto Tea Rooms no ha radicado solo en la evidente conciencia de género y de clase que recorren sus páginas, sino que también me ha parecido una novela escrita con un tono y una estructura absolutamente contemporáneos, casi cinéfilos (no en vano el cine está muy presente como espacio de modernidad y libertad), y con los que la autora de buena muestra de su capacidad no solo para captar ambientes sino para dibujar personajes de una hondura extraordinaria. Por todo ello, esta historia de un grupo de mujeres que coinciden en un salón de té cercano a la Puerta del Sol bien podría ser el reverso de esa cursilada romántica titulada Las chicas del cable y hasta me atrevería a firmar que podría considerarse la parte de La colmena que su autor, varón patriarcal sin conciencia de clase, no supo ni quiso mirar.
A través del personaje de Matilde, la autora nos ofrece el retrato de una mujer que en esa época historia lucha por su emancipación, lo cual implicaba, lógicamente, tener la suficiente independencia económica y liberarse de las ataduras de una injusta sociedad de clases. Matilde es esa voz que con tanta frecuencia parece clamar en el desierto y que es capaz de poner en evidencia los lastres que impiden la autonomía femenina: “La obrera española, salvo contadas desviaciones plausibles hacia la emancipación y hacia la cultura, sigue deleitándose con los versos de Campoamor, cultivando la religión y soñando con lo que ella llama su <<carrera>>: el marido probable. Sus rebeliones, si alguna vez las siente, no pasan de momentáneos acaloramientos sin consecuencia. Su experiencia de la miseria no estimula su mentalidad a la reflexión”.
Las mujeres que nos retrata con empatía la autora están condicionadas por las normas y reglas que marca el patriarca: el padre, el marido, el jefe. “<<El ogro>> es el jefe supremo, el propietario. Es brusco, grosero, autoritario; adora la disciplina”. Luisa Carnés lo tiene claro y denuncia los abusos que se cometen “en las oficinas y en las fábricas y en los talleres y en los comercios, y en todas partes donde haya mujeres subordinadas a los hombres”. Y parece también evidente que para la autora de Tea Rooms la lucha contra esa subordinación no podrá desligarse de la que los obreros, la “casta de los oprimidos”, deberían protagonizar frente a un sistema que alimenta desigualdades. Vemos por tanto como para Carnés la esencial es la lucha por la emancipación del ser humano, incluidas las mujeres, las cuales deben empezar por liberarse de las ataduras de un “contrato sexual” que las convierte en esclavas. “Pero también hay mujeres que se independizan, que viven de su propio esfuerzo, sin necesidad de <<aguantar tíos>>”. Es decir, por liberarse del “gobierno de los padres”: “En los países capitalistas, particularmente en España, existe un dilema, un dilema problemático de difícil solución: el hogar, por medio del matrimonio, o la fábrica, o el taller o la oficina. La obligación de contribuir de por vida al placer ajeno, o la sumisión absoluta al patrono o al jefe inmediato. De una o de otra forma, la humillación, la sumisión al marido o al amo expoliador. ¿No viene a ser una misma cosa?”. La mirada de Carnés es políticamente tierna, literariamente política: “En el hogar hay demasiados hijos. Demasiados. El marido no puede ganar ni un céntimo más. La esposa <<tiene bastante con su esclavitud doméstica>>”.
Hay en la novela un permanente llamamiento a la solidaridad, al reconocimiento y garantía de derechos fundamentales como el de huelga y la rebelión contra el enemigo: “Habla el enemigo, a quien se odia y se teme, y de quien no se puede prescindir. Habla autoritario, soberbio. Seguro de ser obedecido. Seguro de la sumisión absoluta de <<su>> personal. Él es la gran llave del estómago de cada uno de aquellos débiles seres y cada chiquillo de cada mujer inherente a tales seres infortunados”. Incluso encontramos en ella la honda tradición del feminismo pacifista: “Esa es la gran tarea que nos atañe principalmente a las mujeres: acabar con la guerra”.
En Tea Rooms, que los británicos de la BBC habrían convertido en una impecable serie televisiva, o que sueño ver convertida en una bellísima película de la mano de una directora como Paula Ortiz, nos encontramos con las tensiones entre el orden dominante y el orden amoroso de la vida, con las emociones de quiénes están en la parte no privilegiada del contrato y, pese a la amargura, con un llamamiento a la acción. A la acción política y a la vindicación que sume las energías y los proyectos de “todas las innumerables Matildes del universo”. En este sentido, encontramos en la novela algún fragmento que enlaza a la perfección con llamamientos como el que hacía Olimpia de Gouges en su Declaración de derechos de la mujer y la ciudadana de 1791. Así, cuando leemos palabras tan hermosas como las que siguen: “Ha pasado el tiempo en que se consideraban ridículas y hombrunas a las mujeres que se preocupaba de la vida social y política del mundo. Antes creíamos que la mujer solo servía para zurcir calcetines al marido y para rezar. Ahora sabemos que los lloros y los rezos no sirven para nada. Las lágrimas nos levantan dolor de cabeza y la religión nos embrutece, nos hace supersticiosos e ignorantes. Creíamos también que nuestra única misión en la vida era la caza del marido, y desde chicas no se nos preparaba para otra cosa; aunque no supiéramos leer, no importaba: con que supiéramos acicalarnos era bastante. Hoy sabemos que las mujeres valen más que para remendar ropa vieja, para la cama y para los golpes de pecho; la mujer vale tanto como el hombre para la vida y la política social. Lo sabemos porque muchas hermanas nuestras han sufrido persecución y destierros. Quiero decir con esto, ya que los hombres luchan por una emancipación que a todos nos alcanzará por igual justo es que les ayudemos; justo que nos labremos nuestro propio destino. Antes no había más que dos caminos para la mujer: el del matrimonio o el de la prostitución; ahora ante la mujer se abre un nuevo camino, más ancho, más noble: ese camino nuevo de que os hablo, dentro del hambre y del caos actuales, es la lucha consciente por la emancipación proletaria mundial”. No puede ser casualidad que 1848 fuera el año del Manifiesto comunista pero también de la Declaración de Séneca Falls.
Gocen pues de esta novela y, a través de ella, tiremos todas y todos del hilo de Luisa Carnés y, con ella, de todas esas mujeres intelectuales, creadoras, comprometidas, que todavía hoy son en gran medida invisibles. Recuperarlas y valorarlas ha de ser el primer paso para, desde la memoria, construir al fin una sociedad en la que las normas no vengan dictadas por la universalidad sustitutoria masculina. En la que las mujeres y el feminismo tengan al fin el pilar inquebrantable de su brillante genealogía.
Publicado en TRIBUNA FEMINISTA, 5 de agosto de 2017:
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¿PARA CUÁNDO UN PACTO FEMINISTA CONTRA EL MACHISMO?

