NOSOTRAS, ÉVOLE Y EL FEMINISMO

El Salvados del pasado domingo, lastrado como es habitual por el voluntarismo amable de Jordi Évole, todo un especialista en quedarse en la superficie de aquellos temas que es evidente que le resultan ajenos, me sirvió, pese a sus debilidades, para extraer algunas conclusiones no por evidentes menos dignas de recordarse.

La primera, tal y como se dedujo de alguno de los testimonios de las invitadas y aunque no se expresara de forma radical como hubiera sido deseable, es que la autonomía de las mujeres está íntimamente conectada a su independencia económica. Solo así, en todo caso, es posible pensar que la exclusiva dedicación a la maternidad, por ejemplo, es una elección libre y no una imposición del sistema. En este sentido me habría gustado que se analizara en el caso de la mujer que apareció en el programa dedicada íntegramente al ámbito privado: a) el sostén económico que representa en su caso el marido proveedor; b) los costes que a medio y sobre todo a largo plazo puede generarle la renuncia que ha hecho a su vida profesional.
Me temo que la camarera de piso presente en el debate no podría ni siquiera llegarse a plantear esta opción, por mucho que un exacerbado instinto maternal intentara convencerla de lo contrario.
La segunda, tal y como bien demostró Juana Gallego, es que la cultura, entendida en su sentido más amplio, es decir, como artefacto constructor de identidades y de relatos compartidos, es una de las principales herramientas que el patriarcado usa para mantener el sistema sexo/género.
Y la tercera, aunque tal vez deberíamos situarla como la principal, es que el feminismo, ausente en el programa como eje transversal de reflexión y como presupuesto de la crítica al orden que sigue marcando diferencias jerárquicas entre “nosotros” y “ellas”, necesita ahora más que nunca ser reivindicado y aprehendido como parte esencial de lo que podríamos llamar ética democrática.

El feminismo necesita ahora más que nunca ser reivindicado y aprehendido como parte esencial de lo que podríamos llamar ética democrática

Las tres cuestiones van de la mano en cuanto que la suma de todas ellas es la que nos alerta de cómo las fauces del patriarcado continúan afiladas, todavía más si cabe en un contexto neoliberal. Una situación dramática ante la que es urgente una labor pedagógica que permita superar los prejuicios que devalúan permanentemente el feminismo como teoría crítica y como movimiento emancipador, y que de una vez por todas lo sitúen en el lugar que le corresponde en el ámbito de los saberes y en el imaginario colectivo. Ello pasa por dejar muy claro que no estamos hablando de una cuestión de élites o de una culta indagación científica sino de una especie de nervio sin el cual el músculo de la democracia solo funciona al ritmo que marca la mitad masculina. Por lo tanto, que es, o mejor dicho, debería ser, una herramienta presente de manera activa en nuestras vidas cotidianas porque, de lo contrario, será imposible superar un modelo de sociedad en el que el sexo continúa siendo determinante del disfrute de los bienes y derechos así como del ejercicio del poder.

Es urgente una labor pedagógica que permita superar los prejuicios que devalúan permanentemente el feminismo como teoría crítica y como movimiento emancipador, y que de una vez por todas lo sitúen en el lugar que le corresponde

Dicha labor iría de la mano de una mirada que no olvide que el sistema sexo/género penetra en todas las relaciones que nos definen – políticas, de producción y emocionales – y que, por tanto, la crítica al patriarcado debería ser también a un sistema económico que tiene en él a su mejor aliado y a un régimen político que ha sido incapaz de desmantelar el gobierno de los hombres. Es decir, y como bien explica Nancy Fraser, el feminismo debería ir más allá de los debates identitarios y por supuesto no perder el tiempo en discursos sobre categorías que acaban diluyendo al “nosotras”. Sus retos principales deberían ser, junto a la construcción de las subjetividades, la participación en el poder y la distribución de bienes y recursos. Algo que dejó en evidencia el último informe de ONU Mujeres en el que se afirmaba que para realizar los derechos hay que transformar las economías. Solo así, como de manera tan clarividente lo advirtiera Virginia Woolf hace un siglo, las mujeres podrán tener no solo una habitación propia sino también acceso a todos los espacios que históricamente les han sido negados.
Todo lo anterior, que implica una revolución, en cuanto que no bastará con cambiar de lugar las fichas sino que requerirá el cambio de las reglas del juego, deberá ir acompañado de la superación radical de una cultura androcéntrica y machista que sigue generando relatos basados en la omnipotencia masculina y la insignificancia femenina. Mientras que no asumamos que la cultura es también un poder y que por lo tanto no bastan las leyes para cambiar las sociedades, el feminismo continuará perdiendo batallas ante un patriarcado crecido que ahora se nutre de un neomachismo especialista en generar monstruos sin descanso. Por más que Jordi Évole se ponga políticamente correcto y dedique un programa al sujeto “nosotras”. Supongo que con la intención de limpiar la conciencia de quien parece no haber advertido que el mundo no cambiará mientras que él, yo, nosotros, no renunciemos a los dividendos que nos proporciona tan gozosamente un orden que nos educa en la pedagogía del privilegio.

Publicado en TRIBUNA FEMINISTA, 22/12/16:
http://tribunafeminista.org/2016/12/nosotras-evole-y-el-feminismo/

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MASCULINIDADES TÓXICAS

Leo sobrecogido el relato de cómo Antonio Peñalver, el subcampeón olímpico de Barcelona 92, sufrió abusos sexuales a mano de su entrenador Miguel Ángel Millán (http://deportes.elpais.com/deportes/2016/12/17/actualidad/1482000887_427898.html) y pienso en cuántos enormes armarios quedan todavía por abrir en nuestras sociedades neomachistas.  Las palabras de Peñalver, que se suman a las que poco a poco van dejando al descubierto el dolor de tantos que un día se sintieron “puñeteros héroes” gracias a un guía todopoderoso al que con frecuencia se encontraban encima al despertarse, nos desvelan uno de los muchos rincones oscuros del patriarcado. El que tiene que ver con el abuso del poder y el dominio erotizado, el que se usa y del que se abusa sobre los y las más débiles, el que alimenta monstruos y genera víctimas de por vida. 


La masculinidad hegemónica, construida históricamente sobre el íntimo vínculo poder-violencia y que se ha traducido siempre en relaciones jerárquicas entre el que está en el púlpito y aquéllos y aquéllas que están a sus pies, no sólo ha convertido a las mujeres en las principales sufridoras de los excesos del macho sino que también ha herido de muerte a los hombres disidentes y a aquéllos que se han encontrado en una posición subordinada. Para mantener el estatus de dominio, el jerarca ha tenido que usar siempre sus poderes de seducción, tan ligados al poder que ha ejercido, y en última instancia la violencia, en cualquiera de sus formas: física, psicológica, emocional, sexual o puramente simbólica. Este brutal ejercicio del poderío masculino no solo se ha proyectado, insisto, con respecto a las mujeres consideradas por naturaleza desiguales y entregadas siempre a las necesidades del varón, sino también en aquellos círculos de hombres en los que se han generado vínculos de una cierta intimidad y que habitualmente han carecido de transparencia. Ahí está la vergonzante historia de la pederastia en la Iglesia Católica para demostrarlo: la más demoledora expresión de eso que el teólogo Juan José Tamayo ha denominado “masculinidades sagradas” (http://revistas.udc.es/index.php/ATL/article/view/arief.2016.1.1.1396).


