Yo quiero ser un buen padre

Este día 28/31 Javier de Domingo ( @javidedomingo ) ha querido compartir con nosotrxs ¡Yo quiero ser un buen padre!

Toda una declaración de intenciones y su hoja de ruta.

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Yo quiero ser un buen padre

por Javier de Domingo


Yo quiero ser un buen padre ¿Y quién no?

Cuando supe que iba a ser padre por primera vez hace 10 años pensé “voy a hacer lo que haga falta”. Supongo que como todos. Claro.

Luego vino definir ese “lo que haga falta”. Ahí se complicó la cosa.

¿Qué sabía yo de paternidad? Poco y desde un lugar muy confundido.

Como psicólogo mucha gente espera (y uno mismo también) que algo de idea sobre paternidad se ha de tener.

Pues no.

En la facultad de psicología, de paternidad se habla poco por no decir casi nada. Al menos desde la perspectiva de la salud.

De lo que sí abunda ahí fuera son los textos en redes de como la fastidiamos los hombres en nuestro periplo hacia la paternidad. Cada vez es más frecuente ver la burbuja virtual ridiculizando e infantilizando al hombre ya sea por acción u omisión y así los entornos se encargan de estigmatizarnos como desastres absolutos. Siempre hay honrosas excepciones pero mirarnos así es desalentador. Y se convierte en un problema en sí mismo.

No es constructivo.

No es pedagógico.

No invita al cambio.

No incita a otros hombres a dar los pasos que debemos dar para ser los padres que hubiésemos deseado tener. Tal vez más amorosos, más presentes, más sensibles, más colaboradores, mejor informados, más corresponsables, menos subyugadores y autoritarios.

Si miramos bibliografía sobre la psicología del padre la búsqueda suele ser rápida pues desde una perspectiva seria hay poco escrito. A nivel académico no encuentro nada. Abundan más los textos en clave de humor o con tintes culpógenos hacia el varón. No ayuda.

Creo que cualquiera coincidirá que así no es bueno comenzar la andadura de un proyecto vital y transformador con el que muchos soñamos. Desinformados y por tanto deformados en el saber adecuado para paternar.

Oigo a muchos padres hablar de seguir el instinto pero hay que ver cómo anda ése de influencia de miedos propios y ajenos interiorizados por los impactos de la vida.

¿Y qué hacer?

Lo más obvio pienso que es buscar ejemplos válidos en una suerte de topar con alguna guía que tenga sentido.

No hay muchas guías. Fiables al menos.

Un primer paso puede ser desde la paternidad recibida por uno mismo o la de la gente que te ha rodeado en tu camino. Es decir, viendo como han sido otros padres nos podemos hacer una idea de cómo ser padre o de cómo no nos gustaría serlo.

Qué de veces oímos eso de “yo esto lo haré muy diferente a como lo hizo mi padre”.

Un segundo paso es buscar en la pareja.

Me gusta definir la relación de pareja como un acuerdo de solidaridad. Así ha de ser. Un encuentro de dos. Un proyecto de a dos. Sin subordinaciones, sin miedo, en amor, con empatía, comprendiendo la idiosincrasia de cada uno, en colaboración, no en competición ni en usurpación ni en exilios. El hombre ha tendido a exiliarse y por ende también se le exilia. Huevo o gallina, da igual el orden. Importa el polluelo.

Miremos pues a la pareja.

A priori a lo mejor está igual de pez que tú pero al menos en su experiencia vital de llevar vuestro bebé tiene información de primera mano. Aquí hay posibilidad de enganchase a lo que sucede a nivel físico, psíquico y emocional tanto en la madre como en el bebé. Podemos sumarnos. Es una buena opción. Tiene sentido.

No olvidemos que es un proyecto de a dos para traer a un tercero. La madre lo lleva y vive en íntima fusión. El padre es ajeno a esa singularidad. Ha de respetarla y para ello ha de comprenderla, jamás usurparla, menos aún estigmatizarla o comerciar con ella (ya sea a nivel emocional, mental o de facto como sucede en algunas maternidades compradas).