Aunque a muchas y a muchos les haya sorprendido, a mí me ha parecido profundamente honesta la posición de Unidos Podemos con respecto al Pacto de Estado contra la violencia de género. Su abstención debería servir para poner en evidencia no su oposición a las medidas que el resto de grupos han apoyado sino la desconfianza hacia un instrumento que también en mi opinión deja mucho que desear.  Más allá de las carencias concretas que se pueden detectar en el texto, muy especialmente la que supone excluir del mismo concepto de violencias machistas determinadas prácticas que provocan la subordinación de las mujeres, el mismo concepto de “pacto de Estado” se presta a una utilización perversa, lo cual, dado el panorama político que tenemos, no debería resultarnos nada extraño.
Es evidente que los Estados, cuando se enfrentan a determinados problemas que son estructurales y que generan consecuencias negativas y hasta dramáticas para la convivencia, necesitan articular un consenso político desde el que abordar ciertas cuestiones que, de entrada, deberían estar al margen del debate partidista. Algo, por otra parte, ciertamente ilusorio en unas democracias dominadas por partidos que suelen construir sus discursos y sus legitimidades más sobre la lógica del adversario que sobre dinámicas cooperativas.
Partiendo de esta obviedad, no es menos cierto que ante determinadas cuestiones alarmantes desde el punto de vista social (el terrorismo es el mejor y casi único ejemplo), los partidos políticos han logrado en nuestro país llegar a un “consenso de mínimos” que, no obstante, no ha estado desprovisto de polémicas.  Ahora bien, cuando nos enfrentamos a un problema de raíces tan hondas en cualquier sociedad como es la violencia sobre las mujeres, me temo que los instrumentos que en otros casos pueden ser eficaces corren mayor riesgo de ser desdibujados en la práctica.
El peligro de que la lucha contra las violencias machistas quede desdibujada en un acuerdo como el firmado hace unos días es tan previsible como lo demuestra el hecho de que hayamos visto ponerse las medallas a políticos y a políticas de muy distinto signo, por no hablar de la utilización que del mismo hizo el mismo Rajoy el día de su declaración como testigo en la Audiencia Nacional. Es decir, mucho me temo que este aparente “gran pacto” quede en otro más de los muchos documentos que nuestros representantes alumbran y cuya eficacia puede ser ciertamente limitada. Y ello por varios razones. La principal es que firmar un Pacto contra la violencia de género parte de un presupuesto erróneo: el consenso debería haber sido no tanto contra dicha violencia sino contra el machismo que la genera. Y justo esa lucha es de la que menos reflejo encontramos en el Pacto.
Creo que no haría falta insistir a estas alturas, como bien lleva siglos analizando el feminismo, en que la causa de todas las violencias e injusticias que sufren las mujeres es la pervivencia de una estructura de poder, el patriarcado, que nos sigue colocando a nosotros en una posición privilegiada  y a ellas en un lugar de subordiscriminación, como bien la califica la profesora Barrère. Por lo tanto, mientras que no ataquemos a esas raíces del problema, difícilmente vamos a acabar con la que es sin duda una de las más graves enfermedades de las democracias. De momento lo único que estamos haciendo es buscar tratamientos paliativos del dolor, alguna que otra medicina preventiva, pero no estamos incidiendo en cómo destruir las células que generan una patología tan dramática.
Además, la efectividad de buena parte de las medidas que se recogen en un Pacto, en el que por cierto el término machismo aparece en contadas ocasiones, requieren de un compromiso político mayor que la mera rúbrica de un documento digno de titulares. Exige, de entrada, un compromiso presupuestario que continúa siendo a todas luces insuficiente. Y lo es porque no se trata solo de aplicar presupuesto contra la violencia sino a favor de la igualdad. Un objetivo que en los últimos años hemos comprobado como ha sido absolutamente sacudido por las medidas de austeridad y por los mandatos neoliberales. Hasta que no tengamos claro que la mejor ley de igualdad, y por lo tanto contra la violencia, es la de Presupuestos, mucho me temo que seguiremos dando palos de ciego.
Pero es que, además de los recursos materiales y humanos que reclama la igualdad, y que no serían otros por cierto que los que reclama el maltrecho Estado Social que proclama el art. 1 CE,  difícilmente cambiaremos las estructuras de poder que generan desigualdad y violencia mientras que el Estado, las instituciones, los poderes públicos y por supuesto la sociedad civil no tengamos clara una visión de conjunto que no puede ser otra que la que el feminismo ha articulado hace ya tiempo. Es decir, mientras que una agenda feminista, de verdad y no meramente decorativa, no sea la principal y central del Estado, la desigualdad seguirá provocando estragos y las mujeres continuarán siendo las más vulnerables.
Por eso, yo también me habría abstenido ante un Pacto que, además, puede llevar a que se cortocircuiten las demandas feministas: qué más queréis, me imagino diciendo a algún representante. Por todo ello, yo también me habría abstenido y habría seguido trabajando para que al fin en este país sea posible un Pacto feminista contra el machismo.  Hasta que no lleguemos a ese horizonte, es más que probable que la igualdad de género continúe siendo la cenicienta de Estados que se llaman Sociales y democráticos de Derecho.
PUBLICADO EN eldiario.es (3 de agosto de 2017):
http://www.eldiario.es/tribunaabierta/pacto-feminista-machismo_6_671642852.html
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¿PARA CUÁNDO UN PACTO FEMINISTA CONTRA EL MACHISMO?

