Un primerizo en pandemia con demasiada suerte – @israelhergon

Cartelería Dónde están los padres

El 26 de agosto de 2020, a las 13:30 h. aproximadamente, por primera vez tenía a mi hija entre mis brazos. Para llegar a ese momento, habían pasado 41 semanas de embarazo. 41 semanas de las que algo más de la mitad fueron con un estado de alarma. Y de las que 2 meses estuvimos confinados en casa.

Hoy, cuando escribo este post tras la invitación de “Papás blogueros”, mi hija ya tiene 6 meses y unos días. 6 meses en el que ha tocado criar con una pandemia, con mascarillas, con restricciones de movilidad, con toque de queda, con relaciones sociales limitadas… Y un sinfín de dificultades añadidas no buscadas.

Todo este panorama, para un padre primerizo como yo, podréis comprender que es una experiencia que me ha marcado (y me sigue marcando). Porque si ser primerizo ya es toda una aventura, agrégale todo lo comentado. Por eso yo he querido reflexionar sobre ¿dónde están los padres primerizos en pandemia? Y lo haré poniendo el foco en determinados aspectos que me han resultado clave.

Cuando no puedes entrar a las ecografías

El primer punto son las ecografías. Por suerte, la primera ecografía fue mes y medio antes que el mundo se pusiese patas arriba. Digo esto porque ese es un tema que ha ocurrido (y sigue ocurriendo). Con la pandemia, los padres no pudimos entrar a las ecografías. Y sé de embarazos posteriores al nuestro que no han podido entrar ni si quiera a la primera.

Cuando hablo de esto, inevitablemente, recuerdo aquella ecografía de la semana 20, en los primeros días de abril, con la pandemia en su punto más álgido. Recuerdo llevar a mi pareja al hospital, dejarla en la puerta sabiendo que iba a estar sola en la ecografía más importante. Una ecografía dónde miran todos los detalles y te confirman que el bebé está bien o puedes recibir una noticia dura. Mientras, yo esperaba en el coche, viendo furgones militares en la puerta del hospital y de urgencias. Y, tras una 1 hora esperando, ni si quiera pude escuchar el latido a través del móvil de mi pareja, porque le prohibieron sacarlo.

En aquel momento asumí que era lógico que no me permitieran entrar. Y, a pesar de relajarse las medidas, tampoco pude entrar en las que vinieron después. Por suerte, si pude entrar en una, en julio, porque no había nadie más, ya que era viernes y nos tocó de las últimas citas. Pero, por el contrario, no pude entrar en la que propusieron programar inducción. Incluso, me impidieron la entrada al hospital porque “de 10:00 a 12:00 no se permitían acompañantes, solo los estrictamente necesarios”.

Ahora en frío, pienso que eso no debería haber ocurrido (ni debería seguir ocurriendo). Porque aquello suponía una vulneración de un derecho que ellas tienen, del que nosotros nos beneficiamos. Y porque, por mucho que uno crea que todo va bien, siempre tienes la incertidumbre de que puedes recibir una mala noticia.

La mujer embarazada, la gran olvidada

Otro aspecto fue el trato a la mujer embarazada durante el estado de alarma. Estábamos con una pandemia de un virus desconocido, del que no se sabía casi nada. Se hablaba de “población de riesgo” constantemente. Pero, curiosamente, ellas no estaban dentro de ese grupo.

Efectivamente, ningún protocolo, ninguna guía, ningún plan de prevención de riesgos laborales incluía a las embarazadas entre la “población de riesgo”. Esto solo llegó en Semana Santa, casi 1 mes después de decretarse el estado de alarma. Solo se planteaba el teletrabajo. Y en caso de no poder, dar la baja. Pero esta baja dependía de demasiadas personas: del empresario, del equipo médico de la mutua y de los facultativos de atención primaria.

Esto puedo corroborarlo porque mi pareja trabaja en farmacia. Así que la primera semana tuvo que seguir trabajando, sin ninguna medida de seguridad. Yo, mientras, me quedaba en casa. En casa completamente preocupado sin saber si volvería contagiada. Sin saber, si eso ocurría, si podría afectar a la bebé que estábamos esperando. Y lo único que podía hacer era buscar los vericuetos que justificasen la baja.

Por suerte, dimos con una facultativa de atención primaria que entendió la situación perfectamente. Así que le dio la baja por IT (al no ser población de riesgo no se consideraba enfermedad laboral) en la segunda semana del estado de alarma. Pero fue necesario encadenar 4 bajas hasta que la mutua, le concedió la baja por “riesgo durante el embarazo”, que llegó a finales de abril (tras denegarla 1 mes antes, porque “no cumplía los requisitos necesarios”).

