MAGNA LGTBI

Que en Córdoba se celebre por primera vez una marcha para conmemorar el día del Orgullo LGTBI es sin duda una magnífica noticia. Aunque me temo que las calles no rebosarán de gente como cuando sacamos Vírgenes y Cristos a pasear, espero que sirva como valiente demostración de que en esta ciudad también vivimos personas orgullosas y felices de no comulgar con la «normalidad» que no es otra cosa que la «normatividad». Orgullosas, sí, porque tras la larga historia de persecución y humillaciones, que lamentablemente no hemos conseguido erradicar del todo, es de justicia que podamos hacer pública demostración de que si algún sentido tiene la igualdad es precisamente para reconocer las diferencias que nos individualizan.
La marcha del próximo miércoles debería ser portada en todos los medios porque supone un feliz intento de ruptura con algunos de los armarios que siguen encorsetando a una ciudad en la que no es casual que hayan tenido tan poco arraigo las asociaciones LGTBI, salvo aquellas que en tiempos no tan remotos hicieron de su capa un sayo y se dedicaron a vivir de las subvenciones públicas. En pocas ciudades, como pasó en la nuestra, se inauguró por todo lo alto un festival de cine gay y lésbico y la alcaldesa, de izquierdas según rezaban los carteles electorales con los que se publicitó para ser votada, dejó vacío su palco del Gran Teatro. Algo que por cierto nunca habría hecho en un trofeo de dominó de las peñas ni mucho menos en el pregón de la Semana Santa. En una ciudad como la nuestra resulta muy complicado romper las inercias y no digamos abrir las ventanas. No es de extrañar, por tanto, que en la Córdoba de magnas marianas y de pastorales que incitan al odio y la discriminación, el Grindr se ponga al rojo vivo cada vez que empiezan a sonar las cornetas y tambores, como tampoco debería sorprendernos que todavía hoy algunos pongan el grito en el cielo cuando el reino de los chulos al que subió Ocaña y las pollas de Nazario ocuparon un espacio municipal. Y eso que muy cerca estaba presente, eterno, el nombre de Pepe Espaliú para recordarnos que no hay peor muerte que la que sufren los vivos que no son reconocidos como iguales.

Me temo que la Córdoba de hoy no difiere tanto como podríamos pensar de la que retratan los diarios de Bernier. Continuamos siendo una ciudad de cánticos que rozan lo sublime desde lo individual pero que son incapaces de generar sinfonías en las que quede claro de una vez por todas que en una democracia o cabemos todos o no cabe ni dios. Somos una ciudad de poetas, de músicos y de grandes mentes que, en muchos casos, no trascienden los minutos de un recital cosmopoético o las largas horas de noches blancas en las que todas y todos creemos vivir en el paraíso. El iluso paraíso de quien alucina por una sobredosis de flamenquines y guitarras.
La gran revolución de esta ciudad llegará el día que todas y todos nos liberemos del miedo, recuperemos las agallas perdidas y asumamos que es nuestra responsabilidad construir un contexto más sostenible desde el punto de vista humano. Por eso me temo, y sé bien de lo que hablo por propia experiencia, que no habrá más remedio que abrir todos los armarios y tirar las llaves al río. Solo así dejaremos de ser la ciudad de la tolerancia y nos convertiremos en la del reconocimiento. Algo que solo sucederá cuando nos atrevamos a huir de la fritanga y el incienso y empecemos a recorrer las calles sin miedo a que alguien nos apunte con el dedo porque no somos de nadie ni tenemos dueño. Solo así será posible al fin liberarnos de la regla del dont ask dont tell que tantas víctimas sigue generando entre quienes piensan que no hay otra opción que disimular los deseos con un antifaz.
Publicado en DIARIO CÓRDOBA, 26 de junio de 2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/magna-lgtbi_1155805.html
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MAGNA LGTBI

Que en Córdoba se celebre por primera vez una marcha para conmemorar el día del Orgullo LGTBI es sin duda una magnífica noticia. Aunque me temo que las calles no rebosarán de gente como cuando sacamos Vírgenes y Cristos a pasear, espero que sirva como valiente demostración de que en esta ciudad también vivimos personas orgullosas y felices de no comulgar con la «normalidad» que no es otra cosa que la «normatividad». Orgullosas, sí, porque tras la larga historia de persecución y humillaciones, que lamentablemente no hemos conseguido erradicar del todo, es de justicia que podamos hacer pública demostración de que si algún sentido tiene la igualdad es precisamente para reconocer las diferencias que nos individualizan.
La marcha del próximo miércoles debería ser portada en todos los medios porque supone un feliz intento de ruptura con algunos de los armarios que siguen encorsetando a una ciudad en la que no es casual que hayan tenido tan poco arraigo las asociaciones LGTBI, salvo aquellas que en tiempos no tan remotos hicieron de su capa un sayo y se dedicaron a vivir de las subvenciones públicas. En pocas ciudades, como pasó en la nuestra, se inauguró por todo lo alto un festival de cine gay y lésbico y la alcaldesa, de izquierdas según rezaban los carteles electorales con los que se publicitó para ser votada, dejó vacío su palco del Gran Teatro. Algo que por cierto nunca habría hecho en un trofeo de dominó de las peñas ni mucho menos en el pregón de la Semana Santa. En una ciudad como la nuestra resulta muy complicado romper las inercias y no digamos abrir las ventanas. No es de extrañar, por tanto, que en la Córdoba de magnas marianas y de pastorales que incitan al odio y la discriminación, el Grindr se ponga al rojo vivo cada vez que empiezan a sonar las cornetas y tambores, como tampoco debería sorprendernos que todavía hoy algunos pongan el grito en el cielo cuando el reino de los chulos al que subió Ocaña y las pollas de Nazario ocuparon un espacio municipal. Y eso que muy cerca estaba presente, eterno, el nombre de Pepe Espaliú para recordarnos que no hay peor muerte que la que sufren los vivos que no son reconocidos como iguales.

Me temo que la Córdoba de hoy no difiere tanto como podríamos pensar de la que retratan los diarios de Bernier. Continuamos siendo una ciudad de cánticos que rozan lo sublime desde lo individual pero que son incapaces de generar sinfonías en las que quede claro de una vez por todas que en una democracia o cabemos todos o no cabe ni dios. Somos una ciudad de poetas, de músicos y de grandes mentes que, en muchos casos, no trascienden los minutos de un recital cosmopoético o las largas horas de noches blancas en las que todas y todos creemos vivir en el paraíso. El iluso paraíso de quien alucina por una sobredosis de flamenquines y guitarras.
La gran revolución de esta ciudad llegará el día que todas y todos nos liberemos del miedo, recuperemos las agallas perdidas y asumamos que es nuestra responsabilidad construir un contexto más sostenible desde el punto de vista humano. Por eso me temo, y sé bien de lo que hablo por propia experiencia, que no habrá más remedio que abrir todos los armarios y tirar las llaves al río. Solo así dejaremos de ser la ciudad de la tolerancia y nos convertiremos en la del reconocimiento. Algo que solo sucederá cuando nos atrevamos a huir de la fritanga y el incienso y empecemos a recorrer las calles sin miedo a que alguien nos apunte con el dedo porque no somos de nadie ni tenemos dueño. Solo así será posible al fin liberarnos de la regla del dont ask dont tell que tantas víctimas sigue generando entre quienes piensan que no hay otra opción que disimular los deseos con un antifaz.
Publicado en DIARIO CÓRDOBA, 26 de junio de 2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/magna-lgtbi_1155805.html
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¿PARA CUÁNDO UN ORGULLO FEMINISTA?

Hace unos días mi compañera, la profesora de la Universidad de Barcelona Argelia Queralt comentaba en su Facebook, asombrada ante el despliegue madrileño con las celebraciones del Orgullo, por qué no ocurría algo similar con las reivindicaciones de las mujeres. Ella misma se asombraba de cómo un colectivo había logrado en poco tiempo generar tanta atención y expectación mientras que todavía hoy las feministas necesitan tanto esfuerzo no solo para que su voz se escuche sino, de entrada, para que sean tomadas en serio.  Las reflexiones de Argelia ponen el dedo en algunas de las llagas que en estas “sociedades formalmente iguales” continúan manteniendo como subordiscriminadas a las mujeres, al tiempo que cuestionan la deriva que, a mi parecer, está tomando una celebración, la del 28J, que parece haber encontrado un feliz acomodo en la gozosa intersección entre neoliberalismo y patriarcado.

Pienso que las respuestas ante los interrogantes que se planteaba mi colega están interrelacionadas. El color violeta del feminismo, que como bien saben todos los que se han tomado un mínimo interés en rastrear su historia no es solo un movimiento vindicativo sino también toda una teoría política emancipadora, difícilmente alcanzará el nivel de reconocimiento social y apoyo político que está consiguiendo la bandera del arco iris porque, entre otras cosas, sus propuestas son críticas con los poderes establecidos. Es decir, el feminismo es incómodo porque pone ante el espejo a la mitad masculina privilegiada y a todas las estructuras que los hombres hemos ido creando y prorrogando para mantener nuestros dividendos.  Unas estructuras que se han visto ferozmente reforzadas en estos años de neoliberalismo salvaje en los que no es por tanto casualidad que estemos asistiendo a lo que se ha llegado a calificar como “revancha patriarcal”.  El cóctel explosivo que representa la sacrosanta libertad individual – o, lo que es lo mismo, la libertad omnipotente de los que están en la parte privilegiada del contrato – y la necesidad de reconducirnos a meros consumidores – de bienes, de experiencias, de deseos – está provocando que el siglo XXI sea el más peligroso para las que están en posición de extrema vulnerabilidad y se convierten por tanto en objeto consumido, contraparte sometida o simplemente en cuerpo sobre el que el patriarcado continúa escribiendo sus reglas.

Las celebraciones del orgullo, que han ido perdiendo progresivamente su tono reivindicativo y se han convertido en una fiesta de la que es evidente hay sectores – económicos pero también políticos – que obtienen sabrosos beneficios, encajan a la perfección en unas dinámicas donde el ocio y el placer, mediados por el dinero, se convierten en las reglas del juego. Unas reglas ante las que, insisto, no todos somos iguales. De entrada, no lo pueden ser quienes forman parte del colectivo  y no pueden permitirse el lujo de formar parte de la fiesta simplemente por razones económicas, como tampoco lo son quienes viven en contextos que nada tienen que ver con los urbanos y en los que la vivencia de la diversidad sexual está lejos del frenesí de Chueca.

Ahora bien, quienes continúan siendo las más desiguales, de entrada por razones de invisibilidad, son las mujeres, las cuales apenas forman parte de los discursos que se articulan en torno a esta celebración, ni muchos menos del imaginario colectivo que se está creando. Es decir, el sujeto estándar continúa siendo el varón, el varón con poder me atrevería a decir, por lo que me temo que lo debería ser una palanca más para subvertir las fuerzas del patriarcado no acabe siendo sino un factor más de apuntalamiento de un régimen político en el que continúa estando muy claro quién dicta las normas, quien tiene el monopolio de lo público y quién goza del prestigio y la autoridad. De ahí que, por ejemplo, no nos debería extrañar que sean justamente una parte del colectivo de hombres gais quienes estén pidiendo la regulación en nuestro país de los vientres de alquiler.
No seré yo quien niegue la alegría que supone vivir en un país donde son posibles celebraciones como las del 28J, ni quien se oponga a un estilo de fiesta en el que yo al menos no me siento identificado, pero sí que creo que es necesario hacer un análisis mucho más reposado del momento en el que estamos con respecto a las políticas de igualdad y sobre cuáles son los retos que como sociedad democrática deberíamos plantearnos. Por supuesto que todas las leyes que reconozcan, y a ser posible garanticen, derechos son bienvenidas, pero no nos basta con dichos instrumentos como tampoco la explosión festiva del 28J debería satisfacernos del todo. Porque, si arañamos ligeramente la superficie, podemos comprobar cómo la dimensión estructural de las desigualdades continúa casi inamovible y como además el perverso sistema está haciendo todo lo posible para desactivar luchas, generar enfrentamientos y diluir los sujetos políticos. Para quienes seguimos pensando que la madre de todas las batallas es la que todavía hoy debemos seguir manteniendo contra el patriarcado, es urgente que sumemos energías, no equivoquemos el foco al señalar al oponente y, sobre todo, desarrollemos estrategias sociales y políticas que permitan empoderar a las que, con independencia de su orientación sexual y no digamos que con ella, continúan estando en la parte subordinada del pacto. Mientras que no rompamos esas cadenas, me temo que otras muchas que van anudadas a esa que es la principal continuarán manteniendo su brillo. Y, en todo caso, nunca deberíamos olvidar, tampoco los hombres gais, bisexuales o de género fluido, que, como bien nos enseñó Audre Lorde, nunca podremos desmantelar la casa del amo usando sus herramientas.

Imagen: Fotograma de la serie When we rise
Publicado en PÚBLICO, 24/06/17:
http://blogs.publico.es/otrasmiradas/9313/para-cuando-un-orgullo-feminista/
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¿PARA CUÁNDO UN ORGULLO FEMINISTA?

Hace unos días mi compañera, la profesora de la Universidad de Barcelona Argelia Queralt comentaba en su Facebook, asombrada ante el despliegue madrileño con las celebraciones del Orgullo, por qué no ocurría algo similar con las reivindicaciones de las mujeres. Ella misma se asombraba de cómo un colectivo había logrado en poco tiempo generar tanta atención y expectación mientras que todavía hoy las feministas necesitan tanto esfuerzo no solo para que su voz se escuche sino, de entrada, para que sean tomadas en serio.  Las reflexiones de Argelia ponen el dedo en algunas de las llagas que en estas “sociedades formalmente iguales” continúan manteniendo como subordiscriminadas a las mujeres, al tiempo que cuestionan la deriva que, a mi parecer, está tomando una celebración, la del 28J, que parece haber encontrado un feliz acomodo en la gozosa intersección entre neoliberalismo y patriarcado.

Pienso que las respuestas ante los interrogantes que se planteaba mi colega están interrelacionadas. El color violeta del feminismo, que como bien saben todos los que se han tomado un mínimo interés en rastrear su historia no es solo un movimiento vindicativo sino también toda una teoría política emancipadora, difícilmente alcanzará el nivel de reconocimiento social y apoyo político que está consiguiendo la bandera del arco iris porque, entre otras cosas, sus propuestas son críticas con los poderes establecidos. Es decir, el feminismo es incómodo porque pone ante el espejo a la mitad masculina privilegiada y a todas las estructuras que los hombres hemos ido creando y prorrogando para mantener nuestros dividendos.  Unas estructuras que se han visto ferozmente reforzadas en estos años de neoliberalismo salvaje en los que no es por tanto casualidad que estemos asistiendo a lo que se ha llegado a calificar como “revancha patriarcal”.  El cóctel explosivo que representa la sacrosanta libertad individual – o, lo que es lo mismo, la libertad omnipotente de los que están en la parte privilegiada del contrato – y la necesidad de reconducirnos a meros consumidores – de bienes, de experiencias, de deseos – está provocando que el siglo XXI sea el más peligroso para las que están en posición de extrema vulnerabilidad y se convierten por tanto en objeto consumido, contraparte sometida o simplemente en cuerpo sobre el que el patriarcado continúa escribiendo sus reglas.

Las celebraciones del orgullo, que han ido perdiendo progresivamente su tono reivindicativo y se han convertido en una fiesta de la que es evidente hay sectores – económicos pero también políticos – que obtienen sabrosos beneficios, encajan a la perfección en unas dinámicas donde el ocio y el placer, mediados por el dinero, se convierten en las reglas del juego. Unas reglas ante las que, insisto, no todos somos iguales. De entrada, no lo pueden ser quienes forman parte del colectivo  y no pueden permitirse el lujo de formar parte de la fiesta simplemente por razones económicas, como tampoco lo son quienes viven en contextos que nada tienen que ver con los urbanos y en los que la vivencia de la diversidad sexual está lejos del frenesí de Chueca.

