• Octavio

    (Octavio )

Octavio:

  • FEUD: LAS MUJERES MAYORES TAMBIÉN EXISTEN

    En los últimos años, y desde el punto de la construcción de relatos, las series televisivas se están convirtiendo en un espacio mucho más plural y contemporáneo que el cine. No solo estamos disfrutando en la pequeña pantalla de productos excelentemente manufacturados sino que también tenemos la oportunidad de seguir historias que hacen visibles realidades habitualmente ignoradas por el cine comercial. Algo de lo que saben mucho las mujeres, no solo limitadas en cuanto a su papel protagonista en los oficios cinematográficos y en las mismas películas, sino también en cuanto a la presencia de su mirada sobre la vida y, por tanto, tan ausentes en los imaginarios colectivos. Una situación que se agrava cuando las mujeres llegan a una determinada edad que el mercado neoliberal no considera compatible con las expectativas de negocio. Un negocio que sigue marcado por el control sobre el cuerpo femenino, por la constante sexualización de la mitad de la Humanidad y por la cosificación de quienes solo parecen importar en cuanto objetos que son mirados por hombres.

    En este sentido, han sido reiteradas en los últimos tiempos las reivindicaciones de las actrices que cuando superan una determinada frontera de años prácticamente desaparecen o son devaluadas a roles muy secundarios. Algo que no sucede con sus colegas varones que pueden continuar siendo maduros interesantes y galanes con canas. Este terrible drama es precisamente el núcleo de la estupenda serie que en estas semanas emite HBO con el acertado título de FEUD (disputa). En ella no solo asistimos al enfrentamiento de dos grandes del Hollywood clásico, Joan Crawford y Bette Davis durante el rodaje de la mítica Qué fue de Baby Jane, sino que lo que me ha resultado más interesante de esta producción televisiva es el acercamiento al drama que viven dos mujeres que cuando cumplen años son ignoradas por la industria, a las que se les niega una voz propia y que acaban siendo sufrientes esclavas de un orden patriarcal, en aquellos años avalado por los grandes estudios, en el que los varones todopoderosos crean productos en los que ellos desean y ellas son las deseadas. Un dualismo jerárquico en el que lógicamente cotizan poco o nada las arrugas y la experiencia de unas mujeres que en su momento cautivaron al público.
    Disfrutar además de las enormes interpretaciones de Jessica Lange, en el papel de Joan, y Susan Sarandon, haciendo de Bette, otras dos grandes actrices maduras a las que el cine parece haber dado la espalda, es razón más que suficiente para no perderse esta disputa que nos alerta sobre la que debería ser una cuestión esencial del feminismo: el espacio y la voz que nuestras sociedades ofrecen a las mujeres cuando el mercado masculino y androcéntrico las expulsa a las afueras. Ese lugar en el que acaban todas las que ya no disponen de un cuerpo capaz de generar los deseos que los varones miramos, admiramos y pagamos. Ese, y no la rivalidad entre mujeres que tanto le gusta alimentar al patriarcado, es el tema central de Feud, una de esas series que ninguna persona cinéfila ni feminista debería perderse. Para continuar aprendiendo qué privilegios hay que desmontar y qué revolución queda por hacer.
    PUBLICADO EN LA WEB DE CLÁSICAS Y MODERNAS, 28-4-17:
    http://www.clasicasymodernas.org/tv-gafas-violetas-feud/
  • BIG LITTLE LIES: SORORIDAD VS. VIOLENCIA MACHISTA

    Hace ya algunos años que las series de televisión se han convertido en un espacio de construcción de relatos contemporáneos mucho más impactantes, y veraces, que los que nos ofrece en general una gran pantalla esclava de los dictados de las palomitas. Cuesta encontrar en el cine actual películas que hayan abordado por ejemplo cuestiones tan llenas de aristas como la masculinidad hegemónica —Mad men— , las plurales identidades de género —Transparent— o las dificultades que las mujeres siguen teniendo para ejercer el poder —Borgen—.
    La pequeña pantalla está ofreciéndonos en la actualidad no solo productos impecables en cuanto a su manufactura, sino también en cuanto a su capacidad de adentrarse en aspectos esenciales de las subjetividades del siglo XXI. En este sentido, también las mujeres, con tantas dificultades para tener una presencia similar a la de los hombres en el cine y para ofrecernos su mirada sobre el mundo, están encontrando en las series un lugar en el que no parecen regir, al menos con la misma intensidad, las reglas patriarcales de la gran pantalla y en el que por tanto no solo pueden tener el protagonismo que les niega el cine sino también la oportunidad de contarnos otras historias.
    Un magnífico ejemplo de esta “revolución” femenina es la recientemente emitida por HBO Big Little lies. Una serie que ha sido posible gracias al empeño de Nicole Kidman, que además de productora es una de las protagonistas, y que ha dirigido con su habitual buen pulso el canadiense Jean-Marc Vallée, del que nunca olvidaré su hermosísima Crazy (2005). Uno de los grandes méritos de esta miniserie no es solo el rotundo protagonismo femenino, hasta el punto de que los personajes masculinos son secundarios y en algún caso hasta accesorios, sino su valentía al mostrarnos buena parte de las servidumbres que las mujeres aparentemente autónomas del siglo XXI continúan sufriendo, en especial la violencia machista que sacude la vida de tantas como la expresión más brutal de desigualdad.
    Las protagonistas de la serie, que viven en un lugar paradisíaco y a las que vemos con recursos materiales más que suficientes para tener una vida “feliz”, son todas, en mayor o menor medida, prisioneras de un sistema sexo/género que las sigue colocando en una posición devaluada. Unas mujeres que continúan teniendo dificultades para armonizar su vida familiar con la profesional (entre otras cosas porque esa responsabilidad recae más sobre ellas que sobre los padres de sus criaturas), que viven con angustia las obligaciones que genera la maternidad, que están encorsetadas entre un permanente sentimiento de culpa y una vigilancia social que es mucho más cruel sobre ellas que sobre sus parejas, que parecen siempre insatisfechas con el proyecto de vida que finalmente están realizando. Todo ello las hace, a pesar de su probada inteligencia y de la brillantez que les dejan demostrar en ocasiones, más vulnerables que sus compañeros, a los que vemos disfrutar de los privilegios en los que han sido educados y que continúan asumiendo como algo natural.
    Pero junto a todos esos elementos, y muchos otros que tienen que ver con eso que tan acertadamente sentenciara Tolstoi de que “todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, el mayor mérito de Big Little Lies es el tratamiento que ofrece de la violencia de género a través del drama que vive Celeste (Nicole Kidman) en su matrimonio. Ella y el bellísimo Perry (Alexander Skarsgärd) constituyen el prototipo de los protagonistas de un cuento de hadas. Son la expresión extrema de la belleza, la elegancia, la perfección y la felicidad tanto material —la espléndida casa en la que viven— como emocional —esos hijos que parecen sacados de un catálogo de moda infantil—. Son la traducción contemporánea del príncipe y la princesa de cualquier producción Disney, es decir, la expresión más depurada de todos y cada uno de los mitos del amor romántico y la representación más evidente de cómo los mandatos heteropatriarcales continúan haciendo de la familia tradicional el paraíso soñado.
    Pero tras esa envidiable fachada, como por desgracia es habitual en tantas parejas, habita un predador masculino que entiende el amor como dominio y una esclava de su señor que incluso justifica la violencia ejercida sobre ella en nombre de la pasión. La serie nos va mostrando cómo nunca antes, que yo recuerde, lo había hecho un producto televisivo todas las fases de la violencia de género, las múltiples estrategias de las que se sirve el maltratador y la espiral de auto-engaño y de pérdida de autoestima de la que parece no poder ni querer salir la que permanentemente está maquillándose los moratones.
    Además, vemos también como esa violencia que tiene como principal víctima a la mujer genera otras víctimas (en este caso, los hijos) y cómo sin ayuda especializada y externa es prácticamente imposible salir de un laberinto en el que las cicatrices cada día son más difíciles de cerrar. Por todo ello, Big Little Liesdebería ser de visión obligatoria para todos los hombres que aún no tienen muy clara la conexión que existe entre patriarcado-amor romántico- violencia y para todas las mujeres que necesitan una mano que tire de ellas antes de que acaben absolutamente hundidas en el fango de relaciones tóxicas que les roban su autonomía.
    Afortunadamente, y no haré ningún spoiler, el final de la serie no es tan terrible como el que con tanta frecuencia nos recuerdan los telediarios. Por el contrario, no podía haber un final más positivo y esperanzado que el que nos regala, y en el que frente a la omnipotencia masculina triunfa la sororidad femenina. Un último capítulo que incluso nos muestra un epílogo que nos permite soñar con una playa en la que al fin las mujeres se han liberado de la terrible carga de ser dependientes de los hombres, como si todas las protagonistas hubieran aprehendido la teoría del “continuum lesbiano” de Adrienne Rich.
    Un final radicalmente feminista que a su vez nos demuestra lo necesitados que estamos de “otros” relatos, es decir, de historias que den voz y autoridad a la mitad que siempre tuvo un lugar secundario en el imaginario hecho a imagen y semejanza de quienes por los siglos de los siglos hemos tenido el poder.
    Publicado en BLOG MUJERES de EL PAÍS, 19-4-2017:
    http://elpais.com/elpais/2017/04/19/mujeres/1492597516_087025.html
  • CARME CHACÓN: ERA EN ABRIL

    Recibo la noticia de la muerte de Carme Chacón en plena tarde de Domingo de Ramos, justo cuando la ciudad empezaba su mayor performance colectiva para deleite de muchos y malestar de quienes aún no han entendido que el espectáculo es una manera de superar el aburrido monoteísmo y de celebrar la vida a pesar de la muerte. No puedo evitar una fractura por dentro que me reconcilia con mi fragilidad. Leo en los días siguientes en los medios y en las redes sociales mucha sorpresa y mucho dolor, pero también comentarios que, a diferencia de lo que habitualmente sucede con los hombres públicos, someten a la exministra a un escrutinio muy severo. Lo que en nosotros se convierte en fácil pretexto para el homenaje, en ellas se torna cuestionamiento, ajuste de cuentas incluso: una doble vara de medir que el patriarcado alimenta y que todos, consciente o inconscientemente, aplicamos. En algunos casos con el silencio, y ya sabemos que la omisión otorga a los poderosos y quita a los vulnerables.

    Recuerdo el rostro luminoso de Carme justo en una semana en la que en nuestras calles vemos una perfecta representación barroca de los roles de género: nosotros, señores en los púlpitos y principales protagonistas; ellas, abnegadas madres, un paso por detrás, sufrientes dadoras de vida y seres que viven para los demás. El hijo revolucionario y con voz, dios en la tierra; la madre, silenciosa y virtuosa, cautiva de sus renuncias. Contemplando estas imágenes, no dejo de pensar en lo complicado que todavía hoy lo tienen ellas, las Marías de todo el planeta, incluso en aquellos espacios donde ha triunfado la democracia. De ahí que no se me vaya la cabeza de Carme pisando fuerte, llevando los pantalones, plantándole cara a la confesionalidad del ejército, mirando al otro siempre orgullosa de sus convicciones pero sin la acritud del enemigo. Cuántas veces he usado en clases y conferencias su imagen como ministra de Defensa embarazada pasando revista a las tropas para explicar en qué consiste la democracia paritaria y por qué es tan importante que ellas estén en los mismos lugares que nosotros hemos ocupado durante siglos. Aunque el objetivo final pueda ser acabar con ellos, como muchos soñamos hacer con los ejércitos.

    Como todos los que no sabíamos de su enfermedad, ahora he descubierto cómo en esa mujer, a la que muchos por ejemplo cuestionaron sus virtudes patrióticas por el simple hecho de ser catalana, tuvo el doble mérito de amarrarse a la vida y a su sueño de servicio público con la fortaleza de la que solo son capaces quienes son conscientes de que su vida pende de un hilo. Una lección que muchos hombres deberíamos aprender de las mujeres que con tanta insistencia nos demuestran que la verdadera fuerza tiene que ver con la asunción de nuestra vulnerabilidad. La muerte de Carme ha sido, además, una terrible metáfora del drama que vive el PSOE, de lo que pudo haber sido y no fue, de lo que no aún no sabe que quiere ser. Los rostros entristecidos que en estos días la recordaban son también los que a duras penas ocultan la preocupación ante el futuro incierto de un partido que hace años dejó de hablar el lenguaje de la ciudadanía. Quizás por no haberse querido mirar en el espejo y hacer la debida autocrítica, quizás por haber desarrollado demasiadas actitudes propias de esos machitos encantados de haberse conocido, quizás por vivir más pegado a las sombras del pasado que a la energía que en su momento pudo suponer una Carme Chacón de la que justo ahora sabemos que era la más capaz para luchar contra los destinos traicioneros. Una de esas mujeres que, pese a los obstáculos que siguen sufriendo, hablan, hacen e inspiran. Por las que siempre, Marías de todo el planeta, merece la pena seguir celebrando otro abril de sueños republicanos y horizontes violetas.
    Publicado en LAS FRONTERAS INDECISAS, Diario Córdoba, 17-4-2017:
    http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/carme-chacon-era-abril_1140020.html
  • ELENA FORTÚN CONTRA EL HETEROPATRIARCADO


