Nuestro primer cumpleblog

Hoy queremos celebrar con todos que hace ya un año que comenzamos con este blog, así que he vuelto a leer nuestra presentación de entonces y puedo decir que suscribo todo lo que decíamos: también este segundo año de Sara lo hemos disfrutado mucho y hemos seguido creciendo juntos.


Entre el primer y el segundo año de un niño se producen importantes cambios, entre los que podemos destacar dos logros: aprender a andar, lo que les da libertad de movimientos, y aprender a hablar, lo que les permite comunicarse. Y junto al desarrollo de Sara, pensamos que también nosotros hemos seguido aprendiendo con ella.


Por eso tenemos muchas ganas de compartir los sentimientos, a veces tan extremos, que se experimentan con la paternidad: ilusión, cariño, dudas, miedo, sorpresa, expectación, paciencia…


También queremos sumarnos a la revolución, romper tópicos, buscar nuestros instintos, escuchar nuestros sentimientos y vivir, compartir y dar a conocer otra forma de crianza a la “formalmente establecida”, a la que vemos en la televisión: ¡otra crianza es posible!

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Nuestro primer cumpleblog

Hoy queremos celebrar con todos que hace ya un año que comenzamos con este blog, así que he vuelto a leer nuestra presentación de entonces y puedo decir que suscribo todo lo que decíamos: también este segundo año de Sara lo hemos disfrutado mucho y hemos seguido creciendo juntos.


Entre el primer y el segundo año de un niño se producen importantes cambios, entre los que podemos destacar dos logros: aprender a andar, lo que les da libertad de movimientos, y aprender a hablar, lo que les permite comunicarse. Y junto al desarrollo de Sara, pensamos que también nosotros hemos seguido aprendiendo con ella.


Por eso tenemos muchas ganas de compartir los sentimientos, a veces tan extremos, que se experimentan con la paternidad: ilusión, cariño, dudas, miedo, sorpresa, expectación, paciencia…


También queremos sumarnos a la revolución, romper tópicos, buscar nuestros instintos, escuchar nuestros sentimientos y vivir, compartir y dar a conocer otra forma de crianza a la “formalmente establecida”, a la que vemos en la televisión: ¡otra crianza es posible!

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Las infusiones pueden ser peligrosas para los bebés (I)

La típica frase que dice que el cuerpo humano es una máquina perfecta hace tiempo que pasó a la historia. Estamos asistiendo en la actualidad a un fenómeno de “hipermedicación” en que cualquier variante de la normalidad se considera como un error o enfermedad a subsanar y este problema está afectando también a los niños (ya que son medicados por los padres).

En la intención de dar a los pequeños un tratamiento lo más sano posible muchas madres y padres ofrecen a sus hijos infusiones o preparados que muchas veces se venden con la garantía de ser un producto natural, como si la coletilla “natural” significara “exento de efectos secundarios”.

La realidad es que las infusiones de hierbas son más peligrosas de lo que parece y por tanto no deberían darse a los niños enfermos, y mucho menos a los sanos (la mayoría de los que las reciben).

Los bebés son más pequeños

Los bebés son más vulnerables que los adultos ante la toma de cualquier medicación dado su menor tamaño y las dosis deben ser calculadas en base a su peso, para evitar intoxicaciones.

Las infusiones de hierbas no dejan de ser tratamientos que pueden tener efectos secundarios ya que la mayoría contienen principios farmacológicamente activos y por lo tanto pueden provocar intoxicaciones según la cantidad administrada.

Si tenemos en cuenta también que la composición de las infusiones o preparados no está estandarizada, el peligro aumenta, pues un sobre de la infusión A puede provocar mayor efecto que un sobre de la infusión B.

No hay datos sobre su seguridad

Se calcula que alrededor del 80% de los medicamentos que actualmente se administran a los niños no han sido estudiados con ellos(básicamente por una cuestión ética… ¿quién dejaría que se hicieran pruebas médicas con su hijo?).

Si no se han realizado pruebas con la mayoría de medicamentos y por lo tanto se administran en base a suposiciones, con el riesgo que ello conlleva, menos seguridad hay todavía en los posibles efectos que puedan provocar las infusiones, que tampoco han sido estudiadas y cuya dosificación no está descrita.

Pueden ser tóxicas

Algunas plantas contienen productos tóxicos y si se toman en cantidad o tiempo suficiente podrían dañar al bebé.

Estamos hablando de alfalfa, amapola, anís estrellado (retirado del mercado español), anís verde, artemisa, boj, boldo, caulofilo, cornezuelo, efedra, eucalipto, fucus, hinojo, hisopo, kava (retirado del mercado español), nuez moscada o salvia.

Muchas infusiones contienen taninos y otros compuestos que ligan el hierro y otros minerales, disminuyendo su biodisponibilidad (o sea, evitando que el bebé lo absorba correctamente). Es el caso, por ejemplo, de la manzanilla, el té verde y otros tipos de tes.

El anís, el hinojo y el comino actúan según su principio activo anetol, un depresor neurológico que produce, según la dosis, somnolencia, convulsiones y coma. Por desgracia existen muchos casos de niños intoxicados con estas hierbas (sobretodo por el anís estrellado).

Azúcar y agua: mejor no

Otro factor a tener en cuenta es el azúcar con que se suelen preparar. El azúcar aumenta el riesgo de obesidad y caries y predispone a los niños al sabor dulce, dificultando más adelante la aceptación de otros sabores.

Las infusiones, además, no tienen ningún valor alimenticio, por lo que no sustituye nutricionalmente a ningún otro alimento. Si el que la toma es un bebé lactante la sustitución de leche por una infusión (agua+hierbas) es todavía más grave, pues estará llenando el estómago de líquido cuando podría haber recibido una toma de leche, mucho más nutritiva.

Un punto y aparte merecen las infusiones instantáneas para bebés, que vienen en latas para ser preparadas con agua. En unos días os hablo de ellas.

Más información: Guía de Lactancia Materna para profesionales de la AEP (pág. 402), IHAN (pág. 21), Lactancia y Pediatría La Plata

Publicado originalmente en Bebés y más.

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Las infusiones pueden ser peligrosas para los bebés (I)

La típica frase que dice que el cuerpo humano es una máquina perfecta hace tiempo que pasó a la historia. Estamos asistiendo en la actualidad a un fenómeno de “hipermedicación” en que cualquier variante de la normalidad se considera como un error o enfermedad a subsanar y este problema está afectando también a los niños (ya que son medicados por los padres).

En la intención de dar a los pequeños un tratamiento lo más sano posible muchas madres y padres ofrecen a sus hijos infusiones o preparados que muchas veces se venden con la garantía de ser un producto natural, como si la coletilla “natural” significara “exento de efectos secundarios”.

La realidad es que las infusiones de hierbas son más peligrosas de lo que parece y por tanto no deberían darse a los niños enfermos, y mucho menos a los sanos (la mayoría de los que las reciben).

Los bebés son más pequeños

Los bebés son más vulnerables que los adultos ante la toma de cualquier medicación dado su menor tamaño y las dosis deben ser calculadas en base a su peso, para evitar intoxicaciones.

Las infusiones de hierbas no dejan de ser tratamientos que pueden tener efectos secundarios ya que la mayoría contienen principios farmacológicamente activos y por lo tanto pueden provocar intoxicaciones según la cantidad administrada.

Si tenemos en cuenta también que la composición de las infusiones o preparados no está estandarizada, el peligro aumenta, pues un sobre de la infusión A puede provocar mayor efecto que un sobre de la infusión B.

No hay datos sobre su seguridad

Se calcula que alrededor del 80% de los medicamentos que actualmente se administran a los niños no han sido estudiados con ellos(básicamente por una cuestión ética… ¿quién dejaría que se hicieran pruebas médicas con su hijo?).

Si no se han realizado pruebas con la mayoría de medicamentos y por lo tanto se administran en base a suposiciones, con el riesgo que ello conlleva, menos seguridad hay todavía en los posibles efectos que puedan provocar las infusiones, que tampoco han sido estudiadas y cuya dosificación no está descrita.

Pueden ser tóxicas

Algunas plantas contienen productos tóxicos y si se toman en cantidad o tiempo suficiente podrían dañar al bebé.

Estamos hablando de alfalfa, amapola, anís estrellado (retirado del mercado español), anís verde, artemisa, boj, boldo, caulofilo, cornezuelo, efedra, eucalipto, fucus, hinojo, hisopo, kava (retirado del mercado español), nuez moscada o salvia.

Muchas infusiones contienen taninos y otros compuestos que ligan el hierro y otros minerales, disminuyendo su biodisponibilidad (o sea, evitando que el bebé lo absorba correctamente). Es el caso, por ejemplo, de la manzanilla, el té verde y otros tipos de tes.

El anís, el hinojo y el comino actúan según su principio activo anetol, un depresor neurológico que produce, según la dosis, somnolencia, convulsiones y coma. Por desgracia existen muchos casos de niños intoxicados con estas hierbas (sobretodo por el anís estrellado).

Azúcar y agua: mejor no

Otro factor a tener en cuenta es el azúcar con que se suelen preparar. El azúcar aumenta el riesgo de obesidad y caries y predispone a los niños al sabor dulce, dificultando más adelante la aceptación de otros sabores.

