Presentación de Ludica Mundi

No quería acabar el año sin presentar el proyecto con el que comencé. Fue el día 2 de enero cuando me juntaba con un buen amigo para hablar y soñar un proyecto que conjugara dos elementos que son muy importantes en nuestros momentos vitales: lo lúdico y lo educativo. Ambos pensamos que el juego y la diversión tienen que ser los motores que llevan a los niños a aprender, a desarrollar sus inquietudes, en definitiva, a CRECER. Además, vemos que en el sistema educativo que conocemos, tanto en infantil, en primaria, como en secundaria, hace falta dejar atrás el modelo de aprender conceptos (muchas veces, basado en la memorización) para trabajar un desarrollo mucho más integral de la persona, un aprendizaje que potencie las capacidades y habilidades de cada niño.
Después de muchas reuniones y juegos, con un grupo de personas que llegamos a 15 y finalmente nos quedamos en 4, se hace realidad una parte del proyecto, con la presentación de la página web de Lúdica Mundi (www.ludicamundi.es). Por una parte, arrancamos con un blogdónde iremos contando experiencias y lanzando ideas sobre el juegoy la educación, un tema que nos apasiona y sobre el que queremos investigar, aprender y desarrollar.

A su vez, también hemos creado una tienda on-lineque ofrecerá los juegos de mesa que, después de una gran selección, hemos pensado que son los mejores que podíamos encontrar para empezar. Seguiremos buscando y probando nuevos juegos para ir ampliando esta selección inicial.

Espero que os interese y disfrutéis tanto como nosotros, y que os paséis por el blog para comentar los juegos que os han sorprendido.

Miguel Ángel dijo una vez: “El mayor peligro para la mayoría de nosotros no es que nuestras aspiraciones sean muy altas y las desaprovechemos, sino que son demasiado humildes y las alcanzamos”. Tenemos que aspirar alto y estar decididos a lograrlo.

¡Muchas suerte para el año 2013 que comenzamos!

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Sin dejar de sonreír

Queremos reír, reír y hacer lo que nos manden los instintos.

(Panfleto contra la concepción de la vida en la República de Weimar, Raoul Hausmann)


(Graffiti en una ciudad alemana)







(Canción de la película Annie, John Huston)


Hoy todo debe ser serio, la política en primer lugar, la vida cultural y universitaria en segundo lugar. La adustez ceremonial de los hombres públicos es constatable por doquier; la norma excluye el humor y su correlato: la risa estridente. Los políticos, los hombres de cultura, los intelectuales deben mostrar su consistencia dejando traslucir su seriedad fundante.

(“Espíritu de la pesadez, espíritu de la risa”, Ángel Ganivet; citado por Quico Rivas en “Ciscarse de la risa” – Vacaciones en Polonia nº5)

Cafe frío,

sin dejar de sonreír

Sin azúcar,

sin dejar de sonreír

Agua sucia,

sin dejar, sin dejar de sonreír.


De un solo trago,

y sin dejar, sin dejar de sonreír,

sin dejar de sonreír.


Machacando,

sin dejar de sonreír.

Deshuesando

sin dejar de sonreír.

Con esmero

y sin dejar, sin dejar de sonreír.


Canibalizando,

sin dejar, sin dejar de sonreír,

sin dejar de sonreír.


Serpientes,

sin dejar de sonreír.

Con argucias,

sin dejar de sonreír.

Con veneno,

sin dejar, sin dejar de sonreír.


El domingo por la mañana,

elegante voy a la iglesia.

Con olor a hierro, con olor a sangre,

con olor a carne abierta


El domingo por la mañana,

elegante voy a la iglesia.

Con olor a hierro, con olor a sangre,

con olor a carne abierta.


(Sin dejar de sonreír, Surfin´Bichos)


(César Romero caracterizado como el Joker)

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¡ALFON LIBERTAD!


En Espinardo, los muros lo tienen claro.

COMUNICADO DE LA ASAMBLEA 15M ESPINARDO EXIGIENDO LIBERTAD PARA ALFON

La mañana del 14 de noviembre, Huelga General, Alfonso Fernández Ortega, conocido como Alfon, fue sorprendido por varios hombres que lo llevaron a la fuerza al interior de un coche. De allí lo condujeron a una habitación llena de cerrojos donde le hicieron toda clase de preguntas y le contaron historias fantásticas sobre él mismo. Algunos días después, lo trasladaron a un gran edificio y le dejaron caer encima el terrible peso de cuatro siglas: FIES.
Algunos de los hombres que intervienen en el párrafo anterior llevan uniforme de policía, otros de jueces, es probable que alguno lleve bata blanca de psicólogo, tal vez salga hasta un educador. Todos representan al Estado opresor, perdón por la redundancia, que ha encarcelado a Alfon acusándolo de llevar una mochila con material para fabricar explosivos. En la mochila no se han hallado las huellas de Alfon, que no llevaba guantes en el momento de su detención. El montaje policial para incriminar a Alfon salta a la vista. Es uno más de una larga historia llena de ejemplos (como el de la barcelonesa Laura Gómez, detenida en relación a la anterior Huelga General).
El Estado manda un mensaje a través del encarcelamiento de Alfon. Es un mensaje de matón: Aquí mando yo y no dejaré que me toquéis las pelotas más de lo que me dé la gana. El Estado elige a una persona al azar, la señala con el dedo y deja caer sobre ella todo el poder de su absurdo. Detenido por las razones que ellos precisen, sin necesidad de que se ajusten a la realidad o al marco legal (no se puede, por ejemplo, pedir prisión preventiva por motivos como la “alarma social” y así se ha hecho en el caso de Alfon). El Estado es dueño y señor de nuestras vidas, o eso pretende, y quiere ponerlo de manifiesto con estos actos kafkianos. A esto en la prisión se le llama indefensión aprehendida: te puede pasar lo que sea en el momento que sea sin que tú puedas hacer nada en un sentido o en otro.
El Estado se está cebando con Alfon. La prueba está en que se le haya aplicado la situación de preso FIES (ficheros de internos de especial seguimiento). Se trata de un régimen de aislamiento aplicado a presos relacionados con terrorismo o grandes delitos. Alfon puede llegar a pasar en su celda 23´5 horas al día y solo dispone de media hora para pasear por un patio, posiblemente cerrado en el techo con una reja. Ahora, incluso, se le ha amenazado con el traslado a Canarias. Si bien esto puede parecer una salvajada, desde la lógica del Estado es más que razonable. Al fin y al cabo, para el Estado no hay delincuente más peligroso que aquella persona que desea y actúa por un mundo nuevo.
La crueldad que el Estado está soltando sobre Alfon se extiende, en formas diversas, sobre las personas y colectivos en lucha. Ahí están las palizas policiales, las identificaciones, las multas (que ahora llegan a casa tras una simple identificación visual: que un poli diga que estabas en el sitio que sea es más que suficiente), contradenuncias a los que llevan a juicio a los policías torturadores… Nos quieren en silencio, dóciles, acobardados.
Pensamos en Alfon y se nos vienen a la cabeza las revueltas londinenses del verano de 1780. Una turba de miles de personas, hartas de malvivir, se lanzan a la calle dispuestas a acabar con la esclavitud y los privilegios. Seis de los siete presidios de Londres son destruidos y arden bellamente. Antes, las revueltas son inteligentes, se ha liberado a los prisioneros. No es probable que algo parecido ocurra aquí y ahora y la prisión de Soto del Real, nos tememos, seguirá intacta. En todo caso, acudiremos a la concentración convocada el próximo 28 de diciembre a las siete de la tarde frente a la Delegación del Gobierno (a.k.a. Gobierno Civil) exigiendo LIBERTAD PARA ALFON.
Animamos a todas las personas que lean esto a que difundan la situación de Alfon y se unan a la lucha por su libertad que, al fin y al cabo, también será la nuestra.
¡¡LIBERTAD PARA ALFON!!

¡¡ABAJO LOS MUROS DE TODAS LAS PRISIONES!!

Asamblea 15M Espinardo
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Asaltar los diccionarios

Que las palabras puedan tener efectos mágicos es algo que se puede discutir pero no negar de entrada. Un niño lo sabe bien, le basta con decir en cualquier momento HIJO DE PUTA, CABRÓN o, simplemente, MIERDA  para que todo el mundo le preste atención, buena o mala pero atención al fin y al cabo. Los que ponen bombas confían en la metralla y el fuego pero no pueden evitar acompañarlas de un comunicado. La belleza y la conmoción de los comunicados de la Angry Brigade explotan más que las bombas que pusieron (*). Los que lanzan misiles también recurren a las palabras y se inventan sucias expresiones como “víctimas colaterales”. Sus macabras manipulaciones nunca serán hermosas, alguna maldad será siempre horrible.



Dadá comprendió el poder de las palabras y, especialmente, su sumisión, de ellas, al Poder. Dadá era una fuerza anticivilizatoria que llegó a este mundo para acabar con todo, para ser amigo de todo látigo que azote al hombre sentado. Dadá dijo que era necesario oponerse al arte porque entendió que su engaño era una válvula de escape de seguridad moral. El arte como cómplice del sistema debía ser derruido, al igual que el propio sistema. Y las palabras eran parte esencial del arte.


Así, llevaron a cabo poemas fonéticos como los de Hugo Ball o poemas letristas como los de Raoul Hausmann. 

