EL PODERÍO DE ANA BELÉN

NUnca olvidaré aquella noche en el Teatro de La Latinacuando, recién alzado el telón, la Graciela imaginada por García Márquez soltó aquello de “nada se parece más al infierno que un matrimonio feliz”. En aquella Diatriba de amor contra un hombre sentado, Ana Belén, a la que yo he admirado sin pausa desde mi torpe adolescencia, se transformaba en una mujer con poderío, es decir, en una de esas mujeres que como explica Marcela Lagarde son capaces de liberarse de sus cautiverios y desarrollan al máximo sus capacidades vitales.

Es justo esa potencia que atesora la intérprete —y que puede resultar hasta incomprensible si uno se detiene en su frágil cuerpo de aristas que parecen siempre a punto de quebrase— es la que mejor puede definir el talento que no ha dejado de multiplicarse desde que la hija de la portera y el cocinero tuvo claro que la mejor manera de ganarle la jugada a Zampo (Zampo y yo, 1965) era empoderarse, es decir, estudiar, crecer, mirar, escuchar y finalmente llegar a tener una voz propia. La que, como tantas mujeres de su generación, a las que les tocó vivir el salto del patriarcado franquista a la democracia liberadora, tuvo que hacerse rebelde, preguntona, incómoda y hasta militante. La que desde su libertad asumió el reto de ser volcán y de derribar todas las murallas que impedían a las mujeres ser para sí mismas y las condenaban a vivir por y para los demás.

En este sentido, hay una línea de continuidad entre la Fortunata de Galdós, la Mari Gaila de Valle Inclán, la Adela de Lorca y la jovencísima española que en París descubre, aún si ser consciente del todo, que los derechos sexuales y reproductivos son esenciales para garantizar la dignidad de las mujeres. En todos esos personajes femeninos, como en los que interpretó a las órdenes de Jaime de ArmiñánGutiérrez Aragón o de la feminista (a su pesar) Pilar Miró, podemos encontrar el aliento épico de las que fueron con frecuencia víctimas del amor romántico y sobre todo de las que tuvieron que urdir mil tramas para darle la vuelta al guión que otros habían escrito para ellas.

Ana Belén en ‘Zampo y yo’.

Tuvo la fortuna por tanto Ana de convertirse en una especie de símbolo de todo lo que este país arrastraba a sus espaldas y de lo que suponía, muy especialmente para las españolas, abrir la puerta para que entraran los aires de libertad. A través de sus personajes, pero también a través de ella misma, Ana encarnó durante décadas todo lo que suponía dejar atrás un país de mujeres de negro y niños prodigio para construir un jardín en el que los demonios fuera sustituidos poco a poco por camisas blancas al sol.
Como también, años más tarde, ella supo darle voz al desencanto —“al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”—, a la frustración —“cómo huir cuando no quedan islas donde naufragar”—, a la pérdida de rumbo de una política en la que confió como ciudadana de izquierdas y que acabó siendo impunemente cómplice de los poderosos y de las “mentiras que envilecen el cristal de los acuarios”. Algo que con frecuencia le han reprochado a ella misma quienes piensan que se ha convertido en una burguesa acomodada y cercana siempre a los que han manejado el timón.

Desde su libertad asumió el reto de ser volcán y de derribar todas las murallas que les impedían a las mujeres ser para sí mismas

Es justamente ese poderío de Ana el que explica la belleza que irradia, la continuidad de su éxito y, claro está, las envidias y prejuicios que suscita entre tantos los que en este país cuestionan por sistema el talento y la fortuna. Mucho más cuando ambos confluyen en una mujer que goza de una habitación propia, que llama a las cosas por su nombre y que nunca se ha dejado achicar por las reglas de un juego que todavía hoy se lo sigue poniendo más fácil a los varones. Una mujer que insiste en no ser tratada como un jarrón en el que depositar las rosas y que no se cansa de reclamar personajes tan complejos como los que suelen ofrecerles a los actores. La misma que encabeza manifestaciones, que se posiciona políticamente cuando así lo estima oportuno y la que, por supuesto, faltaría más, se equivoca y hasta tiene las contradicciones propias de cualquier ser pensante.
Ana, que no ha dejado de cantar porque sin la música me temo que sería como si le borrásemos Brasil de su mapamundi, ha demostrado en los últimos años sobre las tablas que la edad es vitamina para el talento y que es justo ahora cuando está en mejores condiciones de mirar cara a cara al público y ofrecerle la verdad de sus personajes. Un reto que para ellas, sobre todo cuando pasan la barrera del tiempo que miden los relojes masculinizados, se vuelve en contra pero que Pilar Cuesta (ese es el nombre real de Ana Belén) ha superado con sobresaliente cuando nos ha regalado todos y cada uno de los pliegues emocionales de Fedra, Medea o Kathie.

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Todos los que durante estas décadas democráticas la hemos seguido y admirado con la lealtad de quien en el amor no busca la media naranja, nos sentiremos también premiados cuando le entreguen el Goya de Honor. Suponemos que aparecerá radiante y que todos los medios subrayarán el milagro que supone ver tan espléndida, en el sentido más cosificador del término, a quien ya ha superado la edad de la jubilación.
A mí, sin embargo, me gustaría que se subrayara lo que ese premio tiene de reconocimiento a todas las mujeres que son herederas de Lorca e hijas de la transición, a las que siguen siendo invisibles en la historia y en las artes, a las que en épocas de batalla tuvieron que desvelarse y mostrar al mundo que ser mujer no debía suponer en ningún caso morir en el intento. Esas rosas de amor y fuego que se atreven a dejar los jarrones y a luchar en un mundo de tanto pez sin agallas. Las que como Ana se han enamorado de hombres a los que incluso consideran más feministas que ellas mismas y que por supuesto no se conforman con ser Desiderias liadas a la pata de la cama. Las que han aprendido a tener muy claro que las cosas que hacen que la vida valga la pena son las que dan alas. Esas que yo adivino en los ojos profundos de la madrileña de la calle del Oso cuya boca, Víctor dixit, sabe más dulce que cualquier otra cosa y a la que yo, por encima de la luz de sus labios, distingo poderosa entre la multitud.

PUBLICADO EN EL PAÍS, BLOG MUJERES, sábado 4 de febrero de 2017, día e entrega del Goya de Honor a Ana Belén:
http://elpais.com/elpais/2017/02/03/mujeres/1486135998_844120.html

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CÓMO SER MUJER, Y NO MORIR EN EL INTENTO, EN EL CINE ESPAÑOL

En la rueda de  prensa concedida hace una semana con motivo del Goya de Honor que recibirá el próximo sábado, Ana Belén reclamaba conseguir en la pantalla papeles tan complejos  y llenos de aristas como los que suelen darle a sus compañeros varones. Algo de lo que no suelen disfrutar las actrices en general y no digamos las que sobrepasan la edad que marca el mercado como frontera. Un lastre que, como comprobamos cada año, no sufren los actores, siempre con oportunidad de interpretar tipos duros,  sujetos enrevesados y hasta galanes sin que importen las arrugas, el pelo cano o incluso la falta de pelo. De hecho son numerosos los actores que justo despliegan sus mayores talentos cuando llegan una cierta “madurez” en la que para ellos no cuenta, o al menos no es tan determinante,  el poderío físico. De esta manera, la Fortunata televisiva y la Desideria que nunca hubiera imaginado Antonio Gala volvía a poner el dedo en una de las llagas que siguen haciendo del cine, y muy especialmente del español, un constructor de relatos androcéntricos en los que el protagonismo corresponde al sujeto hegemónico masculino.  En este sentido, cuando colectivos como CIMA (Asociación de Mujeres cineastas y de medios audiovisuales,http://cimamujerescineastas.es/ ) o AMMA (Asociación Andaluz de mujeres de los medios audiovisuales: http://aammaudiovisual.com/aamma/) reivindican una mayor presencia de las mujeres en nuestro cine no están planteando una cuestión meramente cuantitativa, que también, sino sobre todo están llamando la atención sobre la necesidad de contar con las miradas de la mitad femenina y de,  por tanto, ofrecer otros relatos mediante los cuales podamos explicar la realidad en la que vivimos.


No es necesario volver a reiterar aquí los datos que año tras año nos siguen demostrando la discriminación, tanto horizontal como vertical, que sufren las mujeres en los medios audiovisuales. El repaso de las candidaturas a los Goya de este año vuelve a confirmarnos la evidencia. Pese a que nos llevamos la sorpresa de que las cinco cintas candidatas al galardón tienen una mujer en la producción, y de que tres mujeres y un hombre compiten por el Goya a la mejor dirección de producción, la presencia femenina continúa siendo escasa en las categorías más importantes. Solo destacan dos nombres: Nely Reguera, candidata a la mejor dirección novel por María (y los demás),  e Isabel Peña, que compite por el guión original de Que dios nos perdone.  Por supuesto hay muchos nombres femeninos en diseño de vestuario, maquillaje y peluquería, frente a la omnipresencia masculina en dirección, fotografía, montaje, dirección artística, sonido o efectos especiales. Además, tanto las películas de habla hispana como las europeas nominadas en los apartados correspondientes han sido todas dirigidas por hombres.


Pero, insisto, no se trata solo de una cuestión de porcentajes, que ya por sí solos nos deberían hacer sospechar – el feminismo como «filosofía de la sospecha», Amelia Valcárcel dixit – de un ámbito creativo en el que una mitad aparece tan subrepresentada con respecto a la otra. Se trata de una cuestión ligada a qué tipo de imaginario estamos creando como sociedad, a qué patrones ofrecemos como referente en las pantallas y, por tanto, de qué manera desde un ámbito cultural tan potente cómo el cine estamos consolidando estructuras de poder o bien revolucionándolas.  En este ámbito, como en cualquier otro espacio público o profesional, es muy importante que podamos ver mujeres y hombres ocupando responsabilidades en condiciones de igualdad, entre otras cosas para que las chicas y los chicos de este país vayan construyendo en su cabeza la imagen de una mujer directora, o autora de una banda sonora o responsable de la fotografía o montaje de una película. No se puede ser ni desear ser aquello que no se ve, por lo es educativamente muy importante que veamos mujeres ocupando posiciones que históricamente solo hemos ocupado nosotros. Pero es que, además, necesitamos que se nos cuenten otras historias, que pongan el foco en otros ángulos, que nos ofrezcan otros protagonismos, que superen, entre otras cosas, el dominio casi absoluto de un relato cinematográfico dominado por el heroísmo masculino y la accesoriedad femenina. Un superficial repaso a las historias que nos cuentan las películas que compiten a la mejor producción de este año en los Goya bastaría para confirmar cómo el cine español continúa dominado por una muy delimitada construcción de las subjetividades masculina y femenina y de las relaciones entre ambas. Como ya expliqué hace unos meses al conocer las nominaciones, “dirigidas <<lógicamente>> por hombres, las cinco finalistas nos servirían para montar una clase perfecta sobre el modelo dominante de virilidad y, en paralelo, sobre la subordinación femenina. En cuatro de ellas, los protagonistas absolutos son hombres y las mujeres apenas son personajes mínimos que poco o casi nada añaden al relato principal” (http://elpais.com/elpais/2016/12/16/mujeres/1481892281_146057.html) No olvidemos que en la que ellas son  protagonistas absolutas, Almodóvar vuelve a ofrecernos un retrato de mujeres dominadas por las pasiones  y que viven en función o como consecuencia de lo que para ellas marcan los hombres, aunque como sucede en Julieta, su aparición en pantalla sean tan limitada. La ausencia masculina es en el cine del manchego expresión de la supremacía privilegiada de ellos como factor determinante de la presencia subordinada de ellas. Es evidente que el director de Hable con ella no ha leído a Marcela Lagarde (http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/almodovar-y-los-cautiveri_b_9660226.html)


Frente al éxito de la ira, de los hombres de mil caras, de los monstruos que redimen niños a los que se les mueren las madres o de los chicos salvajes que finalmente son perdonados por Dios, me inquieta la poca atención que han merecido, salvo en los apartados interpretativos, propuestas tan radicalmente distintas como El olivo de Iciar Bollaín o la emocionante La puerta abierta de Marina Seresesky. Basta mirar con atención estas dos obras para entender a qué me refiero cuando hablo de otra mirada o de qué habla Ana Belén cuando reclama personajes tan ricos como los que suelen darles a los varones. Espero pues que la que siempre fue valiente mujer de la calle del Oso, y que va a recibir una distinción que desde 1986 solo han recibido 5 mujeres,  reivindique el próximo sábado un cine español con miradas más plurales y con historias que muestren que, efectivamente, ellas no son solo La mitad de cielo, como nos recordó Manuel Gutiérrez Aragón, sino que también lo son de la Tierra. Y que por tanto la Humanidad no será inteligible mientras que ellas no sean sujetas activas de los relatos y protagonistas autónomas de sus vidas. Es decir, mientras que continúen condenadas a acabar como “vacas sin cencerro” por culpa de los hombres o tengan que morir en el intento de ser mujeres.

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LA ÉPICA DE LAS EMOCIONES

Hay películas, que a mí particularmente son las que más me gustan, que transcurren con el ritmo pausado de la vida, que no hacen sino contar esas batallas cotidianas mediante las que el ser humano ha ido derribando murallas, que no están protagonizadas por grandes héroes ni heroínas sino por mujeres y hombres con un elevado sentido de la decencia. El cine clásico estuvo lleno de este tipo de relatos que hoy, sin embargo, es menos frecuente encontrar en las pantallas.
Loving, la última película de Jeff Nichols, un director que hace unos años me sorprendió con la notable Mud, recupera justo el tono, el tiempo y la hondura dramática de esas películas que se convirtieron en clásicos por su capacidad para mostrar las esencias más hondas del ser humano. Aunque fui a verla interesado sobre todo por el trasfondo judicial de la historia – la de la pareja interracial, Richard y Mildred Loving (interpretados en la película por Joel Edgerton y Ruth Negga), que se enamoraron y se casaron en 1958, aunque en Virginia, el Estado en que vivían, el matrimonio interracional estaba prohibido, lo que les llevaría a una larga batalla legal hasta que en 1967 el Tribunal Supremo afirmó su derecho al matrimonio -, el mayor interés de la película reside en cómo nos muestra la historia de amor de los dos protagonistas y su entereza moral frente a las dificultades.

Contada sin grandes estridencias, apoyándose básicamente en las contenidas pero emocionantes interpretaciones de sus dos protagonistas, Loving es toda una lección sobre cómo debemos entender la dignidad del ser humano y, en consecuencia,  cómo podemos definir los derechos humanos que finalmente no son otra cosa que, como bien los definió Joaquín Herrera, “procesos de lucha por  la dignidad”. La historia cobra especial valor en unos momentos en los que comprobamos, no solo en EEUU sino a nivel global, cómo cobran vigor los discursos populistas y fascistas, cómo se alimenta el miedo al otro y, en definitiva, cómo vemos en peligro buena parte de las conquistas que pensamos eran ya definitivas. El cine, una vez más, apelando a nuestra dimensión más emocional, mostrándonos que no basta con la “ética de la justicia” sino que es también necesaria la “ética del cuidado”, nos interpela como espectadores para que, tras contemplar la intensa y honda historia de amor de Richard y Mildred, salgamos a la calle teniendo muy claro lo necesaria que es nuestra energía cívica para evitar que la desesperanza se convierta en la regla de lo humano. Una energía que, por cierto, vemos cómo en la película atesora y proyecta de manera mucho más comprometida y activa Mildred frente a un marido que, como buen hombre, es demasiado esclavo a veces de sus silencios y de su masculinidad. Ambos, en todo caso, se nos retratan como seres de carne y hueso y no como unos referentes morales a los que solo faltaría elevarlos al santoral (lo cual es un defecto muy habitual del bienintencionado cine americano cuando se ocupa de cuestiones que tienen que ver con justicia social o con los fantasmas de su propio sistema). Ese es, a mi parecer, el gran acierto de este relato suave, tierno y emocionante: mostrarnos la vida, tal como huele y duele, y no el espectáculo en que con frecuencia  la transforma el cine. En este sentido, no puede haber en la pantalla ahora mismo algo más opuesto a la triunfante La la la Land que esta obra hecha con mimo y desde la honestidad. Una obra que no me caló hondo inmediatamente sino que ha ido creciendo a medida que he ido comprendiendo el gesto silencioso de Richard y la sonrisa luchadora de Mildred. Su hermosa lección sobre cómo el amor no es otra cosa que la suma, siempre inestable, de afectos y cuidados.
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RETRATO DE CHICO AZUL

Frente a la colorista, tramposa y heteronormativa La la la Land – ese sucedáneo tan bien manufacturado que se ha convertido en todo un fenónemo – , Moonlight representa justo lo contrario. La historia de un chico negro que desde pequeño siente que es “diferente” a los demás, y al que acompañamos en tres episodios a lo largo de su vida, se nos cuenta sin colores brillantes, con un realismo que no deja de ser poético y desde la apuesta ética que supone mostrarnos la vida con toda la crudeza que supone para quienes escapan de los moldes hegemónicos.  Moonlight es la adaptación de la obra de teatro de Tarell Alvin McCraney, y su título hace referencia a un dicho que afirma que los chicos negros parecen azules bajo la luz de la luna.