Ahora bien, quienes continúan siendo las más desiguales, de entrada por razones de invisibilidad, son las mujeres, las cuales apenas forman parte de los discursos que se articulan en torno a esta celebración, ni muchos menos del imaginario colectivo que se está creando. Es decir, el sujeto estándar continúa siendo el varón, el varón con poder me atrevería a decir, por lo que me temo que lo debería ser una palanca más para subvertir las fuerzas del patriarcado no acabe siendo sino un factor más de apuntalamiento de un régimen político en el que continúa estando muy claro quién dicta las normas, quien tiene el monopolio de lo público y quién goza del prestigio y la autoridad. De ahí que, por ejemplo, no nos debería extrañar que sean justamente una parte del colectivo de hombres gais quienes estén pidiendo la regulación en nuestro país de los vientres de alquiler.
No seré yo quien niegue la alegría que supone vivir en un país donde son posibles celebraciones como las del 28J, ni quien se oponga a un estilo de fiesta en el que yo al menos no me siento identificado, pero sí que creo que es necesario hacer un análisis mucho más reposado del momento en el que estamos con respecto a las políticas de igualdad y sobre cuáles son los retos que como sociedad democrática deberíamos plantearnos. Por supuesto que todas las leyes que reconozcan, y a ser posible garanticen, derechos son bienvenidas, pero no nos basta con dichos instrumentos como tampoco la explosión festiva del 28J debería satisfacernos del todo. Porque, si arañamos ligeramente la superficie, podemos comprobar cómo la dimensión estructural de las desigualdades continúa casi inamovible y como además el perverso sistema está haciendo todo lo posible para desactivar luchas, generar enfrentamientos y diluir los sujetos políticos. Para quienes seguimos pensando que la madre de todas las batallas es la que todavía hoy debemos seguir manteniendo contra el patriarcado, es urgente que sumemos energías, no equivoquemos el foco al señalar al oponente y, sobre todo, desarrollemos estrategias sociales y políticas que permitan empoderar a las que, con independencia de su orientación sexual y no digamos que con ella, continúan estando en la parte subordinada del pacto. Mientras que no rompamos esas cadenas, me temo que otras muchas que van anudadas a esa que es la principal continuarán manteniendo su brillo. Y, en todo caso, nunca deberíamos olvidar, tampoco los hombres gais, bisexuales o de género fluido, que, como bien nos enseñó Audre Lorde, nunca podremos desmantelar la casa del amo usando sus herramientas.

Imagen: Fotograma de la serie When we rise
Publicado en PÚBLICO, 24/06/17:
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"SOLO TE FALTA UNA POLLA": El caso Sloane

Además de mostrarnos el mal olor de las tripas de las democracias en general, y de la norteamericana en particular, El caso Sloane es un más que interesante thriller en el que el protagonismo absoluto, cosa poco habitual en el cine en general y en este tipo de películas en particular, corresponde a una mujer. Y se trata de una mujer empoderada, que pisa fuerte, triunfadora en lo público, con liderazgo y autoridad. El personaje de Elizabeth Sloane, que interpreta de manera rutilante una impresionante Jessica Chastain, nos muestra un modelo de mujer que en definitiva reproduce al milímetro todos los esquemas de comportamiento del varón al que podríamos enmarcar dentro de la “masculinidad hegemónica”. De hecho, en uno de los diálogos tan brillantes que tiene la película otra mujer le recrimina literalmente que solo le falta tener una polla.  Y es que comprobamos como Elizabeth es una mujer que se ha volcado hasta el extremo en su vida profesional, de manera que carece de vida personal y/o familiar, que para dotarse de autoridad no duda en mantener actitudes y comportamientos agresivos y poco empáticos (por ejemplo con las personas que trabajan a sus órdenes), que parece no tener escrúpulos a la hora de luchar por un objetivo y a la que apenas vemos mostrar emociones, sentimientos o algo de empatía. Es el caso evidente de mujer que triunfa en lo público, en este caso en el nauseabundo mundo de los lobbies norteamericanos, asumiendo los patrones y las reglas del juego dictadas por el patriarca. Una mujer que ha optado por situarse en el “orden dominante” y por olvidar el “orden amoroso” de la vida, que diría mi querida colega Laura Mora. De ahí que resulte perfectamente coherente con el personaje propuesto que la veamos contratar el servicio de prostitutos de la misma forma que en otras películas similares hemos visto hacer a hombres necesitados de relaciones sexuales que les permitan mantener el dominio y un evidente distanciamiento emocional. En este sentido, Sloane podría ser el equivalente femenino del Lobo de Wall Street que interpretó Di Caprio a las órdenes de Scorsese.



Elizabeth Sloane, que finalmente acabará siendo prisionera de las mismas reglas del juego de las que ella se ha valido para triunfar en un mundo de hombres, es un ejemplo magnífico para que nos volvamos a plantear uno de los eternos debates que siempre surgen cuando hablamos de mujeres y poder:  si el horizonte debe ser que efectivamente haya más mujeres ejerciéndolo – en la política, en la economía, en la cultura – , sin que tengamos que exigirles a ellas un plus de moralidad, de ética  y no digamos de competencia; o si el reto verdadero sería que hubiera mujeres (y hombres cómplices) con capacidad para transformar un modelo en el que de momento parece haber cabida solo para el sujeto depredador, el homo economicus, que el neoliberalismo ha elevado a la categoría de referencia suprema. A mí, personalmente, me encanta ver en el cine mujeres tan poderosas como la que interpreta Jessica Chastain, pero como ciudadano feminista sueño con una realidad en la que sujetas (o sujetos) como ella no sean el referente. De lo contrario, me temo, el olor a podrido del sistema no hará sino aumentar. Y como bien dice mi querida Amparo Rubiales, es hora de que desde el feminismo empecemos a hablar no solo en términos cuantitativos sino también de calidad.
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RAFAEL HERNANDO: EL HOMBRE QUE NO DEBERÍAMOS SER.


Siempre que en algunas jornadas se plantea el interrogante sobre lo que significan las “nuevas masculinidades” – un término que a mí al menos me genera el rechazo propio de las etiquetas que no transcienden lo políticamente correcto y que en este caso incluso pueden seguirle el juego al patriarcado -, me resulta muy complicado precisar en qué consiste ser un hombre “nuevo”. Resulta mucho más fácil, como en tantos otros debates complejos, especificar lo que en todo caso no debería formar parte de un nuevo entendimiento de la virilidad, despojada al fin de lastres machistas y dispuesta a transitar por senderos en los que sea posible la equivalencia de mujeres y hombres. En este sentido, resulta tremendamente didáctico usar referentes de la vida pública para señalar justamente lo que no debería ser un hombre del siglo XXI. Un territorio, el de la vida pública, que todavía hoy está  casi enteramente poblado por sujetos que visten cómodamente el traje de la “masculinidad hegemónica” y que lógicamente están encantados de ser la parte privilegiada del contrato.


Si alguna consecuencia positiva podemos extraer del debate que tuvo lugar en el Congreso hace unos días con motivo de la moción de censura presentada por Unidos Podemos es, además de confirmar lo necesitado que está el Parlamento de voces contundentemente feministas como la de Irene Montero, el magnífico ejemplo que nos ofreció una vez más el portavoz del Grupo Parlamentario Popular sobre el tipo de varón que debería estar fuera de la vida pública y al que ningún joven debería aspirar a parecerse. Como es habitual en él, y como supongo que así lo espera el público que le aplaude y que comulga con su chulería misógina, Rafael Hernando demostró que uno de los ejes esenciales de la subjetividad masculina dominante es el desprecio de las mujeres, la negación de su individualidad y autoridad, así como la necesidad de empequeñecerlas a ellas para que nosotros podamos vernos el doble de nuestro tamaño natural. Algo que ya nos descubriera con su lucidez preclara Virginia Woolf a la que me imagino que Hernando y su fratría de iguales no tienen entre sus lecturas de cabecera.


Los comentarios del portavoz popular, y no digamos las justificaciones posteriores dadas por él mismo y por algunos miembros (y miembras) de su partido, ponen de relieve uno de los mayores obstáculos que las mujeres siguen encontrando para ejercer su estatuto de ciudadanas en igualdad de condiciones con los hombres. Me refiero no solo a como nosotros seguimos prácticamente monopolizando los púlpitos, que también, sino a como desde esos mismos espacios en los que actuamos como representantes de todas y de todos solemos devaluar las aportaciones de nuestras compañeras, les negamos valor por sí mismas y seguimos finalmente prorrogando la concepción de que de las mujeres solo pueden ser seres que viven por y para otros, y que por tanto que si están en política es porque hay hombres que se lo permiten y siempre, claro está, que ellas permanezcan en un lugar subordinado.  De esta manera, y mientras que para los hombres los vínculos afectivos o sexuales no han supuesto nunca un argumento que mine nuestra autoridad – al contrario, incluso puede llegar a ser un factor más de reconocimiento entre iguales -, para ellas sus relaciones personales y familiares juegan en contra y son esgrimidas por el adversario como argumento de peso para quitarle valor a su acción política.


Rafael Hernando, no solo por lo que dice sino por como lo dice,  es el mejor ejemplo de un modelo de virilidad que deberíamos superar si efectivamente queremos construir una sociedad en la que el sistema sexo/género no siga estableciendo jerarquías entre nosotros y ellas. Si efectivamente deseamos que los valores éticos que impregnen nuestra democracia tengan que ver, como bien nos enseña el feminismo, con el reconocimiento de nuestra fragilidad y por tanto de nuestra interdependencia, con la necesidad de establecer puentes entre las y los diferentes o con la asunción de que la vida pública y privada no son opuestas sino necesariamente complementarias, necesitamos un modelo diverso de hombría que deje atrás la omnipotencia de quien se sabe sujeto privilegiado y que sea capaz de reconocer a las mujeres como la mitad igual sin la que el pacto democrático no merece este adjetivo. Ello pasa necesariamente por la renuncia a nuestra situación de comodidad, por la superación de la idea de que nuestros deseos pueden convertirse en derechos y por el reconocimiento de la igual autoridad de unas compañeras que todavía tienen que justificar sus méritos el doble que nosotros y a las que es habitual que se les niegue la competencia que con tanta facilidad se aplaude a varones mucho más mediocres que ellas.


Siguiendo el eco del acertado twit que mi admirada Leticia Dolera hizo circular tras escuchar a Hernando, si algo nos demostró la fallida moción de censura es que este país necesita no tanto un pacto contra la violencia de género sino un pacto contra el machismo. Lo cual pasa necesariamente por la pérdida de protagonismo en la escena pública de quienes no parecen dispuestos a bajarse del púlpito de su virilidad y por la militancia activa de todos nosotros, los sujetos privilegiados, en la renuncia a nuestros dividendos y en la denuncia feroz de cualquier comportamiento o actitud que nos marque como machitos habituados al ejercicio de la violencia. Una violencia que no solo se traduce en la que habitualmente identificamos estrictamente con la de género, según la LO 1/2004, sino que se expresa también en las múltiples formas – también simbólicas – mediante las que se humilla o desprecia a las mujeres. 


* ESTE ARTÍCULO FUE  PUBLICADO INICIALMENTE EN EL BLOG MUJERES DE EL PAÍS (16 de junio de 2017), sobre las 14 horas, pero posteriormente la dirección del periódico decidió retirarlo por considerarlo  “inapropiado”.  


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¿DÓNDE ESTÁ LA IZQUIERDA LAICA?

A pesar de que nuestra Constitución está a punto de cumplir 40 años, todavía tenemos algunas transiciones pendientes. Una de ellas es la que finalmente nos permita transitar de un régimen confesional, como lo fue el franquista, a un modelo laico en el que tengamos muy claro cuál es el lugar de las cosmovisiones, sagradas o no, de la ciudadanía en el espacio público. Una cuestión que a lo largo de estas ya cuatro décadas ha sido permanentemente mal interpretada y cuando no arrinconada por una izquierda que, salvo excepciones, le ha hecho el juego a la confesionalidad encubierta que seguimos sufriendo. Bastaría con recordar como por ejemplo con el gobierno de Rodríguez Zapatero se incrementó la financiación a la Iglesia Católica o como también durante ese período se dejó guardada en un cajón la más que necesaria reforma de la Ley Orgánica de Libertad Religiosa. Por no hablar, sin ir más lejos, de cómo hace apenas unos meses el grupo socialista de nuestro Ayuntamiento se abstuvo ante la propuesta sobre laicidad institucional de Ganemos Córdoba e IU.
La reciente concesión por el Ayuntamiento de Cádiz de una medalla a la Virgen del Rosario, y sobre todo los argumentos que se han dado para justificarla por parte no solo del alcalde de la ciudad sino también por el mismo Pablo Iglesias, han vuelto a demostrar que la izquierda de este país tiene un serio problema con la laicidad. Tal y como hemos podido comprobar en los argumentos usados por los que se supone que son representantes de la «nueva política», así como en algún que otro artículo de prensa que ha tratado de justificarlo, sigue sin entenderse que cuando hablamos de laicidad no nos estamos refiriendo a la valoración moral sobre las creencias de la ciudadanía, ni por supuesto a ninguna política que pretenda someterlas a persecución, sino que con ese término lo que se pretende es articular un modelo de relaciones de los poderes públicos y de las instituciones con el hecho religioso. Un modelo que, desde mi punto de vista, solo puede ser respetuoso justamente con la libertad de conciencia de toda la ciudadanía, y por tanto con el pluralismo, si se mantienen como esferas estrictamente separadas la que debe estar regida por la ética común y la que corresponde a la opción personalísima de cada uno. Lo cual no quiere decir, insisto, que se penalicen las creencias, que se persiga al que crea en un dios distinto o al que no crea en ningún dios o diosa, o que se impidan las celebraciones que ampara la libertad de cultos. Lo que la laicidad persigue es que no quede la más mínima duda del carácter neutral, y por tanto acogedor de todas las diferencias, de las instituciones públicas. Una neutralidad que ha de ser visible en las políticas de relación con las confesiones, en los gestos mediante los cuales nuestros representantes actúan como delegados de la voluntad de todas y de todos y, por supuesto, en una estricta separación de lo que son los valores que han de regir el espacio común y los que cada cual escoge para que rijan su moral privada.
Por lo tanto, resultan como mínimo cuestionables los argumentos que apelan a las tradiciones, a las costumbres o al peso social de una determinada práctica para justificar que nuestros representantes porten báculos, otorguen medallas a objetos inanimados o revistan de los rituales de un credo concreto los actos y celebraciones en las que todas y todos, incluidas las personas agnósticas y ateas, debemos sentirnos representadas. Espero pues que el «Somos la izquierda» que anuncia el PSOE de Sánchez implique también de una vez por todas que son la izquierda laica, como espero que la «nueva política» deje por fin de agarrarse a los viejos moldes con tal de legitimarse en el poder. Nada más y nada menos que por razones de salud democrática.
Publicado en DIARIO CÓRDOBA, 12-6-17:

http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/donde-izquierda-laica_1152714.html

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PUTEROS: LOS NUEVOS BÁRBAROS DEL PATRIARCADO


 Los puteros encuentran en el acto prostitucional la posibilidad de desarrollar una masculinidad salvaje hasta borrar de su subjetividad los límites entre violencia, coacción y consentimiento. Sus prácticas agresivas y violentas son llevadas a su conciencia como actos voluntarios de las mujeres prostituidas. En el prostíbulo refuerzan la fantasía de su hipermasculinidad, permanentemente en sospecha”.  

Así termina el último e imprescindible libro de Rosa Cobo, desvelando en el rostro de quienes habitualmente son invisibles en los relatos sobre la prostitución cuando son ellos los que permiten la prórroga de una institución en la que el patriarcado se expresa con toda su crudeza.  Aunque se calcula que aproximadamente el 40% de la población masculina española es o ha sido demandante de prostitución, los sujetos prostituidores apenas aparecen en unas narrativas que dan por prácticamente natural, y por tanto legitiman, que los hombres tengamos una irrefrenable sexualidad que exige que tengamos a nuestra disposición el cuerpo de cualquier mujer. Una manera más de evidenciar a quien corresponde el poder en nuestras sociedades, un poder que en plena apoteosis neoliberal se traduce en la posibilidad de convertir los deseos en derechos.


En unos momentos de revancha patriarcal, y en los que la cultura consumista y del ocio propia del capitalismo más salvaje ha convertido el sexo en una industria global, la prostitución representa uno de esas últimos espacios en los que los varones, muchos varones lamentablemente, refuerzan  y normalizan la masculinidad hegemónica. Una masculinidad construida por los siglos de los siglos sobre la idea del control y el dominio, y que requiere constantemente de la confirmación entre los pares. Solo así sobrevive a su innata precariedad. De ahí que ser un hombre de verdad implique, ante todo, poder demostrarlo ante los iguales, para lo que, con frecuencia, se participa en ceremonias tribales, como es el acceso en grupo a mujeres prostituidas o las violaciones en la que los pares hacen viral su virilidad.  En esta celebración colectiva, que no es solo la manifestación más extrema de como hemos legitimado mediante el ocio el puro y duro comercio sexual, los sujetos masculinos sellan y confirman uno de esos  “pactos juramentados” que, como bien ha explicado Celia Amorós, sostienen el orden patriarcal.

El gran acierto del libro La prostitución en el corazón del capitalismo no es solo evidenciar el significado político de los demandantes de prostitución, y en consecuencia la necesidad de incidir de manera urgente sobre la desactivación y deslegitimación  de su demanda, sino insertar la institución en la intersección entre capitalismo y patriarcado.  Una intersección que ha cobrado especial vigor a partir de los años 80 del pasado siglo y que se está traduciendo de hecho en un mayor poder de muchos varones frente a la creciente vulnerabilidad de las mujeres. En ese contexto, en el que además estamos asistiendo a una reacción patriarcal frente a lo que en las últimas décadas del siglo XX fueron conquistas del feminismo, es donde hemos de situar la cada día más pujante industria del sexo, la casi naturalizada hipersexualización de las mujeres y, por supuesto, el discurso que ha convertido la autonomía femenina en el argumento clave para justificar prácticas que, sin embargo, solo pueden ser analizadas éticamente desde el contexto relacional de género que las sitúa a ellas  como subordinadas.