Del primero:

Gadji beri bimba
plandridi lauli lonni cadori
gadjama bim beri glassala
Glandradi glassla tuffm i zimbrabim
blassa galassasa tuffm i zimbrabim

Del segundo:

KP´    ERI     UM´    LP´    ERIOUM
NM´      PERIII        pernoumum
bpretiberrerrebee onnooooooooooh gplanpouk
komnpout   perikoul
rreeeeeEEEErreeeee      A
oapderre     mglpepadonou   mt    nou
         tnoumt

Con estos poemas sonoros queremos renunciar al lenguaje devastado y vuelto imposible por el periodismo. Deberíamos retirarnos a la alquimia más profunda de la palabra e, incluso, abandonar la palabra, reservando así a la poesía su dominio más sagrado…


Mustapha Khayati, miembro de la Internacional Situacionista y, por tanto, descendiente directo de Dadá, escribió un artículo titulado “Las palabras cautivas, prefacio para un diccionario situacionista” en el que decía cosas como: Cuando el poder economiza el uso de sus armas, es al lenguaje a quien confía la responsabilidad de mantener el orden opresor o La crítica del lenguaje dominante, su desvío, va a convertirse en la práctica permanente de la teoría revolucionaria. También calificaba a nuestros adversarios como los amos del Diccionario.

Para los situacionistas, teoría y práctica eran lo mismo. Dadá reclamó la lucha por la vida cotidiana (¡¡¡DADÁ ESTÁ POR LA PROPIA VIDA DE CADA UNO!!!). Teniendo en cuenta todo esto, además de la máxima dadaísta de que cualquier puede ser dadaísta, propuse dedicar una sesión con el grupo de mujeres con el colaboro una vez a la semana a destruir el diccionario, nuestro pequeño acto de rebeldía cotidiana. Elegimos palabras al azar, palabras raras y jugamos a inventarnos su significado.

Algunos resultados:

Lampo: Interjección que se grita antes de abofetear a alguien. / Campo grande donde la gente va a descargar su furia.

Gnóstico: Persona diplomática y recta.

Rearme: Prenda de ropa interior que se pone el hombre en Nochebuena. / Enredadera gigante.

Azafate: Azafata pequeña.



(*) En los comunicados de la Angry Brigade, nuestra rabia está organizada, se podían leer cosas como: Hermanos y hermanas, ¿cuáles son vuestros deseos reales? ¿Estar sentado en la cafetería, con la mirada distante, vacía, aburrida, bebiendo un café que no sabe a nada… o quizás volarla o pegarle fuego. (Ninguna de sus bombas mataron a nadie: Atacamos la propiedad, no a la gente.)

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Tres paseos psicogeográficos


(En el nº1 de “Internationale Situationiste”, se incluye un artículo titulado “Definiciones”. Ahí se puede leer lo que es la deriva y lo psicogeográfico:

Psicogeográfico. Relativo a la psicogeografía. Lo que manifiesta la acción directa del medio sobre la afectividad.


Deriva. Modo de comportamiento experimental ligado a las condiciones de la sociedad urbana: técnica de paso ininterrumpido a través de ambientes diversos.)


Primer paseo. Estábamos con mi hermana y mis dos sobris y nos fuimos a pasear por el centro de Murcia. Al acercarnos a la Avenida de la Libertad, donde está El Corte Inglés, uno de ellos, se nos empezó a encoger el estómago. Un paseo realizado una y mil veces nos sorprendía con un pellizco de miedo. Algunas sensaciones tienen mala fama y se ocultan pero lo que sentimos, entre otras cosas, fue miedo. Y es que recordamos lo que pasó el día de la última Huelga General y la carga de la policía contra unos pocos compañeros que se habían quedado charlando en la puerta de los malditos grandes almacenes. Por supuesto que había más sentimientos, como rabia, pero el miedo está ahí, lo aceptemos o no. 


En la Avenida de la Libertad hay un efecto psicogeográfico que ya viene siendo un clásico. Cuando la remodelaron, colocaron un par de zonas de juegos infantiles con un rollo muy pijo. Y la gente que va allí cumplen con el papel que se espera de ellos y van vestidos de pijos, se comportan como pijos, hablan como tales. La conciencia de clase nos brota a lo loco cuando estamos en esos parques. Y, en este caso, no es precisamente miedo lo que sentimos.


Segundo paseo. A mediados de diciembre, nos dimos un paseo por Albacete. En este caso practicamos la deriva. Pero no sucedió nada. La ciudad parecía muerta, no transmitía nada. Si hubiera pasado por allí Jack Hawksmoor, el personaje de The Authority que habla con las ciudades, se hubiera muerto de aburrimiento. Tal vez si nos hubiéramos decidido a seguir la ruta de belenes la cosa hubiera sido distinta.



Tercer paseo. Volvíamos de Historietas. Este dato no es banal. Primero porque Historietas mola, my favourite shop, y segundo porque acababa de comprar el último disco de Los Marañones, que también mola. Era el 21 de diciembre, supuesto fin del mundo. Estaba ya oscuro y, de repente, se fue la luz en buena parte de la ciudad. Caminar por la ciudad entre una oscuridad inesperada dispara los efectos psicogeográficos. Los comentarios que se oían eran todos en el mismo sentido: fin del mundo, fin del mundo. Mis sensaciones tuvieron que ser moduladas con cierta calma porque iba con los dos hijos y se agobiaron. Mientras mis hijos se apresuraban por llegar al coche y la gente se acordaba de los mayas, yo imaginaba tantas y tantas posibilidades que ofrece la ciudad a oscuras.

Paris by Night, Asger Jorn


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Martina. A flor de piel.

La vida nos da pocas treguas. El 20 de Noviembre Guzmán tomó su última pastilla y soñábamos con pasar unas navidades tranquilas, en familia, relajadas. Hacíamos nuestros planes para algo tan sencillo o complicado como estar los 4 juntitos, yendo al teatro, viendo las luces por la calle, tragándonos alguna peli navideña… disfrutando de las comidas, las cenas, los amigos, los reyes… 

El pasado 15 de diciembre, en una jornada de puertas abiertas en el colegio de los peques y donde Eva es maestra, un lamentable accidente debido a una enorme negligencia, evitable, se llevó de por medio nuestros planes y el 15% de la piel de mi hija con quemaduras de 2º grado. Su cuerpecito se llevó el impacto del todo el agua y la cera caliente de una enorme cacerola que deshacía cera al baño maría.

Sí, no tenía que haber ocurrido a ningún niño, y ocurrió. Podía haber sido cualquier niño, y fue Martina, nuestra valiente hija, que durante 2 años nos acompañó en la lucha contra la leucemia de su hermano.

En la vida podré olvidar la escena que contemplaron mis ojos cuando entré un minuto y medio después del accidente. Es muy doloroso que la peor situación que contemplas en tu vida, la más desgarradora y escandalosa a los ojos, sea con tu propia hija.

Pecho izquierdo, todo el estómago, antebrazo izquierdo, ambos muslos, anverso y reverso, mano derecha, barbilla.

Me duele profundamente decir o tener que pensar, que tenemos que estar contentos de que mi hija tuviese esos 20 cm. más de altura que la salvaron de que su cara o su visión quedaran marcadas para toda la vida. Jode mucho y duele mucho tener que estar contento por algo así.

Llevamos desde ese día en el hospital. Su sonrisa tardó en aparecer después de un primer día entre “¿voy a curarme? ¿me va a doler más?”… pero a las 24h. apareció. Una mezcla de su valor y de esa niña siempre buena que ha sido.

Desde entonces hemos convivido de nuevo entre el hospital con ella y Guzmán en casa. De nuevo la vida rota en dos familias en una.

Lágrimas, vendas, incertidumbre ante el posible injerto o no, visitas de amigos sin palabras e incomprensión ante lo sucedido, ira, rabia, dolor, miradas de extrema profundidad para una niña de 7 años, cuarto de tortu… de curas, gritos desgarradores, foto de su cuerpo, vista de su cuerpo en directo, desazón, desolación, vendas que despacito van desapareciendo, primeros pasos en la habitación, lágrimas y más lágrimas, pena, sonrisas increíbles de Martina, tocar fondo, despeinado, desencajado, reiki, imanes, Noche no precisamente ”buena”, familia arropando, más amigos, mails, wazzups, llamadas, apoyo, esperanza, menos vendas, más piel en carne viva, no aceptación, aprendizaje de palabras que desearía no conocer (“escaras”), cremas, temblores, picores, lágrimas, noches de insomnio, desolación, mucho más fondo, aceptación de la cirugía, fecha para la cirugía, preocupación por futuro apoyo psicológico para Martina, preocupación por las marcas imborrables que dejará en lo operable y lo no operable, búsqueda de la positividad…

Mi vida, mi amor, mi pequeña…

Hoy la operan por la mañana, durará una hora, le harán un injerto de piel en su antebrazo izquierdo. Y allí estaremos, esperando a ver su carita con sonrisa al salir.

Me jode, me jode enormemente que la vida haya puesto esto delante de nosotros cuando no habíamos empezado a disfrutar de la tranquilidad, de la normalidad.
Me jode que se haya cebado con mi princesa, mi chiquitita, mi niña.
Me jode estar tan abatido y tener que positivar y levantar la cabeza. Ya lo hice, y la vida me acaba de golpear con algo tan salvaje como esto.
Es cierto que la vida de Martina no está en riesgo, que por 20 cm. su rostro se ha salvado, que es algo que se cura aunque lleve un tiempo… Pero no consuela.
Y me jode tener que pensar en ello.
Es cierto que desgraciadamente tengo a gente cerca que cambiaría su situación por la mía y eso me hace sentir culpable. Y no me gusta sentirme así.
Y es cierto que hablando de culpabilidades, también me las echo por no haber estado ahí, junto a ella… donde debía de estar… con mi niña… no hubiera pasado… jamás.
Me jode ver una mirada de profundo abatimiento en los ojos de mi niña, de sólo 7 años, que no le corresponde.
Me jode que un enfermero nos amenace con “perder la habitación con cama” porque su hermano después de 2 años de quimio la visite porque allí no puede haber niños.
Me jode tener que llevar a Guzmán hoy a la revisión del endocrino y tener que dejar a Martina en otro hospital.
Me jode que después de pensar hace 2 años que no viviría unas navidades peores, ahora la vida nos regale estas.
Me jode pensar en para qués, en causalidades, y en que esto también se transformará en algo positivo. ¡Claro que lo hará! Pero me jode tanto, tanto, tanto. que no quiero asumir ahora mismo esa actitud.