    “Vuelve a tu hogar, mujer, esposa, dueña y señora, vuelve a tus deberes, con los tuyos…>> ¡No! Los míos son esos que despreciáis, Joaquinito, Fermina, Lolín, Rafita,… los parias de una sociedad normal que no tiene otro fin más que reproducirse, los que habéis echado de vuestras honradas casas, llenas de lujuria, lloros de chicos y olor de pañales… Ellos son mis compañeros de camino y me voy con ellos…”
    Termino la lectura de Oculto sendero, la novela inédita y prácticamente una biografía novelada de Elena Fortún, y no tengo ninguna duda de que he leído una de las obras literarias que mejor relatan la lucha contra los barrotes de la jaula del patriarcado en una doble dimensión: la de la mujer que se siente prisionera de su papel de ángel del  hogar y la que ha de liberarse de la esclavitud de la heteronormatividad. Escrita durante su exilio en Argentina y firmada con el seudónimo de Rosa María Castaños, el interés de esta obra, como bien explica en la introducción Nuria Capdevila-Argüelles, “radica en su tratamiento de la identidad sexual y genérica, constituyendo una exploración única de las relaciones entre homosexualidad y heterosexualidad. La situación de la mujer creadora en las primeras décadas del siglo XX- los años de <<las modernas>> o <<garzonas>> – y su problemática relación con el otro masculino que corta o dificulta su autoría o emancipación es el otro gran tema de esta singular novela, testamento literario de la creadora de Celia, el personaje infantil más importante de la literatura española”.
    La historia de Mª Luisa, que desde niña rechaza los vestidos y quiere vestirse de marinero, es la de tantas mujeres que se vieron encerradas en la dictadura de unas normas de género que les marcaban su lugar en el mundo: el de las sumisas y virtuosas Sofías frente al Emilio nacido para la autonomía. De ahí que las mujeres que osaban superar las fronteras de lo privado eran inmediatamente tachadas de “malas”, como esas que vivían frente a la casa de la protagonista: “…cuando yo salía al balcón desobedeciendo a mamá, que me lo tenía prohibido, porque en la casa inmediata vivían unas mujeres malas. Nunca explicaba por qué eran malas aquellas mujeres que nunca pude ver, y yo suponía que siempre estaban regañando, que se arañaban y pellizcaban unas a otras, que gritaban mucho y hasta que escupían a la calle desde el balcón, cosas todas abominables y terribles”.
    Mª Luisa, como todas las mujeres durante décadas, es educada para ser un ángel del hogar, una señora de, un ser carente de autonomía y al que desde pequeña niegan sus capacidades creativas. Las de la niña que se niega a ponerse “gasas de bailarina” y a la que cuando le preguntan qué harás cuando seas mayor, contesta “vestirme de hombre y montar a caballo”.  La mujer que iremos viendo cómo se resiste a ser una burda copia del modelo virginal de María: “El perfume de las rosas que inundaba la clase, las canciones frescas y desentonadas, las velas encendidas que daban animación y vida a la cara perfecta de la Virgen”.
    Dividida en tres partes que se corresponden con la primavera, el verano y el otoño, y con un final de otoño que no llega a ser invierno, esta obra excepcional nos permite ser testigos del aprendizaje de una mujer que sufre múltiples renuncias y angustias hasta que finalmente consigue liberarse. Es, desde esta perspectiva, el perfecto relato de cómo el heteropatriarcado se ha construido siempre no solo sobre la subordiscriminación de las mujeres sino también sobre del brutal dualismo que contrapone de manera jerárquica heterosexualidad y otras opciones sexuales.
    La novela nos muestra además a la perfección como en paralelo a la sumisión de ellas se construyen las masculinidades poderosas y públicas, las propias de los diligentes padres de familia, las que tienen derecho al cuerpo y la sexualidad de las mujeres para satisfacer sus deseos. Elena Fortún no renuncia a contarnos un par de episodios de lo que hoy llamaríamos acoso sexual y que hacen que la protagonista, o sea, ella misma, se vaya posicionando frente a una masculinidad predadora. El primer episodio lo protagonizan unos chavales – “Ya otro había deslizado sus manos ásperas por mis muslos y trataba de meterlas por la boca de los pantalones …”  – mientras que en el segundo, casi un intento de violación,  es un juez el que se lanza sobre ella: “Estaba muy encarnado y respiraba jadeante, echándome a la cara su aliento desagradable. Cada vez le importaba menos el juego y más yo. Al fin, me cogió contra la pared y aplicando sus labios gordos a los míos me besó ávidamente, metiendo casi su boca entre mis dientes, al mismo tiempo que su lengua gorda y repugnante buscaba la mía hasta casi asfixiarme… y su cuerpo se aplastaba contra mi pecho, y una pierna se incrustaba entre las mías…” Unos hombres que mal llevan que las mujeres de principios del siglo XX empiecen a reivindicar su autonomía, las mismas oportunidades, ser al fin dueñas de sus proyectos de vida: “Ahora les ha dado a las mujeres por imitarnos…”. No falta en la novela incluso una mirada crítica sobre esos hombres que por ejemplo van de putas con total normalidad y con la complicidad silenciosa del resto: “Luego, ¿había mujeres que hacían eso por ganar dinero?¡Y los hombres venían a buscarlas como si fueran al café! ¡Dios, qué espanto! Y todos lo sabían… lo sabía mamá, papá, mis hermanos… todo el mundo, menos yo hasta aquel momento, y continuaban tan tranquilos, y reían felices… ¡No se morían de espanto y de horror!”.
    Oculto sendero recrea a la perfección todos los mandatos de género que durante siglo han limitado los espacios y los tiempos de las mujeres, al tiempo que hacían de ellas seres educados para la virtud y para la entrega a los otros: “¡Ya está en la infancia femenina marcado el espíritu de sacrificio, la necesidad de consagrarse a la felicidad de la familia!”.  Una virtud que en el caso concreto de nuestro país estuvo marcado por el catolicismo, la única religión verdadera – claro que hay otras, pero como dice la madre de Mª Luisa, “todas son mentiras”- que enseñó a las mujeres el camino del sacrificio, la obediencia y el pudor. Una religión que santificó el orden heteronormativo a través del matrimonio, el único destino para la mujer decente: “El camino de la mujer es el matrimonio y todo lo que aprenda y estudie debe ser con miras al día de mañana, para hacer feliz al hombre que escoja por compañera, y ser una buena madre de familia”. Ese es el destino contra el que se rebela  la protagonista a la que Elena le hace decir: “¡Si yo no quiero ser una madre de familia! ¡Si no me quiero casar, ni estudiar piano, ni coser, ni hacer cuentas..! Solo quiero leer, leer todos los libros que hay en el mundo…” Un sueño que chocaba contra la jaula que la sociedad tenía construida para ella, porque “para cuidar del marido y criar hijos no hacen falta literaturas”.
    Oculto sendero, editada primorosamente por la Editorial Renacimiento, es el grito de Mª Luisa, pero también de Elena, y el de tantas mujeres que ansiaron tener la misma libertad que los hombres: “¡Yo sí que les envidiaba! ¡Su libertad, sus trajes sencillos, estrictos, sin ninguna fantasía, su derecho de comportarse naturalmente, sin afectación…!”. Mujeres las que desde pequeñitas se las educaba para cuidar y encontrar marido, por lo que “quedarse para vestir santos” suponía el mayor fracaso que podían sufrir. Esa es la gran tensión que sufre la protagonista: “Y yo no tenía ningún deseo de tener casa, ni de coser todo el día, ni de llevarle el desayuno a la cama… Aquellos proyectos me sonaban a un servicio que yo estaba obligada a hacer… Jorge pintaría y yo… a coser, a limpiar la casa ayudando a la criada, a administrar el dinero… y por toda alegría, ver pintar a Jorge… ¡Así tenía que ser! ¡Así vivían todas las mujeres! El orden establecido por la sociedad era este y no otro…” Un orden que Rousseau elevó a la categoría moral de modelo y que los Códigos Civiles convirtieron en Derecho: “¡Aquella pobre Teresita del pueblo se decía que engañaba a su marido! ¡Qué atrocidad! Ella ha debido resignarse, cuidar de su casa y de sus hijos, …¿Qué él era mujeriego y holgazán? ¿Que había acabado con el último céntimo de ella…? Sí, todo eso era verdad, pero su obligación era morir en la brecha, defendiendo su hogar…” En fin, las heroicas Sofías soportando “las sinrazones del marido sin quejarse”.
    Pero no solo es la lucha contra ese orden la que sufrimos con la protagonista de la novela, también es la salida del armario tras un largo proceso de empoderamiento que le lleva finalmente a afirmar “a mí no me gustan los hombres” y tiempo después  a tratar de ser consecuente con lo que le dicta su piel. Un proceso especialmente dramático en una sociedad para la que un homosexual era “un invertido, un cochino repugnante” y para la que las lesbianas no existían, eran invisibles, sumaban la puerta de su deseo a la que ya de por sí tenían cerrada por su condición de mujeres.
    Oculto sendero nos muestra cómo también entre los años 20 y 30 del pasado siglo las mujeres empezaron a ocupar espacios en nuestro país que tiempo atrás les estaban vedados: “¡Ah, las muchas modernas! Las veía solas por la calle, con su cartera bajo el brazo, camino de la universidad, del instituto, de la escuela…¿Por qué había venido yo al mundo diez años antes de mi tiempo?” Mª Luisa/Elena luchando contra el tiempo que no tuvo y al fin logrando reconocer sus verdaderos latidos: “siento crecer algo que siempre he llevado en el corazón y en el cerebro, como un hijo… y que esta vez no se me puede morir”. La mujer que al fin se mira en el espejo y se reconoce en artistas y en otros seres libres: “El artista es tal vez el tercer sexo… Creo que entre los humanos son los artistas los que no deben reproducirse…el artista lleva en su cerebro y en su alma comprendidos los dos sexos, en un extraño hermafroditismo capaz de crear”. Los ecos andróginos de Coleridge y después de Virginia Woolf a través de la Fortún.
    La biografía novelada de la creadora de Celia acaba siendo uno de los más hermosos relatos que yo recuerdo sobre lo que supone vivir en un mundo que no te reconoce – “los que son normales nos desprecian” – y en el que el crimen o pecado contra natura acaba siendo un cerrojo contra la naturaleza del sujeto que escapa a las reglas de la mayoría.  Un relato que ha sido más frecuente leer “en masculino” pero que no ha sido tan habitual que sea narrado, al menos en nuestro país, por mujeres.  De ahí el valor de este testamento literario de Elena Fortún, una mujer desdichada y excepcional, una de esas grandes desconocidas en un mundo que sigue dominado por el prestigio masculino. Una de esas muchas víctimas de unas estructuras de poder que le cortaron  las alas y que la obligaron a vivir en permanente lucha. Leer este libro no es solo por tanto homenajearlas sino también hacer un ejercicio de memoria para que nunca se nos olvide de dónde venimos y qué frágiles son las conquistas de la igualdad. Todo eso al margen de las muchas virtudes literarias de un texto que te hace sentir como propio el desgarro de una mujer que acaba afortunadamente reconociéndose y queriéndose a sí misma como primer paso hacia la auténtica libertad.
  • DESEOS MASCULINOS

    Fui uno de los muchos espectadores que en su día quedaron tocados por la hermosísima Los juncos salvajes (1994). En aquel relato de adolescencias, deseos callados e identidades en tránsito, André Techiné ofreció lo mejor de sí y nos dio una lección sobre lo complejo que es liberarse del infinitivo para instalarse en el gerundio. Décadas después, el director francés vuelve a regalarnos una imperfecta pero bella historia sobre chicos que se están haciendo y sobre cómo pelean en esa etapa de la vida en que los hombres, sobre todo los hombres, nos vemos compelidos a cumplir fielmente con unas determinadas expectativas de género. La hermosa historia de amor que nos cuenta esta película, porque al final no es sino una historia de amor,  nos muestra como la virilidad, entendida en el sentido hegemónico del término, nos ata y en muchos casos nos conduce a subrayar el patrón que los otros diseñan para nosotros. La tensión existente entre los dos chicos protagonistas, Tom y Damien, que se plasma literalmente en violencia en la primera parte de la película, es la muestra más clara de cómo la represión del deseo, ese sobre el que los dos hablan cuando preparan una tarea de clase, produce monstruos y mucha infelicidad. Una represión en la que los hombres hemos sido y somos educados desde el momento en que asumimos la homofobia como parte esencial de la identidad masculina.

    La misma referencia de los padres de la película – el padre ausente y proveedor de Tom, el padre presente a intervalos, y heroico militar, de Damien – nos muestran el espejo en el que se miran (aunque solo sea de reojo) los dos adolescentes que viven entre la soledad de la rareza, sobre todo en el caso de Tom, y el confortable útero materno (Damien). Un complejo equilibrio al que por cierto parecen desafiar Bowie y el cartel de al película CRAZY en el caso del hijo del militar y que se vuelve huida imposible en los baños solitarios de Tom en el lago de las montañas.

    Y entre medias, las madres. La madre de Tom, que es cuidada por el hijo adoptivo , el cual por tanto no continúa el linaje juramentado del padre, y a la que finalmente vemos concibiendo descendencia, pero no un varón sino una hija a la que el hijo coge en sus brazos con miedo primero y ternura después.  Junto a ella, o más bien frente a ella, la madre de Damien, la doctora que extiende sus cuidados más allá de lo privado, una mujer inteligente y autónoma, aunque solo a medias, que tiene la capacidad de saber gestionar los conflictos y de buscar espacios in between. Todo ello mientras el marido ausente y en la guerra no deja de ser el bello héroe sin el que ella se siente a medias, la eterna Penélope que espera al pluscuamperfecto soldado que no sabemos si el hijo admira o esquiva.  (atención SPOILER!!!) Su muerte bien podría ser toda una metáfora de lo que Techiné pretende dar por muerto en su película y un final de capítulo que nos permite vislumbrar un nuevo mundo el que, ojalá, ya nadie tenga que frenar sus deseos. En el que los varones hayamos dejado de vivir en la cárcel del boxeo y los silencios. Un mundo en el que sobren medallas y honores militares, y en el que la Madre Naturaleza, tan presente en la película, nos evidencie que somos nosotros los que creamos monstruos ante nuestra incapacidad para sentir las llamadas liberadoras del cuerpo, la necesidad del otro, la frescura sanadora del agua en la que deberíamos tener la valentía de sumergirnos. Fuertes desde la fragilidad. Como juncos salvajes.

  • LO QUE SE JUEGA EL PSOE

    Hace ya algunos años, como me supongo que también buena parte de quienes me leen, fui votante del PSOE. Poco a poco, y me imagino que también como le pasó a muchos de ustedes, me fui sintiendo cada vez más lejos de un partido al que percibía ensimismado, prisionero de sus dilemas y, lo más grave, absolutamente desconectado de lo que bullía en la calle, de las necesidades ciudadanas, de los nuevos vientos que empezaban a reclamar una izquierda más transformadora y menos acomodaticia. Esos males no han hecho sino acrecentarse en los últimos tiempos, en los que, ante la sacudida de la crisis y la emergencia de nuevas fuerzas políticas, el PSOE ha sido incapaz de mirarse al espejo y asumir qué tipo de socialismo y sobre todo qué tipo de partido necesita una democracia del siglo XXI.
    Por todo ello, el proceso de primarias a punto de abrirse oficialmente no es solo una cuestión interna sino que tiene una inevitable proyección en cuánto a qué partido socialista vamos a encontrarnos en los próximos años y de qué manera va a ser capaz de subvertir un orden de cosas que hoy por hoy mantiene triunfante al neoliberalismo. No se discute por tanto solamente qué persona va a ocupar la secretaría general sino qué proyecto político se arma como alternativa a la derecha acomodaticia y como pieza que finalmente encaje en un panorama que poco tiene que ver con aquél en que los socialistas se convirtieron en la gran esperanza de una España recién nacida a la democracia. Precisamente por eso, porque el contexto no es el mismo y porque los retos a los que nos enfrentamos poco tienen que ver con los de los gloriosos ochenta, me parece un gran error la reivindicación del pasado, la prórroga de liderazgos que ahora tienen poco que decir, el intento de sobrevivir más con el aliento de lo que fueron que con el oxígeno de lo que pueden ser. Lo cual no quiere decir que no se reconozca lo mucho bueno que hicieron los gobiernos socialistas, sino que ese no es, o no debería ser, el eslabón que justo ahora permitirá recuperar la confianza perdida.
    Como elector que fui del PSOE, y como ciudadano que además con la llamada nueva política está más decepcionado que ilusionado, me gustaría que el partido que renaciera en mayo nada tuviera que ver con ese aparato que nos recuerda que el uso y el abuso del poder produce monstruos, ni con esas dinámicas que avalan que para muchos/as socialistas estar en el partido ha sido una forma de vida y no un servicio público, ni con esas estructuras tan androcéntricas y patriarcales que solo de manera muy superficial parecen estar comprometidas con la igualdad. La izquierda necesita otros lenguajes y otras estrategias para hacer real un proyecto que en definitiva tiene, o debería tener, como ejes la igualdad real y efectiva de la ciudadanía, el bienestar de todos y de todas, la búsqueda permanente de una mayor justicia social. Un programa que lógicamente supone domar el capitalismo salvaje y entender el ejercicio del poder lejos de la verticalidad masculina. Un horizonte que mal casa con liderazgos populistas, con discursos que abundan en la sensiblería propia de una izquierda que ya difícilmente nos convence de su poderío intelectual y con una manera de entender la política en la que no caben matices ni diálogos porque todo parece dejarse en manos de un/a salvador/a a quien hemos de adorar. Solo cuando el PSOE se libere de esos lastres que lo hacen ser un partido viejo, que no histórico, y poco creíble para quienes lo hemos visto tan seducido por las oligarquías, será posible que empiece a remontar el vuelo. Eso es justo lo que el partido se juega: tener nuevas alas o limitarse a remendar las que hace tiempo solo nacen en las espaldas de quienes necesitan del partido para sobrevivir.
    Las fronteras indecisas, Diario Córdoba, 3 de abril de 2017: 
    http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/juega-psoe_1136678.html
  • PATRIOTAS SIN PATRIA

    La historia que nos cuenta 1898, Los últimos de Filipinas, la revisión del clásico del cine español que el pasado año dirigió con buen pulso Salvador Calvo, nos plantea un relato que me atrevería a llamar contra-épico, o al menos así lo es desde el punto de vista de las masculinidades que lo protagonizan. La historia del destacamento español que fue sitiado en el pueblo de Baler, en la isla filipina de Luzón, por insurrectos filipinos revolucionarios durante más de 300 días, es un magnífico ejemplo de cómo históricamente la masculinidad hegemónica ha estado ligada al concepto de patria y cómo por tanto el mismo concepto de patriarcado nos remite a un orden político basado en los pactos de los “padres”.  Unos padres que han administrado el poder, los recursos y a violencia, y que durante siglos han sido los artífices de un orden que ha debido mantenerse en muchos casos mediante guerras y batallas. Es decir, el orden de las banderas y de los galones, el de las medallas y los reconocimientos, pero también el de los muertos y el de tantas víctimas. El de los territorios y las fronteras, el de los imperios y los colonizados, el de los generales y las esposas que esperan como Penélopes o que como putas les dan placer.

    En este caso, la fuerza del relato residen en la resistencia inútil de los sitiados, los cuales durante un tiempo ignoran, y luego no quieren creer, que España había  perdido la guerra y que ha había cedido la soberanía de Filipinas a Estados Unidos. Es decir, se resisten a asumir que la patria a la que se supone estaban defendiendo, cuya bandera enarbolan como parte del mástil de su propia virilidad, ha sido derrotada y los ha dejado sin referencia simbólica a la que agarrarse.  A no ser que asuman como propio el fracaso en la guerra y, en consecuencia, el fracaso de su propia virilidad.

    El gran acierto de esta cuidada producción española, y a diferencia de lo que ocurría en la versión de 1945 que lógicamente respondió a  la lógica patriótica que reclamaba el contexto franquista, es situarnos frente a un grupo de hombres que han de enfrentarse a sus propias miserias y que ven puesta a prueba una virilidad que había sido educada para el triunfo y el reconocimiento. Nos encontramos en el relato masculinidades disidentes,  esos jóvenes que se han visto obligados a pelear por una patria en la que ni siquiera creen y que en algún caso optaran por la deserción, junto a los que representan el sentido del deber y la misma cárcel de la masculinidad entendida como ausencia de debilidad. En este sentido, se nos presentan dos modelos distintos de sujetos viriles empoderados pero que comparten un mismo tronco en los personajes que interpretan espléndidamente Luis Tosar (teniente Martín) y Javier Gutiérrez (sargento Jimeno). Mucho más complejo y dubitativo es el Enrique de las Morenas que recrea con su habitual solvencia Eduard Fernández. Junto a ellos, hombres que incluso podríamos calificar de cuidadores y que intentan en algún momento saltarse los patrones, como el médico interpretado por Carlos Hipólito, o el singular monje (Karra Elejalde), que parece ubicarse en una frontera mucho más lúcida y más liberadora incluso que la que podría esperarse de alguien entregado a la religión católica. 

    Frente a esos hombres que ya han recorrido buena parte de sus vidas, y a los que vemos tragándose la bilis de su propia amargura o del propio fracaso no reconocido de sus proyectos, nos encontramos al grupo de jóvenes soldados que en muchos casos ni siquiera tienen claro que merezca la pena jugarse la vida por una patria a la que no se hallan tan emocionalmente ligados como sus mayores. Unos jóvenes que ven como el absurdo de la épica masculina les lleva al horror y que incluso se plantean, como en el caso de los desertores, traicionar los valores supremos y ser fieles a su (frágil) libertad. En este sentido, el personaje central de la película, interpretado con gran solvencia por el prometedor Álvaro Cervantes, hace que justo nos posicionemos en ese lado, en el de los interrogantes, en el de la rebelión, en el de unos hombres que apenas han empezado a serlo y que acaban siendo víctimas de una narrativa – la de la hombría patriarcal y patriótica – que los usa como peones.
    En este relato tan masculino, las mujeres están prácticamente ausentes, salvo en el caso de Teresa, la puta filipina que actúa en la película como la Eva tentadora, como la serpiente que los reta (impresionante la escena en que el teniente Martín está a punto de matarla porque no resiste su provocadora carnalidad que pone en cuestión la virilidad a la que él se agarra como un último sacramento), como la Scherezade vista con mirada colonial y que les canta el célebre “yo te diré”. Aunque también hay una escena, protagonizada por mujeres filipinas,  que nos remite al papel pacificador de las mujeres, a su rol de hacedoras de diálogos, a la proyección política de su ética del cuidado y de su capacidad de dar la vida – esas naranjas sanadoras- que luego los hombres ciegan. Ellas son, justo en ese momento del relato, la única esperanza de que en algún momento los tiros cesen y otro modelo de Humanidad sea posible.