En consecuencia, como bien explica Rosa Cobo, la prostitución no puede ser estudiada desde las experiencias individuales sino que necesariamente ha de situarse en el marco de los sistemas de dominio sobre los que se edifican las sociedades.  Eso pasa por realizar un análisis de género en el que tengamos en cuenta no solo como se construyen jerarquías a partir del control masculino sobre el cuerpo femenino, sino también como desde esa construcción jerárquica estamos dando un determinado sentido de poder a una subjetividad y otra. Además, ese análisis resultaría incompleto si no abordamos como la prostitución se ha convertido en un poderosísimo sector económico a nivel global, que expresa dramáticamente la brecha entre los pudientes y las excluidas y en el que además interseccionan los factores étnicos, de raza o de procedencia nacional que alimentan lo que Saskia Sassen denomina “nuevas lógicas de expulsión”.  Todo ello en un contexto cultural en el que la pornografía se ha convertido en un fenómeno social global, naturalizado y legitimado, apenas censurado, y que constituye la “metáfora perfecta del significado simbólico y material del patriarcado”.  Es decir, “la pornografía representa a las mujeres como seres radicalmente sexualizados y pasivos que cumplen la función de disponibilidad sexual para los varones; (…) los varones son representados como seres activos que necesitan acceder sexualmente al cuerpo de las mujeres como condición de posibilidad de su masculinidad;  y el parámetro de la sexualidad masculina opera casi siempre con dosis mayores  o menores de violencia y agresividad”. Una representación que se está convirtiendo en los últimos años en un factor esencial en una “socialización de género” que reafirma y subraya el derecho de los varones a disponer del cuerpo y de la sexualidad de las mujeres, las cuales, a su vez, han de convertir en eje de su construcción como sujetos las armas de seducción mediante las que captar la atención en el mercado de machos feroces.

Por lo tanto, es imposible separar el análisis de la prostitución de la trata y las nuevas formas de esclavitud que se generan en el mercado transnacional. Como tampoco es posible argumentar sin más la autonomía de las mujeres para que opten por la prestación de servicios sexuales como si se tratara de un trabajo más sin tener en cuenta las relaciones de poder en el que se enmarca esa pretendida libertad de elección.  Situarse en esa posición implica dar por bueno el paradigma del individuo propietario y la lógica contractual en que se apoya el liberalismo para sostener su visión de los derechos humanos.  De ahí a legitimar la esclavitud, cualquier forma de esclavitud, hay solo un paso. Por lo tanto, y estoy totalmente de acuerdo con la autora, no creo que el “trabajo sexual” emancipe a las mujeres, sino que más bien es la lucha contra cualquier explotación, incluida la sexual, la que puede finalmente hacerlas libres.  Una lucha en la que los varones, como he sostenido en el recientemente publicado Elementos para una teoría crítica del sistema prostitucional (http://www.editorialcomares.com/TV/articulo/3166-Elementos_para_una_teoria_critica_del_sistema_prostitucional.html ), hemos de jugar un papel esencial porque hemos de dejar de ser cómplices legitimadores de todas esas formas de esclavitud y convertirnos en agentes militantes contra un orden económico, político y cultural que nos sitúa en el lado privilegiado y a nuestras compañeras en el de la sumisión. Es decir, solo atreviéndonos a romper los pactos juramentados que desde hace siglos nos revisten de autoridad podremos poner las bases para un mundo más justo en el que mujeres y hombres seamos al fin seres equivalentes. Lo cual pasa, entre otras urgentes cuestiones, por deconstruir una virilidad dominante y depredadora así como por socializarnos en un entendimiento de la sexualidad como espacio de comunicación entre iguales.

PUBLICADO EN THE HUFFINGTON POST, 7 DE JUNIO DE 2017: 
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/puteros-los-nuevo-barbaros-del-patriarcado_a_22124951/
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PUTEROS: LOS NUEVOS BÁRBAROS DEL PATRIARCADO


 Los puteros encuentran en el acto prostitucional la posibilidad de desarrollar una masculinidad salvaje hasta borrar de su subjetividad los límites entre violencia, coacción y consentimiento. Sus prácticas agresivas y violentas son llevadas a su conciencia como actos voluntarios de las mujeres prostituidas. En el prostíbulo refuerzan la fantasía de su hipermasculinidad, permanentemente en sospecha”.  

Así termina el último e imprescindible libro de Rosa Cobo, desvelando en el rostro de quienes habitualmente son invisibles en los relatos sobre la prostitución cuando son ellos los que permiten la prórroga de una institución en la que el patriarcado se expresa con toda su crudeza.  Aunque se calcula que aproximadamente el 40% de la población masculina española es o ha sido demandante de prostitución, los sujetos prostituidores apenas aparecen en unas narrativas que dan por prácticamente natural, y por tanto legitiman, que los hombres tengamos una irrefrenable sexualidad que exige que tengamos a nuestra disposición el cuerpo de cualquier mujer. Una manera más de evidenciar a quien corresponde el poder en nuestras sociedades, un poder que en plena apoteosis neoliberal se traduce en la posibilidad de convertir los deseos en derechos.


En unos momentos de revancha patriarcal, y en los que la cultura consumista y del ocio propia del capitalismo más salvaje ha convertido el sexo en una industria global, la prostitución representa uno de esas últimos espacios en los que los varones, muchos varones lamentablemente, refuerzan  y normalizan la masculinidad hegemónica. Una masculinidad construida por los siglos de los siglos sobre la idea del control y el dominio, y que requiere constantemente de la confirmación entre los pares. Solo así sobrevive a su innata precariedad. De ahí que ser un hombre de verdad implique, ante todo, poder demostrarlo ante los iguales, para lo que, con frecuencia, se participa en ceremonias tribales, como es el acceso en grupo a mujeres prostituidas o las violaciones en la que los pares hacen viral su virilidad.  En esta celebración colectiva, que no es solo la manifestación más extrema de como hemos legitimado mediante el ocio el puro y duro comercio sexual, los sujetos masculinos sellan y confirman uno de esos  “pactos juramentados” que, como bien ha explicado Celia Amorós, sostienen el orden patriarcal.

El gran acierto del libro La prostitución en el corazón del capitalismo no es solo evidenciar el significado político de los demandantes de prostitución, y en consecuencia la necesidad de incidir de manera urgente sobre la desactivación y deslegitimación  de su demanda, sino insertar la institución en la intersección entre capitalismo y patriarcado.  Una intersección que ha cobrado especial vigor a partir de los años 80 del pasado siglo y que se está traduciendo de hecho en un mayor poder de muchos varones frente a la creciente vulnerabilidad de las mujeres. En ese contexto, en el que además estamos asistiendo a una reacción patriarcal frente a lo que en las últimas décadas del siglo XX fueron conquistas del feminismo, es donde hemos de situar la cada día más pujante industria del sexo, la casi naturalizada hipersexualización de las mujeres y, por supuesto, el discurso que ha convertido la autonomía femenina en el argumento clave para justificar prácticas que, sin embargo, solo pueden ser analizadas éticamente desde el contexto relacional de género que las sitúa a ellas  como subordinadas.

En consecuencia, como bien explica Rosa Cobo, la prostitución no puede ser estudiada desde las experiencias individuales sino que necesariamente ha de situarse en el marco de los sistemas de dominio sobre los que se edifican las sociedades.  Eso pasa por realizar un análisis de género en el que tengamos en cuenta no solo como se construyen jerarquías a partir del control masculino sobre el cuerpo femenino, sino también como desde esa construcción jerárquica estamos dando un determinado sentido de poder a una subjetividad y otra. Además, ese análisis resultaría incompleto si no abordamos como la prostitución se ha convertido en un poderosísimo sector económico a nivel global, que expresa dramáticamente la brecha entre los pudientes y las excluidas y en el que además interseccionan los factores étnicos, de raza o de procedencia nacional que alimentan lo que Saskia Sassen denomina “nuevas lógicas de expulsión”.  Todo ello en un contexto cultural en el que la pornografía se ha convertido en un fenómeno social global, naturalizado y legitimado, apenas censurado, y que constituye la “metáfora perfecta del significado simbólico y material del patriarcado”.  Es decir, “la pornografía representa a las mujeres como seres radicalmente sexualizados y pasivos que cumplen la función de disponibilidad sexual para los varones; (…) los varones son representados como seres activos que necesitan acceder sexualmente al cuerpo de las mujeres como condición de posibilidad de su masculinidad;  y el parámetro de la sexualidad masculina opera casi siempre con dosis mayores  o menores de violencia y agresividad”. Una representación que se está convirtiendo en los últimos años en un factor esencial en una “socialización de género” que reafirma y subraya el derecho de los varones a disponer del cuerpo y de la sexualidad de las mujeres, las cuales, a su vez, han de convertir en eje de su construcción como sujetos las armas de seducción mediante las que captar la atención en el mercado de machos feroces.

Por lo tanto, es imposible separar el análisis de la prostitución de la trata y las nuevas formas de esclavitud que se generan en el mercado transnacional. Como tampoco es posible argumentar sin más la autonomía de las mujeres para que opten por la prestación de servicios sexuales como si se tratara de un trabajo más sin tener en cuenta las relaciones de poder en el que se enmarca esa pretendida libertad de elección.  Situarse en esa posición implica dar por bueno el paradigma del individuo propietario y la lógica contractual en que se apoya el liberalismo para sostener su visión de los derechos humanos.  De ahí a legitimar la esclavitud, cualquier forma de esclavitud, hay solo un paso. Por lo tanto, y estoy totalmente de acuerdo con la autora, no creo que el “trabajo sexual” emancipe a las mujeres, sino que más bien es la lucha contra cualquier explotación, incluida la sexual, la que puede finalmente hacerlas libres.  Una lucha en la que los varones, como he sostenido en el recientemente publicado Elementos para una teoría crítica del sistema prostitucional (http://www.editorialcomares.com/TV/articulo/3166-Elementos_para_una_teoria_critica_del_sistema_prostitucional.html ), hemos de jugar un papel esencial porque hemos de dejar de ser cómplices legitimadores de todas esas formas de esclavitud y convertirnos en agentes militantes contra un orden económico, político y cultural que nos sitúa en el lado privilegiado y a nuestras compañeras en el de la sumisión. Es decir, solo atreviéndonos a romper los pactos juramentados que desde hace siglos nos revisten de autoridad podremos poner las bases para un mundo más justo en el que mujeres y hombres seamos al fin seres equivalentes. Lo cual pasa, entre otras urgentes cuestiones, por deconstruir una virilidad dominante y depredadora así como por socializarnos en un entendimiento de la sexualidad como espacio de comunicación entre iguales.

PUBLICADO EN THE HUFFINGTON POST, 7 DE JUNIO DE 2017: 
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/puteros-los-nuevo-barbaros-del-patriarcado_a_22124951/
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FALDAS, A LA IZQUIERDA; PANTALONES, A LA DERECHA

Es evidente que en los últimos años estamos asistiendo a un evidente retroceso de las políticas de igualdad de nuestro país. Tras el impulso, al menos normativo, que vivimos en la VIII Legislatura, los años de crisis y el continuado gobierno del PP se han convertido en la alianza perfecta para frenar los avances en materia de igualdad de género y para consolidar una lógica neoliberal con tan mal casa con los derechos humanos en general y con los de las mujeres en particular. Uno de los ámbitos en los que ha sido más evidente ese paso atrás ha sido el educativo. Recordemos como la LOMCE (https://www.boe.es/buscar/pdf/2013/BOE-A-2013-12886-consolidado.pdf) no solo alteró los presupuestos y objetivos esenciales del sistema sino que también eliminó la tímida pero necesaria “Educación para la ciudadanía” al tiempo que legitimaba los conciertos celebrados con centros en los que se diferenciase por razón de sexo. Una previsión, recurrida por el gobierno andaluz ante el Constitucional y que todavía está pendiente de sentencia, que ahora el Tribunal Supremo ha avalado al reconocer a varios centros andaluces de educación segregada su derecho a obtener financiación pública.

Al entender el Supremo que estamos ante un derecho de los llamados “de configuración legal”, su fallo se ampara en lo previsto por la LOMCE, de la misma manera que en varios pronunciamientos emitidos con anterioridad a la entrada en vigor de dicha ley había sostenido que la educación diferenciada por razón de sexos no podía ser sostenida por fondos públicos. A la espera, pues, de lo que diga el Tribunal Constitucional sobre una cuestión que como todas las que inciden en la igualdad real de mujeres y hombres genera tantas controversias jurídicas y políticas, seguimos pues regidos por una norma que parece retroceder en el tiempo y que olvida todos los esfuerzos de tantos educadores y tantas educadoras por consolidar un sistema en que niños y niñas sean educados en condiciones de igualdad. Un objetivo que por otra parte no hace sino ajustarse al programa ético y político de una democracia que ha de partir necesariamente de la igualdad formal de ambos sexos y que ha de  plantearse como uno de sus principales objetivos conseguir que dicha igualdad no quede en la letra de la ley sino que se traduzca en un modelo social donde mujeres y hombres seamos sujetos equivalentes, tanto en el ejercicio de nuestros derechos como en la asunción de nuestras responsabilidades.


En este sentido, llama la atención la escasa atención que el Supremo, en las diversas ocasiones que ha abordado esta materia, ha prestado a la necesaria perspectiva de género, desconociendo de esta manera los mandatos que la LO 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres establece para todos los poderes del Estado, incluido por supuesto el judicial. Desde esta perspectiva, la clave del debate, que no sé si el Constitucional llegará a asumir como tal, es el entendimiento de la coeducación como parte ineludible de modelo educativo que cabe deducir de la Constitución española. Un modelo que, entiendo, ha de partir de la igualdad de género como parte esencial de lo que podríamos llamar “ideario educativo constitucional”, el cual se deduce además de los tratados internacionales que nos obligan –el más significativo la Convención de eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer de 1979, ratificada por España en 1984  -, de la rotundidad del Derecho Comunitario en esta materia (art. 3.2 Tratado de Amsterdam, art. 8 Tratado de Lisboa) , así como de la consolidada interpretación que de la igualdad entre hombres y mujeres se ha realizado por nuestro Tribunal Constitucional a partir de los artículos 14 y 9.2 CE  . Un compromiso que, además, alcanzó su máxima expresión a través de las obligaciones establecidas por la LO 3/2007, la cual reiteró y amplió las previsiones que sobre esta materia ya contenía la LO 1/2004, de 28 de diciembre, de medidas de protección integral contra la violencia de género. Entre ellas, la integración del principio de igualdad en la interpretación y aplicación de las normas (art. 4) o la asunción de la transversalidad de dicho principio (art. 15), el cual debe ser asumido por todas las Administraciones públicas “de forma activa, en la adopción y ejecución de sus disposiciones normativas, en la definición y presupuestación de políticas públicas en todos los ámbitos y en el desarrollo del conjunto de todas sus actividades”.  De manera más específica, dicha ley obliga a que el principio de igualdad se integre en todas las etapas del sistema educativo (arts. 23, 24 y 25), debiéndose perseguir entre otros objetivos evitar “que, por comportamientos sexistas o por los estereotipos sociales asociados, se produzcan desigualdades entre mujeres y hombres”. De ahí, que como ya tuve ocasión de explicar (http://www.cepc.gob.es/publicaciones/revistas/revistaselectronicas?IDR=6&IDN=1358&IDA=37685) la reforma del art. 84.3 de la Ley Orgánica de Educación, llevada a cabo por la LOMCE no pueda ser sino inconstitucional.


Por lo tanto, la pregunta que deberíamos responder es si, de acuerdo con los objetivos que marca el art. 27.2 CE –“ La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales” – , nuestro sistema público de enseñanza debe asumir como un criterio esencial la igualdad de hombres y mujeres, de forma que ningún comportamiento o práctica discriminatoria – o, lo que es lo mismo, diferenciadora sin un fundamentación racional y objetiva – tenga cabida dentro de él. Si respondemos afirmativamente, es obvio que no estaremos ante una cuestión sometida a la libre disponibilidad del legislador. Ello no supone la prohibición radical de la educación diferenciada, la cual podrá mantenerse como opción privada. Lo que no cabría admitir, por tanto, sería  la existencia de escuelas públicas que diferenciaran por razón del sexo, como tampoco ayudas públicas a centros privados que lo hicieran. Como tampoco sería imaginable que desde lo público se apoyasen propuestas educativas que pudieran suponer en general una flagrante contradicción con los principios constitucionales, muy en especial con el de igualdad y no discriminación por cualquier circunstancia personal o social.

Desde una lógica constitucional es difícil el encaje de la educación segregada por sexos en un sistema que, entre otros objetivos, persigue la conformación de una sociedad en la que la igualdad sustancial de mujeres y hombres “constituye un elemento definidor de la noción de ciudadanía” (STC 12/2008, FJ 5).  Un objetivo que difícilmente podrá alcanzarse si la escuela, que constituye un espacio fundamental para la educación cívica, establece diferenciaciones y no fomenta las relaciones iguales entre chicos y chicas, con la consiguiente superación de roles y estereotipos sexistas. Es decir, y yendo más allá de los discutibles criterios pedagógicos que se esgrimen a favor de la educación diferenciada, lo que no parece tener mucho sentido es educar a niños y a niñas desde unos parámetros que nada tienen que ver con los escenarios sociales en los que tendrán que desarrollarse como individuos y como ciudadanos/as. Por lo tanto, difícilmente la escuela diferenciada puede revertir en el desarrollo pleno de la personalidad de los niños y las niñas que han de convivir bajo un “contrato social” basado en la igualdad de género y en una sociedad en la que todavía hoy es necesario “remover” muchos obstáculos que siguen impidiendo la efectividad de dicho principio.