Ojalá las lágrimas curasen las heridas, ojalá la calma apareciese siempre después de la tempestad, ojalá la vida fuera justa con quienes tratan de afrontarla en positivo…

Ojalá.

Me levantaré. Andaré. Andaremos. Y las marcas que nos deje la vida solo servirán para recordar lo que hemos superado. Seguro. Esto también pasará.

Pero hoy, dormiré una vez más recostado junto a la pared de piedra de aquí abajo, en el fondo del pozo. De donde no me apetece moverme mucho.

Gracias a todos los que estos días, enterandoos del tema, tratáis de hacernos sentir mejor. Gracias; acabará teniendo efecto.

Y os pido para ella cosas que son justas porque también las pedí para su hermanito. Visualizadla sin heridas físicas ni mentales, rezad por ella, enviadle reiki, envolvedla en un manto azul, imaginaros su brillante sonrisa con la que abrirá las puertas que se proponga en la vida.

Gracias por meterla en vuestros corazones.

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Martina. A flor de piel.

La vida nos da pocas treguas. El 20 de Noviembre Guzmán tomó su última pastilla y soñábamos con pasar unas navidades tranquilas, en familia, relajadas. Hacíamos nuestros planes para algo tan sencillo o complicado como estar los 4 juntitos, yendo al teatro, viendo las luces por la calle, tragándonos alguna peli navideña… disfrutando de las comidas, las cenas, los amigos, los reyes… 

El pasado 15 de diciembre, en una jornada de puertas abiertas en el colegio de los peques y donde Eva es maestra, un lamentable accidente debido a una enorme negligencia, evitable, se llevó de por medio nuestros planes y el 15% de la piel de mi hija con quemaduras de 2º grado. Su cuerpecito se llevó el impacto del todo el agua y la cera caliente de una enorme cacerola que deshacía cera al baño maría.

Sí, no tenía que haber ocurrido a ningún niño, y ocurrió. Podía haber sido cualquier niño, y fue Martina, nuestra valiente hija, que durante 2 años nos acompañó en la lucha contra la leucemia de su hermano.

En la vida podré olvidar la escena que contemplaron mis ojos cuando entré un minuto y medio después del accidente. Es muy doloroso que la peor situación que contemplas en tu vida, la más desgarradora y escandalosa a los ojos, sea con tu propia hija.

Pecho izquierdo, todo el estómago, antebrazo izquierdo, ambos muslos, anverso y reverso, mano derecha, barbilla.

Me duele profundamente decir o tener que pensar, que tenemos que estar contentos de que mi hija tuviese esos 20 cm. más de altura que la salvaron de que su cara o su visión quedaran marcadas para toda la vida. Jode mucho y duele mucho tener que estar contento por algo así.

Llevamos desde ese día en el hospital. Su sonrisa tardó en aparecer después de un primer día entre “¿voy a curarme? ¿me va a doler más?”… pero a las 24h. apareció. Una mezcla de su valor y de esa niña siempre buena que ha sido.

Desde entonces hemos convivido de nuevo entre el hospital con ella y Guzmán en casa. De nuevo la vida rota en dos familias en una.

Lágrimas, vendas, incertidumbre ante el posible injerto o no, visitas de amigos sin palabras e incomprensión ante lo sucedido, ira, rabia, dolor, miradas de extrema profundidad para una niña de 7 años, cuarto de tortu… de curas, gritos desgarradores, foto de su cuerpo, vista de su cuerpo en directo, desazón, desolación, vendas que despacito van desapareciendo, primeros pasos en la habitación, lágrimas y más lágrimas, pena, sonrisas increíbles de Martina, tocar fondo, despeinado, desencajado, reiki, imanes, Noche no precisamente ”buena”, familia arropando, más amigos, mails, wazzups, llamadas, apoyo, esperanza, menos vendas, más piel en carne viva, no aceptación, aprendizaje de palabras que desearía no conocer (“escaras”), cremas, temblores, picores, lágrimas, noches de insomnio, desolación, mucho más fondo, aceptación de la cirugía, fecha para la cirugía, preocupación por futuro apoyo psicológico para Martina, preocupación por las marcas imborrables que dejará en lo operable y lo no operable, búsqueda de la positividad…

Mi vida, mi amor, mi pequeña…

Hoy la operan por la mañana, durará una hora, le harán un injerto de piel en su antebrazo izquierdo. Y allí estaremos, esperando a ver su carita con sonrisa al salir.

Me jode, me jode enormemente que la vida haya puesto esto delante de nosotros cuando no habíamos empezado a disfrutar de la tranquilidad, de la normalidad.
Me jode que se haya cebado con mi princesa, mi chiquitita, mi niña.
Me jode estar tan abatido y tener que positivar y levantar la cabeza. Ya lo hice, y la vida me acaba de golpear con algo tan salvaje como esto.
Es cierto que la vida de Martina no está en riesgo, que por 20 cm. su rostro se ha salvado, que es algo que se cura aunque lleve un tiempo… Pero no consuela.
Y me jode tener que pensar en ello.
Es cierto que desgraciadamente tengo a gente cerca que cambiaría su situación por la mía y eso me hace sentir culpable. Y no me gusta sentirme así.
Y es cierto que hablando de culpabilidades, también me las echo por no haber estado ahí, junto a ella… donde debía de estar… con mi niña… no hubiera pasado… jamás.
Me jode ver una mirada de profundo abatimiento en los ojos de mi niña, de sólo 7 años, que no le corresponde.
Me jode que un enfermero nos amenace con “perder la habitación con cama” porque su hermano después de 2 años de quimio la visite porque allí no puede haber niños.
Me jode tener que llevar a Guzmán hoy a la revisión del endocrino y tener que dejar a Martina en otro hospital.
Me jode que después de pensar hace 2 años que no viviría unas navidades peores, ahora la vida nos regale estas.
Me jode pensar en para qués, en causalidades, y en que esto también se transformará en algo positivo. ¡Claro que lo hará! Pero me jode tanto, tanto, tanto. que no quiero asumir ahora mismo esa actitud.

Ojalá las lágrimas curasen las heridas, ojalá la calma apareciese siempre después de la tempestad, ojalá la vida fuera justa con quienes tratan de afrontarla en positivo…

Ojalá.

Me levantaré. Andaré. Andaremos. Y las marcas que nos deje la vida solo servirán para recordar lo que hemos superado. Seguro. Esto también pasará.

Pero hoy, dormiré una vez más recostado junto a la pared de piedra de aquí abajo, en el fondo del pozo. De donde no me apetece moverme mucho.

Gracias a todos los que estos días, enterandoos del tema, tratáis de hacernos sentir mejor. Gracias; acabará teniendo efecto.

Y os pido para ella cosas que son justas porque también las pedí para su hermanito. Visualizadla sin heridas físicas ni mentales, rezad por ella, enviadle reiki, envolvedla en un manto azul, imaginaros su brillante sonrisa con la que abrirá las puertas que se proponga en la vida.

Gracias por meterla en vuestros corazones.

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El fin del Mundo

Hoy, al llegar a la casa luego del trabajo, noto a mis hijos un poco ansiosos. Estaban cuchicheando y en sus rostros pude captar algo de miedo. Algo sucede aquí.  Fue lo que pensé. Así que hay que averiguar.

─ ¿Qué les pasa chicos?─ pregunté.

La Chiqui, que es la más vocal de los dos, me dijo:

─Papi, ¿es verdad que el mundo se acaba mañana?─

Ahhh, conque eso es lo que sucede. Pensé.

─Bueno, la realidad es que el fin del mundo es todos los días.─ les dije.

─ ¿Cómo?─ preguntaron.

─ Pues cuando una persona muere, ese es el fin del mundo para esa persona. Como ustedes no saben cuando se van a morir, pues todavía no es el fin del mundo. ─

─Sí Papi, pero ¿porqué la gente está diciendo que mañana es el fin del mundo para todos?.  Que todos nos vamos a morir.─

─Eso no es así. Nadie, absolutamente nadie sabe la fecha del fin del mundo. Chicos, los que piensan así son personas con “sequía espiritual”. ¿Qué les parece si buscamos en la Biblia?

Fui a mi habitación y busqué la Biblia en Mateos 24, 36. Y esto es lo que dice:

“Por lo que se refiere a ese día y cuando vendrá, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles de Dios, ni aún el Hijo, sino solamente el Padre.”

La Chiqui leyendo de la Biblia
©2012-Carlos Torres

 

 

─Bueno chicos, ahí lo tienen. Nadie sabe el día ni la hora. Los que piensan que mañana es el fin del mundo le creen más al Hombre que a Dios. Yo le creo más a Dios, ¿y ustedes?
 
 

 

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El fin del Mundo

Hoy, al llegar a la casa luego del trabajo, noto a mis hijos un poco ansiosos. Estaban cuchicheando y en sus rostros pude captar algo de miedo. Algo sucede aquí.  Fue lo que pensé. Así que hay que averiguar.

─ ¿Qué les pasa chicos?─ pregunté.

La Chiqui, que es la más vocal de los dos, me dijo:

─Papi, ¿es verdad que el mundo se acaba mañana?─

Ahhh, conque eso es lo que sucede. Pensé.