    La visión que la película ofrece sobre los hombres filipinos y sobre cómo se nos muestran de manera más carnal, incluso sexual, que los españoles, ha sido analizada por Miguel Caballero en un magnífico texto que hace unos meses se publicó en Tribuna Feminista con el título “Imperio y masculinidad” ( http://www.tribunafeminista.org/2017/01/imperio-y-masculinidad/ ) A él me remito para completar la visión tan lúcida y tan bien rodada que 1898 nos ofrece sobre el triángulo masculinidad-patria-violencia.  Porque este relato cinematográfico nos lanza finalmente una propuesta poco abordada: la crisis que a nivel nacional supuso esa fecha bien podría considerarse también el inicio de la crisis de todo un orden, el de la hegemonía patriarcal, heroica e imperial, colonizadora y depredadora, que en el siglo siguiente se vería más rotundamente socavado, aunque para ello la Humanidad tuviera que sufrir dos guerras mundiales y aunque todavía hoy las mujeres estén lejos en buena parte del planeta de haberse liberado de sus cautiverios. Una llamada de atención que desde la historia nos plantea la necesidad, todavía hoy, en estos tiempos de rearme patriarcal y de nuevos imperialismos, de desertar de nuestra condición de hombres heroicos. 


  • THELMA Y LOUISE EN LA TOSCANA

    Tras su más que notable El capital humano (2013), el italiano Paolo Virzì nos sorprende con una historia en la que el protagonismo absoluto corresponde a dos mujeres y que con un tono de comedia, que sin embargo tiene mucho de drama (a mí parecer lo peor de la película), nos enfrenta a algunos de los dilemas éticos de las sociedades contemporáneas.

    En este sentido, la película es un retrato no incisivo pero sí clarividente sobre algunos de los males que fracturan la sociedad italiana y, en general, sobre el triunfo de un modelo social y político en el que cada vez tienen menos peso los valores éticos comunes frente a las dinámicas competitivas y neoliberales. O, lo que es lo mismo, frente a un orden que prorroga y subraya las referencias morales de la masculinidad hegemónica, olvidándose del “orden amoroso de la vida”.

    En este mundo es lógico que dos mujeres como Beatrice y Donatella no encajen de ninguna manera y sean expulsadas a las afueras, ese espacio en el que las mujeres se reencuentran cuando, como en el momento actual, las crisis varias que nos sacuden incrementan sus niveles de vulnerabilidad.
    La pazza gioia, traducida en nuestro país como Locas de alegría, no es una película perfecta, pero merece la pena verse porque nos ofrece una mirada distinta a la mayoría del cine comercial y porque además es una gozada ver el festín interpretativo que nos regalan tanto la superlativa Valeria Bruni Tedeschi (Beatrice) como una más contenida Micaella Ramazotti (Donatella).
    Siguiendo muy de cerca la estela de la ya mítica Thelma y Louise, a la que incluso se le hace un homenaje expreso en una de las escenas, el relato se construye sobre la relación de sororidad que se establece entre dos mujeres que deciden escapar de la institución psiquiátrica en la que están recluidas, no sabemos bien si por haber contradicho la ley o por haberse dejado llevar por sus supuestos delirios mentales, o por ambas cosas a la vez. En todo caso, esa institución acaba siendo la metáfora de una cárcel en la que ellas se hallan prisioneras, y de un mundo que las ha convertido en víctimas.

    Fotograma de 'Locas de alegría'.
    Fotograma de ‘Locas de alegría’.
    Tal y como hacía la célebre película de Ridley Scott, cuyo mensaje final es tan discutible desde una perspectiva feminista, el director asume las reglas de las conocidas como buddy movie en las que habitualmente una pareja de hombres —policías, delincuentes, héroes siempre— comparten viaje y aventuras, mostrando los lazos mediante los que se construyen las fratrías viriles que nutren las estructuras simbólicas y materiales del patriarcado. En este caso lo que vemos son dos mujeres poderosas, a pesar de las limitaciones que el propio sistema ha marcado a fuego sobre sus cuerpos y sus mentes, que asumen las riendas de su destino y que viajan juntas gracias a una complicidad que poco tiene que ver con la que en general solemos articular los varones.
    No creo que estas Thelma y Louise que recorren la Toscana en un intento desesperado de escapar de un mundo que ha construido sus reglas sin contar con ellas sean dos mujeres locas o, mejor dicho, no creo que realmente su diagnóstico sea el de una enfermedad mental de esas que el poder médico —por supuesto, también masculino y disciplinario— ha fijado como criterio excluyente.

    Estas locas de alegríanos dan la clave para repensar todo un mundo en el que con demasiada frecuencia ellas son obligadas a estar en los márgenes
    Donatella y Beatrice, de las que algunos todavía hoy se atreverían a decir que son unas histéricas o simplemente seres que se dejan llevar más por sus pasiones que por la cabeza, no son más que el resultado de unas estructuras de poder (político, social, emocional también) de las que han acabado siendo sufridoras. Me parece que esa es la lectura más radical de una película a la que le sobran excesos sentimentales al final (esa exaltación de la maternidad y la familia, tan reaccionaria), pero en la que nos encontramos con dos mujeres que hacen todo lo posible por recuperar el poder que la sociedad les ha quitado y que luchan por definirse por sí mismas frente a un entorno que en el mejor de los casos las trata de manera paternalista.
    De la misma manera que en las Cortes constituyentes de 1931 hubo algún diputado que negó el derecho de sufragio a las mujeres basándose en que ellas eran “puro histerismo”, todavía hoy el mundo patriarcal que habitamos sigue cuestionando la capacidad de ser por sí mismas y para sí, sobre todo de aquellas que con relativa frecuencia se dejan llevar por las expectativas de género y acaban siendo esclavas de los machos que las dominan en nombre del amor y del deseo.
    Estas locas de alegría nos dan la clave para repensar todo un mundo en el que con demasiada frecuencia ellas son obligadas a estar en los márgenes y a no ser reconocidas como sujetos iguales. Beatrice y Donatella, a las que su misma reducción al papel de esposas, amantes o madres les ha robado la autonomía, constituyen un referente que no deberíamos perder de vista en la urgente tarea que tenemos por delante.

    Una tarea, la de la revolución feminista, que ha de llevarnos a un futuro lo más inmediato posible en el que Thelma y Louise no se vean obligadas a lanzarse al vacío o en el que las “locas” toscanas se sientan empoderadas para nunca más volver a quedar a merced de los hombres que siempre han sido los que han decidido cuándo amarlas, cuándo abandonarlas y cuándo convertirlas en enfermas. Esos que continúan asumiendo el papel de esposos proveedores, amantes chulos, puteros seductores directores de instituciones y jueces que interpretan la ley a imagen y semejanza de los intereses supuestamente racionales del varón.
    Publicado en BLOG MUJERES de EL PAÍS (28 de marzo de 2017):
    http://elpais.com/elpais/2017/03/27/mujeres/1490627061_057089.html
  • FESTEN: DESMONTANDO AL PATRIARCA

    Aunque poco a poco las cosas van cambiando también en las artes escénicas, todavía hoy continúa siendo poco habitual que una mujer no solo consiga poner en pie montajes teatrales sino que también vaya teniendo una voz propia en un ámbito tan masculinizado. Quienes desde hace un tiempo seguimos y admiramos a Magüi Mira hemos podido comprobar cómo se ha ido convirtiendo justo en una de esas mujeres empoderadas que tienen la capacidad y la sabiduría de llevar a las tablas su compromiso ético con el mundo que le ha tocado vivir. Así se pudo comprobar en obras tan dispares como Kathie y el hipopótamo, El discurso del rey o en su particular recreación de la poderosa Cleopatra. No es solo una mirada de mujer la que urdió todas esas tramas sino que sobre esas historias miraron los ojos violetas y, por tanto, transformadores y cívicos que habitan la cabeza de una mujer radicalmente feminista. Esa que además nos demuestra cada día que los años cumplidos son garantía de lucidez y no un demérito en este mundo que parece atar a las mujeres al mito de la eterna juventud.
    En esta época de tablas invadidas por estrellas televisivas y por monólogos que hacen rentable la aventura teatral que la mala gestión pública casi ha convertido en suicida, la directora valenciana vuelve a apostar, con la complicidad del Centro Dramático Nacional, por el riesgo y nos regala su versión de una película que a muchos nos sorprendió en su momento: aquella Celebración alemana con la que empezamos a oír hablar de un movimiento llamado Dogma. Magüi, que tiene el arrojo de una veinteañera en su cuerpo sabio de más de setenta, ha convertido el original en una pieza estremecedora, de esas que remueven las entrañas de cualquier espectador y que provoca que salgamos a la calle, después de verla, con la sensación de haber sido partícipes de una especie de ritual laico, hermoso y al fin liberador.

    Magüi, que tiene el arrojo de una veinteañera en su cuerpo sabio de más de setenta, ha convertido el original en una pieza estremecedora, de esas que remueven las entrañas de cualquier espectador y que provoca que salgamos a la calle, después de verla, con la sensación de haber sido partícipes de una especie de ritual laico, hermoso y al fin liberador.

    Festen es el relato, a veces tragicómico, siempre hondamente dramático, de cómo la familia ha sido y es el contexto privilegiado para alumbrar y mantener el poder del patriarca que extiende sus dominios sobre sus posesiones, entre las que ocupan un lugar privilegiado la esposa domesticada y los descendientes vulnerables. En la celebración del 60 cumpleaños del señor de la casa estallan todos los silencios, se abren las heridas no cicatrizadas y, al fin, el hijo pisoteado se atreve a liberar todo el dolor que durante siglos lo ha convertido en un ser sin alas. Un dolor que escupe sobre el padre todopoderoso que no dudó en violarlo a él y a su hermana gemela una y otra vez cuando eran niños, con la complicidad de una esposa que, subordinada, siempre miró para otro lado y prefirió mantener intacto el orden familiar.
    A través de una bellísima puesta en escena, en la que todo – vestuario, música, iluminación, movimientos – está puesto al servicio de una celebración que acaba siendo emancipadora, Magüi Mira nos coloca frente al espejo y nos muestra, con todo su crudeza, cómo las fauces del patriarca generan víctimas y cuán necesario es que empecemos a rebelarnos contra ellas. Un patriarca que posee a su esposa y a sus hijos e hijas como quien posee tierras y a los que somete a la ceremonia cruel de sus deseos. El siempre sujeto, los demás objetos; él desde el dominio, los demás, incluidos los sirvientes, arrodillados ante su señor. Festen nos muestra, con toda la crudeza que supone ver muy cerca el rostro de los actores y de las actrices, cómo el poder del patriarca se ha erigido durante siglos sobre el control de los cuerpos de las mujeres y de los más débiles sometidos a sus designios. Es la misma regla que hoy en pleno siglo XXI sigue amparando violencias de tipo, desde la de género, que se alimenta del desmesurado amor romántico, a las que de tipo sexual convierten a las mujeres, y a algunos hombres, en esclavos del que tiene la última palabra. Todo ello ahora en alianza con un neoliberalismo que lo legitima todo en nombre de los deseos y la libertad.

    Es la misma regla que hoy en pleno siglo XXI sigue amparando violencias de tipo, desde la de género, que se alimenta del desmesurado amor romántico, a las que de tipo sexual convierten a las mujeres, y a algunos hombres, en esclavos del que tiene la última palabra.

    Uno de los mayores aciertos del montaje es que, pese a todo ese dolor que vemos expandirse desde la mesa familiar a los corazones de los espectadores, su final acaba siendo luminoso, blanco, esperanzador. Magüi apuesta por el triunfo de los vínculos amorosos de la vida frente a la omnipotencia del pater familias. Este acaba siendo expulsado, y con él la esposa sumisa, de un círculo en el que ya solo caben los besos y los cuerpos sin máscaras. Desnudos frente a la vida. Como recién nacidos a un nuevo orden en el que mujeres como Linda, la que hija que nos soportó no reconocerse como ser autónomo frente al espejo, abandonen las afueras y se alcen, victoriosas, sobre la mesa de unas familias en las que la jerarquía piramidal al fin haya sido sustituida por la horizontalidad de los y las iguales. 
    PUBLICADO EN TRIBUNA FEMINISTA, 27-3-17:
    http://www.tribunafeminista.org/2017/03/festen-desmontando-al-patriarca/
  • LOS RÍOS DE ALBERTO

    La política española se ha enfangado tanto en los últimos tiempos que es normal que las personas mínimamente sensatas, y sobre todo con un trabajo que les permita ganarse la vida decentemente, no estén por la labor de implicarse en unas dinámicas que, controladas por unas élites oligárquicas, les restan autonomía. Ello no quiere decir que no haya muchas personas honestas, inteligentes y comprometidas en la vida pública. Por supuesto que las hay, aunque me temo que con demasiada frecuencia en un segundo plano o a punto siempre de abandonar el barco. Ahora bien, las que manejan el timón, marcan estrategias y se reparten cuotas de poder suelen ser profesionales de la política para los que la disciplina y la sumisión al jerarca de turno es un mínimo precio que gustosos pagan con tal de mantenerse en el púlpito y, en muchos casos, mantener un nivel de vida y de reconocimiento que por otras vías serían impensables. Estos males se multiplican en la política local, donde la cercanía hace más fáciles las redes clientelares, las servidumbres y las tácticas sicilianas, y donde además el nivel de dedicación es tan extremo para quien se lo toma en serio que es habitual que la «vitae» acabe siendo engullida por el «curriculum».
    En un escenario como este es lógico que encajen mal los seres disidentes, las mentes que se interrogan y los individuos que suelen buscar los cientos de matices que hay entre el blanco y el negro. Con este panorama, que tampoco la «nueva política» ha conseguido transformar, sino que más bien lo ha subrayado con estrategias más sibilinas, a nadie de los que lo conocemos bien nos ha cogido por sorpresa que Alberto de los Ríos haya decidido abandonar el Ayuntamiento. Además de ser un hombre que tiene un puesto de trabajo al que volver, cosa que me temo no pueden decir buena parte de sus colegas de Pleno, Alberto es un tipo que asumió hace años que la curiosidad permanente es el mejor estado del alma, que conquistó en una ciudad tan armarizada como esta su irrenunciable derecho a amar a quien le dé la gana y que siempre entendió que la política o transforma la injusta realidad o es solo una escenificación en beneficio de los privilegiados. Su voz pública, además, nunca fue guerrera ni altiva, lo cual no quiere decir que no haya tenido ni tenga convicciones hondas, pero siempre la usó recordando que la ternura, como bien nos enseñó Petra Kelly, también puede ser un arma de lucha.
    Con todos estos mimbres, y otros muchos que hacen del profesor De los Ríos un soñador que un día quiso probar la efervescencia de la res publica, es evidente que Capitulares haya acabado siendo un cauce demasiado estrecho y limitado para quien alberga un caudal de utopías en su cerebro de niño grande. Ello no quiere decir, estoy seguro, que se retire a la comodidad de sus habitaciones. Lo imagino curtiéndose en otras batallas, militando en sus múltiples luchas contra la desigualdad, aprendiendo y haciendo ecofeminismo, confiando en las potencialidades del cuidado y en la savia renovadora de lo horizontal. Esta ciudad, por tanto, seguirá disfrutando de su coraje y de su ternura. Solo pierde con su marcha una política que, tan vieja como la más vieja, continúa mirándose el ombligo y desilusionando a quienes un día pensamos que cabían alternativas frente al neoliberalismo salvaje y la democracia formal. Menos mal que seguiremos encontrándonos con Alberto en «la república de las letras» mientras que recordamos lo que la sabia Adrienne Rich un día nos enseñó: «Un movimiento por el cambio vive en los sentimientos, las acciones y las palabras. Cualquier cosa que limite o mutile nuestros sentimientos dificulta más nuestra actuación, hace que nuestros actos sean reactivos, repetitivos: el pensamiento abstracto, las estrechas lealtades tribales, cualquier tipo de superioridad, la arrogancia de creernos en el centro».
    LAS FRONTERAS INDECISAS, Diario Córdoba, 22 de marzo de 2017:
    http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/rios-alberto_1133358.html
  • MARÍA (PARA LOS DEMÁS)

    Si alguien tiene alguna duda del cambio de foco que en muchos casos supone que haya una mujer detrás de la cámara, no debería perderse la primera película de la directora Nely Reguera. Sin ser una película redonda, entre otras cosas porque me temo que ha habido demasiadas personas (cinco) metiendo mano en el guión, me parece un magnífico ejemplo de un relato en el que el protagonismo recae en una mujer y en el que contemplamos la vida narrada desde un punto de vista que poco tiene que ver con el masculino dominante. Aunque, todo hay que decirlo, la película no pasa el famoso test de Bechdel: cuando las mujeres hablan entre ellas siempre lo hacen sobre los hombres de su vida.

    Lo más interesante de María (y los demás) es cómo nos sitúa frente a una mujer que durante toda su vida no ha hecho otra cosa que estar más pendiente de los demás que de ella misma. Y no solo en el sentido literal del cuidado, sino también en cuanto que han sido los otros – y muy especialmente los varones que la han rodeado – quienes han marcado su existencia. Eso le ha impedido desarrollar plenamente sus aspiraciones, sentirse totalmente autónoma e incluso le ha llevado a vivir una especie de adolescencia prolongada que la hacen ser insegura, dubitativa y frágil, muy frágil, pese a su apariencia de mujer que lo controla todo. En este caso, como casi siempre pasa con las preposiciones, el para es determinante.

    María (y los demás) tiene el gran acierto de no ser una película más sobre dilemas familiares, aunque también lo sea, ya que es por encima de todo la historia de una mujer de mediana edad que no ha logrado liberarse de buena parte de sus “cautiverios” y que por lo tanto, aunque no sea capaz de reconocerlo del todo, es esclava de las expectativas que los demás  y que ella misma se ha marcado rígidamente. 