En el primer capítulo, nos encontramos con Little, el niño que convive con una madre prisionera de sus adicciones (el padre está ausente) y que es acosado por sus compañeros de colegio. Little entablará amistad con un traficante de drogas al que, a pesar de su extrema timidez, llegará a preguntarle qué es un marica a lo que el amigo encontrado, responderá: “es una palabra usada para que los gays se sientan mal”. En el segundo capítulo veremos como ya adolescente, y en un contexto violento y homófobo, disfruta, aunque sea fugazmente,  con la historia amorosa y sexual que vive con Kevin, el chico con el que se reencontrará una década después, cuando Little se ha convertido en Black y es todo un hombre musculoso, fuerte por fuera aunque tan frágil por dentro como siempre.
Moonlight es un bellísimo retrato de una masculinidad disidente en un mundo en el que el sistema sexo/género genera determinadas expectativas para los varones. Como dice Kevin en una escena de la película, “hice lo que todos pensaban debía hacer”.  El protagonista es un hombre que se siente desde pequeño fuera del lugar en el que le ha tocado vivir. Algo que revelan sus silencios, las palabras que dicen sus enormes ojos y la tensión que acumula frente a unos iguales que lo someten permanentemente a tratos degradantes. La película que consiguió el Globo de Oro a la mejor película extranjera, y que alguien puede ver como una especie de Brokeback Mountain afroamericano, nos plantea, desde la ternura con la que el director trata a todos los personajes, una hermosa reflexión sobre cómo la masculinidad debe conjugarse necesariamente en plural y cómo no debemos perder de vista la intersección de factores que hacen que en muchos casos haya hombres, como el protagonista, que ven multiplicada su vulnerabilidad. Es también una llamada de atención para que en nuestras miradas sobre la construcción del sujeto varón no nos situemos en un púlpito etnocéntrico y evitemos plantear construcciones colonialistas.
Moonlight es pues una bellísima película que nos permite entender cómo también los hombres, y sobre todo tantos hombres como Little, estamos prisioneros de una jaula y necesitamos, de entrada, tomar conciencia de cómo el patriarcado nos fustiga con su látigo. Obligados a sentirnos fuertes entre nuestros pares y en muchos casos negando lo que nos dicta la piel y el corazón.
Publicado en Clásicas y Modernas, 24 de enero de 2017:
http://www.clasicasymodernas.org/cine-moonlight-barry-jenkins/
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LAS VÍCTIMAS DE FITUR

Puntual, como los ritos que se repiten cada año y cuyas imágenes podrían ser perfectamente intercambiables sin que importara la fecha en que fueron tomadas, ha vuelto a celebrarse Fitur y hemos vuelto a ver a nuestros representantes haciendo todo tipo de declaraciones triunfantes y compartiendo unas sonrisas que tanto me recuerdan a esos momentos de excesos etílicos en los que resulta habitual exaltar la amistad. Hemos comprobado en la distancia la hermosura del stand de Andalucía, nos han vuelto a decir por enésima vez las bellezas que tiene Córdoba y lo poco que pernocta el personal y, por supuesto, nuestros políticos y nuestras políticas han vuelto a recordarnos lo importante que es el turismo para el desarrollo económico. Todo ello mientras que los veíamos brindando, riendo y haciéndose fotos como si fueran los invitados a la boda de Patia con algún chulazo de la cofradía del salmorejo.

No estaría mal que alguno de estos años, antes o después de Fitur, o incluso en vez de Fitur, hiciéramos entre todas y todos una profunda reflexión no solo sobre los dividendos que produce el turismo en nuestra tierra sino también sobre los riegos y consecuencias negativas que provoca. Hemos entrando en la fantasía de una línea ascendente que no tiene fin y que nos obliga a que cada año superemos las cifras del anterior. De esta manera, sumamos números y porcentajes, que tanto gustan a los políticos y a los medios para encabezar titulares. Muy pocos, sin embargo, se plantean si no corremos el riesgo de morir de éxito, como por ejemplo ya está pasando con la fiesta de los patios en nuestra ciudad, convertida en un abrumador parte temático que hace que se pierda su esencia y que nos convierte, durante unos días, en un espacio difícilmente habitable. Y es que sigue faltando, sobre todo en nuestros representantes, que no deberían seguir la lógica del máximo beneficio que es la que se le supone a las empresas privadas que viven del negocio, un análisis sobre la sostenibilidad de un modelo de desarrollo y de crecimiento económico que provoca muchas víctimas. A nadie he escuchado hablar de los riesgos medio ambientales, de las lesiones del patrimonio, de los efectos en la calidad de vida de quienes vivimos en las ciudades todos los días y de cómo la exagerada inversión en una finalidad hace que finalmente otros objetivos -la cultura, la participación ciudadana, el desarrollo cívico- acaben arrinconados o, en el mejor de los casos, supeditados al gigante que se supone llena terrazas, tabernas y esas tiendas tan horribles que rodean nuestra Mezquita.
Todo ello por no hablar de lo que, a mi parecer, es todavía más preocupante. Me refiero al tipo de trabajos que genera la industria del turismo y a la insoportable en tantos casos precariedad de las trabajadoras y los trabajadores que sostienen el invento. Vivimos instalados en la hipocresía de creernos la ciudad de los talentos, la cultura y la reflexión, pero seguimos alimentando un modelo en el que nuestros jóvenes continúan siendo condenados a irse fuera o a malvivir como camareros o limpiadoras. Los brillantes productos que nos venden en Fitur se mantienen, en la mayoría de las ocasiones, gracias a la vulnerabilidad de quienes no encuentran otra salida laboral y a la miopía de unas instituciones que de esta manera tanto contribuyen a que la distancia entre la minoría que tanto tiene y la mayoría empobrecida cada vez sea mayor. Me habría gustado ver en Fitur, por ejemplo, un pacto para garantizar la dignidad mínima como trabajadoras de las camareras de piso, o el compromiso de los empresarios en el sostén de aquellos acontecimientos colectivos que les garantizan tantos beneficios. Sin embargo, un año más, nos hemos conformado con la sonrisa artificial de presidentas y alcaldesas. Como si apenas hubiera cambiado nada con respecto a aquellos años en los que Paco Martínez Soria nos decía aquello de qué gran invento es el turismo.
PUBLICADO EN DIARIO CÓRDOBA, LUNES 23 DE ENERO DE 2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/victimas-fitur_1116867.html
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TODAS ÉRAMOS PUTAS

«Todas éramos putas».  La puta 72, la mujer que canta, la víctima de todas las guerras.  La cólera, la violencia y el dolor: hermano contra hermano, vecino contra vecino.  Las vidas rotas por los disparos y la esperanza buscando refugio. El Líbano entre llamas, como ahora lo es Siria. Las heridas de Europa,  la sangre del planeta, ¿cómo podríamos salvar la Dignidad? Mientras que el vaquero Trump llega a la Casa Blanca, y las mujeres marchan sobre Washington, y cientos, miles de personas que huyen del horror mueren bajo las nieves de una Europa silenciosa, en el Gran Teatro de Córdoba se prende la llama de las palabras.  Las del doloroso, hondo y hermoso tapiz tejido por Wajdi Mouawad  que Mario Gas ha sabido convertir en una mirada desgarradora sobre los despojos del ser humano, sobre lo que apenas queda cuando la barbarie nos domina, sobre los desastres de la guerra que, no por tantas veces contados, dejan de arañarnos porque nos sitúan frente al espejo de nuestra indolencia.

Incendios, que se va trenzando con saltos en el tiempo, con paralelismos de búsquedas y liberaciones, con desgarros que suman pasado y presente, es una brutal bofetada en nuestro alma de ciudadanos acomodados que, calentitos en la sala, nos estremecemos ante las madres que pierden a sus hijos, ante las mujeres que son violadas, ante los hombres que han hecho de la violencia el pretexto último para encontrar su lugar en el mundo. Mouawad consigue con sus palabras, que en muchos momentos parecen lorquianas, mostrarnos la tragedia que significa encontrarnos, el peso de los barrotes que a tantos seres humanos expulsan del paraíso,  la necesaria y urgente solidaridad sin la que es imposible gozar de la felicidad que supone estar juntos. Con nuestras diferencias, con nuestros dramas particulares, con nuestros rencores y nuestras tiritas. Humanidad.

Pero, por encima de todo eso, las tres horas en las que la obra consigue emocionarnos y hacernos sentir en nuestro rostro la sangre de los caídos son un magnífico relato de cómo ellas, la mitad del cielo y de la tierra, las Sofías  del mundo y las que durante siglos no aprendieron a escribir, son las principales víctimas de todos los conflictos. Las pisoteadas, las violentadas, las desgarradas, las que paren hijos de carceleros y pierden a sus descendientes en la niebla, las que ven como sus frutos se vuelven agrios, las que viven rodeadas de verdugos frente a los que en algún momento deberán rebelarse. Y aprender a leer, y a escribir, y a tener una voz propia. El empoderamiento al que incita la abuela de la protagonista. Mujeres con el rostro tapado, que guardan silencios durante años, que escriben cartas para así ganarle una última jugada al destino, que se hacen obligatoriamente las más fuertes ante tanto sujeto viril que impone las leyes por huevos. El hilo, al fin, de la sororidad de mujeres que hablan y que cantan, que se ayudan, que se escuchan, que viajan y buscan, que comparten de generación en generación la sabiduría propia de quienes siempre tuvieron que ganarse una habitación propia.

Todo eso es Incendios y, por supuesto,  Nuria Espert: esa mujer que sobre el escenario está dotada de una fuerza (sobre)natural que le permite actuar como quien va paseando por la vida. La Nuria de pelo blanco y pasos dulces, la de voz clara que es capaz de invocar el más rotundo de los sufrimientos, la que no necesita de artificios para enseñarnos la verdad de las emociones. Solo su monólogo ante el que fuera su verdugo bastaría para que nuestro corazón se sintiera deshilachado ante el horror que supone la más terrible vulneración de la integridad física y moral de un ser humano. Su interpretación de mujer/madre/abuela es un regalo que ningún espectador podrá olvidar porque ya para siempre Nawal formará parte, debería formar parte, de nuestra memoria de seres desmemoriados. Para que con ella, que vive en nosotros con la voz de la Espert, nunca olvidemos que si tantas mujeres han sido y son tratadas como putas es porque el planeta está lleno de hombres convertidos en verdugos. Una posibilidad que habita en cualquiera de nosotros, incluso en aquellos que habiendo sido víctimas tienen después la tentación de ponerse del otro lado. Nunca renunciemos, pues, a salvar la dignidad, la nuestra y la de los otros/las otras, la que nos permite descubrir lo bien que estamos juntos.

Incendios,  de Wajdi Mouawad, dirección de Mario Gas
Gran Teatro de Córdoba, 21 de enero de 2017
Fotografías: BRAULIO VALDERAS
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LA LA LA (TRUMP) LAND

En estos tiempos  de inseguridades, miedos y desigualdades crecientes, no debería extrañarnos que los espectadores busquen en las pantallas relatos capaces de ofrecerles bien una ilusión de comodidad y resguardo o, en su caso, una ensoñación que les permita escapar por un par de horas de su cruda realidad. Ante las dificultades de imaginar un futuro en el que las promesas de felicidad y bienestar superen las evidencias frustrantes del presente (el mito del progreso ha muerto), parece lógico que triunfen las miradas hacia el pasado, las relecturas  de lo que un día nos dió placer, la memoria de un tiempo en el que pareciera que todos éramos inocentes y que nos quedaba el universo por descubrir. Por todo ello, no me ha sorprendido que una película como La la la Land  se haya convertido en todo un fenómeno. Porque justamente lo que nos vende es esa ilusión, por otro lado tan propia de ese sentido ultimo de barraca de feria que también tiene el cine, de arrastrarnos por un cuento de música y colores en el que todo parece amortiguado para que apenas notemos el dolor que supone siempre decidir y lo duro que es asumir que la vida no siempre se pone del lado de nuestros deseos. Es por tanto la mejor película para traducir el estado de ánimo colectivo de la era Trump, en la que el neoliberalismo parece estar perdiendo parte de sus estrategias seductoras y está derivando en formas fascistoides y autoritarias, esas que durante un tiempo al menos ha procurado esconder bajo el antifaz de la libertad. Mientras tanto, las izquierdas andan desnortadas, incapaces de mirar el sur y sin encontrar voces y narrativas ilusionantes, bailando y cantando alrededor de sus ombligos.

LA LA LA LAND, a la que poco se le puede reprochar desde el punto de vista formal (salvo quizás un exceso de metraje que hace que su ritmo decaiga en la última media hora) , tiene la dulzura benevolente de un sucedáneo, el azúcar perdonable del chocolate con leche, las buenas intenciones del alumno o alumna aplicada que ha ensayado mil veces para que su número brille en la fiesta fin de curso. Eso sí, carece del aliento propio de aquellas obras cinematográficas que se instalan en la retina para siempre, como le falta a Enma Stone la gracia etérea de una Cyd Charisee o al insulso Ryan Gosling el dinamismo de Gene Kelly en sus mejores tiempos.

Es curioso como en una de las escenas presuntamente más emocionantes de la película,  Mia (Enma Stone) canta a los insensatos, a los intrépidos, a los valientes a los que se arriesgan, es decir, justo a todo aquello de lo que no pueden presumir los artífices de esta película que parece haber convencido tanto a público como a crítica. De hecho, es sorprendente ver estos días por las redes sociales cómo uno y otra usan un mismo lenguaje para describir el impacto que les ha provocado la cinta, todas y todos embriagados por el lirismo y sintiéndose parte de «the fools who dream«. A mí, sin embargo, que ya tengo bien asumido que siempre he sido un bicho raro, la propuesta del director de la sugerente Whiplash me ha parecido más cercana a un anuncio alargado de champán que a un clásico del musical norteamericano. De hecho pienso que no estaría mal reciclarlo la próxima Navidad como anuncio de esa lotería que siempre nos recuerda la suerte que tenemos con estar sanos y salvos. Aunque sigamos siendo parte de esa inmensa mayoría que no es millonaria y aún cuando arrastremos el peso de las decisiones equivocadas que un día tomamos. El mercado, en todo caso, nos habrá dicho que somos libres para soñar lo que debemos soñar.

Publicado en THE HUFFINGTON POST, 18 de enero de 2017:
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/la-la-la-trump-land_b_14223256.html

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VÍCTIMAS DEL PATRIARCADO, NO DE SU SEXISMO

En los últimos tiempos nos estamos acostumbrando a leer tanta barbaridad en las redes sociales en torno al feminismo, la igualdad de género y no digamos sobre las múltiples violencias que sufren las mujeres, que nuestra capacidad de asombro empieza a entrar en un estado en el que la alerta corre el riesgo de debilitarse. Ante tal cúmulo de opiniones lanzadas al aire en muchos casos por quienes no han acreditado la más mínima formación ni preocupación personal o intelectual sobre el tema, uno se debate entre no hacer el mínimo caso, entre otras cosas para no darle alas a determinados sujetos, o bien atender a la “militancia” personal y profesional que nos lleva a algunos a en ningún caso mantener la complicidad por omisión. Esa que es tan habitual entre muchos hombres que siguen percibiendo que el machismo, en cuanto  ideología que continúa conformándonos a todas y a todos, a la sociedad en general, acabará evaporándose como por arte de magia, mientras que la gran mayoría de nosotros seguimos disfrutando de nuestros privilegios y contemplando a nuestras compañeras como sujetas menores de edad.