Aunque a muchas y a muchos les haya sorprendido, a mí me ha parecido profundamente honesta la posición de Unidos Podemos con respecto al Pacto de Estado contra la violencia de género. Su abstención debería servir para poner en evidencia no su oposición a las medidas que el resto de grupos han apoyado sino la desconfianza hacia un instrumento que también en mi opinión deja mucho que desear.  Más allá de las carencias concretas que se pueden detectar en el texto, muy especialmente la que supone excluir del mismo concepto de violencias machistas determinadas prácticas que provocan la subordinación de las mujeres, el mismo concepto de “pacto de Estado” se presta a una utilización perversa, lo cual, dado el panorama político que tenemos, no debería resultarnos nada extraño.
Es evidente que los Estados, cuando se enfrentan a determinados problemas que son estructurales y que generan consecuencias negativas y hasta dramáticas para la convivencia, necesitan articular un consenso político desde el que abordar ciertas cuestiones que, de entrada, deberían estar al margen del debate partidista. Algo, por otra parte, ciertamente ilusorio en unas democracias dominadas por partidos que suelen construir sus discursos y sus legitimidades más sobre la lógica del adversario que sobre dinámicas cooperativas.
Partiendo de esta obviedad, no es menos cierto que ante determinadas cuestiones alarmantes desde el punto de vista social (el terrorismo es el mejor y casi único ejemplo), los partidos políticos han logrado en nuestro país llegar a un “consenso de mínimos” que, no obstante, no ha estado desprovisto de polémicas.  Ahora bien, cuando nos enfrentamos a un problema de raíces tan hondas en cualquier sociedad como es la violencia sobre las mujeres, me temo que los instrumentos que en otros casos pueden ser eficaces corren mayor riesgo de ser desdibujados en la práctica.
El peligro de que la lucha contra las violencias machistas quede desdibujada en un acuerdo como el firmado hace unos días es tan previsible como lo demuestra el hecho de que hayamos visto ponerse las medallas a políticos y a políticas de muy distinto signo, por no hablar de la utilización que del mismo hizo el mismo Rajoy el día de su declaración como testigo en la Audiencia Nacional. Es decir, mucho me temo que este aparente “gran pacto” quede en otro más de los muchos documentos que nuestros representantes alumbran y cuya eficacia puede ser ciertamente limitada. Y ello por varios razones. La principal es que firmar un Pacto contra la violencia de género parte de un presupuesto erróneo: el consenso debería haber sido no tanto contra dicha violencia sino contra el machismo que la genera. Y justo esa lucha es de la que menos reflejo encontramos en el Pacto.
Creo que no haría falta insistir a estas alturas, como bien lleva siglos analizando el feminismo, en que la causa de todas las violencias e injusticias que sufren las mujeres es la pervivencia de una estructura de poder, el patriarcado, que nos sigue colocando a nosotros en una posición privilegiada  y a ellas en un lugar de subordiscriminación, como bien la califica la profesora Barrère. Por lo tanto, mientras que no ataquemos a esas raíces del problema, difícilmente vamos a acabar con la que es sin duda una de las más graves enfermedades de las democracias. De momento lo único que estamos haciendo es buscar tratamientos paliativos del dolor, alguna que otra medicina preventiva, pero no estamos incidiendo en cómo destruir las células que generan una patología tan dramática.
Además, la efectividad de buena parte de las medidas que se recogen en un Pacto, en el que por cierto el término machismo aparece en contadas ocasiones, requieren de un compromiso político mayor que la mera rúbrica de un documento digno de titulares. Exige, de entrada, un compromiso presupuestario que continúa siendo a todas luces insuficiente. Y lo es porque no se trata solo de aplicar presupuesto contra la violencia sino a favor de la igualdad. Un objetivo que en los últimos años hemos comprobado como ha sido absolutamente sacudido por las medidas de austeridad y por los mandatos neoliberales. Hasta que no tengamos claro que la mejor ley de igualdad, y por lo tanto contra la violencia, es la de Presupuestos, mucho me temo que seguiremos dando palos de ciego.
Pero es que, además de los recursos materiales y humanos que reclama la igualdad, y que no serían otros por cierto que los que reclama el maltrecho Estado Social que proclama el art. 1 CE,  difícilmente cambiaremos las estructuras de poder que generan desigualdad y violencia mientras que el Estado, las instituciones, los poderes públicos y por supuesto la sociedad civil no tengamos clara una visión de conjunto que no puede ser otra que la que el feminismo ha articulado hace ya tiempo. Es decir, mientras que una agenda feminista, de verdad y no meramente decorativa, no sea la principal y central del Estado, la desigualdad seguirá provocando estragos y las mujeres continuarán siendo las más vulnerables.
Por eso, yo también me habría abstenido ante un Pacto que, además, puede llevar a que se cortocircuiten las demandas feministas: qué más queréis, me imagino diciendo a algún representante. Por todo ello, yo también me habría abstenido y habría seguido trabajando para que al fin en este país sea posible un Pacto feminista contra el machismo.  Hasta que no lleguemos a ese horizonte, es más que probable que la igualdad de género continúe siendo la cenicienta de Estados que se llaman Sociales y democráticos de Derecho.
PUBLICADO EN eldiario.es (3 de agosto de 2017):
http://www.eldiario.es/tribunaabierta/pacto-feminista-machismo_6_671642852.html
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EL MACHISMO ME CONFUNDE: De besos, azafatas y ciclistas.