Sería además absolutamente contradictorio que, por una parte, los poderes públicos adoptaran políticas en dicho sentido y, sin embargo, ampararan en el ámbito educativo la diferenciación por razón de sexos. Es decir, el entendimiento de la igualdad de género como parte del “ideario educativo constitucional” no debería perder de vista que los poderes públicos han de seguir actuando sobre una realidad que sigue arrastrando factores sociales y culturales que ponen trabas a la plena igualdad entre mujeres y hombres. Y que, en consecuencia, el sistema educativo no puede permanecer ajeno a la transformación de una realidad en la que está en juego la calidad de nuestra democracia y, muy especialmente, las condiciones que hacen posible la efectiva garantía de los derechos fundamentales de hombres y mujeres. Un compromiso además avalado constitucionalmente por el art. 9.2 CE y al que trató de responder el objetivo de la “coeducación”, la cual supone un paso más hacia adelante con respecto a la educación mixta, que planteó la Ley de Ordenación General del Sistema Educativo de 1990 (LOGSE).  Es decir, no se trata sólo de que niños y niñas sean educados conjuntamente, sino que la educación que reciban esté apoyada y fomente una serie de valores relacionados con la igualdad de género, que interaccionen entre ellos y ellas para superar los estereotipos y las discriminaciones.

En consecuencia, y como bien apuntó Tomás y Valiente en su voto particular a la STC 5/1981, “todo ideario educativo que coarte o ponga en peligro el desarrollo pleno y libre de la personalidad de los alumnos será nulo por opuesto a la Constitución”. Por lo tanto, la clave del debate no debe situarse en los controvertidos argumentos que desde el punto de vista científico pueden avalar las “bondades” de la educación diferenciada por razón de sexo, sino en la irrenunciabilidad  del modelo coeducativo en función de los objetivos que la escuela debe cumplir con respecto a los que constituirán la futura ciudadanía. Es decir, y aún en el caso de que se llegara al acuerdo entre la comunidad científica de los distintos niveles o ritmos de aprendizaje por parte de los niñas y las niñas, la escuela pública debería en todo caso fomentar los espacios en que unos y otras se interrelacionen, cooperen, compartan similitudes y diferencias y, en definitiva, se formen para ser sujetos activos en una sociedad que se articula, entre otros principios, sobre la igualdad de género. Y en la que, insisto, unos y otras van a convivir y en la que, por ejemplo, van a tener que desarrollar estrategias de cooperación, gestión pacífica de conflictos o de construcción igualitaria de relaciones afectivas y sexuales.

A estas alturas, todas y todos, incluidos los magistrados del Supremo, deberíamos tener claro que la igualdad de hombres y mujeres representa una de las esencias de la democracia y, por tanto, la escuela sostenida con fondos públicos debe favorecerlo y transmitir al alumnado no sólo conocimientos teóricos sino también la vivencia, yo diría que hasta emocional, de lo que la igualdad representa desde el punto de vista individual y colectivo. Si no partimos de este principio irrenunciable, corremos el riesgo de que la igualdad de género siga entendiéndose más como una opción ideológica que como un principio constitutivo de los sistemas constitucionales. En consecuencia, que siga estando sujeta a la voluntad política de un legislador que, como lamentablemente hemos comprobado en las últimas tres décadas, ha convertido el sistema educativo en el espacio ideal para la confrontación entre adversarios y en un ámbito más en el que olvidar la centralidad de la igualdad de género en las políticas de un sistema que merezca el calificativo de democrático. Olvidándose, como bien apunta el profesor Miguel Presno (https://presnolinera.wordpress.com/2012/08/24/sobre-la-educacion-diferenciada-por-sexos-somos-iguales-estando-separados/) , que no podemos ser iguales estando separados porque la igualdad, la real, la única, la que nos permite ser autónomas y autónomos, solo tiene sentido político y ético en el contexto necesariamente relacional que implica la vida en democracia.

Publicado en BLOG MUJERES, EL PAÍS, 30 de mayo de 2017:
http://elpais.com/elpais/2017/05/29/mujeres/1496057843_886065.html
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CONTRA EL PSOE DOMESTICADO

Justo antes de que empezara la campaña de las primarias socialistas publiqué en estas mismas páginas un artículo titulado «Lo que se juega el PSOE», en el que trataba de explicar como, más allá de personalismos, el partido se enfrentaba al reto de superar los paradigmas del pasado o, por el contrario, prorrogar unas estructuras y un modelo que poco sirven ya para el siglo XXI. El mismo día de su publicación recibí el mensaje de un militante socialista de nuestra ciudad que me felicitaba por él y que me decía que estaba totalmente de acuerdo conmigo pero que él no podía decirlo. Ese mensaje, con toda la carga antidemocrática que conllevaba de miedo y de sumisión, representa a la perfección las perversas dinámicas que el PSOE, muy especialmente en Andalucía, ha desarrollado durante las muchas décadas instalado en el poder y sin una alternativa capaz de hacerle sombra. El poder, no lo olvidemos, produce monstruos cuyo peligro es directamente proporcional a la mediocridad de quienes lo sustentan.
Como bien se ha explicado en la última semana, el hecho de que Susana Díaz recibiera menos votos que avales refleja exactamente las estructuras que han ido tejiendo a lo largo de las décadas una tupida red de clientelismos, débitos y complicidades. Una red que para mantenerse ha exigido la anulación de las individualides, la negación de los espíritus críticos y la conversión del debate político en una especie de coro de esclavos que no han sabido más que repetir las consignas que les repetían desde la cúpula. Eso, lógicamente, ha provocado una huida de los espíritus libres y, lo que es peor, un progresivo alejamiento del pulso de la calle, de la compleja diversidad de una ciudadanía que sobre todo en los últimos años ha mostrado su insatisfacción con unos partidos y una clase política que ha estado más atenta a su propio ombligo que a las demandas sociales. En este modelo malsano de ejercicio de la representación han encontrado además un refugio ideal todas aquellas y todos aquellos a los que no se les conoce más trayectoria profesional que vivir del partido junto a quienes parecen encontrar en la vida pública el trayecto más facilón, y no sé si reconfortante, para alcanzar un status que por sus propios méritos difícilmente alcanzarían.
Por todo ello no es de extrañar que Córdoba haya sido uno de los principales bastiones del susanismo. Para entenderlo no hay más que hacer un rápido recorrido por los nombres de quienes llevan décadas controlando las riendas y de quienes, con frecuencia en una relativa sombra, son cómplices de la estructura y lógicamente prefieren callar antes que las palabras pongan en peligro ese lugar desde el que creen tener una pequeña cuota de poder y prestigio. No estaría mal que cruzáramos estas evidencias con las que desde hace mucho tiempo siguen marcando a esta provincia como la que presenta peores datos en todos los indicativos de desarrollo socioeconómico, como tampoco estaría de más reflexionar sobre de qué manera un modelo de partido que elude la transparencia, el pluralismo y la renovación de las élites ha tenido una determinada incidencia en que Andalucía, pese a los discursos triunfalistas, tengan muchos indicadores de los que avergonzarse.
La rebelión de la militancia el pasado domingo ha supuesto, entre otras muchas cosas, un levantamiento contra ese modelo anquilosado, heredero y continuador de un «pacto juramentado» entre (b)varones, generador de cobardías pagadas con favores y de alianzas que han limitado la política al estás conmigo o estás contra mí. El PSOE tiene pues ahora la oportunidad, tal vez la última, de superar esa perversa maquinaria y de recuperar el aliento de la izquierda. De lo contrario se condenará directamente a la irrelevancia y languidecerá penosamente en una Andalucía donde seguimos anestesiados por Juan Imedio, María del Monte y el paternalismo de quienes continúan empeñados en salvarnos desde los púlpitos.
Publicado en DIARIO CÓRDOBA, lunes 29 de mayo 2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/psoe-domesticado_1149581.html
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LA PÉRDIDA DEL PADRE Y DOS MUJERES PERDIDAS

Mentiría si dijera que la excelente primera película de Lino Escalera es solo una película sobre la pérdida de un ser querido. Por supuesto que es también el relato de cómo afrontar ese duro momento vital en el que nos vemos obligados a asumir la caducidad de los días, pero es mucho más que eso. Es también, y es lo que más me interesa, la historia de dos mujeres, las dos hermanas que de muy distinta manera se enfrentan al final del padre. Dos mujeres que asumen su eterna tarea de cuidadoras y de las que vamos descubriendo, con apenas unos trazos, sin grandes estridencias, que son perdedoras, que han sido maltratadas por la vida, si bien de distinta manera, que ambas son esclavas de un lugar en el mundo que no les satisface del todo, que casi podríamos afirmar que se limitan más a sobrevivir en la corriente que les ha tocado en suerte que a nadar contra ella.

La dura historia de No sé decir adiós, que nos enfrenta sin estridencias ni sentimentalismos a lo que supone una enfermedad terminal no tanto en quien la sufre sino en quienes lo rodean, nos ofrece el retrato de dos mujeres, Carla (Nathalie Poza) y Blanca (Lola Dueñas), que han seguido rumbos distintos y a las que encontramos, a una edad ya de madurez, igualmente perdidas y doloridas. Aunque cada una de ellas lo viva y lo exprese de manera muy distinta: Blanca desde el sentido común, que a veces es el menos común de los sentidos, la paciencia y una cierta resignación; Carla desde un proceso autodestructivo que la va haciendo cada vez más prisionera de su soledad y de sus angustias. Las dos, que vuelven a reunirse y hasta a enfrentarse en torno al patriarca que durante años fue el que puso ley y orden, y al que ahora vemos cómo se reduce casi a un niño, se nos muestran infelices, atadas, faltas de luz en un presente que tal vez poco tenga que ver con el que un día soñaron. Carla y Blanca, Blanca y Carla: dos nombres llenos de “aes”, la letra del femenino, la que cierra siempre los sustantivos que designaron durante siglos al “otro”. Una en el Sur de siempre, en la Almería seca del Sur, la otra en la Barcelona de mujeres y hombres cosmopolitas. La que se quedó y la que se fue.

La historia de estos tres personajes, y de los secundarios que son esenciales para entender mejor a los principales, está contada con temple dramática y sin ninguna concesión a lo facilón. Con elegantes y a veces fulminantes cortes a negro, como el bellísimo que cierra la película, que nos dejan a la intemperie. Un ejercicio tan ponderado, en el que incluso aflora el humor en algunas ocasiones, no habría sido posible sin un actor y unas actrices como quienes espero que en la próxima temporada de premios se lleven unos cuantos. Hacía tiempo que Juan Diego no hacía una interpretación tan contenida y emocionante, como hacía muchas películas que Lola Dueñas no volvía a brillar con esa mirada tan suya que se mueve entre la ingenuidad, la sensibilidad a flor de piel y una fragilidad que esconde fuerza de mujer. Pero sin duda la enorme protagonista de la película es una Nathalie Poza que compone una Carla desgarradora, enferma del alma, a la que la próxima muerte del padre le hace enfrentarse con el espejo. Su rostro, todo su cuerpo, hasta el último pelo de su cabeza, sirven a la perfección para expresar su desconsuelo. Y su rabia. Es imposible no entenderla, no empatizar con ella, no pensar en que ojalá para ella la pérdida del que se va sea el inicio del reencuentro con ella misma.


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“Cedo mi cuerpo libremente para que lo usen los demás. Pueden hacer conmigo lo que quieran”

“Cedo mi cuerpo libremente para que lo usen los demás. Pueden hacer conmigo lo que quieran. Soy un objeto. Por primera vez siento el poder que ellos tienen”
El cuento de la criada, de Margaret Atwood

Tras leer el artículo sobre la gestación por sustitución publicado hace unos días por el profesor Manuel Atienza, mucho me temo que no ha leído el espléndido libro El cuento de la criada de Margaret Atwood ni tampoco ha visto ningún episodio de la adaptación televisiva que hace unas semanas ha estrenado HBO. Me atrevo a recomendarle ambas porque en materia de derechos humanos es muy importante tener la percepción emocional de aquellas situaciones que viven las personas que ven pisoteada su dignidad. Solo desde esa “empatía imaginada”, que tan bien explica la historiadora de los derechos Lynn Hunt, es posible construir argumentaciones jurídicas que no pierdan de vista el aliento ético que debe inspirar las reglas de una convivencia democrática. No cabe duda de que la literatura y sobre todo el cine son instrumentos básicos para generar esa capacidad de ponernos en la piel de otro (e incluso de otra).

En el tema que nos ocupa, bastaría analizar un fotograma de la magnífica serie para entender qué estructura de poder es la que sustenta lo que algunos de manera eufemística denominan maternidad subrogada. En él vemos en un primer plano, ocupando prácticamente toda la pantalla, al comandante, al pater familias que desea reproducir su linaje teniendo un hijo con sus genes, al patriarca que detenta el poder y la autoridad tanto en lo público como en lo privado, al señor de la casa cuyo pene parece valer más que el útero de su criada. Al fondo, muy desdibujada, sentada el filo de la cama, vemos a su esposa infértil, a la madre frustrada, a la que coloca en una ceremonia brutal entre sus piernas a la que parirá para ella. Y apenas intuimos, tras el hombre, tumbada con las piernas abiertas, a Defred, la criada que es penetrada por el patriarca, a la que apenas vemos porque como “buena” gestante es invisible: ha dejado de ser sujeto para ser un objeto al servicio de los deseos de otros.
La novela de Atwood, que ahora la serie ha convertido en un relato si cabe todavía más terrorífico que el libro, tiene la gran virtud de plantearnos algunos de los interrogantes que están sacudiendo a las mujeres en el siglo XXI, justo cuando la alianza entre patriarcado y capitalismo está provocando que, bajo pretexto de la libertad, se justifiquen prácticas que no hacen sino prorrogar el estatus subordinado de la mitad femenina del planeta.
Esa alianza bien podría llevar, si no logramos ponerle frenos, al régimen teocrático y dictatorial imaginado en la novela, y en el que vemos cómo las mujeres han perdido todos los derechos que tardaron siglos en conquistar. El angustioso relato, que incluso ahora duele más al sentirlo tan cercano a través de la impagable mirada de la enorme Elisabeth Moss, nos aporta las claves no solo éticas sino también jurídicas desde las que, como mínimo, deberíamos cuestionar una práctica que en estos meses algunos incuso han llegado a defender como subversiva y que para otros obviamente es simplemente una vía más de enriquecimiento, es decir, una de las expresiones más brutales de cómo el dinero se convierte en medida de los deseos y de cómo a su vez el paradigma neoliberal permite convertirlos en derechos.
Por todo ello, me resultó tan sorprendente hace unos días leer como Atienza ponía en duda que pudiese alegarse la dignidad de las mujeres para cuestionar la legitimidad de unos contratos que las convierten en siervas, incluso cuando se amparan en un pretendido carácter altruista. Nuestro Tribunal Constitucional ha reiterado, basándose en la célebre máxima kantiana de que el individuo no debe ser considerado como un medio, que la garantía de la dignidad de la persona implica el valor absoluto de sí misma como sujeto, la negación de su instrumentalización y la exigencia de las condiciones necesarias para que el libre desarrollo de su personalidad sea una realidad.
Pero es que, además, un contrato que supone el alquiler no solo del útero, sino de todo un proceso fisiológico como es un embarazo, el cual se desarrolla, incide y se proyecta en todo el ser de la mujer, supone contravenir todas las disposiciones normativas que, tanto a nivel estatal como internacional, excluyen al cuerpo humano del comercio de los hombres. A todo ello habría que añadir que evidentemente, como en muchas ocasiones se subraya por quienes defienden los vientres de alquiler como una especie de prestación de servicios reproductivos, en todos los trabajos el ser humano despliega sus potencialidades a veces en condiciones indignas, pero ninguno de ellos implica todo un proceso físico y emocional como es la gestación de un ser humano. Algo sobre lo que, por cierto, y siguiendo los consejos de Rebecca Solnit, los hombres deberíamos callar y dar la voz a las mujeres que son las únicas que pueden vivirlo.
Incluso cuando se alega la posibilidad de estos contratos siempre que respondan a un carácter altruista, y por lo tanto apoyándose en la generosidad de las mujeres, tendríamos que cuestionarnos si ello no está suponiendo la funcionalización de la maternidad y la consolidación del ser de nuestras compañeras como individuos que viven por y para otros. Es decir, como seres que ponen a disposición del poder masculino, y del mercado en el que se satisfacen los deseos de quienes mandan, su cuerpo, sus capacidades y, por supuesto, su sexualidad. Ahí está la prostitución como institución patriarcal por excelencia que no demuestra esa relación jerárquica. No olvidemos, además, que en este caso no se trataría de ser generoso para salvar vidas, como sucede en la siempre gratuita donación de órganos, sino para hacer más plena la vida privada o familiar de otros.
Es decir, justo lo que falta en el razonamiento del catedrático de Filosofía del Derecho es la perspectiva de género sin la cual cualquier aproximación a un tema jurídica y éticamente tan complejo acaba convertida en una simple justificación de la posición de quienes tienen el poder, el dinero y la autoridad. Alegar la autonomía de las mujeres para justificar la renuncia a sus derechos fundamentales es desconocer que, como bien ha explicado Laura Nuño, “el consentimiento requiere de un yo autónomo no mediado por la supervivencia.” O, lo que es lo mismo, implica no tener en cuenta las relaciones de poder que continúan marcando las subjetividades masculina y femenina, así como la relación entre ambas.
Por todo ello, el dilema clave que nos plantea la gestación por sustitución es si dicho tipo de contratos garantizan la capacidad de las mujeres para decidir sobre sí mismas o si, por el contrario, inciden en su sometimiento a condiciones heterónomas. Tendríamos que preguntarnos si sería posible una regulación de la misma que potenciara al máximo lo primero y evitara lo segundo. Una pregunta que finalmente nos lleva a otra mucho más ambiciosa que es la relacionada con el mundo que nos gustaría construir y bajo qué precio. En este sentido, leer, y ver ahora, El cuento de la criada, es un buen ejercicio para ir encontrando respuestas y para, espero, confirmar que el horizonte debería ser el reconocimiento del valor de cada ser humano por su valor intrínseco y nunca por su sometimiento a fines instrumentales que lo convierten en vehículo para satisfacer los intereses y deseos de otros.