Durante siglos, en seminarios, colegios, parroquias y noviciados, los “hombres sagrados” – obispos, diáconos, sacerdotes – han actuado como dioses capaces por tanto de someter y denigrar, de exigir y de abusar, de dictar la ley y de callar ante el pecado propio.  El poder sobre las almas acaba siendo poder sobre los cuerpos y todo ello en un contexto de moral represiva con la libertad sexual, con la expresión de las emociones y con la diversidad de género. Los mismos hombres enjaulados que interpretan las escrituras y lanzan proclamaciones dogmáticas acaban convertidos en monstruos que rezan por las mañanas en público y usan el látigo de sus placeres ocultos por las noches. Todo ello, además, con el silencio cómplice de todos los que sabiendo han callado.


Esa concepción de la virilidad, que con frecuencia se acompaña de  homofobia interiorizada y de una brutal represión de la propia identidad, se nutre y se multiplica en espacios de homosocialidad en los que existe una fuerte estructura jerárquica, ya sea explícita o implícita, y en los que se reafirma hasta la exasperación que ser hombre implica sobre todo no ser mujer. No cabe duda de que tradicionalmente el deporte ha sido uno de esos ámbitos en los que la virilidad dominante era la que marcaba las reglas e imponía fronteras en los espacios. Unos espacios en los que individuos singularmente vulnerables – menores de edad en general, chicos con problemas de identidad o con dificultades socioeconómicas en particular – son las principales víctimas de un sistema en el que es muy fácil sublimar lo que en un momento determinado puede dar sentido la vida. En el caso de Antonio Peñalver, y de otros muchos que en estos días se atreven a dar la cara, es evidente: “en esos momentos mi vida y mi religión era el atletismo”. Una religión en la que existía un sumo sacerdote que se creía dios, en las pistas y fuera de ellas, y una vida en la que el aprendiz de todo que entonces era Antonio se sentía dependiente del que consideraba “un puñetero Dios”.


La dramática historia del que un día se creyó un superhéroe y luego tuvo que vivir una larga travesía de soledad y lágrimas nos revela que, al igual que lentamente pero sin pausa ha ido ocurriendo con la violencia que sufren las mujeres, nuestra sociedad necesita poner al descubierto todos esos escenarios brutales en los que durante siglos ha ido engordando una masculinidad tóxica. Debemos ayudar a las víctimas a que sean capaces de salir de su silencio, a que se empoderen y a que se sientan acompañadas en el duro proceso que supone reconocer que un día fueron meros objetos en manos de aquellos a los que tenían por dioses. Y, sobre todo, debemos trabajar mucho más en la revisión de un modelo de virilidad que provoca tanto dolor, que genera tantas injusticias y que alimenta la ficción de un poder que al final solo se mantiene desde el abuso y la coacción.  Solo desde esa revisión de las subjetividades masculinas, de las relaciones entre ellas y, por supuesto, de las que mantenemos con las femeninas, será posible reconstruir un orden en el que ya no haya lugar para los depredadores. En el que al fin dejemos de creernos dioses y entendamos que la clave es entrenarse para disfrutar de los afectos en horizontalidad. Sin púlpitos ni látigos. Desde la gozosa autonomía que supone sentirnos dueños del cuerpo y de la palabra, de los deseos y de los placeres y, claro está, del heroísmo que supone ser conscientes de nuestra vulnerabilidad.

Foto: EFE.

Publicado en THE HUFFINGTON POST, 20 de diciembre de 2016:
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/masculinidades-toxicas_b_13721878.html
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QUÉ GOYAS TAN MAJOS

Cualquiera que tenga dudas sobre lo que implica el patriarcado en cuanto orden cultural no tendría más que acercarse con una mirada de género —es decir, con las “gafas violetas” puestas— a los relatos colectivos que nos siguen definiendo y en bastantes casos maleducando. Basta con asomarse a cualquier medio informativo, a la televisión, a la música que más se consume o a las pantallas de cine para comprobar cómo no solo se prorrogan los binomios jerárquicos que oponen a hombres y mujeres sino que incluso se refuerzan unas reglas del juego que insisten en mantener el estado masculino de privilegios frente al subordinado femenino.
En este sentido, el cine continúa siendo un escenario privilegiado en el que detectar la pervivencia de lo que Celia Amorós denominó “pactos juramentados” entre varones y, en paralelo, la insignificancia femenina que sirve de espejo para que nosotros nos veamos y sintamos, como ya advirtiera Virginia Woolf, de un tamaño doble al natural. Y no solo porque, como demuestran los datos objetivos, el cine sea un ámbito profesional en el que existe una brutal discriminación por razón de género, tanto a nivel horizontal como vertical, sino porque los relatos que nos siguen ofreciendo mayoritariamente las pantallas no hacen sino reproducir una sola mirada, la masculina hegemónica, y por lo tanto prorrogan y consolidan una determinada visión de las subjetividades y de un mundo hecho a imagen y semejanza de quienes detentamos el poder y la autoridad.
El análisis de las películas que este año compiten por conseguir el Goya a la mejor producción del año serviría para hacer una tesis redonda sobre cómo el cine español continúa teniendo rostro masculino y, más aún, el rostro de una determinada masculinidad que es la que sustenta el sistema sexo/género.
Dirigidas “lógicamente” por hombres, las cinco finalistas nos servirían para montar una clase perfecta sobre el modelo dominante de virilidad y, en paralelo, sobre la subordinación femenina. En cuatro de ellas, los protagonistas absolutos son hombres y las mujeres apenas son personajes mínimos que poco o casi nada añaden al relato principal. Las historias que nos cuentan reflejan perfectamente cómo, por ejemplo, el poder —y la corrupción que parece irremediablemente unida a él— es cosa de hombres.

El Estado macho

El hombre de las mil caras, de Alberto Rodríguez, cuyo título subraya lo evidente y cuya hermosa cartelera podría ilustrar una conferencia sobre los valores masculinos, nos cuenta una historia real en la que agentes secretos, directores generales y demás habitantes de las cloacas del Estado nos demuestran que el patriarcado no es solo el gobierno de los hombres sino también el gobierno de forma masculina. Es decir, que el Estado es macho. Si en su anterior película, La isla mínima, las mujeres eran visibles y apenas un pretexto para que ellos lucieran sus habilidades, en esta Alberto Rodríguez vuelve a centrarse en un relato en el que ellas ni están ni se las espera. O mejor dicho: solo están en función de lo que reclaman los personajes masculinos porque ellas, como debe ser, solo viven para otros y no para sí mismas.