Una de las estrategias que el neomachismo está desarrollando en los últimos tiempos con el doble objetivo de deslegitimar al feminismo y mantener a salvo los privilegios de la mitad masculina es la confusión. Como además se ponen en cuestión temas sobre los que cualquiera se siente con derecho a opinar, resulta extremadamente fácil confundir los términos, mezclar conceptos y generar un estado de opinión en el que nada es lo que parece.  Si una de las principales herramientas de la vindicación feminista ha sido justamente la conceptualización precisa de las realidades derivadas de un sistema de poder – el patriarcado – y de una ideología – el machismo -, parece que estos tiempos de inmediatez y espectáculo la manera más socorrida de poner freno a determinadas conquistas es generar un perverso estado de opinión a partir de términos imprecisos y afirmaciones que nos descolocan. Por eso, y porque muy especialmente en materia de feminismo las ignorancias son más atrevidas que en cualquier otro campo teórico y vindicativo, es tan frecuente seguir escuchando a muchas famosas sostener que están a favor de la igualdad pero que no son feministas, o por supuesto a mucho ignorante de cualquier sexo decir eso tan socorrido de que “yo no soy ni machista ni feminista”.

Afortunadamente, y como compensación a ese estado de cosas, uno de los grandes triunfos del feminismo en esta época donde tantos pasos atrás se están dando en materia de igualdad es que ya resulta mucho más complicado que una actitud machista pase desapercibida. Ahí están las redes sociales como lugar donde las mujeres, y algunos hombres (pocos, todavía), reaccionan con carácter inmediato frente a cualquier atropello de la dignidad de ellas. Algo que hasta hace relativamente poco tiempo era inusual porque la regla general parecía ser el silencio cómplice con el orden establecido.  Ese papel deslegitimador del machismo que está teniendo el  feminismo en red está teniendo una singular y necesaria incidencia en uno de los ámbitos más resistente a la superación de los lastres sexistas. Me refiero al mundo del deporte.

Como todas y todos bien sabemos, dicho mundo continúa siendo uno de los más resistentes al cambio, a pesar de que, afortunadamente, cada día que pasa son más mujeres las que ocupan portadas con sus victorias en espacios que hasta ahora solo se habían redactado en masculino. La significativa portada del periódico Marca de hace unos días en la que se nos mostraba “sin palabras” ante el triunfo de Mireia Belmonte es un buen ejemplo de cómo justamente el patriarcado carece de palabras, y de recursos intelectuales y sociales, para reconocer y asumir la equivalencia de las mujeres. De ahí que en muchos casos siga tratando a las mujeres exitosas como una excepción, porque en líneas generales los genios seguimos siendo nosotros y las musas ellas. Algo que empieza afortunadamente a saltar por los aires cuando la opinión pública es capaz de cuestionar tradiciones tan machistas y casposas como la de las azafatas en competiciones ciclistas.

La polémica ha llegado hasta la vuelta ciclista a España, después de que en algunos casos se haya optado por la supresión de estas mujeres florero. Aunque todavía no sabemos qué pasara cuándo arranque la vuelta, el tema se ha situado en la opinión pública y ya no es posible que un buen periodista que por ejemplo entreviste a Javier Guillén, el director general de la Vuelta, obvie la pregunta.  En este caso, lo más sorprendente ha sido que ante la misma el señor Guillén contestara hace tan solo unos días lo siguiente: “Lo primero que tengo que hacer es defender y agradecer la dignidad y la profesionalidad de nuestras azafatas, que para nada llevan a cabo una labor sexista ni irreverente ni para nada machista. Es una profesión muy digna y ellas mismas defienden su actuación y el trato que reciben en la Vuelta. A partir de ahí, si hay que introducir elementos de cara a políticas de igualdad, como que haya que un azafato, debemos de hacerlo y ser sensibles a ese debate. Y si hay polémica por el doble beso al ganador, podemos prescindir de ello” (http://www.diariodesevilla.es/entrevistas/introducir-azafatos-haremos_0_1157584292.html)