Las infusiones, además, no tienen ningún valor alimenticio, por lo que no sustituye nutricionalmente a ningún otro alimento. Si el que la toma es un bebé lactante la sustitución de leche por una infusión (agua+hierbas) es todavía más grave, pues estará llenando el estómago de líquido cuando podría haber recibido una toma de leche, mucho más nutritiva.

Un punto y aparte merecen las infusiones instantáneas para bebés, que vienen en latas para ser preparadas con agua. En unos días os hablo de ellas.

Más información: Guía de Lactancia Materna para profesionales de la AEP (pág. 402), IHAN (pág. 21), Lactancia y Pediatría La Plata

Publicado originalmente en Bebés y más.

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10 cosas que hemos aprendido de nuestra hija

10 cosas que he aprendido de mi hijo es un carnaval de blogs cuyo propósito es hacernos reflexionar, compartir, reír, emocionarnos y facilitarnos una mirada en retrospectiva acerca de cuánto hemos aprendido desde que emprendimos el camino de la maternidad/paternidad.”


10 cosas que he aprendido de mi hijo

Con 2 años que tiene ya Sara, son muchos los cambios que hemos visto en nuestra vida y en nosotros, y ha sido muy intenso el aprendizaje. Ya que mi mujer y yo compartimos el blog, hemos querido también pensar la lista entre los dos, y este es el resultado. Hemos aprendido:


  1. A valorar más a nuestros padres y a quererlos más. Ahora entendemos mejor todo el tiempo, trabajo y cariño que se dedica a un hijo, y nos hace más dichosos y agradecidos de lo que hicieron nuestros padres por nosotros.

  2. A confiar más en nuestras posibilidades, habilidades e instintos. Hemos descubierto que somos capaces de hacer muchas cosas que antes nos parecían muy difíciles, casi inalcanzables. Ahora nos sentimos más válidos, y nos atrevemos a hacer lo que sentimos, aunque no sea lo que haga la mayoría.

  3. Que la vida comienza mucho antes del nacimiento, y que a los niños se les quiere y se les cuida desde el momento de su concepción.

  4. A entregarnos en cuerpo y alma sin esperar nada a cambio. Aunque el amor de pareja también conlleva la entrega, la relación de dependencia con un hijo le da un sentido distinto.

  5. Que los bebés son mucho más fuertes de lo que nos creemos y el instinto de supervivencia es muy grande desde el primer momento.

  6. A expresar lo bien que lo hacen los demás con más frecuencia. A decir te quiero más veces.

  7. A querer más a mi pareja por el regalo que me ha hecho de ser padres juntos.

  8. A tener más cuidado con el lenguaje: hablando en positivo, expresando los sentimientos, profundizando con lo que decimos…

  9. A entender mejor a los niños, a conocer sus sentimientos, a comprender sus necesidades y sus quejas. A darles afecto y mostrarlo con el contacto.

  10. A dejarla crecer, acompañarla en su desarrollo, en sus descubrimientos, en sus pequeños logros y, con todo esto, a crecer en familia y como familia.

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10 cosas que hemos aprendido de nuestra hija

10 cosas que he aprendido de mi hijo es un carnaval de blogs cuyo propósito es hacernos reflexionar, compartir, reír, emocionarnos y facilitarnos una mirada en retrospectiva acerca de cuánto hemos aprendido desde que emprendimos el camino de la maternidad/paternidad.”


10 cosas que he aprendido de mi hijo

Con 2 años que tiene ya Sara, son muchos los cambios que hemos visto en nuestra vida y en nosotros, y ha sido muy intenso el aprendizaje. Ya que mi mujer y yo compartimos el blog, hemos querido también pensar la lista entre los dos, y este es el resultado. Hemos aprendido:


  1. A valorar más a nuestros padres y a quererlos más. Ahora entendemos mejor todo el tiempo, trabajo y cariño que se dedica a un hijo, y nos hace más dichosos y agradecidos de lo que hicieron nuestros padres por nosotros.

  2. A confiar más en nuestras posibilidades, habilidades e instintos. Hemos descubierto que somos capaces de hacer muchas cosas que antes nos parecían muy difíciles, casi inalcanzables. Ahora nos sentimos más válidos, y nos atrevemos a hacer lo que sentimos, aunque no sea lo que haga la mayoría.

  3. Que la vida comienza mucho antes del nacimiento, y que a los niños se les quiere y se les cuida desde el momento de su concepción.

  4. A entregarnos en cuerpo y alma sin esperar nada a cambio. Aunque el amor de pareja también conlleva la entrega, la relación de dependencia con un hijo le da un sentido distinto.

  5. Que los bebés son mucho más fuertes de lo que nos creemos y el instinto de supervivencia es muy grande desde el primer momento.

  6. A expresar lo bien que lo hacen los demás con más frecuencia. A decir te quiero más veces.

  7. A querer más a mi pareja por el regalo que me ha hecho de ser padres juntos.

  8. A tener más cuidado con el lenguaje: hablando en positivo, expresando los sentimientos, profundizando con lo que decimos…

  9. A entender mejor a los niños, a conocer sus sentimientos, a comprender sus necesidades y sus quejas. A darles afecto y mostrarlo con el contacto.

  10. A dejarla crecer, acompañarla en su desarrollo, en sus descubrimientos, en sus pequeños logros y, con todo esto, a crecer en familia y como familia.

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Para la primavera

Hoy queremos compartir públicamente una noticia que los que nos conocéis seguro ya sabéis: ¡ESTAMOS EMBARAZADOS! Vale, ya sé que no es novedad, porque nos quedan sólo un par de meses, pero es que ahora lo vemos muy cercano y nos apetecía ponerlo en el blog. Estamos encantados esperando a la que “parece” una hermanita para Sara, aunque también un poco asustados, porque ya conocemos lo que nos espera en los próximos meses.


Con la noticia, me venía a la memoria el comentario que me hizo mi tío, que ha vivido en el campo y ha criado caballos y otros animales, cuando les anunciábamos que esperábamos en bebé para mayo: “¡qué bien, para la primavera, como los animales!” Y como me quedé un poco perplejo y le pregunté algo más, me explicaba que es el tiempo más favorable para la supervivencia, y que muchos animales parían en esa estación.

Después lo estuve pensando, es verdad que es un tiempo favorable, pero actualmente las parejas planifican (o lo intentan) el periodo o el mes de nacimiento de sus hijos, así que no sabemos si pasaría lo mismo con la especie humana.


Y esta reflexión la quería traer aquí, por una parte porque veo que efectivamente los bebés que nacen en invierno lo tienen más difícil para salir a la calle (menos vitamina D) y pasan peor la temporada de mocos, pero tampoco veo fácil elegir el mes (o la estación) de nacimiento de nuestros hijos, ni tengo claro si “lo natural” sería de verdad que nacieran la mayoría en primavera.


¿Qué os parece? ¿Se está exagerando con la “elección” de las fechas de los nacimientos? ¿Hay factores sociales que presionan para que esto se produzca? ¿Y se acierta? ¿Es ir contra la naturaleza o es parte de nuestra naturaleza?


Nosotros conocemos ahora varios casos de parejas que están teniendo problemas para embarazarse, una vez que han tomado una opción clara, así que opino que la opción de retrasar o programar los nacimientos hay que tenerla también muy clara. Esto nos debe servir para ser conscientes de que tener hijos es un gran motivo de alegría, y como tal lo vivimos nosotros.

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Para la primavera

Hoy queremos compartir públicamente una noticia que los que nos conocéis seguro ya sabéis: ¡ESTAMOS EMBARAZADOS! Vale, ya sé que no es novedad, porque nos quedan sólo un par de meses, pero es que ahora lo vemos muy cercano y nos apetecía ponerlo en el blog. Estamos encantados esperando a la que “parece” una hermanita para Sara, aunque también un poco asustados, porque ya conocemos lo que nos espera en los próximos meses.


Con la noticia, me venía a la memoria el comentario que me hizo mi tío, que ha vivido en el campo y ha criado caballos y otros animales, cuando les anunciábamos que esperábamos en bebé para mayo: “¡qué bien, para la primavera, como los animales!” Y como me quedé un poco perplejo y le pregunté algo más, me explicaba que es el tiempo más favorable para la supervivencia, y que muchos animales parían en esa estación.

Después lo estuve pensando, es verdad que es un tiempo favorable, pero actualmente las parejas planifican (o lo intentan) el periodo o el mes de nacimiento de sus hijos, así que no sabemos si pasaría lo mismo con la especie humana.


Y esta reflexión la quería traer aquí, por una parte porque veo que efectivamente los bebés que nacen en invierno lo tienen más difícil para salir a la calle (menos vitamina D) y pasan peor la temporada de mocos, pero tampoco veo fácil elegir el mes (o la estación) de nacimiento de nuestros hijos, ni tengo claro si “lo natural” sería de verdad que nacieran la mayoría en primavera.


¿Qué os parece? ¿Se está exagerando con la “elección” de las fechas de los nacimientos? ¿Hay factores sociales que presionan para que esto se produzca? ¿Y se acierta? ¿Es ir contra la naturaleza o es parte de nuestra naturaleza?