─Bueno, la realidad es que el fin del mundo es todos los días.─ les dije.

─ ¿Cómo?─ preguntaron.

─ Pues cuando una persona muere, ese es el fin del mundo para esa persona. Como ustedes no saben cuando se van a morir, pues todavía no es el fin del mundo. ─

─Sí Papi, pero ¿porqué la gente está diciendo que mañana es el fin del mundo para todos?.  Que todos nos vamos a morir.─

─Eso no es así. Nadie, absolutamente nadie sabe la fecha del fin del mundo. Chicos, los que piensan así son personas con “sequía espiritual”. ¿Qué les parece si buscamos en la Biblia?

Fui a mi habitación y busqué la Biblia en Mateos 24, 36. Y esto es lo que dice:

“Por lo que se refiere a ese día y cuando vendrá, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles de Dios, ni aún el Hijo, sino solamente el Padre.”

La Chiqui leyendo de la Biblia
©2012-Carlos Torres

 

 

─Bueno chicos, ahí lo tienen. Nadie sabe el día ni la hora. Los que piensan que mañana es el fin del mundo le creen más al Hombre que a Dios. Yo le creo más a Dios, ¿y ustedes?
 
 

 

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Comienza otro calvario…

La entrada en una UCI neonatal impresiona. Empiezas por lavarte en la entrada, y lo haces a conciencia. Incluso diría que algún quirúrgico no se frota tanto las manos como algunos padres-madres de prematuros. Te pones una bata verde, unos patucos verdes, un gorro verde, y guantes porque no hay… Vas pasando salas repletas de incubadoras con sanitarios pululando entre ellas sin prestar mas atención a la banda sonora de fondo ¡bip-bip-bip…!, monitores sonando sin cesar. Un ruido estridente al inicio que al final te es familiar y monótono como el ruido de la lluvia en el tejado.

Cuando llegas al destino indicado, asomas con miedo a lo que te vas a encontrar. Una sala con 6 incubadoras, una gran mesa en el centro con un montón de papeles del tamaño de una sábana, y sanitarios a su alrededor.
Te deben ver la cara de susto porque enseguida viene alguien y te indica. Te acercas con reparo a la incubadora y ves a esa personita que dicen que es tu hijo. Quien te lo iba a cambiar…

Pequeño, casi diminuto, rojizo, piel casi transparente que insinúa la circulación por debajo, cubierto de una especie de vello, cabeza redondeada, mejillas hundidas, párpados inflamados, brazos que casi llegan a las rodillas, y lo que mas te impacta, una mirada triste necesitada de cariño. Y todo esto rodeado de cables por todo su pequeño cuerpo. Una pequeña pantalla con una serie de números y gráficas cambiantes, ¡bip-bip-bip…!, ese sonido otra vez…

Introducir la mano en la incubadora, notar ese ambiente cálido y húmedo a la vez, acariciar esa piel tersa y colocar el meñique en su mano, notar como te lo agarra y un escalofrío recorre tu cuerpo…
¡bip-bip-bip!, continúan los monitores en alegre comparsa; las enfermeras parecen no oír mientras continúan escribiendo en esas sábanas (las gráficas de enfermería donde se registra todo lo que pasa cada día a cada niño, constantes, ingesta, deposiciones, diuresis,…). ¡Que horror, no hay quien aguante!.

Se aproxima hacia la incubadora una de ellas; creo que se presentó con su nombre y me indicó que era la enfermera encargada de velar por mi hijo, y comenzó a explicarme. Intentaba usar un lenguaje no técnico para explicar para que servía toda esa maquinaria de la que salían un montón de cables que iban a parar a mi hijo. Yo la verdad es que tan apenas la escuchaba; sólo veía lo que había en la incubadora, abstraído de la realidad, emocionado y a la vez temeroso de lo que se avecinaba…
Levante la mirada y le susurré, casi con miedo a hablar y sobresaltar la calma que desprendía ese útero mecánico que albergaba el tan deseado fruto de nuestro amor, que era médico, residente de pediatría para mas señas por entonces, y que ya sabía de que iba. Pregunté por las variables antropométricas, peso 720 gramos, talla 32 cm, perímetro cefálico 24’5 cm (gran retraso del crecimiento, pero lo mas importante es la edad gestacional). Observé que tenía cierta dificultad para respirar (distrés), que no precisaba oxígeno suplementario, que había comenzado nutrición parenteral, y por lo demás iríamos viendo…

A continuación me explicó las normas de la unidad. Lo mas impactante fue el horario de visitas, ¡media hora por la mañana y media hora por la tarde!. Entonces caí, mi hospital era igual, y nunca me lo había planteado… A dios gracias esto ha cambiado y en la actualidad casi todas estas unidades son abiertas. Eso quiere decir que los padres-madres tienen entrada libre durante todo el día y la noche. Yo siempre les recuerdo a los compañeros que nosotros los tenemos en depósito, que sus progenitores nos los confían, pero que son sus hijos y no nuestros…

En próximos episodios hablaremos de la jerga médica, de como los padres-madres adquieren y asimilan el lenguaje médico al suyo propio, y de las complicaciones de los prematuros según vayan surgiendo…

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Comienza otro calvario…

La entrada en una UCI neonatal impresiona. Empiezas por lavarte en la entrada, y lo haces a conciencia. Incluso diría que algún quirúrgico no se frota tanto las manos como algunos padres-madres de prematuros. Te pones una bata verde, unos patucos verdes, un gorro verde, y guantes porque no hay… Vas pasando salas repletas de incubadoras con sanitarios pululando entre ellas sin prestar mas atención a la banda sonora de fondo ¡bip-bip-bip…!, monitores sonando sin cesar. Un ruido estridente al inicio que al final te es familiar y monótono como el ruido de la lluvia en el tejado.

Cuando llegas al destino indicado, asomas con miedo a lo que te vas a encontrar. Una sala con 6 incubadoras, una gran mesa en el centro con un montón de papeles del tamaño de una sábana, y sanitarios a su alrededor.
Te deben ver la cara de susto porque enseguida viene alguien y te indica. Te acercas con reparo a la incubadora y ves a esa personita que dicen que es tu hijo. Quien te lo iba a cambiar…

Pequeño, casi diminuto, rojizo, piel casi transparente que insinúa la circulación por debajo, cubierto de una especie de vello, cabeza redondeada, mejillas hundidas, párpados inflamados, brazos que casi llegan a las rodillas, y lo que mas te impacta, una mirada triste necesitada de cariño. Y todo esto rodeado de cables por todo su pequeño cuerpo. Una pequeña pantalla con una serie de números y gráficas cambiantes, ¡bip-bip-bip…!, ese sonido otra vez…

Introducir la mano en la incubadora, notar ese ambiente cálido y húmedo a la vez, acariciar esa piel tersa y colocar el meñique en su mano, notar como te lo agarra y un escalofrío recorre tu cuerpo…
¡bip-bip-bip!, continúan los monitores en alegre comparsa; las enfermeras parecen no oír mientras continúan escribiendo en esas sábanas (las gráficas de enfermería donde se registra todo lo que pasa cada día a cada niño, constantes, ingesta, deposiciones, diuresis,…). ¡Que horror, no hay quien aguante!.

Se aproxima hacia la incubadora una de ellas; creo que se presentó con su nombre y me indicó que era la enfermera encargada de velar por mi hijo, y comenzó a explicarme. Intentaba usar un lenguaje no técnico para explicar para que servía toda esa maquinaria de la que salían un montón de cables que iban a parar a mi hijo. Yo la verdad es que tan apenas la escuchaba; sólo veía lo que había en la incubadora, abstraído de la realidad, emocionado y a la vez temeroso de lo que se avecinaba…
Levante la mirada y le susurré, casi con miedo a hablar y sobresaltar la calma que desprendía ese útero mecánico que albergaba el tan deseado fruto de nuestro amor, que era médico, residente de pediatría para mas señas por entonces, y que ya sabía de que iba. Pregunté por las variables antropométricas, peso 720 gramos, talla 32 cm, perímetro cefálico 24’5 cm (gran retraso del crecimiento, pero lo mas importante es la edad gestacional). Observé que tenía cierta dificultad para respirar (distrés), que no precisaba oxígeno suplementario, que había comenzado nutrición parenteral, y por lo demás iríamos viendo…

A continuación me explicó las normas de la unidad. Lo mas impactante fue el horario de visitas, ¡media hora por la mañana y media hora por la tarde!. Entonces caí, mi hospital era igual, y nunca me lo había planteado… A dios gracias esto ha cambiado y en la actualidad casi todas estas unidades son abiertas. Eso quiere decir que los padres-madres tienen entrada libre durante todo el día y la noche. Yo siempre les recuerdo a los compañeros que nosotros los tenemos en depósito, que sus progenitores nos los confían, pero que son sus hijos y no nuestros…

En próximos episodios hablaremos de la jerga médica, de como los padres-madres adquieren y asimilan el lenguaje médico al suyo propio, y de las complicaciones de los prematuros según vayan surgiendo…

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Juré que nunca lo haría

Desde que tuvimos noticia del embarazo y la próxima llegada a nuestras vidas de Adriana, me prometí que yo nunca caería en esto. Veía a otros padres perder el control de sus actos en determinadas situaciones y terminar haciéndolo, pero yo me juré y me perjuré que nunca me pasaría, que jamás le haría a mi pequeña pasar por esto.
Es difícil controlar algunas situaciones de nuestras vidas que nos sobrevienen de repente y apenas podemos asumir y asimilar. Conceptos y comportamientos que pensamos que nunca tendremos y que jamás focalizaremos hacia nuestros pequeños, nos sorprenden de repente y terminamos pagándolo con ellos, sometiéndoles a situaciones como ésta que son dramáticas en definitiva.
No es justo, no es lícito y, por supuesto, no es bueno para ellos. Yo bramaba a los cuatro vientos cuando veía a otros padres hacerlo. Les criticaba, les odiaba por ello. Ahora, me he convertido en uno de ellos. Sí, yo también he caído. A mi también me ha pasado. A Adriana le gusta Bob Esponja.