La repuesta del director de la Vuelta responde fielmente a esos parámetros de confusión con los que el machismo se revuelve como gato panza arriba y demuestra la mucha pedagogía que es necesario hacer todavía cuando hablamos  de igualdad de género. Las explicaciones de Guillén demuestran que no ha entendido o no ha querido entender por qué el papel de las azafatas en dichas competiciones resulta denigrante y por qué la solución no es que situemos a los hombre en el mismo nivel de degradación, sino que analicemos verdaderamente el rol que en determinados contextos la sociedad continúa otorgando a las mujeres. No se trata de cuestionar la profesionalidad ni siquiera la valía individual de las mujeres que seguramente no han encontrado un trabajo más digno, sino de reflexionar qué modelo de mujer estamos mostrando ante la sociedad si seguimos reproduciendo a través de ellas dos de las leyes no escritas pero básicas del patriarcado. De un lado, la ley del agrado, es decir, la concepción de las mujeres como seres hechos para agradarnos y para dar satisfacción, aunque solo sea visual y estética, a nuestros deseos y necesidades. De otro, la ley del silencio, o lo que es lo mismo, la ausencia de voz femenina en un mundo donde se ha naturalizado que los que tenemos siempre la palabra y el protagonismo somos nosotros.

Es por tanto ese estereotipo y esa construcción de lo femenino la que ponemos en cuestión cuando censuramos prácticas aparentemente tan pequeñas como la de las azafatas que besan a los ciclistas cuando llegan a la meta. Una práctica que sumadas a otras miles continúan ofreciendo la imagen hegemónica de unas mujeres que difícilmente superan el rol de seres accesorios y secundarios. De ahí la importancia de que cualquier actividad, deportiva o cultural, artística o competitiva, rompa con esas reglas no escritas y contribuya a generar una mirada sobre ellas que las reconozca como seres tan autónomos y protagonistas como nosotros. No se trata por tanto, señor Guillén, de prescindir o no del doble beso:  es fantástico besarse y gozar con ello. Lo que hay que prescindir es de prácticas que incidan en la sexualización y en la concepción de las mujeres como seres para otros. Lo que debemos es justamente trabajar en sentido contrario, es decir, en conseguir que las mujeres sean reconocidas como seres que besan a quién quieran y cuándo quieran pero siempre en condiciones de equivalencia y de autonomía. Nunca en contextos que las continúen cosificando y en los que se confirme el mandato de silencio y sumisión que tanto parece erotizar al patriarca.

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EL MACHISMO ME CONFUNDE: De besos, azafatas y ciclistas.

Una de las estrategias que el neomachismo está desarrollando en los últimos tiempos con el doble objetivo de deslegitimar al feminismo y mantener a salvo los privilegios de la mitad masculina es la confusión. Como además se ponen en cuestión temas sobre los que cualquiera se siente con derecho a opinar, resulta extremadamente fácil confundir los términos, mezclar conceptos y generar un estado de opinión en el que nada es lo que parece.  Si una de las principales herramientas de la vindicación feminista ha sido justamente la conceptualización precisa de las realidades derivadas de un sistema de poder – el patriarcado – y de una ideología – el machismo -, parece que estos tiempos de inmediatez y espectáculo la manera más socorrida de poner freno a determinadas conquistas es generar un perverso estado de opinión a partir de términos imprecisos y afirmaciones que nos descolocan. Por eso, y porque muy especialmente en materia de feminismo las ignorancias son más atrevidas que en cualquier otro campo teórico y vindicativo, es tan frecuente seguir escuchando a muchas famosas sostener que están a favor de la igualdad pero que no son feministas, o por supuesto a mucho ignorante de cualquier sexo decir eso tan socorrido de que “yo no soy ni machista ni feminista”.

Afortunadamente, y como compensación a ese estado de cosas, uno de los grandes triunfos del feminismo en esta época donde tantos pasos atrás se están dando en materia de igualdad es que ya resulta mucho más complicado que una actitud machista pase desapercibida. Ahí están las redes sociales como lugar donde las mujeres, y algunos hombres (pocos, todavía), reaccionan con carácter inmediato frente a cualquier atropello de la dignidad de ellas. Algo que hasta hace relativamente poco tiempo era inusual porque la regla general parecía ser el silencio cómplice con el orden establecido.  Ese papel deslegitimador del machismo que está teniendo el  feminismo en red está teniendo una singular y necesaria incidencia en uno de los ámbitos más resistente a la superación de los lastres sexistas. Me refiero al mundo del deporte.

Como todas y todos bien sabemos, dicho mundo continúa siendo uno de los más resistentes al cambio, a pesar de que, afortunadamente, cada día que pasa son más mujeres las que ocupan portadas con sus victorias en espacios que hasta ahora solo se habían redactado en masculino. La significativa portada del periódico Marca de hace unos días en la que se nos mostraba “sin palabras” ante el triunfo de Mireia Belmonte es un buen ejemplo de cómo justamente el patriarcado carece de palabras, y de recursos intelectuales y sociales, para reconocer y asumir la equivalencia de las mujeres. De ahí que en muchos casos siga tratando a las mujeres exitosas como una excepción, porque en líneas generales los genios seguimos siendo nosotros y las musas ellas. Algo que empieza afortunadamente a saltar por los aires cuando la opinión pública es capaz de cuestionar tradiciones tan machistas y casposas como la de las azafatas en competiciones ciclistas.