Ha sido la segunda opción la que inmediatamente me ha llevado a escribir estas palabras tras haber leído, entre la perplejidad y la indignación, una entrada titulada Víctimas de su sexismo en un blog titulado Crónicas bárbaras del que es autor Manuel Molares. La pieza tiene frases como las siguientes: «Dicen los vecinos que no se explican la dependencia de la profesora de su asesino. Claro que se explica: él era una deidad sexual, dominante e iracundo, como Zeus. No señalarlo es hacerse cómplice: Zeus es un dios cruel y terrible, padre de dioses y hombres, que mata ocasionalmente con sus embestidas a las mujeres estúpidas. Lo advertía la mitología griega».
Los escasos y rotundos párrafos que componen la entrada responden a una de las estrategias que vemos más repetidas en estos tiempos neomachistas: la desconexión de la violencia de género de las estructuras de desigual poder entre mujeres y hombres que la provocan —tal y como por otra parte deja muy claro la LO 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, cuya legitimidad fue avalada por el Tribunal Constitucional en su sentencia 59/2008— y el cuestionamiento de los factores culturales, políticos y sociales que son esenciales en el entendimiento de cómo seguimos construyendo las relaciones de género.
De ahí a defender, como hace el autor del blog, la responsabilidad de las mujeres en el mantenimiento de unas relaciones tóxicas y por lo tanto en lo que constituye el caldo de cultivo idóneo para la violencia, media solo un paso de insensatez. Por supuesto que las mujeres son también el resultado de una cultura patriarcal y de una socialización que las sigue haciendo en muchos casos sujetas dependientes del amor romántico. De ahí que las personas expertas en la violencia de género lleven décadas alertando sobre la necesidad de construir otro modelo de relaciones afectivas y sexuales, algo urgente si tenemos en cuenta el rebrote machista y reaccionario que todos los estudios revelan entre las parejas más jóvenes.
Sostener, como hace el autor del blog, que las mujeres se entregan voluntariamente a maltratadores, a los que adoran como deidades, y de ahí deducir una responsabilidad que el “feminismo radical” no quiere ver, me parece no solo insostenible sino también peligroso. Y lo es por lo puede suponer de aliento de las posiciones neomachistas que inundan las redes y porque alimenta todas las posiciones que tratan de devaluar el análisis de género y por supuesto al feminismo. Todo ello, por cierto, con el objetivo último, aunque no confesado, de mantener un orden de privilegios al que muchos no están dispuestos a renunciar. De ahí que desesperadamente se acuda en muchos casos a la agresividad, a la desacreditación o simplemente al insulto más brutal, en el vano intento de defender unas posiciones que progresivamente van perdiendo legitimidad y argumentos.
No voy a repetir aquí, porque están más que analizados científicamente y difundidos, los factores que hacen que por ejemplo muchas mujeres no se atrevan a denunciar, o que presentada una denuncia la retiren, o que incluso finalizada una relación violenta repitan los esquemas con otro compañero. A nadie debería extrañarnos si la cultura patriarcal que nos sigue maleducando continúa vendiéndonos la seducción del malote y la entrega dependiente y ciega de la princesa, o si los mecanismos procesales y asistenciales de protección de las víctimas siguen dejando mucho que desear, o si analizamos la escasa formación y sensibilización que en la materia tienen por ejemplo buena parte de los operadores jurídicos.
Por todo ello, me parece absolutamente injusto, y por supuesto contraproducente en la lucha contra la que es una de las mayores violaciones de derechos humanos a nivel planetario, afirmar que “las mujeres son víctimas de su sexismo”. Por supuesto que hay mujeres machistas, en cuanto que han sido educadas en un contexto que las ha hecho idénticas y sin autonomía, pero ello no debería llevar a desenfocar la cuestión: ellas no son víctimas de su sexismo, sino de unas relaciones de poder —ese “género” que a tantos parece molestar en cuanto categoría de análisis social y política— en las que nosotros continuamos siendo el sujeto dominante y ellas las sometidas y por lo tanto vulnerables ante las múltiples discriminaciones que sufren o pueden sufrir. Es ahí donde hay que seguir trabajando, en ese marco de poder que provoca tantas injusticias y en el que, me remito a los datos objetivos, nosotros seguimos obteniendo dividendos de todo tipo y ellas deben seguir luchando por afirmar sus derechos.
No seré yo quien discuta que pueda haber mujeres, u hombres, que se conviertan “voluntariamente en esclavas sexuales de posibles asesinos” o que los sigan “suicidamente por el placer físico que les proporcionan” —los territorios del deseo son insondables— , pero lo que me parece osado es reducir el terrorismo que más asesinadas ha provocado en nuestro país en la última década a una cuestión de entrega morbosa de las mujeres a los hombres abusadores.
Se trata de una visión tan sesgada y tan carente de argumentos simplemente criminológicos que la respalden que puede acabar convirtiéndose en una bomba de relojería en un contexto en el que estamos viendo lo fácil que resulta darle validez a las propuestas que simplemente refuerzan nuestra ideología. En este caso, parece evidente, y ello es lo que más me preocupa, que la “crónica bárbara” que comento se convertirá, si no lo ha hecho ya, en bibliografía de referencia para quienes ven al feminismo como una especie de demonio que odia a los hombres y al género como una ideología que niega el orden y la naturaleza. Es decir, quienes todavía parecen no haber entendido que la lucha, como bien dijo Toni Morrison, no es contra los hombres, sino contra el patriarcado, y que el feminismo no persigue otra cosa que, nada más y nada menos, la efectiva igualdad entre ellas y nosotros.

Publicado en Blog MUJERES de EL PAÍS (11-1-17):

http://elpais.com/elpais/2017/01/11/mujeres/1484136509_449534.html

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CUANDO MUERE UN POETA

Cuando muere un poeta se suelen escribir muchas obviedades y hasta alguna que otra tontería: él ha muerto pero su obra perdurará; no morirá mientras que alguien recuerde sus versos. Incluso es posible que la prensa local le reserve el rincón de alguna portada que le negó en vida. Todo ello por no hablar de quienes lo observaron con envidia y que sin reparos no dudan en convertirse en lamentable coro de plañideras. Cuando muere un poeta, es normal que busquemos sus libros en las estanterías, o sus versos en google o que rastreemos sus últimas huellas en las redes sociales. Ahora los espacios virtuales nos engañan y es como si negaran la muerte: ahí siguen sus cuentas abiertas, sus fotos sonrientes, el nombre desafiando el tiempo. Cuando muere un poeta, imagino que todos los que necesitamos la literatura para vivir nos damos cuenta de que realmente la usamos para esquivar inútilmente el ir muriendo. Cuando muere un poeta, por unos instantes, mientras que dura el impacto de la noticia, somos capaces de mirarnos en el espejo y llorar ante la silueta de arena que se deshace. Y comprobamos cómo el dolor se expande y aún compartido no deja de doler menos: se disfraza de puzzle que enloquecido busca sus trozos dispersos. Ese dolor, esa rabia de quien choca brutalmente con su propia fragilidad, no tiene medida ni nombre cuando el que muere, además de poeta, era amigo.
El domingo pasado intenté de todas las maneras posibles subirme al tobogán que un día mi amigo poeta me descubrió pero ni mis pies ni mi pecho me obedecieron. Desde que en la pantalla de mi ordenador me enfrenté a la muerte de Nacho Montoto, quise volver a las escaleras en las que hace ya más de 15 años me encontré con un casi adolescente de mirada que penetraba mucho más allá de la superficie de las cosas. Aquel veinteañero del que leí sus primeros versos como el profesor que lee un examen, al que subrayé verbos y borré adjetivos, al que solo pude ofrecerle entonces la escurridiza sabiduría que otorga la edad. Bastaba con que él llegara a mi despacho, se quitara sus habituales gafas de sol, se dejara la bufanda puesta y se sentara frente a mí para que el campo de batalla se transformara en huerto de limones. Los dos, en el fondo, aprendices de casi todo, insatisfechos siempre con una ciudad que nos solía dejar con la resaca triste de aquél que nunca ha disfrutado por completo de la fiesta.
Cuando muere un amigo, el ovillo se desparrama por el patio y los hilos se hacen enredadera. Aprietan el pecho y la garganta de tal manera que cuesta pronunciar palabra, incluso emitir un leve sonido. Cuando muere un amigo, los cuadernos se desordenan y las vísceras hacen del cuerpo un territorio hostil. Cuando muere un amigo, que además era poeta, la prosa parece mirarnos burlona como si fuera la amante que ha conseguido al fin el cuerpo del enemigo.

Cuando el pasado domingo comprobé que la muerte de Nacho Montoto era cierta, se abrieron ante mí en canal el peso de los binarios que yo un día no entendí del todo. Quise entonces perderme en las playas de Cádiz, su Cádiz, para allí convencerme de que el mar donde se baña un amigo es por siempre el mar donde eterno se le encuentra. Iluso de mí al no entender, como él mismo había advertido el día antes de morir, que el dolor que sentía era justamente el que me hacía sentir vivo. Tal y como a él le gustaba sentirme: disidente, inquieto, burlón. Fue entonces cuando busqué sus libros y acaricié sus lomos como quien se abraza al ser querido después de mucho tiempo sin verlo. Y entendí que sus palabras eran la llave que ya para siempre me permitiría abrir el secreto de su generosa sonrisa. Fue así como comprendí, conmovido-herido-desolado, por qué amo tanto las horas.
Publicado en Diario Córdoba, 9 de enero de 2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/cultura/cuando-muere-poeta_1113030.html
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SOLO EL VACÍO

He de confesar que fui uno de los deslumbrados por los excesos de Xavier Dolan, si bien me cautivaron más sus primeras películas – Los amores imaginarios, Tom en la granja – que aquéllas en las que posteriormente fue enrevesando su estilo – o la falta de él, podríamos debatirlo – y perdiendo la luminosidad que transmitían sus inicios. Laurence anyways me interesó mucho pero no me impactó tanto como las anteriores. Mommy me dejó a medias.  Los peores presagios se adelantaban pues al estreno de su última película y, efectivamente, creo que es la obra menos lograda de este joven que desata pasiones encontradas y que no es tan «enfant terrible» como él mismo pretende vender. Solo el fin del mundo, en la que Dolan vuelve a sus temas de siempre (la familia, la madre, la culpa, los silencios, la homosexualidad), acaba siendo un artefacto en el que ni siquiera las formas son capaces de deslumbrar y, por tanto, de enmascarar el  más o menos endeble contenido. La opción por contarnos la historia de una familia histérica a través de primerísimos planos de los protagonistas acaba siendo un experimento fallido, al que le falta al aliento poético de otras obras de Dolan y en el que no se cumplen los objetivos esenciales de un relato cinematográfico. De una parte, nos cuenta una historia mínima – la vuelta a casa después de doce años de un treinteañero para anunciar que va a morir – pero sin que el espectador acaba entendiendo el porqué de las actuaciones de los personajes – los cuatro miembros de la familia que lo reciben – y sin que por tanto seamos capaces de trenzar los hilos que nos podrían dar las claves del relato. De otra, la opción del director, y también la de un guión más que flojo, resta emoción y credibilidad, apenas logra transmitirnos el volcán de sentimientos que se supone que deben anidar en los pechos de los protagonistas. Todo se limita a una sucesión de silencios y de gritos, de enfrentamientos que no nos dicen apenas nada y de rostros de actrices y actores que parecen estar haciendo un tremendo esfuerzo – de método – por revelarnos lo que se supone que está sintiendo su personaje.  Ni siquiera una actriz del enorme talento de Marion Cottillard salva la función ya que su personaje parece más un boceto que un ser de carne y hueso. Los otros tres miembros de la familia – interpretados de manera muy esquemática por Léa Seydoux, Nathalie Baye y Vincent Cassel – apenas son el eco de un grito cuyos orígenes no entendemos bien del todo.
Nos queda, eso sí, la mirada clara de Gaspard Ulliel, el joven escritor del que solo adivinamos parte de sus infiernos, de sus miedos y de sus luchas. Del que tampoco logramos comprender con exactitud su bondad o, mejor dicho, la pasividad ante las explosiones de quienes dicen quererlo bien. Queda apenas apuntados la relación tensa con su madre – «yo no te comprendo pero te quiero» -;  el duelo con el hermano que bien podría ser, aunque solo lo intuimos, ese macho hegemónico y fracasado que convierte el rencor en silencios o puñetazos; la memoria de una infancia de campos y música  (ni siquiera en este caso la magia de Dolan en la utilización de canciones inesperadas salva el naufragio); el amor incondicional de una hermana pequeña que parece la siguiente dispuesta a abandonar el nido. No nos cansamos, obviamente, de mirar y admirar su bello rostro, pero esa cara acaba por no decir nada, o al menos por no decir lo que uno espera cuando empieza la película.
Tal vez esta película venga a confirmar lo que muchos insistían en probar: que el genio de Dolan no es tal y que tan solo ha sido un espabilado constructor de imágenes seductoras en estos tiempos que van más allá del posmodernismo. Sin duda, este relato de, una vez más, las dramáticas relaciones familiares, le ha quedado muy por debajo del listón de otras producciones anteriores. No sabemos si su salto a Hollywood confirmará el vacío o le permitirá transitar por otros territorios. De momento, este Solo el fin del mundo solo ha dejado en mí el retazo de un bellísimo Louis y apenas las notas a pie de página de una historia a la que le sobran rostros y le falta alma.
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EL CIERRE DE UTOPÍA

Me había acostumbrado a que entre los escaparates de mi barrio hubiera uno lleno siempre de libros: una isla entre tanto bar y tanta franquicia, la excepción ante la que cada día merecía la pena detenerse. Una de las sorpresas más tristes de este principio de año ha sido descubrir que ese espacio ya no existe, que como tantos otros en la ciudad luce un cartel de «se alquila». Una vez más mi alma de lector romántico ha quedado malherida y he sentido que arrancaban un trocito no solo de ella sino de la misma ciudad. Porque cada vez que se cierra una librería es como si amputaran un nervio al organismo, el cual por supuesto seguirá viviendo, pero con menos inquietud ante el presente y con frustradas ganas de mirar el futuro.
Se acabó 2016, ese año con el que un día soñamos en esta ciudad, y apenas nadie recordó que hubo un momento en el que no solo todas las instituciones sino también y sobre todo la ciudadanía se entusiasmaron con un proyecto colectivo. Un proyecto que, más allá de la competición absurda y de los fuegos de artificio, podría haber sido el pretexto para construir un relato esperanzador. Sin embargo, y como en la peor de las fábulas, el fracaso no se aprovechó para remontar el vuelo desde todo lo bueno que había empezado a fraguarse. Las instituciones optaron por la respuesta más cómoda y habitual en esta ciudad, en la que sobran los silencios y faltan los compromisos, en la que parecemos siempre empeñados en dejar morir las oportunidades al tiempo que nos dejamos deslumbrar por el brillo de lo inmediato. Y la ciudadanía, una vez más, les siguió el juego, replegándose en sus laberintos cómodos y placenteros, cosidos con el hilo de la queja permanente y con la aguja de la indolencia que solemos confundir con la serenidad o incluso el senequismo.
Recién nacido el 2017 continuamos sin tener claro qué modelo de ciudad queremos y mucho menos cómo hacer compatible el ilustre pasado con un fututo en el que el ayer debería ser una oportunidad y no una losa. Seguimos enfrascados en los debates eternos, como si estuviéramos empeñados en copiar las estrategias de los grupos políticos de La vida de Brian, y no renunciamos a ser nuestro peor enemigo. De ahí que no debería extrañarnos que los talentos huyan y los visitantes no pernocten. Nos hemos convertido en una larga sucesión de veladores que otorgan a la ciudad un brillo tan fugaz como el del calor de un café en una terraza.
Eso sí, al fin tenemos abierto el impresionante C3A, que evidentemente no ha sido asaltado en estos días festivos por las mismas colas de cordobeses y cordobesas a los que no importa el frío con tal de conseguir gratis un trozo de pastel, que se ha convertido en la gran metáfora de lo que Córdoba da de sí. La apertura de ese espacio mastodóntico y tan vacío y el cierre en paralelo de la librería Utopía resumen a la perfección la prisión en la que estamos, sobre todo en lo que tiene que ver con el desarrollo cultural de la ciudad. Ambos acontecimientos nos demuestran que el disco duro continúa sin reiniciarse. Continuamos siendo esclavos de eventos grandilocuentes y de grandes pistas en las que no aterrizan aviones o bien permanecen varados como el que está cubierto de telarañas frente al río. Nos sigue faltando un plan estratégico que sirva para crear industria, públicos y redes. Y que al mismo tiempo nos permita superar la esclavitud del turismo y la negación inmisericorde de nuestras potencialidades. Todo ello sin renunciar a la utopía porque, como bien dice Boaventura de Sousa Santos, ya que «muchos de nuestros sueños fueron reducidos a lo que existe, ser utópico es la manera más consistente de ser realista a comienzos del siglo XXI».
Las fronteras indecisas, Diario Córdoba, 9-1-2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/cierre-utopia_1112851.html
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LAS INOCENTES: LAS MUJERES COMO VÍCTIMAS DE MÚLTIPLES CAUTIVERIOS

No sé si Pedro Almodóvar o Paul Verhoeven habrán visto Las inocentes, la película en la que Anne Fontaine cuenta la historia real de unas monjas polacas embarazadas tras ser violadas por las tropas rusas al terminar la II Guerra Mundial. Si no lo han hecho, ellos, que están tan acostumbrados a banalizar las agresiones sexuales que sufren las mujeres, deberían hacerlo para ver si así empiezan a entender cómo la violación constituye la expresión máxima del dominio masculino y la subordinación femenina.  La dolorosamente bella película de Fontaine nos muestra además algo que no por sabido necesita menos recordarse: cómo la violación de mujeres y niñas es una de las más habituales armas de guerra y cómo las víctimas de esta barbarie han sido y continúan siendo en la mayoría de los casos invisibles.
A través de la mirada de la protagonista, una joven médico francesa, comunista y atea – interpretada por una magnífica Lou de Laâge -, una heroína que también sufre en sus propias carnes ser una excepción en un mundo ferozmente masculino, contemplamos además el doble cautiverio que sufren las monjas: no solo el que se traduce en las terribles consecuencias físicas y psicológicas de las violaciones repetidas, sino también el sentimiento de culpa que les generan sus creencias. La fe les hace sentirse responsables de la barbarie y las obliga a soportar la carga de la deshonra ante los ojos de dios y de los demás.

“La película nos muestra cómo el patriarcado se nutre de factores que se entrecruzan y que multiplican el sufrimiento de las vulnerables. En este caso, a la violencia masculina se une la de una religión que las obliga al silencio y a la sumisión.”

De esta forma, la película nos muestra cómo el patriarcado se nutre de factores que se entrecruzan y que multiplican el sufrimiento de las vulnerables. En este caso, a la violencia masculina se une la de una religión que las obliga al silencio y a la sumisión, que las hace negar de sus cuerpos y que paradójicamente las sitúa enfrentadas al goce de la vida. Frente a esta mujeres, la joven Matilde, una mujer autónoma, luchadora, hecha a sí misma, representa la voz de la razón frente a los dogmas, el sentido común frente a las cadenas, la necesidad, como dice en una de las escenas, de “poner a dios entre paréntesis” cuando la vida o la integridad física de un ser humano están en juego.

En un final de año de tanta tontería en la cartelera – léanse asesinos, superhéroes y amores románticos revestidos de utopía ecologista -, de tanto machismo televisado y de tanta mujer asesinada, Las inocentes constituye una excepción por lo que supone de apuesta por otra mirada. Esa que habitualmente es negada o en el mejor de los casos reducida a lo anecdótico en un mundo, el del cine, que continúa siendo brutalmente androcéntrico y patriarcal.

En un final de año de tanta tontería en la cartelera – léanse asesinos, superhéroes y amores románticos revestidos de utopía ecologista -, de tanto machismo televisado y de tanta mujer asesinada, Las inocentes constituye una excepción por lo que supone de apuesta por otra mirada.