Nosotros conocemos ahora varios casos de parejas que están teniendo problemas para embarazarse, una vez que han tomado una opción clara, así que opino que la opción de retrasar o programar los nacimientos hay que tenerla también muy clara. Esto nos debe servir para ser conscientes de que tener hijos es un gran motivo de alegría, y como tal lo vivimos nosotros.

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Al ir al médico hay que decir siempre la verdad

Las visitas al pediatra o a la enfermera suelen ser motivo de angustia y de rechazo por parte de los niños. Para que lo lleven lo mejor posible se recomienda decirles siempre la verdad.

Cuando son bebés no hay mucho problema, pues van donde les lleven sin rechistar, pero a la que empiezan a entendernos aparecen las primeras reticencias a la hora de acudir al médico.

Sobre la actuación de los profesionales con los niños hay mucho que debatir y probablemente mucho a mejorar (el trato, las miradas, el tacto,…), quizás otro día hable de ello, si a alguien le interesa.

Sin embargo hay otras cosas que pasan en la consulta que no se pueden cambiar demasiado, es lo que hay:

  • No se puede ver la garganta sin el depresor o “palito” que tantas arcadas provoca (a menos que el niño esté entrenado y sepa abrir la boca y bajar la garganta, pero esto sólo lo saben hacer algunos niños mayorcitos).
  • No se puede poner una vacuna sin pinchar.
  • No se puede sacar sangre sin una aguja.
  • No se puede suturar una herida sin una aguja y un hilo.

Ante estos eventos y dado que los padres solemos estar siempre informados de lo que les van a hacer a nuestros pequeños debemos decirles siempre la verdad: dónde vamos y a qué vamos (con un poco de tacto, claro).

Muchas madres y padres engañan a sus hijos diciéndoles que van a otro sitio, que van al médico pero que a ellos no les visitará, que van al médico pero que no les pinchará, etc.

Sin ir más lejos, hace unos días entraba una mamá con su hija de 4 años para hacerle una extracción de sangre y ante el llanto de la pequeña la madre le dijo: “No llores, tranquila, que no te van a pinchar”. Un minuto después la niña tenía clavada una aguja sacándole sangre.

¿Qué sentido puede tener para una niña que su madre le diga y le repita que puede estar tranquila, que no le van a pinchar, si acto seguido se lo van a hacer? ¿A qué nivel puede quedar la confianza de la pequeña hacia las palabras de su madre?

Lo más lógico es que cada vez que acuda al médico, aunque su madre le diga que no le van a pinchar, la niña crea que sí le van a pinchar, desconfiando de su madre y temiendo a las personas vestidas de blanco.

Quizás por esto mismo hay tantos adultos hoy en día con fobia a las agujas y jeringas (quizás no).

Lo ideal es decirles siempre la verdad. No hace falta entrar en demasiados detalles, sino adaptar lo que sucederá a su capacidad de entendimiento.

Si un día toca un pinchazo o algo desagradable y se lo comunicamos así, el niño va avisado y se dará cuenta, al confirmarse las palabras de la madre, de que ha sido sincera.

Si un día la visita es más bien de rutina y no va a haber ningún procedimiento doloroso, les decimos que no le van a hacer ningún daño y se dan cuenta que es cierto, el círculo se cierra y acaban comprendiendo que pueden confiar en mamá.

Publicado originalmente en Bebés y más.

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Al ir al médico hay que decir siempre la verdad

Las visitas al pediatra o a la enfermera suelen ser motivo de angustia y de rechazo por parte de los niños. Para que lo lleven lo mejor posible se recomienda decirles siempre la verdad.

Cuando son bebés no hay mucho problema, pues van donde les lleven sin rechistar, pero a la que empiezan a entendernos aparecen las primeras reticencias a la hora de acudir al médico.

Sobre la actuación de los profesionales con los niños hay mucho que debatir y probablemente mucho a mejorar (el trato, las miradas, el tacto,…), quizás otro día hable de ello, si a alguien le interesa.

Sin embargo hay otras cosas que pasan en la consulta que no se pueden cambiar demasiado, es lo que hay:

  • No se puede ver la garganta sin el depresor o “palito” que tantas arcadas provoca (a menos que el niño esté entrenado y sepa abrir la boca y bajar la garganta, pero esto sólo lo saben hacer algunos niños mayorcitos).
  • No se puede poner una vacuna sin pinchar.
  • No se puede sacar sangre sin una aguja.
  • No se puede suturar una herida sin una aguja y un hilo.

Ante estos eventos y dado que los padres solemos estar siempre informados de lo que les van a hacer a nuestros pequeños debemos decirles siempre la verdad: dónde vamos y a qué vamos (con un poco de tacto, claro).

Muchas madres y padres engañan a sus hijos diciéndoles que van a otro sitio, que van al médico pero que a ellos no les visitará, que van al médico pero que no les pinchará, etc.

Sin ir más lejos, hace unos días entraba una mamá con su hija de 4 años para hacerle una extracción de sangre y ante el llanto de la pequeña la madre le dijo: “No llores, tranquila, que no te van a pinchar”. Un minuto después la niña tenía clavada una aguja sacándole sangre.

¿Qué sentido puede tener para una niña que su madre le diga y le repita que puede estar tranquila, que no le van a pinchar, si acto seguido se lo van a hacer? ¿A qué nivel puede quedar la confianza de la pequeña hacia las palabras de su madre?

Lo más lógico es que cada vez que acuda al médico, aunque su madre le diga que no le van a pinchar, la niña crea que sí le van a pinchar, desconfiando de su madre y temiendo a las personas vestidas de blanco.

Quizás por esto mismo hay tantos adultos hoy en día con fobia a las agujas y jeringas (quizás no).

Lo ideal es decirles siempre la verdad. No hace falta entrar en demasiados detalles, sino adaptar lo que sucederá a su capacidad de entendimiento.

Si un día toca un pinchazo o algo desagradable y se lo comunicamos así, el niño va avisado y se dará cuenta, al confirmarse las palabras de la madre, de que ha sido sincera.

Si un día la visita es más bien de rutina y no va a haber ningún procedimiento doloroso, les decimos que no le van a hacer ningún daño y se dan cuenta que es cierto, el círculo se cierra y acaban comprendiendo que pueden confiar en mamá.

Publicado originalmente en Bebés y más.

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Propuestas de juegos de mesa para niños pequeños

(continuación de Listas de juegos de mesa)

Por último, quería proponer y comentar juegos apropiados para cada edad, algunos por haber jugado y otros simplemente de oídas. Entre paréntesis indico la posición que ocupa actualmente en el ranking de la categoría “Juegos de niños”, más como curiosidad que por el valor que quiera darle:

A partir de 2 años: Memory (347)
Número de jugadores: 2-6
Tiempo de partida: 30 minutos

Es el clásico juego de encontrar las parejas entre las fichas que están boca acabo, muy interesante para el desarrollo de la atención y la memoria. Quizás alguien piense que es un poco pronto para jugar en serio a este juego, pero creo que los 2 años es un buen momento para ir descubriéndolo y familiarizándose con él, sin llegar a competir. De momento a Sara, con 23 meses, le gusta reconocer las figuras de las fichas, le gusta el tacto de madera y el ruido al chocarlas, y empieza a entender la mecánica con una pequeña variación: le coloco 4 parejas vueltas hacia arriba y les voy dando la vuelta una a una mostrándole donde están; cuando todas quedan cubiertas, le pregunto dónde están los … y ella intenta recordarlos y va volviendo las fichas hasta encontrar la pareja. Cuando sólo queda una pareja, le pregunto cuál es la que falta, y muchas veces la acierta.

A partir de 3 años: Cocoricó-cocorocó (Chicken Cha Cha Cha) (14)
Número de jugadores: 2-4
Tiempo de partida: 20 minutos

A este no he tenido el gusto de jugar, pero por lo que cuentan es una evolución del juego anterior. En realidad, sigue siendo una edad en la que los juegos les tienen que entrar por los ojos, y este parece suficientemente atractivo para ir desarrollando la afición por estos.

A partir de 4 años: Viva topo! (8)
Número de jugadores: 2-4
Tiempo de partida: 20 minutos

Para jugar con niños de 4 años, e incluso más pequeños, podemos encontrar ya juegos muy interesantes. De nuevo este juego llama la atención por su colorido y sus cuidadas figuras; además, este juego introduce la estrategia dentro de su dinámica (los ratones, huyendo del gato, tienen que decidir si conformarse con un queso pequeño o arriesgar por conseguir uno más grande). Mi sobrino de 5 años y medio nos ganó una de las dos partidas que jugamos recientemente, y os aseguro que no me dejé, sino que me confié después de haberle ganado la primera.

A partir de 4 años y medio: Monza (49)
Número de jugadores: 2-6
Tiempo de partida: 10 minutos

He querido incluir este juego tras haber leído buenas reseñas sobre él. Es un juego de carreras cuya sencilla mecánica son los dados y la estrategia elegida para el movimiento; además, es una versión para niños del conocido juego Formula Dé. Dicen que por la temática es más atractivo para los chicos (y sus padres :-D).