    Otro punto positivo es que Nely Reguera nos cuenta este periplo emocional con tono de comedia, sin convertir en un drama excesivo lo que en otras películas hemos visto hecho un culebrón. Gracias a su sentido del humor, la historia de María se salva de la amargura que en todo caso supone vivir una vida que no es la que uno habría querido vivir.  En el caso de la protagonista, tal vez porque su gran error de partida haya sido mirar el mundo y a ella misma bajo el prisma de los varones… y de las mujeres que les siguen el juego. 

    Esta luminosa historia, porque al fin parece que María acaba viendo la luz y es capaz de saltarse las reglas, no habría sido la misma sin el derroche interpretativo de una superlativa Bárbara Lennie. Ella vuelve a demostrar que es una de las mejores actrices de nuestro cine: su rostro bello e intenso es capaz de decirlo todo, de seducirnos, de interpelarnos y, finalmente, de acariciarnos. Después de haberla disfrutado sobre los escenarios en la brutal La clausura del amor, en esta película demuestra que la verdadera seducción tiene más que ver con la inteligencia que con el cuerpo, por más que ella esté esplendorosa en escenas como la del vestido de novia. Sin ella, no me cabe la menor duda, esta película habría pasado desapercibida. Con ella, este debut en la pantalla se convierte en una más que sugerente promesa que espero tenga continuación. 

    María (y los demás), Nely Reguera, 2015
    Filmoteca de Andalucía, Córdoba, 18-3-2017

  • DOÑA CLARA O LA MUJER SIN MIEDO A LOS TIBURONES

    Es tan poco habitual encontrar en la pantalla mujeres que lleven el timón del relato y que no sean meros personajes dependientes de los principales masculinos, que cuando uno se encuentra con una película como Doña Clara confirma qué mirada tan androcéntrica, y por lo tanto tan parcial, nos ofrece el cine en general. Que la protagonista absoluta de la historia sea una mujer jubilada, independiente, con vida propia y con una fuerza que ya quisiéramos para nosotros muchos hombres, es el principal aliciente de una imprescindible película brasileña que, además, nos ofrece de manera tierna, reposada, sin estridencias, una honda crítica del mundo que estamos construyendo a costa del que estamos reduciendo a escombros.
    Acostumbrados a que las mujeres en el cine sean seres que solo viven para la pasión, que andan en muchos casos como “vacas sin cencerro”, arrastrando culpas e incapaces de sobreponerse a los fracasos amorosos, tan cautivas de los deseos y caprichos de los héroes masculinos, reconforta encontrarse con un personaje como el de doña Clara, una señora con poderío que no necesita de los hombres para darle sentido a su vida, por más que estuviera enamoradísima de su marido, y que es capaz de levantarse cada día encontrando un sentido a todo lo que puede hacer por ella misma. Mucho más cuando se enfrenta, sin convertirse en la víctima que paternalmente salvan los varones, a los especuladores que quieren acabar con su espacio, con sus metros cuadrados de soberanía, con las habitaciones propias en las que viven sus músicas, sus recuerdos y sus heridas. Porque también Clara es una mujer que ha sobrevivido a batallas y que luce orgullosa sus cicatrices. Bella y sólida. Con el rostro marcado por las hermosas arrugas que la hacen todavía más atractiva. Un personaje tan complejo y hermoso, casi la antítesis de los que por ejemplo abundan en el cine de Almodóvar, al que solo una actriz con el peso de Sonia Braga podría dotar de autenticidad.

    Un personaje tan complejo y hermoso, casi la antítesis de los que por ejemplo abundan en el cine de Almodóvar

    Toda la película está rodada desde el punto de vista de ella, que nos lleva por sus rutinas placenteras y por sus recuerdos, por sus amores y por las canciones que la hacen poderosa. Vemos cómo  Clara ejerce de madre, de tía y de abuela, pero esos papeles no son los que la definen de manera limitada, sino que son solo piezas de algo más complejo que es todo su ser de señora que desafía a un mar lleno de tiburones.  La vemos incluso rebelarse frente a una hija que, como suele ser muy habitual,  trata a la madre mayor como si fuera una niña, una discapacitada o una loca que necesita siempre la tutela de alguien al que se le supone racional y equilibrado solo por su juventud.  Doña Clara es también una mujer que baila, que seduce y que comparte con sus amigas el gozo de saberse autónoma. La que es capaz de generar redes de sororidad que nada tienen que ver con las relaciones que generamos los hombres. La jubilosamente sesentona que no vive ni esclava del cuerpo, ni de las modas ni de las miradas ajenas. La que se baña en la playa pese al oleaje, la que ríe como si la boca fuese un caudal, la que necesita volver a sentir lo que es el placer de gozar junto a otro cuerpo.
    Pero además de ese prodigioso retrato femenino, Aquarius, que es el título original de la película y el nombre del edificio en el que resiste doña Clara como si le fuera la vida en ello, es una hermosísima defensa de eso que, como diría la profesora Laura Mora, es el “orden amoroso de la vida” frente al depredador que representan los sujetos masculinos – el poder del padre, el peso del dinero, la corrupción de la política – a los que debe enfrentarse. En este sentido, la película de Kleber Mendonça Filho es una feroz crítica del mundo capitalista en su versión más neoliberal – que va tan de la mano con el patriarcado – y frente al que todas y todos nos volvemos vulnerables.  Un mundo al que solo parecen interesarle los beneficios – de unos pocos, claro –  y al que no le importa pisotear el bienestar de la mayoría. Justo por ello necesitamos muchas mujeres con la hondura ética de doña Clara, y muchos hombres que aprendan de ellas y, por tanto, del feminismo como lógica emancipadora que persigue un planeta más justo y equilibrado. Un planeta que sea capaz de renacer cómo el larguísimo pelo negro de la protagonista y de bailar al ritmo de las hermosas canciones brasileñas de la banda sonora de una película que nos reconcilia con el cine al que siempre me gusta imaginar como si fuera una ventana abierta al mar.
    Publicado en TRIBUNA FEMINISTA, 15 de marzo de 2017:
    http://www.tribunafeminista.org/2017/03/dona-clara-o-la-mujer-sin-miedo-a-los-tiburones/
  • LA MÍSTICA DE LAS NUEVAS PATERNIDADES

    Soy padre de un hijo adolescente y no creo que exagere si afirmo que ésta es una de las aventuras más complejas que he tenido que asumir en mi vida. A falta de libro de instrucciones, y nadando permanentemente en un mar de dudas e inseguridades, intento no naufragar en exceso y en asumir todo el proceso como un aprendizaje del que no solo él sino también yo salgamos más empoderados. Lo cual no quiere decir que nos convirtamos en hombres heroicos e imbatibles sino más bien todo lo contrario, es decir, en individuos que hayamos aprendido que la vulnerabilidad y la necesidad del otro/la otra es lo que otorga fortaleza ética a nuestra existencia. Este hondo compromiso me ha regalado algunos de los mejores momentos de mis últimos 15 años, pero también me ha restado tiempo y energías, por lo que no siempre ha sido ese estado ideal que ahora me meten por los ojos en blogs y redes sociales. He intentado, e intento, ser un buen padre, o sea, un padre dubitativo, generoso y cómplice, que no amigo de mi hijo, pero eso no me ha llevado a uno de esos paraísos que parecen sacados de un anuncio y en los que la paternidad se nos vende como si fuera la única vía posible para la felicidad. Al contrario, yo en muchos instantes me he sentido con ganas de tirar la toalla, me he arrepentido de parte de las decisiones de vida y hasta he soñado con dimitir de mi función. Y, por supuesto, he seguido construyendo otras muchas facetas de mi vida que me generan satisfacciones, que multiplican mis energías y que me ayudan a crecer como el hombre de coraje y ternura que un día me propuse ser. Todas ellas tan relevantes como mi paternidad porque sin ellas estoy seguro que mi hijo no tendría cerca al aprendiz de casi todo que continuo siendo. Todo esto, además, me ha permitido comprobar de primera mano que ser padre es un deseo no un derecho.

    Por todo ello siento de entrada tanta desconfianza hacia todo ese movimiento, que no sé si no pasa de ser una moda o, en el peor de los casos, una manera de revestir de manera políticamente correcta un neomachismo “soft”, que insiste en mostrarnos una imagen brillante de nuevos padres, la cual parece ser, para algunos, el primer paso hacia la construcción de masculinidades mucho más igualitarias y empáticas. Es cierto que esa dimensión de lo privado es casi la única en la que muchos hombres hemos empezado a compartir responsabilidades y a asumirlo como un espacio que nos permite desarrollar habilidades y capacidades que durante siglos pensamos que eran propias de mujeres. No seré yo quien dude de esos padres tiernos que cada vez veo con más frecuencia en los parques o de esos hombres con carrito que generan una expectación por donde pasan digna de la portada de la revista para mujeres más “exigente”. Sin embargo, y como hace ya tiempo que asumí eso de que el feminismo es una permanente “filosofía de la sospecha”, no dejo de preguntarme si detrás de esa fachada hay o no una auténtica transformación, y no solo de ellos, sino sobre todo de las relaciones de género, o sea, de poder, que siguen dando forma al sistema sexo/género. Me gustaría saber cómo es el reparto de autoridad en su ámbito familiar, o cómo esos padres amorosos actúan en sus entornos laborales o si perpetúan las fratrías viriles de siempre aunque hayan cambiado los escenarios. Querría imaginar que ese esmero en jugar con los niños, o en darle la merienda, o en jugar con ellos mientras se bañan, tiene su correspondencia en la transformación de muchos de las expresiones macro y micro de una masculinidad que continúa, me temo, apoyándose en los muchos privilegios que heredamos de nuestros padres. Sería estupendo pensar que todos esos padres que recogen a sus niños del cole pero que no sé si son capaces de sacrificar parte de su recorrido profesional para que sus compañeras brillen, o que no me consta si señalan con el dedo a los colegas que a su alrededor hacen alarde de machismo o que dudo si están por la labor de militar al lado de mujeres feministas con el objetivo de hacer más justo el mundo que vivimos, tuvieran muy claro que lo personal es político y que no se trata simplemente de ser buen padre sino de asumir que ya es hora que aprendamos a restar y a dividir. Porque solo así, por ejemplo, nuestras compañeras podrán sumar oportunidades, prestigio y autoridad. Como también sería revelador comprobar que esos hombres tan cuidadores lo son también de ancianos, enfermos o dependientes, es decir, que igualmente se implican en trabajos de atención a los demás que no suelen ser tan gratificantes ni divertidos como acompañar a un hijo en su crecimiento.

    Creo que corremos el riego pues de convertir las nuevas paternidades en una especie de mística mediante la cual, una vez más, asumimos las portadas y el protagonismo, acaparamos jornadas y eventos, convirtiéndonos en héroes que en vez de superpoderes llevan en sus manos ramos de flores y paquetes de pañales. Me da miedo pensar que nos volvamos a quedar en la superficie y que la conversión del 19 de marzo en día del padre igualitario no sea más que una operación cosmética de esas que hacen que todo cambie para que todo siga igual. Y todo ello porque estoy plenamente convencido de que la desigualdad entre mujeres y hombres tiene que ver con unas estructuras de poder – político, económico, cultural, simbólico – que van mucho más allá de nuestras relaciones familiares. Unas relaciones que, obviamente, hemos de construir sobre el reconocimiento del otro como igual y de la corresponsabilidad a todos los niveles, pero que no bastarán para darle la vuelta a un mundo en el que ellas son las principales víctimas del “gobierno de los padres”, incluidos esos que ahora suben fotos a Facebook acariciando a su hijo como nunca el suyo hizo con ellos.


  • 8M: FLORES VIOLETAS PARA LA MITAD

    Me imagino que, dados los tiempos de rearme patriarcal que sufrimos, más de un neomachista se preguntará el próximo miércoles en las redes sociales qué sentido tiene seguir a estas alturas celebrando el 8 de marzo. Bastaría con responderle que más que como celebración continúa siendo necesario como día de vindicación, porque las conquistas, que sin duda las ha habido, siguen siendo precarias, parciales y no han conseguido acabar con las múltiples intersecciones que provocan en todo el planeta que las mujeres sean las más vulnerables. Bastaría con hacer números y sumar las asesinadas, las violadas o las prostituidas. Bastaría con enumerar todos los datos objetivos, y por tanto no opinables, que nos continúan mostrando que para ellas existen más obstáculos en el disfrute de muchos derechos y que su estatuto de ciudadanía, comparado con el nuestro, continúa lejos de la igualdad real. Bastaría con explicar cómo el poder, la autoridad y el prestigio siguen mayoritariamente en manos masculinas y cómo, frente el tímido pero ya imparable progreso de nuestras compañeras, muchos están reaccionando atrincherándose en su zona de confort. Miedosos ante la irreversible pérdida de privilegios y desubicados ante una realidad que empieza a negarles su tradicional heroísmo. Sobran pues razones para el paro internacional que han organizado para este año. Bastaría con recordar que las están asesinando todos los días.
    A tanto machito al que últimamente parecen dar alas los espacios en los que el anonimato no oculta la cobardía, habría que dejarle muy claro en un día como el 8 de marzo que las mujeres son nada más y nada menos que la mitad de la Humanidad. Que no estamos hablando por tanto de un colectivo, ni de una minoría, ni siquiera de un grupo social al que hay que atender con la lógica formal del Derecho antidiscriminatorio. Ellas son la mitad de la ciudadanía y, por lo tanto, deberían ser la mitad del poder y de la autoridad, la mitad de la cultura y los saberes, la mitad de las propietarias y de las lideresas del planeta. Eso es justamente lo que implica reivindicar una democracia auténticamente paritaria en la que la mitad femenina no solo supere el estado de “subordiscriminación” que todavía sufre sino que también forme parte de la definición de las reglas de juego y de la construcción de los relatos que nos definen como humanos.
    El 8 de marzo ha de ser pues un día de recordatorio de cómo por ejemplo las políticas de austeridad y el neolibealismo están teniendo como principales sufridoras a las mujeres, o de cómo la pretendida «nueva política» vuelve a certificar que ellas son las grandes perdedoras de todas las revoluciones, pero también ha de ser un día de reconocimiento de todas esas mujeres, habitualmente invisibles o en el mejor de los casos ocultas en notas a pie de página, que luchan cada día por transformar este mundo cruel e injusto que habitamos. Un mundo en el que nosotros, la mitad privilegiada, necesitamos no solo echarnos a un lado y renunciar a parte de nuestros dividendos, sino también aprender de todo lo que ellas pueden enseñarnos sobre el orden amoroso de la vida, la ética de los cuidados, la horizontalidad o la empatía como condición ética mediante la que superar el miedo al otro/la otra. Esas mujeres, de cuyo feminismo me nutro y que permanentemente me colocan ante el espejo de mis miserias, se merecen este miércoles mi entregado reconocimiento. Y con ellas, todas las que se quedaron por el camino, a las que como a mis abuelas no dejaron subir a los púlpitos, a las que como mi madre redujeron a ángeles del hogar, a las que como mi sobrina casi adolescente me gustaría ver libres de los Malumas de turno. Todas ellas merecen recibir este miércoles un ramo de flores violetas en las que vaya cosido con nuestros hilos vulnerables el compromiso de ser cómplices activos con todo lo que queda por transformar.
    Las fronteras indecisas, Diario Córdoba, 6 de marzo de 2017:
    http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/8m-flores-violetas-mitad_1128819.html
  • SOLO HOMBRES SOLOS FRENTE AL MAR