Cerco a las emociones

Junto al poder, y a las múltiples pestilencias que puede generar, la violencia. Ahí está Tarde para la ira, la primera película dirigida por Raúl Arévalo, cuyo título es ya toda una declaración de intenciones. De nuevo, un cartel con omnipresencia masculina y con rostros femeninos insignificantes. Una historia de violencias y venganzas que viene a demostrarnos que los hombres solo somos capaces de expresar y gestionar determinadas emociones, como por ejemplo la ira del título. Boxeo, persecuciones de coches, cuchillos, pistolas y chicas seducidas y sufridoras. “He hecho lo que tenía que hacer”, dice su protagonista, dejando claro que ha cumplido fielmente con las expectativas de género.

Misoginia por enjaulamiento

La ira, esa emoción tan masculina, es también parte esencial de Que Dios nos perdone, dirigida por Rodrigo Irigoyen. En este caso, uno de los policías protagonistas en un tipo con problemas para controlar determinadas emociones. Él y su compañero —de nuevo, Antonio de la Torre, que se está convirtiendo en un especialista en interpretar a hombres sobre los que se podría hacer una tesis sobre neomachismo— tienen que investigar un conjunto de asesinatos que se producen en Madrid y que tienen como víctimas a mujeres mayores. En este caso el relato responde a una mirada brutalmente misógina como demuestra el regodeo en los cuerpos de las ancianas asesinadas o el retrato que se hace de unas mujeres que aparecen como las responsables de los males que enjaulan a los hombres.

Brujas o condenadas

Las tres películas anteriores demuestran además cómo los hombres, aunque se encuentren en el fango o hagan uso de las herramientas más incompatibles con la convivencia pacífica, aparecen siempre retratados como héroes. Algo para lo que somos educados desde niños. Ahí está Un monstruo vino a verme, la sensiblera y efectista película de Bayona, para demostrarlo. Una fábula en la que el niño protagonista se convierte en una especie de superhéroe sin capa y con buenos sentimientos y en la que las mujeres continúan condenadas a morir y desaparecer —la madre enferma que es la que posibilita el crecimiento emocional del hijo— o bien a ser las permanentes brujas de cualquier historia —esa abuela dura y estricta a la que solo le falta sacar en algún momento una pócima venenosa del bolsillo—.

Mujeres en negativo

Y es que ya se sabe, las mujeres en los relatos del patriarcado apenas son el pretexto para que los hombres confirmemos nuestra virilidad o, en el mejor de los casos, hojas movidas por los vientos que manejan los que tienen el poder también en los afectos y los deseos. Algo que de manera tan perfecta ha retratado Almodóvar en su filmografía y que lleva a uno de sus más estilizados extremos en Julieta, una película en la que de nuevo las protagonistas son mujeres que actúan como “vacas sin cencerro”. Mujeres encamadas, mujeres con enfermedades terminales, mujeres malísimas y mujeres en general que sufren las terribles consecuencias de los hilos que mueven los hombres. Y en la mayor parte de los casos no sabemos el porqué real de su cobardía, de su acomodo o, llegado el caso, de su histerismo.
En el caso del personaje principal, interpretado por una maravillosa Emma Suárez que bien podría ser la Marisa Paredes de otras películas del director, me cuesta trabajo entender cómo una mujer a la que vemos tan inteligente y lanzada en los 80 acaba convertida en un auténtico zombi años después, haciendo cosas inexplicables salvo en un folletín o en una telenovela de sobremesa (esas tartas cada año para recordar el cumpleaños de su hija) y que es incapaz de salir de un túnel al que le ha llevado dos de los factores que más heridas han causado y causan en las mujeres: la maternidad elevada a los altares y el sentimiento de culpa. Todas las protagonistas de la historia —Julieta, su hija Antía, Ava— se siente culpables y están pagando por ello. Una con el dolor de la soledad, otra con el silencio y la tercera con una enfermedad degenerativa. Por supuesto, al lado de esas mujeres nacidas para sufrir, y además, en este caso, para hacerlo en silencio, sin estridencias, sin lágrimas, para que el dolor parezca aún más hondo, los hombres aparecen como los verdaderos protagonistas aunque sean los que ocupen menos metraje.
Son ellos los que provocan las acciones, son los que hacen que ellas actúen o no de una determinada manera y, por supuesto, son los que en todo caso aparecen con una connotación positiva, aunque realmente tampoco se sepa cómo explicarla. De ahí que no nos deba extrañar que el padre de Julieta pueda rehacer su vida y haga pleno su derecho a la felicidad, o que el personaje que interpreta Darío Grandinetti, del que tampoco sabemos mucho, sea como una especie de ángel de la guarda sin el que obviamente Julieta acabaría muerta o hundida en una larga depresión. Y, por supuesto, el pescador que desencadena el drama es un héroe que parece sacado de la mitología que enseña la ingenua Julieta. El mismo físico del actor que lo interpreta contribuye a que lo veamos como un personaje de fábula, heroico y seductor, amoroso padre y cuidadoso amante, y ante el que todas las mujeres no tienen más remedio que caer rendidas. Es cierto que su final no es feliz, pero sí que es el final propio de un protagonista. Alrededor de él, ellas no parecen sino marionetas incapaces de manejar su propio destino.

Fiel aliado del patriarcado

De esta manera, cerramos el círculo mágico, y cinematográfico, del patriarcado. Las piezas encajan a la perfección y, en consecuencia, es lógico que en el puzle no haya más cabida para relatos disidentes como El olivo de Iciar Bollaín o para la magistral La puerta abierta, cuya directora, Marina Seresesky, habría merecido estar al menos entre las finalistas a la mejor dirección novel.
Menos mal que sí lo están las enormes Carmen Machi y Terele Pávez; Anna Castillo, esta mirada tan potente y luminosa que es el mayor descubrimiento de la película escrita por el marido de Bollaín, o Nely Reguera, la única mujer que ha conseguido colarse entre tanta testosterona.
Apenas una anécdota en un largo listado de nominados que nos confirman que el cine continúa siendo fiel aliado del patriarcado. Lo certifican las cuatro películas europeas nominadas: Yo, Daniel BlakeEl editor de librosEl hijo de Saúl y la brutalmente machista y hasta misógina Elle de Paul Verhoeven. Toda una declaración de intenciones mediante la que la Academia de Cine nos demuestra qué majos son los chicos que hacen cine y qué universales los relatos que nos cuentan. De ahí la urgencia de que las pantallas empiecen a contar otras historias,concebidas desde otras miradas y en las que no solo ellas estén presentes desde su autonomía real sino en las que también nosotros hayamos dejado de ir por la vida como si lleváramos “una pistola en cada mano”.
publicado en blog mujeres, el país, 16-12-2016:
http://elpais.com/elpais/2016/12/16/mujeres/1481892281_146057.html

