«Papa, llegim un conte? – @jordiberche

Cartelería de dónde están los padres

Con estas cuatro palabras, se activa la magia y empieza uno de los momentos que, como padre, me provoca más felicidad: la hora del cuento. De repente, nada más importa, nada más existe. Valentina y yo dispuestos a entrar en un mundo de fantasía.

De pequeñita, ella escuchando y yo como actor principal, ensayando voces, marcando pausas dramáticas, inventando canciones para poner más salsa al cuento en cuestión.

Con el tiempo, Valentina alzando la voz, protestando si por casualidad se me ocurría improvisar e introducir cualquier pequeño cambio en alguno de sus cuentos sagrados.

Y ahora, ya con siete años, el cuento como excusa para el diálogo, la lectura compartida, hilos continuamente interrumpidos por sus preguntas, por mis intentos de respuesta, por el debate que de repente se aleja del libro y va a un terreno mucho más interesante, porque es allí donde intuyo que se está formando su personalidad, sus reflexiones, su forma personal e intransferible de pensar.

Y ese soy yo. Sin más. El papá de Valentina. «¿Qué puede aportar mi experiencia como padre a quien lea esto?», me pregunté al ser invitado a participar en la campaña «¿Dónde están los padres?». Pero luego pensé que daba igual si no aportaba nada, que lo que tenemos que hacer los hombres es hablar, reflexionar conjuntamente. Pensar cuál debe ser nuestro rol dentro de esta sociedad que, felizmente, está en tránsito. ¿Cómo podemos seguir a las mujeres en esta exigencia legítima de cambio? ¿Qué debemos hacer?

Dice Ritxar Bacete, en el prólogo de Papá, el maravilloso álbum ilustrado que acaba de publicar, que «todos los papás estamos hechos de trocitos de otros papás». Y creo que es cierto: nuestra forma de ser padres nunca es única y genuina. Está moldeada por múltiples modelos de paternidad. Hasta hace bien poco, el modelo de padre era solo uno: aquel padre distante, severo, frío, insensible y autoritario. Ese también lo llevamos en nosotros, aunque sea muy en el fondo, aunque sea por oposición. Pero, afortunadamente, somos muchos los padres que queremos ensayar otros modelos.

La inercia del movimiento feminista nos invita a hacerlo. Y, a muchos, sus palabras nos resuenan, intentamos ser más conscientes de todo, y es entonces cuando descubrimos las múltiples capas que tienen los roles de género en la paternidad y la maternidad.

Por eso he querido arrancar con el momento del cuento. Un momento bonito. Un momento placentero y que me llena. ¿Es eso lo que me define como padre? La respuesta debe ser que no. Mejor: que solo eso, no. Que la nueva paternidad debería ser, aparte de más presente, más consciente. Que no basta con estar. Que no basta con el momento del baño. Que no basta
con hacer planes divertidos en familia. Que no basta con cocinar un día a la semana. Que no basta con la hora del cuento…

Es entonces cuando empiezas a intuir que la revolución debe ser más honda. Que esto va de cargas mentales. Que se trata de estar incluso cuando no estés. Que se trata de pensar si hace mucho que no tienes una reunión con la tutora y concertarla porque te preocupa saber qué pasa en la escuela. Que se trata no solo de hacer macarrones con tomate un sábado, sino
pensar que si usas según qué ingrediente te quedarás sin y habrá que comprar más para el bocadillo del desayuno del lunes. Que se trata incluso de decidir no intervenir ni juzgar si tu hija te explica un conflicto con un compañero o una compañera del colegio, de decidirlo conscientemente, porque quieres confiar en ella y que desarrolle sus propias armas ante las
mil situaciones similares que la vida le tiene preparadas (de decidirlo conscientemente… pero quedarte con una angustia en el pecho que no se te va hasta que te cuenta que todo se ha arreglado).

Que se trata de reconocerte en tus mil contradicciones. Reconocerte como un padre imperfecto, un padre que fue un hijo criado en un entorno inconscientemente machista y arrastra tics, un padre que a veces pierde los nervios, un padre que se siente pequeño en muchas situaciones…

Y es ahí cuando te das cuenta de que lo que pasa es que es tremendamente incómodo renunciar a este gran privilegio que, como hombres, tenemos en nuestra cultura: no se espera de nosotros que sepamos cuidar. Y esta, creo, debería ser nuestra revolución. Luchar internamente contra este privilegio. Rebelarnos contra nuestro egoísmo y nuestra comodidad.

¿El premio?

Para mí, disfrutar, todavía más, de la hora del cuento. Hasta que Valentina quiera.


Jordi Berché

Jordi Berché
Papá de Valentina y editor de libros infantiles

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