A partir de 5 años: Caballeros del castillo (Castle Knights) (22)
Número de jugadores: 2-4
Tiempo de partida: 10 minutos

Me llamó mucho la atención cuando conocido este particular juego. Es un juego cooperativo de destreza que requiere que los jugadores del mismo equipo hagan por entenderse, dado que utilizarán una goma que se estira con 4 correas, manejadas por 2, 3 ó 4 jugadores. Lejos de ser el clásico juego para echar la tarde, es más bien un juego pensado para tiempos cortos.
Y vosotros, ¿a qué jugáis con vuestros hijos? ¿tenéis algún juego interesante que queráis comentar?
Pues nada más, ¡a jugaaaaaaaaar!
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Propuestas de juegos de mesa para niños pequeños

(continuación de Listas de juegos de mesa)

Por último, quería proponer y comentar juegos apropiados para cada edad, algunos por haber jugado y otros simplemente de oídas. Entre paréntesis indico la posición que ocupa actualmente en el ranking de la categoría “Juegos de niños”, más como curiosidad que por el valor que quiera darle:

A partir de 2 años: Memory (347)
Número de jugadores: 2-6
Tiempo de partida: 30 minutos

Es el clásico juego de encontrar las parejas entre las fichas que están boca acabo, muy interesante para el desarrollo de la atención y la memoria. Quizás alguien piense que es un poco pronto para jugar en serio a este juego, pero creo que los 2 años es un buen momento para ir descubriéndolo y familiarizándose con él, sin llegar a competir. De momento a Sara, con 23 meses, le gusta reconocer las figuras de las fichas, le gusta el tacto de madera y el ruido al chocarlas, y empieza a entender la mecánica con una pequeña variación: le coloco 4 parejas vueltas hacia arriba y les voy dando la vuelta una a una mostrándole donde están; cuando todas quedan cubiertas, le pregunto dónde están los … y ella intenta recordarlos y va volviendo las fichas hasta encontrar la pareja. Cuando sólo queda una pareja, le pregunto cuál es la que falta, y muchas veces la acierta.

A partir de 3 años: Cocoricó-cocorocó (Chicken Cha Cha Cha) (14)
Número de jugadores: 2-4
Tiempo de partida: 20 minutos

A este no he tenido el gusto de jugar, pero por lo que cuentan es una evolución del juego anterior. En realidad, sigue siendo una edad en la que los juegos les tienen que entrar por los ojos, y este parece suficientemente atractivo para ir desarrollando la afición por estos.

A partir de 4 años: Viva topo! (8)
Número de jugadores: 2-4
Tiempo de partida: 20 minutos

Para jugar con niños de 4 años, e incluso más pequeños, podemos encontrar ya juegos muy interesantes. De nuevo este juego llama la atención por su colorido y sus cuidadas figuras; además, este juego introduce la estrategia dentro de su dinámica (los ratones, huyendo del gato, tienen que decidir si conformarse con un queso pequeño o arriesgar por conseguir uno más grande). Mi sobrino de 5 años y medio nos ganó una de las dos partidas que jugamos recientemente, y os aseguro que no me dejé, sino que me confié después de haberle ganado la primera.

A partir de 4 años y medio: Monza (49)
Número de jugadores: 2-6
Tiempo de partida: 10 minutos

He querido incluir este juego tras haber leído buenas reseñas sobre él. Es un juego de carreras cuya sencilla mecánica son los dados y la estrategia elegida para el movimiento; además, es una versión para niños del conocido juego Formula Dé. Dicen que por la temática es más atractivo para los chicos (y sus padres :-D).

A partir de 5 años: Caballeros del castillo (Castle Knights) (22)
Número de jugadores: 2-4
Tiempo de partida: 10 minutos

Me llamó mucho la atención cuando conocido este particular juego. Es un juego cooperativo de destreza que requiere que los jugadores del mismo equipo hagan por entenderse, dado que utilizarán una goma que se estira con 4 correas, manejadas por 2, 3 ó 4 jugadores. Lejos de ser el clásico juego para echar la tarde, es más bien un juego pensado para tiempos cortos.
Y vosotros, ¿a qué jugáis con vuestros hijos? ¿tenéis algún juego interesante que queráis comentar?
Pues nada más, ¡a jugaaaaaaaaar!
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Presentación del libro "Maternidad adaptada"


Mañana a las 20:30, en el Cau Ple de Lletres de Terrassa, presentaré el libro Maternidad Adaptada junto a Estrella Gil, su autora.

Os dejo información acerca del libro a continuación:

Tener un hijo es una vivencia que supone un cambio radical para la mayoría de padres y madres. De repente aparece en tu monótona pero controlada vida una criatura que desmonta tus horarios y que agota a diario tus energías hasta el punto que hay días que no acabas de ver la luz al final del túnel.

Si esto sucede con muchas de las personas que tenemos de nacimiento todo nuestro cuerpo y nuestros sentidos al cien por cien de nuestras capacidades, imaginad cómo puede ser tener un hijo cuando eres Estrella Gil, una mujer que tiene una parálisis cerebral por una mala praxis en el nacimiento que le produjo una discapacidad del noventa por ciento y que necesita un andador o una silla de ruedas para desplazarse.

Esto mismo es lo que Estrella explica en su libro Maternidad adaptada, un libro en el que muestra una manera diferente, pero igual, de ser madre, y digo igual porque esta mujer tiene un hijo de 22 meses llamado Miquel que crece, engorda, habla y sonríe feliz como pudiera hacerlo cualquier niño de su edad.

No es que lo haya tenido fácil en ningún sentido, ni ahora que es madre, por su evidente discapacidad, ni antes de serlo, por la mayoritaria incomprensión. Según comenta en un pasaje de su libro:

El miércoles, siguiendo las instrucciones del médico de urgencias, llevé mi orina a la enfermera y ella hizo la prueba. Al cabo de un minuto la miró y dijo sin mirarme a la cara: “Sí, estás preñada. ¿Qué piensas hacer con el niño?”

Ahora que es madre tiene que demostrar casi a diario que es capaz de serlo y con este libro lo muestra, tanto a las personas que al verla dudan de ello, como a aquellas personas que, con alguna discapacidad, piensan que debe ser imposible cuidar de un bebé.

Esta es la magia de este libro, que sirve como muestra de que pueden cumplirse los deseos de ser madre, casi contra viento y marea e incluso como muestra de que una lactancia difícil y complicada (Estrella ha tenido siempre problemas para poner al pecho a Miquel), que ella misma llegó a dar por perdida, puede salvarse con paciencia y constancia, pues aún ahora da el pecho.

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Presentación del libro "Maternidad adaptada"


Mañana a las 20:30, en el Cau Ple de Lletres de Terrassa, presentaré el libro Maternidad Adaptada junto a Estrella Gil, su autora.

Os dejo información acerca del libro a continuación:

Tener un hijo es una vivencia que supone un cambio radical para la mayoría de padres y madres. De repente aparece en tu monótona pero controlada vida una criatura que desmonta tus horarios y que agota a diario tus energías hasta el punto que hay días que no acabas de ver la luz al final del túnel.

Si esto sucede con muchas de las personas que tenemos de nacimiento todo nuestro cuerpo y nuestros sentidos al cien por cien de nuestras capacidades, imaginad cómo puede ser tener un hijo cuando eres Estrella Gil, una mujer que tiene una parálisis cerebral por una mala praxis en el nacimiento que le produjo una discapacidad del noventa por ciento y que necesita un andador o una silla de ruedas para desplazarse.

Esto mismo es lo que Estrella explica en su libro Maternidad adaptada, un libro en el que muestra una manera diferente, pero igual, de ser madre, y digo igual porque esta mujer tiene un hijo de 22 meses llamado Miquel que crece, engorda, habla y sonríe feliz como pudiera hacerlo cualquier niño de su edad.

No es que lo haya tenido fácil en ningún sentido, ni ahora que es madre, por su evidente discapacidad, ni antes de serlo, por la mayoritaria incomprensión. Según comenta en un pasaje de su libro:

El miércoles, siguiendo las instrucciones del médico de urgencias, llevé mi orina a la enfermera y ella hizo la prueba. Al cabo de un minuto la miró y dijo sin mirarme a la cara: “Sí, estás preñada. ¿Qué piensas hacer con el niño?”

Ahora que es madre tiene que demostrar casi a diario que es capaz de serlo y con este libro lo muestra, tanto a las personas que al verla dudan de ello, como a aquellas personas que, con alguna discapacidad, piensan que debe ser imposible cuidar de un bebé.

Esta es la magia de este libro, que sirve como muestra de que pueden cumplirse los deseos de ser madre, casi contra viento y marea e incluso como muestra de que una lactancia difícil y complicada (Estrella ha tenido siempre problemas para poner al pecho a Miquel), que ella misma llegó a dar por perdida, puede salvarse con paciencia y constancia, pues aún ahora da el pecho.

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El día D

“We like to watch you laughing, You pick the insects off plants No time to think of consequences” ‘Kids’, de MGMT Si no actualizo el blog el día de su cumpleaños este blog pierde su sentido. Este fin de semana ha sido el fin de semana del desfase y el descontrol. Como en nuestro salón […]

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¿Acertamos con los juguetes?

El próximo miércoles daré una charla, en calidad de enfermero, acerca de los juguetes.
Es la primera vez que hago una charla para hablar de niños (normalmente he hablado de cosas muy diferentes, más centradas en las emergencias) y me hace especial ilusión porque puedo hablar de juguetes y de juego, haciendo pinceladas de muchas otras cosas como la creatividad, el tiempo con los padres, etc.