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SUSPENSOS EN EDUCACIÓN

Desde hace algunos años no necesito el informe PISA para certificar el pobre nivel formativo con que llega el alumnado a la Universidad. Cada curso compruebo cómo los chicos y las chicas que llegan a mi Facultad a duras penas saben expresarse oralmente y por escrito, cómo carecen de buena parte de los conocimientos de eso que antes se llamaba «cultura general» y, en consecuencia, no dejo de preguntarme cómo han superado el bachillerato y la selectividad. Todo ello por no hablar del escaso interés que en general muestran por todo lo público, de lo difícil que es mantener su atención más del tiempo que dura un videoclip o de lo complicado que les resulta construir argumentaciones que superen los 140 caracteres. Es decir, no hace falta convocar un comité de expertos para comprobar la carencia de habilidades y destrezas, así como de unas actitudes mínimas para ser partícipes activos de un proceso de aprendizaje tan lleno de aristas como es el de las Ciencias Jurídicas.
Creo, sin embargo, que las conclusiones que se extraen de datos como los hechos públicos hace unos días, y según los cuales Andalucía no sale bien parada, pecan con frecuencia de superficialidad, además de que son ideales para ser usados en la lucha política de adversarios. Es evidente que la brecha Norte/Sur sigue siendo real y provoca nefastas consecuencias en terrenos como el educativo. Por lo tanto, y de entrada, no estamos solo ante un problema de qué, cómo y quiénes enseñan a nuestros hijos e hijas sino en qué contexto social y económico nos desenvolvemos. Desde este punto de partida, es necesario por supuesto hacer un análisis crítico, y a ser posible constructivo, de nuestro sistema educativo. No hace falta insistir en la inseguridad generada por los continuos cambios legislativos, ni en los escasos recursos que hoy por hoy se siguen aplicando a un ámbito en el que los resultados no se ven a corto ni medio plazo, por lo que es evidente que no merecen el interés prioritario de unos representantes empeñados en vender logros rentables electoralmente. Faltan recursos y continúan faltando políticas educativas que incidan no solo en lo que se enseña, sino también en cómo se enseña y también en quiénes lo hacen. El magisterio, a diferencia de lo que ocurre en otros países, continúa siendo una profesión poco valorada social y económicamente, a la que con frecuencia acuden jóvenes sin especial vocación por la enseñanza y a quienes además no se les exige especiales cualidades. Doy clase en un máster donde buena parte del alumnado procede de Ciencias de la Educación y mis sensaciones son de auténtico horror cuando compruebo su escaso nivel y las limitadas capacidades de quienes van a encargarse de formar a la futura ciudadanía. Una labor tan clave en una democracia que debería llevar a exigir a los maestros y a las maestras una formación tan rigurosa, especializada, práctica y puesta al día como la que le exigimos por ejemplo a nuestros médicos y médicas. Tal vez aún no seamos conscientes de que nos va la salud de la democracia en ello.
Ahora bien, todo lo anterior no debería hacernos olvidar las responsabilidades que en estos procesos tienen el resto de agentes socializadores – algún día tendríamos que analizar seriamente el papel de los medios de comunicación en buena parte de los males que nos corroen como sociedad – y, muy especialmente, las que padres y madres deberíamos asumir desde el compromiso que debería suponer no solo velar por la salud física de nuestros descendientes sino también por la mental, por su inteligencia emocional y por sus habilidades éticas para convertirse en ciudadanos y ciudadanas de primera. Si esto falla no hay ley ni política educativa que lo subsane. Algo que parecen olvidar los autores de PISA y buena parte de las madres y los padres que no tienen clara la diferencia entre instruir y educar.
Las fronteras indecisas, Diario Córdoba, 12-12-16:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/suspensos-educacion_1105762.html
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EL HOMBRE DÉBIL

Las primeras imágenes de Animales nocturnos son desconcertantes pero brutalmente bellas: esos cuerpos femeninos al margen de los cánones, las carnes rebosantes, el exceso convertido en arte, las carreteras que se entrecruzan, son la advertencia cinematográfica de las miserias y la superficialidad que nos rodean y de las que en ocasiones nos nutrimos. Esos cuerpos de mujeres más que gordas son una llamada de atención sobre cómo en este mundo no parece haber mucho espacio para los «monstruos» y, por tanto, es tan complicado ser felices de manera completa. Que eso lo plantee un diseñador que ha triunfado en el mundo de la moda no deja de ser paradójico o, en todo caso, perverso. Y es que la mirada de Tom Ford tiene mucho de esa belleza atravesada por la daga de las pasiones.
Varios años después de su fascinante A single man (2009), Tom Ford vuelve a seducirnos con una película hermosísima aunque dura, estéticamente impecable y cargada éticamente de reflexiones. El vacío que en muchos casos supone el triunfo en las sociedades contemporáneas, la culpa y la venganza como parte esenciales de compleja naturaleza humana o la delgada línea que separa la bondad de la maldad son algunas de las cuestiones que se plantean en unos fotogramas donde todo parece medido hasta el último milímetro, con la precisión artesana de un hombre que ama la belleza pero al que no le gusta quedarse en la superficie de las cosas. Sin embargo lo más interesante para mí de esta película, que se mueve en tres planos diferentes (el presente y el pasado de los protagonistas, el imaginado en la novela escrita por uno de ellos), es el personaje – o mejor dicho, los personajes – que interpreta de manera magistral Jake Gyllenghall. Edward, el escritor que envía a su primera mujer su novela «Animales nocturnos», se nos dibuja como un hombre débil, sin ambiciones, más pendiente de sus creaciones que de sus logros, sensible y nada heroico. Ese es el hombre que inicialmente enamora a Susan (una excepciona Amy Adams), la hija de una acomodada familia de Texas que no ve con buenos ojos la relación con un chico sin dinero (es magistral la escena del encuentro de Susan con su madre en la que ésta le advierte que acabará siendo como ella: «todas las mujeres acabamos siendo como nuestras madres»).  Esa historia de amor romántica acabará cuando Susan se dé cuenta de que eso no es lo que quiere para su vida y busque otro hombre que precisamente se ajuste mucho más al que su madre quería para ella. Es decir, acaba dándose cuenta de que la masculinidad alternativa que representa Edward no es capaz de ofrecerle lo que ella sueña para su vida. Sin embargo, y aunque de distinta manera, Andrew y Susan quedarán para siempre heridos. De hecho, la película bien podría haberse titulado «Animales heridos».
Cuando Susan va leyendo el manuscrito de Edward, y se adentra en la terrible historia de violencia que da título a la película, va enfrentándose a su propio fracaso, a las pesadillas que no la dejan dormir, a la soledad de su casa de diseño y a los miedos que la han convertido en una mujer tristísima. La novela le devuelve, llevada al extremo de los hechos brutales que relata, sus propias traiciones, su egoísmo y, por supuesto, sus errores. En las páginas se ve a sí misma, a su hija, al hijo que no tuvo y por supuesto a mismo Edward. Este se convierte en la novela en un personaje masculino que, de manera muy próxima a él, es también un tipo tranquilo, cuidadoso, tierno, miedoso incluso y que se envuelto en una espiral de violencia que pondrá a prueba su integridad y su fortaleza. De la misma manera que Andrew es acusado durante toda su vida de debilidad, o por lo menos de tener, como diría de él Susan, una fortaleza que nada tiene que ver con la de los demás  – «cree en sí mismo y cree en mí» -, el hombre de la novela es interpelado por una fratría masculina para que ponga a prueba su hombría. Para que actúe como el macho protector y como el que es incapaz de renunciar al uso de la violencia. Sin embargo, él aguanta, intenta no traicionarse y es víctima de su propia debilidad de hombre bueno. Una debilidad que, paradójicamente, le llevará finalmente a sacar de sí mismo el ansia de venganza que, por muy profunda que estuviera, se rebela ante el drama que le toca vivir. Una rebelión en la que estará acompañado de otro hombre solo, duro, frío y prisionero de sí mismo, que le ayudará en su tortuoso camino de búsqueda no tanto de la justicia sino de la venganza.
Tom Ford ha vuelto pues a situarnos en una escenario dramático: el de las soledades y las miserias, el de las bondades que hacen que las heridas no cicatricen, el de las formas que a la larga no pueden impedir que el fondo se haga visible. Y lo ha hecho con la intensidad que ya demostró en A single man y volviendo a colocar en el foco de su mirada a una masculinidad desnortada, prisionera de sí misma, frente a una mujer que aún pareciendo que lo tiene todo finalmente no tiene nada (en este sentido, hay una evidente continuidad con el personaje de Julianne Moore en A single man).  Al igual que en su primera película, la extraordinaria música de Abel Korzienowski subraya no solo cada momento, sino también cada espacio apuntando el torbellino que supone luchar con las propias frustraciones y asumir que en ocasiones es imposible dar marcha atrás. Todo ello, además, en un mundo violento, de estereotipos que enjaulan y de masculinidad hegemónica que hace que tantas y tantos podamos perder el sueño y nos convirtamos en animales heridos, perdón, nocturnos.
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EL 25N NO ES UN BLACK FRIDAY