La mirada de Anne Fontaine, que se proyecta en las emocionantes y penetrantes miradas de todas las actrices que la protagonizan,  nos llama la atención sobre espacios, de la historia y del presente, que apenas son una nota a pie de página en los manuales y en los informativos. Nos sacude el corazón y la conciencia alertándonos de que los cautiverios de las mujeres, como diría Marcela Lagarde, son múltiples y que todos ellos suponen nada más y nada menos que violación de los derechos humanos fundamentales.
No está de más en este 2017 recién iniciado, y en el que ojalá seamos capaces entre todas y todos de frenar el retroceso que la igualdad está sufriendo en todo el planeta, volvamos la vista y la cabeza hacia una película como Las inocentes.  Para que con ella vaya tomando conciencia, quien todavía no lo haya hecho, de que el patriarcado se apoya en el dominio masculino y en la sumisión femenina. Lo cual supone, entre otras cosas, entender nuestros deseos como derechos y a ellas, incluido por supuesto su cuerpo y su sexualidad, como instrumentos para satisfacerlos. O, lo que es lo mismo, de cómo el  “vivir para otros” de la Sofía de Rousseau acaba traduciéndose también en abrirse de piernas para que el macho, gracias a la fuerza o al dinero que todo lo compra, continúe siendo el dueño y señor. El poderío de nuestro falo frente al silencio de sus labios.
Las inocentes es, pues, una de esas películas que, como tanto insiste Pilar Aguilar, nos muestra otro relato, es decir, pone el foco donde no suelen hacerlo la mayoría de los directores varones y nos interpela, desde la emoción que siempre contiene el cine bien hecho, para que asumamos un determinado compromiso ético. Un compromiso similar al que sigue Matilde en la historia y que debería traducirse en la responsabilidad que todas y todos tenemos, individual y colectivamente, en poner las bases para que todas las mujeres puedan hacer efectivo del “derecho de salida” de aquellos contextos que las oprimen. Y para que, como condición esencial, los hombres desaprendamos una concepción de nosotros mismos y de la sexualidad que nos convierte en bárbaros.

PUBLICADO EN TRIBUNA FEMINISTA, 8-1-2017:
http://www.tribunafeminista.org/2017/01/las-inocentes-las-mujeres-como-victimas-de-multiples-cautiverios/

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EL MAGISTRADO Y LOS HOMBRES MALOS

A quienes nos movemos en el mundo del Derecho, no nos han extrañado del todo las declaraciones que el magistrado del Supremo Antonio Salas acaba de hacer sobre la violencia machista.  Ahí están por ejemplo las reiteradas denuncias de la Asociación de Mujeres Juezas que ponen en evidencia cómo la Judicatura continúa siendo un espacio terriblemente patriarcal y androcéntrico. No hace falta más que repasar los planes de estudio de las Facultades de Derecho o la formación específica que reciben los futuros titulares de los juzgados para comprobar cómo el género continúa siendo una herramienta analítica invisible, como la igualdad entre mujeres y hombres apenas si es con suerte el pretexto para una línea de alguna guía docente o no digamos cómo el feminismo es despreciado como argumento científico serio. Por lo tanto, lo realmente sorprendente sería que nos encontráramos con jueces, y con juezas, que hayan no solo aprendido sino también aprehendido lo que implican social y políticamente las relaciones de género, así como las consecuencias que el patriarcado en cuanto estructura de poder provoca en las subjetividades y en los vínculos que establecemos entre nosotros y ellas.

Las declaraciones del magistrado Salas, que por supuesto ponen en evidencia el discurso ideológico que todavía está muy presente en parte de la Judicatura y no digamos de la sociedad, demuestran justamente lo que él trata de desmentir. Es decir, que difícilmente avanzaremos en términos de igualdad de género,  y por lo tanto estaremos en el camino de reducir las múltiples violencias patriarcales, mientras que no modifiquemos no solo un orden político sino también cultural en el que seguimos dando por buenas las jerarquías establecidas en base a supuestas diferencias biológicas y en el que identificamos la humanidad con la varonidad. Estos presupuestos se nutren además de la naturalización de unas determinadas estructuras de poder que siguen manteniendo a los varones en los púlpitos. En este contexto cualquier comportamiento “desviado” tiende a justificarse de manera individual – de ahí el fracaso de buena parte del Derecho Antidiscriminatorio – , aludiendo, como hacía Salas, a la maldad de determinados sujetos  o al argumento que durante siglos ha servido para justificar la plusvalía de la masculinidad, es decir, la fuerza física.  Una justificación que, de entrada, debería hacer que nos planteáramos por qué estos hombres tan malos y tan fuertes no suelen proyectar su maldad sobre sus animales de compañía, sus vecinos o sus jefes, sino que suelen concentrarla en la que es o ha sido su compañera. Este (des)enfoque del problema desconoce, no sé si interesadamente, que los individuos no vivimos ni crecemos aislados, sino que nos construimos en un marco relacional que implica poder y en el que continuamente entran en conflicto intereses, derechos y bienes a repartir. Por lo tanto, y ese es el permanente reto con el que se ponen a prueba los sistemas democráticos, hemos de arbitrar fórmulas que nos permitan construirnos y relacionarnos como sujetos iguales desde nuestras diferencias en un espacio de convivencia pacífica. Ello pasa necesariamente por educarnos también éticamente en la responsabilidad que supone el reconocimiento de los/las otros/as y en el desarrollo de una subjetividad que nos permita establecer lazos de empatía y solidaridad con quienes convivimos. Unos objetivos que hoy por hoy continúan siendo un reto urgente si tenemos en cuenta la todavía evidente desigualdad que en todo el planeta, incluidas sociedades democráticas como la nuestra, sigue habiendo entre la mitad masculina y la femenina de la Humanidad.

Es evidente que Antonio Salas, como suele pasarle a quienes hacen alarde posiciones machistas y no digamos de quienes han convertido en un discurso el desprecio del feminismo, carece no solo de una básica formación desde una perspectiva de género sino también de la mínima sensatez y sentido de la ponderación que uno debería esperar de un buen jurista. Sus insensatas declaraciones son una prueba más de cómo a día de hoy continúa siendo urgente y necesaria una ley tan discutida como la que en 2004 el legislador español aprobó contra la violencia de género. Y lo sigue siendo muy especialmente en esos apartados que me temo han sido los peor desarrollados y los que menos eficacia práctica han tenido: los que tienen que ver justamente con la prevención y sensibilización en la materia. En este sentido, la Ley Orgánica 1/2004 debe contemplarse siempre complementada con la Ley Orgánica 3/2007, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, en cuanta ambas contienen un programa ambicioso en lo relativo a la educación, la socialización en general, en materia de igualdad de género. Un programa que en gran medida continúa siendo virgen y que merecería una atención prioritaria por parte de todos los poderes públicos. La aplicación rigurosa de ambas leyes, yendo más allá del voluntarismo político y de la función promocional de buena parte de su articulado, debería llevar a que en un futuro, espero que lo más cercano posible, en nuestro Poder Judicial no hubiera individuos como Salas y a que, en general, la sociedad asumiera como una responsabilidad compartida por todas y todos la remoción de los obstáculos que continúan impidiendo que ellas disfruten de la ciudadanía en las mismas condiciones que nosotros.

Mientras que eso ocurre,  no estaría mal que los Reyes Magos le regalasen a Antonio Salas algunos de los libros que por ejemplo mi querido Miguel Lorente ha escrito sobre el tema – Mi marido me pega lo normal, El rompecabezas: anatomía del maltratador – ,  o incluso algún texto básico para que se vaya poniendo las pilas como el Feminismo para principiantes de Nuria Varela. Si a todo eso uniese un par de cafés con los muchos colectivos de mujeres, y de algunos hombres, que llevan décadas luchando en este país contra la violencia de género, tal vez terminaría el año rectificando las declaraciones con las que  ha inaugurado el 2017. Sería una magnífica noticia para la salud democrática de este país y la mejor manera de contrarrestar el rearme patriarcal que estamos viviendo  y al que dan alas palabras tan desafortunadas como las del magistrado. Ese que todavía parece no haberse enterado de que los hombres que maltratan a las mujeres no son malos sino machistas.
PUBLICADO EN BLOG MUJERES DE EL PAÍS, 4 de enero de 2017:
http://elpais.com/elpais/2017/01/04/mujeres/1483523755_850013.html


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HOMBRES SIN PRESENTE

«No todo el mundo puede convertirse en lo que desea ser». Estas fueron las primeras palabras que escribió Hirozaku Koreeda cuando empezó a escribir el guión de su película Después de la tormenta. Esa mirada sobre los sueños frustrados, sobre la realidad que se impone y sobre la estrechez a la que se reducen los horizontes, ha acaba siendo finalmente en la pantalla una mirada sobre la crisis que los hombres llevamos viviendo desde ya hace algunos años y que a mi parecer va a constituir una de las grandes cuestiones sociales y políticas del siglo XXI. El protagonista, Ryota, un escritor que no encuentra la manera de enderezar su vida, representa a la perfección el sujeto masculino que es prisionero de las expectativas – las personales y las sociales -, que arrastra como una cadena su estricta definición a través de los logros y que es incapaz de asumir que la fragilidad forma parte inevitablemente de cualquier ser humano y que, por tanto, el secreto de la felicidad consiste en saber gestionarla con inteligencia emocional.

«Los hombres son hoy los desconfiados», comenta unos de los personajes de la agencia de detectives en la que trabaja Ryota, al parecer para encontrar la inspiración que no le llega para su segundan novela. No es solo que los hombres desconfíen de sus parejas, es que se hallan perdidos ante un mundo en el que las mujeres ha dejado de ser la otra parte del contrato sexual y en el que las reglas del juego hace tiempo que empezaron a definirse con otras cláusulas. De esta manera, andan la mayoría como seres discapacitados, desnortados y en el peor de los casos a la deriva. Como individuos cuya niñez se prolonga indebidamente y que no logran equilibrar las múltiples facetas en las que, tanto en lo publico como en lo privado, deberían desarrollar su personalidad. En este sentido, Ryota es también un padre ausente que no sabe bien como hacerse presente, que intenta ganarse la confianza de su hijo sin resistirse a cumplir para él el papel de héroe, que no asume que la que fuera su esposa es ahora una mujer que hasta puede enamorarse de otro, que aún no ha sido capaz de ir más allá del peso que para él supone la figura de un padre con el que adivinamos que faltaron palabras y afecto.
Koreeda nos cuenta esta historia de una familia encerrada – el piso pequeño, agobiante, es toda una metáfora – en las limitaciones generadas por el propio fracaso de sus expectativas con el tiempo y la mesura que tan bien dominan los cineastas japoneses. Unos especialistas en mostrarnos como el tiempo del cine, para que se convierta en tiempo de arte, debe circular como quien pasea por el campo disfrutando de las maravillas de la naturaleza. Gracias a esa medida del tiempo, y a su singular capacidad para adentrarse en los interiores de las relaciones humanas, Koreeda ha vuelto a conseguir, al igual que ya hizo en obras anteriores como De tal padre tal hijo o Nuestra hermana pequeña,  una emocionante reflexión sobre los escurridizos que son los vínculos familiares, sobre los inestables equilibrios que nos hacen balancearnos siempre entre el ansia de autonomía y la necesidad de afectos. Y lo hace no solo presentándonos a un hombre perdido sino también a unas mujeres – su madre, su ex esposa, su hermana – que aparecen como más fuertes, firmes e inteligentes incluso. Mujeres que se rebelan contra los espacios pequeños y que no dejan de darle oportunidades a los sueños. Mujeres que tienen una relación más fértil con la vida. Mujeres entre las que sobresale la madre del protagonista, una mujer mayor que parece haberse liberado del lastre que fue su marido (esa mariposa que la persigue y la que le dice lo feliz que es ahora),  que no renuncia a aprender (es maravillosa la escena en que con otras mujeres mayores asiste a clases de música clásica) y que es capaz de sostenerse en la vida con un agudo sentido del humor y nutriéndose con el arte del cuidado que solo ellas han atesorado desde siempre.  Una mujer mayor que se rebela contra la soledad y que es la gran protagonista de esta historia, por más que en la vida real insistamos tanto en que los seres como ella no pueden ser ya más que secundarios.
Después de la tormenta es una película sobre todos nosotros, sobre cómo nos sentimos de pequeños ante los tifones que nos sacuden, sobre la barra de equilibrio en la que caminamos cada día para no defraudarnos a nosotros mismos. Y, más allá de su lección sobre la imposible felicidad, es todo un aviso para que nosotros, los sujetos de sexo masculino, nos pongamos las pilas si no queremos acabar como Ryota, de desilusión en desilusión, a la espera de saber cómo escribir nuestra segunda novela, ejerciendo una insatisfactoria paternidad o esclavos de lo que fuimos y ya no seremos. Porque uno de nuestros grandes errores, como bien le apunta su madre al protagonista, es no saber disfrutar del presente. Prisioneros siempre entre el pasado que ya no será y un futuro en el que depositamos, como si se tratara de una lotería, todas nuestras esperanzas.
Después de la tormenta, Hirokazu Koreeda, Japón, 2016.
Filmoteca de Andalucía, Córdoba, 29 diciembre 2016
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HOMBRES HERIDOS