Si estáis cerca, pasaos, que cuantos más seamos, mejor nos lo pasaremos (eso dicen, ¿no?).

La charla será en Terrassa, en la Biblioteca del Distrito 6, en la Rambla Francesc Macià, el día 15 de Diciembre a las 18:00.

Foto: Diesel Demon en Flickr

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¿Acertamos con los juguetes?

El próximo miércoles daré una charla, en calidad de enfermero, acerca de los juguetes.
Es la primera vez que hago una charla para hablar de niños (normalmente he hablado de cosas muy diferentes, más centradas en las emergencias) y me hace especial ilusión porque puedo hablar de juguetes y de juego, haciendo pinceladas de muchas otras cosas como la creatividad, el tiempo con los padres, etc.

Si estáis cerca, pasaos, que cuantos más seamos, mejor nos lo pasaremos (eso dicen, ¿no?).

La charla será en Terrassa, en la Biblioteca del Distrito 6, en la Rambla Francesc Macià, el día 15 de Diciembre a las 18:00.

Foto: Diesel Demon en Flickr

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Mí mismo en la televisión

¿Recordáis que os dije que me iban a grabar en Agosto? Si no lo recordáis podéis leerlo sólo unas entradas más abajo (es lo que tiene no actualizar el blog, que en un plis se lee lo último), pues bien, esta semana pasada se emitió el programa y me lo traigo al blog para quien quiera verme la jeta y escuchar mi catalán de Lleida (no es que yo sea de Lleida, es que siendo riojano el acento me queda así como del oeste de Catalunya).

Aparezco poco, tan sólo para mostrar, junto a mi familia, cómo es el modus operandi de un papá bloguero.

En el programa aparezco escribiendo en este mi blog, aunque la realidad es que las escapadas responden a las entradas realizadas en Bebés y más, básicamente.

Si queréis ir directamente a la chicha, es decir, allí donde aparezco yo, id al minuto 12 aproximadamente.

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Mí mismo en la televisión

¿Recordáis que os dije que me iban a grabar en Agosto? Si no lo recordáis podéis leerlo sólo unas entradas más abajo (es lo que tiene no actualizar el blog, que en un plis se lee lo último), pues bien, esta semana pasada se emitió el programa y me lo traigo al blog para quien quiera verme la jeta y escuchar mi catalán de Lleida (no es que yo sea de Lleida, es que siendo riojano el acento me queda así como del oeste de Catalunya).

Aparezco poco, tan sólo para mostrar, junto a mi familia, cómo es el modus operandi de un papá bloguero.

En el programa aparezco escribiendo en este mi blog, aunque la realidad es que las escapadas responden a las entradas realizadas en Bebés y más, básicamente.

Si queréis ir directamente a la chicha, es decir, allí donde aparezco yo, id al minuto 12 aproximadamente.

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EDUCAR SIN PEGAR- EL PAÍS

Pegar a los adultos se considera
una agresión,
Pegar a los animales se considera
una crueldad,
Pegar a los niños es
“por su bien”.

Siempre me ha parecido sorprendente la normalidad con que se ve todavía el castigo físico a los niños. Entre mis vecinos, no es raro escuchar frases como “a que te doy en el culo” o “como sigas así, te voy a poner el culo rojo”. Este viernes, una madre le dio varios cates a una niña de unos dos años en un parque por no dejar que otra se tirara del tobogán. Los comentarios de los lectores al reportaje de Juan Antonio Aunión publicado la semana pasada en EL PAÍS me han acabado de confirmar que no era una sensación mía: en España, pegar a los niños, sobre todo a los más pequeños, sigue siendo normal y se hace sin ningún sonrojo y con pleno convencimiento, pese a que la ley lo prohíbe desde 2007.

Muchos de los 296 comentarios que hasta ayer tenía el reportaje, titulado El cachete duele, pero no funciona, defendían su uso. Lo llamativo era la virulencia de muchos, como si el planteamiento de psicólogos y pedagogos de que ese método no es una herramienta adecuada para educar y además no es eficaz a largo plazo les atacara íntimamente. Así, varios descalificaban directamente a los expertos, y les retaban a hacer frente a niños reales. Muchos coincidían en afirmar que ellos mismos habían recibido sus azotes o bofetadas y que no estaban traumatizados, que gracias a ello son adultos educados y de provecho y que la permisividad y el buenrrollismo actual de los padres progres es lo que genera jóvenes maleducados y desnortados que acabarán maltratando a sus progenitores.

Parece obvio, pero habrá que recordar que mucha gente, incluso de la generación actual de padres y madres, se han criado sin bofetones ni azotes y que también, por usar expresiones que he leido, “han salido bien”, entre los que me incluyo. O que en países paradigmáticos de la buena educación y del buen rendimiento escolar, como los nórdicos, están prohibidos los castigos físicos desde hace años (eso sí, con grandes campañas de información y concienciación), sin que los niños se hayan vuelto unos cafres. Incluso, según algunos comentarios a mi anterior post, ¡son capaces de jugar sin gritar ni hacer ruido! En fin, que hay otras formas de mantener la disciplina y el respeto además de pegar, aunque pueden ser más trabajosas y requieren más autocontrol y paciencia.

Precisamente el hecho de que casi todos los que defendían el azote reconocían haberlos recibido parece confirmar uno de los efectos de este castigo del que alertan los psicólogos. “Lo tomas como modelo de conducta, como forma válida y aceptable de educar a tus hijos”, me explica Manuel Gámez Guadix, profesor de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid, que ha dirigido el estudio sobre la prevalencia del castigo físico de los menores en el ámbito familiar citado en el reportaje.

No siempre es así. Mi pareja, que sufrió bofetones por parte de un padre de los de antes, rechaza de plano la violencia física contra los niños. “Puede suceder”, dice Gámez, “pero estadísticamente, es más probable que los padres con los que se utilizó también lo hagan con sus hijos, es lo que han aprendido, y además es una forma de justificar el comportamiento de sus padres”. Lo contrario implica aceptar, como en el caso de mi pareja, que su padre no era perfecto y que no tenía derecho a pegarle, con el conflicto y la carga emocional que conlleva.

Otro punto polémico del reportaje de Aunión es que los expertos ponen en duda la eficacia a largo plazo de los castigos físicos para educar a un hijo. La eficacia a corto plazo está clara: “Logra la obediencia inmediata ,pero después, el niño se habitúa, con lo que los padres han de aumentar la frecuencia para logar el objetivo de la obediencia”, afirma Gámez.

La eficacia, supongo, la entenderá cada uno en función del objetivo que se ha planteado cuando imparte el correctivo. Un amigo con cuatro hijos, la mayor de 10 años, me explica que ha utilizado el azote en el culo “sólo cuando se ponen en peligro y su capacidad de raciocinio es poca. A medida que cumplen años lo dejo. Siempre que les he pegado les he explicado el porqué y les he pedido perdón por muy pequeños que fueran”. Es decir, para impedir actos puntuales como cruzar la calle impulsivamente, probablemente sea eficaz. Aunque según Gámez, si la curiosidad es muy grande, como en el caso de los atractivos agujeros del enchufe, a veces el resultado es el contrario al deseado, pues el niño lo que hace es llevar a cabo el comportamiento a escondidas del adulto que sabe que le va a pegar.

Otro amigo me cuenta que los dos únicos cachetes que se ha llevado su hijo, de tres años, han sido en situaciones en las que le ha sacado de quicio y por un comportamiento que considera inaceptable, que es pegarle a él o a su mujer. Este padre cree que no han sido eficaces, porque el niño, en plena rabieta, ni se ha dado cuenta, mientras que a él le han hecho sentirse mal.

Pero quitando los azotes en situaciones de riesgo o de pérdida de nervios, que cualquier padre, aunque no comparta, puede comprender, ¿es el castigo físico eficaz para educar? ¿Se consigue que los hijos sean más obedientes y se porten mejor?

Un trabajo de Murray A. Straus, profesor de Sociología y codirector del Laboratorio de Investigación Familiar de la Universidad de New Hampshire, basado en multitud de datos de estudios científicos sobre las consecuencias del castigo físico, recomienda “no pegar nunca”. “Los beneficios de evitarlo son muchos, pero para los padres es virtualmente imposible percibirlo observando a sus hijos”, afirma. “Los padres pueden percibir el efecto beneficioso de una bofetada (sin ver la igual eficacia de otras alternativas), pero no tienen forma de mirar un año o más adelante para ver si hay efectos secundarios perjudiciales por haber pegado al niño para corregir una mala conducta”.

“Hay poca evidencia científica de que el castigo físico mejore el comportamiento de los niños a largo plazo. Hay evidencia científica sustancial de que el castigo físico hace más, y no menos, probable que los niños sean desafiantes y agresivos en el futuro. Hay evidencia científica clara de que el castigo físico coloca a los niños en riesgo de consecuencias negativas, incluidos mayores problemas de salud mental”, afirma Elizabeth T. Gershoff, psicóloga doctorada en Desarrollo infantil y relaciones familiares por la Universidad de Texas, en un trabajo de 2008 en el que analiza cientos de estudios publicados en el último siglo sobre castigo físico en campos como la psicología, la medicina, la educación, el trabajo social o la sociología, titulado Report on Physical Punishment in the United States: What Research Tells Us About Its Effects on Children (Informe sobre el castigo físico en Estados Unidos: lo que la investigación nos dice sobre sus efectos en los niños).