Un año más llegó el mes de noviembre y tuvimos que seguir saliendo a la calle para gritar contra las violencias machistas y para pedir que el terrorismo que asesina mujeres se convierta de una vez por todas en un asunto de Estado. Han vuelto a celebrarse plenos extraordinarios en las instituciones locales, conferencias en los institutos y en las escuelas, seminarios hasta en los rincones más insospechados. Todo un despliegue informativo y formativo digno de aplauso democrático, sobre todo si tenemos en cuenta que hace apenas unos años la cuestión era invisible y ahora al menos hemos conseguido situarla en la agenda pública. Un logro que, todo hay que decirlo, ha sido posible gracias al empuje y la lucha constante, tantas veces solitarias, de muchas mujeres y colectivos feministas que llevan décadas peleando por hacer posible que nuestra sociedad merezca realmente el calificativo de democrática. Sin embargo, todas estas luces institucionales no dejan de generar sombras sobre las que en algún momento deberíamos reflexionar. Una obligación que de manera especial nos incumbe a quienes nos sentimos implicados personal, profesional y políticamente en la lucha por la igualdad.
Más allá de lo necesario que es seguir usando determinadas fechas como faros reivindicativos, y de la indudable urgencia todavía de seguir llamando la atención mediáticamente sobre las injusticias que tienen como víctimas principales a las mujeres, creo que corremos un doble riesgo del que ya empezamos a resentirnos muy especialmente en estos noviembres de luto. Me refiero a, por un lado, la saturación de actividades y eventos que hacen casi imposible manejar de manera racional y sostenible la agenda de colectivos e instituciones. Y, por otra parte, y como una consecuencia de lo anterior, el silencio posterior en el que se instalan muchas instituciones que parecen entender que una vez cumplido con el compromiso del 25 N pueden echarse a dormir ante otras urgencias que seguramente les producen más beneficios electorales.
Es decir, tengo la sensación, y es algo que con mucha frecuencia he hablado con compañeras feministas y con mujeres de distintas asociaciones y movimientos, que las políticas de igualdad de género distan mucho de la necesaria transversalidad que implica compromiso permanente, acciones continuadas y, lo más importante, un presupuesto que las saque de la posición de cenicientas y las situé en lo más alto del listón de las competencias institucionales. Llegado noviembre, uno tiene la sensación de que incluso las instituciones compiten entre ellas para ver a cuál se le ocurre el cartel más emocionante, el evento más mediático o el fichaje más rutilante para la conferencia con la que pretende llenar el salón de actos de turno. Unas prisas que además se aceleran porque el cierre del ejercicio económico obliga a justificar facturas antes de final de año. Todas estas apuestas merecen por supuesto mi reconocimiento pero creo que no deberían quedar en instantes promocionales sino que deberían ser parte de un programa continuado de acción política en la que se trabaje día a día contra la violencia, es decir, a favor de la igualdad efectiva entre mujeres y hombres. Lo cual implica invertir recursos materiales y humanos para ese fin, insertar la perspectiva de género en todas las áreas de acción política y trabajar muy especialmente en el ámbito de las instancias socializadoras. Una tarea que lógicamente no ocupará portadas en los periódicos pero que sin duda contribuirá a que vayamos superando de manera efectiva injusticias y discriminaciones. De lo contrario, en esta era mediática que vivimos, en la que parece pesar más un twit que un argumento elaborado, corremos el riesgo de que también la igualdad se convierta en un señuelo electoral y en un pretexto para salir guapas y guapos en la foto. Algo que no deberíamos tolerar todas y todos los que creemos que nunca el 25 N debería ponerse a la altura de un «Black Friday».
Las fronteras indecisas, Diario CÓRDOBA, lunes 28 de noviembre de 2016:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/25-n-no-es-black-friday_1101938.html
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CARTA A MI HIJO EN SU 15 CUMPLEAÑOS