Publicado BLOG MUJERES El País:
http://elpais.com/elpais/2017/05/18/mujeres/1495121982_989076.html

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“Cedo mi cuerpo libremente para que lo usen los demás. Pueden hacer conmigo lo que quieran”

“Cedo mi cuerpo libremente para que lo usen los demás. Pueden hacer conmigo lo que quieran. Soy un objeto. Por primera vez siento el poder que ellos tienen”
El cuento de la criada, de Margaret Atwood

Tras leer el artículo sobre la gestación por sustitución publicado hace unos días por el profesor Manuel Atienza, mucho me temo que no ha leído el espléndido libro El cuento de la criada de Margaret Atwood ni tampoco ha visto ningún episodio de la adaptación televisiva que hace unas semanas ha estrenado HBO. Me atrevo a recomendarle ambas porque en materia de derechos humanos es muy importante tener la percepción emocional de aquellas situaciones que viven las personas que ven pisoteada su dignidad. Solo desde esa “empatía imaginada”, que tan bien explica la historiadora de los derechos Lynn Hunt, es posible construir argumentaciones jurídicas que no pierdan de vista el aliento ético que debe inspirar las reglas de una convivencia democrática. No cabe duda de que la literatura y sobre todo el cine son instrumentos básicos para generar esa capacidad de ponernos en la piel de otro (e incluso de otra).

En el tema que nos ocupa, bastaría analizar un fotograma de la magnífica serie para entender qué estructura de poder es la que sustenta lo que algunos de manera eufemística denominan maternidad subrogada. En él vemos en un primer plano, ocupando prácticamente toda la pantalla, al comandante, al pater familias que desea reproducir su linaje teniendo un hijo con sus genes, al patriarca que detenta el poder y la autoridad tanto en lo público como en lo privado, al señor de la casa cuyo pene parece valer más que el útero de su criada. Al fondo, muy desdibujada, sentada el filo de la cama, vemos a su esposa infértil, a la madre frustrada, a la que coloca en una ceremonia brutal entre sus piernas a la que parirá para ella. Y apenas intuimos, tras el hombre, tumbada con las piernas abiertas, a Defred, la criada que es penetrada por el patriarca, a la que apenas vemos porque como “buena” gestante es invisible: ha dejado de ser sujeto para ser un objeto al servicio de los deseos de otros.
La novela de Atwood, que ahora la serie ha convertido en un relato si cabe todavía más terrorífico que el libro, tiene la gran virtud de plantearnos algunos de los interrogantes que están sacudiendo a las mujeres en el siglo XXI, justo cuando la alianza entre patriarcado y capitalismo está provocando que, bajo pretexto de la libertad, se justifiquen prácticas que no hacen sino prorrogar el estatus subordinado de la mitad femenina del planeta.
Esa alianza bien podría llevar, si no logramos ponerle frenos, al régimen teocrático y dictatorial imaginado en la novela, y en el que vemos cómo las mujeres han perdido todos los derechos que tardaron siglos en conquistar. El angustioso relato, que incluso ahora duele más al sentirlo tan cercano a través de la impagable mirada de la enorme Elisabeth Moss, nos aporta las claves no solo éticas sino también jurídicas desde las que, como mínimo, deberíamos cuestionar una práctica que en estos meses algunos incuso han llegado a defender como subversiva y que para otros obviamente es simplemente una vía más de enriquecimiento, es decir, una de las expresiones más brutales de cómo el dinero se convierte en medida de los deseos y de cómo a su vez el paradigma neoliberal permite convertirlos en derechos.
Por todo ello, me resultó tan sorprendente hace unos días leer como Atienza ponía en duda que pudiese alegarse la dignidad de las mujeres para cuestionar la legitimidad de unos contratos que las convierten en siervas, incluso cuando se amparan en un pretendido carácter altruista. Nuestro Tribunal Constitucional ha reiterado, basándose en la célebre máxima kantiana de que el individuo no debe ser considerado como un medio, que la garantía de la dignidad de la persona implica el valor absoluto de sí misma como sujeto, la negación de su instrumentalización y la exigencia de las condiciones necesarias para que el libre desarrollo de su personalidad sea una realidad.
Pero es que, además, un contrato que supone el alquiler no solo del útero, sino de todo un proceso fisiológico como es un embarazo, el cual se desarrolla, incide y se proyecta en todo el ser de la mujer, supone contravenir todas las disposiciones normativas que, tanto a nivel estatal como internacional, excluyen al cuerpo humano del comercio de los hombres. A todo ello habría que añadir que evidentemente, como en muchas ocasiones se subraya por quienes defienden los vientres de alquiler como una especie de prestación de servicios reproductivos, en todos los trabajos el ser humano despliega sus potencialidades a veces en condiciones indignas, pero ninguno de ellos implica todo un proceso físico y emocional como es la gestación de un ser humano. Algo sobre lo que, por cierto, y siguiendo los consejos de Rebecca Solnit, los hombres deberíamos callar y dar la voz a las mujeres que son las únicas que pueden vivirlo.
Incluso cuando se alega la posibilidad de estos contratos siempre que respondan a un carácter altruista, y por lo tanto apoyándose en la generosidad de las mujeres, tendríamos que cuestionarnos si ello no está suponiendo la funcionalización de la maternidad y la consolidación del ser de nuestras compañeras como individuos que viven por y para otros. Es decir, como seres que ponen a disposición del poder masculino, y del mercado en el que se satisfacen los deseos de quienes mandan, su cuerpo, sus capacidades y, por supuesto, su sexualidad. Ahí está la prostitución como institución patriarcal por excelencia que no demuestra esa relación jerárquica. No olvidemos, además, que en este caso no se trataría de ser generoso para salvar vidas, como sucede en la siempre gratuita donación de órganos, sino para hacer más plena la vida privada o familiar de otros.
Es decir, justo lo que falta en el razonamiento del catedrático de Filosofía del Derecho es la perspectiva de género sin la cual cualquier aproximación a un tema jurídica y éticamente tan complejo acaba convertida en una simple justificación de la posición de quienes tienen el poder, el dinero y la autoridad. Alegar la autonomía de las mujeres para justificar la renuncia a sus derechos fundamentales es desconocer que, como bien ha explicado Laura Nuño, “el consentimiento requiere de un yo autónomo no mediado por la supervivencia.” O, lo que es lo mismo, implica no tener en cuenta las relaciones de poder que continúan marcando las subjetividades masculina y femenina, así como la relación entre ambas.
Por todo ello, el dilema clave que nos plantea la gestación por sustitución es si dicho tipo de contratos garantizan la capacidad de las mujeres para decidir sobre sí mismas o si, por el contrario, inciden en su sometimiento a condiciones heterónomas. Tendríamos que preguntarnos si sería posible una regulación de la misma que potenciara al máximo lo primero y evitara lo segundo. Una pregunta que finalmente nos lleva a otra mucho más ambiciosa que es la relacionada con el mundo que nos gustaría construir y bajo qué precio. En este sentido, leer, y ver ahora, El cuento de la criada, es un buen ejercicio para ir encontrando respuestas y para, espero, confirmar que el horizonte debería ser el reconocimiento del valor de cada ser humano por su valor intrínseco y nunca por su sometimiento a fines instrumentales que lo convierten en vehículo para satisfacer los intereses y deseos de otros.

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SALVADOR SOBRAL: OTRA MASCULINIDAD ES POSIBLE

El triunfo de Salvador Sobral el pasado sábado en Eurovisión, además de mostrarnos entre otras cosas, y como él mismo dijo, que la música, la música de verdad, nada tiene que ver con los fuegos de artificio, supone también una oportunidad para demostrarnos que otra masculinidad es posible. Es decir, en un contexto tan hipermasculinizado y androcéntrico como el del Festival (recordemos como pese a “celebrar la diversidad” los tres presentadores eurovisivos fueron hombres, y como la mayoría de las chicas competidoras insistieron, de una forma u otra, en mostrarse como cuerpos fuertemente sexuados), consumido y aplaudido muy especialmente por un público gay, el portugués supuso una ruptura con el discurso normativo que nos revela lo que significa ser un hombre de verdad. Un discurso en el que mucho me temo la incidencia de la diversidad afectivo/sexual está siendo mínima porque la masculinidad hegemónica, unida a los dictados de un mercado que busca hombres ante todo que consuman y hagan circular el dinero, está provocando que la imagen mediática y públicamente reconocible del chico gay exitoso no difiera mucho de la del hetero.

De esta manera, no hemos situado en un plano de perversa “igualdad” en el que todos pasamos por el aro de reproducir el modelo heroico de siempre, es decir, el del tipo fuerte, preparado siempre para la acción, sujeto deseante y que hace de su cuerpo una herramienta esencial para situarse en el mercado. Por eso no es de extrañar que la vigorexia se esté extendiendo como un problema cada vez más serio entre los chicos jóvenes, o que los gimnasios se hayan convertido en los nuevos santuarios de la masculinidad o que la publicidad, bajo la apariencia de nuevos tiempos, nos siga ofreciendo en definitiva la imagen del macho de siempre. O sea, la del que parece preparado para combatir en cualquier momento, para seducir y llevar las riendas del pacto sexual y para continuar siendo el vaquero sin ley al que nadie parece discutir el privilegio de ser siempre el dominante. Un vaquero que, insisto, seduce por igual a mujeres y a hombres. Porque no estamos hablando de orientación sexual, o de deseos que van y vienen, sino de cómo se continúa conformando la masculinidad exitosa en pleno siglo XXI.
Frente a ese discurso, que es el que reiteradamente nos ofrecen los medios de comunicación, las películas que vemos o las canciones que bailamos, el portugués Sobral representa justo lo contrario. En todas las crónicas del festival se ha destacado su desaliño, que llevase un traje varias tallas mayor que la suya o que no pareciera en general muy preocupado por su aspecto físico. Se ha destacado de él como una cualidad que le ha hecho sumar puntos su fragilidad o su capacidad para despertar emociones sin estridencias. Verlo actuar como si se tratara de un cristal a punto de romperse frente a la sexualidad desbordante del representante israelí, de la chispa tan masculina del italiano o de la seducción tan Bond del sueco, supuso para mí (re)encontrarme con otro modelo de hombre que me gustaría sirviera como palanca para darle la vuelta a este mundo tan patriarcal y machista que seguimos sufriendo (y del que, no hace falta aclararlo, son principales víctimas las mujeres).
Salvador Sobral, que tuvo además la generosidad de acompañarse en el triunfo por su hermana, que es sin duda la gran mente creadora del tándem, me transmite muchas de las claves que están o deberían estar en lo que yo llamaría la revolución masculina pendiente, y que no es otra que la urgente necesidad que tenemos los hombres de bajarnos de los púlpitos, de todos los púlpitos, y de situarnos horizontalmente a ras del suelo. Como hizo en su actuación el portugués. Despojados de todas las vestimentas que sirven para certificar nuestro imperio, revestidos de la ternura que como bien dijo Petra Kelly puede ser una extraordinaria arma política, dispuestos a renunciar a los músculos tanto de nuestro cuerpo como de los que parece regalarnos el ejercicio del poder. La voz que ha sido capaz de emocionar a millones de personas al mismo tiempo, operando ese milagro que solo el verdadero arte consigue, debería servirnos como una especie de pasaporte para todos aquellos que estamos empeñados en transitar de una masculinidad asfixiante a otra en la que podamos relajadamente disfrutar de lo pequeño y asumir nuestra dependencia de los demás. Solo así, me temo, será posible construir otro mundo, ese mundo por el que nuestras compañeras feministas llevan siglos luchando, y en el que será una gozada descubrir que es el reconocimiento de nuestra fragilidad lo que nos puede hacer más fuertes. Los ganadores no de una competición sino de un mundo en el que habremos sabido despojarnos de lo que nos disfraza y en el que nos habremos quedado transparentes como el cristal. Cuidadosamente interdependientes, emocionalmente solidarios, nunca más desnortados y siempre mirando al sur. El sur posible que también representa Portugal y su canción.
PUBLICADO EN TRIBUNA FEMINISTA, 16 DE MAYO DE 2017:
http://www.tribunafeminista.org/2017/05/salvador-sobral-otra-masculinidad-es-posible/
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SALVADOR SOBRAL: OTRA MASCULINIDAD ES POSIBLE

El triunfo de Salvador Sobral el pasado sábado en Eurovisión, además de mostrarnos entre otras cosas, y como él mismo dijo, que la música, la música de verdad, nada tiene que ver con los fuegos de artificio, supone también una oportunidad para demostrarnos que otra masculinidad es posible. Es decir, en un contexto tan hipermasculinizado y androcéntrico como el del Festival (recordemos como pese a “celebrar la diversidad” los tres presentadores eurovisivos fueron hombres, y como la mayoría de las chicas competidoras insistieron, de una forma u otra, en mostrarse como cuerpos fuertemente sexuados), consumido y aplaudido muy especialmente por un público gay, el portugués supuso una ruptura con el discurso normativo que nos revela lo que significa ser un hombre de verdad. Un discurso en el que mucho me temo la incidencia de la diversidad afectivo/sexual está siendo mínima porque la masculinidad hegemónica, unida a los dictados de un mercado que busca hombres ante todo que consuman y hagan circular el dinero, está provocando que la imagen mediática y públicamente reconocible del chico gay exitoso no difiera mucho de la del hetero.