Según Gershoff, “en estudios recientes en todo el mundo, incluyendo Canadá, China, India, Italia, Kenia, Noruega, Filipinas, Tailandia, Singapur y Estados Unidos, el castigo físico se ha asociado a más agresiones físicas y verbales, peleas, bullying, comportamiento antisocial y problemas de comportamiento en general. La conclusión que se puede extraer de estos estudios es que, en contra de los objetivos de los padres cuando lo aplican, cuanto más usan los padres el castigo físico, más desobedientes y agresivos serán sus hijos”.

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EDUCAR SIN PEGAR- EL PAÍS

Pegar a los adultos se considera
una agresión,
Pegar a los animales se considera
una crueldad,
Pegar a los niños es
“por su bien”.

Siempre me ha parecido sorprendente la normalidad con que se ve todavía el castigo físico a los niños. Entre mis vecinos, no es raro escuchar frases como “a que te doy en el culo” o “como sigas así, te voy a poner el culo rojo”. Este viernes, una madre le dio varios cates a una niña de unos dos años en un parque por no dejar que otra se tirara del tobogán. Los comentarios de los lectores al reportaje de Juan Antonio Aunión publicado la semana pasada en EL PAÍS me han acabado de confirmar que no era una sensación mía: en España, pegar a los niños, sobre todo a los más pequeños, sigue siendo normal y se hace sin ningún sonrojo y con pleno convencimiento, pese a que la ley lo prohíbe desde 2007.

Muchos de los 296 comentarios que hasta ayer tenía el reportaje, titulado El cachete duele, pero no funciona, defendían su uso. Lo llamativo era la virulencia de muchos, como si el planteamiento de psicólogos y pedagogos de que ese método no es una herramienta adecuada para educar y además no es eficaz a largo plazo les atacara íntimamente. Así, varios descalificaban directamente a los expertos, y les retaban a hacer frente a niños reales. Muchos coincidían en afirmar que ellos mismos habían recibido sus azotes o bofetadas y que no estaban traumatizados, que gracias a ello son adultos educados y de provecho y que la permisividad y el buenrrollismo actual de los padres progres es lo que genera jóvenes maleducados y desnortados que acabarán maltratando a sus progenitores.

Parece obvio, pero habrá que recordar que mucha gente, incluso de la generación actual de padres y madres, se han criado sin bofetones ni azotes y que también, por usar expresiones que he leido, “han salido bien”, entre los que me incluyo. O que en países paradigmáticos de la buena educación y del buen rendimiento escolar, como los nórdicos, están prohibidos los castigos físicos desde hace años (eso sí, con grandes campañas de información y concienciación), sin que los niños se hayan vuelto unos cafres. Incluso, según algunos comentarios a mi anterior post, ¡son capaces de jugar sin gritar ni hacer ruido! En fin, que hay otras formas de mantener la disciplina y el respeto además de pegar, aunque pueden ser más trabajosas y requieren más autocontrol y paciencia.

Precisamente el hecho de que casi todos los que defendían el azote reconocían haberlos recibido parece confirmar uno de los efectos de este castigo del que alertan los psicólogos. “Lo tomas como modelo de conducta, como forma válida y aceptable de educar a tus hijos”, me explica Manuel Gámez Guadix, profesor de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid, que ha dirigido el estudio sobre la prevalencia del castigo físico de los menores en el ámbito familiar citado en el reportaje.

No siempre es así. Mi pareja, que sufrió bofetones por parte de un padre de los de antes, rechaza de plano la violencia física contra los niños. “Puede suceder”, dice Gámez, “pero estadísticamente, es más probable que los padres con los que se utilizó también lo hagan con sus hijos, es lo que han aprendido, y además es una forma de justificar el comportamiento de sus padres”. Lo contrario implica aceptar, como en el caso de mi pareja, que su padre no era perfecto y que no tenía derecho a pegarle, con el conflicto y la carga emocional que conlleva.

Otro punto polémico del reportaje de Aunión es que los expertos ponen en duda la eficacia a largo plazo de los castigos físicos para educar a un hijo. La eficacia a corto plazo está clara: “Logra la obediencia inmediata ,pero después, el niño se habitúa, con lo que los padres han de aumentar la frecuencia para logar el objetivo de la obediencia”, afirma Gámez.

La eficacia, supongo, la entenderá cada uno en función del objetivo que se ha planteado cuando imparte el correctivo. Un amigo con cuatro hijos, la mayor de 10 años, me explica que ha utilizado el azote en el culo “sólo cuando se ponen en peligro y su capacidad de raciocinio es poca. A medida que cumplen años lo dejo. Siempre que les he pegado les he explicado el porqué y les he pedido perdón por muy pequeños que fueran”. Es decir, para impedir actos puntuales como cruzar la calle impulsivamente, probablemente sea eficaz. Aunque según Gámez, si la curiosidad es muy grande, como en el caso de los atractivos agujeros del enchufe, a veces el resultado es el contrario al deseado, pues el niño lo que hace es llevar a cabo el comportamiento a escondidas del adulto que sabe que le va a pegar.

Otro amigo me cuenta que los dos únicos cachetes que se ha llevado su hijo, de tres años, han sido en situaciones en las que le ha sacado de quicio y por un comportamiento que considera inaceptable, que es pegarle a él o a su mujer. Este padre cree que no han sido eficaces, porque el niño, en plena rabieta, ni se ha dado cuenta, mientras que a él le han hecho sentirse mal.

Pero quitando los azotes en situaciones de riesgo o de pérdida de nervios, que cualquier padre, aunque no comparta, puede comprender, ¿es el castigo físico eficaz para educar? ¿Se consigue que los hijos sean más obedientes y se porten mejor?

Un trabajo de Murray A. Straus, profesor de Sociología y codirector del Laboratorio de Investigación Familiar de la Universidad de New Hampshire, basado en multitud de datos de estudios científicos sobre las consecuencias del castigo físico, recomienda “no pegar nunca”. “Los beneficios de evitarlo son muchos, pero para los padres es virtualmente imposible percibirlo observando a sus hijos”, afirma. “Los padres pueden percibir el efecto beneficioso de una bofetada (sin ver la igual eficacia de otras alternativas), pero no tienen forma de mirar un año o más adelante para ver si hay efectos secundarios perjudiciales por haber pegado al niño para corregir una mala conducta”.

“Hay poca evidencia científica de que el castigo físico mejore el comportamiento de los niños a largo plazo. Hay evidencia científica sustancial de que el castigo físico hace más, y no menos, probable que los niños sean desafiantes y agresivos en el futuro. Hay evidencia científica clara de que el castigo físico coloca a los niños en riesgo de consecuencias negativas, incluidos mayores problemas de salud mental”, afirma Elizabeth T. Gershoff, psicóloga doctorada en Desarrollo infantil y relaciones familiares por la Universidad de Texas, en un trabajo de 2008 en el que analiza cientos de estudios publicados en el último siglo sobre castigo físico en campos como la psicología, la medicina, la educación, el trabajo social o la sociología, titulado Report on Physical Punishment in the United States: What Research Tells Us About Its Effects on Children (Informe sobre el castigo físico en Estados Unidos: lo que la investigación nos dice sobre sus efectos en los niños).

Según Gershoff, “en estudios recientes en todo el mundo, incluyendo Canadá, China, India, Italia, Kenia, Noruega, Filipinas, Tailandia, Singapur y Estados Unidos, el castigo físico se ha asociado a más agresiones físicas y verbales, peleas, bullying, comportamiento antisocial y problemas de comportamiento en general. La conclusión que se puede extraer de estos estudios es que, en contra de los objetivos de los padres cuando lo aplican, cuanto más usan los padres el castigo físico, más desobedientes y agresivos serán sus hijos”.

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LA CACHETADA DUELE, PERO NO FUNCIONA

Un cachete, una bofetada, un azote, una colleja, un capón, un zapatillazo… Son términos clásicos, con connotaciones no demasiado negativas y que muchos españoles tienen asociados a la educación de sus hijos. Utilizados de forma muy puntual, como último recurso, para marcar claramente un límite a un niño o a un preadolescente, un buen número de personas lo ven como algo eficaz.

“Si no lo justificamos en pareja, ¿por qué sí con los niños?”,

dicen los expertos

Otros, entre ellos multitud de pedagogos y psicólogos, no están de acuerdo; insisten en no criminalizar a los padres que los usan (hay que dejar claro que no estamos hablando de violencia gratuita o de malos tratos graves, como palizas), pero rechazan tajantemente ese comportamiento como herramienta válida o adecuada para educar a los niños, primero, por reprobable en sí mismo -“Si no lo justificamos en el ámbito de la pareja, ¿por qué sí con los niños, que están indefensos?”- y, segundo, porque no funciona, al menos a largo plazo, asegura el profesor de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid Manuel Gámez Guadix.