    Más allá del drama excesivo y pretencioso que Manchester frente al mar termina siendo, lo cual hace que sus virtudes se diluyan con la ayuda inestimable de un metraje al que le sobra como mínimo media hora, lo que más interesante me ha resultado de esta película, solo aparentemente indie, es el retrato que nos ofrece de un hombre herido, que arrastra no solo el pasado trágico que vivió sino también una manera de entenderse a sí mismo que le impide pasar página. En el personaje de Lee Chandler, el solitario y huraño hombre que tiene que volver a su comunidad de origen tras la muerte de su hermano y que deberá hacerse cargo de su sobrino de 16 años, confluyen buena parte de los rasgos que han hecho y hacen de la masculinidad hegemónica un cárcel para los que habitan en ella. Lee es un hombre al que le cuesta expresar sus emociones, incluso articular palabras que generen diálogos, que carece de habilidades para generar empatía, que parece vivir más para dentro que hacia afuera. Un hombre que parece no digerir su debilidad, lo cual se convierte en su principal obstáculo para enfrentarse de una vez por todas a su propia historia y ser capaz de remontar el vuelo.
    Esas incapacidades, que en parte compartimos todos los hombres que durante siglos hemos sido socializados para no asumir nuestra vulnerabilidad y para crecer convertidos en los héroes de la película, se nos muestran con rotundidad gracias a la interpretación de Casey Affleck,  cuyo rostro, a veces poco más expresivo que una roca, es como la pantalla en la que vemos desfilar el ejército de una virilidad que no parece no entender de inseguridades, flaquezas y lágrimas. La que siempre debe estar dispuesta para cumplir el papel que se exige de ella, la que ha de dar respuesta a las preguntas más complejas, la que nunca debe mostrar inseguridad ni titubeos. La que además, en el caso de Lee, carece de recursos emocionales que le permitan superar la culpa.
    Es justo el reencuentro con su sobrino de 16 años, un chico que parece que solo es capaz de calmar sus penas y de responder a sus interrogantes follando con sus novias, y al que también cuesta ver mostrando emociones, ni siquiera cuando está viviendo la tragedia de la muerte del padre, el que provoca que se remuevan los lodos que durante un tiempo suponíamos en reposo. Ante esa encrucijada, en la que ya no le bastará con saber de instalaciones de fontanería y de la que no podrá escapar bebiendo cerveza, vemos cómo el hombre de paternidad “interrumpida” tiene que hacer un esfuerzo por salir de la jaula y no seguir huyendo del espejo. Y solo muy avanzada la película, al fin, vemos que se acerca al sobrino desorientado, y lo abraza. Lo que no nos queda claro es si la experiencia de los afectos y  las responsabilidades de cuidador harán que surja un nuevo Lee.
    Esta historia es, por supuesto, y como suelen serlo la mayoría de las películas que se hacen, es una historia de hombres. Donde también nosotros somos los protagonistas absolutas, los héroes incluso en el dolor, los que dominamos todos los espacios y responsabilidades, pese a nuestra manifiesta incapacidad para gestionar los asuntos más emocionales. Ellas, en esta película, y como también suele ser habitual en los relatos triunfantes, son apenas personajes secundarios y muy estereotipados, apenas trazados con un par de líneas. Mujeres ausentes, mujeres que callan, mujeres que de las que apenas sabemos nada, como mucho que siguen aferrándose al amor para sobrevivir. Apenas sabemos nada del personaje que interpreta con su habitual maestría Michelle Williams, cuando se me antoja uno de los más interesantes del relato. La exmujer de Lee, que parece haber recuperado el timón de su vida, aunque en una prodigiosa escena descubramos que continúa siendo infeliz, apenas es un trazo, un boceto, un par de líneas que no salen de lo básico y de lo que se espera de una amante esposa y madre, sufridora por excelencia, siempre dispuesta a conciliar. Ahora bien, mucho más estereotipada, y condenada a la locura y la enfermedad (otro clásico del relato patriarcal), es la exmujer del hermano de Lee, de la que tampoco conocemos otras claves que aquellas que la sitúan casi en una caricatura de la mujer mala, la Eva bíblica, la bruja a la que por cierto intenta redimir un cristiano muy fundamentalista. Y, por cierto, una mala madre que es capaz de abandonar al hijo durante años y a la que tan poco vemos muy interesada por recuperarlo.
    Manchester frente al mar es, pues, una película que bajo su apariencia de cine rompedor y propuesta alternativa al cine más comercial, bebe de las fuentes más clásicas del melodrama y nos ofrece un estupendo relato, eso sí, de todas las “discapacidades” que la masculinidad tradicional continúa hoy arrastrando. Tal vez por eso, aunque la Academia de Hollywood no sea consciente, Casey Affleck se haya llevado esta madrugada el Oscar al mejor actor. Gracias a un personaje que sin duda vale más que lo que él vale como actor.
  • FENCES, EL PODER DEL PADRE

    El patriarcado consiste en el poder de los padres: un sistema familiar y social, ideológico y político en el que los hombres- a través de la fuerza, la presión directa, los rituales, la tradición, la ley y el lenguaje, las costumbres, la etiqueta, la educación y la división del trabajo – deciden cuál es o no es el papel que las mujeres deben interpretar y en el que las mujeres están en toda circunstancia sometidas al varón”
    No he podido evitar recordar la descriptiva y acertada definición que del patriarcado haceAdrienne Rich en su imprescindible Nacemos de mujer al ver la película Fences. La más que notable adaptación cinematográfica que Denzel Washington ha realizado de la obra de teatro de August Wilson que ya había triunfado en los escenarios es mucho más que una historia sobre los prejuicios raciales en los Estados Unidos de los años 50. Por encima de ese relato, que efectivamente es central en la película, en ella nos encontramos el retrato perfecto de cómo en el entorno familiar se construye y expresa el poder del padre. Troy, interpretado de manera soberbia por el mismo Denzel Washington, encarna a la perfección al sujeto proveedor, que se proyecta en lo público (aunque como en el caso del personaje podamos considerarlo un fracasado) y que por supuesto tiene vida más allá de la cerca o valla – las simbólicas fences del título – con la que pretende rodear la casa en la que se recluye su mujer y de la que entran y salen los hijos. Una vida más ella de la cerca en la que también cabe una amante, la otra, la que le da, según él mismo, todo eso que su mujer no es capaz de darle.

    Por encima del relato racial, que efectivamente es central en la película, en ella nos encontramos el retrato perfecto de cómo en el entorno familiar se construye y expresa el poder del padre.

    A Troy lo vemos permanentemente ejerciendo autoridad sobre su mujer y sus hijos, poniendo orden o intentando ponerlo, estableciendo reglas y límites. En este sentido, es clarificadora la conversación que tiene con uno de sus hijos casi al principio de la película en la que subraya la condición heroica de padre proveedor y en la que deja muy claro quién manda en aquella casa. “Sí, señor” es la respuesta que Cory, el chaval adolescente que está deseando “matar al padre” (metafóricamente hablando), debe repetir frente al dueño de la casa. Como si fuera un soldado disciplinado, un subordinado frente a su jefe, un esclavo frente a su propietario. En esta relación de dominio juega un papel esencial el miedo: Cory crece temiendo al padre, esquivándolo para no recibir sus golpes, huyendo para al fin poder hacer su propia vida. Todo un clásico en el ejercicio del poder por parte de la masculinidad hegemónica: frente a los vínculos voluntarios que genera el afecto y la empatía, las cadenas que fabrica el miedo a quién siempre tiene la última palabra. La masculinidad hegemónica construida sobre la fuerza, la violencia y la subordinación de los otros.

    Todo un clásico en el ejercicio del poder por parte de la masculinidad hegemónica: frente a los vínculos voluntarios que genera el afecto y la empatía, las cadenas que fabrica el miedo a quién siempre tiene la última palabra.

    Como buen patriarca, Troy siente que es el dueño y poseedor no solo de la casa que tanto esfuerzo le ha costado pagar – solo cuenta su esfuerzo, por supuesto no es valorado el trabajo realizado sin compensación por la esposa durante los años en que ella ha sido fiel compañera, madre y cuidadora- sino también de quienes habitan en ella. Esa posesión la vemos sobre todo proyectada hacia Rose, la mujer con la que lleva casado más de quince años, y a la que vemos tratar como si fuera de su propiedad. Incluso cuando la llama o se dirige a ella, detectamos que para él ella representa la sujeta siempre atenta a sus requerimientos. Cuando vuelve a casa, del trabajo o del bar, la llama a gritos desde la esquina, porque ella siempre está: en la cocina, zurciendo calcetines, tendiendo ropa. Ella es la eterna Penélope. Pero también las sometidas se rebelan: No soy tu animal doméstico, le dice ella en un tenso momento de la historia. Domus: el hogar como espacio de la mujer domesticada.
    Y cuando estalle el drama, que no adelanto para no fastidiar a quienes no hayan visto la película, Rose responderá desde los afectos y la entrega, aun cuando la ira esté inflamando su pecho. La mujer se hará madre para evitar que las heridas sangren aunque ese ejercicio de generosidad – las mujeres siempre como paradigma de la entrega a los demás, amorosas esclavas que dan sin recibir – le sirva también para poner su “cerca” particular frente a Troy. Pese al dolor, ella continuará siendo la cuidadora, la sanadora, la que logra al final de la historia que Cory también perdone al padre puñetero. Así completamos el círculo perfecto de la sufriente esposa, la madre entregada, la santa generosa y humilde. La que, aunque no sepamos si es consciente de ello o no, no ha hecho otra cosa en su vida que vivir por y para los demás. La experta en coser desperfectos, en aguantar y en callar, en hacer posible que el tapiz no se deshilache del todo.

    Así completamos el círculo perfecto de la sufriente esposa, la madre entregada, la santa generosa y humilde. La que, aunque no sepamos si es consciente de ello o no, no ha hecho otra cosa en su vida que vivir por y para los demás.

    La complejidad del personaje de Rose, atrapada en un mundo en el que ella no ha tenido nunca posibilidad de dictar las reglas, condicionada por un amor que le hace siempre entregarse y no dejarse llevar por la ira, nos es transmitida gracias al prodigioso talento de esa enorme actriz que es Viola Davis. Solo por su impecable interpretación merece la pena ver Fences, porque en su rostro es posible hallar las huellas de todo el sufrimiento de millones de mujeres. Porque en ella – en la actriz y en el personaje – vemos cómo interseccionan el género y el color de piel como factores que multiplican su vulnerabilidad. Porque su Rose vuelve a demostrarnos eso que también Adrienne Rich ha explicado con tanta lucidez y que esta película nos recuerda con cierta amargura: cómo los seres humanos conocemos por primera vez el amor y la decepción, el poder y la ternura en la persona de una mujer.
    PUBLICADO EN TRIBUNA FEMINISTA, 25-2-17:
    http://www.tribunafeminista.org/2017/02/fendes-el-poder-del-padre/
  • FEMINISMO EMANCIPADOR VERSUS MULTICULTURALISMO ACRÍTICO

    En los últimos años no han dejado de aparecer en los medios noticias que han tenido como protagonistas a mujeres a las que hemos visto en encrucijadas derivadas de su identidad cultural o religiosa. Hace apenas unas semanas leíamos cómo un juzgado de Palma, apoyándose en la libertad religiosa de la demandante, respaldaba el uso del velo islámico de una azafata de tierra a la que la empresa Acciona se lo había prohibido (http://politica.elpais.com/politica/2017/02/13/actualidad/1486988386_177187.html). A principios de año, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos fallaba en contra de un matrimonio musulmán que se negó a que sus hijas fueran a clases mixtas de natación en Suiza (http://internacional.elpais.com/internacional/2017/01/10/actualidad/1484050734_880287.html).  Han sido innumerables los casos en los que el conflicto se ha planteado con respecto al uso por parte de menores de símbolos religiosos en la escuela (http://ccaa.elpais.com/ccaa/2016/09/19/valencia/1474289825_103412.html), por no hablar de polémicas convertidas en espectáculo mediático como la prohibición del burkini el pasado verano(http://internacional.elpais.com/internacional/2016/08/26/actualidad/1472217871_554853.html). Todas estas noticias tienen en común dos elementos: 1º) los sujetos que portan un determinado símbolo o que tratan de cumplir con un determinado código de conducta son mujeres; 2º) con diferente intensidad, en todos los casos asistimos a un posible conflicto entre las normas propias de una cultura, en la mayoría de los casos vinculada directa o indirectamente a creencias religiosas, y los valores que hemos asumido como comunes en ese imperfecto pero admirable pacto social que hemos denominado “constitucionalismo”. Estas dos referencias nos ponen sobre la pista de las dos cuestiones que interseccionan entre sí y que constituyen uno de los grandes retos de nuestros sistemas democráticos. De una parte, la garantía de unas sociedades interculturales en las que hagamos posible un más que aceptable equilibrio entre igualdad y pluralismo. De otra, la protección de los derechos de las mujeres y de las niñas como presupuesto ineludible de una democracia que para ser tal necesita considerarlas sujetos autónomos y con voz propia. El hecho de que sean precisamente ellas, las mujeres de determinadas culturas, las que se vean sometidas a presiones y se conviertan en foco de conflictos, mientras que sus compañeros varones carecen de las mismas ataduras, obliga a que enfoquemos todas estas cuestiones desde una perspectiva de género, es decir, teniendo en cuenta que las relaciones de poder sobre las que se construyen las culturas y en las que tradicionalmente las mujeres están en posiciones de subordiscriminación.  Unas posiciones que alimentan en general todas las religiones, muy especialmente las monoteístas, las cuales se apoyan en dogmas creados o interpretados por jerarcas masculinos que, a su vez, se traducen en normas y reglas que perpetúan la desigualdad de género. Todo ello nos obliga, de entrada, a asumir que la mayoría de los conflictos que se plantean no son tanto de tipo religioso o cultural sino político – hablamos de poder, de estatus, de ciudadanía – y de que sólo aplicando el principio de igualdad, en cuanto fundamento de nuestro pacto social, podremos gestionarlos adecuadamente. Esta perspectiva nos obliga a tener presente la dimensión interseccional de la discriminación que sufren las mujeres, al tiempo que no perdemos de vista que, como bien nos advierte Nancy Fraser, identidad, participación y distribución de bienes y recursos van de la mano.

    Por lo tanto, frente a un multiculturalismo “acrítico”, que de manera ciertamente paradójica ha sido el más extendido en cierta izquierda europea, la creciente diversidad cultural y religiosa de nuestras sociedades debería obligarnos a replantear los fundamentos del “pacto social” – poder, ciudadanía, igualdad, derechos humanos – con el objetivo último de que el sistema permita garantizar el libre desarrollo de la personalidad de todos y de todas. Un objetivo que exige por poner las bases sociales, políticas, culturales y económicas para que las mujeres dejen de ser heterodesignadas. Ello implica situar el concepto de autonomíaen el foco de atención principal en los debates que hoy tenemos abiertos en torno a los derechos humanos de las mujeres. Este concepto, que nada tiene que ver con la “libre elección” mitificado por el neoliberalismo, y que ha de situarse siempre en un contexto relacional, obliga entre otras cosas a la liberación de adscripciones coercitivas y a la participación pública en condiciones de igualdad. Algo que sigue siendo todavía hoy un reto para las mujeres en muchos contextos culturales en los que continúan estando condenadas a ser las “guardianas de las tradiciones”,  mientras que sus compañeros varones ejercen poder en lo público y en lo privado sin sentirse maniatados ni por dioses ni por costumbres.

    Este proceso no debería olvidar que la teoría de los derechos es necesariamente una teoría de límites – por lo tanto, los derechos humanos de las mujeres y niñas deberían ser un barrera incuestionable frente a cualquier práctica religiosa o cultural que pretenda ampararse en libertades como la de conciencia o religiosa – y que al tiempo que plantamos cara al patriarca que identificamos con claridad en otros contextos deberíamos someter a crítica el jerarca que habita en la nuestra. De ahí mi convencimiento de que el feminismo, entendido como pensamiento radicalmente humanista y como propuesta de acción política que pretende darle la vuelta a un orden político y cultura hecho a imagen y semejanza de los privilegios masculinos, constituye la mejor herramienta para revisar los derechos humanos desde una lógica de emancipación y autonomía. Solo desde esa mirada será posible ir encontrando respuestas a los inevitables conflictos de unas sociedades cada vez más diversas en las que las mujeres continúan siendo las más vulnerables. En este sentido, es urgente no perder de vista la dimensión transnacional del feminismo, en lucha siempre contra las injusticias globales, y la necesidad de fomentar diálogos entre eso que Celia Amorós denominó hace tiempo las “vetas de ilustración” presentes en todas las culturas. Por eso no estaría mal despojarnos del peso etnocéntrico que a veces nos ciega desde nuestra posición global dominante así como de la creencia de que solo las mujeres blancas y occidentales son capaces de articular un discurso feminista. Unos diálogos que, por cierto, solo serán posibles en un marco laico y en el que desde lo público se garanticen los derechos sociales como fundamentales.

    A estos retos, que en la práctica plantean muchos dilemas éticos, políticos y jurídicos, constituyen, he dedicado mi último trabajo de investigación en el que planteo cuáles serían, a mi parecer, los itinerarios feministas para una democracia intercultural (https://issuu.com/tirantloblanch/docs/99d98bb05d558b696e8d14e0e7f9cdfb?e=1601165/44625800#search). O, lo que es lo mismo, para empezar a rebelarnos contra las injusticias que provocan la suma de tres dominaciones – la neoliberal, la etnocéntrica y la patriarcal – y que tiene como principales víctimas a las niñas y a las mujeres del planeta. Les invito a seguir el mapa y a asumir el reto: nos va la democracia,  y las vidas de muchas niñas y mujeres, en ello.

    Autonomía, género y diversidad: itinerarios feministas para una democracia intercultural, Tirant lo Blanch, Valencia, 2017.

    Fotografía: Caperucita Roja, de Fernando Bayona (cedida por el autor para la portada del libro).
  • SIN MAGISTRADAS NO ES CONSTITUCIONAL

    El concepto de democracia paritaria ha dado lugar en las últimas décadas a un permanente debate en torno a su significado y, sobre todo, en torno a las consecuencias en que ha de proyectarse en nuestros sistemas constitucionales. Aunque han predominando las discusiones centradas en su dimensión más cuantitativa —la presencia de las mujeres en posiciones de poder y los instrumentos para hacerla efectiva—, no deberíamos olvidar que la paridad tiene también una dimensión cualitativa que nos remite a las raíces mismas de la democracia.
    Si efectivamente la igualdad es el principio jurídico y el valor ético que sustenta el sistema que, pese a sus miserias, es el que mejor garantiza los derechos y libertades de los individuos, difícilmente el mismo merecerá el calificativo de democrático si la mitad femenina no goza de un estatuto de ciudadanía igual al de los hombres. Es decir, si no participan en las mismas condiciones y con las mismas oportunidades en el ejercicio del poder y si el sexo continúa siendo determinante de discriminaciones. Por lo tanto, no es osada sino por el contrario obligada consecuencia afirmar que la democracia o es paritaria o no es.
    A la espera de que el principio de paridad se incorpore de manera expresa en una urgente y necesaria reforma constitucional, no podemos negar a estas alturas que el mismo forma parte de las esencias del sistema y que, por lo tanto, ha de proyectarse en cualquier actuación de los poderes públicos y ha de presidir cualquier interpretación que hagamos de nuestro ordenamiento jurídico. Porque, insisto, estamos hablando nada más y nada menos que del derecho fundamental de las mujeres a acceder al espacio público, a participar en el ejercicio del poder y a formar parte de la definición de las políticas que nos afectan a todas y a todos.