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Juré que nunca lo haría

Desde que tuvimos noticia del embarazo y la próxima llegada a nuestras vidas de Adriana, me prometí que yo nunca caería en esto. Veía a otros padres perder el control de sus actos en determinadas situaciones y terminar haciéndolo, pero yo me juré y me perjuré que nunca me pasaría, que jamás le haría a mi pequeña pasar por esto.
Es difícil controlar algunas situaciones de nuestras vidas que nos sobrevienen de repente y apenas podemos asumir y asimilar. Conceptos y comportamientos que pensamos que nunca tendremos y que jamás focalizaremos hacia nuestros pequeños, nos sorprenden de repente y terminamos pagándolo con ellos, sometiéndoles a situaciones como ésta que son dramáticas en definitiva.
No es justo, no es lícito y, por supuesto, no es bueno para ellos. Yo bramaba a los cuatro vientos cuando veía a otros padres hacerlo. Les criticaba, les odiaba por ello. Ahora, me he convertido en uno de ellos. Sí, yo también he caído. A mi también me ha pasado. A Adriana le gusta Bob Esponja.

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Un día volveré

Pero bueno, olvidémonos del ministro Wert y centrémonos en la basura estrictamente dicha: en la basura depositada en el Punt Verd, la desechería urbana en la que los barceloneses depositan sus trastos reutilizables y en la que, como ya expliqué hace unos meses, me proveo de todo tipo de libros que, por si fuera poco, después leo. Acudir al Punt Verd me evita tener que pasar por las librerías al uso y bla bla bla. No me repetiré, todo eso ya está explicado en otro post.

El caso es que mi última adquisición en el Punt Verd, ayer mismo, es una edición de Un día volveré, de Juan Marsé, autor que suele satisfacerme (no siempre, pero eso ni Messi) y que, sorprendentemente, aparece con frecuencia entre los libros de la desechería. ¿Por qué? Tengo varias teorías: una, es un autor de cierto prestigio que se regala mucho a gente que no lee y que con él tiempo se libra de ese molesto obsequio. Dos, es un autor que ya lleva muchos años vendiéndose bien y, por ley de vida, ya tiene seguidores que empiezan a morirse, con lo que sus herederos aprovechan para liquidar sus bibliotecas. Tres, es un autor que se vende bien pero se lee poco, con lo que sus libros, con el tiempo, acaban molestando en casa. No sé, es posible que la explicación sea otra, o una mezcla de mis tres teorías.

Lo cierto es que ayer, al llegar feliz a casa con mi amarillenta edición de Un día volveré y empezar a hojearlo, tuve que decir ¡coño! varias veces al descubrir que acababa de conseguir un libro firmado por el propio Marsé en persona. En la primera página, como se acostumbra a firmar los libros: “Para Montse con afecto de su amigo, Juan Marsé. 1982”. Nunca sabré quién es o quién fue Montse (la oscura historia de la prima Montse, pensé enseguida, por supuesto) y por qué triste circunstancia su libro acabó en el Punt Verd. Supongo, en realidad, que la firma de Marsé es una de las miles que el autor habrá tenido que hacer en sus actos promocionales a lo largo de los años. Y, en realidad, tampoco me hace más feliz tener un libro firmado por él: soy bastante mitómano, pero no de esa calaña. Que yo recuerde, sólo he pedido tres o cuatro autógrafos y de eso hace una eternidad: a un par de viejas glorias del Barça y al doctor Cabeza, que fue presidente del Atlético de Madrid hace unas décadas y que se hizo célebre por su extravagante comportamiento. Le pedí la firma en un barco, en el anvés de un prospecto de Primperán -lo único que tenía a mano- y ambos, creo, estábamos como mínimo alegres.

Ahora me pongo a leer Un día volveré, pero me despido con una rica anécdota que leí no recuerdo dónde y que no sé si ya conté en este mismo blog. Asegura la leyenda que se hallaba Juan Marsé en unos grandes almacenes presentando su último libro. Le habían sentado ante una mesa, casi oculto por una pila de ediciones del libro en cuestión, para que se los firmara a sus incondicionales. Pero el caso es que pasaban los minutos y apenas se había acercado nadie. Al final, una señora se plantó ante Marsé y le preguntó:

-¿Cuánto vale?

-¿El libro? –dijo Marsé- No lo sé exactamente, ahora se lo pregunto y se lo digo.

-No, el libro no. La mesa -cortó la señora.

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Un día volveré

Pero bueno, olvidémonos del ministro Wert y centrémonos en la basura estrictamente dicha: en la basura depositada en el Punt Verd, la desechería urbana en la que los barceloneses depositan sus trastos reutilizables y en la que, como ya expliqué hace unos meses, me proveo de todo tipo de libros que, por si fuera poco, después leo. Acudir al Punt Verd me evita tener que pasar por las librerías al uso y bla bla bla. No me repetiré, todo eso ya está explicado en otro post.

El caso es que mi última adquisición en el Punt Verd, ayer mismo, es una edición de Un día volveré, de Juan Marsé, autor que suele satisfacerme (no siempre, pero eso ni Messi) y que, sorprendentemente, aparece con frecuencia entre los libros de la desechería. ¿Por qué? Tengo varias teorías: una, es un autor de cierto prestigio que se regala mucho a gente que no lee y que con él tiempo se libra de ese molesto obsequio. Dos, es un autor que ya lleva muchos años vendiéndose bien y, por ley de vida, ya tiene seguidores que empiezan a morirse, con lo que sus herederos aprovechan para liquidar sus bibliotecas. Tres, es un autor que se vende bien pero se lee poco, con lo que sus libros, con el tiempo, acaban molestando en casa. No sé, es posible que la explicación sea otra, o una mezcla de mis tres teorías.

Lo cierto es que ayer, al llegar feliz a casa con mi amarillenta edición de Un día volveré y empezar a hojearlo, tuve que decir ¡coño! varias veces al descubrir que acababa de conseguir un libro firmado por el propio Marsé en persona. En la primera página, como se acostumbra a firmar los libros: “Para Montse con afecto de su amigo, Juan Marsé. 1982”. Nunca sabré quién es o quién fue Montse (la oscura historia de la prima Montse, pensé enseguida, por supuesto) y por qué triste circunstancia su libro acabó en el Punt Verd. Supongo, en realidad, que la firma de Marsé es una de las miles que el autor habrá tenido que hacer en sus actos promocionales a lo largo de los años. Y, en realidad, tampoco me hace más feliz tener un libro firmado por él: soy bastante mitómano, pero no de esa calaña. Que yo recuerde, sólo he pedido tres o cuatro autógrafos y de eso hace una eternidad: a un par de viejas glorias del Barça y al doctor Cabeza, que fue presidente del Atlético de Madrid hace unas décadas y que se hizo célebre por su extravagante comportamiento. Le pedí la firma en un barco, en el anvés de un prospecto de Primperán -lo único que tenía a mano- y ambos, creo, estábamos como mínimo alegres.

Ahora me pongo a leer Un día volveré, pero me despido con una rica anécdota que leí no recuerdo dónde y que no sé si ya conté en este mismo blog. Asegura la leyenda que se hallaba Juan Marsé en unos grandes almacenes presentando su último libro. Le habían sentado ante una mesa, casi oculto por una pila de ediciones del libro en cuestión, para que se los firmara a sus incondicionales. Pero el caso es que pasaban los minutos y apenas se había acercado nadie. Al final, una señora se plantó ante Marsé y le preguntó:

-¿Cuánto vale?

-¿El libro? –dijo Marsé- No lo sé exactamente, ahora se lo pregunto y se lo digo.

-No, el libro no. La mesa -cortó la señora.

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Comidas – ¡Que coman de todo!

Al cabo de tres años de ser papás, mi esposa y Yo hemos logrado (creo) que nuestra hija como casi de todo pero este esfuerzo empezó desde sus primeros alimentos. Con la ayuda y consejos de amigos y familiares así como con la asesoría de su pediatra empezamos dándole poco a poco sus primeros alimento cosas muy elementales como el zapallo, manzana, plátano, etc… y después fuimos introduciendo las verduras. Por supuesto todo cocido tal como: arverjitas, zanahoria, vainitas, brócoli, poro (en las sopas), espinaca y huevo… y finalmente las carnes como de pollo, de res, de pavo y algo de cuy y pescado; pero también hígado que es importantísimo para su crecimiento.
Digamos que empezamos con los básicos y luego fuimos mezclando todo y al empezar de aquella manera ella fue asimilando todo de buena gana. No sé si necesariamente todo se debe a la nutrición pero nuestra hija no baja del percentil 95 desde que nació y a sus casi 3 años ya pasó el metro, tiene un coeficiente intelectual de 140 y la mentalidad de una niña de 4.3 años.
Más allá de los beneficios de una buena alimentación evitando las soluciones fáciles pero nada saludables como las papitas fritas (ya sean en bolsa o de restaurantes de comida rápida), golosinas en exceso, mucho pan, chocolate, etc… siempre hemos tratado que pruebe de todo con moderación y, cuando ya tuvo edad, que empezara a comer lo mismo que nosotros pedíamos. Por ejemplo, durante el verano pasado varias veces nos pidió que le invitáramos nuestra Leche de Tigre (la que pedimos sin ají por supuesto) asimismo también disfruta de las alitas a la parrilla en salsa oriental o algunos rolls.
En particular Yo, me preocupe que desarrolle cierto gusto por el queso (que a mi también me encanta) ya ahora no puede comer sus fideos al pesto sin su queso parmesano.
Lo cierto es (creo) que como, tanto mi mujer como yo, disfrutamos de la comida, ella se contagió de esa sensación haciendo a este momento algo especial y divertido, no una experiencia aburrida o traumática. Creo que por ahí va la cosa.
Sin embargo, no creo que lo anterior funcione si es que nosotros como Papás no hacemos el esfuerzo de comer aquellos alimentos que sabemos son beneficiosos para nuestros hijos… aunque no nos gusten del todo a nosotros mismos. 
El brócoli (que nos encanta) es un claro ejemplo de aquello y es la pesadilla para muchos papás; sin embargo es una de las verduras favoritas de mi hija e incluso la lleva a nido como merienda junto con vainitas sancochadas, atun con cebollita, limón y galletitas de soda o huevos de codorniz, manzana rayada o mandarina. Mientras que nuestra pequeña comparte el salón con otros niños que llevan papitas, quequitos, galletas dulces y jugo envasado, ella a sabido mantener sus hábitos alimenticios ya que desde casa se los inculcamos y ella lo disfruta también.
Otro consejo: agua mucha agua siempre.
Soufleé de atun con brócoli, espinaca y vainitas. Uno de los favoritos de mi enana
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Comidas – ¡Que coman de todo!