Este profesor ha vuelto a traer el debate al primer plano con un estudio que ha dirigido sobre la prevalencia del castigo físico de los menores en el ámbito familiar. Ha tomado una muestra de 1.067 alumnos universitarios de su campus y les ha preguntado si a la edad de 10 años les pegaron algún cachete: le había ocurrido al 60% de ellos, una cifra absolutamente consistente con el de una encuesta del CIS de 2005, que dijo que en torno al 60% de los adultos cree que “un azote o una bofetada a tiempo puede evitar más tarde problemas más graves”. En otros estudios hechos en Estados Unidos con la misma metodología, dice Gámez, la cifra está entre el 23% (para los padres) y el 25% (madres).

La pregunta era, recalca el profesor, sobre cachetes o azotes, quedando fuera cualquier acción que pueda causar alguna lesión o marcas. De hecho, se excluyó de la muestra a los jóvenes que habían sufrido algún tipo de violencia más grave para no confundir el ámbito de la investigación. Y en este punto aparece otro dato llamativo: el número de alumnos excluidos por haber sufrido golpes más severos (por ejemplo, del que cumple la amenaza de quitarse el cinturón para dar una reprimenda, agarra por el cuello o da un puñetazo) fue “una cifra considerable”, en torno al “15% del total de la muestra”.

Estas últimas actitudes sí están condenadas y casi nadie las defiende, al menos en voz alta. Pero las otras, la del pequeño cachete cuando la niña de seis años no deja de gritar y molestar en medio de un restaurante abarrotado, o cuando el niño acaba de romper el jarrón de la abuela después de que le dijeran infinidad de veces que en el salón no se juega a la pelota, esas “están ampliamente aceptadas a nivel social”, dice Gámez.

El 60% de los adultos cree eficaz el bofetón “a tiempo”.

Idéntica tasa de niños lo sufre

Lo que pasa es que los contornos son difusos. ¿Cuándo ha llegado el límite? ¿Cuándo la hora de utilizar el último recurso? ¿Cómo se sabe que no ha sido demasiado? Hay muchísimos matices que conviene tener en cuenta, ya que no es lo mismo el coscorrón puntual que tomarlo como norma cada que vez que se quiera conducir al menor.

Según el filósofo José Antonio Marina, la brújula es el “sentido común”. “Hay que diferenciar” entre un maltrato físico fuera del marco educativo o que, dentro del proceso educativo, de forma puntual y para marcar límites, se pueda dar un cachete “siempre en un contexto de cariño y no en un arrebato de nervios”, sobre todo en edades tempranas y para impedir conductas, no para fomentar buenos comportamientos, dice el responsable de la Universidad de Padres.

El juez de menores de Granada Emilio Calatayud ha dicho en numerosas ocasiones que el azote se puede dar siempre que sea en el momento oportuno y con la intensidad adecuada. Lo del momento y la intensidad adecuados pueden resultar conceptos un poco etéreos, pero, en general, quien defiende o, al menos, no rechaza de plano el azote desde un punto de vista estrictamente pedagógico dice que ha de ser el último recurso, que debe ir acompañado de calma, de reflexión, de cariño y de diálogo.

El problema es que es muy difícil que esos contextos se den. Según el trabajo de Gámez, los cachetes suelen ir acompañados -en nueve de cada 10 casos- de “agresiones psicológicas”, es decir, de “gritos, de amenazas, de intentos de humillar al menor”, dice el investigador.

“El cachete explicita la impotencia y la incapacidad del adulto”, dice el pedagogo y doctor en Ciencias de la Educación Joan Josep Sarrado. Así lo percibe el niño y, por lo tanto, lo vive como una “venganza” del padre o de la madre, y no puede tener efectos educativos positivos, asegura. Otra cuestión, aparte del desahogo, es la eficacia inmediata que puede tener el capón. Gámez explica que pueden tener unos resultados a corto plazo de mayor obediencia, pero “a largo plazo, lo que ocurrirá es que probablemente el padre tendrá que aplicarlo cada vez con más frecuencia para obtener el mismo resultado”, añade.

Además, también hablan muchos expertos de los efectos negativos a largo plazo -insensibilizarle ante el dolor ajeno y enseñarle a resolver sus problemas con violencia-, y a corto, causarle una enorme desorientación si el padre o la madre se sienten tan culpables después que tratan de compensarlo de manera exagerada.

En el lado contrario, muchas veces el argumento es: conmigo funcionó, no me he traumatizado y tengo una vida normal, así que no está tan mal. Para Gámez, alguien al que le dieron azotes tiene más posibilidad de dárselos a sus hijos y, por otro lado, también tiene sentido que se justifique si se utilizan por falta de estrategias alternativas o para justificar el comportamiento familiar que tuvieron con él.

El profesor de Psicología de la Universidad de Navarra Gerardo Aguado asegura que “se exagera, ya que tampoco se traumatiza a los niños para toda la vida”. La cuestión, sin embargo, es que conviene descartar castigos físicos, simplemente, porque “son innecesarios, no tienen ningún objetivo educativo”, y “no funcionan”, es decir, no van a corregir el comportamiento del menor.

Pero las otras herramientas requieren tiempo, esfuerzo y paciencia. “En educación, nada se improvisa”, dice Sarrado. Los procesos de diálogo, de comunicación, de respeto deben empezar muy pronto, cuanto antes, añade. Y también la utilización de castigos no físicos o no agresivos. Es muy importante poner límites, acostumbrar a los niños también a lidiar con la frustración, porque las familias tienden a “sobregratificar” a los menores, añade.

Mucho se ha hablado, cuando se trata de educación, de que el final de una sociedad represiva en España dio paso a otra mucho más permisiva que ha acabado experimentando graves problemas a la hora de ejercer la autoridad y de poner límites a los niños. Pero la respuesta, dice Pedro Rascón, presidente de la confederación de padres de alumnos Ceapa, nunca puede ser volver a fórmulas autoritarias y represivas del pasado.

Así, esas alternativas pueden incluir castigos no agresivos -aunque sobre el tema del castigo también hay muchas teorías encontradas- que van desde quitar algún privilegio (te quedas sin televisión o sin juguete), a arreglar el daño causado (pedir perdón, arreglar o pagar con los ahorros lo que se ha roto). Pero siempre debe ser, según Sarrado, un castigo inmediato, coherente -es bastante malo que los padres se contradigan-, justo, ajustado y mantenerse en el tiempo. “Puede que alguien llegue a la conclusión de que se ha equivocado con la respuesta al hijo, pero no debe cambiar de criterio hasta que el niño o la niña deje de presionar”, para que no piense que el cambio se debe a esa presión. Y añade que solo si se han establecido antes unos hábitos de diálogo y unos compromisos funcionará en la adolescencia la vía de la negociación.

Gámez, por su parte, también insiste en que todas esas pautas deben establecerse desde el principio. Pero también habla de la necesidad de manejar la atención parental, es decir, no es una buena idea que el niño perciba que su padre o su madre solo le hacen caso cuando hace las cosas mal, y nunca cuando hace las cosas bien, dice el profesor.

La cuestión es que los padres no tienen por qué ser pedagogos y todas esas herramientas no son fáciles. “Hoy en día hay muchos recursos, hay escuelas de padres, se puede hacer un seguimiento muy de cerca con los profesores de los centros educativos”, contesta Sarrado.

El castigo físico puede llegar a insensibilizar ante el dolor ajeno.

Los especialistas recomiendan evitar la pena corporal, pero poner límites

El debate sigue y seguirá abierto y los padres también tienen derecho a equivocarse sin que se les culpabilice, lo cual no quiere decir que, como señala Sarrado, “cuanto menos cachetes, mejor, y si puede ser, nada”. Y así, sin fórmulas que den respuestas exactas, lo que queda es un enorme espacio entre el sentido común al que apela Marina y las respuestas científicas. Gámez admite que alguien al que le han dado cachetes es muy posible que no quede traumatizado, que no le queden secuelas en su autoestima, que no golpee a su vez a su hijo cuando sea mayor, que no genere conductas que incluyan la violencia en la resolución de conflictos… Puede que eso no le ocurra, dice, pero desde luego, según numerosos estudios científicos, tiene muchas más posibilidades que un chaval que no recibió cachetes.

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LA CACHETADA DUELE, PERO NO FUNCIONA

Un cachete, una bofetada, un azote, una colleja, un capón, un zapatillazo… Son términos clásicos, con connotaciones no demasiado negativas y que muchos españoles tienen asociados a la educación de sus hijos. Utilizados de forma muy puntual, como último recurso, para marcar claramente un límite a un niño o a un preadolescente, un buen número de personas lo ven como algo eficaz.

“Si no lo justificamos en pareja, ¿por qué sí con los niños?”,

dicen los expertos

Otros, entre ellos multitud de pedagogos y psicólogos, no están de acuerdo; insisten en no criminalizar a los padres que los usan (hay que dejar claro que no estamos hablando de violencia gratuita o de malos tratos graves, como palizas), pero rechazan tajantemente ese comportamiento como herramienta válida o adecuada para educar a los niños, primero, por reprobable en sí mismo -“Si no lo justificamos en el ámbito de la pareja, ¿por qué sí con los niños, que están indefensos?”- y, segundo, porque no funciona, al menos a largo plazo, asegura el profesor de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid Manuel Gámez Guadix.

