LA MÍSTICA DE LAS NUEVAS PATERNIDADES

Soy padre de un hijo adolescente y no creo que exagere si afirmo que ésta es una de las aventuras más complejas que he tenido que asumir en mi vida. A falta de libro de instrucciones, y nadando permanentemente en un mar de dudas e inseguridades, intento no naufragar en exceso y en asumir todo el proceso como un aprendizaje del que no solo él sino también yo salgamos más empoderados. Lo cual no quiere decir que nos convirtamos en hombres heroicos e imbatibles sino más bien todo lo contrario, es decir, en individuos que hayamos aprendido que la vulnerabilidad y la necesidad del otro/la otra es lo que otorga fortaleza ética a nuestra existencia. Este hondo compromiso me ha regalado algunos de los mejores momentos de mis últimos 15 años, pero también me ha restado tiempo y energías, por lo que no siempre ha sido ese estado ideal que ahora me meten por los ojos en blogs y redes sociales. He intentado, e intento, ser un buen padre, o sea, un padre dubitativo, generoso y cómplice, que no amigo de mi hijo, pero eso no me ha llevado a uno de esos paraísos que parecen sacados de un anuncio y en los que la paternidad se nos vende como si fuera la única vía posible para la felicidad. Al contrario, yo en muchos instantes me he sentido con ganas de tirar la toalla, me he arrepentido de parte de las decisiones de vida y hasta he soñado con dimitir de mi función. Y, por supuesto, he seguido construyendo otras muchas facetas de mi vida que me generan satisfacciones, que multiplican mis energías y que me ayudan a crecer como el hombre de coraje y ternura que un día me propuse ser. Todas ellas tan relevantes como mi paternidad porque sin ellas estoy seguro que mi hijo no tendría cerca al aprendiz de casi todo que continuo siendo. Todo esto, además, me ha permitido comprobar de primera mano que ser padre es un deseo no un derecho.


Por todo ello siento de entrada tanta desconfianza hacia todo ese movimiento, que no sé si no pasa de ser una moda o, en el peor de los casos, una manera de revestir de manera políticamente correcta un neomachismo «soft», que insiste en mostrarnos una imagen brillante de nuevos padres, la cual parece ser, para algunos, el primer paso hacia la construcción de masculinidades mucho más igualitarias y empáticas. Es cierto que esa dimensión de lo privado es casi la única en la que muchos hombres hemos empezado a compartir responsabilidades y a asumirlo como un espacio que nos permite desarrollar habilidades y capacidades que durante siglos pensamos que eran propias de mujeres. No seré yo quien dude de esos padres tiernos que cada vez veo con más frecuencia en los parques o de esos hombres con carrito que generan una expectación por donde pasan digna de la portada de la revista para mujeres más «exigente». Sin embargo, y como hace ya tiempo que asumí eso de que el feminismo es una permanente «filosofía de la sospecha», no dejo de preguntarme si detrás de esa fachada hay o no una auténtica transformación, y no solo de ellos, sino sobre todo de las relaciones de género, o sea, de poder, que siguen dando forma al sistema sexo/género. Me gustaría saber cómo es el reparto de autoridad en su ámbito familiar, o cómo esos padres amorosos actúan en sus entornos laborales o si perpetúan las fratrías viriles de siempre aunque hayan cambiado los escenarios. Querría imaginar que ese esmero en jugar con los niños, o en darle la merienda, o en jugar con ellos mientras se bañan, tiene su correspondencia en la transformación de muchos de las expresiones macro y micro de una masculinidad que continúa, me temo, apoyándose en los muchos privilegios que heredamos de nuestros padres. Sería estupendo pensar que todos esos padres que recogen a sus niños del cole pero que no sé si son capaces de sacrificar parte de su recorrido profesional para que sus compañeras brillen, o que no me consta si señalan con el dedo a los colegas que a su alrededor hacen alarde de machismo o que dudo si están por la labor de militar al lado de mujeres feministas con el objetivo de hacer más justo el mundo que vivimos, tuvieran muy claro que lo personal es político y que no se trata simplemente de ser buen padre sino de asumir que ya es hora que aprendamos a restar y a dividir. Porque solo así, por ejemplo, nuestras compañeras podrán sumar oportunidades, prestigio y autoridad. Como también sería revelador comprobar que esos hombres tan cuidadores lo son también de ancianos, enfermos o dependientes, es decir, que igualmente se implican en trabajos de atención a los demás que no suelen ser tan gratificantes ni divertidos como acompañar a un hijo en su crecimiento.

Creo que corremos el riego pues de convertir las nuevas paternidades en una especie de mística mediante la cual, una vez más, asumimos las portadas y el protagonismo, acaparamos jornadas y eventos, convirtiéndonos en héroes que en vez de superpoderes llevan en sus manos ramos de flores y paquetes de pañales. Me da miedo pensar que nos volvamos a quedar en la superficie y que la conversión del 19 de marzo en día del padre igualitario no sea más que una operación cosmética de esas que hacen que todo cambie para que todo siga igual. Y todo ello porque estoy plenamente convencido de que la desigualdad entre mujeres y hombres tiene que ver con unas estructuras de poder – político, económico, cultural, simbólico – que van mucho más allá de nuestras relaciones familiares. Unas relaciones que, obviamente, hemos de construir sobre el reconocimiento del otro como igual y de la corresponsabilidad a todos los niveles, pero que no bastarán para darle la vuelta a un mundo en el que ellas son las principales víctimas del «gobierno de los padres», incluidos esos que ahora suben fotos a Facebook acariciando a su hijo como nunca el suyo hizo con ellos.