 De aquel día frío de noviembre recuerdo sobre todo las hojas amarillentas del gran árbol que daba justo a la ventana en la que por primera vez vi el sol  reflejándose en tus ojos muy abiertos.  Siempre que paseo por allí miro hacia arriba y siento que justo en ese lugar, con esos colores de otoño, empezamos a escribir el guión que tú y yo seguimos empeñados en ver convertido en una gran película. Nunca nadie me advirtió de la dificultad de la aventura, ni por supuesto nadie me regaló un manual de instrucciones. Tuve que ir equivocándome una y otra vez, desde el primer biberón a la pequeña regañina por los deberes mal hechos, desde mi torpeza al peinar tu flequillo a mis dudas cuando no me reconozco como padre autoritario. Desde aquel 27 de noviembre, que siento tan cerca como el olor que desde aquel día impregnó toda nuestra casa, no he dejado de aprender, de escribir borradores y de romperlos luego en mil pedazos, de empezar de cero cada vez que la vida nos ponía frente a un nuevo desafío. Nunca fui, y ahora tampoco, de los que entienden la paternidad en una especie de mística que nos convierte automáticamente en hombres igualitarios, ni muchos menos he pensado que sin ella la vida carezca de felicidad posible. Al contrario, creo que es una pieza más de un engranaje mucho más complejo en el que es posible ir proyectándonos hacia fuera y creciendo por dentro, pero ni es la más decisiva ni mucho menos la única. Todo forma parte de un proyecto vital en el que el gran reto está en conseguir una suficiente armonía entre lo que piensas y lo que haces, entre lo que sueñas y lo que construyes, entre el mundo que te gustaría habitar y aquel con el que tienes que lidiar cada día.

A lo largo de estos años, juntos, siempre juntos, como todavía hoy lo seguimos estando cuando te metes en mi cama y me coges la mano como cuando eras un bebé, hemos vivido cambios en nuestras vidas, en  muchos casos soy consciente que han sido grandes desafíos para un niño que veía que su orden de siempre dejaba de serlo y se abrían las puertas a la incógnita de otras posibilidades. En estas tesituras siempre has demostrado madurez y generosidad, mucha más incluso que muchos de los adultos que nos rodean y que en muchas ocasiones parecen guiarse más por el egoísmo que por la empatía.  Tu actitud, justo cuando yo estaba más perdido, ha sido la lección más grande que me podían dar, la que mejor ha sustituido el manual de instrucciones que nunca tuve, la que me ha reconciliado con un papel de padre con el que siempre tengo la sensación de estar bordeando el suspenso.


Quince años después de aquella mañana de luces amarillas, de aquella primera playa gaditana y de tantas pequeñas cosas que yo empecé a descubrir gracias a ti, te escribo para darte las gracias por todo lo que cada día me haces crecer. Sin que a veces seas consciente de lo mucho que me importa cualquier palabra tuya, cualquier gesto, cada silencio y hasta cada emoticono que me envías por el whatsapp. Ahora que andas en plena adolescencia, y en la que tan cuesta arriba se me hace asumir que necesitas tu espacio y que mi mejor papel es respetarlo, empiezo a contemplarte como un ser único, que alza el vuelo pero que siempre vuelve a la roca que espero seguir siendo, y que a pesar de los años continúa transmitiendo la misma paz y la misma alegría que cuando tal día como hoy nos juntábamos toda la familia alrededor de una tarta de cumpleaños. Hoy, este domingo, deberíamos celebrar que tu concepto de familia se ha agrandado, que por esas jugadas del destino que solo el corazón entiende se ha ampliado tu círculo de afectos y que, gracias a una madre y a un padre que procuran cada día ser fieles a sí mismos, tienes la gran fortuna de crecer con la mente sabia de quien ha dejado atrás prejuicios egoístas y dogmas que generan infelicidad.


Hoy solo quería contarte lo difícil que a veces se me hace sentir que los años se esfumaron y, sobre todo, encontrar la justa medida con la que ahora, a tus 15, ser un padre imperfecto pero que no renuncia a aprender. Tengo, eso sí, la gran suerte de contar con tu predisposición inteligente y luminosa, con esa sonrisa que nunca falla, incluso cuando hemos tenido alguna discusión, con esa sensibilidad que hace que tengas siempre bien abiertas las antenas de tus emociones y con ese niño que sigue habitando en ti y que espero nunca desaparezca del todo. Gracias a todo eso, el guión continúa progresando adecuadamente y el rodaje de la película, estoy seguro, será todo un éxito.  Rodaremos por supuesto en Córdoba, en Cabra, en Sevilla, en Cádiz y seguramente tendremos que localizar determinadas escenas en Florencia o en Londres.  Mientras tanto, mientras seguimos buscando localizaciones y completando el reparto, los dos, tú ya más alto que yo, yo cada vez más rebelde, seguiremos aprendiendo cada día que toda la vida es cine y los sueños cine son. Tal y como yo descubrí aquella mañana de noviembre que en nuestra casa olía a cocido y en la que tu madre, siempre fuerte, me avisó de que estabas a punto de llegar.

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DE LA PATRIA A LA MATRIA

“Pedir perdón exige más valentía que disparar un arma, que accionar una bomba. Eso lo hace cualquiera. Basta con ser joven, crédulo y tener la sangre caliente”.


El concepto “paz social”, con el que se cierra el artículo 10.1 de nuestra Constitución, es uno de esos que tanto se prestan a múltiples interpretaciones y, por tanto, a debates y discusiones que con frecuencia acabamos leyendo solo quienes nos dedicamos profesionalmente a la investigación jurídico-constitucional. Los límites de estas visiones derivan, entre otras cosas, del presupuesto erróneo del que suelen partir todos los saberes y, muy especialmente, los vinculados a las Ciencias Sociales y Jurídicas. Me refiero al dominio absoluto de la razón, entendida en términos patriarcales y androcéntricos, y por lo tanto sujeta a las estrecheces de unos paradigmas que: a) no suelen tener presentes las experiencias y miradas de la mitad femenina de la Humanidad; b) excluyen lo emocional como expresión devaluada de un modelo de subjetividad que se estima incapaz de elevarse a lo universal. De esta manera, la mayoría de las cuestiones ligadas a la dimensión axiológica de la democracia quedan en suspenso o, en el mejor de los casos, prisioneras de explicaciones que pueden valer para la discusión de una tesis doctoral pero no para ser proyectadas en prácticas sociales que nos hagan más humanos. De ahí que entienda que una de las grandes cuestiones pendientes en el ámbito del conocimiento tiene que ver con el reconocimiento de la dimensión emocional de las personas y con cómo son justamente las emociones las que nos mueven a actuar éticamente. Es decir, con sentido de la responsabilidad hacia aquellos con quienes convivimos y, en general, hacia el mundo que nos ha tocado vivir. Solo desde esa dimensión es posible llegar a un adecuado entendimiento de conceptos tan básicos como la dignidad, los derechos humanos o los que hemos definido como valores superiores de nuestro ordenamiento.