El padre como parte del proyecto puede vivirlo como algo que le pasa solo a ella o como algo que les pasa a los dos pues ambos son afectados y la naturaleza es sabia en ésta sincronicidad. El cómo se viva es cosa de cómo se configure esa relación y de cómo hayan decidido informarse en lo que claramente afecta a dos. El bebé siempre preferirá que ambos sepan, que ambos entiendan y que ambos estén a lo que toca estar aunque eso choque con las demandas de adulto.

Hay evidencia científica que demuestra que el cerebro de la madre cambia pero también el del padre. A nivel hormonal hay cambios sustanciales tanto en ellas como en ellos. Cada uno a su manera. Es la naturaleza que modifica al sistema biológico de la familia con lo que la criatura que viene necesita para desarrollarse en salud.

Así que si estamos atentos, seguro que algo nuevo pillamos de cómo vive la madre el nuevo rol de madre y desde allí tradicionalmente algo hemos ido aprendiendo aunque haya sido de manera vicaria.

No hay como mirar a la compañera y aprender de lo que ella y el bebé viven si nos damos el permiso para ello.

Hay libros maravillosos que muestran ejemplos sobre la vida psíquica y emocional dentro del vientre materno. Así que sí, estemos atentos a lo que le sucede en primera persona en su cuerpo, cómo lo interpreta ella y observemos como actúa el entorno que la aconseja o desaconseja esto y lo de más allá. Ahí nos resonaran cosas a favor o en contra y algo se nos moverá dentro.

Eso es información, de un tipo al menos, de la que tal vez implica activación de las memorias propias, de cuando fuimos bebé.

¿Cómo fuimos amados? ¿Cómo fuimos atendidos? ¿Se escuchaba desde nuestro punto de vista de bebés o desde las necesidades impuestas del adulto?, ¿Y nuestras necesidades? ¿Qué sabían de ellas? ¿Cómo se prepararon para cubrirlas? ¿Qué voz escuchaban nuestros padres y madres? ¿Su voz propia? ¿O era la voz ajena? ¿Tendrá algo que ver con cómo lo vivo yo ahora? ¿Hay transparencia psíquica?

Madre mía me parece estar viajando en una máquina del tiempo. Mi yo de hoy en relación a mi yo bebé.

¿Tendrá que ver el cómo me han amado y como me han cuidado en cómo lo hago yo?

¿Y cómo amo yo?

¿Cómo me vinculo?

¿Cómo me acerco?

¿Cómo cuido?

¿Qué se de cuidados?

Revisar mi historial de vínculos y cuidados resultó un ejercicio revelador.

Curioso. Yendo al propio padre y a la pareja es fácil ver lo poco que sabemos del nuevo cargo llamado ser padre. Pero que muy poco. Es más cómo lo viven otros que descubrir por uno mismo lo que puede o tiene sentido que sea.

Pero ¿quién puede saber más de esto?

Los obstetras saben de enfermedad, saben de intervenir en casos cuando pasan según qué escenarios. Y de lo psíquico y lo emocional ¿Cuántas horas se han formado en salud mental y emocional de los bebés? Consulto y me dicen que eso es territorio desconocido. Lo mismo con los pediatras. Se centran en el eje que la medicina ha decidido mirar, lo físico. Mi padre que es médico siempre me habló de la miopía de sus coetáneos con respecto al mundo emocional y psíquico. No tiene sentido, es partir al ser humano.

Pero nuestros hijos e hijas sienten, ya lo creo que sienten y desde muy temprano y no solo sienten sino que recuerdan.

¿Quién entonces? ¿Quién me puede informar de cómo ser padre?

Lo de mirar a tu propio padre y contrastar la paternidad recibida siempre tiene su miga.

Yo a mi padre le quiero. Mucho. Lamentablemente el modelo de paternidad que observaba en mis propias carnes y alrededor mío era un estilo de padres proveedores con sensibilidad parcial hacia las necesidades de los hijos e hijas.