Al cabo de tres años de ser papás, mi esposa y Yo hemos logrado (creo) que nuestra hija como casi de todo pero este esfuerzo empezó desde sus primeros alimentos. Con la ayuda y consejos de amigos y familiares así como con la asesoría de su pediatra empezamos dándole poco a poco sus primeros alimento cosas muy elementales como el zapallo, manzana, plátano, etc… y después fuimos introduciendo las verduras. Por supuesto todo cocido tal como: arverjitas, zanahoria, vainitas, brócoli, poro (en las sopas), espinaca y huevo… y finalmente las carnes como de pollo, de res, de pavo y algo de cuy y pescado; pero también hígado que es importantísimo para su crecimiento.
Digamos que empezamos con los básicos y luego fuimos mezclando todo y al empezar de aquella manera ella fue asimilando todo de buena gana. No sé si necesariamente todo se debe a la nutrición pero nuestra hija no baja del percentil 95 desde que nació y a sus casi 3 años ya pasó el metro, tiene un coeficiente intelectual de 140 y la mentalidad de una niña de 4.3 años.
Más allá de los beneficios de una buena alimentación evitando las soluciones fáciles pero nada saludables como las papitas fritas (ya sean en bolsa o de restaurantes de comida rápida), golosinas en exceso, mucho pan, chocolate, etc… siempre hemos tratado que pruebe de todo con moderación y, cuando ya tuvo edad, que empezara a comer lo mismo que nosotros pedíamos. Por ejemplo, durante el verano pasado varias veces nos pidió que le invitáramos nuestra Leche de Tigre (la que pedimos sin ají por supuesto) asimismo también disfruta de las alitas a la parrilla en salsa oriental o algunos rolls.
En particular Yo, me preocupe que desarrolle cierto gusto por el queso (que a mi también me encanta) ya ahora no puede comer sus fideos al pesto sin su queso parmesano.
Lo cierto es (creo) que como, tanto mi mujer como yo, disfrutamos de la comida, ella se contagió de esa sensación haciendo a este momento algo especial y divertido, no una experiencia aburrida o traumática. Creo que por ahí va la cosa.
Sin embargo, no creo que lo anterior funcione si es que nosotros como Papás no hacemos el esfuerzo de comer aquellos alimentos que sabemos son beneficiosos para nuestros hijos… aunque no nos gusten del todo a nosotros mismos. 
El brócoli (que nos encanta) es un claro ejemplo de aquello y es la pesadilla para muchos papás; sin embargo es una de las verduras favoritas de mi hija e incluso la lleva a nido como merienda junto con vainitas sancochadas, atun con cebollita, limón y galletitas de soda o huevos de codorniz, manzana rayada o mandarina. Mientras que nuestra pequeña comparte el salón con otros niños que llevan papitas, quequitos, galletas dulces y jugo envasado, ella a sabido mantener sus hábitos alimenticios ya que desde casa se los inculcamos y ella lo disfruta también.
Otro consejo: agua mucha agua siempre.
Soufleé de atun con brócoli, espinaca y vainitas. Uno de los favoritos de mi enana
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Adiós Uci, Adiós

El martes fuimos a la UCI a nuestro aspirado de Médula. La verdad es que un poco tarde, a eso de las 7. Se nos había olvidado lo que agota ese lugar. Es como si absorbiera la energía que llevas dentro y te empaparas de pesadumbre de algo que no ves en el entorno. La sensación es rara,  cuando llevas allí 30 minutos parece que en tu cuerpo han pasado 3 horas recibiendo golpes.
Es extraño, siempre nos ha pasado, se nos había olvidado y volvimos a darnos cuenta de lo que habíamos ganado al no tener que ir cada semana o cada més. Cuando paramos a pensar nos dimos cuenta de que llevábamos 6 meses sin visitarla.

Así que, a lo Michael Jackson, a Guzmán le pusieron propofol de anestesia general, punción para arriba y para abajo y costó despertar. Este pretendía ya empalmar la noche.

3 horas después de entrar salíamos por la puerta. Y a pesar del agotamiento de que parecía que habíamos estado 3 noches sin dormir en lugar de 3 horas ahí… ¡que sensación salir por la puerta!

Parece que fue ayer cuando íbamos todas las semanas.

Y el martes, después de tan poco tiempo y de tanto a la vez dijimos por fin adiós uci, adiós.

Lo grande llegó ayer cuando recibí este gran mensaje por teléfono. Que palabras tan escuetas, cuanto significado en ellas. Cuantas emociones dentro. Cuanto vivido. Cuanto crecido. Cuanto perdido. Y cuanto ganado.

Gracias a todos los que habéis estado ahí, esto sin vosotros, estoy convencido que no se habría conseguido. Gracias por los viernes de Encarna, gracias por vuestros rezos, vuestras lágrimas, vuestra ilusión, vuestros comentarios, vuestras visualizaciones de rizos rubios corriendo y vuestra energía positiva.
Hoy me acuerdo mucho de los que no lo han conseguido. Han estado y siguen estando muy presentes en nuestra vida. Muy especialmente de Huguito. Tu sonrisa nos acompañará toda la vida.
Estoy completamente seguro que viviremos el día que la investigación consiga que ningún niño se quede por este tortuoso camino.

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Adiós Uci, Adiós

El martes fuimos a la UCI a nuestro aspirado de Médula. La verdad es que un poco tarde, a eso de las 7. Se nos había olvidado lo que agota ese lugar. Es como si absorbiera la energía que llevas dentro y te empaparas de pesadumbre de algo que no ves en el entorno. La sensación es rara,  cuando llevas allí 30 minutos parece que en tu cuerpo han pasado 3 horas recibiendo golpes.
Es extraño, siempre nos ha pasado, se nos había olvidado y volvimos a darnos cuenta de lo que habíamos ganado al no tener que ir cada semana o cada més. Cuando paramos a pensar nos dimos cuenta de que llevábamos 6 meses sin visitarla.

Así que, a lo Michael Jackson, a Guzmán le pusieron propofol de anestesia general, punción para arriba y para abajo y costó despertar. Este pretendía ya empalmar la noche.

3 horas después de entrar salíamos por la puerta. Y a pesar del agotamiento de que parecía que habíamos estado 3 noches sin dormir en lugar de 3 horas ahí… ¡que sensación salir por la puerta!

Parece que fue ayer cuando íbamos todas las semanas.

Y el martes, después de tan poco tiempo y de tanto a la vez dijimos por fin adiós uci, adiós.

Lo grande llegó ayer cuando recibí este gran mensaje por teléfono. Que palabras tan escuetas, cuanto significado en ellas. Cuantas emociones dentro. Cuanto vivido. Cuanto crecido. Cuanto perdido. Y cuanto ganado.

Gracias a todos los que habéis estado ahí, esto sin vosotros, estoy convencido que no se habría conseguido. Gracias por los viernes de Encarna, gracias por vuestros rezos, vuestras lágrimas, vuestra ilusión, vuestros comentarios, vuestras visualizaciones de rizos rubios corriendo y vuestra energía positiva.
Hoy me acuerdo mucho de los que no lo han conseguido. Han estado y siguen estando muy presentes en nuestra vida. Muy especialmente de Huguito. Tu sonrisa nos acompañará toda la vida.
Estoy completamente seguro que viviremos el día que la investigación consiga que ningún niño se quede por este tortuoso camino.

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¡Qué edad más bonita!

Llevábamos unos meses sin escribir en el blog, pero no por falta de ganas ni de experiencias que compartir, sino porque tenemos tantas ocupaciones que no conseguimos parar un rato para dedicarle tiempo. Y una de estas ocupaciones, mejor dicho, dos de estas ocupaciones son nuestras hijas.

Niños realizando una importante investigación
Sara empezó ya el cole “de mayores”, y las dudas y miedos iniciales se van convirtiendo en ilusiones nuevas, muchos amigos y ganas de aprender y descubrir. Su emoción por aprender los números y contar, y también por conocer las letras, contarlas y ordenarlas nos recuerda que la capacidad de aprender que tiene ahora no la volverá a tener cuando vaya creciendo. Aunque a veces resulta cansado es muy divertido buscar respuesta para las preguntas que nos lanza sin parar, y no todas sencillas, por cierto.

Y cuando la vemos como canta y baila, por la calle y en casa, y lo contenta y sonriente que va siempre nos decimos por lo bajo: ¡Qué edad más bonita!