“A los dos les asaltaban las dudas, pero estaban esforzándose al máximo; los dos dudarían de sí mismos, harían avances y retrocesos, pero seguirían intentándolo, porque confiaban el uno en el otro y porque Jude era la única persona del mundo que merecía que él experimentara todos los contratiempos, las dificultades, las inseguridades y la sensación de vulnerabilidad.”
Hay libros que te dejan indiferente y los olvidas al día siguiente de haberlos terminado, si es lograr llegar a su última página. Hay otros que te provocan un placer instantáneo pero que difícilmente calan más allá de tu piel. Los mejores, sin duda, son aquellos que te dejan herido, como si cada página fuera una navaja afilada que recorre tu piel y se mete dentro, muy adentro de ti, dispuesta ya a quedarse para siempre. En esa ceremonia de dolor y gozo, el lector siente como su cuerpo se hace cómplice de las letras que expresan emociones y, por tanto, se estremece, pasa frío, se acalora o tiembla.  Como si se tratara de un orgasmo en el que fuera complicado distinguir cuánto hay de dolor y cuánto de placer. Como ese sobresalto que adivinamos en el rostro del hombre que aparece en la bellísima y desgarradora portada de Tan poca vida.
Tan poca vida es uno de esos libros. Cuando aun me duele el alma, y el cuerpo, después de haber llegado a su última página, siento que es una de las lecturas que más me han conmocionado en los últimos tiempos. Esta historia de cuatro amigos de Nueva York, que se desarrolla a lo largo de varias décadas, y muy especialmente la historia del antihéroe que la autora subraya como protagonista, ha abierto en canal mi pecho de hombre en gerundio y me ha reconciliado con la literatura que es capaz de ser como ese espejo que se pone a los moribundos frente a la boca para comprobar si aún respiran.
La novela de Hanya Yanagihara, una joven autora norteamericana desconocida para mí y supongo que para la mayoría,  cayó en mis manos gracias a la recomendación de una amiga librera que me advirtió de lo mucho que me gustaría y de lo mucho que tenía que ver con las cuestiones que me ocupan y me preocupan. Nunca podré agradecerle lo suficiente a mi querida Ana Rivas, la maga que reina en la cordobesa República de las letras, que me pusiera sobre la pista de un libro que, entre otras muchas cosas, nos sitúa frente lo que los hombres solemos callar, frente a nuestros miedos e incapacidades, frente a los dolores que asumimos con tal de responder a las expectativas de género. En este sentido, Tan poca vida es un bellísimo tratado sobre la impotencia masculina, sobre las vulnerabilidades que con tanta frecuencia no reconocemos, sobre la necesidad que finalmente tenemos de los demás para sobrevivir en cuanto seres tan imperfectos que somos.
La autora, y creo que en este caso no es casualidad que sea una mujer, nos presenta unos personajes masculinos que poco tienen que ver con los héroes que siguen poblando los relatos patriarcales y androcéntricos que nos dominan. Aun siendo en la mayoría de los casos hombres con éxito, en el sentido que marca el sistema, los descubrimos cargados de contradicciones, inseguros y perdidos a veces, tremendamente frágiles  en la mayoría de las ocasiones.  Necesitados siempre de una mano cercana, de la leal complicidad de un amigo, de la palabra justa o de un abrazo. Hombres solos que necesitan aprender el sentido de la pérdida, que parecen no encontrar la brújula y que, pese a los triunfos, acaban en muchos casos prisioneros en su jaula. Tan poca vida es una novela sobre los miedos que con frecuencia no reconocemos, sobre el dolor que implica madurar, sobre lo absurdo de trazar fronteras cuando hablamos de emociones y afectos.  En este sentido es también un libro sobre la reconstrucción del concepto de familia, entendida ésta ahora como una red de afectos y cuidados, así como sobre la necesidad de abrir el concepto del amor a una pluralidad que va más allá de las orientaciones o identidades, y que tiene que ver con una idea que explicaba muy bien la autora (http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/07/actualidad/1475864726_787795.html) : “El problema con las relaciones estos días es que esperamos que una relación nos dé todo: satisfacción sexual, amor, amistad, estímulo intelectual, y lo que dice el libro es que un buen matrimonio, una buena relación te puede dar dos o tres cosas de estas, pero las otras hay que buscarlas fuera. Y este libro señala que a veces podemos encontrar sexo y a veces no en la persona que queremos o nos interesa, pero a veces no, y eso está bien. Tienes que pensar qué quieres de un amigo y a veces lo que quieres de un amigo y lo que te brinda no es definible, es simplemente alguien que te va a escuchar, que va a venir a ti, que no son cualidades muy excitantes pero sí sostienen una relación”.
Tan poca vida podría resumirse como la suma de varias historias de amor,  narradas con la fuerza dramática de las novelas clásicas pero también con el aliento de lo que supone vivir una relación de pareja en el siglo XXI. Es la historia de amor de los cuatro amigos, pero también la que como padre e hijo viven Harold y Jude y, sobre todo, la que une a éste con su amigo Willem. Todas ellas, pero sobre todo la última, contempladas desde la celebración que supone, o debería suponer, necesitar a alguien, tal y como se expresa casi al final de la novela: “Y él llora, llora por todo lo que ha sido, por lo que podría haber sido, por todas las viejas heridas, por las viejas dichas, llora por la vergüenza y la alegría de acabar siendo un niño, con todos los caprichos, las necesidades y las inseguridades de un niño, por el privilegio de portarse tan mal y ser perdonado, por el lujo de recibir ternura, de recibir afecto, de que le sirvan una comida y le obliguen a comérsela, por ser capaz, ¡por fin!, de creer en las palabras de consuelo de un padre, de creer que es especial para alguien, pese a todos sus errores y su odio, por culpa de todos sus errores y su odio.” Y, como podemos adivinar por este fragmento, Tan poca vida también es un relato sobre el sentimiento de culpa, sobre cómo el pasado nos aprisiona y sobre la dificultad de que cicatricen las heridas que un día nos dejaron en mitad del bosque como seres totalmente indefensos.
Y eso es justo lo que es Jude, uno de esos personajes literarios que estoy seguro no voy a olvidar en mi vida, un hombre herido, un animal vapuleado por la vida, enjaulado en el hedor de su infancia, víctima de tantas masculinidades tóxicas que en su día controlaron su alma y su cuerpo. Las masculinidades sagradas que usaron sobre él el látigo del dominio erotizado, de la violencia hecha carne y de la omnipotencia que hace de la virilidad un pretexto que justifica la sangre derramada. Es imposible no sufrir con Jude, no emocionarse con él, no llorar con él, no amarlo y hasta odiarlo, no sentir que su piel quebradiza es al mismo tiempo la de uno mismo. Como tampoco es posible no entender el amor de Willem, la entrega absoluta, el heroísmo que implica no caer en la trampa del amor romántico y asumir que cuando se quiere a alguien hay que jugar permanentemente al equilibrio inestable que supone conciliar autonomía y dependencia. “A los dos les asaltaban las dudas, pero estaban esforzándose al máximo; los dos dudarían de sí mismos, harían avances y retrocesos, pero seguirían intentándolo, porque confiaban el uno en el otro y porque Jude era la única persona del mundo que merecía que él experimentara todos los contratiempos, las dificultades, las inseguridades y la sensación de vulnerabilidad.”
No se imagina dejando que nadie más tenga acceso a su cuerpo y a sus miedos”, escribe Hanya Yanagihara en una de las páginas de la novela refiriéndose a Jude. Esa frase resume perfectamente uno de los ejes centrales de la historia, el cual tiene mucho que ver, es evidente, con las patologías de una masculinidad hegemónica que produce tantos monstruos. En Tan poca vida, sin embargo, y frente al horror de lo que Jude ha vivido, nos encontramos afortunadamente con hombres que lloran, que se abrazan, que se dicen lo que se quieren y lo que se necesitan: “En los últimos años ha pasado de darle vergüenza llorar a llorar constantemente a solas primero, a llorar delante de Willem después, y ahora, en una última pérdida de dignidad, a llorar delante de cualquiera, en cualquier momento y por cualquier cosa. Se apoya en el pecho de Richard y solloza sobre su camisa. Richard es otra persona cuya amistad incondicional y sin límites, y cuya compasión, siempre lo han dejado perplejo. Sabe que los sentimientos de Richard hacia él se entremezclan con sus sentimientos hacia Willem, y lo comprende; le hizo a Willem una promesa y se toma en serio sus obligaciones. Pero, aparte de su estatura, su volumen, hay algo en la seriedad de Richard, en su formalidad, que le invita a pensar en él como en una especie de árbol-dios, un roble con forma de ser humano, sólido, antiguo e indestructible. No son muy habladores, pero Richard se ha convertido en su amigo de la vida adulta, no solo un amigo sino en cierto modo un padre, aunque solo tiene cuatro años más que él. O un hermano, tal vez, cuya fidelidad y honradez son inquebrantables.” Hombres para los que también es importante expresar lo que sienten: “Te quiero —concluyó Willem y, antes de que él tuviera que responder, colgó. Jude nunca sabía qué contestar cuando Willem le decía eso, pero le gustaba oírlo.”
La lealtad, la honradez, la empatía, la necesidad del otro, las emociones como fundamento de unos vínculos entre varones que nada o poco tienen que ver con los que reclaman las fratrías viriles.  El cuidado como complemento de la justicia y como eje desde el que construir una nueva manera de relacionarnos. Esa es la propuesta que nos lanza la autora con una novela que, como ella misma ha confesado, se nutre de clásicos como Dickens pero sin renunciar a la mirada que supone vivir en un siglo tan líquido como el presente. Y junto a esa propuesta revolucionaria, el amor, siempre el amor como ese hogar al que uno siempre quiere volver:
“Y, por descontado, la persona a cuyo lado regresas: su cara, su cuerpo, su voz, su olor y su tacto, cómo espera a que acabes de hablar, por mucho que te extiendas, antes de responder; su sonrisa, que te recuerda a la salida de la luna; ver cómo te ha echado de menos y lo feliz que está de que hayas vuelto. Luego, si eres tan afortunado como Willem, están las cosas que esa persona ha hecho por él mientras estaba fuera: en la despensa, el congelador y la nevera habrá la comida que más le gusta y el whisky que prefiere. El jersey que creía haber perdido estará limpio y doblado en un estante del armario, y los botones de la camisa, cosidos con firmeza. Encontrará la correspondencia amontonada a un lado del escritorio, junto con el contrato de la campaña de publicidad de una cerveza austríaca que hará en Alemania, con notas en los márgenes para comentarlos con el abogado. Y él no lo mencionará, pero Willem sabrá que ha hecho todo eso con auténtico placer, y que si le gusta este piso y esta relación es en parte porque Jude lo convierte en un hogar para él, y cuando se lo diga, lejos de ofenderse Jude se quedará encantado, y Willem se alegrará. Y en esos momentos, casi una semana después de su regreso, se preguntará por qué se va tan a menudo, y si cuando terminen los compromisos del año siguiente no debería quedarse una temporada ahí, el lugar al que pertenece.”
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JUGANDO A SER EL MEJOR

Los hombres estamos obligados a demostrar de manera permanente nuestra masculinidad, es decir, que cumplimos fielmente las expectativas de género y que somos por tanto reconocibles como sujetos viriles por nosotros mismos y por nuestros semejantes. En este sentido, la masculinidad se convierte en una prueba constante, en un desafío que nos obliga a ajustarnos a patrones y a medirnos, por tanto, de acuerdo con las reglas hegemónicas del patriarcado. Eso nos convierte en sujetos no solo enjaulados sino también permanente mente insatisfechos, en cuanto que hemos de actuar cada día para demostrarnos a nosotros mismos y a los demás que no hemos bajado la guardia. Ese juego interminable que supone la hombría es el que nos muestra la película Chevalier (2015), en la que la directora griega  encierra en un yate de lujo a seis hombres que, en mitad del Egeo, se plantean el reto de jugar a ver quién es el mejor de entre ellos. El que gane podrá lucir al final el anillo de la victoria y será coronado como el «mejor hombre».

A través de unos diálogos inspirados, y que en ocasiones rozan el absurdo que no es otro que ese en el que con mucha frecuencia se instala la masculinidad hegemónica, vamos comprobando cómo los seis protagonistas se enfrascan en una ardua batalla por demostrar quién vale más y en la que todo es digno de ser medido. Desde el tipo de calzoncillos que llevan a la forma en que duermen, pasando por cómo se desenvuelven en sus relaciones de pareja. El cruce de miradas que juzgan y de diálogos que poco a poco van provocando heridas le sirve a la directora para mostrarnos cómo sus personajes son, entre cosas, incapaces de asumir sus vulnerabilidades o de establecer entre ellos lazos emocionales que vayan más allá de las relaciones competitivas y poco empáticas que viven. Es curioso analizar cómo es muy complicado que dialoguen entre ellos, salvo para justificarse o para encontrar motivos de atacar al contrario, y cómo carecen de la intimidad suficiente para reconocerse en las heridas, en las dudas o en las debilidades. Entre ellos hay muchos silencios y mucho músculo.

En la película comprobamos como todo es medido por estos seis hombres que, de repente, ponen en duda su propia autoestima. Por supuesto, se mide el tamaño de las erecciones, tal y como vemos en una de las escenas más amargas de la película, pero también cómo cumplen con determinadas tareas o hasta qué punto satisfacen la potencia, en todos los sentidos, que se espera de un hombre de verdad. En esta línea comprobamos cómo discuten sobre la probable impotencia sexual de uno de los seis o cómo el «menos masculino» de todos ellos evidencia que con sus palabras y acciones que está bordeando peligrosamente la frontera que separa lo masculino de lo femenino.


A través de los distintos caracteres, la directora nos enseña la hombría como posesión del saber y la autoridad, como línea de privilegios que se trasmiten a través de acuerdos entre iguales e, inevitablemente, como espacio de conflicto en el que acaban apareciendo distintas formas de violencia. Estos hombres, poco habituados a mirarse en el espejo más allá de lo que muestra la imagen de sus kilos de más o de sus músculos atrofiados, se ven obligados a desentrarñas sus miserias y areafirmare en sus logros. «Yo el año pasado vendí 170 pólizas», dice el corredor de seguros, al tiempo que reclama que uno de sus contricantes le haga por fin un hijo a su esposa.

«Soy el mejor, soy el mejor, soy el mejor…», no deja de repetirse en otra escena uno de los hombres aparentemente más exitoso, Christos, pero del que vamos descubriendo todas sus grietas. Un hombre que frente al espejo intenta recomponer su virilidad puesta en entredicho y que cada mañana hace ejercicio para ser la máquina perfecta que está dejando de ser tal. Un reto que no admite pausa y que los sitúa a todos al borde del precipicio, del que tal vez solo se salven firmando, una vez mas, el pacto entre caballeros que permitirá que continúen al frente de todas las batallas. De ahí que no nos debiera resultar extraño que, casi al final de la cinta, uno de los hombres proponga hacer un pacto de sangre para que así todos sellen su vínculo fraternal. De esta manera la fratría viril se recompondrá y se mantendrá fuerte frente a cualquier vendaval que pretenda derribarla. Paradójicamente, el más débil, el menos masculino, el más torpe, el que se atreve una noche a cantar con voz de mujer, es el único que se atreve a hacerse un corte y se lo hace justo en el culo. Ese lugar que es como la cueva en la que la virilidad esconde la llave de acceso a lo más recóndito de su poder. 

Al final cada uno de estos seis hombres vuelve a su entorno, a su vida cotidiana, al ejercicio renovado de su rol de proveedores y protagonistas. Los vimos al principio de la película luciendo los peces que habían pescado, luego midiéndose las pollas y hasta rebuscando músculos bajo los michelines. Tan absurdos a veces y tan patéticos casi siempre. Solos y aburridos, a pesar de que nos parezcan encantados de haberse conocido. En una crisis que solo será una oportunidad cuando ellos mismos empiecen a mirarse en el espejo sin la obsesión de ser los mejores. 


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LAS BELLAS ARTES DE MAGÜI MIRA

Siempre me la imagino como un personaje escapado de un libro de Virginia Woolf. Tal vez una Mrs. Dalloway que se rebela contra las fiestas y las flores, o como un Orlando que cambia de sexo como de peinado, o incluso como la hermana mayor de Shakespeare que un día reveló que ella fue la autora de “El rey Lear”. Hay en ella algo de amazona que se resiste a abandonar la batalla, de aventurera que prefiere llevar botas a tacones, de irresistible mujer fatal cuya fatalidad quizás siempre haya sido sentirse digna heredera de las “sin sombrero”. Fue mi admirada y soñada Ana Belén la que me descubrió hace apenas tres años, de la mano de la mejor Kathie que podría haber imaginado Vargas Llosa, su pulso firme y su mirada: la de una mujer que trata siempre de arañar la superficie del mundo que vivimos para extraer, con arte y con palabras, las sutiles enredaderas de las relaciones emocionales – y, por tanto, políticas – que nos definen como seres humanos. Magüi Mira, que desde entonces ha pasado a ser mi hermana adoptiva, la sister del cuento que me empeño en escribir con la complicidad de mis afinidades electivas, no ha dejado de crecer en los últimos tiempos. Un triunfo ciertamente sorprendente en una época en la que ser mujer, y sobre todo tras haber pasado la frontera de la juventud que cotiza en el mercado, es un lastre no solo para ser reconocida como igual sino incluso para ser simplemente visible.  Ella, siempre contracorriente, está sin embargo dando lo mejor de sí justo ahora, cuando hace ya años que dejó atrás el pelo rojo y se sintió más grande que nunca en su piel de cómica republicana y feminista.


Tras haber desentrañado los misterios de las mujeres siempre condenadas a ser las “señoras de”, y las traiciones que han dejado sin alma a buena parte de las revoluciones, en su espléndido montaje de Kathie y el hipopótamo, tuvo la valentía de darle la vuelta a El discurso del reyy hacer de ella una obra sobre las masculinidades heridas y sobre las mujeres como víctimas del patriarcado, además de todo una tesis sobre los disfraces del poder. Se ha atrevido también con mujeres poderosas, aunque finalmente presas del amor como narcótico del patriarca como lo fue Cleopatray con aquellas, como la que interpreta Lola Herrera en La velocidad del otoño, que se resisten a ser engullidas por un sistema en el que el sexo/género continúa siendo una mochila más pesada para ellas que para nosotros. En su cabeza de duende nervioso, me consta, no dejan de bullir las ideas, los personajes, las lecturas, los escenarios en los que esta mujer, que fue Fedra y también la señorita Julia y hasta una anarquista, sigue soñando con que el arte, la Cultura, pueden transformar el mundo.


Yo que no soy de brindar mucho en estas fiestas navideñas, no he podido resistirme a hacerlo por ella  y con ella al enterarme de que el Consejo de Ministros le ha concedido la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes. Y lo hago por ella, pero también por todas las mujeres que en el ámbito del teatro, de la cultura en general, continúan sufriendo discriminaciones horizonales y verticales, por todas las que luchan por ser reconocidas como iguales y por ofrecer una mirada que rompa de una vez por toda con el monopolio androcéntrico, por las miles que se empeñan en demostrarnos que la auténtica belleza reside en la luz que desprenden los ojos y las arrugas y no en el disimulo de los pliegues vividos. Magui Mira, con la que un día compartí té y risas junto a la Puerta de Alcalá, representa esa lucha y ese compromiso: la entrega de quien sabe que como mujer siempre ha tenido que demostrar el doble sus méritos y capacidades. Y a la que todavía hoy, cuando la entrevistan, tiene que sufrir que tengan más relevancia sus maridos que su propio trabajo.


Siempre he pensado que una actriz es, al fin, todos los personajes que ha sido sobre las tablas. En ella habitan los que ha encarnado e incluso los que sueña. En el caso de Magüi, que además es directora, viven también en su cabeza/corazón/vientre de hada inquieta todos los que algún día le gustaría ver moviéndose al dictado de su batuta. La Mira es pues también la Molly Bloom que se rebela contra un Joyce que debería haber leído más a Virginia, o la Julia que se da cuenta que las servidumbres interseccionan en el caso de las mujeres, o la señora casada que un día se da cuenta que, como bien escribiera García Márquez, “nada se parece más al infierno que un matrimonio feliz”. Yo quiero pensar que Magüi es hoy, además de una artista feliz con su reconocimiento, todo lo que le queda por hacer. Las historias que esperan en baúles a que ella las dote de alma violeta y presencia transformadora. Porque el arte, como la vida, solo se entiende desde el permanente tránsito. Y desde la magia que, si ustedes miran con las gafas adecuadas, pueden descubrir entre la nieve que hace fértil la cabeza de mi sister valenciana.

Publicado en THE HUFFINGTON POST, 29 de diciembre de 2016:
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/las-bellas-artes-de-mague_b_13870592.html
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NOSOTRAS, ÉVOLE Y EL FEMINISMO

El Salvados del pasado domingo, lastrado como es habitual por el voluntarismo amable de Jordi Évole, todo un especialista en quedarse en la superficie de aquellos temas que es evidente que le resultan ajenos, me sirvió, pese a sus debilidades, para extraer algunas conclusiones no por evidentes menos dignas de recordarse.

La primera, tal y como se dedujo de alguno de los testimonios de las invitadas y aunque no se expresara de forma radical como hubiera sido deseable, es que la autonomía de las mujeres está íntimamente conectada a su independencia económica. Solo así, en todo caso, es posible pensar que la exclusiva dedicación a la maternidad, por ejemplo, es una elección libre y no una imposición del sistema. En este sentido me habría gustado que se analizara en el caso de la mujer que apareció en el programa dedicada íntegramente al ámbito privado: a) el sostén económico que representa en su caso el marido proveedor; b) los costes que a medio y sobre todo a largo plazo puede generarle la renuncia que ha hecho a su vida profesional.
Me temo que la camarera de piso presente en el debate no podría ni siquiera llegarse a plantear esta opción, por mucho que un exacerbado instinto maternal intentara convencerla de lo contrario.
La segunda, tal y como bien demostró Juana Gallego, es que la cultura, entendida en su sentido más amplio, es decir, como artefacto constructor de identidades y de relatos compartidos, es una de las principales herramientas que el patriarcado usa para mantener el sistema sexo/género.
Y la tercera, aunque tal vez deberíamos situarla como la principal, es que el feminismo, ausente en el programa como eje transversal de reflexión y como presupuesto de la crítica al orden que sigue marcando diferencias jerárquicas entre “nosotros” y “ellas”, necesita ahora más que nunca ser reivindicado y aprehendido como parte esencial de lo que podríamos llamar ética democrática.

