El saco de boxeo – @VictorMSanchezL

Cartelería Dónde están los Padres

Una de las frases más famosas de Virginia Woolf fue sin duda aquella que decía que «una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novela».

A lo cual añadiría, algunas hojas de su libro más tarde, que también era imprescindible (para poder escribir y concentrarse debidamente) que la no interrumpieran cada poco tiempo.

No traigo la frase de Virginia Woolf por capricho.

Empiezo a escribir este artículo un domingo a media mañana, con la confianza puesta en que la puerta de la entrada a mi habitación permanezca cerrada hasta la hora de hacer la comida.

En el mejor de los casos, aspiro a tener dos horas seguidas dedicadas a mí y a mi escritura, en donde pueda escupir (por la velocidad con que las tengo que escribir, no por otra cosa) las suficientes palabras que transmitan mi sentir con un tema que me toca muy de cerca (la paternidad en solitario) para que la gente que lo lea se pueda sentir identificada y como mínimo, comprendida.

Soy consciente de la cantidad de gente que comparte mi situación, y mucho peor incluso, así que, ojalá encuentren en mis palabras, algo que invite a la reflexión sobre la precarización de los cuidados en tiempos de pandemia (¿recordáis aquellos tiempos de dejar a las criaturas con los abuelos, perdón, con la abuela, para poder dedicar algo de tiempo para otros menesteres que no sean los cotidianos?).

Traigo esa frase también pensando en todas esas madres y padres, que ejercen sus respectivas maternidades y paternidades en solitario (ellas son el 81% de esas familias, bien llamadas, por justicia y reivindicación, monomarentales).

Por mandarles un abrazo desde la lejanía, por la comprensión de la dificultad de una crianza a la que no siempre se le pone el suficiente foco.

El otro día leía en Twitter una madre que decía que ir al spa, para ella, era que su cita con la dermatóloga se retrasara media hora, para disfrutar de un momento a solas.

En ese mismo hilo, yo la respondía, medio en broma, medio en serio, preguntándole cuántos hombres eran capaces de “coger el chiste” y de sentir como propia una situación tan desgraciadamente habitual para muchas madres que no dan más de sí.

Y digo esto porque sigo echando en falta, experiencias narradas por los padres con la misma intensidad y desde la propia experiencia personal.

¿Dónde estamos los padres y a qué nos dedicamos? Y sobre todo, ¿qué nos pasa?, ¿qué nos ocurre?, ¿qué nos preocupa?, ¿por qué hablamos tan poco de ello?

Escribo este artículo sin dejar de lado esa “culpabilidad” adicional que no deja de estar presente perpetuamente, pensando que cada minuto que me dedico a mí mismo, es un minuto en el que tanto mi hijo como mi hija se “descuelgan” en esas pantallas diminutas de las que tanto queremos tenerlos alejados, y que con tan poco éxito, a veces nos encontramos.

Desde hace tiempo huyo y rehúyo en caer en la tentación de vender una hipotética visión romántica de la paternidad (y más, cuando se ejerce en solitario), porque a pesar de las muchísimas cosas buenas que tiene, que las tiene, indudablemente, son inmensas las cosas que cuestan un esfuerzo terrible, que duelen y que pesan como mil demonios.

Y no, no lo digo porque haya venido aquí en busca de alabanzas y de la correspondiente medallita al mejor padre del año por mi implicación paterna, tal y como acostumbramos los hombres muchas veces cuando damos señales de vida en según qué luchas que abogan por la igualdad.

Vengo a contarlo aquí para constatar como los hombres, una vez más, somos incapaces de sentir muchas de las desigualdades y discriminaciones que sufren y han sufrido las mujeres en lo relativo a la crianza y educación de las criaturas, salvo en el caso, de que, en mayor o menor medida, en algún momento de nuestras vidas nosotros también las suframos.

Y ahí, curiosa y rápidamente, ¡por fin!, nos hacemos conscientes de todos los pormenores que conlleva un proceso como este, el de la paternidad, que empieza cuando empieza (a algunos les empieza cuando la madre da a luz a un bebé, y a otros como yo, les empieza sensiblemente más tarde).

Miro de reojo y con cierta “envidia” las familias con dos progenitores, en donde sus temas o preocupaciones de debate/discusión son la corresponsabilidad, la conciliación, las consecuencias del teletrabajo en tiempos de pandemia, la alimentación, la falta de ejercicio físico y un montón de temas a los que yo ni siquiera consigo acercarme.

Dentro de mi trabajo de cuidados a jornada completa (sí, me he molestado en calcular cuántas horas del día me paso cuidando a mis hijos y te puedo asegurar que son equivalentes como mínimo, a un trabajo de ocho horas) me he dado cuenta de que mis preocupaciones son otras, como si jugara en otra liga más devaluada, como si de mis temas, de mis problemas o de mis preocupaciones pareciera que nadie hablara.