    El denominado mainstreaming de género nos obliga, y así se subrayó hace años en el Derecho Comunitario, a que la igualdad de mujeres y hombres no solo sea un principio transversal a cualquier política, sino que ha de ser el principal, en cuanto que nos remite a la condición esencial que como individuos nos sitúa en el espacio democrático. De ahí, por tanto, que las mujeres, en cuanto ciudadanas, tengan el mismo derecho que nosotros a estar en las instituciones, sin que en su caso, como suele ser habitual, se les exija un plus de méritos o capacidades. Tienen el mismo derecho que nosotros a estar y, por lo tanto, como diría Amelia Valcárcel, a ser tan malas como nosotros podemos serlo en el ejercicio del poder.
    Estas lecciones básicas de democracia —porque no se trata de otra cuestión aunque algunos interesadamente, supongo que para mantener sus dividendos, las identifiquen como una reivindicación feminista y , por tanto, según ellos, parcial— deberían tenerlas presentes los partidos políticos que en fechas próximas tendrán que participar en la selección y nombramiento de las personas que integran el Tribunal Constitucional.
    No creo que haga falta recordar el evidente desequilibrio que ha existido y que existe en su composición, como tampoco creo necesario recordar que el importantísimo papel que dicho órgano juega en la garantía de nuestro sistema. Simplemente teniendo en cuenta que el Tribunal Constitucional tiene entre sus funciones decidir cuando una ley es o no constitucional, además de que actúa como último garante de nuestros derechos fundamentales a través del recurso de amparo, bastaría para que fuese más que evidente la necesidad de su composición equilibrada. Y no solo porque se trate de un mandato establecido expresamente en el art. 16 de la LO 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, sino porque por exigencia democrática las ciudadanas deben estar presentes en un órgano que permanentemente está interpretando, acomodando y en ocasiones (no siempre) dándole vitalidad a nuestro ordenamiento. De ahí que, por ejemplo, no se entienda que hayamos puesto correctivos para que el Parlamento tenga una composición equilibrada de mujeres y hombres, mientras que dejamos que el Tribunal Constitucional —que con frecuencia actúa como un “legislador negativo”— siga ocupado mayoritariamente por varones.
    Insisto: se trata de una reivindicación que deriva del mismo derecho de ciudadanía que tienen las mujeres pero también de la necesidad de que todas las instancias públicas reflejen las múltiples miradas que pueden hacerse sobre la sociedad que vivimos. De ahí que la paridad, también en el Tribunal Constitucional, acabe siendo garantía de mayor justicia social y de respuestas más ajustadas a una realidad marcada por las relaciones de género.
    Y, por supuesto, frente a estas exigencias radicales, porque de hecho se nutren de los raíces del constitucionalismo, no vale esgrimir el argumento facilón, y perversamente machista, de que no hay suficientes mujeres juristas para optar a los sillones del Constitucional. Habría que recordarle al ministro de Justicia, que por cierto forma parte de un gobierno en el que la paridad brilla por su ausencia, (no sé si porque en el PP carecen de afiliadas o simpatizantes con el mismo nivel de competencia que los hombres), que las mujeres llevan ya décadas demostrando, también en el ámbito del Derecho, que son tan o más brillantes que nosotros, o como mínimo, igual de mediocres o malas que sus colegas varones. Escudarse en ese tipo de argumentos es la prueba más evidente de que la política y su principal instrumento, el Derecho, siguen en manos de los jerarcas patriarcales que se resisten a abandonar sus posiciones de privilegio. Porque, claro, para que entren ellas, algunos de ellos deberán hacerse a un lado.

    Las mujeres tienen el mismo derecho que nosotros a estar en las instituciones, sin que, como suele ser habitual, se les exija un plus de méritos o capacidades
    Esperemos pues que próximamente el Tribunal Constitucional, que por cierto no goza de la buena salud que debiera, responda al fin a un equilibrio desde el punto de vista de género, tal y como por cierto responde a otro tipo de equilibrios —territoriales, partidistas— que nadie parece discutir. Así lo reclama la Asociación Española de Mujeres Juezas y con ella todas las personas que hemos firmado un manifiesto llamando la atención de quienes en próximas fechas tendrán en sus manos la posibilidad de hacer un órgano paritario, es decir, democrático, o si por el contrario deciden que siga obedeciendo a los dictados de eso que Clara Campoamor denominó “república aristocrática de privilegio masculino”. Es la salud de nuestro sistema democrático, recordemos, la que está en juego.

    Blog Mujeres EL PAÍS, 21 de febrero de 2017:
    http://elpais.com/elpais/2017/02/21/mujeres/1487674290_371001.html

    MANIFIESTO: ‘POR UN TRIBUNAL CONSTITUCIONAL EQUILIBRADO’

    Si quieres firmar el manifiesto, redactado por la Asociación de Mujeres Juezas y que reivindica una verdadera participación de las mujeres en todas las esferas sociales, políticas, culturales o judiciales, puedes hacerlo en el siguiente enlace: Por un Tribunal Constitucional  equilibrado.
  • FEMINISTAS Y TAN FRESCAS

    Hace ya algún tiempo que asumí como un compromiso personal y cívico la defensa del feminismo como el pensamiento que más y mejor puede servir para la emancipación del ser humano y, por lo tanto, como la herramienta mediante la que conseguir que ninguna persona sea privada de bienes o derechos en función de su sexo. En estos años de revancha patriarcal, como bien los ha bautizado Alicia Miyares, siento cada día con más convencimiento la necesidad de reafirmar esa defensa y de reivindicar un término que es permanentemente devaluado. Los prejuicios y la ignorancia se están aliando con el terror patriarcal a la pérdida de privilegios y están provocando que el machismo ocupe espacios que ya creíamos conquistados por la igualdad. El retroceso es evidente en muchos ámbitos, por lo que ahora, más que nunca, necesitamos sumar energías y multiplicar la lucha de las muchas y de los pocos que pensamos que es incompatible la democracia con una sociedad en la que una mitad continúa subordinada a la otra. De ahí que resulte tan saludable y gozoso que en esta ciudad, tan poco habituada a romper esquemas, un grupo de mujeres haya decidido crear un espacio para la reflexión y el debate feminista. Su estreno, hace un par de semanas, no pudo ser más exitoso, demostrándose así que la ciudadanía, y muy especialmente las que todavía hoy tienen que luchar por tener las mismas oportunidades y autoridad que nosotros, pide a gritos escapar de los cauces institucionales y hacer política sin hipotecas partidistas ni intermediarios que finalmente parecen mirarse solo su ombligo.
    Que estas mujeres se califiquen a sí mismas como frescas, apoyándose en el título del libro de una de las urdidoras de este proyecto, la siempre combativa Anna Freixas, es toda una declaración de intenciones. Porque ese adjetivo, que María Moliner conecta con el descaro o la insolencia, pero también con contar «las verdades del barquero», implica plantarle cara al patriarcado y hacerlo desde la alegría que supone sentirse autónomas y acompañadas, cómplices en un ejercicio lúcido y sanísimo de sororidad. La frescura que reclaman mujeres como Marta Jiménez, Elena Lázaro o Esther Casado supone romper con las cadenas del victimismo, apostar por la construcción de un nuevo mundo y, a ser posible, hacer todo eso con buen humor y poderío. Pisando fuerte, sin pedir perdón ni permiso, sintiéndose luminosamente empoderadas.
    Una experiencia como ésta debería convertirse en un referente que, sumado al activismo de todas esas mujeres que en muchos casos desde la invisibilidad y el escaso o nulo reconocimiento luchan en esta ciudad por romper las barreras de género, ayude a remover conciencias y a movilizar el sentido y la sensibilidad necesarios para replantear las cláusulas de un contrato que continúa amparando los privilegios de los poderosos. Espero pues que mes a mes el número de frescas vaya creciendo y sus voces desborden lo políticamente correcto y se hagan presentes e incómodas en la Córdoba del cordobés. También desearía que muchos hombres se fueran acercando a ellas, no para asumir el mando ni el protagonismo, como solemos hacer, ni mucho menos para esgrimir argumentos propios de víctimas, sino para aprender y acompañar, para ser partícipes de una transformación en la que, estoy convencido, nosotros tenemos que estar implicados. Una implicación que pasa necesariamente por la renuncia a buena parte de nuestros privilegios y por el ejercicio real de la corresponsabilidad tanto en lo público como en lo privado. Estaría muy bien que nos dejáramos contagiar por la frescura y la valentía de unas mujeres que nos obligan a mirarnos en el espejo y cuestionarnos qué queda en nosotros del macho que heredamos. Sólo así será posible acabar con eso que Clara Campoamor denominó «una república aristocrática de privilegio masculino» y haremos realidad el mundo que soñó John Stuart Mill gracias en gran medida a la inteligencia de su compañera Harriet Taylor.
    LAS FRONTERAS INDECISAS, Diario Córdoba (20-2-17)
    http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/feministas-tan-frescas_1124785.html
  • MEDEA, LA AMANTE QUE GRITA.

    Medea es Aitana y Aitana es Medea. La actriz interpreta a la amante despechada, a la “mala madre”, a la hechicera que es víctima de un mundo de hombres, con cada centímetro de su cuerpo: desde los dedos de los pies descalzos hasta el último cabello de su cabeza Aitana es Medea. Desde la dulzura del cuento se eleva al grito del drama y lo hace dejando que el cuerpo exprese todas las emociones. No solo la voz, sino también los brazos, las piernas, la espalda, el vientre, todo ella se hace mujer desgarrada para explicarle al público, ese coro silencioso, los argumentos de su dolor.


    La Medea que, partiendo del texto de Séneca, ha hecho Andrés Lima es más mujer que mito y eso lo subraya Aitana Sánchez Gijón con una interpretación en la que se sitúa a una altura humana. A diferencia de la recreada por Plaza y Molina Foix hace un par de años en Mérida, y en la que Ana Belén parecía más que Medea una gran dama del teatro disfrazada de diosa, en esta puesta en escena nos encontramos con la angustia real de una mujer, que a su vez podrían ser tantas mujeres pasadas y presentes, que se siente traicionada y que solo tiene a su disposición, para salvarse, las herramientas de un mundo dominado por los hombres. Un mundo de reyes, guerreros y amantes, en el que ella difícilmente encaja porque es capaz de ser un sujeto activo, de tomar decisiones, incluso cuando éstas pueden provocarle el más hondo de los sufrimientos. Vemos así como Medea expresa y hace cuerpo una emoción radicalmente masculina – la ira – y cómo es capaz de anular lo que históricamente ha dado sentido a la subjetividad femenina – los hijos. De esta manera, el personaje nos coloca frente a las injusticias de un planeta en el que ellas se han llevado siempre la peor parte, al ser las marionetas de los héroes y las que nunca dudaron en ser por y para otros.

    Como bien explicó anoche Aitana, no hace falta que juzguemos a Medea. Basta con que podamos entender sus razones. Las razones de sus gritos, de sus convulsiones, de sus ojos ensangrentados. Si vemos a una mujer llegar a ese extremo, el de la venganza y el de la ira, lo único que deberíamos tener claro es que el origen de sus lágrimas es su sentimiento de extranjera. La “otra” entregada y humillada. A la que la historia sólo parece dejarle la posibilidad de convertirse en heroína multiplicando el dolor de aquél a quien más quiso.

    De nuevo, el amor. Eros. La garganta honda que anula y ensombrece. El mito que nos continúa convirtiendo, sobre todo a ellas, en esclavos. Por eso, anoche, no solo vi en el escenario, absolutamente conmovido y casi al borde del temblor, a una mujer despechada o a una madre a la que separan de sus hijos. Vi también a una amante echando de menos el cuerpo del amado: el deseo frustrado, la cama ocupada, la piel callada. Y Medea que grita.


    MEDEA, Lectura dramatizada
    Sala Polifemo, Teatro Góngora, 18-2-17

  • LA PRINCESA DESTRONADA DE CAMELOT

    Me enamoré de ella, cuando apenas ella era una niña y yo un veinteañero, en aquella delicia que marcó a toda una generación titulada Beautiful girls. No he dejado de mirarla y de admirarla, a medida que ha ido creciendo, madurando y convirtiéndose en una actriz enorme, cuya belleza transmite todo el potencial creativo que tiene su mente. Siempre me gustó porque no es el típico rostro vacío de Hollywood, ni la mujer que se deja cosificar por exigencias del mercado creyéndose libre para hacerlo. Me gusta porque la siento autónoma e independiente, fuerte y poderosa. Y eso es algo que llena todos los personajes que interpreta.

    Por todo ello, sólo una actriz como Natalie Portman podía interpretar la Jackie Kennedy que con tantas aristas nos presenta el chileno Pablo Larraín. Afortunadamente, el director de la brutal El club no ha hecho el retrato colorista y flambeado en el que seguramente habrían caído la mayoría de los directores norteamericanos al acercarse a este mito de la historia de su país. Al contrario, Larraín ha optado por reflejarnos las angustias, contradicciones, pesares y hasta miserias de una mujer que, de repente, se ve destronada de su sueño y se ve obligada a reconducir una vida que solo parecía tener sentido al lado del presidente más amado de la historia. En el relato que abarca los tres días siguientes al asesinato de Kennedy, vemos cómo Jackie trata de desenvolverse entre la urgencia del momento, el drama personal y familiar que está viviendo y su propio futuro. El rostro de Natalie, y por supuesto la fragilidad que delata su cuerpo pequeño y delgado, nos muestran la desorientación, el descontrol y el sufrimiento de una mujer que se creyó la princesa del cuento y que de repente no sabe qué va a ser de su vida. Más allá, claro, de convertirse en una especie de prototipo ideal para las revistas del corazón y para los escaparates (es impresionante la escena en que la misma Jackie contempla cómo en una tienda descargan maniquíes que parecen todos ellos una copia de la primera dama).
    Larraín opta por hacer un relato nada complaciente, frío incluso, lleno de aristas y de diálogos que nos ofrecen muchas claves de los personajes y del contexto: los que Jackie mantiene tiempo después con un periodista, y que sirve de hilo conductor; el que la sostiene en pie con su cuñado o el lleno de recovecos que le lleva a una pseudoconfesión con el sacerdote que interpreta John Hurt en uno de sus últimos papeles. La película nos transmite la tensión que está viviendo el personaje principal, una especie de muñeca desorientada en un mundo de hombres en el que son otros los que parecen haberlo decidido todo por ella y en el que ella no tiene nada, ni siquiera una casa donde ir. Una tensión que nos llega multiplicada gracias a la poderosa y sugerente banda sonora hecha por una mujer, Mica Levi, algo poco habitual en la música de cine.
    Jackie acaba siendo no solo el retrato de una mujer desubicada y perdida, como consecuencia de una trayectoria que había sido diseñada en función de otro: el marido poderosos y público, el pater familias, el sujeto proveedor y con autoridad, el líder que siempre necesita una bella esposa al lado. Es por supuesto un retrato de esa mujer que Delibes habría convertido en otra versión de “cinco horas con JFK” pero también de toda una sociedad, de todo un modelo, el norteamericano, que siempre ha vivido la nostalgia de una monarquía y que con los Kennedy estuvo a punto de tenerla. Esos príncipes y princesas de un reino imaginario, el Camelot reiteradamente aludido en la película, en el que Jackie cumplía su perfecto papel de mujer “recortable”, de dama que siempre se sitúa un paso por detrás de su hombre, de espejo para todas las que admiraban su elegancia y saber estar. Pura fachada que escondía en el fondo, y es lo que Larraín con la ayuda inestimable de Portman nos cuenta, un torbellino a punto de estallar. 
  • EL POETA Y LA CHICA QUE HACÍA PASTELITOS

    Paterson es una de esas películas que te reconcilian con el sentido último del cine como espacio creativo, como pantalla en la que discurren las emociones y las más recónditas dimensiones del ser humano. La última película de Jim Jarmusch es toda ella un poema que vamos viendo como crece a lo largo de una semana y en el que el tiempo discurre con la velocidad propia del creador. En ella no ocurren grandes cosas, sino que es simplemente la vida, nada más y nada menos que la vida cotidiana, la que pasa ante nuestra mirada. Todo en ella es pequeño pero tiene sin embargo la grandeza de lo auténtico: empezando por la ciudad y las gentes que en ella habitan y terminando por las habitaciones que comparte la pareja protagonista. Todo en ella huele a verdad, desde el despertar de los amantes al pastel de queso y coles, desde la niña poeta que ve cómo cae la lluvia a las conversaciones que escuchamos en el autobús, desde los amores rotos del bar a las pequeñas ilusiones de Laura. Por todo ello, Paterson se sitúa en las antípodas de las películas que ahora mismo están triunfando en la taquilla. Es el reverso absoluto de esa tontería llamada La la la Land  y la mirada alternativa a esa América que de manera grandilocuente nos ofrece el cine de Hollywood.

    Solo hay un aspecto, y que no es pequeño, que la película de Jarmusch comparte con los relatos mayoritarios que vemos en el cine: su mirada radicalmente androcéntrica y absolutamente complaciente con el statu quo desde una perspectiva de género. Una vez más, nos volvemos a encontrar con una historia en la que el genio creador es él, en el que toda la trama, por insignificante que sea, gira en torno al sujeto masculino que parece tener una profunda y rica vida interior (aunque profesionalmente se dedica a algo tan poco estimulante como conducir un autobús). Un genio de este calibre, aunque no haya sido reconocido y se limite a escribir versos en una libreta, necesita a su musa, que espera ansiosa que le haga y le lea un poema de amor. Una musa a la que siempre vemos encerrada en casa, mientras que él sale al espacio público, trabaja por las mañanas y se escapa al bar por las noches.  Incluso en ese espacio tan masculino tendrá ocasión de demostrar el heroísmo que se espera de un hombre de verdad, por más que sea un chico que escribe versos sobre cerillas. A ella, salvo en la salida que hacen los dos juntos al cine, la encontramos siempre en el hogar, como ese ángel que prepara cenas con la ilusión de que le gusten al poeta y que no deja de coser y pintar cortinas, todas ellas en blanco y negro, tal vez porque así son los colores de sus sueños. Una mujer, Laura, que solo se permite ilusionarse con una guitarra y con un futuro de música leve que no parece entusiasmar mucho al hombre de la casa, y a la que vemos más radiante de nunca cuando consigue vender en el mercado los ricos pastelitos que se ha pasado horas cocinando. Esta Laura parece sin duda nieta de la Laura Brown de Las horas, heredera de las mujeres de Betty Friedam. El mal que no tiene nombre. 