El feminismo necesita ahora más que nunca ser reivindicado y aprehendido como parte esencial de lo que podríamos llamar ética democrática

Las tres cuestiones van de la mano en cuanto que la suma de todas ellas es la que nos alerta de cómo las fauces del patriarcado continúan afiladas, todavía más si cabe en un contexto neoliberal. Una situación dramática ante la que es urgente una labor pedagógica que permita superar los prejuicios que devalúan permanentemente el feminismo como teoría crítica y como movimiento emancipador, y que de una vez por todas lo sitúen en el lugar que le corresponde en el ámbito de los saberes y en el imaginario colectivo. Ello pasa por dejar muy claro que no estamos hablando de una cuestión de élites o de una culta indagación científica sino de una especie de nervio sin el cual el músculo de la democracia solo funciona al ritmo que marca la mitad masculina. Por lo tanto, que es, o mejor dicho, debería ser, una herramienta presente de manera activa en nuestras vidas cotidianas porque, de lo contrario, será imposible superar un modelo de sociedad en el que el sexo continúa siendo determinante del disfrute de los bienes y derechos así como del ejercicio del poder.

Es urgente una labor pedagógica que permita superar los prejuicios que devalúan permanentemente el feminismo como teoría crítica y como movimiento emancipador, y que de una vez por todas lo sitúen en el lugar que le corresponde

Dicha labor iría de la mano de una mirada que no olvide que el sistema sexo/género penetra en todas las relaciones que nos definen – políticas, de producción y emocionales – y que, por tanto, la crítica al patriarcado debería ser también a un sistema económico que tiene en él a su mejor aliado y a un régimen político que ha sido incapaz de desmantelar el gobierno de los hombres. Es decir, y como bien explica Nancy Fraser, el feminismo debería ir más allá de los debates identitarios y por supuesto no perder el tiempo en discursos sobre categorías que acaban diluyendo al “nosotras”. Sus retos principales deberían ser, junto a la construcción de las subjetividades, la participación en el poder y la distribución de bienes y recursos. Algo que dejó en evidencia el último informe de ONU Mujeres en el que se afirmaba que para realizar los derechos hay que transformar las economías. Solo así, como de manera tan clarividente lo advirtiera Virginia Woolf hace un siglo, las mujeres podrán tener no solo una habitación propia sino también acceso a todos los espacios que históricamente les han sido negados.
Todo lo anterior, que implica una revolución, en cuanto que no bastará con cambiar de lugar las fichas sino que requerirá el cambio de las reglas del juego, deberá ir acompañado de la superación radical de una cultura androcéntrica y machista que sigue generando relatos basados en la omnipotencia masculina y la insignificancia femenina. Mientras que no asumamos que la cultura es también un poder y que por lo tanto no bastan las leyes para cambiar las sociedades, el feminismo continuará perdiendo batallas ante un patriarcado crecido que ahora se nutre de un neomachismo especialista en generar monstruos sin descanso. Por más que Jordi Évole se ponga políticamente correcto y dedique un programa al sujeto “nosotras”. Supongo que con la intención de limpiar la conciencia de quien parece no haber advertido que el mundo no cambiará mientras que él, yo, nosotros, no renunciemos a los dividendos que nos proporciona tan gozosamente un orden que nos educa en la pedagogía del privilegio.

Publicado en TRIBUNA FEMINISTA, 22/12/16:
http://tribunafeminista.org/2016/12/nosotras-evole-y-el-feminismo/

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MASCULINIDADES TÓXICAS

Leo sobrecogido el relato de cómo Antonio Peñalver, el subcampeón olímpico de Barcelona 92, sufrió abusos sexuales a mano de su entrenador Miguel Ángel Millán (http://deportes.elpais.com/deportes/2016/12/17/actualidad/1482000887_427898.html) y pienso en cuántos enormes armarios quedan todavía por abrir en nuestras sociedades neomachistas.  Las palabras de Peñalver, que se suman a las que poco a poco van dejando al descubierto el dolor de tantos que un día se sintieron “puñeteros héroes” gracias a un guía todopoderoso al que con frecuencia se encontraban encima al despertarse, nos desvelan uno de los muchos rincones oscuros del patriarcado. El que tiene que ver con el abuso del poder y el dominio erotizado, el que se usa y del que se abusa sobre los y las más débiles, el que alimenta monstruos y genera víctimas de por vida. 


La masculinidad hegemónica, construida históricamente sobre el íntimo vínculo poder-violencia y que se ha traducido siempre en relaciones jerárquicas entre el que está en el púlpito y aquéllos y aquéllas que están a sus pies, no sólo ha convertido a las mujeres en las principales sufridoras de los excesos del macho sino que también ha herido de muerte a los hombres disidentes y a aquéllos que se han encontrado en una posición subordinada. Para mantener el estatus de dominio, el jerarca ha tenido que usar siempre sus poderes de seducción, tan ligados al poder que ha ejercido, y en última instancia la violencia, en cualquiera de sus formas: física, psicológica, emocional, sexual o puramente simbólica. Este brutal ejercicio del poderío masculino no solo se ha proyectado, insisto, con respecto a las mujeres consideradas por naturaleza desiguales y entregadas siempre a las necesidades del varón, sino también en aquellos círculos de hombres en los que se han generado vínculos de una cierta intimidad y que habitualmente han carecido de transparencia. Ahí está la vergonzante historia de la pederastia en la Iglesia Católica para demostrarlo: la más demoledora expresión de eso que el teólogo Juan José Tamayo ha denominado “masculinidades sagradas” (http://revistas.udc.es/index.php/ATL/article/view/arief.2016.1.1.1396).


Durante siglos, en seminarios, colegios, parroquias y noviciados, los “hombres sagrados” – obispos, diáconos, sacerdotes – han actuado como dioses capaces por tanto de someter y denigrar, de exigir y de abusar, de dictar la ley y de callar ante el pecado propio.  El poder sobre las almas acaba siendo poder sobre los cuerpos y todo ello en un contexto de moral represiva con la libertad sexual, con la expresión de las emociones y con la diversidad de género. Los mismos hombres enjaulados que interpretan las escrituras y lanzan proclamaciones dogmáticas acaban convertidos en monstruos que rezan por las mañanas en público y usan el látigo de sus placeres ocultos por las noches. Todo ello, además, con el silencio cómplice de todos los que sabiendo han callado.


Esa concepción de la virilidad, que con frecuencia se acompaña de  homofobia interiorizada y de una brutal represión de la propia identidad, se nutre y se multiplica en espacios de homosocialidad en los que existe una fuerte estructura jerárquica, ya sea explícita o implícita, y en los que se reafirma hasta la exasperación que ser hombre implica sobre todo no ser mujer. No cabe duda de que tradicionalmente el deporte ha sido uno de esos ámbitos en los que la virilidad dominante era la que marcaba las reglas e imponía fronteras en los espacios. Unos espacios en los que individuos singularmente vulnerables – menores de edad en general, chicos con problemas de identidad o con dificultades socioeconómicas en particular – son las principales víctimas de un sistema en el que es muy fácil sublimar lo que en un momento determinado puede dar sentido la vida. En el caso de Antonio Peñalver, y de otros muchos que en estos días se atreven a dar la cara, es evidente: “en esos momentos mi vida y mi religión era el atletismo”. Una religión en la que existía un sumo sacerdote que se creía dios, en las pistas y fuera de ellas, y una vida en la que el aprendiz de todo que entonces era Antonio se sentía dependiente del que consideraba “un puñetero Dios”.


La dramática historia del que un día se creyó un superhéroe y luego tuvo que vivir una larga travesía de soledad y lágrimas nos revela que, al igual que lentamente pero sin pausa ha ido ocurriendo con la violencia que sufren las mujeres, nuestra sociedad necesita poner al descubierto todos esos escenarios brutales en los que durante siglos ha ido engordando una masculinidad tóxica. Debemos ayudar a las víctimas a que sean capaces de salir de su silencio, a que se empoderen y a que se sientan acompañadas en el duro proceso que supone reconocer que un día fueron meros objetos en manos de aquellos a los que tenían por dioses. Y, sobre todo, debemos trabajar mucho más en la revisión de un modelo de virilidad que provoca tanto dolor, que genera tantas injusticias y que alimenta la ficción de un poder que al final solo se mantiene desde el abuso y la coacción.  Solo desde esa revisión de las subjetividades masculinas, de las relaciones entre ellas y, por supuesto, de las que mantenemos con las femeninas, será posible reconstruir un orden en el que ya no haya lugar para los depredadores. En el que al fin dejemos de creernos dioses y entendamos que la clave es entrenarse para disfrutar de los afectos en horizontalidad. Sin púlpitos ni látigos. Desde la gozosa autonomía que supone sentirnos dueños del cuerpo y de la palabra, de los deseos y de los placeres y, claro está, del heroísmo que supone ser conscientes de nuestra vulnerabilidad.

Foto: EFE.

Publicado en THE HUFFINGTON POST, 20 de diciembre de 2016:
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/masculinidades-toxicas_b_13721878.html
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QUÉ GOYAS TAN MAJOS

Cualquiera que tenga dudas sobre lo que implica el patriarcado en cuanto orden cultural no tendría más que acercarse con una mirada de género —es decir, con las “gafas violetas” puestas— a los relatos colectivos que nos siguen definiendo y en bastantes casos maleducando. Basta con asomarse a cualquier medio informativo, a la televisión, a la música que más se consume o a las pantallas de cine para comprobar cómo no solo se prorrogan los binomios jerárquicos que oponen a hombres y mujeres sino que incluso se refuerzan unas reglas del juego que insisten en mantener el estado masculino de privilegios frente al subordinado femenino.
En este sentido, el cine continúa siendo un escenario privilegiado en el que detectar la pervivencia de lo que Celia Amorós denominó “pactos juramentados” entre varones y, en paralelo, la insignificancia femenina que sirve de espejo para que nosotros nos veamos y sintamos, como ya advirtiera Virginia Woolf, de un tamaño doble al natural. Y no solo porque, como demuestran los datos objetivos, el cine sea un ámbito profesional en el que existe una brutal discriminación por razón de género, tanto a nivel horizontal como vertical, sino porque los relatos que nos siguen ofreciendo mayoritariamente las pantallas no hacen sino reproducir una sola mirada, la masculina hegemónica, y por lo tanto prorrogan y consolidan una determinada visión de las subjetividades y de un mundo hecho a imagen y semejanza de quienes detentamos el poder y la autoridad.
El análisis de las películas que este año compiten por conseguir el Goya a la mejor producción del año serviría para hacer una tesis redonda sobre cómo el cine español continúa teniendo rostro masculino y, más aún, el rostro de una determinada masculinidad que es la que sustenta el sistema sexo/género.
Dirigidas “lógicamente” por hombres, las cinco finalistas nos servirían para montar una clase perfecta sobre el modelo dominante de virilidad y, en paralelo, sobre la subordinación femenina. En cuatro de ellas, los protagonistas absolutos son hombres y las mujeres apenas son personajes mínimos que poco o casi nada añaden al relato principal. Las historias que nos cuentan reflejan perfectamente cómo, por ejemplo, el poder —y la corrupción que parece irremediablemente unida a él— es cosa de hombres.

El Estado macho

El hombre de las mil caras, de Alberto Rodríguez, cuyo título subraya lo evidente y cuya hermosa cartelera podría ilustrar una conferencia sobre los valores masculinos, nos cuenta una historia real en la que agentes secretos, directores generales y demás habitantes de las cloacas del Estado nos demuestran que el patriarcado no es solo el gobierno de los hombres sino también el gobierno de forma masculina. Es decir, que el Estado es macho. Si en su anterior película, La isla mínima, las mujeres eran visibles y apenas un pretexto para que ellos lucieran sus habilidades, en esta Alberto Rodríguez vuelve a centrarse en un relato en el que ellas ni están ni se las espera. O mejor dicho: solo están en función de lo que reclaman los personajes masculinos porque ellas, como debe ser, solo viven para otros y no para sí mismas.

Cerco a las emociones

Junto al poder, y a las múltiples pestilencias que puede generar, la violencia. Ahí está Tarde para la ira, la primera película dirigida por Raúl Arévalo, cuyo título es ya toda una declaración de intenciones. De nuevo, un cartel con omnipresencia masculina y con rostros femeninos insignificantes. Una historia de violencias y venganzas que viene a demostrarnos que los hombres solo somos capaces de expresar y gestionar determinadas emociones, como por ejemplo la ira del título. Boxeo, persecuciones de coches, cuchillos, pistolas y chicas seducidas y sufridoras. “He hecho lo que tenía que hacer”, dice su protagonista, dejando claro que ha cumplido fielmente con las expectativas de género.

Misoginia por enjaulamiento

La ira, esa emoción tan masculina, es también parte esencial de Que Dios nos perdone, dirigida por Rodrigo Irigoyen. En este caso, uno de los policías protagonistas en un tipo con problemas para controlar determinadas emociones. Él y su compañero —de nuevo, Antonio de la Torre, que se está convirtiendo en un especialista en interpretar a hombres sobre los que se podría hacer una tesis sobre neomachismo— tienen que investigar un conjunto de asesinatos que se producen en Madrid y que tienen como víctimas a mujeres mayores. En este caso el relato responde a una mirada brutalmente misógina como demuestra el regodeo en los cuerpos de las ancianas asesinadas o el retrato que se hace de unas mujeres que aparecen como las responsables de los males que enjaulan a los hombres.

Brujas o condenadas

Las tres películas anteriores demuestran además cómo los hombres, aunque se encuentren en el fango o hagan uso de las herramientas más incompatibles con la convivencia pacífica, aparecen siempre retratados como héroes. Algo para lo que somos educados desde niños. Ahí está Un monstruo vino a verme, la sensiblera y efectista película de Bayona, para demostrarlo. Una fábula en la que el niño protagonista se convierte en una especie de superhéroe sin capa y con buenos sentimientos y en la que las mujeres continúan condenadas a morir y desaparecer —la madre enferma que es la que posibilita el crecimiento emocional del hijo— o bien a ser las permanentes brujas de cualquier historia —esa abuela dura y estricta a la que solo le falta sacar en algún momento una pócima venenosa del bolsillo—.

Mujeres en negativo

Y es que ya se sabe, las mujeres en los relatos del patriarcado apenas son el pretexto para que los hombres confirmemos nuestra virilidad o, en el mejor de los casos, hojas movidas por los vientos que manejan los que tienen el poder también en los afectos y los deseos. Algo que de manera tan perfecta ha retratado Almodóvar en su filmografía y que lleva a uno de sus más estilizados extremos en Julieta, una película en la que de nuevo las protagonistas son mujeres que actúan como “vacas sin cencerro”. Mujeres encamadas, mujeres con enfermedades terminales, mujeres malísimas y mujeres en general que sufren las terribles consecuencias de los hilos que mueven los hombres. Y en la mayor parte de los casos no sabemos el porqué real de su cobardía, de su acomodo o, llegado el caso, de su histerismo.
En el caso del personaje principal, interpretado por una maravillosa Emma Suárez que bien podría ser la Marisa Paredes de otras películas del director, me cuesta trabajo entender cómo una mujer a la que vemos tan inteligente y lanzada en los 80 acaba convertida en un auténtico zombi años después, haciendo cosas inexplicables salvo en un folletín o en una telenovela de sobremesa (esas tartas cada año para recordar el cumpleaños de su hija) y que es incapaz de salir de un túnel al que le ha llevado dos de los factores que más heridas han causado y causan en las mujeres: la maternidad elevada a los altares y el sentimiento de culpa. Todas las protagonistas de la historia —Julieta, su hija Antía, Ava— se siente culpables y están pagando por ello. Una con el dolor de la soledad, otra con el silencio y la tercera con una enfermedad degenerativa. Por supuesto, al lado de esas mujeres nacidas para sufrir, y además, en este caso, para hacerlo en silencio, sin estridencias, sin lágrimas, para que el dolor parezca aún más hondo, los hombres aparecen como los verdaderos protagonistas aunque sean los que ocupen menos metraje.
Son ellos los que provocan las acciones, son los que hacen que ellas actúen o no de una determinada manera y, por supuesto, son los que en todo caso aparecen con una connotación positiva, aunque realmente tampoco se sepa cómo explicarla. De ahí que no nos deba extrañar que el padre de Julieta pueda rehacer su vida y haga pleno su derecho a la felicidad, o que el personaje que interpreta Darío Grandinetti, del que tampoco sabemos mucho, sea como una especie de ángel de la guarda sin el que obviamente Julieta acabaría muerta o hundida en una larga depresión. Y, por supuesto, el pescador que desencadena el drama es un héroe que parece sacado de la mitología que enseña la ingenua Julieta. El mismo físico del actor que lo interpreta contribuye a que lo veamos como un personaje de fábula, heroico y seductor, amoroso padre y cuidadoso amante, y ante el que todas las mujeres no tienen más remedio que caer rendidas. Es cierto que su final no es feliz, pero sí que es el final propio de un protagonista. Alrededor de él, ellas no parecen sino marionetas incapaces de manejar su propio destino.