Luego viene Cristina, que con 18 meses repite todo lo que le oye a su hermana, con ese lenguaje tan divertido que tienen los pequeños. Apenas hace 3 meses que se soltó a andar, pero ya le gusta saltar en la cama (sa-tá, en su idioma), trepar el sofá para apagarnos la luz (su-bí), hacer volteretas en la cuna (lo aprendió imitando a la hermana) y subirse a la sillita para ver como cocinamos (a-í-ba). Va dejando atrás su etapa de bebé, y empieza a marcar su personalidad y a ocupar un lugar muy claro en la familia.

Y cuando la vemos echarse encima de su hermana, reír a carcajadas, o la escuchamos cantar el cumpleaños feliz y otras canciones caseras, nos decimos por lo bajo: ¡Qué edad más bonita!

Es cierto, cada edad es tan distinta y crecen tan rápido, que parece que si parpadeas te vas a perder los avances, así que intentamos disfrutar de cada día, acompañarlas y crecer con ellas, y ser conscientes del momento tan especial que supone cada etapa de la infancia.
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¡Qué edad más bonita!

Llevábamos unos meses sin escribir en el blog, pero no por falta de ganas ni de experiencias que compartir, sino porque tenemos tantas ocupaciones que no conseguimos parar un rato para dedicarle tiempo. Y una de estas ocupaciones, mejor dicho, dos de estas ocupaciones son nuestras hijas.

Niños realizando una importante investigación
Sara empezó ya el cole “de mayores”, y las dudas y miedos iniciales se van convirtiendo en ilusiones nuevas, muchos amigos y ganas de aprender y descubrir. Su emoción por aprender los números y contar, y también por conocer las letras, contarlas y ordenarlas nos recuerda que la capacidad de aprender que tiene ahora no la volverá a tener cuando vaya creciendo. Aunque a veces resulta cansado es muy divertido buscar respuesta para las preguntas que nos lanza sin parar, y no todas sencillas, por cierto.

Y cuando la vemos como canta y baila, por la calle y en casa, y lo contenta y sonriente que va siempre nos decimos por lo bajo: ¡Qué edad más bonita!

Luego viene Cristina, que con 18 meses repite todo lo que le oye a su hermana, con ese lenguaje tan divertido que tienen los pequeños. Apenas hace 3 meses que se soltó a andar, pero ya le gusta saltar en la cama (sa-tá, en su idioma), trepar el sofá para apagarnos la luz (su-bí), hacer volteretas en la cuna (lo aprendió imitando a la hermana) y subirse a la sillita para ver como cocinamos (a-í-ba). Va dejando atrás su etapa de bebé, y empieza a marcar su personalidad y a ocupar un lugar muy claro en la familia.

Y cuando la vemos echarse encima de su hermana, reír a carcajadas, o la escuchamos cantar el cumpleaños feliz y otras canciones caseras, nos decimos por lo bajo: ¡Qué edad más bonita!

Es cierto, cada edad es tan distinta y crecen tan rápido, que parece que si parpadeas te vas a perder los avances, así que intentamos disfrutar de cada día, acompañarlas y crecer con ellas, y ser conscientes del momento tan especial que supone cada etapa de la infancia.
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Albert Camus Motherfucker

Según la cotraportada del libro editado por La Felguera titulado “Motherfuckers! (del verano del amor al amor armado)” (¡¡reedición YA!!) se puede leer que este grupo (que firmaba con varios nombres, entre ellos, Up Against The Wall Motherfuckers!, lo que la policía gritaba a las personas a las que paraban en mitad de la calle) era una banda callejera politizada, una tribu y un clan revolucionario, un oscuro grupo de afinidad convertido en una verdadera familia cuyo discurso giraba en torno a una constelación de ideas que incluían a Dadá, la anarquía y la autodefensa armada.


En el #1 de su revista “Black Mask” (nov. 1966), se reproducía una entrevista de Albert Camus para la publicación “Demain” (con fecha de 30 de octubre de 1957). En ella, Camus dice lo siguiente, digno de ser leído y releído:

Y la verdad, al menos yo la veo así, es que el artista se mueve a tientas en la oscuridad, como el hombre de la calle, incapaz de separarse de las desgracias del mundo y añorando febrilmente la soledad y el silencio; soñando con la justicia y siendo a la vez fuente de injusticia; arrastrado por un carro más grande que él y creyendo que lo conduce. En esta aventura fatigosa, el artista solo puede obtener ayuda de los otros y, al igual que los demás, encontrar apoyo en el placer, en el olvido, en la amistad y la admiración. Y también, al igual que los demás, encontrar apoyo en la esperanza. En mi caso siempre he encontrado la esperanza en la idea de la fecundidad. Como muchas otras personas, estoy cansado de la crítica, de la maledicencias, del rencor y, en resumen, del nihilismo. Es esencial condenar lo que debe condenarse, pero con rapidez y firmeza. Por otra parte también se debería elogiar lo que merece ser elogiado. Después de todo, por eso soy artista, porque incluso la obra que niega afirma algo y rinde homenaje a esta miserable y magnífica vida que es la nuestra.


(Pero Dadá vino a este mundo para acabar con todo, así que no se puede usar su nombre en vano. Un tiempo después, en el #8 de “Black Mask” (oct-nov 1967), los Motherfuckers incluyeron un artículo titulado “Cultura y Revolución” en el que se podía leer esto: No, Sartre, no te salvarás por sentarte en el estrado juzgando a Occidente mientras tú mismo, como filósofo/novelista, eres Occidente. Hasta ahí, vale, Sartre se lo merecía. Pero el artículo sigue: Camus, nos das asco: tu muerte nos ha robado el placer de matarte nosotros mismos.


Junto al artículo pendiente sobre la Internacional Letrista, ya hay otro dedicado a los Motherfuckers! Cualquier día de estos… o no.)

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Y llegó mañana…

Después de 6 días con la misma rutina, sin cambiarme de ropa, que no quiere decir sin ducharme, porque a Dios gracias había una ducha detrás de admisión para los familiares, llegó el domingo.
Bajamos a la ecografía de rigor, y poco antes de que le trajeran la comida nos dicen que no coma ni beba nada, que habían decidido “sacarlo” esa tarde… que quedaba sólo una incubadora libre.
Momentos de angustia, incertidumbre, miedo por no decir pánico.
Y como las corridas de toros, a las 5 de la tarde, con la venía del presidente, y si el tiempo no lo impide, se lidiarán…
No recuerdo cuanto fumé durante aquel tiempo interminable de la cesárea, si, fumar en un hospital (eran otros tiempos y en los pasillos estaba permitido), pero seguro que fueron unos cuantos…
De repente se abrió la puerta del quirófano y apareció una incubadora de transporte con una pequeña criatura en su interior, poco mas grande que mi mano, de piel tersa y rojiza, diría que casi transparente, con unos ojos tristes pero rebosantes de vida, y flanqueado por dos pediatras (Félix y Nacho). No recuerdo exactamente lo que me dijeron, pero fue algo así como que estaba bien. Pregunté por el Apgar, que creo que fue 7/9 aunque luego en el informe ponía 5/7. La verdad es que me daba igual, creo que lo pregunté por deformación profesional…
Para los profanos el test de Apgar (acrónimo de Apariencia, Pulso, Gesto, Actividad y Respiración) es la valoración clínica del recién nacido por parte del pediatra o la comadrona, para valorar la tolerancia de este al proceso del nacimiento y su adaptabilidad al medio ambiente. Se mide al minuto y a los 5 minutos de vida, y se valora el color de la piel, la frecuencia cardiaca, el tono muscular, los reflejos e irritabilidad y la respiración. Si está en buenas condiciones obtendrá una puntuación entre 8 y 10.
A el se lo llevaron a la Unidad de Cuidados Intensivos para recién nacidos (UCI neonatal), y yo me quedé esperando a que terminara la cesárea. Al entrar en “despertar” la encontré con un “Drum” (vía central de acceso periférico); algo había pasado… y de hecho algo pasó pero no logré aclararlo.
En lo que ella despertaba y no, fui a la UCI neonatal, recogí los papeles e hice el ingreso. Nombre, me preguntaron… Los que yo quería no le gustaban a ella, y los que ella quería no me gustaban a mi… Al final como su padre, que gran nombre para tan poca cosa (lo veías de arriba a abajo antes de acabar de decir el nombre)…

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Y llegó mañana…

Después de 6 días con la misma rutina, sin cambiarme de ropa, que no quiere decir sin ducharme, porque a Dios gracias había una ducha detrás de admisión para los familiares, llegó el domingo.
Bajamos a la ecografía de rigor, y poco antes de que le trajeran la comida nos dicen que no coma ni beba nada, que habían decidido “sacarlo” esa tarde… que quedaba sólo una incubadora libre.
Momentos de angustia, incertidumbre, miedo por no decir pánico.
Y como las corridas de toros, a las 5 de la tarde, con la venía del presidente, y si el tiempo no lo impide, se lidiarán…
No recuerdo cuanto fumé durante aquel tiempo interminable de la cesárea, si, fumar en un hospital (eran otros tiempos y en los pasillos estaba permitido), pero seguro que fueron unos cuantos…
De repente se abrió la puerta del quirófano y apareció una incubadora de transporte con una pequeña criatura en su interior, poco mas grande que mi mano, de piel tersa y rojiza, diría que casi transparente, con unos ojos tristes pero rebosantes de vida, y flanqueado por dos pediatras (Félix y Nacho). No recuerdo exactamente lo que me dijeron, pero fue algo así como que estaba bien. Pregunté por el Apgar, que creo que fue 7/9 aunque luego en el informe ponía 5/7. La verdad es que me daba igual, creo que lo pregunté por deformación profesional…
Para los profanos el test de Apgar (acrónimo de Apariencia, Pulso, Gesto, Actividad y Respiración) es la valoración clínica del recién nacido por parte del pediatra o la comadrona, para valorar la tolerancia de este al proceso del nacimiento y su adaptabilidad al medio ambiente. Se mide al minuto y a los 5 minutos de vida, y se valora el color de la piel, la frecuencia cardiaca, el tono muscular, los reflejos e irritabilidad y la respiración. Si está en buenas condiciones obtendrá una puntuación entre 8 y 10.
A el se lo llevaron a la Unidad de Cuidados Intensivos para recién nacidos (UCI neonatal), y yo me quedé esperando a que terminara la cesárea. Al entrar en “despertar” la encontré con un “Drum” (vía central de acceso periférico); algo había pasado… y de hecho algo pasó pero no logré aclararlo.
En lo que ella despertaba y no, fui a la UCI neonatal, recogí los papeles e hice el ingreso. Nombre, me preguntaron… Los que yo quería no le gustaban a ella, y los que ella quería no me gustaban a mi… Al final como su padre, que gran nombre para tan poca cosa (lo veías de arriba a abajo antes de acabar de decir el nombre)…