De esta manera, no hemos situado en un plano de perversa “igualdad” en el que todos pasamos por el aro de reproducir el modelo heroico de siempre, es decir, el del tipo fuerte, preparado siempre para la acción, sujeto deseante y que hace de su cuerpo una herramienta esencial para situarse en el mercado. Por eso no es de extrañar que la vigorexia se esté extendiendo como un problema cada vez más serio entre los chicos jóvenes, o que los gimnasios se hayan convertido en los nuevos santuarios de la masculinidad o que la publicidad, bajo la apariencia de nuevos tiempos, nos siga ofreciendo en definitiva la imagen del macho de siempre. O sea, la del que parece preparado para combatir en cualquier momento, para seducir y llevar las riendas del pacto sexual y para continuar siendo el vaquero sin ley al que nadie parece discutir el privilegio de ser siempre el dominante. Un vaquero que, insisto, seduce por igual a mujeres y a hombres. Porque no estamos hablando de orientación sexual, o de deseos que van y vienen, sino de cómo se continúa conformando la masculinidad exitosa en pleno siglo XXI.
Frente a ese discurso, que es el que reiteradamente nos ofrecen los medios de comunicación, las películas que vemos o las canciones que bailamos, el portugués Sobral representa justo lo contrario. En todas las crónicas del festival se ha destacado su desaliño, que llevase un traje varias tallas mayor que la suya o que no pareciera en general muy preocupado por su aspecto físico. Se ha destacado de él como una cualidad que le ha hecho sumar puntos su fragilidad o su capacidad para despertar emociones sin estridencias. Verlo actuar como si se tratara de un cristal a punto de romperse frente a la sexualidad desbordante del representante israelí, de la chispa tan masculina del italiano o de la seducción tan Bond del sueco, supuso para mí (re)encontrarme con otro modelo de hombre que me gustaría sirviera como palanca para darle la vuelta a este mundo tan patriarcal y machista que seguimos sufriendo (y del que, no hace falta aclararlo, son principales víctimas las mujeres).
Salvador Sobral, que tuvo además la generosidad de acompañarse en el triunfo por su hermana, que es sin duda la gran mente creadora del tándem, me transmite muchas de las claves que están o deberían estar en lo que yo llamaría la revolución masculina pendiente, y que no es otra que la urgente necesidad que tenemos los hombres de bajarnos de los púlpitos, de todos los púlpitos, y de situarnos horizontalmente a ras del suelo. Como hizo en su actuación el portugués. Despojados de todas las vestimentas que sirven para certificar nuestro imperio, revestidos de la ternura que como bien dijo Petra Kelly puede ser una extraordinaria arma política, dispuestos a renunciar a los músculos tanto de nuestro cuerpo como de los que parece regalarnos el ejercicio del poder. La voz que ha sido capaz de emocionar a millones de personas al mismo tiempo, operando ese milagro que solo el verdadero arte consigue, debería servirnos como una especie de pasaporte para todos aquellos que estamos empeñados en transitar de una masculinidad asfixiante a otra en la que podamos relajadamente disfrutar de lo pequeño y asumir nuestra dependencia de los demás. Solo así, me temo, será posible construir otro mundo, ese mundo por el que nuestras compañeras feministas llevan siglos luchando, y en el que será una gozada descubrir que es el reconocimiento de nuestra fragilidad lo que nos puede hacer más fuertes. Los ganadores no de una competición sino de un mundo en el que habremos sabido despojarnos de lo que nos disfraza y en el que nos habremos quedado transparentes como el cristal. Cuidadosamente interdependientes, emocionalmente solidarios, nunca más desnortados y siempre mirando al sur. El sur posible que también representa Portugal y su canción.
PUBLICADO EN TRIBUNA FEMINISTA, 16 DE MAYO DE 2017:
http://www.tribunafeminista.org/2017/05/salvador-sobral-otra-masculinidad-es-posible/
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EL PATIO DE RAFAEL

Hace ya algunos años que siento que nos han robado los patios. El turismo todopoderoso, gestionado por unos representantes más preocupados por el orden dominante que por el amoroso de la vida, ha convertido mayo en una especie de parque temático en el que todos nos convertimos en masa que fotografía con el móvil. Una masa en la que los individuos solo importamos para ser contabilizados y formar parte de una estadística. Una pieza más en una larga cadena de montaje que suma para un producto final que no sé bien quién venderá y que en todo caso dará regocijo a los mercaderes. Un número, así me sentí cada vez que el vigilante de turno le daba al click que me convertía en argumento para un nuevo record, en pretexto para instituciones que solo entienden el desarrollo en clave económica, en una especie de aval para que los empresarios gozosos sigan contratando a camareros y camareras de forma precaria.
Aunque es cierto que tengo la sensación de que estos patios de mayo no son los que un día me sedujeron, todavía me queda un lugar donde consigo reencontrarme con las esencias. Con el tiempo lento y sereno que supone adentrarse en un espacio en el que parecen no regir las reglas de afuera, en el que uno puede soñar con un horizonte ecofeminista, en el que tienen tanto valor o más que las flores las palabras que tejen diálogos. Aunque sé que no necesito que llegue mayo para refugiarme en él, en esta época del año siempre cumplo fielmente el ritual de volver al patio de Rafael Barón para oler esos perfumes que tanto me cuentan de la Madre Tierra, del cielo posible en el que él cree, de las plantas que tanto me recuerdan a las manos de mis abuelas. Siempre que me adentro en el número 2 de la calle Pastora es como si dejara atrás la pesada mochila de los días y así, prácticamente desnudo, como todas y todos estamos cuando llegamos a la vida, me adentrara en un paraíso sin serpientes. El edén urbano en el que es posible que convivan todos los colores del arco iris, sin fobias, todos los orígenes y todos los horizontes, sin tolerancia ni jerarquías. Porque en el patio de Rafael todo se vuelve horizontal y resulta fácil conversar y trazar puentes, como si en lugar de adversarios fuéramos arquitectos empeñados en unir orillas.
Cuando la fiesta de los patios se ha convertido en una larga cola de visitantes hambrientos de selfies, y cuando apenas nada queda de lo que algunos pensamos que merecía ser patrimonio de la Humanidad por lo que suponía de modelo de convivencia y no de escaparate, huyo del click que nos deshumaniza y me refugio en la casa de quien ha entendido que la hospitalidad es una norma ética. Y que solo desde ese sentido extremo de la generosidad que supone abrir tu espacio privado, siempre tan femenino, para que sea de los demás y por tanto se haga público/democrático, es posible seguir construyendo ciudadanía. Porque ese es al fin el sentido último que acabo (re)descubriendo en ese rincón de la calle Pastora: el aliento estético y ético que necesitamos para vivir en democracia, la armonía que ha de ser tejida entre y por los diferentes, la paz que calma la sed de quienes estamos demasiado presionados siempre por las expectativas que nos interpelan para convertirnos en exitosos. En el patio de Rafael Barón, al que siempre vuelvo con la inocencia del que lo descubre por primera vez, es fácil descubrir que el verdadero éxito reside en abrir los armarios y aprehender que lo personal es político. Como parecen decirnos esas flores republicanas con las que este año Rafael me ha hecho un guiño y que tanto me cuentan de los patios en que mis abuelas aprendieron el sentido de la vida leyendo en las plantas lo que un mundo de hombres no les dejaba leer en los libros.
Las fronteras indecisas, Diario Córdoba, 15-5-17:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/patio-rafael_1146563.html

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EL PATIO DE RAFAEL

Hace ya algunos años que siento que nos han robado los patios. El turismo todopoderoso, gestionado por unos representantes más preocupados por el orden dominante que por el amoroso de la vida, ha convertido mayo en una especie de parque temático en el que todos nos convertimos en masa que fotografía con el móvil. Una masa en la que los individuos solo importamos para ser contabilizados y formar parte de una estadística. Una pieza más en una larga cadena de montaje que suma para un producto final que no sé bien quién venderá y que en todo caso dará regocijo a los mercaderes. Un número, así me sentí cada vez que el vigilante de turno le daba al click que me convertía en argumento para un nuevo record, en pretexto para instituciones que solo entienden el desarrollo en clave económica, en una especie de aval para que los empresarios gozosos sigan contratando a camareros y camareras de forma precaria.
Aunque es cierto que tengo la sensación de que estos patios de mayo no son los que un día me sedujeron, todavía me queda un lugar donde consigo reencontrarme con las esencias. Con el tiempo lento y sereno que supone adentrarse en un espacio en el que parecen no regir las reglas de afuera, en el que uno puede soñar con un horizonte ecofeminista, en el que tienen tanto valor o más que las flores las palabras que tejen diálogos. Aunque sé que no necesito que llegue mayo para refugiarme en él, en esta época del año siempre cumplo fielmente el ritual de volver al patio de Rafael Barón para oler esos perfumes que tanto me cuentan de la Madre Tierra, del cielo posible en el que él cree, de las plantas que tanto me recuerdan a las manos de mis abuelas. Siempre que me adentro en el número 2 de la calle Pastora es como si dejara atrás la pesada mochila de los días y así, prácticamente desnudo, como todas y todos estamos cuando llegamos a la vida, me adentrara en un paraíso sin serpientes. El edén urbano en el que es posible que convivan todos los colores del arco iris, sin fobias, todos los orígenes y todos los horizontes, sin tolerancia ni jerarquías. Porque en el patio de Rafael todo se vuelve horizontal y resulta fácil conversar y trazar puentes, como si en lugar de adversarios fuéramos arquitectos empeñados en unir orillas.
Cuando la fiesta de los patios se ha convertido en una larga cola de visitantes hambrientos de selfies, y cuando apenas nada queda de lo que algunos pensamos que merecía ser patrimonio de la Humanidad por lo que suponía de modelo de convivencia y no de escaparate, huyo del click que nos deshumaniza y me refugio en la casa de quien ha entendido que la hospitalidad es una norma ética. Y que solo desde ese sentido extremo de la generosidad que supone abrir tu espacio privado, siempre tan femenino, para que sea de los demás y por tanto se haga público/democrático, es posible seguir construyendo ciudadanía. Porque ese es al fin el sentido último que acabo (re)descubriendo en ese rincón de la calle Pastora: el aliento estético y ético que necesitamos para vivir en democracia, la armonía que ha de ser tejida entre y por los diferentes, la paz que calma la sed de quienes estamos demasiado presionados siempre por las expectativas que nos interpelan para convertirnos en exitosos. En el patio de Rafael Barón, al que siempre vuelvo con la inocencia del que lo descubre por primera vez, es fácil descubrir que el verdadero éxito reside en abrir los armarios y aprehender que lo personal es político. Como parecen decirnos esas flores republicanas con las que este año Rafael me ha hecho un guiño y que tanto me cuentan de los patios en que mis abuelas aprendieron el sentido de la vida leyendo en las plantas lo que un mundo de hombres no les dejaba leer en los libros.
Las fronteras indecisas, Diario Córdoba, 15-5-17:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/patio-rafael_1146563.html

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¿ES LA HORA DEL FEMINISMO PARA EL PSOE?

S

Siempre he pensado que la tarea esencial del feminismo no ha sido ni es coser las prendas rotas o remendar las vestimentas deterioradas. Eso es más bien lo que les ha tocado  hacer a las mujeres en el reparto de funciones mediante el que el patriarcado ha consolidado el dominio masculino.  Es decir, mientras que nosotros luchábamos por la patria, ellas cosían las banderas. Las teóricas y activistas feministas, de las que continúo aprendiendo cada día, y que me obligan permanentemente a revisar mi posición privilegiada y los paradigmas que siempre me beneficiaron como varón, me han enseñado que el objetivo del feminismo es diseñar otro patrón y poner las bases de otro tipo de pacto. Es decir,  no asumir el traje masculino y ajustarlo para que le siente bien a ellas sino articular, desde la teoría y la praxis, un nuevo modelo de subjetividades y de relaciones entre ellas que haga posible de una vez por todas la equivalencia política de los géneros.

Ese ambicioso horizonte supone someter a un proceso crítico y a una posterior reconstrucción todas las estructuras de poder que durante siglos han condicionado el estatuto político de la mitad femenina. Un proceso que en este momento supone nada más y nada menos que combatir las profundas desigualdades que genera la perversa alianza entre neoliberalismo y patriarcado. Este debería ser, sin duda, el principal reto que asumiera una izquierda desnortada y que parece no tener muy claro que lo que daría sentido a su proyecto sería convertir en central lo que la política neoliberal insiste en mantener en la periferia. De ahí la necesidad de que el feminismo, que es sin duda la propuesta teórica y emancipadora más revolucionaria que podamos imaginar, se convierta en el eje principal de unas fuerzas políticas que andan a la deriva, entre otras cosas, porque han sido incapaces de asumir que el eje de la igualdad de género debe ser la palanca que haga saltar por los aires todos los aparatos de poder que continúan sosteniendo al depredador masculino. Un depredador que, no lo olvidemos, también siempre ha habitado en la izquierda y al que, por supuesto, también imitan muchas mujeres que entienden que la única manera de alcanzar y ejercer el poder es reproducir los patrones de conducta de sus colegas varones.

Por todo ello, pienso que, a diferencia de lo que una de las candidaturas a la secretaría del PSOE ha bautizado como “La hora de las mujeres”,  lo que el socialismo debería asumir de una vez por todas es que esta debería ser la hora del feminismo. Lo cual pasa por revisar no solo quién ocupa el poder sino también cómo lo ejerce y de acuerdo con qué prioridades. Ello no supone exigir a las mujeres un plus de méritos políticos y morales, ya que tienen el derecho fundamental a ser como mínimo igual de malas que nosotros, pero sí, cuando está en juego todo un proyecto político, exigir que las reglas del juego respondan a los objetivos que podríamos resumir en lo que Nancy Fraser llama “justicia de género”. Y eso implica no simplemente que haya una presencia paritaria de mujeres y hombres en el poder sino también, y sobre todo, que unas y otros dejen de usarlo de acuerdo con los parámetros masculinos y con la visión androcéntrica que acaba reduciendo a la igualdad a una cuestión de mera asimilación.  Lo contrario nos llevaría al absurdo de, por ejemplo, valorar positivamente los liderazgos de Marie Le Pen o Angela Merkel simplemente por el hecho de ser mujeres. No se trata, como diría Susan Sarandon, de votar solo con la vagina sino de confiar en quienes  luchan por subvertir un juego cuyo manual de instrucciones ya no nos sirve.  El reto, insisto, muy especialmente para la izquierda, no es solo que haya más mujeres ejerciendo el poder, sino que haya cada vez más mujeres capaces de situar  la agenda feminista como prioridad absoluta e innegociable.

Esa es, o debería ser, una de las grandes cuestiones que deberían estar planteándose en el seno de un PSOE que, sin embargo, parece más pendiente de los liderazgos personalistas y de la cultura de trincheras que del objetivo de ser en el siglo XXI el partido que más y mejor se comprometa con la igualdad de mujeres y hombres. Lo cual supone, insisto, plantarle cara al liberalismo salvaje, a las reglas patriarcales que siguen dominando lo público y a la falsa creencia de que la simple presencia de una mujer en el poder es capaz de darle la vuelta a un mundo hecho a imagen y semejanza de los varones y de quienes, con independencia de su sexo, son cómplices del sistema. Mucho me temo que si el partido no asume como principal bandera esta lucha continuará sumando argumentos para situarse en la irrelevancia.

Publicado en THE HUFFINGTON POST, (16 de mayo de 2017)I
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/es-la-hora-del-feminismo-para-el-psoe_a_22081089/?utm_hp_ref=es-homepage

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¿ES LA HORA DEL FEMINISMO PARA EL PSOE?

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Siempre he pensado que la tarea esencial del feminismo no ha sido ni es coser las prendas rotas o remendar las vestimentas deterioradas. Eso es más bien lo que les ha tocado  hacer a las mujeres en el reparto de funciones mediante el que el patriarcado ha consolidado el dominio masculino.  Es decir, mientras que nosotros luchábamos por la patria, ellas cosían las banderas. Las teóricas y activistas feministas, de las que continúo aprendiendo cada día, y que me obligan permanentemente a revisar mi posición privilegiada y los paradigmas que siempre me beneficiaron como varón, me han enseñado que el objetivo del feminismo es diseñar otro patrón y poner las bases de otro tipo de pacto. Es decir,  no asumir el traje masculino y ajustarlo para que le siente bien a ellas sino articular, desde la teoría y la praxis, un nuevo modelo de subjetividades y de relaciones entre ellas que haga posible de una vez por todas la equivalencia política de los géneros.

Ese ambicioso horizonte supone someter a un proceso crítico y a una posterior reconstrucción todas las estructuras de poder que durante siglos han condicionado el estatuto político de la mitad femenina. Un proceso que en este momento supone nada más y nada menos que combatir las profundas desigualdades que genera la perversa alianza entre neoliberalismo y patriarcado. Este debería ser, sin duda, el principal reto que asumiera una izquierda desnortada y que parece no tener muy claro que lo que daría sentido a su proyecto sería convertir en central lo que la política neoliberal insiste en mantener en la periferia. De ahí la necesidad de que el feminismo, que es sin duda la propuesta teórica y emancipadora más revolucionaria que podamos imaginar, se convierta en el eje principal de unas fuerzas políticas que andan a la deriva, entre otras cosas, porque han sido incapaces de asumir que el eje de la igualdad de género debe ser la palanca que haga saltar por los aires todos los aparatos de poder que continúan sosteniendo al depredador masculino. Un depredador que, no lo olvidemos, también siempre ha habitado en la izquierda y al que, por supuesto, también imitan muchas mujeres que entienden que la única manera de alcanzar y ejercer el poder es reproducir los patrones de conducta de sus colegas varones.

Por todo ello, pienso que, a diferencia de lo que una de las candidaturas a la secretaría del PSOE ha bautizado como “La hora de las mujeres”,  lo que el socialismo debería asumir de una vez por todas es que esta debería ser la hora del feminismo. Lo cual pasa por revisar no solo quién ocupa el poder sino también cómo lo ejerce y de acuerdo con qué prioridades. Ello no supone exigir a las mujeres un plus de méritos políticos y morales, ya que tienen el derecho fundamental a ser como mínimo igual de malas que nosotros, pero sí, cuando está en juego todo un proyecto político, exigir que las reglas del juego respondan a los objetivos que podríamos resumir en lo que Nancy Fraser llama “justicia de género”. Y eso implica no simplemente que haya una presencia paritaria de mujeres y hombres en el poder sino también, y sobre todo, que unas y otros dejen de usarlo de acuerdo con los parámetros masculinos y con la visión androcéntrica que acaba reduciendo a la igualdad a una cuestión de mera asimilación.  Lo contrario nos llevaría al absurdo de, por ejemplo, valorar positivamente los liderazgos de Marie Le Pen o Angela Merkel simplemente por el hecho de ser mujeres. No se trata, como diría Susan Sarandon, de votar solo con la vagina sino de confiar en quienes  luchan por subvertir un juego cuyo manual de instrucciones ya no nos sirve.  El reto, insisto, muy especialmente para la izquierda, no es solo que haya más mujeres ejerciendo el poder, sino que haya cada vez más mujeres capaces de situar  la agenda feminista como prioridad absoluta e innegociable.