Fiel aliado del patriarcado

De esta manera, cerramos el círculo mágico, y cinematográfico, del patriarcado. Las piezas encajan a la perfección y, en consecuencia, es lógico que en el puzle no haya más cabida para relatos disidentes como El olivo de Iciar Bollaín o para la magistral La puerta abierta, cuya directora, Marina Seresesky, habría merecido estar al menos entre las finalistas a la mejor dirección novel.
Menos mal que sí lo están las enormes Carmen Machi y Terele Pávez; Anna Castillo, esta mirada tan potente y luminosa que es el mayor descubrimiento de la película escrita por el marido de Bollaín, o Nely Reguera, la única mujer que ha conseguido colarse entre tanta testosterona.
Apenas una anécdota en un largo listado de nominados que nos confirman que el cine continúa siendo fiel aliado del patriarcado. Lo certifican las cuatro películas europeas nominadas: Yo, Daniel BlakeEl editor de librosEl hijo de Saúl y la brutalmente machista y hasta misógina Elle de Paul Verhoeven. Toda una declaración de intenciones mediante la que la Academia de Cine nos demuestra qué majos son los chicos que hacen cine y qué universales los relatos que nos cuentan. De ahí la urgencia de que las pantallas empiecen a contar otras historias,concebidas desde otras miradas y en las que no solo ellas estén presentes desde su autonomía real sino en las que también nosotros hayamos dejado de ir por la vida como si lleváramos “una pistola en cada mano”.
publicado en blog mujeres, el país, 16-12-2016:
http://elpais.com/elpais/2016/12/16/mujeres/1481892281_146057.html

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SUSPENSOS EN EDUCACIÓN

Desde hace algunos años no necesito el informe PISA para certificar el pobre nivel formativo con que llega el alumnado a la Universidad. Cada curso compruebo cómo los chicos y las chicas que llegan a mi Facultad a duras penas saben expresarse oralmente y por escrito, cómo carecen de buena parte de los conocimientos de eso que antes se llamaba «cultura general» y, en consecuencia, no dejo de preguntarme cómo han superado el bachillerato y la selectividad. Todo ello por no hablar del escaso interés que en general muestran por todo lo público, de lo difícil que es mantener su atención más del tiempo que dura un videoclip o de lo complicado que les resulta construir argumentaciones que superen los 140 caracteres. Es decir, no hace falta convocar un comité de expertos para comprobar la carencia de habilidades y destrezas, así como de unas actitudes mínimas para ser partícipes activos de un proceso de aprendizaje tan lleno de aristas como es el de las Ciencias Jurídicas.
Creo, sin embargo, que las conclusiones que se extraen de datos como los hechos públicos hace unos días, y según los cuales Andalucía no sale bien parada, pecan con frecuencia de superficialidad, además de que son ideales para ser usados en la lucha política de adversarios. Es evidente que la brecha Norte/Sur sigue siendo real y provoca nefastas consecuencias en terrenos como el educativo. Por lo tanto, y de entrada, no estamos solo ante un problema de qué, cómo y quiénes enseñan a nuestros hijos e hijas sino en qué contexto social y económico nos desenvolvemos. Desde este punto de partida, es necesario por supuesto hacer un análisis crítico, y a ser posible constructivo, de nuestro sistema educativo. No hace falta insistir en la inseguridad generada por los continuos cambios legislativos, ni en los escasos recursos que hoy por hoy se siguen aplicando a un ámbito en el que los resultados no se ven a corto ni medio plazo, por lo que es evidente que no merecen el interés prioritario de unos representantes empeñados en vender logros rentables electoralmente. Faltan recursos y continúan faltando políticas educativas que incidan no solo en lo que se enseña, sino también en cómo se enseña y también en quiénes lo hacen. El magisterio, a diferencia de lo que ocurre en otros países, continúa siendo una profesión poco valorada social y económicamente, a la que con frecuencia acuden jóvenes sin especial vocación por la enseñanza y a quienes además no se les exige especiales cualidades. Doy clase en un máster donde buena parte del alumnado procede de Ciencias de la Educación y mis sensaciones son de auténtico horror cuando compruebo su escaso nivel y las limitadas capacidades de quienes van a encargarse de formar a la futura ciudadanía. Una labor tan clave en una democracia que debería llevar a exigir a los maestros y a las maestras una formación tan rigurosa, especializada, práctica y puesta al día como la que le exigimos por ejemplo a nuestros médicos y médicas. Tal vez aún no seamos conscientes de que nos va la salud de la democracia en ello.
Ahora bien, todo lo anterior no debería hacernos olvidar las responsabilidades que en estos procesos tienen el resto de agentes socializadores – algún día tendríamos que analizar seriamente el papel de los medios de comunicación en buena parte de los males que nos corroen como sociedad – y, muy especialmente, las que padres y madres deberíamos asumir desde el compromiso que debería suponer no solo velar por la salud física de nuestros descendientes sino también por la mental, por su inteligencia emocional y por sus habilidades éticas para convertirse en ciudadanos y ciudadanas de primera. Si esto falla no hay ley ni política educativa que lo subsane. Algo que parecen olvidar los autores de PISA y buena parte de las madres y los padres que no tienen clara la diferencia entre instruir y educar.
Las fronteras indecisas, Diario Córdoba, 12-12-16:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/suspensos-educacion_1105762.html
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EL HOMBRE DÉBIL

Las primeras imágenes de Animales nocturnos son desconcertantes pero brutalmente bellas: esos cuerpos femeninos al margen de los cánones, las carnes rebosantes, el exceso convertido en arte, las carreteras que se entrecruzan, son la advertencia cinematográfica de las miserias y la superficialidad que nos rodean y de las que en ocasiones nos nutrimos. Esos cuerpos de mujeres más que gordas son una llamada de atención sobre cómo en este mundo no parece haber mucho espacio para los «monstruos» y, por tanto, es tan complicado ser felices de manera completa. Que eso lo plantee un diseñador que ha triunfado en el mundo de la moda no deja de ser paradójico o, en todo caso, perverso. Y es que la mirada de Tom Ford tiene mucho de esa belleza atravesada por la daga de las pasiones.
Varios años después de su fascinante A single man (2009), Tom Ford vuelve a seducirnos con una película hermosísima aunque dura, estéticamente impecable y cargada éticamente de reflexiones. El vacío que en muchos casos supone el triunfo en las sociedades contemporáneas, la culpa y la venganza como parte esenciales de compleja naturaleza humana o la delgada línea que separa la bondad de la maldad son algunas de las cuestiones que se plantean en unos fotogramas donde todo parece medido hasta el último milímetro, con la precisión artesana de un hombre que ama la belleza pero al que no le gusta quedarse en la superficie de las cosas. Sin embargo lo más interesante para mí de esta película, que se mueve en tres planos diferentes (el presente y el pasado de los protagonistas, el imaginado en la novela escrita por uno de ellos), es el personaje – o mejor dicho, los personajes – que interpreta de manera magistral Jake Gyllenghall. Edward, el escritor que envía a su primera mujer su novela «Animales nocturnos», se nos dibuja como un hombre débil, sin ambiciones, más pendiente de sus creaciones que de sus logros, sensible y nada heroico. Ese es el hombre que inicialmente enamora a Susan (una excepciona Amy Adams), la hija de una acomodada familia de Texas que no ve con buenos ojos la relación con un chico sin dinero (es magistral la escena del encuentro de Susan con su madre en la que ésta le advierte que acabará siendo como ella: «todas las mujeres acabamos siendo como nuestras madres»).  Esa historia de amor romántica acabará cuando Susan se dé cuenta de que eso no es lo que quiere para su vida y busque otro hombre que precisamente se ajuste mucho más al que su madre quería para ella. Es decir, acaba dándose cuenta de que la masculinidad alternativa que representa Edward no es capaz de ofrecerle lo que ella sueña para su vida. Sin embargo, y aunque de distinta manera, Andrew y Susan quedarán para siempre heridos. De hecho, la película bien podría haberse titulado «Animales heridos».
Cuando Susan va leyendo el manuscrito de Edward, y se adentra en la terrible historia de violencia que da título a la película, va enfrentándose a su propio fracaso, a las pesadillas que no la dejan dormir, a la soledad de su casa de diseño y a los miedos que la han convertido en una mujer tristísima. La novela le devuelve, llevada al extremo de los hechos brutales que relata, sus propias traiciones, su egoísmo y, por supuesto, sus errores. En las páginas se ve a sí misma, a su hija, al hijo que no tuvo y por supuesto a mismo Edward. Este se convierte en la novela en un personaje masculino que, de manera muy próxima a él, es también un tipo tranquilo, cuidadoso, tierno, miedoso incluso y que se envuelto en una espiral de violencia que pondrá a prueba su integridad y su fortaleza. De la misma manera que Andrew es acusado durante toda su vida de debilidad, o por lo menos de tener, como diría de él Susan, una fortaleza que nada tiene que ver con la de los demás  – «cree en sí mismo y cree en mí» -, el hombre de la novela es interpelado por una fratría masculina para que ponga a prueba su hombría. Para que actúe como el macho protector y como el que es incapaz de renunciar al uso de la violencia. Sin embargo, él aguanta, intenta no traicionarse y es víctima de su propia debilidad de hombre bueno. Una debilidad que, paradójicamente, le llevará finalmente a sacar de sí mismo el ansia de venganza que, por muy profunda que estuviera, se rebela ante el drama que le toca vivir. Una rebelión en la que estará acompañado de otro hombre solo, duro, frío y prisionero de sí mismo, que le ayudará en su tortuoso camino de búsqueda no tanto de la justicia sino de la venganza.
Tom Ford ha vuelto pues a situarnos en una escenario dramático: el de las soledades y las miserias, el de las bondades que hacen que las heridas no cicatricen, el de las formas que a la larga no pueden impedir que el fondo se haga visible. Y lo ha hecho con la intensidad que ya demostró en A single man y volviendo a colocar en el foco de su mirada a una masculinidad desnortada, prisionera de sí misma, frente a una mujer que aún pareciendo que lo tiene todo finalmente no tiene nada (en este sentido, hay una evidente continuidad con el personaje de Julianne Moore en A single man).  Al igual que en su primera película, la extraordinaria música de Abel Korzienowski subraya no solo cada momento, sino también cada espacio apuntando el torbellino que supone luchar con las propias frustraciones y asumir que en ocasiones es imposible dar marcha atrás. Todo ello, además, en un mundo violento, de estereotipos que enjaulan y de masculinidad hegemónica que hace que tantas y tantos podamos perder el sueño y nos convirtamos en animales heridos, perdón, nocturnos.
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EL 25N NO ES UN BLACK FRIDAY

Un año más llegó el mes de noviembre y tuvimos que seguir saliendo a la calle para gritar contra las violencias machistas y para pedir que el terrorismo que asesina mujeres se convierta de una vez por todas en un asunto de Estado. Han vuelto a celebrarse plenos extraordinarios en las instituciones locales, conferencias en los institutos y en las escuelas, seminarios hasta en los rincones más insospechados. Todo un despliegue informativo y formativo digno de aplauso democrático, sobre todo si tenemos en cuenta que hace apenas unos años la cuestión era invisible y ahora al menos hemos conseguido situarla en la agenda pública. Un logro que, todo hay que decirlo, ha sido posible gracias al empuje y la lucha constante, tantas veces solitarias, de muchas mujeres y colectivos feministas que llevan décadas peleando por hacer posible que nuestra sociedad merezca realmente el calificativo de democrática. Sin embargo, todas estas luces institucionales no dejan de generar sombras sobre las que en algún momento deberíamos reflexionar. Una obligación que de manera especial nos incumbe a quienes nos sentimos implicados personal, profesional y políticamente en la lucha por la igualdad.
Más allá de lo necesario que es seguir usando determinadas fechas como faros reivindicativos, y de la indudable urgencia todavía de seguir llamando la atención mediáticamente sobre las injusticias que tienen como víctimas principales a las mujeres, creo que corremos un doble riesgo del que ya empezamos a resentirnos muy especialmente en estos noviembres de luto. Me refiero a, por un lado, la saturación de actividades y eventos que hacen casi imposible manejar de manera racional y sostenible la agenda de colectivos e instituciones. Y, por otra parte, y como una consecuencia de lo anterior, el silencio posterior en el que se instalan muchas instituciones que parecen entender que una vez cumplido con el compromiso del 25 N pueden echarse a dormir ante otras urgencias que seguramente les producen más beneficios electorales.
Es decir, tengo la sensación, y es algo que con mucha frecuencia he hablado con compañeras feministas y con mujeres de distintas asociaciones y movimientos, que las políticas de igualdad de género distan mucho de la necesaria transversalidad que implica compromiso permanente, acciones continuadas y, lo más importante, un presupuesto que las saque de la posición de cenicientas y las situé en lo más alto del listón de las competencias institucionales. Llegado noviembre, uno tiene la sensación de que incluso las instituciones compiten entre ellas para ver a cuál se le ocurre el cartel más emocionante, el evento más mediático o el fichaje más rutilante para la conferencia con la que pretende llenar el salón de actos de turno. Unas prisas que además se aceleran porque el cierre del ejercicio económico obliga a justificar facturas antes de final de año. Todas estas apuestas merecen por supuesto mi reconocimiento pero creo que no deberían quedar en instantes promocionales sino que deberían ser parte de un programa continuado de acción política en la que se trabaje día a día contra la violencia, es decir, a favor de la igualdad efectiva entre mujeres y hombres. Lo cual implica invertir recursos materiales y humanos para ese fin, insertar la perspectiva de género en todas las áreas de acción política y trabajar muy especialmente en el ámbito de las instancias socializadoras. Una tarea que lógicamente no ocupará portadas en los periódicos pero que sin duda contribuirá a que vayamos superando de manera efectiva injusticias y discriminaciones. De lo contrario, en esta era mediática que vivimos, en la que parece pesar más un twit que un argumento elaborado, corremos el riesgo de que también la igualdad se convierta en un señuelo electoral y en un pretexto para salir guapas y guapos en la foto. Algo que no deberíamos tolerar todas y todos los que creemos que nunca el 25 N debería ponerse a la altura de un «Black Friday».
Las fronteras indecisas, Diario CÓRDOBA, lunes 28 de noviembre de 2016:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/25-n-no-es-black-friday_1101938.html
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CARTA A MI HIJO EN SU 15 CUMPLEAÑOS

 De aquel día frío de noviembre recuerdo sobre todo las hojas amarillentas del gran árbol que daba justo a la ventana en la que por primera vez vi el sol  reflejándose en tus ojos muy abiertos.  Siempre que paseo por allí miro hacia arriba y siento que justo en ese lugar, con esos colores de otoño, empezamos a escribir el guión que tú y yo seguimos empeñados en ver convertido en una gran película. Nunca nadie me advirtió de la dificultad de la aventura, ni por supuesto nadie me regaló un manual de instrucciones. Tuve que ir equivocándome una y otra vez, desde el primer biberón a la pequeña regañina por los deberes mal hechos, desde mi torpeza al peinar tu flequillo a mis dudas cuando no me reconozco como padre autoritario. Desde aquel 27 de noviembre, que siento tan cerca como el olor que desde aquel día impregnó toda nuestra casa, no he dejado de aprender, de escribir borradores y de romperlos luego en mil pedazos, de empezar de cero cada vez que la vida nos ponía frente a un nuevo desafío. Nunca fui, y ahora tampoco, de los que entienden la paternidad en una especie de mística que nos convierte automáticamente en hombres igualitarios, ni muchos menos he pensado que sin ella la vida carezca de felicidad posible. Al contrario, creo que es una pieza más de un engranaje mucho más complejo en el que es posible ir proyectándonos hacia fuera y creciendo por dentro, pero ni es la más decisiva ni mucho menos la única. Todo forma parte de un proyecto vital en el que el gran reto está en conseguir una suficiente armonía entre lo que piensas y lo que haces, entre lo que sueñas y lo que construyes, entre el mundo que te gustaría habitar y aquel con el que tienes que lidiar cada día.

A lo largo de estos años, juntos, siempre juntos, como todavía hoy lo seguimos estando cuando te metes en mi cama y me coges la mano como cuando eras un bebé, hemos vivido cambios en nuestras vidas, en  muchos casos soy consciente que han sido grandes desafíos para un niño que veía que su orden de siempre dejaba de serlo y se abrían las puertas a la incógnita de otras posibilidades. En estas tesituras siempre has demostrado madurez y generosidad, mucha más incluso que muchos de los adultos que nos rodean y que en muchas ocasiones parecen guiarse más por el egoísmo que por la empatía.  Tu actitud, justo cuando yo estaba más perdido, ha sido la lección más grande que me podían dar, la que mejor ha sustituido el manual de instrucciones que nunca tuve, la que me ha reconciliado con un papel de padre con el que siempre tengo la sensación de estar bordeando el suspenso.


Quince años después de aquella mañana de luces amarillas, de aquella primera playa gaditana y de tantas pequeñas cosas que yo empecé a descubrir gracias a ti, te escribo para darte las gracias por todo lo que cada día me haces crecer. Sin que a veces seas consciente de lo mucho que me importa cualquier palabra tuya, cualquier gesto, cada silencio y hasta cada emoticono que me envías por el whatsapp. Ahora que andas en plena adolescencia, y en la que tan cuesta arriba se me hace asumir que necesitas tu espacio y que mi mejor papel es respetarlo, empiezo a contemplarte como un ser único, que alza el vuelo pero que siempre vuelve a la roca que espero seguir siendo, y que a pesar de los años continúa transmitiendo la misma paz y la misma alegría que cuando tal día como hoy nos juntábamos toda la familia alrededor de una tarta de cumpleaños. Hoy, este domingo, deberíamos celebrar que tu concepto de familia se ha agrandado, que por esas jugadas del destino que solo el corazón entiende se ha ampliado tu círculo de afectos y que, gracias a una madre y a un padre que procuran cada día ser fieles a sí mismos, tienes la gran fortuna de crecer con la mente sabia de quien ha dejado atrás prejuicios egoístas y dogmas que generan infelicidad.