Esa es precisamente una de las claves políticas que nos sugiere la excepcional última novela de Fernando Aramburu. Patria, escrita con el pulso de un narrador que sabe bien como interpelarnos sin que nos sintamos agredidos y que nos remueve las tripas sin provocarnos náuseas sino más bien nutriéndonos, nos sitúa en la dimensión más puramente personal y emocional del conflicto que durante década ha sufrido la sociedad vasca. Lo hace a través de un relato que confirma la histórica sentencia feminista que nos dice que “lo personal es político” y que nos demuestra, sin ánimo de juzgar ni mucho menos de adoctrinar, que en conflictos como el vasco todas y todos son víctimas. Con distintos niveles de responsabilidad, con diversos grados de reproche moral y en su caso jurídico, por supuesto, pero todas y todos, los de una y otra parte, acaban siendo animales heridos que sobreviven metidos en una jaula. Las protagonistas del libro son mujeres y hombres a quienes los barrotes condicionan sus proyectos vitales, su salud emocional, sus afectos y por supuesto su capacidad para mirar hacia adelante.  Sus mochilas son tan pesadas que difícilmente pueden alzar el vuelo desde una tierra que acaba convertida en fango, para unos y para otros.



La patria de la que nos habla Aramburu no es otra que la pone puertas al campo, la que se apoya en mecanismos de inclusión que inevitablemente generan exclusión, la que seduce a los más vulnerables con dogmas que parecen salvar del desconcierto y la que suele ser administrada por varones que ponen gustosamente a prueba su hombría constantemente. La patria como gobierno de los padres, del que por supuesto también participan mujeres, que son incapaces de asumir, llegado el momento, su fragilidad y a los que además suelen faltarle cojones para alzar la voz cuando ven cómo a su alrededor se extiende la barbarie.



No es casual, por tanto, que en la novela los puentes sean tendidos por dos mujeres: las que desde su condición de extrema debilidad se empoderan más allá de las fronteras y tejen vendas con las que sí que es posible ir sanando las heridas. Son ellas, frente a los silencios y huidas masculinas, las que valientemente se posicionan en pie de paz y hacen lo imposible por entenderse desde sus respectivos dolores. El hermoso ejercicio de la traducción sin el que no es posible construir la siempre imperfecta, que diría mi añorado Paco Muñoz, paz social.  Es decir, esa suma de equilibrios inestables en la que cohabitan derechos y obligaciones, memoria y perdones, diferencias y solidaridad, a la que en algún momento podríamos llamar democracia.

Patria nos da pues una radical lección sobre cómo deberíamos ir reparando daños, acercando orillas  y haciendo rea el mandato según el cual la dignidad, los derechos inviolables ligados a ella y el libre desarrollo de la personalidad son el fundamento del orden político y de la paz social (art. 10.1 CE). Un horizonte ético y emancipador que solo empezaremos a vislumbrar cuando seamos capaces de incorporara a lo público la gestión pacífica de los conflictos, la ternura como herramienta política y la horizontalidad como escenario en el que reconocer nuestras diferencias. Solo pues cuando la patria empiece a ser matria podremos creernos el final de la novela. Esa mañana abierta al futuro en la que al fin hayamos entendido que la paz no es posible sin el reconocimiento previo de nuestra vulnerabilidad y, por tanto, de la empatía que nos hace iguales.  O, lo que es lo mismo, mientras no vayamos más allá de lo que la razón unilateral masculina nos vende en forma de religiones seculares y nos distanciemos críticamente de las identidades que pueden asesinar a otros y hacer que nosotros mismos nos suicidemos. Una aventura que podríamos empezar leyendo y releyendo la novela que Aramburu nos ha regalado como una historia de seres humanos atrapados en los monólogos y la sinrazón. “El encuentro se produjo a la altura del quiosco de música. Fue un abrazo breve. Las dos se miraron a los ojos antes de separarse”.



Publicado en THE HUFFINGTON POST, 2 de diciembre de 2016:
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/de-la-patria-a-la-matria_b_13346852.html

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ALELUYA DE LA FILMOTECA

El éxito de las instituciones culturales debe medirse, entre otras cosas, por su capacidad para generar un público, por dotar de sentido un espacio y por su influencia en la multiplicación de vida en el entorno en el que se mueven. A diferencia de otros bienes que son más directamente mesurables en términos económicos, la cultura se pesa en unidades mucho más complejas ya que residen más en el territorio de la inteligencia y las emociones que en el mercado donde gana el más fuerte. Su proyección siempre es a medio/largo plazo y carece por tanto de la inmediatez que tanto gusta a nuestros políticos para justificar el sueldo que entre todos les pagamos. Por todo ello, las políticas culturales están especialmente reñidas con las ocurrencias, con las estrategias cortoplacistas y con el brillo fugaz de los fuegos de artificio. Algo que, me temo, parecen no haber entendido del todo las personas encargadas de las mismas en nuestra Comunidad Autónoma.
Si hay una institución en Córdoba que ha conseguido en sus poco más de 25 años consolidarse como un referente de cómo debe ser entendida la cultura desde lo público esa es sin duda la Filmoteca de Andalucía. Con su labor continuada, a veces silenciosa, entusiasta siempre, incluso en época de vacas flacas, la Filmoteca ha creado un público fiel y activo, ha generado dinámicas educativas a muchos niveles, ha ofrecido sus salas a múltiples voces y compromisos, ha contribuido a la creación de redes intelectuales y emocionales. Y todo ello al tiempo que ha sabido dotar de sentido al lugar en el que se ubica, al callejón en el que parece esconderse, a un barrio que con demasiada frecuencia nos es arrebatado por los turistas. La Filmoteca ha logrado, yendo más allá de las películas que proyecta, inyectar vida en la ciudad, convirtiéndose en uno de los pocos espacios en los que es posible generar diálogos a partir de la creación artística. Un objetivo que las personas que gestionan la cultura parecen haber erradicado de unas mentes que parecen más pendientes del fogonazo electoral que de la sostenibilidad cívica.
Bastarían los argumentos anteriores para que cualquier persona sensata considerara un absoluto disparate la idea de trasladar la Filmoteca al antes denominado C4 y que bien podríamos denominar Centro Continente de Contenidos Confusos. Es de juzgado de guardia que para tratar de paliar uno de los mayores disparates que en política cultural ha perpetrado la Junta se pretenda desvestir a un santo para vestir a otro que lleva años con las vergüenzas al aire. La propuesta vuelve a poner de manifiesto cómo quienes se encargan de gestionar un bien que debería ser tan preciado en una democracia se lo toman como si estuvieran gestionando un tratado de pesca o la construcción de un futuro pantano. La absoluta falta de perspectiva, la incapacidad para dotar de sentido y contenidos a una obra faraónica y las ocurrencias oportunistas de quiénes son profesionales de la política que no de lo público parecen aliarse en lo que puede ser el más penoso fin de fiesta que algunos podíamos imaginar para una colmena que nació sin abejas y, por tanto, sin miel que llevarse a la boca.
Solo me queda la esperanza de que en esta ocasión las energías ciudadanas sirvan para algo más que para quejarnos por las esquinas. Espero que todas las personas que hemos aprendido, soñado y crecido en Medina y Corella no nos resignemos ante lo que pretende ser una nueva tomadura de pelo de nuestros representantes. Si la cultura nos hace más fuertes desde el punto de vista ético, los espectadores de la Filmoteca tenemos una ocasión magnífica para demostrar esa musculatura. Porque no deberíamos resignarnos a que nunca más podamos ver allí, tan cerca de la Mezquita, entre otras muchas, todas esas películas, de Tarantino, de Egoyan, de Von Trier, de Wendders o de Herzog, en las que es posible escuchar la voz del siempre vivo Leonard Cohen.
Fotografía: Pedro Peinado.
* Publicado en LAS FRONTERAS INDECISAS, Diario Córdoba, 14-11-2016:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/aleluya-filmoteca_1097817.html
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LA MASCULINIDAD SEGÚN TRUMP