    Me gustaría pensar en una segunda parte del relato, que Jarmusch podría titular Laura, en la que, como la heroína que interpretó Julianne Moore, ella al fin se libere de un tipo tan tristón como el conductor de autobuses  y la veamos cantando en pubs nocturnos y vestida de colores. En esa soñada película, me encantaría volver a encontrarme con la niña que escribe poemas, y que tanto fascina al protagonista en una de las escenas más bellas de Paterson, convertida en un auténtica genia a la que, por supuesto, ya no le importaría que los versos rimen de acuerdo con las reglas de los hombres.
  • ALEJANDRO: ÉTICA Y MEMORIA

    Somos una sociedad desmemoriada. Lo somos porque a una buena parte de nuestro país, heredera cultural y políticamente del franquismo, nunca le interesó recordar y porque parte del resto ha sido siempre cómplice en los silencios. En paralelo hemos confundido la memoria con la nostalgia y el olvido con el perdón. El resultado ha sido negativo para la salud de una democracia que difícilmente puede dotarse de energía cívica si no se construye sobre la superación, que no la omisión, de todo aquello que en su día partió un territorio que aún hoy lucha por ser, como diría Blas de Otero, una camisa blanca esperanzada. Justo cuando se cumplen 40 años de los asesinatos de los abogados de Atocha, sería un buen momento parar reflexionar sobre qué parte de nuestra historia continúa siendo invisible o, en el mejor de los casos, mal contada, y hasta qué punto es imposible pensar en futuro si no hemos asumido esa labor ética y de justicia que supone reconocer a quiénes fueron los vencidos y humillados y quiénes fueron, en contraste, los que intentaron mantenerse en los púlpitos. Quiénes apostaron por el diálogo y la no-violencia y quiénes no tuvieron reparo alguno en convertirse en pistoleros. Y, por supuesto, como resultado de ese imposible equilibrio, cuántas de esas heridas siguen supurando debilidades en nuestra democracia imperfecta.
    En Córdoba, y más concretamente en la Facultad de Derecho, tenemos la gran suerte de contar desde hace unos años con la vecindad del que hoy es el único superviviente de la matanza de Atocha. Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell, que está a punto de entrar feliz en la edad del júbilo aunque su energía sigue siendo la de un eterno estudiante, ha dedicado todos estas décadas a mantener viva no solo la memoria de sus compañeros y compañeras sino, sobre todo, el espíritu y el compromiso de quienes en su día tuvieron muy claro que no puede haber democracia sin justicia social ni Derecho justo sin igualdad de oportunidades. Unas mujeres y unos hombres que se entregaron apasionados a la lucha por la dignidad y que siempre tuvieron muy claro que carece de legitimidad moral quien vive en un divorcio permanente entre su currículo y su vida.
    La gran lección de Alejandro es justamente esa: la que demuestra con hechos y no con palabrería que los valores democráticos tienen que aprenderse y aprehenderse, que la suma de igualdad y pluralismo es necesariamente conflictiva pero enriquecedora y que el verdadero sentido de un sistema constitucional es garantizar nuestros derechos frente a los que se regodean en el poder. Por eso para él, el Derecho siempre ha sido un arma de transformación social, un instrumento para la emancipación del individuo, una medicina que solo cura cuando no pierde de vista el faro ético que implica reconocer los derechos humanos como la ley de más débil.
    Alejandro, que tiene mucho de poeta y de buscador de playas bajos los adoquines, es además el mejor ejemplo de un hombre que ha sabido entender, supongo que en gran medida por el dolor que ha vivido y del que nunca ha hecho un espectáculo, que además de racionales somos emocionales. Y que son justo las emociones las que no permiten ponernos alerta ante las necesidades del otro y por tanto asumir un comportamiento ético. Solo pues desde ese hilo que trenza cabeza, corazón y vientre es posible hacer carne la dignidad y cuerpo la empatía. Un ejercicio que debería ser parte ineludible de nuestra responsabilidad cívica. Esa que, como bien nos recuerda quien tanto sabe de los ángulos ciegos de la transición, solo puede nutrirse con la memoria fértil y la sororidad utópica. Dos primas hermanas que con frecuencia rompen nuestra comodidad de sujetos privilegiados pero sin las cuales la Constitución, ese hogar de la ciudadanía, acaba siendo una patera que busca una isla donde naufragar.
    Las fronteras indecisas, Diario Córdoba, 6 de febrero de 2017:
    http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/alejandro-etica-memoria_1120767.html
  • EL PODERÍO DE ANA BELÉN

    NUnca olvidaré aquella noche en el Teatro de La Latinacuando, recién alzado el telón, la Graciela imaginada por García Márquez soltó aquello de “nada se parece más al infierno que un matrimonio feliz”. En aquella Diatriba de amor contra un hombre sentado, Ana Belén, a la que yo he admirado sin pausa desde mi torpe adolescencia, se transformaba en una mujer con poderío, es decir, en una de esas mujeres que como explica Marcela Lagarde son capaces de liberarse de sus cautiverios y desarrollan al máximo sus capacidades vitales.

    Es justo esa potencia que atesora la intérprete —y que puede resultar hasta incomprensible si uno se detiene en su frágil cuerpo de aristas que parecen siempre a punto de quebrase— es la que mejor puede definir el talento que no ha dejado de multiplicarse desde que la hija de la portera y el cocinero tuvo claro que la mejor manera de ganarle la jugada a Zampo (Zampo y yo, 1965) era empoderarse, es decir, estudiar, crecer, mirar, escuchar y finalmente llegar a tener una voz propia. La que, como tantas mujeres de su generación, a las que les tocó vivir el salto del patriarcado franquista a la democracia liberadora, tuvo que hacerse rebelde, preguntona, incómoda y hasta militante. La que desde su libertad asumió el reto de ser volcán y de derribar todas las murallas que impedían a las mujeres ser para sí mismas y las condenaban a vivir por y para los demás.

    En este sentido, hay una línea de continuidad entre la Fortunata de Galdós, la Mari Gaila de Valle Inclán, la Adela de Lorca y la jovencísima española que en París descubre, aún si ser consciente del todo, que los derechos sexuales y reproductivos son esenciales para garantizar la dignidad de las mujeres. En todos esos personajes femeninos, como en los que interpretó a las órdenes de Jaime de ArmiñánGutiérrez Aragón o de la feminista (a su pesar) Pilar Miró, podemos encontrar el aliento épico de las que fueron con frecuencia víctimas del amor romántico y sobre todo de las que tuvieron que urdir mil tramas para darle la vuelta al guión que otros habían escrito para ellas.

    Ana Belén en ‘Zampo y yo’.

    Tuvo la fortuna por tanto Ana de convertirse en una especie de símbolo de todo lo que este país arrastraba a sus espaldas y de lo que suponía, muy especialmente para las españolas, abrir la puerta para que entraran los aires de libertad. A través de sus personajes, pero también a través de ella misma, Ana encarnó durante décadas todo lo que suponía dejar atrás un país de mujeres de negro y niños prodigio para construir un jardín en el que los demonios fuera sustituidos poco a poco por camisas blancas al sol.
    Como también, años más tarde, ella supo darle voz al desencanto —“al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”—, a la frustración —“cómo huir cuando no quedan islas donde naufragar”—, a la pérdida de rumbo de una política en la que confió como ciudadana de izquierdas y que acabó siendo impunemente cómplice de los poderosos y de las “mentiras que envilecen el cristal de los acuarios”. Algo que con frecuencia le han reprochado a ella misma quienes piensan que se ha convertido en una burguesa acomodada y cercana siempre a los que han manejado el timón.

    Desde su libertad asumió el reto de ser volcán y de derribar todas las murallas que les impedían a las mujeres ser para sí mismas

    Es justamente ese poderío de Ana el que explica la belleza que irradia, la continuidad de su éxito y, claro está, las envidias y prejuicios que suscita entre tantos los que en este país cuestionan por sistema el talento y la fortuna. Mucho más cuando ambos confluyen en una mujer que goza de una habitación propia, que llama a las cosas por su nombre y que nunca se ha dejado achicar por las reglas de un juego que todavía hoy se lo sigue poniendo más fácil a los varones. Una mujer que insiste en no ser tratada como un jarrón en el que depositar las rosas y que no se cansa de reclamar personajes tan complejos como los que suelen ofrecerles a los actores. La misma que encabeza manifestaciones, que se posiciona políticamente cuando así lo estima oportuno y la que, por supuesto, faltaría más, se equivoca y hasta tiene las contradicciones propias de cualquier ser pensante.
    Ana, que no ha dejado de cantar porque sin la música me temo que sería como si le borrásemos Brasil de su mapamundi, ha demostrado en los últimos años sobre las tablas que la edad es vitamina para el talento y que es justo ahora cuando está en mejores condiciones de mirar cara a cara al público y ofrecerle la verdad de sus personajes. Un reto que para ellas, sobre todo cuando pasan la barrera del tiempo que miden los relojes masculinizados, se vuelve en contra pero que Pilar Cuesta (ese es el nombre real de Ana Belén) ha superado con sobresaliente cuando nos ha regalado todos y cada uno de los pliegues emocionales de Fedra, Medea o Kathie.

    ampliar foto

    Todos los que durante estas décadas democráticas la hemos seguido y admirado con la lealtad de quien en el amor no busca la media naranja, nos sentiremos también premiados cuando le entreguen el Goya de Honor. Suponemos que aparecerá radiante y que todos los medios subrayarán el milagro que supone ver tan espléndida, en el sentido más cosificador del término, a quien ya ha superado la edad de la jubilación.
    A mí, sin embargo, me gustaría que se subrayara lo que ese premio tiene de reconocimiento a todas las mujeres que son herederas de Lorca e hijas de la transición, a las que siguen siendo invisibles en la historia y en las artes, a las que en épocas de batalla tuvieron que desvelarse y mostrar al mundo que ser mujer no debía suponer en ningún caso morir en el intento. Esas rosas de amor y fuego que se atreven a dejar los jarrones y a luchar en un mundo de tanto pez sin agallas. Las que como Ana se han enamorado de hombres a los que incluso consideran más feministas que ellas mismas y que por supuesto no se conforman con ser Desiderias liadas a la pata de la cama. Las que han aprendido a tener muy claro que las cosas que hacen que la vida valga la pena son las que dan alas. Esas que yo adivino en los ojos profundos de la madrileña de la calle del Oso cuya boca, Víctor dixit, sabe más dulce que cualquier otra cosa y a la que yo, por encima de la luz de sus labios, distingo poderosa entre la multitud.

    PUBLICADO EN EL PAÍS, BLOG MUJERES, sábado 4 de febrero de 2017, día e entrega del Goya de Honor a Ana Belén:
    http://elpais.com/elpais/2017/02/03/mujeres/1486135998_844120.html

  • CÓMO SER MUJER, Y NO MORIR EN EL INTENTO, EN EL CINE ESPAÑOL

    En la rueda de  prensa concedida hace una semana con motivo del Goya de Honor que recibirá el próximo sábado, Ana Belén reclamaba conseguir en la pantalla papeles tan complejos  y llenos de aristas como los que suelen darle a sus compañeros varones. Algo de lo que no suelen disfrutar las actrices en general y no digamos las que sobrepasan la edad que marca el mercado como frontera. Un lastre que, como comprobamos cada año, no sufren los actores, siempre con oportunidad de interpretar tipos duros,  sujetos enrevesados y hasta galanes sin que importen las arrugas, el pelo cano o incluso la falta de pelo. De hecho son numerosos los actores que justo despliegan sus mayores talentos cuando llegan una cierta “madurez” en la que para ellos no cuenta, o al menos no es tan determinante,  el poderío físico. De esta manera, la Fortunata televisiva y la Desideria que nunca hubiera imaginado Antonio Gala volvía a poner el dedo en una de las llagas que siguen haciendo del cine, y muy especialmente del español, un constructor de relatos androcéntricos en los que el protagonismo corresponde al sujeto hegemónico masculino.  En este sentido, cuando colectivos como CIMA (Asociación de Mujeres cineastas y de medios audiovisuales,http://cimamujerescineastas.es/ ) o AMMA (Asociación Andaluz de mujeres de los medios audiovisuales: http://aammaudiovisual.com/aamma/) reivindican una mayor presencia de las mujeres en nuestro cine no están planteando una cuestión meramente cuantitativa, que también, sino sobre todo están llamando la atención sobre la necesidad de contar con las miradas de la mitad femenina y de,  por tanto, ofrecer otros relatos mediante los cuales podamos explicar la realidad en la que vivimos.


    No es necesario volver a reiterar aquí los datos que año tras año nos siguen demostrando la discriminación, tanto horizontal como vertical, que sufren las mujeres en los medios audiovisuales. El repaso de las candidaturas a los Goya de este año vuelve a confirmarnos la evidencia. Pese a que nos llevamos la sorpresa de que las cinco cintas candidatas al galardón tienen una mujer en la producción, y de que tres mujeres y un hombre compiten por el Goya a la mejor dirección de producción, la presencia femenina continúa siendo escasa en las categorías más importantes. Solo destacan dos nombres: Nely Reguera, candidata a la mejor dirección novel por María (y los demás),  e Isabel Peña, que compite por el guión original de Que dios nos perdone.  Por supuesto hay muchos nombres femeninos en diseño de vestuario, maquillaje y peluquería, frente a la omnipresencia masculina en dirección, fotografía, montaje, dirección artística, sonido o efectos especiales. Además, tanto las películas de habla hispana como las europeas nominadas en los apartados correspondientes han sido todas dirigidas por hombres.


    Pero, insisto, no se trata solo de una cuestión de porcentajes, que ya por sí solos nos deberían hacer sospechar – el feminismo como “filosofía de la sospecha”, Amelia Valcárcel dixit – de un ámbito creativo en el que una mitad aparece tan subrepresentada con respecto a la otra. Se trata de una cuestión ligada a qué tipo de imaginario estamos creando como sociedad, a qué patrones ofrecemos como referente en las pantallas y, por tanto, de qué manera desde un ámbito cultural tan potente cómo el cine estamos consolidando estructuras de poder o bien revolucionándolas.  En este ámbito, como en cualquier otro espacio público o profesional, es muy importante que podamos ver mujeres y hombres ocupando responsabilidades en condiciones de igualdad, entre otras cosas para que las chicas y los chicos de este país vayan construyendo en su cabeza la imagen de una mujer directora, o autora de una banda sonora o responsable de la fotografía o montaje de una película. No se puede ser ni desear ser aquello que no se ve, por lo es educativamente muy importante que veamos mujeres ocupando posiciones que históricamente solo hemos ocupado nosotros. Pero es que, además, necesitamos que se nos cuenten otras historias, que pongan el foco en otros ángulos, que nos ofrezcan otros protagonismos, que superen, entre otras cosas, el dominio casi absoluto de un relato cinematográfico dominado por el heroísmo masculino y la accesoriedad femenina. Un superficial repaso a las historias que nos cuentan las películas que compiten a la mejor producción de este año en los Goya bastaría para confirmar cómo el cine español continúa dominado por una muy delimitada construcción de las subjetividades masculina y femenina y de las relaciones entre ambas. Como ya expliqué hace unos meses al conocer las nominaciones, “dirigidas <<lógicamente>> por hombres, las cinco finalistas nos servirían para montar una clase perfecta sobre el modelo dominante de virilidad y, en paralelo, sobre la subordinación femenina. En cuatro de ellas, los protagonistas absolutos son hombres y las mujeres apenas son personajes mínimos que poco o casi nada añaden al relato principal” (http://elpais.com/elpais/2016/12/16/mujeres/1481892281_146057.html) No olvidemos que en la que ellas son  protagonistas absolutas, Almodóvar vuelve a ofrecernos un retrato de mujeres dominadas por las pasiones  y que viven en función o como consecuencia de lo que para ellas marcan los hombres, aunque como sucede en Julieta, su aparición en pantalla sean tan limitada. La ausencia masculina es en el cine del manchego expresión de la supremacía privilegiada de ellos como factor determinante de la presencia subordinada de ellas. Es evidente que el director de Hable con ella no ha leído a Marcela Lagarde (http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/almodovar-y-los-cautiveri_b_9660226.html)


    Frente al éxito de la ira, de los hombres de mil caras, de los monstruos que redimen niños a los que se les mueren las madres o de los chicos salvajes que finalmente son perdonados por Dios, me inquieta la poca atención que han merecido, salvo en los apartados interpretativos, propuestas tan radicalmente distintas como El olivo de Iciar Bollaín o la emocionante La puerta abierta de Marina Seresesky. Basta mirar con atención estas dos obras para entender a qué me refiero cuando hablo de otra mirada o de qué habla Ana Belén cuando reclama personajes tan ricos como los que suelen darles a los varones. Espero pues que la que siempre fue valiente mujer de la calle del Oso, y que va a recibir una distinción que desde 1986 solo han recibido 5 mujeres,  reivindique el próximo sábado un cine español con miradas más plurales y con historias que muestren que, efectivamente, ellas no son solo La mitad de cielo, como nos recordó Manuel Gutiérrez Aragón, sino que también lo son de la Tierra. Y que por tanto la Humanidad no será inteligible mientras que ellas no sean sujetas activas de los relatos y protagonistas autónomas de sus vidas. Es decir, mientras que continúen condenadas a acabar como “vacas sin cencerro” por culpa de los hombres o tengan que morir en el intento de ser mujeres.

  • LA ÉPICA DE LAS EMOCIONES

    Hay películas, que a mí particularmente son las que más me gustan, que transcurren con el ritmo pausado de la vida, que no hacen sino contar esas batallas cotidianas mediante las que el ser humano ha ido derribando murallas, que no están protagonizadas por grandes héroes ni heroínas sino por mujeres y hombres con un elevado sentido de la decencia. El cine clásico estuvo lleno de este tipo de relatos que hoy, sin embargo, es menos frecuente encontrar en las pantallas.
    Loving, la última película de Jeff Nichols, un director que hace unos años me sorprendió con la notable Mud, recupera justo el tono, el tiempo y la hondura dramática de esas películas que se convirtieron en clásicos por su capacidad para mostrar las esencias más hondas del ser humano. Aunque fui a verla interesado sobre todo por el trasfondo judicial de la historia – la de la pareja interracial, Richard y Mildred Loving (interpretados en la película por Joel Edgerton y Ruth Negga), que se enamoraron y se casaron en 1958, aunque en Virginia, el Estado en que vivían, el matrimonio interracional estaba prohibido, lo que les llevaría a una larga batalla legal hasta que en 1967 el Tribunal Supremo afirmó su derecho al matrimonio -, el mayor interés de la película reside en cómo nos muestra la historia de amor de los dos protagonistas y su entereza moral frente a las dificultades.