La polémica ha llegado hasta la vuelta ciclista a España, después de que en algunos casos se haya optado por la supresión de estas mujeres florero. Aunque todavía no sabemos qué pasara cuándo arranque la vuelta, el tema se ha situado en la opinión pública y ya no es posible que un buen periodista que por ejemplo entreviste a Javier Guillén, el director general de la Vuelta, obvie la pregunta.  En este caso, lo más sorprendente ha sido que ante la misma el señor Guillén contestara hace tan solo unos días lo siguiente: “Lo primero que tengo que hacer es defender y agradecer la dignidad y la profesionalidad de nuestras azafatas, que para nada llevan a cabo una labor sexista ni irreverente ni para nada machista. Es una profesión muy digna y ellas mismas defienden su actuación y el trato que reciben en la Vuelta. A partir de ahí, si hay que introducir elementos de cara a políticas de igualdad, como que haya que un azafato, debemos de hacerlo y ser sensibles a ese debate. Y si hay polémica por el doble beso al ganador, podemos prescindir de ello” (http://www.diariodesevilla.es/entrevistas/introducir-azafatos-haremos_0_1157584292.html)

La repuesta del director de la Vuelta responde fielmente a esos parámetros de confusión con los que el machismo se revuelve como gato panza arriba y demuestra la mucha pedagogía que es necesario hacer todavía cuando hablamos  de igualdad de género. Las explicaciones de Guillén demuestran que no ha entendido o no ha querido entender por qué el papel de las azafatas en dichas competiciones resulta denigrante y por qué la solución no es que situemos a los hombre en el mismo nivel de degradación, sino que analicemos verdaderamente el rol que en determinados contextos la sociedad continúa otorgando a las mujeres. No se trata de cuestionar la profesionalidad ni siquiera la valía individual de las mujeres que seguramente no han encontrado un trabajo más digno, sino de reflexionar qué modelo de mujer estamos mostrando ante la sociedad si seguimos reproduciendo a través de ellas dos de las leyes no escritas pero básicas del patriarcado. De un lado, la ley del agrado, es decir, la concepción de las mujeres como seres hechos para agradarnos y para dar satisfacción, aunque solo sea visual y estética, a nuestros deseos y necesidades. De otro, la ley del silencio, o lo que es lo mismo, la ausencia de voz femenina en un mundo donde se ha naturalizado que los que tenemos siempre la palabra y el protagonismo somos nosotros.

Es por tanto ese estereotipo y esa construcción de lo femenino la que ponemos en cuestión cuando censuramos prácticas aparentemente tan pequeñas como la de las azafatas que besan a los ciclistas cuando llegan a la meta. Una práctica que sumadas a otras miles continúan ofreciendo la imagen hegemónica de unas mujeres que difícilmente superan el rol de seres accesorios y secundarios. De ahí la importancia de que cualquier actividad, deportiva o cultural, artística o competitiva, rompa con esas reglas no escritas y contribuya a generar una mirada sobre ellas que las reconozca como seres tan autónomos y protagonistas como nosotros. No se trata por tanto, señor Guillén, de prescindir o no del doble beso:  es fantástico besarse y gozar con ello. Lo que hay que prescindir es de prácticas que incidan en la sexualización y en la concepción de las mujeres como seres para otros. Lo que debemos es justamente trabajar en sentido contrario, es decir, en conseguir que las mujeres sean reconocidas como seres que besan a quién quieran y cuándo quieran pero siempre en condiciones de equivalencia y de autonomía. Nunca en contextos que las continúen cosificando y en los que se confirme el mandato de silencio y sumisión que tanto parece erotizar al patriarca.

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TROYANAS: DE VÍCTIMAS A SUJETOS POLÍTICOS

El valor de los clásicos reside en que no solo nos hablan del pasado, sino que también retratan el presente e incluso interrogan al futuro. Ese valor, que en el teatro se convierte en un ejercicio compartido de imaginación ética, es el que detectamos intacto y siempre fértil en la obra de Eurípides. La versión de sus Troyanas, que esta semana se ha estrenado en Mérida con dirección de Carme Portaceli y con una versión de Alberto Conejero, es una poética interpelación al corazón del patriarcado y a un orden que todavía hoy sigue convirtiendo en principales víctimas a las mujeres.

El gran acierto de esta versión, que no es casualidad que haya dirigido una mujer y que ha hilvanado un hombre que declara estar en camino de ser feminista, y a los que ha ayudado la dramaturga Margarita Borja, reside en la enorme fuerza que emana de un texto que nos habla de nosotros mismos, de las injusticias que vemos cada día en el telediario, de los niños muertos en Siria y de las mujeres violadas en cualquier guerra, de los náufragos del Mediterráneo y de las maquilas, en fin, de los hombres que siguen matando y de las madres que lloran las muertes de sus hijos. Este “desorden” dramático no es sino la expresión más brutal de un patriarcado que durante siglos se ha mantenido y prorrogado a través del ejercicio de múltiples violencias machistas, empezando por básica, que es la estructural y simbólica, que han convertido a la femenina en mitad subordinada. Sin voz ni voto, domesticadas y calladas, meros cuerpos que el semen y la sangre de los varones han convertido en territorios ocupados, las mujeres siempre han sido un territorio al servicio de los deseos e intereses masculinos: esclavas sexuales, botín de guerra, objetos de dogmas y reglas morales, vaginas violadas y úteros de alquiler.


Las Troyanas de Carme y Alberto, cuyos gritos de dolor desesperados se nos clavan en las tripas porque son gritos presentes, nos dejan absolutamente desnudos frente al espejo. A todas y a todos, pero sobre todo a nosotros, los sujetos históricamente detentadores del poder, de la violencia y de los privilegios. Masculinidades sagradas, como las califica Juan José Tamayo, que reproducen la ira de dioses varones vengadores. Hombres y dioses cómplices en la cultura de la violación, en la administración parcial de la Justicia, en la elaboración de leyes con las que mantener sus dividendos.