Durante la campaña electoral, el New York Times dedicó varios artículos a reflexionar sobre qué modelo de masculinidad suponía el entonces candidato Donald Trump. Por ejemplo, Claire Cain Miller se preguntaba “¿Qué están aprendiendo nuestros hijos de Donald Trump?” (http://www.nytimes.com/2016/10/18/upshot/what-our-sons-are-learning-from-donald-trump.html?_r=1), Peggy Orestein describía “Cómo ser un hombre en la era de Trump” (http://www.nytimes.com/2016/10/16/opinion/sunday/how-to-be-a-man-in-the-age-of-trump.html?_r=1) o Susan Chira analizaba la visión del candidato sobre la masculinidad (http://www.nytimes.com/interactive/projects/cp/opinion/clinton-trump-second-debate-election-2016/donald-trumps-faulty-vision-of-manhood). Esta última periodista concluía que las elecciones del día 8 determinarían, entre otras muchas cuestiones, en qué versión de la masculinidad creemos o bien cuál elegimos para inventar el futuro. 
Vistos los resultados parece evidente qué modelo ha sido el triunfante y, por lo tanto, qué referente se está ofreciendo al planeta en cuanto a la subjetividad masculina y a los caracteres que pueden hacerla exitosa. Tal vez sería demasiado osado afirmar que todos los hombres llevamos un Trump dentro, como en su día pensé que todos los italianos llevaban en sus adentros  un Berlusconi, pero no creo que sea exagerado decir que casi todos los hombres seguimos respondiendo a unas determinadas expectativas de género que coinciden con las que llevadas a su extremo más caricaturesco representa el presidente electo norteamericano. Es decir, el sujeto depredador, competitivo, ambicioso, individualista, necesitado de demostrar su hombría exitosa ante sí mismo y ante sus pares, conquistador en lo económico y en lo sexual, hecho a sí mismo para elevarse hacia la verticalidad. Un sujeto que, en paralelo, tiende a cosificar a las mujeres, las convierte con frecuencia en meros objetos sexuales, las exhibe como logros  heroicos y, last but non least, las domestica en los espacios donde tradicionalmente ellas se ocupan de mantener el contrato que nos permite a nosotros actuar como la parte privilegiada del pacto.
El triunfo de Trump ha sido, entre otras muchas cosas, el de una subjetividad masculina que en la última década no deja de alimentarse de un rearme patriarcal y que es la perfecta aliada de un neoliberalismo que entiende que la ley de la selva es la que mejor puede regular las oportunidades de cada cual. Por lo tanto, nuestra sorpresa no debería haber sido tan mayúscula, porque junto a otros complejos factores  – la crisis de legitimidad del sistema,  la incapacidad de las fuerzas progresistas para construir proyectos ilusionantes, el miedo que nos hace  más vulnerables, la espectacularización de la vida política – , Trump es la representación más fiel, evidentemente llevada al extremo, del modelo androcéntrico que hoy por hoy sigue siendo hegemónico. Tal y como comprobamos cada día en las películas que se consumen masivamente en todo el mundo, en las imágenes que difunden los medios de comunicación o en las actitudes y valores que vemos cómo los y las adolescentes reproducen como si no hubiera otra alternativa. Es decir, Trump es la máxima y mejor expresión de estos tiempos de neoliberalismo sexual que con tanta precisión ha analizado Ana de Miguel en su último libro. Y nos equivocamos si creemos que es una rara avis, una excepción o una singularidad de un país que es capaz de lo mejor pero también de lo peor. El presidente electo norteamericano es la prueba más evidente de una enfermedad que corroe las democracias, todas las democracias, y que tiene uno de sus virus esenciales en la prórroga de un sistema sexo/género que provoca desigualdades brutales desde el punto de vista político, económico, social y cultural. Y ese sistema, que se traduce, insisto, en toda una serie de privilegios de los que gozamos mayoritariamente los hombres que formamos el stablishment del patriarcado, es el núcleo de todas las situaciones de vulnerabilidad que recorren el planeta, ya que la brecha de género es la que continúa dividiendo jerárquicamente la Humanidad en dos mitades.
Las periodistas del New York Times se preguntaban por el modelo que los niños americanos, y por supuesto las niñas en paralelo, estaban recibiendo a través de las actuaciones públicas de Trump. Las respuestas se han amplificado desde el momento en que dicho individuo ha arrasado en las urnas y se ha convertido en el presidente de la nación más poderosa del mundo, lo cual conlleva un mensaje perverso desde el punto de vista de la  prolongación de una masculinidad hegemónica que invisibiliza no solo las reivindicaciones de las mujeres feministas sino también las formas alternativas de ser hombre en pleno siglo XXI. Un triunfo que se ha visto alentado además por una mujer candidata que no ha sido precisamente a lo largo de su trayectoria un ejemplo de mujer feminista y rompedora con los débitos patriarcales, más bien al contrario, y que durante décadas ha sido cómplice de las peores expresiones que implica el ejercicio masculino y violento del poder. Algo que por ejemplo una mujer tan poco sospechosa de ser republicana como Susan Sarandon explicó con rotundidad durante la campaña electoral. 
Frente a este asedio a las bases mismas de la democracia, la respuesta no puede ser otra que más 
feminismo entendido desde la triple exigencia que plantea Nancy Fraser. Es decir, un feminismo que atienda a las cuestiones de identidad, de participación y de redistribución de bienes y recursos. O lo que es lo mismo, un feminismo que baje de las púlpitos elitistas y se conjugue en plural, que se nutra de lo socialmente diverso y que no olvide la intersección de discriminaciones que azotan  a las mujeres más vulnerables del planeta. Un reto que ha de ir de la mano de la deconstrucción de una masculinidad estilo Trump que solo nos puede llevar al fracaso como género humano.  Solo desde la suma de estos objetivos podremos inventar el futuro, y con él reinventar una izquierda que hoy por hoy se lo pone tan fácil a señores como el marido de Melania.

Publicado en THE HUFFINGTON POST, 10-11-2016:
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/la-masculinidad-segun-tru_b_12879822.html

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