Hoy solo quería contarte lo difícil que a veces se me hace sentir que los años se esfumaron y, sobre todo, encontrar la justa medida con la que ahora, a tus 15, ser un padre imperfecto pero que no renuncia a aprender. Tengo, eso sí, la gran suerte de contar con tu predisposición inteligente y luminosa, con esa sonrisa que nunca falla, incluso cuando hemos tenido alguna discusión, con esa sensibilidad que hace que tengas siempre bien abiertas las antenas de tus emociones y con ese niño que sigue habitando en ti y que espero nunca desaparezca del todo. Gracias a todo eso, el guión continúa progresando adecuadamente y el rodaje de la película, estoy seguro, será todo un éxito.  Rodaremos por supuesto en Córdoba, en Cabra, en Sevilla, en Cádiz y seguramente tendremos que localizar determinadas escenas en Florencia o en Londres.  Mientras tanto, mientras seguimos buscando localizaciones y completando el reparto, los dos, tú ya más alto que yo, yo cada vez más rebelde, seguiremos aprendiendo cada día que toda la vida es cine y los sueños cine son. Tal y como yo descubrí aquella mañana de noviembre que en nuestra casa olía a cocido y en la que tu madre, siempre fuerte, me avisó de que estabas a punto de llegar.

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DE LA PATRIA A LA MATRIA

“Pedir perdón exige más valentía que disparar un arma, que accionar una bomba. Eso lo hace cualquiera. Basta con ser joven, crédulo y tener la sangre caliente”.


El concepto “paz social”, con el que se cierra el artículo 10.1 de nuestra Constitución, es uno de esos que tanto se prestan a múltiples interpretaciones y, por tanto, a debates y discusiones que con frecuencia acabamos leyendo solo quienes nos dedicamos profesionalmente a la investigación jurídico-constitucional. Los límites de estas visiones derivan, entre otras cosas, del presupuesto erróneo del que suelen partir todos los saberes y, muy especialmente, los vinculados a las Ciencias Sociales y Jurídicas. Me refiero al dominio absoluto de la razón, entendida en términos patriarcales y androcéntricos, y por lo tanto sujeta a las estrecheces de unos paradigmas que: a) no suelen tener presentes las experiencias y miradas de la mitad femenina de la Humanidad; b) excluyen lo emocional como expresión devaluada de un modelo de subjetividad que se estima incapaz de elevarse a lo universal. De esta manera, la mayoría de las cuestiones ligadas a la dimensión axiológica de la democracia quedan en suspenso o, en el mejor de los casos, prisioneras de explicaciones que pueden valer para la discusión de una tesis doctoral pero no para ser proyectadas en prácticas sociales que nos hagan más humanos. De ahí que entienda que una de las grandes cuestiones pendientes en el ámbito del conocimiento tiene que ver con el reconocimiento de la dimensión emocional de las personas y con cómo son justamente las emociones las que nos mueven a actuar éticamente. Es decir, con sentido de la responsabilidad hacia aquellos con quienes convivimos y, en general, hacia el mundo que nos ha tocado vivir. Solo desde esa dimensión es posible llegar a un adecuado entendimiento de conceptos tan básicos como la dignidad, los derechos humanos o los que hemos definido como valores superiores de nuestro ordenamiento.


Esa es precisamente una de las claves políticas que nos sugiere la excepcional última novela de Fernando Aramburu. Patria, escrita con el pulso de un narrador que sabe bien como interpelarnos sin que nos sintamos agredidos y que nos remueve las tripas sin provocarnos náuseas sino más bien nutriéndonos, nos sitúa en la dimensión más puramente personal y emocional del conflicto que durante década ha sufrido la sociedad vasca. Lo hace a través de un relato que confirma la histórica sentencia feminista que nos dice que “lo personal es político” y que nos demuestra, sin ánimo de juzgar ni mucho menos de adoctrinar, que en conflictos como el vasco todas y todos son víctimas. Con distintos niveles de responsabilidad, con diversos grados de reproche moral y en su caso jurídico, por supuesto, pero todas y todos, los de una y otra parte, acaban siendo animales heridos que sobreviven metidos en una jaula. Las protagonistas del libro son mujeres y hombres a quienes los barrotes condicionan sus proyectos vitales, su salud emocional, sus afectos y por supuesto su capacidad para mirar hacia adelante.  Sus mochilas son tan pesadas que difícilmente pueden alzar el vuelo desde una tierra que acaba convertida en fango, para unos y para otros.



La patria de la que nos habla Aramburu no es otra que la pone puertas al campo, la que se apoya en mecanismos de inclusión que inevitablemente generan exclusión, la que seduce a los más vulnerables con dogmas que parecen salvar del desconcierto y la que suele ser administrada por varones que ponen gustosamente a prueba su hombría constantemente. La patria como gobierno de los padres, del que por supuesto también participan mujeres, que son incapaces de asumir, llegado el momento, su fragilidad y a los que además suelen faltarle cojones para alzar la voz cuando ven cómo a su alrededor se extiende la barbarie.



No es casual, por tanto, que en la novela los puentes sean tendidos por dos mujeres: las que desde su condición de extrema debilidad se empoderan más allá de las fronteras y tejen vendas con las que sí que es posible ir sanando las heridas. Son ellas, frente a los silencios y huidas masculinas, las que valientemente se posicionan en pie de paz y hacen lo imposible por entenderse desde sus respectivos dolores. El hermoso ejercicio de la traducción sin el que no es posible construir la siempre imperfecta, que diría mi añorado Paco Muñoz, paz social.  Es decir, esa suma de equilibrios inestables en la que cohabitan derechos y obligaciones, memoria y perdones, diferencias y solidaridad, a la que en algún momento podríamos llamar democracia.

Patria nos da pues una radical lección sobre cómo deberíamos ir reparando daños, acercando orillas  y haciendo rea el mandato según el cual la dignidad, los derechos inviolables ligados a ella y el libre desarrollo de la personalidad son el fundamento del orden político y de la paz social (art. 10.1 CE). Un horizonte ético y emancipador que solo empezaremos a vislumbrar cuando seamos capaces de incorporara a lo público la gestión pacífica de los conflictos, la ternura como herramienta política y la horizontalidad como escenario en el que reconocer nuestras diferencias. Solo pues cuando la patria empiece a ser matria podremos creernos el final de la novela. Esa mañana abierta al futuro en la que al fin hayamos entendido que la paz no es posible sin el reconocimiento previo de nuestra vulnerabilidad y, por tanto, de la empatía que nos hace iguales.  O, lo que es lo mismo, mientras no vayamos más allá de lo que la razón unilateral masculina nos vende en forma de religiones seculares y nos distanciemos críticamente de las identidades que pueden asesinar a otros y hacer que nosotros mismos nos suicidemos. Una aventura que podríamos empezar leyendo y releyendo la novela que Aramburu nos ha regalado como una historia de seres humanos atrapados en los monólogos y la sinrazón. “El encuentro se produjo a la altura del quiosco de música. Fue un abrazo breve. Las dos se miraron a los ojos antes de separarse”.



Publicado en THE HUFFINGTON POST, 2 de diciembre de 2016:
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/de-la-patria-a-la-matria_b_13346852.html

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ALELUYA DE LA FILMOTECA

El éxito de las instituciones culturales debe medirse, entre otras cosas, por su capacidad para generar un público, por dotar de sentido un espacio y por su influencia en la multiplicación de vida en el entorno en el que se mueven. A diferencia de otros bienes que son más directamente mesurables en términos económicos, la cultura se pesa en unidades mucho más complejas ya que residen más en el territorio de la inteligencia y las emociones que en el mercado donde gana el más fuerte. Su proyección siempre es a medio/largo plazo y carece por tanto de la inmediatez que tanto gusta a nuestros políticos para justificar el sueldo que entre todos les pagamos. Por todo ello, las políticas culturales están especialmente reñidas con las ocurrencias, con las estrategias cortoplacistas y con el brillo fugaz de los fuegos de artificio. Algo que, me temo, parecen no haber entendido del todo las personas encargadas de las mismas en nuestra Comunidad Autónoma.
Si hay una institución en Córdoba que ha conseguido en sus poco más de 25 años consolidarse como un referente de cómo debe ser entendida la cultura desde lo público esa es sin duda la Filmoteca de Andalucía. Con su labor continuada, a veces silenciosa, entusiasta siempre, incluso en época de vacas flacas, la Filmoteca ha creado un público fiel y activo, ha generado dinámicas educativas a muchos niveles, ha ofrecido sus salas a múltiples voces y compromisos, ha contribuido a la creación de redes intelectuales y emocionales. Y todo ello al tiempo que ha sabido dotar de sentido al lugar en el que se ubica, al callejón en el que parece esconderse, a un barrio que con demasiada frecuencia nos es arrebatado por los turistas. La Filmoteca ha logrado, yendo más allá de las películas que proyecta, inyectar vida en la ciudad, convirtiéndose en uno de los pocos espacios en los que es posible generar diálogos a partir de la creación artística. Un objetivo que las personas que gestionan la cultura parecen haber erradicado de unas mentes que parecen más pendientes del fogonazo electoral que de la sostenibilidad cívica.
Bastarían los argumentos anteriores para que cualquier persona sensata considerara un absoluto disparate la idea de trasladar la Filmoteca al antes denominado C4 y que bien podríamos denominar Centro Continente de Contenidos Confusos. Es de juzgado de guardia que para tratar de paliar uno de los mayores disparates que en política cultural ha perpetrado la Junta se pretenda desvestir a un santo para vestir a otro que lleva años con las vergüenzas al aire. La propuesta vuelve a poner de manifiesto cómo quienes se encargan de gestionar un bien que debería ser tan preciado en una democracia se lo toman como si estuvieran gestionando un tratado de pesca o la construcción de un futuro pantano. La absoluta falta de perspectiva, la incapacidad para dotar de sentido y contenidos a una obra faraónica y las ocurrencias oportunistas de quiénes son profesionales de la política que no de lo público parecen aliarse en lo que puede ser el más penoso fin de fiesta que algunos podíamos imaginar para una colmena que nació sin abejas y, por tanto, sin miel que llevarse a la boca.
Solo me queda la esperanza de que en esta ocasión las energías ciudadanas sirvan para algo más que para quejarnos por las esquinas. Espero que todas las personas que hemos aprendido, soñado y crecido en Medina y Corella no nos resignemos ante lo que pretende ser una nueva tomadura de pelo de nuestros representantes. Si la cultura nos hace más fuertes desde el punto de vista ético, los espectadores de la Filmoteca tenemos una ocasión magnífica para demostrar esa musculatura. Porque no deberíamos resignarnos a que nunca más podamos ver allí, tan cerca de la Mezquita, entre otras muchas, todas esas películas, de Tarantino, de Egoyan, de Von Trier, de Wendders o de Herzog, en las que es posible escuchar la voz del siempre vivo Leonard Cohen.
Fotografía: Pedro Peinado.
* Publicado en LAS FRONTERAS INDECISAS, Diario Córdoba, 14-11-2016:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/aleluya-filmoteca_1097817.html
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LA MASCULINIDAD SEGÚN TRUMP

Durante la campaña electoral, el New York Times dedicó varios artículos a reflexionar sobre qué modelo de masculinidad suponía el entonces candidato Donald Trump. Por ejemplo, Claire Cain Miller se preguntaba “¿Qué están aprendiendo nuestros hijos de Donald Trump?” (http://www.nytimes.com/2016/10/18/upshot/what-our-sons-are-learning-from-donald-trump.html?_r=1), Peggy Orestein describía “Cómo ser un hombre en la era de Trump” (http://www.nytimes.com/2016/10/16/opinion/sunday/how-to-be-a-man-in-the-age-of-trump.html?_r=1) o Susan Chira analizaba la visión del candidato sobre la masculinidad (http://www.nytimes.com/interactive/projects/cp/opinion/clinton-trump-second-debate-election-2016/donald-trumps-faulty-vision-of-manhood). Esta última periodista concluía que las elecciones del día 8 determinarían, entre otras muchas cuestiones, en qué versión de la masculinidad creemos o bien cuál elegimos para inventar el futuro. 
Vistos los resultados parece evidente qué modelo ha sido el triunfante y, por lo tanto, qué referente se está ofreciendo al planeta en cuanto a la subjetividad masculina y a los caracteres que pueden hacerla exitosa. Tal vez sería demasiado osado afirmar que todos los hombres llevamos un Trump dentro, como en su día pensé que todos los italianos llevaban en sus adentros  un Berlusconi, pero no creo que sea exagerado decir que casi todos los hombres seguimos respondiendo a unas determinadas expectativas de género que coinciden con las que llevadas a su extremo más caricaturesco representa el presidente electo norteamericano. Es decir, el sujeto depredador, competitivo, ambicioso, individualista, necesitado de demostrar su hombría exitosa ante sí mismo y ante sus pares, conquistador en lo económico y en lo sexual, hecho a sí mismo para elevarse hacia la verticalidad. Un sujeto que, en paralelo, tiende a cosificar a las mujeres, las convierte con frecuencia en meros objetos sexuales, las exhibe como logros  heroicos y, last but non least, las domestica en los espacios donde tradicionalmente ellas se ocupan de mantener el contrato que nos permite a nosotros actuar como la parte privilegiada del pacto.
El triunfo de Trump ha sido, entre otras muchas cosas, el de una subjetividad masculina que en la última década no deja de alimentarse de un rearme patriarcal y que es la perfecta aliada de un neoliberalismo que entiende que la ley de la selva es la que mejor puede regular las oportunidades de cada cual. Por lo tanto, nuestra sorpresa no debería haber sido tan mayúscula, porque junto a otros complejos factores  – la crisis de legitimidad del sistema,  la incapacidad de las fuerzas progresistas para construir proyectos ilusionantes, el miedo que nos hace  más vulnerables, la espectacularización de la vida política – , Trump es la representación más fiel, evidentemente llevada al extremo, del modelo androcéntrico que hoy por hoy sigue siendo hegemónico. Tal y como comprobamos cada día en las películas que se consumen masivamente en todo el mundo, en las imágenes que difunden los medios de comunicación o en las actitudes y valores que vemos cómo los y las adolescentes reproducen como si no hubiera otra alternativa. Es decir, Trump es la máxima y mejor expresión de estos tiempos de neoliberalismo sexual que con tanta precisión ha analizado Ana de Miguel en su último libro. Y nos equivocamos si creemos que es una rara avis, una excepción o una singularidad de un país que es capaz de lo mejor pero también de lo peor. El presidente electo norteamericano es la prueba más evidente de una enfermedad que corroe las democracias, todas las democracias, y que tiene uno de sus virus esenciales en la prórroga de un sistema sexo/género que provoca desigualdades brutales desde el punto de vista político, económico, social y cultural. Y ese sistema, que se traduce, insisto, en toda una serie de privilegios de los que gozamos mayoritariamente los hombres que formamos el stablishment del patriarcado, es el núcleo de todas las situaciones de vulnerabilidad que recorren el planeta, ya que la brecha de género es la que continúa dividiendo jerárquicamente la Humanidad en dos mitades.
Las periodistas del New York Times se preguntaban por el modelo que los niños americanos, y por supuesto las niñas en paralelo, estaban recibiendo a través de las actuaciones públicas de Trump. Las respuestas se han amplificado desde el momento en que dicho individuo ha arrasado en las urnas y se ha convertido en el presidente de la nación más poderosa del mundo, lo cual conlleva un mensaje perverso desde el punto de vista de la  prolongación de una masculinidad hegemónica que invisibiliza no solo las reivindicaciones de las mujeres feministas sino también las formas alternativas de ser hombre en pleno siglo XXI. Un triunfo que se ha visto alentado además por una mujer candidata que no ha sido precisamente a lo largo de su trayectoria un ejemplo de mujer feminista y rompedora con los débitos patriarcales, más bien al contrario, y que durante décadas ha sido cómplice de las peores expresiones que implica el ejercicio masculino y violento del poder. Algo que por ejemplo una mujer tan poco sospechosa de ser republicana como Susan Sarandon explicó con rotundidad durante la campaña electoral. 
Frente a este asedio a las bases mismas de la democracia, la respuesta no puede ser otra que más 
feminismo entendido desde la triple exigencia que plantea Nancy Fraser. Es decir, un feminismo que atienda a las cuestiones de identidad, de participación y de redistribución de bienes y recursos. O lo que es lo mismo, un feminismo que baje de las púlpitos elitistas y se conjugue en plural, que se nutra de lo socialmente diverso y que no olvide la intersección de discriminaciones que azotan  a las mujeres más vulnerables del planeta. Un reto que ha de ir de la mano de la deconstrucción de una masculinidad estilo Trump que solo nos puede llevar al fracaso como género humano.  Solo desde la suma de estos objetivos podremos inventar el futuro, y con él reinventar una izquierda que hoy por hoy se lo pone tan fácil a señores como el marido de Melania.

Publicado en THE HUFFINGTON POST, 10-11-2016:
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/la-masculinidad-segun-tru_b_12879822.html

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