Este profesor ha vuelto a traer el debate al primer plano con un estudio que ha dirigido sobre la prevalencia del castigo físico de los menores en el ámbito familiar. Ha tomado una muestra de 1.067 alumnos universitarios de su campus y les ha preguntado si a la edad de 10 años les pegaron algún cachete: le había ocurrido al 60% de ellos, una cifra absolutamente consistente con el de una encuesta del CIS de 2005, que dijo que en torno al 60% de los adultos cree que “un azote o una bofetada a tiempo puede evitar más tarde problemas más graves”. En otros estudios hechos en Estados Unidos con la misma metodología, dice Gámez, la cifra está entre el 23% (para los padres) y el 25% (madres).

La pregunta era, recalca el profesor, sobre cachetes o azotes, quedando fuera cualquier acción que pueda causar alguna lesión o marcas. De hecho, se excluyó de la muestra a los jóvenes que habían sufrido algún tipo de violencia más grave para no confundir el ámbito de la investigación. Y en este punto aparece otro dato llamativo: el número de alumnos excluidos por haber sufrido golpes más severos (por ejemplo, del que cumple la amenaza de quitarse el cinturón para dar una reprimenda, agarra por el cuello o da un puñetazo) fue “una cifra considerable”, en torno al “15% del total de la muestra”.

Estas últimas actitudes sí están condenadas y casi nadie las defiende, al menos en voz alta. Pero las otras, la del pequeño cachete cuando la niña de seis años no deja de gritar y molestar en medio de un restaurante abarrotado, o cuando el niño acaba de romper el jarrón de la abuela después de que le dijeran infinidad de veces que en el salón no se juega a la pelota, esas “están ampliamente aceptadas a nivel social”, dice Gámez.

El 60% de los adultos cree eficaz el bofetón “a tiempo”.

Idéntica tasa de niños lo sufre

Lo que pasa es que los contornos son difusos. ¿Cuándo ha llegado el límite? ¿Cuándo la hora de utilizar el último recurso? ¿Cómo se sabe que no ha sido demasiado? Hay muchísimos matices que conviene tener en cuenta, ya que no es lo mismo el coscorrón puntual que tomarlo como norma cada que vez que se quiera conducir al menor.

Según el filósofo José Antonio Marina, la brújula es el “sentido común”. “Hay que diferenciar” entre un maltrato físico fuera del marco educativo o que, dentro del proceso educativo, de forma puntual y para marcar límites, se pueda dar un cachete “siempre en un contexto de cariño y no en un arrebato de nervios”, sobre todo en edades tempranas y para impedir conductas, no para fomentar buenos comportamientos, dice el responsable de la Universidad de Padres.

El juez de menores de Granada Emilio Calatayud ha dicho en numerosas ocasiones que el azote se puede dar siempre que sea en el momento oportuno y con la intensidad adecuada. Lo del momento y la intensidad adecuados pueden resultar conceptos un poco etéreos, pero, en general, quien defiende o, al menos, no rechaza de plano el azote desde un punto de vista estrictamente pedagógico dice que ha de ser el último recurso, que debe ir acompañado de calma, de reflexión, de cariño y de diálogo.

El problema es que es muy difícil que esos contextos se den. Según el trabajo de Gámez, los cachetes suelen ir acompañados -en nueve de cada 10 casos- de “agresiones psicológicas”, es decir, de “gritos, de amenazas, de intentos de humillar al menor”, dice el investigador.

“El cachete explicita la impotencia y la incapacidad del adulto”, dice el pedagogo y doctor en Ciencias de la Educación Joan Josep Sarrado. Así lo percibe el niño y, por lo tanto, lo vive como una “venganza” del padre o de la madre, y no puede tener efectos educativos positivos, asegura. Otra cuestión, aparte del desahogo, es la eficacia inmediata que puede tener el capón. Gámez explica que pueden tener unos resultados a corto plazo de mayor obediencia, pero “a largo plazo, lo que ocurrirá es que probablemente el padre tendrá que aplicarlo cada vez con más frecuencia para obtener el mismo resultado”, añade.

Además, también hablan muchos expertos de los efectos negativos a largo plazo -insensibilizarle ante el dolor ajeno y enseñarle a resolver sus problemas con violencia-, y a corto, causarle una enorme desorientación si el padre o la madre se sienten tan culpables después que tratan de compensarlo de manera exagerada.

En el lado contrario, muchas veces el argumento es: conmigo funcionó, no me he traumatizado y tengo una vida normal, así que no está tan mal. Para Gámez, alguien al que le dieron azotes tiene más posibilidad de dárselos a sus hijos y, por otro lado, también tiene sentido que se justifique si se utilizan por falta de estrategias alternativas o para justificar el comportamiento familiar que tuvieron con él.

El profesor de Psicología de la Universidad de Navarra Gerardo Aguado asegura que “se exagera, ya que tampoco se traumatiza a los niños para toda la vida”. La cuestión, sin embargo, es que conviene descartar castigos físicos, simplemente, porque “son innecesarios, no tienen ningún objetivo educativo”, y “no funcionan”, es decir, no van a corregir el comportamiento del menor.

Pero las otras herramientas requieren tiempo, esfuerzo y paciencia. “En educación, nada se improvisa”, dice Sarrado. Los procesos de diálogo, de comunicación, de respeto deben empezar muy pronto, cuanto antes, añade. Y también la utilización de castigos no físicos o no agresivos. Es muy importante poner límites, acostumbrar a los niños también a lidiar con la frustración, porque las familias tienden a “sobregratificar” a los menores, añade.

Mucho se ha hablado, cuando se trata de educación, de que el final de una sociedad represiva en España dio paso a otra mucho más permisiva que ha acabado experimentando graves problemas a la hora de ejercer la autoridad y de poner límites a los niños. Pero la respuesta, dice Pedro Rascón, presidente de la confederación de padres de alumnos Ceapa, nunca puede ser volver a fórmulas autoritarias y represivas del pasado.

Así, esas alternativas pueden incluir castigos no agresivos -aunque sobre el tema del castigo también hay muchas teorías encontradas- que van desde quitar algún privilegio (te quedas sin televisión o sin juguete), a arreglar el daño causado (pedir perdón, arreglar o pagar con los ahorros lo que se ha roto). Pero siempre debe ser, según Sarrado, un castigo inmediato, coherente -es bastante malo que los padres se contradigan-, justo, ajustado y mantenerse en el tiempo. “Puede que alguien llegue a la conclusión de que se ha equivocado con la respuesta al hijo, pero no debe cambiar de criterio hasta que el niño o la niña deje de presionar”, para que no piense que el cambio se debe a esa presión. Y añade que solo si se han establecido antes unos hábitos de diálogo y unos compromisos funcionará en la adolescencia la vía de la negociación.

Gámez, por su parte, también insiste en que todas esas pautas deben establecerse desde el principio. Pero también habla de la necesidad de manejar la atención parental, es decir, no es una buena idea que el niño perciba que su padre o su madre solo le hacen caso cuando hace las cosas mal, y nunca cuando hace las cosas bien, dice el profesor.

La cuestión es que los padres no tienen por qué ser pedagogos y todas esas herramientas no son fáciles. “Hoy en día hay muchos recursos, hay escuelas de padres, se puede hacer un seguimiento muy de cerca con los profesores de los centros educativos”, contesta Sarrado.

El castigo físico puede llegar a insensibilizar ante el dolor ajeno.

Los especialistas recomiendan evitar la pena corporal, pero poner límites

El debate sigue y seguirá abierto y los padres también tienen derecho a equivocarse sin que se les culpabilice, lo cual no quiere decir que, como señala Sarrado, “cuanto menos cachetes, mejor, y si puede ser, nada”. Y así, sin fórmulas que den respuestas exactas, lo que queda es un enorme espacio entre el sentido común al que apela Marina y las respuestas científicas. Gámez admite que alguien al que le han dado cachetes es muy posible que no quede traumatizado, que no le queden secuelas en su autoestima, que no golpee a su vez a su hijo cuando sea mayor, que no genere conductas que incluyan la violencia en la resolución de conflictos… Puede que eso no le ocurra, dice, pero desde luego, según numerosos estudios científicos, tiene muchas más posibilidades que un chaval que no recibió cachetes.

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CEMENTERIOS

Como tantas y tantas veces tienes que estar fuera para valorar muchas de las cosas que tienes muy cerca, y una de ellas son los unos de Noviembre de cada año, que casi como rutina pasaron a ser un puente festivo más en el calendario, y una excusa más para salir de la rutina de cada uno

.En España es el día de los record en cuanto a la venta de flores, y es cierto que mucha gente aun viaja a sus lugares de origen para recordar in situ a los familiares fallecidos. Quizás es una sensación personal, pero ese día ha tenido siempre un punto triste en parte adornado por toda una influencia de un fuerte catolicismo contra el que nos posicionamos en nuestra generación.

En Hungria como en tantos otros paises se celebra ese mismo día visitando a los familiares desaparecidos en los cementerios y es igualmente fiesta nacional, así que muchos aprovechan el posible puente para descansar.Lo que a mí me ha gustado en especial es el ambiente que se respira en los cementerios, abarrotados de gente en su mayoría familias en las que se juntan todas las generaciones vivas, y en un ambiente muy natural colocan velas al atardecer en las tumbas de sus familiares y conocidos mientras los niños preguntan por sus antepasados y los mayores explican las anecdotas de las vidas de padres y abuelos, dándose de este modo un traspaso oral de información que crea una tarde mágica.


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