Esa es, o debería ser, una de las grandes cuestiones que deberían estar planteándose en el seno de un PSOE que, sin embargo, parece más pendiente de los liderazgos personalistas y de la cultura de trincheras que del objetivo de ser en el siglo XXI el partido que más y mejor se comprometa con la igualdad de mujeres y hombres. Lo cual supone, insisto, plantarle cara al liberalismo salvaje, a las reglas patriarcales que siguen dominando lo público y a la falsa creencia de que la simple presencia de una mujer en el poder es capaz de darle la vuelta a un mundo hecho a imagen y semejanza de los varones y de quienes, con independencia de su sexo, son cómplices del sistema. Mucho me temo que si el partido no asume como principal bandera esta lucha continuará sumando argumentos para situarse en la irrelevancia.

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TÚ NO ERES COMO OTRAS MADRES

Aunque incluso un periódico como El País sugiere en un inmenso reportaje que el regalo ideal para una madre son cosméticos que le ayuden a no envejecer, y aunque es evidente que el día de hoy es uno más de los muchos que El Corte inglés y similares inventaron  para tener un pretexto con el que seguir explotando a sus trabajadores y trabajadoras, quiero aprovechar este espléndido domingo para alegrarme de que mi madre, además de ser una señora coqueta y a la que le encanta continuar espléndida a sus muchos años, nunca ha dejado de alimentar su mente y de mostrar curiosidad por otros mundos que no son el suyo. Si algo he heredado de ella, además de esos ojos glotones, es su pasión lectora. No en vano me cuenta que cuando estaba embarazada de mí, leía novelas mientras estaba en la cocina preparando la comida. Mi madre es una de esas mujeres que demuestran que ser lector/a es convertirse en un sujeto para el que la vida crece más a lo ancho que hacia adelante. Solo lamento que le tocara crecer en un contexto en el que pesaba más el “cásate y sé sumisa” que la búsqueda de “una habitación propia”.

Afortunadamente tiene, tenemos, los libros que seguimos compartiendo y debatiendo para superar todas las barreras y para convertirnos en sujetos empoderados. Esas páginas que nos nutren desde nuestras diferencias y que nos permiten compartir un paraíso común aunque nos separen algunas convicciones y miradas.  Por todo ello, en este día de la madre en el que muchas recibirán perfumes o cremas antiarrugas, yo regalo simbólicamente a la mía y a todas las madres del planeta una novela, Tú no eres como otras madres,  que casi podríamos decir que es la antítesis de lo que nos venden el primer domingo de mayo. Ojalá muchas madres la lean y empiezan a darse cuenta que el secreto para ser una buena madre está precisamente en no ser como los demás te dicen que debes ser. En ser una mujer que lee y que, por tanto, es peligrosa para quienes temen que pueda convertirse en un “cuerpo vivido” y deje de ser un cuerpo para satisfacer los deseos y necesidades de los demás.
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TÚ NO ERES COMO OTRAS MADRES

Aunque incluso un periódico como El País sugiere en un inmenso reportaje que el regalo ideal para una madre son cosméticos que le ayuden a no envejecer, y aunque es evidente que el día de hoy es uno más de los muchos que El Corte inglés y similares inventaron  para tener un pretexto con el que seguir explotando a sus trabajadores y trabajadoras, quiero aprovechar este espléndido domingo para alegrarme de que mi madre, además de ser una señora coqueta y a la que le encanta continuar espléndida a sus muchos años, nunca ha dejado de alimentar su mente y de mostrar curiosidad por otros mundos que no son el suyo. Si algo he heredado de ella, además de esos ojos glotones, es su pasión lectora. No en vano me cuenta que cuando estaba embarazada de mí, leía novelas mientras estaba en la cocina preparando la comida. Mi madre es una de esas mujeres que demuestran que ser lector/a es convertirse en un sujeto para el que la vida crece más a lo ancho que hacia adelante. Solo lamento que le tocara crecer en un contexto en el que pesaba más el “cásate y sé sumisa” que la búsqueda de “una habitación propia”.

Afortunadamente tiene, tenemos, los libros que seguimos compartiendo y debatiendo para superar todas las barreras y para convertirnos en sujetos empoderados. Esas páginas que nos nutren desde nuestras diferencias y que nos permiten compartir un paraíso común aunque nos separen algunas convicciones y miradas.  Por todo ello, en este día de la madre en el que muchas recibirán perfumes o cremas antiarrugas, yo regalo simbólicamente a la mía y a todas las madres del planeta una novela, Tú no eres como otras madres,  que casi podríamos decir que es la antítesis de lo que nos venden el primer domingo de mayo. Ojalá muchas madres la lean y empiezan a darse cuenta que el secreto para ser una buena madre está precisamente en no ser como los demás te dicen que debes ser. En ser una mujer que lee y que, por tanto, es peligrosa para quienes temen que pueda convertirse en un “cuerpo vivido” y deje de ser un cuerpo para satisfacer los deseos y necesidades de los demás.
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CRISTINA, MANUELA Y PACA

En un país como el nuestro en el que tener un trabajo ya no garantiza no ser pobre, y en el que las mujeres continúan siendo las más vulnerables en un mercado laboral que no entiende de dignidad, es más necesario que nunca hacer un ejercicio de memoria que reconozca la lucha de todas esas ciudadanas que siempre tuvieron claro que es imposible la democracia sin la efectiva garantía de los derechos de los trabajadores y las trabajadoras. En un país tan desmemoriado como el nuestro, y en el que la memoria continúa teniendo un marcado sesgo androcéntrico, es urgente que recuperemos el hilo de todas esas mujeres, pioneras en tantos frentes, que continúan ausentes en los libros de texto.
En un día como hoy, en el que deberíamos recordar como las medidas de austeridad adoptadas con el pretexto de la crisis están provocando una imparable feminización de la pobreza, nos podría servir como referente y como impulso la trayectoria de tres mujeres que fueron y son esenciales en la construcción de nuestra imperfecta pero bendita democracia. Tres mujeres tan distintas entre sí pero tan iguales en su compromiso social y político como fueron y son Paca Sauquillo, Manuela Carmena y Cristina Almeida. Justo cuando se acaban de conmemorar los 40 años del atentado de Atocha, se ha publicado un hermoso y necesario libro en el que se nos cuentan sus dilatadas militancias a favor de los derechos laborales, de la igualdad de mujeres y hombres o de la gestión pacífica de los conflictos. El libro, que se lee con la facilidad de un relato periodístico y con la emoción de una novela pegada a la vida, supone un hermoso ejercicio de reconocimiento y memoria que todas y todos deberíamos leer para tener claro de dónde venimos, cuánto costó alcanzar determinadas conquistas y, lo más importante, cómo de frágiles son los derechos que solemos contemplar como irreversibles. Cristina, Manuela y Paca nos muestra el duro camino recorrido por unas mujeres que fueron pioneras en los ámbitos judicial y político, que tuvieron que enfrentarse no solo a las estructuras de poder de la dictadura sino también a las transversales del patriarcado, y que en todo momento fueron fieles, y así continúan siéndolo hoy, a sus convicciones.
Las tres, que como suele pasar en la historia contada por y para los hombres han estado ausentes en la mayor parte de los relatos que hemos construido sobre la transición, representan todo un ejemplo de lucha por la democracia, la libertad y la igualdad. Y, sobre todo, son un claro ejemplo de entendimiento del Derecho como herramienta de protección de las y los más débiles, como instrumento de acción política que permite poner dique a los apetitos de los poderosos, como pasaporte al fin hacia un mundo presidido por la justicia social. Algo que las tres aprendieron en las calles porque, como ha escrito Carmena, “no se puede tener una idea clara de lo que es el derecho si antes las personas no están en contacto con la injusticia”. Las tres son pues un ejemplo ético a reivindicar en estos años de ceguera moral.
Las historias de estas tres mujeres a pie de barrio, que tuvieron que vérselas en muchos casos con compañeros de lucha política tremendamente machistas y hasta misóginos, deberían ser una lección obligatoria de Educación para la Ciudadanía. Justo ahora cuando nuestras certezas son más evanescentes que nunca, y cuando los derechos económicos, sociales y culturales son pisoteados por la sacrosanta libertad. Saberse cómplice de estas “tres vidas cruzadas, entre la justicia y el compromiso” podría ser el punto de partida para tomar conciencia de la responsabilidad de todas y todos frente a las injusticias que genera la suma de patriarcado y capitalismo. Todas y todos de la mano de la voluntariosa Paca, de la comprometida Cristina y de la siempre innovadora Manuela.
Las fronteras indecisas, Diario Córdoba, 1 de mayo de 2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/cristina-manuela-paca_1143596.html
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CRISTINA, MANUELA Y PACA

En un país como el nuestro en el que tener un trabajo ya no garantiza no ser pobre, y en el que las mujeres continúan siendo las más vulnerables en un mercado laboral que no entiende de dignidad, es más necesario que nunca hacer un ejercicio de memoria que reconozca la lucha de todas esas ciudadanas que siempre tuvieron claro que es imposible la democracia sin la efectiva garantía de los derechos de los trabajadores y las trabajadoras. En un país tan desmemoriado como el nuestro, y en el que la memoria continúa teniendo un marcado sesgo androcéntrico, es urgente que recuperemos el hilo de todas esas mujeres, pioneras en tantos frentes, que continúan ausentes en los libros de texto.
En un día como hoy, en el que deberíamos recordar como las medidas de austeridad adoptadas con el pretexto de la crisis están provocando una imparable feminización de la pobreza, nos podría servir como referente y como impulso la trayectoria de tres mujeres que fueron y son esenciales en la construcción de nuestra imperfecta pero bendita democracia. Tres mujeres tan distintas entre sí pero tan iguales en su compromiso social y político como fueron y son Paca Sauquillo, Manuela Carmena y Cristina Almeida. Justo cuando se acaban de conmemorar los 40 años del atentado de Atocha, se ha publicado un hermoso y necesario libro en el que se nos cuentan sus dilatadas militancias a favor de los derechos laborales, de la igualdad de mujeres y hombres o de la gestión pacífica de los conflictos. El libro, que se lee con la facilidad de un relato periodístico y con la emoción de una novela pegada a la vida, supone un hermoso ejercicio de reconocimiento y memoria que todas y todos deberíamos leer para tener claro de dónde venimos, cuánto costó alcanzar determinadas conquistas y, lo más importante, cómo de frágiles son los derechos que solemos contemplar como irreversibles. Cristina, Manuela y Paca nos muestra el duro camino recorrido por unas mujeres que fueron pioneras en los ámbitos judicial y político, que tuvieron que enfrentarse no solo a las estructuras de poder de la dictadura sino también a las transversales del patriarcado, y que en todo momento fueron fieles, y así continúan siéndolo hoy, a sus convicciones.
Las tres, que como suele pasar en la historia contada por y para los hombres han estado ausentes en la mayor parte de los relatos que hemos construido sobre la transición, representan todo un ejemplo de lucha por la democracia, la libertad y la igualdad. Y, sobre todo, son un claro ejemplo de entendimiento del Derecho como herramienta de protección de las y los más débiles, como instrumento de acción política que permite poner dique a los apetitos de los poderosos, como pasaporte al fin hacia un mundo presidido por la justicia social. Algo que las tres aprendieron en las calles porque, como ha escrito Carmena, “no se puede tener una idea clara de lo que es el derecho si antes las personas no están en contacto con la injusticia”. Las tres son pues un ejemplo ético a reivindicar en estos años de ceguera moral.
Las historias de estas tres mujeres a pie de barrio, que tuvieron que vérselas en muchos casos con compañeros de lucha política tremendamente machistas y hasta misóginos, deberían ser una lección obligatoria de Educación para la Ciudadanía. Justo ahora cuando nuestras certezas son más evanescentes que nunca, y cuando los derechos económicos, sociales y culturales son pisoteados por la sacrosanta libertad. Saberse cómplice de estas “tres vidas cruzadas, entre la justicia y el compromiso” podría ser el punto de partida para tomar conciencia de la responsabilidad de todas y todos frente a las injusticias que genera la suma de patriarcado y capitalismo. Todas y todos de la mano de la voluntariosa Paca, de la comprometida Cristina y de la siempre innovadora Manuela.
Las fronteras indecisas, Diario Córdoba, 1 de mayo de 2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/cristina-manuela-paca_1143596.html
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DE HOMBRES HERIDOS Y PERDONES QUE SALVAN

Hacía tiempo que no veía una película tan formalmente exquisita y tan equilibrada desde el punto de vista narrativo como la última del siempre interesante François Ozon. Más allá de sus virtudes formales, empezando por un blanco y negro tan poético que solo se vuelve color cuando se evoca al ausente, Frantz es un bellísimo alegato contra los horrores de la guerra. El director francés, inspirándose de lejos en la obra  antibelicista de Rostand titulada Remordimiento, nos regala un cuidadísimo relato sobre la dificultad y la necesidad del perdón. Sobre la complejidad moral que supone cerrar las heridas que en el alma dejan los disparos y la sangre.  

La historia de Adrian, el soldado francés que deja flores en la tumba sin cadáver de un alemán muerto en la primera guerra mundial, el Frantz del título, es también una recreación de cómo el patriarcado y la patria se alían a través de las fratrías viriles creando enemigos y odios, y de cómo las mujeres acaban siendo las más sufrientes. Las que incluso, como en el caso de la protagonista, hacen de la renuncia el sentido de su vida y son capaces de crear una ficción que les duele con tal de no generar más dolor en quienes las rodean. El personaje de Adrián – frágil, sensible, dolorosamente herido – es al fin la viva imagen de una masculinidad disidente, que se rebela contra los mandatos que le hicieron ser un hombre de verdad. En este sentido, las sutiles dudas que plantea Ozon sobre una atracción homoerótica entre él y Frantz contribuyen a dibujarnos un mapa de afectos y emciones que escapan de los binomios.

Con un final que es todo un canto a la vida, Frantz tiene el aroma de un clásico y un pulso cinematográfico que uno echa de menos en las pantallas actuales. Es no solo una bella historia pacifista sino también una honda reflexión sobre cómo la ternura puede ser al fin un arma de construcción masiva. 

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DE HOMBRES HERIDOS Y PERDONES QUE SALVAN

Hacía tiempo que no veía una película tan formalmente exquisita y tan equilibrada desde el punto de vista narrativo como la última del siempre interesante François Ozon. Más allá de sus virtudes formales, empezando por un blanco y negro tan poético que solo se vuelve color cuando se evoca al ausente, Frantz es un bellísimo alegato contra los horrores de la guerra. El director francés, inspirándose de lejos en la obra  antibelicista de Rostand titulada Remordimiento, nos regala un cuidadísimo relato sobre la dificultad y la necesidad del perdón. Sobre la complejidad moral que supone cerrar las heridas que en el alma dejan los disparos y la sangre.  

La historia de Adrian, el soldado francés que deja flores en la tumba sin cadáver de un alemán muerto en la primera guerra mundial, el Frantz del título, es también una recreación de cómo el patriarcado y la patria se alían a través de las fratrías viriles creando enemigos y odios, y de cómo las mujeres acaban siendo las más sufrientes. Las que incluso, como en el caso de la protagonista, hacen de la renuncia el sentido de su vida y son capaces de crear una ficción que les duele con tal de no generar más dolor en quienes las rodean. El personaje de Adrián – frágil, sensible, dolorosamente herido – es al fin la viva imagen de una masculinidad disidente, que se rebela contra los mandatos que le hicieron ser un hombre de verdad. En este sentido, las sutiles dudas que plantea Ozon sobre una atracción homoerótica entre él y Frantz contribuyen a dibujarnos un mapa de afectos y emciones que escapan de los binomios.

Con un final que es todo un canto a la vida, Frantz tiene el aroma de un clásico y un pulso cinematográfico que uno echa de menos en las pantallas actuales. Es no solo una bella historia pacifista sino también una honda reflexión sobre cómo la ternura puede ser al fin un arma de construcción masiva. 

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FEUD: LAS MUJERES MAYORES TAMBIÉN EXISTEN

En los últimos años, y desde el punto de la construcción de relatos, las series televisivas se están convirtiendo en un espacio mucho más plural y contemporáneo que el cine. No solo estamos disfrutando en la pequeña pantalla de productos excelentemente manufacturados sino que también tenemos la oportunidad de seguir historias que hacen visibles realidades habitualmente ignoradas por el cine comercial. Algo de lo que saben mucho las mujeres, no solo limitadas en cuanto a su papel protagonista en los oficios cinematográficos y en las mismas películas, sino también en cuanto a la presencia de su mirada sobre la vida y, por tanto, tan ausentes en los imaginarios colectivos. Una situación que se agrava cuando las mujeres llegan a una determinada edad que el mercado neoliberal no considera compatible con las expectativas de negocio. Un negocio que sigue marcado por el control sobre el cuerpo femenino, por la constante sexualización de la mitad de la Humanidad y por la cosificación de quienes solo parecen importar en cuanto objetos que son mirados por hombres.