El desgarro de Hécuba, el grito sin final que Aitana Sánchez-Gijón convierte en eco del de millones de mujeres, es el primer paso para la conversión de las siempre víctimas en sujetos políticos. Ellas, las madres, las esposas, las hijas, las prometidas, las vendidas como objetos, son las que ocupan el escenario y hablan. Toman la palabra y se rebelan contra el mandato del silencio. Se atreven a desobedecer el “hágase en mí según tu palabra” y se agarran a la energía emancipadora del yo. Estas apátridas, que diría Virginia Woolf, son las primeras de una larga cadena de mujeres que con muchas dificultades se han ido empoderando y han ido cosiendo, con hilo violeta, pacifista y feminista, las hondas heridas que el patriarca ha ido dejando en el planeta Tierra. En lucha permanente con los que siempre hemos querido y queremos tener la última palabra y a la que más nos valdría abandonar la virilidad vergonzante de Taltibio, el mensajero de los dioses que interpreta Ernesto Alterio en esta versión recién estrenada,  y matar de una vez por todas al dios violento y el héroe sin escrúpulos que llevamos dentro. En nombre de la diosa Eirene y de los de tantas y tantas mujeres cuya sangre derramada convierte en vinagre el vino fecundo y alegre de la democracia.

Publicado en Diario Público, 23-7-17:
http://blogs.publico.es/otrasmiradas/9687/troyanas-de-victimas-a-sujetos-politicos/
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TROYANAS: DE VÍCTIMAS A SUJETOS POLÍTICOS

El valor de los clásicos reside en que no solo nos hablan del pasado, sino que también retratan el presente e incluso interrogan al futuro. Ese valor, que en el teatro se convierte en un ejercicio compartido de imaginación ética, es el que detectamos intacto y siempre fértil en la obra de Eurípides. La versión de sus Troyanas, que esta semana se ha estrenado en Mérida con dirección de Carme Portaceli y con una versión de Alberto Conejero, es una poética interpelación al corazón del patriarcado y a un orden que todavía hoy sigue convirtiendo en principales víctimas a las mujeres.

El gran acierto de esta versión, que no es casualidad que haya dirigido una mujer y que ha hilvanado un hombre que declara estar en camino de ser feminista, y a los que ha ayudado la dramaturga Margarita Borja, reside en la enorme fuerza que emana de un texto que nos habla de nosotros mismos, de las injusticias que vemos cada día en el telediario, de los niños muertos en Siria y de las mujeres violadas en cualquier guerra, de los náufragos del Mediterráneo y de las maquilas, en fin, de los hombres que siguen matando y de las madres que lloran las muertes de sus hijos. Este “desorden” dramático no es sino la expresión más brutal de un patriarcado que durante siglos se ha mantenido y prorrogado a través del ejercicio de múltiples violencias machistas, empezando por básica, que es la estructural y simbólica, que han convertido a la femenina en mitad subordinada. Sin voz ni voto, domesticadas y calladas, meros cuerpos que el semen y la sangre de los varones han convertido en territorios ocupados, las mujeres siempre han sido un territorio al servicio de los deseos e intereses masculinos: esclavas sexuales, botín de guerra, objetos de dogmas y reglas morales, vaginas violadas y úteros de alquiler.


Las Troyanas de Carme y Alberto, cuyos gritos de dolor desesperados se nos clavan en las tripas porque son gritos presentes, nos dejan absolutamente desnudos frente al espejo. A todas y a todos, pero sobre todo a nosotros, los sujetos históricamente detentadores del poder, de la violencia y de los privilegios. Masculinidades sagradas, como las califica Juan José Tamayo, que reproducen la ira de dioses varones vengadores. Hombres y dioses cómplices en la cultura de la violación, en la administración parcial de la Justicia, en la elaboración de leyes con las que mantener sus dividendos.

El desgarro de Hécuba, el grito sin final que Aitana Sánchez-Gijón convierte en eco del de millones de mujeres, es el primer paso para la conversión de las siempre víctimas en sujetos políticos. Ellas, las madres, las esposas, las hijas, las prometidas, las vendidas como objetos, son las que ocupan el escenario y hablan. Toman la palabra y se rebelan contra el mandato del silencio. Se atreven a desobedecer el “hágase en mí según tu palabra” y se agarran a la energía emancipadora del yo. Estas apátridas, que diría Virginia Woolf, son las primeras de una larga cadena de mujeres que con muchas dificultades se han ido empoderando y han ido cosiendo, con hilo violeta, pacifista y feminista, las hondas heridas que el patriarca ha ido dejando en el planeta Tierra. En lucha permanente con los que siempre hemos querido y queremos tener la última palabra y a la que más nos valdría abandonar la virilidad vergonzante de Taltibio, el mensajero de los dioses que interpreta Ernesto Alterio en esta versión recién estrenada,  y matar de una vez por todas al dios violento y el héroe sin escrúpulos que llevamos dentro. En nombre de la diosa Eirene y de los de tantas y tantas mujeres cuya sangre derramada convierte en vinagre el vino fecundo y alegre de la democracia.