    Contada sin grandes estridencias, apoyándose básicamente en las contenidas pero emocionantes interpretaciones de sus dos protagonistas, Loving es toda una lección sobre cómo debemos entender la dignidad del ser humano y, en consecuencia,  cómo podemos definir los derechos humanos que finalmente no son otra cosa que, como bien los definió Joaquín Herrera, “procesos de lucha por  la dignidad”. La historia cobra especial valor en unos momentos en los que comprobamos, no solo en EEUU sino a nivel global, cómo cobran vigor los discursos populistas y fascistas, cómo se alimenta el miedo al otro y, en definitiva, cómo vemos en peligro buena parte de las conquistas que pensamos eran ya definitivas. El cine, una vez más, apelando a nuestra dimensión más emocional, mostrándonos que no basta con la “ética de la justicia” sino que es también necesaria la “ética del cuidado”, nos interpela como espectadores para que, tras contemplar la intensa y honda historia de amor de Richard y Mildred, salgamos a la calle teniendo muy claro lo necesaria que es nuestra energía cívica para evitar que la desesperanza se convierta en la regla de lo humano. Una energía que, por cierto, vemos cómo en la película atesora y proyecta de manera mucho más comprometida y activa Mildred frente a un marido que, como buen hombre, es demasiado esclavo a veces de sus silencios y de su masculinidad. Ambos, en todo caso, se nos retratan como seres de carne y hueso y no como unos referentes morales a los que solo faltaría elevarlos al santoral (lo cual es un defecto muy habitual del bienintencionado cine americano cuando se ocupa de cuestiones que tienen que ver con justicia social o con los fantasmas de su propio sistema). Ese es, a mi parecer, el gran acierto de este relato suave, tierno y emocionante: mostrarnos la vida, tal como huele y duele, y no el espectáculo en que con frecuencia  la transforma el cine. En este sentido, no puede haber en la pantalla ahora mismo algo más opuesto a la triunfante La la la Land que esta obra hecha con mimo y desde la honestidad. Una obra que no me caló hondo inmediatamente sino que ha ido creciendo a medida que he ido comprendiendo el gesto silencioso de Richard y la sonrisa luchadora de Mildred. Su hermosa lección sobre cómo el amor no es otra cosa que la suma, siempre inestable, de afectos y cuidados.
  • RETRATO DE CHICO AZUL

    Frente a la colorista, tramposa y heteronormativa La la la Land – ese sucedáneo tan bien manufacturado que se ha convertido en todo un fenónemo – , Moonlight representa justo lo contrario. La historia de un chico negro que desde pequeño siente que es “diferente” a los demás, y al que acompañamos en tres episodios a lo largo de su vida, se nos cuenta sin colores brillantes, con un realismo que no deja de ser poético y desde la apuesta ética que supone mostrarnos la vida con toda la crudeza que supone para quienes escapan de los moldes hegemónicos.  Moonlight es la adaptación de la obra de teatro de Tarell Alvin McCraney, y su título hace referencia a un dicho que afirma que los chicos negros parecen azules bajo la luz de la luna.

    En el primer capítulo, nos encontramos con Little, el niño que convive con una madre prisionera de sus adicciones (el padre está ausente) y que es acosado por sus compañeros de colegio. Little entablará amistad con un traficante de drogas al que, a pesar de su extrema timidez, llegará a preguntarle qué es un marica a lo que el amigo encontrado, responderá: “es una palabra usada para que los gays se sientan mal”. En el segundo capítulo veremos como ya adolescente, y en un contexto violento y homófobo, disfruta, aunque sea fugazmente,  con la historia amorosa y sexual que vive con Kevin, el chico con el que se reencontrará una década después, cuando Little se ha convertido en Black y es todo un hombre musculoso, fuerte por fuera aunque tan frágil por dentro como siempre.
    Moonlight es un bellísimo retrato de una masculinidad disidente en un mundo en el que el sistema sexo/género genera determinadas expectativas para los varones. Como dice Kevin en una escena de la película, “hice lo que todos pensaban debía hacer”.  El protagonista es un hombre que se siente desde pequeño fuera del lugar en el que le ha tocado vivir. Algo que revelan sus silencios, las palabras que dicen sus enormes ojos y la tensión que acumula frente a unos iguales que lo someten permanentemente a tratos degradantes. La película que consiguió el Globo de Oro a la mejor película extranjera, y que alguien puede ver como una especie de Brokeback Mountain afroamericano, nos plantea, desde la ternura con la que el director trata a todos los personajes, una hermosa reflexión sobre cómo la masculinidad debe conjugarse necesariamente en plural y cómo no debemos perder de vista la intersección de factores que hacen que en muchos casos haya hombres, como el protagonista, que ven multiplicada su vulnerabilidad. Es también una llamada de atención para que en nuestras miradas sobre la construcción del sujeto varón no nos situemos en un púlpito etnocéntrico y evitemos plantear construcciones colonialistas.
    Moonlight es pues una bellísima película que nos permite entender cómo también los hombres, y sobre todo tantos hombres como Little, estamos prisioneros de una jaula y necesitamos, de entrada, tomar conciencia de cómo el patriarcado nos fustiga con su látigo. Obligados a sentirnos fuertes entre nuestros pares y en muchos casos negando lo que nos dicta la piel y el corazón.
    Publicado en Clásicas y Modernas, 24 de enero de 2017:
    http://www.clasicasymodernas.org/cine-moonlight-barry-jenkins/
  • LAS VÍCTIMAS DE FITUR

    Puntual, como los ritos que se repiten cada año y cuyas imágenes podrían ser perfectamente intercambiables sin que importara la fecha en que fueron tomadas, ha vuelto a celebrarse Fitur y hemos vuelto a ver a nuestros representantes haciendo todo tipo de declaraciones triunfantes y compartiendo unas sonrisas que tanto me recuerdan a esos momentos de excesos etílicos en los que resulta habitual exaltar la amistad. Hemos comprobado en la distancia la hermosura del stand de Andalucía, nos han vuelto a decir por enésima vez las bellezas que tiene Córdoba y lo poco que pernocta el personal y, por supuesto, nuestros políticos y nuestras políticas han vuelto a recordarnos lo importante que es el turismo para el desarrollo económico. Todo ello mientras que los veíamos brindando, riendo y haciéndose fotos como si fueran los invitados a la boda de Patia con algún chulazo de la cofradía del salmorejo.

    No estaría mal que alguno de estos años, antes o después de Fitur, o incluso en vez de Fitur, hiciéramos entre todas y todos una profunda reflexión no solo sobre los dividendos que produce el turismo en nuestra tierra sino también sobre los riegos y consecuencias negativas que provoca. Hemos entrando en la fantasía de una línea ascendente que no tiene fin y que nos obliga a que cada año superemos las cifras del anterior. De esta manera, sumamos números y porcentajes, que tanto gustan a los políticos y a los medios para encabezar titulares. Muy pocos, sin embargo, se plantean si no corremos el riesgo de morir de éxito, como por ejemplo ya está pasando con la fiesta de los patios en nuestra ciudad, convertida en un abrumador parte temático que hace que se pierda su esencia y que nos convierte, durante unos días, en un espacio difícilmente habitable. Y es que sigue faltando, sobre todo en nuestros representantes, que no deberían seguir la lógica del máximo beneficio que es la que se le supone a las empresas privadas que viven del negocio, un análisis sobre la sostenibilidad de un modelo de desarrollo y de crecimiento económico que provoca muchas víctimas. A nadie he escuchado hablar de los riesgos medio ambientales, de las lesiones del patrimonio, de los efectos en la calidad de vida de quienes vivimos en las ciudades todos los días y de cómo la exagerada inversión en una finalidad hace que finalmente otros objetivos -la cultura, la participación ciudadana, el desarrollo cívico- acaben arrinconados o, en el mejor de los casos, supeditados al gigante que se supone llena terrazas, tabernas y esas tiendas tan horribles que rodean nuestra Mezquita.
    Todo ello por no hablar de lo que, a mi parecer, es todavía más preocupante. Me refiero al tipo de trabajos que genera la industria del turismo y a la insoportable en tantos casos precariedad de las trabajadoras y los trabajadores que sostienen el invento. Vivimos instalados en la hipocresía de creernos la ciudad de los talentos, la cultura y la reflexión, pero seguimos alimentando un modelo en el que nuestros jóvenes continúan siendo condenados a irse fuera o a malvivir como camareros o limpiadoras. Los brillantes productos que nos venden en Fitur se mantienen, en la mayoría de las ocasiones, gracias a la vulnerabilidad de quienes no encuentran otra salida laboral y a la miopía de unas instituciones que de esta manera tanto contribuyen a que la distancia entre la minoría que tanto tiene y la mayoría empobrecida cada vez sea mayor. Me habría gustado ver en Fitur, por ejemplo, un pacto para garantizar la dignidad mínima como trabajadoras de las camareras de piso, o el compromiso de los empresarios en el sostén de aquellos acontecimientos colectivos que les garantizan tantos beneficios. Sin embargo, un año más, nos hemos conformado con la sonrisa artificial de presidentas y alcaldesas. Como si apenas hubiera cambiado nada con respecto a aquellos años en los que Paco Martínez Soria nos decía aquello de qué gran invento es el turismo.
    PUBLICADO EN DIARIO CÓRDOBA, LUNES 23 DE ENERO DE 2017:
    http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/victimas-fitur_1116867.html
  • TODAS ÉRAMOS PUTAS

    “Todas éramos putas”.  La puta 72, la mujer que canta, la víctima de todas las guerras.  La cólera, la violencia y el dolor: hermano contra hermano, vecino contra vecino.  Las vidas rotas por los disparos y la esperanza buscando refugio. El Líbano entre llamas, como ahora lo es Siria. Las heridas de Europa,  la sangre del planeta, ¿cómo podríamos salvar la Dignidad? Mientras que el vaquero Trump llega a la Casa Blanca, y las mujeres marchan sobre Washington, y cientos, miles de personas que huyen del horror mueren bajo las nieves de una Europa silenciosa, en el Gran Teatro de Córdoba se prende la llama de las palabras.  Las del doloroso, hondo y hermoso tapiz tejido por Wajdi Mouawad  que Mario Gas ha sabido convertir en una mirada desgarradora sobre los despojos del ser humano, sobre lo que apenas queda cuando la barbarie nos domina, sobre los desastres de la guerra que, no por tantas veces contados, dejan de arañarnos porque nos sitúan frente al espejo de nuestra indolencia.

    Incendios, que se va trenzando con saltos en el tiempo, con paralelismos de búsquedas y liberaciones, con desgarros que suman pasado y presente, es una brutal bofetada en nuestro alma de ciudadanos acomodados que, calentitos en la sala, nos estremecemos ante las madres que pierden a sus hijos, ante las mujeres que son violadas, ante los hombres que han hecho de la violencia el pretexto último para encontrar su lugar en el mundo. Mouawad consigue con sus palabras, que en muchos momentos parecen lorquianas, mostrarnos la tragedia que significa encontrarnos, el peso de los barrotes que a tantos seres humanos expulsan del paraíso,  la necesaria y urgente solidaridad sin la que es imposible gozar de la felicidad que supone estar juntos. Con nuestras diferencias, con nuestros dramas particulares, con nuestros rencores y nuestras tiritas. Humanidad.

    Pero, por encima de todo eso, las tres horas en las que la obra consigue emocionarnos y hacernos sentir en nuestro rostro la sangre de los caídos son un magnífico relato de cómo ellas, la mitad del cielo y de la tierra, las Sofías  del mundo y las que durante siglos no aprendieron a escribir, son las principales víctimas de todos los conflictos. Las pisoteadas, las violentadas, las desgarradas, las que paren hijos de carceleros y pierden a sus descendientes en la niebla, las que ven como sus frutos se vuelven agrios, las que viven rodeadas de verdugos frente a los que en algún momento deberán rebelarse. Y aprender a leer, y a escribir, y a tener una voz propia. El empoderamiento al que incita la abuela de la protagonista. Mujeres con el rostro tapado, que guardan silencios durante años, que escriben cartas para así ganarle una última jugada al destino, que se hacen obligatoriamente las más fuertes ante tanto sujeto viril que impone las leyes por huevos. El hilo, al fin, de la sororidad de mujeres que hablan y que cantan, que se ayudan, que se escuchan, que viajan y buscan, que comparten de generación en generación la sabiduría propia de quienes siempre tuvieron que ganarse una habitación propia.

    Todo eso es Incendios y, por supuesto,  Nuria Espert: esa mujer que sobre el escenario está dotada de una fuerza (sobre)natural que le permite actuar como quien va paseando por la vida. La Nuria de pelo blanco y pasos dulces, la de voz clara que es capaz de invocar el más rotundo de los sufrimientos, la que no necesita de artificios para enseñarnos la verdad de las emociones. Solo su monólogo ante el que fuera su verdugo bastaría para que nuestro corazón se sintiera deshilachado ante el horror que supone la más terrible vulneración de la integridad física y moral de un ser humano. Su interpretación de mujer/madre/abuela es un regalo que ningún espectador podrá olvidar porque ya para siempre Nawal formará parte, debería formar parte, de nuestra memoria de seres desmemoriados. Para que con ella, que vive en nosotros con la voz de la Espert, nunca olvidemos que si tantas mujeres han sido y son tratadas como putas es porque el planeta está lleno de hombres convertidos en verdugos. Una posibilidad que habita en cualquiera de nosotros, incluso en aquellos que habiendo sido víctimas tienen después la tentación de ponerse del otro lado. Nunca renunciemos, pues, a salvar la dignidad, la nuestra y la de los otros/las otras, la que nos permite descubrir lo bien que estamos juntos.

    Incendios,  de Wajdi Mouawad, dirección de Mario Gas
    Gran Teatro de Córdoba, 21 de enero de 2017
    Fotografías: BRAULIO VALDERAS
  • LA LA LA (TRUMP) LAND

    En estos tiempos  de inseguridades, miedos y desigualdades crecientes, no debería extrañarnos que los espectadores busquen en las pantallas relatos capaces de ofrecerles bien una ilusión de comodidad y resguardo o, en su caso, una ensoñación que les permita escapar por un par de horas de su cruda realidad. Ante las dificultades de imaginar un futuro en el que las promesas de felicidad y bienestar superen las evidencias frustrantes del presente (el mito del progreso ha muerto), parece lógico que triunfen las miradas hacia el pasado, las relecturas  de lo que un día nos dió placer, la memoria de un tiempo en el que pareciera que todos éramos inocentes y que nos quedaba el universo por descubrir. Por todo ello, no me ha sorprendido que una película como La la la Land  se haya convertido en todo un fenómeno. Porque justamente lo que nos vende es esa ilusión, por otro lado tan propia de ese sentido ultimo de barraca de feria que también tiene el cine, de arrastrarnos por un cuento de música y colores en el que todo parece amortiguado para que apenas notemos el dolor que supone siempre decidir y lo duro que es asumir que la vida no siempre se pone del lado de nuestros deseos. Es por tanto la mejor película para traducir el estado de ánimo colectivo de la era Trump, en la que el neoliberalismo parece estar perdiendo parte de sus estrategias seductoras y está derivando en formas fascistoides y autoritarias, esas que durante un tiempo al menos ha procurado esconder bajo el antifaz de la libertad. Mientras tanto, las izquierdas andan desnortadas, incapaces de mirar el sur y sin encontrar voces y narrativas ilusionantes, bailando y cantando alrededor de sus ombligos.

    LA LA LA LAND, a la que poco se le puede reprochar desde el punto de vista formal (salvo quizás un exceso de metraje que hace que su ritmo decaiga en la última media hora) , tiene la dulzura benevolente de un sucedáneo, el azúcar perdonable del chocolate con leche, las buenas intenciones del alumno o alumna aplicada que ha ensayado mil veces para que su número brille en la fiesta fin de curso. Eso sí, carece del aliento propio de aquellas obras cinematográficas que se instalan en la retina para siempre, como le falta a Enma Stone la gracia etérea de una Cyd Charisee o al insulso Ryan Gosling el dinamismo de Gene Kelly en sus mejores tiempos.

    Es curioso como en una de las escenas presuntamente más emocionantes de la película,  Mia (Enma Stone) canta a los insensatos, a los intrépidos, a los valientes a los que se arriesgan, es decir, justo a todo aquello de lo que no pueden presumir los artífices de esta película que parece haber convencido tanto a público como a crítica. De hecho, es sorprendente ver estos días por las redes sociales cómo uno y otra usan un mismo lenguaje para describir el impacto que les ha provocado la cinta, todas y todos embriagados por el lirismo y sintiéndose parte de “the fools who dream“. A mí, sin embargo, que ya tengo bien asumido que siempre he sido un bicho raro, la propuesta del director de la sugerente Whiplash me ha parecido más cercana a un anuncio alargado de champán que a un clásico del musical norteamericano. De hecho pienso que no estaría mal reciclarlo la próxima Navidad como anuncio de esa lotería que siempre nos recuerda la suerte que tenemos con estar sanos y salvos. Aunque sigamos siendo parte de esa inmensa mayoría que no es millonaria y aún cuando arrastremos el peso de las decisiones equivocadas que un día tomamos. El mercado, en todo caso, nos habrá dicho que somos libres para soñar lo que debemos soñar.

    Publicado en THE HUFFINGTON POST, 18 de enero de 2017:
    http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/la-la-la-trump-land_b_14223256.html