Y os pongo un ejemplo, a ver si es algo que solo me pasa a mí o es solo otro de esos temas de los que no se habla lo suficiente.

A principio de año, mi hija quiso comprarse por reyes un regalo que tenía que llegar un cierto día. Sabía que viniendo de dónde venía y con el plazo de entrega previo tan largo, había una cierta posibilidad de que se retrasara o de que incluso hubiera algún problema en el envío que impidiera que llegara ese día.

Explicado una y mil veces con anterioridad, para que no se llevara a engaños y sobre todo, para que no se desilusionara con esa posibilidad y que fuera consciente de ella, para evitarla así el consabido disgusto posterior.

¿Y sabéis lo que ocurrió? Que ese día que estaba previsto, ese paquete no llegó.

Y conociendo como conozco a mi hijo y a mi hija desde hace tantos años, cuando llegó el primero del colegio, le conté la situación, y le expliqué de qué manera intentaría (otra vez más) explicárselo a su hermana.

Y sin embargo, no pude evitar decirle la frase, de que le explicara como le explicara la situación, sabía a ciencia cierta que, en menos de dos minutos, mi hija se iba a enfadar y la iba a “tomar” conmigo.

Evidentemente, es una forma de hablar. La digo así para que todo el mundo entienda lo que quiero transmitir, ya que escucho como últimamente hablamos y hemos elevado a la categoría de palabra “de moda” a los famosos cuidados.

Una palabra por otra parte, preciosa y bonita como ninguna, pero entre cuyas funciones, como la de sostener emocionalmente a tus hijos e hijas, no deja de ser una forma muuuuuuy eufemística de decir que en muchas de las ocasiones, somos y nos convertimos (aunque sea puntualmente) en el saco de boxeo del resto de la familia.

Ese saco donde volcamos todos nuestros enfados, nuestras frustraciones, nuestros días malos, nuestro malhumor… Esos.

Mi hija llegó y pasó lo que tenía que pasar. Ni más ni menos. Y ni la juzgo ni la reprocho nada.

Solo trato de entenderla y de acompañarla, con las herramientas que nadie me ha dado ni enseñado y que a duras penas, he conseguido recolectar en estos últimos años de aprendizaje sobre la marcha («Quiéreme cuando menos me lo merezca porque será cuando más lo necesite», reza el acertadísimo estado de WhatsApp de un queridísimo amigo mío, frase que intento poner en práctica más veces de las que lo consigo).

Recuerdo, a pesar de lo ocurrido, buscar en aquel momento una cierta sonrisa cómplice en mi hijo Miguel, después de ese pequeño momento de intensidad familiar.

Miguel, miró su reloj y me dijo, entre asombrado y sorprendido: Minuto y medio-.

Os aseguro que esa “funcionalidad paterna”, no está incluida en la cuota anual que pago a esa innombrable plataforma logística que todos tenemos en mente, ni tengo posibilidad de reclamar a nadie por daños y perjuicios por lo ocurrido. Por más que haya buscado en la letra pequeña del contrato.

Pero no quiero ni voy a acabar este artículo de esta manera.

Como si solo hubiera cosas negativas asociadas a ese costoso día a día de la paternidad, sea en las circunstancias en las que se desarrolle.

De la misma manera que esos días son inevitables, y se dan con la frecuencia que se den, hay otros muchos que invitan al optimismo, al afecto, al cariño y a la cercanía a unas edades, preadolescentes y adolescentes, en las que yo en mi época, estaba ya desgraciadamente muy desconectado, tanto de mi padre como de mi madre.

Que me dediquen todos los días un inesperado beso o un sentido te quiero y un abrazo sin yo pedírselo, que me hablen de los problemas que tienen con sus amistades, que me pidan consejo para ver cómo resolver sus dudas, que hablemos de los temas que les interesan, sean cuales sean, sin tapujos, sin tabúes, sin mentiras ni medias verdades y sin ocultar aquellas partes de las que no nos gustarían hablarles pensando que así les protegemos…

Eso, no tiene precio. Y lo que es más importante, invita al optimismo y a la sonrisa y confianza permanente, en que las cosas, de verdad, están cambiando.


Víctor se define:

Víctor

Coautor de la serie de libros #DiálogosMasculinos.

https://linktr.ee/victormsanchezlopez

1 comentario sobre “El saco de boxeo – @VictorMSanchezL

  1. La vida latido a latido, ni es lo mejor ni es lo peor.
    El penúltimo párrafo es una MARAVILLA.
    Pensar en vosotros tres, charlando en la cocina, o en el salón, sentiros e imaginarme que estáis juntos y conectados es para mi como poco la imagen del mes.
    Gracias Victor
    Te Quiero

    PD: yo tampoco lo consigo siempre

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