Publicado en Diario Público, 23-7-17:
http://blogs.publico.es/otrasmiradas/9687/troyanas-de-victimas-a-sujetos-politicos/
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SU MEJOR HISTORIA: LA HISTORIA CONTADA POR LAS MUJERES

En un mundo como el cinematográfico, prácticamente monopolizado por los varones, y en el que por tanto imperan los relatos androcéntricos y los esquemas narrativos en los que las mujeres apenas son personajes accesorios y siempre articulados en función de sus compañeros heroicos, cada día se hace más necesario, urgente diría yo, contar con otras miradas. Las de aquellas a las que la cultura, al menos la mayoritaria y comercial, sigue relegando al papel de musas y difícilmente encuentran acomodo en los espacios que el patriarcado reserva a los genios masculinos.

Solo de esa manera se podrán ir construyendo otro tipo de relatos y por tanto de imaginarios colectivos que superen al fin los esquemas más rancios del patriarcado. Para ello, insisto, es necesario que cada vez haya más mujeres contando historias, ofreciéndonos su visión de la vida, aportándonos esa otra mitad que falta en la pantalla.  Porque solo cuando la cultura deje de legitimar las estructuras jerárquicas del sistema sexo/género será posible avanzar de verdad hacia una efectiva igualdad. Mientras que sigan fallando los resortes culturales –y por tanto, educativos y socializadores– las leyes, las políticas y los planes de igualdad lograrán resultados tibios, que además serán fácilmente derogables por la fuerza incontrolable de lo que nos entra por los ojos y a través de las emociones

Por todo ello, es tan saludable, y hasta democráticamente inspirador, que podamos encontrar en la cartelera películas dirigidas por mujeres y en las que por tanto sea fácil descubrir la mirada que suele faltar en los productos culturales. Esa experiencia es la que como espectador he tenido al ver la última película de la directora británica Lone Scherfig, cuyo título ha sido traducido al español como Su mejor historia. A Scherfig se deben títulos tan distintos e interesantes como Italiano para principiantes (2000), Wilbur se quiere suicidar (2002) y, sobre todo, la deliciosa An education (2009), en la que lograba dar una vuelta de tuerca al amor romántico.

En su última película la directora adapta una novela escrita por una mujer – Their finest hour and a half, de Lissa Evans– y nos cuenta una historia que está basada en la real de la guionista galesa Diana Morgan, que trabajó en los míticos estudios Ealing durante los años 40. Por lo tanto, nos encontramos con mujeres que cuentan historias de mujeres en un contexto, como el del mundo del cine, donde si todavía hoy sufren discriminaciones de tipo horizontal y vertical no digamos en los años 40, en los que difícilmente podían superar el nivel de floreros o secretarias.

En Su mejor historia, que es también un canto de amor de su directora al cine, vemos cómo la protagonista, interpretada de manera brillante por Gemma Arterton, cree que ha sido contratada como secretaria por el Ministerio de Propaganda británico cuando realmente lo que quieren de ella es que dé credibilidad a los diálogos de mujeres que habitualmente eran concebidos como si las mismas fueran seres de racionalidad limitada y fuertemente estereotipados. Catrin Cole, que así se llama la protagonista, se verá inmersa en la escritura del guión de una película que, en plena segunda guerra mundial, pretende elevar la moral de la población en unos momentos tan difíciles.


Más allá de lo bien contado que está el rodaje de la película propagandística, y del medido tono de comedia que tienen las relaciones entre los personajes de la historia, lo más interesante de esta cuidada película es cómo se nos muestra a un personaje femenino empoderado, que es capaz de liberarse incluso de las ataduras afectivas que en un determinado momento pueden llegar a encadenarla y que, sobre todo, se mueve en un mundo de hombres donde tan complicado era para una mujer, y me temo que todavía lo es, ser reconocida sin prejuicios sexistas y desde la equivalencia de méritos con sus colegas varones.

No se trata de una película a la que podamos calificar de manera rotunda como feminista, pero sí que en ella la directora nos ofrece perspectivas que no suelen ser habituales cuando las historias están en manos masculinas. En este sentido, cabe señalar la mirada crítica y hasta irónica que realiza sobre los héroes masculinos de la pantalla, las reivindicaciones de un mayor protagonismo de los personajes femeninos en historias en las que habitualmente ellas no eran las heroínas o la complicidad con una protagonista que en medio de un contexto tan brutal –la sociedad de los años 40 atravesada por los horrores de la guerra– lucha por ser ella misma, por ser la dueña de su destino y por hacerse valer y reconocer por sus méritos y capacidades. Y por supuesto que hay historia de amor, pero una historia en la que vemos cómo ella intenta en todo momento mantener las riendas y a la que incluso vemos hasta cierto punto resistirse cuando no tiene muy claro si merece la pena entregarse a un hombre.

Su mejor historia, en mitad del páramo terrible en que se convierten las salas de cine en estos meses de verano, es una opción más que recomendable para reconciliarnos no solo con el cine bien hecho, artesanalmente impecable, sino también con otra manera de contar la vida. Con mujeres que ocupan el lugar central de la cartelera y de sus destinos. Con una mirada agudamente crítica sobre un mundo hecho por y para los hombres. Esos hombres que tantas guerras han provocado y provocan, en las que se ponen tantas medallas y de las que siempre han sido y son principales víctimas las mujeres. Las que quedaron viudas, las que perdieron sus hijos y maridos, las que tuvieron que volver a sus casas cuando los héroes volvieron a las fábricas, las que tuvieron que hacer malabarismos para sobrevivir en mitad de las bombas.  Esas que al fin, en películas como la de Lone Scherfig, ocupan su lugar debido en la memoria y en el imaginario que compartimos.

Publicado en eldiario.es (18-7-17):
http://www.eldiario.es/tribunaabierta/mejor-historia-contada-mujeres_6_666043420.html

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