LUIS TOSAR, EL HOMBRE

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LA CIUDAD SIN ÁRBOLES

Los árboles son memoria, pero también aliento. Si uno se atreve a escucharlos, tienen mil historias que contarnos. Cuando de niños nos subíamos a sus ramas, era como si desde allí fuera posible emular a los piratas que buscaban tesoros. Contemplarlos de adultos supone una lección de humildad por lo pequeños y fugaces que nos vemos bajo sus ramas. Llorar cuando arden en el bosque es un poético pero inútil ejercicio de arrepentimiento. En las ciudades, en las que inevitablemente su presencia siempre está en lucha contra el asfalto, se elevan como rebeldes organismos que nos recuerdan, o al menos eso intentan, que somos Naturaleza. Que por más avanzados y sofisticados que nos creamos, los seres humanos dependemos del verde para seguir respirando. Porque, ante todo, y, sobre todo, somos tierra, a la que volveremos, y miramos siempre hacia un cielo que cada vez es menos azul por obra y gracia de nuestros impulsos depredadores. Los árboles están ahí para decirnos que solo somos una pieza pequeñita de una larga cadena intergeneracional.
Una ciudad sin árboles, como cada vez lo es más Córdoba, es un espacio condenado al infierno, en el cada vez resulta más difícil abrir ventanas, sentir que caben aires distintos, multiplicar las estaciones para que en cualquiera de ellas quepa la vida. Una ciudad de granito es un espacio en el que no pueden jugar los niños y las niñas, en el que no es posible mirar al futuro, en el que todo parece hecho para que el ser humano se haga de piedra, es decir, reaccionario y dogmático. Una ciudad gris y precaria, en la que ni siquiera los jóvenes que nos invaden para celebrar sus despedidas de soltero encuentran una sombra en la que cobijarse, es el pasaporte perfecto para quienes desean escapar. Una ciudad en la que sus plazas no transpiran, y en las que por tanto no es posible vivir una fiesta de los sentidos, por más que en Fitur nuestros políticos vendan el eslogan contrario, es una puerta abierta a la desesperación.
La ciudad sin árboles –
Octavio SalazarOctavio Salazar
09/09/2019

Los árboles son memoria, pero también aliento. Si uno se atreve a escucharlos, tienen mil historias que contarnos. Cuando de niños nos subíamos a sus ramas, era como si desde allí fuera posible emular a los piratas que buscaban tesoros. Contemplarlos de adultos supone una lección de humildad por lo pequeños y fugaces que nos vemos bajo sus ramas. Llorar cuando arden en el bosque es un poético pero inútil ejercicio de arrepentimiento. En las ciudades, en las que inevitablemente su presencia siempre está en lucha contra el asfalto, se elevan como rebeldes organismos que nos recuerdan, o al menos eso intentan, que somos Naturaleza. Que por más avanzados y sofisticados que nos creamos, los seres humanos dependemos del verde para seguir respirando. Porque, ante todo, y, sobre todo, somos tierra, a la que volveremos, y miramos siempre hacia un cielo que cada vez es menos azul por obra y gracia de nuestros impulsos depredadores. Los árboles están ahí para decirnos que solo somos una pieza pequeñita de una larga cadena intergeneracional.
Una ciudad sin árboles, como cada vez lo es más Córdoba, es un espacio condenado al infierno, en el cada vez resulta más difícil abrir ventanas, sentir que caben aires distintos, multiplicar las estaciones para que en cualquiera de ellas quepa la vida. Una ciudad de granito es un espacio en el que no pueden jugar los niños y las niñas, en el que no es posible mirar al futuro, en el que todo parece hecho para que el ser humano se haga de piedra, es decir, reaccionario y dogmático. Una ciudad gris y precaria, en la que ni siquiera los jóvenes que nos invaden para celebrar sus despedidas de soltero encuentran una sombra en la que cobijarse, es el pasaporte perfecto para quienes desean escapar. Una ciudad en la que sus plazas no transpiran, y en las que por tanto no es posible vivir una fiesta de los sentidos, por más que en Fitur nuestros políticos vendan el eslogan contrario, es una puerta abierta a la desesperación.
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No hacía falta que un informe nos dijera que la cobertura arbórea de Córdoba se sitúa en el 11,2%, cuando debería superar el 20%, y que ello provoca problemas de contaminación, el recalentamiento del asfalto o que las temperaturas sean elevadas por las noches. Quienes vivimos en esta ciudad que cada vez es más desértica en todos los sentidos, sufrimos cada día y cada noche los efectos cotidianos de la ausencia de políticas públicas comprometidas en serio con las urgencias climáticas y de una ética cívica que incluya entre sus prioridades el cuidado de lo que nos da la vida. En este sentido, también lo local necesita de una revolución ecofeminista que incorpore la ética del cuidado como tronco del que debería brotar las ramas del resto de políticas. Una ética que abraza la vida y que pone en el centro todo lo que nos vincula con el resto de los seres vivos y con una Naturaleza que no externa a nosotros, sino que, como una enredadera, nos hace formar parte de planeta. Todo lo contrario, es evidente, a la falta de ética de un mercado que nos esclaviza en nombre de los deseos y que alimenta el individualismo egoísta que todos y todas llevamos dentro.
Volver en septiembre a esta ciudad sin árboles se me ha hecho más cuesta arriba que nunca. La ciudad que, cada vez con menos árboles y con más nazarenos por las calles, se empeña en hundirse en un pozo muy hondo en el que solo huele a caca de perro y a incienso bendecido. En la que el verde, que te quiero verde, parece reservarse para el parque temático que le ofrecemos a los turistas en folletos. En la que cada vez resulta más difícil pasear por unas calles y unas plazas en las que intentan convencernos de que los maceteros de diseño pueden suplir a los jardines que crecían como niños.
Publicado en Diario Córdoba, Lunes 9-9-2019:

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26M: LA CIUDAD QUE SUEÑO

La ciudad en la que vivimos, y que no siempre llegamos a habitar, es donde nos construimos como individuos. El espacio de las oportunidades y de las negaciones, el lugar en el que vamos trenzando vínculos emocionales y de supervivencia, el tiempo que se hace calle, y plaza, y rotonda. La ciudad es donde nos hacemos o deshacemos como ciudadanos y ciudadanas. De ahí la relevancia de las elecciones del próximo 26 de mayo, en las que no solo vamos a elegir a quienes nos representarán en el ámbito local sino también, de alguna manera, un determinado entendimiento de cómo nos gustaría articular en un futuro próximo ese trocito de mundo en el que acaban teniendo sentido todas las cosas. Ese espejo en el que nos miramos cada día y en el que descubrimos pliegues insospechados de nuestros rostros.
Yo votaré el 26-M teniendo presente que la ciudad que quiero y pensando en que quien nos gobierne en los próximos 4 años sea capaz de elevar a Córdoba por encima de un pasado que en muchos casos acaba siendo un lastre, que haga de la ciudad un lugar de iniciativas y de emprendimiento que la alejen del parque temático en el que corre el riesgo de convertirse. Es decir, que más allá de los programas electorales obvios y olvidables, tuviese la lucidez y la energía necesarias para desprenderse de dinámicas que nos hacen reaccionarios y comodones, cómplices la mayoría de un territorio conservador y acobardado, y en el que, por lo tanto, es fácil que se mantengan en sus púlpitos quienes siempre se creyeron los amos. Eso implicará poner límites y restar autoridad a quien no debería tenerla y colocar en su sitio, en su sitio democrático, a quienes todavía parece no haberse enterado de que el espacio común solo puede estar regido por los valores compartidos.
26-M: La ciudad que sueño –

os, y que no siempre llegamos a habitar, es donde nos construimos como individuos. El espacio de las oportunidades y de las negaciones, el lugar en el que vamos trenzando vínculos emocionales y de supervivencia, el tiempo que se hace calle, y plaza, y rotonda. La ciudad es donde nos hacemos o deshacemos como ciudadanos y ciudadanas. De ahí la relevancia de las elecciones del próximo 26 de mayo, en las que no solo vamos a elegir a quienes nos representarán en el ámbito local sino también, de alguna manera, un determinado entendimiento de cómo nos gustaría articular en un futuro próximo ese trocito de mundo en el que acaban teniendo sentido todas las cosas. Ese espejo en el que nos miramos cada día y en el que descubrimos pliegues insospechados de nuestros rostros.
Yo votaré el 26-M teniendo presente que la ciudad que quiero y pensando en que quien nos gobierne en los próximos 4 años sea capaz de elevar a Córdoba por encima de un pasado que en muchos casos acaba siendo un lastre, que haga de la ciudad un lugar de iniciativas y de emprendimiento que la alejen del parque temático en el que corre el riesgo de convertirse. Es decir, que más allá de los programas electorales obvios y olvidables, tuviese la lucidez y la energía necesarias para desprenderse de dinámicas que nos hacen reaccionarios y comodones, cómplices la mayoría de un territorio conservador y acobardado, y en el que, por lo tanto, es fácil que se mantengan en sus púlpitos quienes siempre se creyeron los amos. Eso implicará poner límites y restar autoridad a quien no debería tenerla y colocar en su sitio, en su sitio democrático, a quienes todavía parece no haberse enterado de que el espacio común solo puede estar regido por los valores compartidos.
Hace tiempo que dejé de soñar con la utopía de una democracia participativa, o con el horizonte un tanto naif de un movimiento vecinal implicado las 24 horas del día, y no digamos con la capacidad de los artistas para construir imaginarios más allá de sus ombligos, pero sí que sigo confiando en las herramientas de un gobierno representativo que, no nos engañemos, acaba siendo un reflejo bastante fiel de las bondades y miserias de los representados. Por tanto, ejerceré mi derecho al voto siendo consciente del poder que representa y sin renunciar, por tanto, a mi condición de sujeto vigilante y con derecho a exigir responsabilidades a aquellos que han de manejar los recursos públicos. Y desde esta posición espero que quienes se sienten en Capitulares en apenas unas semanas tengan como criterios preferentes la realización efectiva de la justicia social, la redistribución de bienes y recursos y, por supuesto, la ausencia de complicidades con quienes pretenden hacer de la ciudad su cortijo particular. Ello pasa necesariamente por darle un giro ecofeminista, es decir, horizontal y comprometido con la ética del cuidado, a las políticas locales, a los métodos y maneras de gestionar lo común, a las prioridades que marquen la agenda de una ciudad que no puede seguir tan dependiente de la panacea del turismo y de la precariedad laboral que fomenta. Una ciudad que no debería seguir permitiendo que sus mejores talentos se vayan para no volver.
La ciudad que yo quiero, en la que ojalá los árboles acaben ganándole la batalla al asfalto y en la que el ruido de la fiesta dejé de ser el dios que administra a su antojo calles y plazas, necesita menos palabrería y más acción. Menos egos competitivos, dedicados profesionalmente a la política, y más representantes que asuman que lo suyo es un servicio público y no una plataforma para su estrellato. La ciudad que yo sueño es la de un otoño de versos y no tanto la de un mayo en el que tanto aroma de flor me acaba mareando.
Publicado en Diario Córdoba, 13-5-2019:

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