Sí, amor había y ese es un buen comienzo. Sin embargo la traducción de las necesidades del bebé era una traducción sesgada por los usos y hábitos sociales y culturales de la época.

Eso en lo concreto implicaba centrarse en el tener más que en el ser. De éste modo los padres se afanaban por ofrecer productos y servicios más que las experiencias vitales alineadas con el desarrollo evolutivo y natural de cada criatura.

Y aun con la mejor de las intenciones se perpetuaban modelos de crianza y arraigo más propios del mundo del ayer con sus propias influencias no visibilizadas que del mundo de hoy donde en general la sociedad trata de superar y actualizar los modelos de subordinación o de carestía emocional.

Todo padre tiene la intención de hacerlo bien pero ese bien a menudo incorpora elementos que no tienen en cuenta la perspectiva de la pareja y menos aún la del bebé interpretando ambas desde la cultura o socialización dominante.

Creo que venimos de sociedades donde se sobrevivía más que se vivía. La autoridad de la casa exigía hacer una buena interpretación del entorno y los entornos implicaban una manera de ser que si se adoptaba, aparentemente las cosas debían fluir pero si no se comulgaba con lo de fuera había que tener cuidado por la censura social y familiar. Eran tiempos de miedo aunque nos lo cuentan como si fuesen tiempos de respeto.

Sí, había miedo y mucho. A ser algo distinto, a mirar más allá, a profundizar, a hacer preguntas. Los roles de padre y madre tenían una carga social demasiado grande dejando poco espacio para el sentir humano.

Leyendo, estudiando y observando el comportamiento en mi consulta y en la calle apenas he visto modelos de felicidad sanos. Cuando pregunto a un paciente sobre su modelo de felicidad generalmente se remiten más a ese tener en lugar de a ese ser. Y las conductas de paternaje se encuadran en ese tener más que en una manera concreta de ser.

A menudo suelo trabajar con la fórmula de que la felicidad es mucho más que un derecho pues hay quién elije ejercer ese derecho o no ejercerlo. Entiendo la felicidad como una responsabilidad. Eso trato de transmitir a mis dos hijos y a mi hija.

Sí, la felicidad no es un derecho, es una responsabilidad. Y así hay que trabajarla.

Y es en ese ejercicio de ser responsables de nuestra felicidad donde resulta fundamental la revisión biográfica antes de contagiar a nuestros hijos e hijas con los troyanos emocionales y comportamentales con los que les inoculamos sin tomar conciencia de ello.

Por más que miro a mis mayores de detrás veo que no fueron buenos maestros. Hicieron lo que bien pudieron (que no fue poco,) lo que les permitieron, lo que aprendieron, lo que supieron.

Nuestros mayores se entregaron por nosotros, a pecho descubierto pero con la ingenuidad de quién obedece pautas sin cuestionarlas, sin comprenderlas, sin ubicarlas. Está por ver si nosotros les mejoraremos o repetiremos sus errores.

Mi conclusión es que solo hay un camino: el bebé.

El auténtico maestro, el traductor del lenguaje, usos y formas de la maestría en el paternaje ha de ser quién otorga el cargo y ese es el bebé.

Ah, pero queda la cosa de descifrarle porque pensamos que es el centro pero lo hacemos desde la perspectiva del adulto socializado en un sistema de creencias y valores propio que sesga la mirada a la criatura. No, así no.

El bebé desde la óptica del bebé. Y eso es atender a la diada: la fusión del bebé con su madre biológica. Ése es el camino. Ésa es la traducción. Ése es el mapa que decimos que no existe. Observar, sentir, escuchar la configuración biológica que nos hace sobrevivir como especie y eso es un bebé y una madre.

Ésa es la estructura primal que debemos acompañar, amparar, comprender, proteger y nutrir. Cualquier otra configuración son los adultos que se afanan en repetir los errores y así los horrores pasados.

Para ser padre el mapa es y será el bebé. Siempre el bebé. Desde su perspectiva.

Gracias Javier!!

Puedes ver el perfil de Javier en twitter @javidedomingo

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