En este sentido, han sido reiteradas en los últimos tiempos las reivindicaciones de las actrices que cuando superan una determinada frontera de años prácticamente desaparecen o son devaluadas a roles muy secundarios. Algo que no sucede con sus colegas varones que pueden continuar siendo maduros interesantes y galanes con canas. Este terrible drama es precisamente el núcleo de la estupenda serie que en estas semanas emite HBO con el acertado título de FEUD (disputa). En ella no solo asistimos al enfrentamiento de dos grandes del Hollywood clásico, Joan Crawford y Bette Davis durante el rodaje de la mítica Qué fue de Baby Jane, sino que lo que me ha resultado más interesante de esta producción televisiva es el acercamiento al drama que viven dos mujeres que cuando cumplen años son ignoradas por la industria, a las que se les niega una voz propia y que acaban siendo sufrientes esclavas de un orden patriarcal, en aquellos años avalado por los grandes estudios, en el que los varones todopoderosos crean productos en los que ellos desean y ellas son las deseadas. Un dualismo jerárquico en el que lógicamente cotizan poco o nada las arrugas y la experiencia de unas mujeres que en su momento cautivaron al público.
Disfrutar además de las enormes interpretaciones de Jessica Lange, en el papel de Joan, y Susan Sarandon, haciendo de Bette, otras dos grandes actrices maduras a las que el cine parece haber dado la espalda, es razón más que suficiente para no perderse esta disputa que nos alerta sobre la que debería ser una cuestión esencial del feminismo: el espacio y la voz que nuestras sociedades ofrecen a las mujeres cuando el mercado masculino y androcéntrico las expulsa a las afueras. Ese lugar en el que acaban todas las que ya no disponen de un cuerpo capaz de generar los deseos que los varones miramos, admiramos y pagamos. Ese, y no la rivalidad entre mujeres que tanto le gusta alimentar al patriarcado, es el tema central de Feud, una de esas series que ninguna persona cinéfila ni feminista debería perderse. Para continuar aprendiendo qué privilegios hay que desmontar y qué revolución queda por hacer.
PUBLICADO EN LA WEB DE CLÁSICAS Y MODERNAS, 28-4-17:
http://www.clasicasymodernas.org/tv-gafas-violetas-feud/
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FEUD: LAS MUJERES MAYORES TAMBIÉN EXISTEN

En los últimos años, y desde el punto de la construcción de relatos, las series televisivas se están convirtiendo en un espacio mucho más plural y contemporáneo que el cine. No solo estamos disfrutando en la pequeña pantalla de productos excelentemente manufacturados sino que también tenemos la oportunidad de seguir historias que hacen visibles realidades habitualmente ignoradas por el cine comercial. Algo de lo que saben mucho las mujeres, no solo limitadas en cuanto a su papel protagonista en los oficios cinematográficos y en las mismas películas, sino también en cuanto a la presencia de su mirada sobre la vida y, por tanto, tan ausentes en los imaginarios colectivos. Una situación que se agrava cuando las mujeres llegan a una determinada edad que el mercado neoliberal no considera compatible con las expectativas de negocio. Un negocio que sigue marcado por el control sobre el cuerpo femenino, por la constante sexualización de la mitad de la Humanidad y por la cosificación de quienes solo parecen importar en cuanto objetos que son mirados por hombres.

En este sentido, han sido reiteradas en los últimos tiempos las reivindicaciones de las actrices que cuando superan una determinada frontera de años prácticamente desaparecen o son devaluadas a roles muy secundarios. Algo que no sucede con sus colegas varones que pueden continuar siendo maduros interesantes y galanes con canas. Este terrible drama es precisamente el núcleo de la estupenda serie que en estas semanas emite HBO con el acertado título de FEUD (disputa). En ella no solo asistimos al enfrentamiento de dos grandes del Hollywood clásico, Joan Crawford y Bette Davis durante el rodaje de la mítica Qué fue de Baby Jane, sino que lo que me ha resultado más interesante de esta producción televisiva es el acercamiento al drama que viven dos mujeres que cuando cumplen años son ignoradas por la industria, a las que se les niega una voz propia y que acaban siendo sufrientes esclavas de un orden patriarcal, en aquellos años avalado por los grandes estudios, en el que los varones todopoderosos crean productos en los que ellos desean y ellas son las deseadas. Un dualismo jerárquico en el que lógicamente cotizan poco o nada las arrugas y la experiencia de unas mujeres que en su momento cautivaron al público.
Disfrutar además de las enormes interpretaciones de Jessica Lange, en el papel de Joan, y Susan Sarandon, haciendo de Bette, otras dos grandes actrices maduras a las que el cine parece haber dado la espalda, es razón más que suficiente para no perderse esta disputa que nos alerta sobre la que debería ser una cuestión esencial del feminismo: el espacio y la voz que nuestras sociedades ofrecen a las mujeres cuando el mercado masculino y androcéntrico las expulsa a las afueras. Ese lugar en el que acaban todas las que ya no disponen de un cuerpo capaz de generar los deseos que los varones miramos, admiramos y pagamos. Ese, y no la rivalidad entre mujeres que tanto le gusta alimentar al patriarcado, es el tema central de Feud, una de esas series que ninguna persona cinéfila ni feminista debería perderse. Para continuar aprendiendo qué privilegios hay que desmontar y qué revolución queda por hacer.
PUBLICADO EN LA WEB DE CLÁSICAS Y MODERNAS, 28-4-17:
http://www.clasicasymodernas.org/tv-gafas-violetas-feud/
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BIG LITTLE LIES: SORORIDAD VS. VIOLENCIA MACHISTA

Hace ya algunos años que las series de televisión se han convertido en un espacio de construcción de relatos contemporáneos mucho más impactantes, y veraces, que los que nos ofrece en general una gran pantalla esclava de los dictados de las palomitas. Cuesta encontrar en el cine actual películas que hayan abordado por ejemplo cuestiones tan llenas de aristas como la masculinidad hegemónica —Mad men— , las plurales identidades de género —Transparent— o las dificultades que las mujeres siguen teniendo para ejercer el poder —Borgen—.
La pequeña pantalla está ofreciéndonos en la actualidad no solo productos impecables en cuanto a su manufactura, sino también en cuanto a su capacidad de adentrarse en aspectos esenciales de las subjetividades del siglo XXI. En este sentido, también las mujeres, con tantas dificultades para tener una presencia similar a la de los hombres en el cine y para ofrecernos su mirada sobre el mundo, están encontrando en las series un lugar en el que no parecen regir, al menos con la misma intensidad, las reglas patriarcales de la gran pantalla y en el que por tanto no solo pueden tener el protagonismo que les niega el cine sino también la oportunidad de contarnos otras historias.
Un magnífico ejemplo de esta “revolución” femenina es la recientemente emitida por HBO Big Little lies. Una serie que ha sido posible gracias al empeño de Nicole Kidman, que además de productora es una de las protagonistas, y que ha dirigido con su habitual buen pulso el canadiense Jean-Marc Vallée, del que nunca olvidaré su hermosísima Crazy (2005). Uno de los grandes méritos de esta miniserie no es solo el rotundo protagonismo femenino, hasta el punto de que los personajes masculinos son secundarios y en algún caso hasta accesorios, sino su valentía al mostrarnos buena parte de las servidumbres que las mujeres aparentemente autónomas del siglo XXI continúan sufriendo, en especial la violencia machista que sacude la vida de tantas como la expresión más brutal de desigualdad.
Las protagonistas de la serie, que viven en un lugar paradisíaco y a las que vemos con recursos materiales más que suficientes para tener una vida “feliz”, son todas, en mayor o menor medida, prisioneras de un sistema sexo/género que las sigue colocando en una posición devaluada. Unas mujeres que continúan teniendo dificultades para armonizar su vida familiar con la profesional (entre otras cosas porque esa responsabilidad recae más sobre ellas que sobre los padres de sus criaturas), que viven con angustia las obligaciones que genera la maternidad, que están encorsetadas entre un permanente sentimiento de culpa y una vigilancia social que es mucho más cruel sobre ellas que sobre sus parejas, que parecen siempre insatisfechas con el proyecto de vida que finalmente están realizando. Todo ello las hace, a pesar de su probada inteligencia y de la brillantez que les dejan demostrar en ocasiones, más vulnerables que sus compañeros, a los que vemos disfrutar de los privilegios en los que han sido educados y que continúan asumiendo como algo natural.
Pero junto a todos esos elementos, y muchos otros que tienen que ver con eso que tan acertadamente sentenciara Tolstoi de que “todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, el mayor mérito de Big Little Lies es el tratamiento que ofrece de la violencia de género a través del drama que vive Celeste (Nicole Kidman) en su matrimonio. Ella y el bellísimo Perry (Alexander Skarsgärd) constituyen el prototipo de los protagonistas de un cuento de hadas. Son la expresión extrema de la belleza, la elegancia, la perfección y la felicidad tanto material —la espléndida casa en la que viven— como emocional —esos hijos que parecen sacados de un catálogo de moda infantil—. Son la traducción contemporánea del príncipe y la princesa de cualquier producción Disney, es decir, la expresión más depurada de todos y cada uno de los mitos del amor romántico y la representación más evidente de cómo los mandatos heteropatriarcales continúan haciendo de la familia tradicional el paraíso soñado.
Pero tras esa envidiable fachada, como por desgracia es habitual en tantas parejas, habita un predador masculino que entiende el amor como dominio y una esclava de su señor que incluso justifica la violencia ejercida sobre ella en nombre de la pasión. La serie nos va mostrando cómo nunca antes, que yo recuerde, lo había hecho un producto televisivo todas las fases de la violencia de género, las múltiples estrategias de las que se sirve el maltratador y la espiral de auto-engaño y de pérdida de autoestima de la que parece no poder ni querer salir la que permanentemente está maquillándose los moratones.
Además, vemos también como esa violencia que tiene como principal víctima a la mujer genera otras víctimas (en este caso, los hijos) y cómo sin ayuda especializada y externa es prácticamente imposible salir de un laberinto en el que las cicatrices cada día son más difíciles de cerrar. Por todo ello, Big Little Liesdebería ser de visión obligatoria para todos los hombres que aún no tienen muy clara la conexión que existe entre patriarcado-amor romántico- violencia y para todas las mujeres que necesitan una mano que tire de ellas antes de que acaben absolutamente hundidas en el fango de relaciones tóxicas que les roban su autonomía.
Afortunadamente, y no haré ningún spoiler, el final de la serie no es tan terrible como el que con tanta frecuencia nos recuerdan los telediarios. Por el contrario, no podía haber un final más positivo y esperanzado que el que nos regala, y en el que frente a la omnipotencia masculina triunfa la sororidad femenina. Un último capítulo que incluso nos muestra un epílogo que nos permite soñar con una playa en la que al fin las mujeres se han liberado de la terrible carga de ser dependientes de los hombres, como si todas las protagonistas hubieran aprehendido la teoría del “continuum lesbiano” de Adrienne Rich.
Un final radicalmente feminista que a su vez nos demuestra lo necesitados que estamos de “otros” relatos, es decir, de historias que den voz y autoridad a la mitad que siempre tuvo un lugar secundario en el imaginario hecho a imagen y semejanza de quienes por los siglos de los siglos hemos tenido el poder.
Publicado en BLOG MUJERES de EL PAÍS, 19-4-2017:
http://elpais.com/elpais/2017/04/19/mujeres/1492597516_087025.html
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BIG LITTLE LIES: SORORIDAD VS. VIOLENCIA MACHISTA

Hace ya algunos años que las series de televisión se han convertido en un espacio de construcción de relatos contemporáneos mucho más impactantes, y veraces, que los que nos ofrece en general una gran pantalla esclava de los dictados de las palomitas. Cuesta encontrar en el cine actual películas que hayan abordado por ejemplo cuestiones tan llenas de aristas como la masculinidad hegemónica —Mad men— , las plurales identidades de género —Transparent— o las dificultades que las mujeres siguen teniendo para ejercer el poder —Borgen—.
La pequeña pantalla está ofreciéndonos en la actualidad no solo productos impecables en cuanto a su manufactura, sino también en cuanto a su capacidad de adentrarse en aspectos esenciales de las subjetividades del siglo XXI. En este sentido, también las mujeres, con tantas dificultades para tener una presencia similar a la de los hombres en el cine y para ofrecernos su mirada sobre el mundo, están encontrando en las series un lugar en el que no parecen regir, al menos con la misma intensidad, las reglas patriarcales de la gran pantalla y en el que por tanto no solo pueden tener el protagonismo que les niega el cine sino también la oportunidad de contarnos otras historias.
Un magnífico ejemplo de esta “revolución” femenina es la recientemente emitida por HBO Big Little lies. Una serie que ha sido posible gracias al empeño de Nicole Kidman, que además de productora es una de las protagonistas, y que ha dirigido con su habitual buen pulso el canadiense Jean-Marc Vallée, del que nunca olvidaré su hermosísima Crazy (2005). Uno de los grandes méritos de esta miniserie no es solo el rotundo protagonismo femenino, hasta el punto de que los personajes masculinos son secundarios y en algún caso hasta accesorios, sino su valentía al mostrarnos buena parte de las servidumbres que las mujeres aparentemente autónomas del siglo XXI continúan sufriendo, en especial la violencia machista que sacude la vida de tantas como la expresión más brutal de desigualdad.
Las protagonistas de la serie, que viven en un lugar paradisíaco y a las que vemos con recursos materiales más que suficientes para tener una vida “feliz”, son todas, en mayor o menor medida, prisioneras de un sistema sexo/género que las sigue colocando en una posición devaluada. Unas mujeres que continúan teniendo dificultades para armonizar su vida familiar con la profesional (entre otras cosas porque esa responsabilidad recae más sobre ellas que sobre los padres de sus criaturas), que viven con angustia las obligaciones que genera la maternidad, que están encorsetadas entre un permanente sentimiento de culpa y una vigilancia social que es mucho más cruel sobre ellas que sobre sus parejas, que parecen siempre insatisfechas con el proyecto de vida que finalmente están realizando. Todo ello las hace, a pesar de su probada inteligencia y de la brillantez que les dejan demostrar en ocasiones, más vulnerables que sus compañeros, a los que vemos disfrutar de los privilegios en los que han sido educados y que continúan asumiendo como algo natural.
Pero junto a todos esos elementos, y muchos otros que tienen que ver con eso que tan acertadamente sentenciara Tolstoi de que “todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, el mayor mérito de Big Little Lies es el tratamiento que ofrece de la violencia de género a través del drama que vive Celeste (Nicole Kidman) en su matrimonio. Ella y el bellísimo Perry (Alexander Skarsgärd) constituyen el prototipo de los protagonistas de un cuento de hadas. Son la expresión extrema de la belleza, la elegancia, la perfección y la felicidad tanto material —la espléndida casa en la que viven— como emocional —esos hijos que parecen sacados de un catálogo de moda infantil—. Son la traducción contemporánea del príncipe y la princesa de cualquier producción Disney, es decir, la expresión más depurada de todos y cada uno de los mitos del amor romántico y la representación más evidente de cómo los mandatos heteropatriarcales continúan haciendo de la familia tradicional el paraíso soñado.
Pero tras esa envidiable fachada, como por desgracia es habitual en tantas parejas, habita un predador masculino que entiende el amor como dominio y una esclava de su señor que incluso justifica la violencia ejercida sobre ella en nombre de la pasión. La serie nos va mostrando cómo nunca antes, que yo recuerde, lo había hecho un producto televisivo todas las fases de la violencia de género, las múltiples estrategias de las que se sirve el maltratador y la espiral de auto-engaño y de pérdida de autoestima de la que parece no poder ni querer salir la que permanentemente está maquillándose los moratones.
Además, vemos también como esa violencia que tiene como principal víctima a la mujer genera otras víctimas (en este caso, los hijos) y cómo sin ayuda especializada y externa es prácticamente imposible salir de un laberinto en el que las cicatrices cada día son más difíciles de cerrar. Por todo ello, Big Little Liesdebería ser de visión obligatoria para todos los hombres que aún no tienen muy clara la conexión que existe entre patriarcado-amor romántico- violencia y para todas las mujeres que necesitan una mano que tire de ellas antes de que acaben absolutamente hundidas en el fango de relaciones tóxicas que les roban su autonomía.
Afortunadamente, y no haré ningún spoiler, el final de la serie no es tan terrible como el que con tanta frecuencia nos recuerdan los telediarios. Por el contrario, no podía haber un final más positivo y esperanzado que el que nos regala, y en el que frente a la omnipotencia masculina triunfa la sororidad femenina. Un último capítulo que incluso nos muestra un epílogo que nos permite soñar con una playa en la que al fin las mujeres se han liberado de la terrible carga de ser dependientes de los hombres, como si todas las protagonistas hubieran aprehendido la teoría del “continuum lesbiano” de Adrienne Rich.
Un final radicalmente feminista que a su vez nos demuestra lo necesitados que estamos de “otros” relatos, es decir, de historias que den voz y autoridad a la mitad que siempre tuvo un lugar secundario en el imaginario hecho a imagen y semejanza de quienes por los siglos de los siglos hemos tenido el poder.
Publicado en BLOG MUJERES de EL PAÍS, 19-4-2017:
http://elpais.com/elpais/2017/04/19/mujeres/1492597516_087025.html
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