¿Y quién nos prepara para lo que viene?

El tercer tema es lo referido a la formación y preparación. Esto es lo que, comúnmente, se llama “preparación al parto”. Pero cuando eres primerizo y asistes al taller descubres que también se habla de lo que viene después.

Al decir esto podéis suponer que recibimos la formación. Efectivamente, así fue. Pero no fue nada fácil. Porque, al fin y al cabo, todo lo presencial estaba cancelado. Solo quedaba que hubiera alguna posibilidad online. Y, curiosamente, esta posibilidad dependía del interés y motivación de la matrona del centro de salud.

Ante esta situación, nos planteamos la alternativa de formación privada. Nosotros, por suerte, gracias a un contacto, pudimos entrar en un grupo de una fisioterapeuta que estaba realizando una formación online de manera gratuita. Y, además, finalmente tuvimos la suerte que se animó nuestra matrona y realizó el curso por Zoom.

Un parto con mascarilla

El momento del parto fue otra situación con complicaciones añadidas. A nosotros nos tocó en agosto. Por suerte, no estaban los protocolos más estrictos y yo pude acompañar sin ningún problema. No como esos casos de padres que, en los primeros compases del estado de alarma, no pudieron acompañar a sus mujeres, que dieron a luz solas.

Digo esto y vuelvo a pensar que jamás debería volver a ocurrir. Porque, como me dijeron hace poco, “en el parto, el padre no es el protagonista, pero tiene un papel muy importante”. Y esto fue uno de los aspectos, entre tantos, de violencia obstétrica que están sufriendo las mujeres.

Por supuesto, la mascarilla estuvo presente durante todas las horas del proceso de dilatación y los pujos. Y durante el ingreso, en la habitación, dónde mi pareja se la tenía que poner, aunque estuviera dando el pecho, si entraba personal. Por suerte, nos podíamos tomar un respiro de ella cuando estábamos solos. Y cuando entraban, en general, esperaban a que nos la pusiéramos sin malos gestos ni malas palabras.

También pasó qué, tras muchas horas de parto, nos dijeron que finalmente debía ser cesárea. En primera instancia asumí, una vez más, que no podría entrar (a pesar que estábamos en un hospital que hacen cesáreas humanizadas). Pero, por suerte, una facultativa asumió la responsabilidad y dijo: “preparad al padre, que entra a quirófano”, alegando que mi pareja dio negativo en la prueba de Covid-19 y yo estaba asintomático. Además, por suerte, justo ese día estaban preparando los cambios en los protocolos, que pasaron a ser más estrictos.

Nunca más tantos “por suerte”

Como habéis podido leer, durante todo mi relato he dicho muchas veces “por suerte”. A mí parecer, son demasiadas ocasiones en las que la fortuna hace acto de presencia. Sobre todo, en cosas que nunca deberían haber ocurrido. Y os puedo asegurar que podría contar algunos más.

Esta dependencia de la suerte vislumbra soledad, piedras en el camino y vulneración de derechos. Todo ello nos generó ansiedad, miedo, angustia, agobio, desesperación, tristeza… Un sinfín de emociones y sentimientos que aumentan la incertidumbre que siempre está presente en este proceso.

Por supuesto, estoy seguro que ser padre en pandemia no ha sido fácil en ningún caso. Pero para un primerizo, creo que esas emociones se han intensificado exponencialmente.  Y es una pena que esto ocurra en una experiencia llena de ilusión. Que, además, necesita de amor, cariño y alegría.

Por todo ello, quiero acabar reivindicando que, aunque vengan mil pandemias más, espero que las autoridades sanitarias hayan tomado nota. Y que hayan aprendido la lección. Porque un proceso vital como es convertirte en padre, no debería depender, en ningún momento, de la suerte.

P.D. Como veis, solo he compartido los aspectos relativos al embarazo y el parto. La crianza no la he tocado. Creo que la crianza de un padre primerizo en esta situación da para otro largo artículo. Además, que aún no ha terminado la pandemia. Así que espero compartirlo en un futuro cercano, cuando todo esto acabe.


Israel Hergón se define como

Trabajador social y narrador oral. Papá primerizo y autónomo. Aprendiendo y reflexionando cada día de este nuevo prisma tanto en mi mundo personal como profesional.

https://israelhergon.com/

1 comentario sobre “Un primerizo en pandemia con demasiada suerte – @israelhergon

  1. Lágrimas en los ojos, nudo en el estómago….. gracias por dar visibilidad a todo lo que pasamos.”Por suerte” han habido cambios en los protocolos, pero en mi caso, las restricciones fueron mucho mayores. Jamás podremos recuperar lo que nos hemos perdido.

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