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Urgencias

Definitivamente, padres y madres no somos iguales. De hecho, si así fuera, este blog no tendría ningún sentido. Muestra inequívoca de ello es la distinta capacidad que unos y otras tenemos para afrontar los momentos complicados que se suceden en el día a día. No digo que ellas sean mejores, ojo, digo que son distintas. Qué coño, son mejores.

Entremos en situación. Padre de naturaleza resolutiva (no tiene porqué ser mi caso) y decidido, que encara con determinación los problemas del trabajo y de la vida, que tiene una capacidad innata para desenvolverse con naturalidad y firmeza en momentos peliagudos, pero que se convierte en Pepe Viyuela cuando tiene que llevar a su pequeña hija de dos años a urgencias.

La cosa se complica desde el momento en el que la niña empieza a dar muestras inequívocas de tener fiebre. El primer paso suele ser que el padre aproveche el momento preciso en el que la pequeña va a vomitar para intentar llevarla desde la cama hasta el baño, separados por una considerable distancia que se hace mayor en estos casos (os la tengo jurada, arquitectos de pacotilla). Bien, entre ambas estancias suelen situarse obstáculos tales como cómodas o alfombras, muy susceptibles de resultar considerablemente impregnadas en el caso de que intentes transportar en volandas cogida por las axilas a una niña de dos años vomitando a cascoporro.
La situación no mejora en el coche. La pobre criatura, vestida para la ocasión (en situaciones de emergencia sanitaria el papá opta, siempre, por ponerle la primera ropa que encuentre, y esto incluye normalmente ponerle el gorro del revés) realiza el viaje de ida al hospital al filo de la navaja, con ojillos de circunstancias debido a la fiebre y flipando ante el caos organizativo del padre. Éste, por su parte, conduce a toda leche con un ojo en la carretera y el otro en el retrovisor, implorándole al cielo que la próxima bocanada se demore al menos hasta llegar al destino. La tensión es máxima, se masca la tragedia.

Si finalmente las alfombrillas salen indemnes, es hora de llegar al mostrador de Urgencias y balbucear ante la atónita mirada de la administrativa. En estos momentos no se sabe bien quién de los dos, padre o hija, es el enfermo. Tampoco queda claro quién de los dos es el que está aprendiendo a hablar. Tras una ingente lucha dialéctica, finalmente al padre le queda claro que debe ir hacia las puertas blancas de su derecha y girar a la izquierda, hacia donde pone “urgencias pediátricas”.

Tras esperar un buen rato en un pasillo, el nervioso padre decide echar un vistazo (los hombres no preguntamos, ya sabéis) y localiza una sala de espera donde, por lo visto, debe sentarse a esperar. 
Cuando el pediatra nombra a la pequeña, el progenitor sale a la carrera, pisando al resto de pacientes, tropezándose con la puerta, y consigue finalmente llegar a la consulta. El galeno le ordena que desvista a la pequeña, otra ardua tarea (dónde están las madres cuando se las necesita) y procede a examinar a la enferma. El padre, mientras, se pasea por la habitación preguntando “¿está bien?”, “¿qué le pasa?” o “¿es grave doctor?” a lo que el pediatra responde con un angustioso silencio.

Finalmente, tras el diagnóstico y la emisión de recetas, toca desandar el camino, visitar la farmacia, colgar en la nevera las indicaciones del médico para no olvidarlas y rezar para que mamá vuelva pronto.

La niña está bien, gracias.

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Urgencias

Definitivamente, padres y madres no somos iguales. De hecho, si así fuera, este blog no tendría ningún sentido. Muestra inequívoca de ello es la distinta capacidad que unos y otras tenemos para afrontar los momentos complicados que se suceden en el día a día. No digo que ellas sean mejores, ojo, digo que son distintas. Qué coño, son mejores.

Entremos en situación. Padre de naturaleza resolutiva (no tiene porqué ser mi caso) y decidido, que encara con determinación los problemas del trabajo y de la vida, que tiene una capacidad innata para desenvolverse con naturalidad y firmeza en momentos peliagudos, pero que se convierte en Pepe Viyuela cuando tiene que llevar a su pequeña hija de dos años a urgencias.

La cosa se complica desde el momento en el que la niña empieza a dar muestras inequívocas de tener fiebre. El primer paso suele ser que el padre aproveche el momento preciso en el que la pequeña va a vomitar para intentar llevarla desde la cama hasta el baño, separados por una considerable distancia que se hace mayor en estos casos (os la tengo jurada, arquitectos de pacotilla). Bien, entre ambas estancias suelen situarse obstáculos tales como cómodas o alfombras, muy susceptibles de resultar considerablemente impregnadas en el caso de que intentes transportar en volandas cogida por las axilas a una niña de dos años vomitando a cascoporro.
La situación no mejora en el coche. La pobre criatura, vestida para la ocasión (en situaciones de emergencia sanitaria el papá opta, siempre, por ponerle la primera ropa que encuentre, y esto incluye normalmente ponerle el gorro del revés) realiza el viaje de ida al hospital al filo de la navaja, con ojillos de circunstancias debido a la fiebre y flipando ante el caos organizativo del padre. Éste, por su parte, conduce a toda leche con un ojo en la carretera y el otro en el retrovisor, implorándole al cielo que la próxima bocanada se demore al menos hasta llegar al destino. La tensión es máxima, se masca la tragedia.

Si finalmente las alfombrillas salen indemnes, es hora de llegar al mostrador de Urgencias y balbucear ante la atónita mirada de la administrativa. En estos momentos no se sabe bien quién de los dos, padre o hija, es el enfermo. Tampoco queda claro quién de los dos es el que está aprendiendo a hablar. Tras una ingente lucha dialéctica, finalmente al padre le queda claro que debe ir hacia las puertas blancas de su derecha y girar a la izquierda, hacia donde pone “urgencias pediátricas”.

Tras esperar un buen rato en un pasillo, el nervioso padre decide echar un vistazo (los hombres no preguntamos, ya sabéis) y localiza una sala de espera donde, por lo visto, debe sentarse a esperar. 
Cuando el pediatra nombra a la pequeña, el progenitor sale a la carrera, pisando al resto de pacientes, tropezándose con la puerta, y consigue finalmente llegar a la consulta. El galeno le ordena que desvista a la pequeña, otra ardua tarea (dónde están las madres cuando se las necesita) y procede a examinar a la enferma. El padre, mientras, se pasea por la habitación preguntando “¿está bien?”, “¿qué le pasa?” o “¿es grave doctor?” a lo que el pediatra responde con un angustioso silencio.

Finalmente, tras el diagnóstico y la emisión de recetas, toca desandar el camino, visitar la farmacia, colgar en la nevera las indicaciones del médico para no olvidarlas y rezar para que mamá vuelva pronto.

La niña está bien, gracias.

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Agradecidos

Esta semana ha sido muy bonica, básicamente por todas las personas que habéis compartido en facebook, twitter, correos y etcétera el enlace para descargarse la novela “Mal nacidos”. Me gustaría daros las gracias, así, en bloque, pero de forma pública y notoria. 

También me gustaría decir algo sobre la gratuidad, a raíz de algunos debates que han surgido sobre este asunto. Está claro que, en lo que se refiere a “Mal nacidos”, la gratuidad formaba parte de, digamos, un rollo promocional. Es gratis cinco días, la gente llega a ella, se conoce, se pone en marcha el boca a oreja, empieza a vender miles de ejemplares y podemos, por fin, financiar la revolución. Esa era la idea, y no otra. Esto no quita para que a mí me guste lo gratis. Nunca pude pillar una camiseta que se hizo hace unos años que ponía “Dinero gratis” pero me gustaba el lema. Quiero creer que tengo cierto control sobre lo que soy y sobre lo que hago y que puedo tomar decisiones, y hacer cosas, que no tengan motivación económica, o no sólo. Es cierto que me gustaría ganarme la vida escribiendo, claro que sí, pero más cierto todavía es que me gustaría que la vida no hubiera que ganarla, que bastara con vivirla. No es una frase naïf, es un órdago a la grande.

Pero esto era un post de agardecimiento. El plural del título se debe a que me atrevo a hablar en mi nombre y en el de la novela. Estoy convencido de que después de pasarse seis años en el disco duro y hacer la peregrinación del desierto por concursos y editoriales está loca de alegría de descarga en descarga. Siempre he creído que la literatura es lasciva, quiere ser tocada, acariciada, leída, olida, restregarse de lector en lectora.

Si, después de todo esto, la novela os gusta, ya sería el colmo.

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