Soy padre de un hijo adolescente y no creo que exagere si afirmo que ésta es una de las aventuras más complejas que he tenido que asumir en mi vida. A falta de libro de instrucciones, y nadando permanentemente en un mar de dudas e inseguridades, intento no naufragar en exceso y en asumir todo el proceso como un aprendizaje del que no solo él sino también yo salgamos más empoderados. Lo cual no quiere decir que nos convirtamos en hombres heroicos e imbatibles sino más bien todo lo contrario, es decir, en individuos que hayamos aprendido que la vulnerabilidad y la necesidad del otro/la otra es lo que otorga fortaleza ética a nuestra existencia. Este hondo compromiso me ha regalado algunos de los mejores momentos de mis últimos 15 años, pero también me ha restado tiempo y energías, por lo que no siempre ha sido ese estado ideal que ahora me meten por los ojos en blogs y redes sociales. He intentado, e intento, ser un buen padre, o sea, un padre dubitativo, generoso y cómplice, que no amigo de mi hijo, pero eso no me ha llevado a uno de esos paraísos que parecen sacados de un anuncio y en los que la paternidad se nos vende como si fuera la única vía posible para la felicidad. Al contrario, yo en muchos instantes me he sentido con ganas de tirar la toalla, me he arrepentido de parte de las decisiones de vida y hasta he soñado con dimitir de mi función. Y, por supuesto, he seguido construyendo otras muchas facetas de mi vida que me generan satisfacciones, que multiplican mis energías y que me ayudan a crecer como el hombre de coraje y ternura que un día me propuse ser. Todas ellas tan relevantes como mi paternidad porque sin ellas estoy seguro que mi hijo no tendría cerca al aprendiz de casi todo que continuo siendo.

Por todo ello siento de entrada tanta desconfianza hacia todo ese movimiento, que no sé si no pasa de ser una moda o, en el peor de los casos, una manera de revestir de manera políticamente correcta un neomachismo «soft», que insiste en mostrarnos una imagen brillante de nuevos padres, la cual parece ser, para algunos, el primer paso hacia la construcción de masculinidades mucho más igualitarias y empáticas. Es cierto que esa dimensión de lo privado es casi la única en la que muchos hombres hemos empezado a compartir responsabilidades y a asumirlo como un espacio que nos permite desarrollar habilidades y capacidades que durante siglos pensamos que eran propias de mujeres. No seré yo quien dude de esos padres tiernos que cada vez veo con más frecuencia en los parques o de esos hombres con carrito que generan una expectación por donde pasan digna de la portada de la revista para mujeres más «exigente». Sin embargo, y como hace ya tiempo que asumí eso de que el feminismo es una permanente «filosofía de la sospecha», no dejo de preguntarme si detrás de esa fachada hay o no una auténtica transformación, y no solo de ellos, sino sobre todo de las relaciones de género, o sea, de poder, que siguen dando forma al sistema sexo/género. Me gustaría saber cómo es el reparto de autoridad en su ámbito familiar, o cómo esos padres amorosos actúan en sus entornos laborales o si perpetúan las fratrías viriles de siempre aunque hayan cambiado los escenarios. Querría imaginar que ese esmero en jugar con los niños, o en darle la merienda, o en jugar con ellos mientras se bañan, tiene su correspondencia en la transformación de muchos de las expresiones macro y micro de una masculinidad que continúa, me temo, apoyándose en los muchos privilegios que heredamos de nuestros padres. Sería estupendo pensar que todos esos padres que recogen a sus niños del cole pero que no sé si son capaces de sacrificar parte de su recorrido profesional para que sus compañeras brillen, o que no me consta si señalan con el dedo a los colegas que a su alrededor hacen alarde de machismo o que dudo si están por la labor de militar al lado de mujeres feministas con el objetivo de hacer más justo el mundo que vivimos, tuvieran muy claro que lo personal es político y que no se trata simplemente de ser buen padre sino de asumir que ya es hora que aprendamos a restar y a dividir. Porque solo así, por ejemplo, nuestras compañeras podrán sumar oportunidades, prestigio y autoridad. Como también sería revelador comprobar que esos hombres tan cuidadores lo son también de ancianos, enfermos o dependientes, es decir, que igualmente se implican en trabajos de atención a los demás que no suelen ser tan gratificantes ni divertidos como acompañar a un hijo en su crecimiento. Todo ello por no hablar, porque eso sí que sería para nota, de lo importante que sería que fueran haciendo algunas lecturas feministas que les permitieran asumir el tapiz que han tejido millones de mujeres como un modo de vida y no como una simple bandera que enarbolan el 8M o el 25N.

Creo que corremos el riego pues de convertir las nuevas paternidades en una especie de mística mediante la cual, una vez más, asumimos las portadas y el protagonismo, acaparamos jornadas y eventos, convirtiéndonos en héroes que en vez de superpoderes llevan en sus manos ramos de flores y paquetes de pañales. Me da miedo pensar que nos volvamos a quedar en la superficie y que la conversión del 19 de marzo en día del padre igualitario no sea más que una operación cosmética de esas que hacen que todo cambie para que todo siga igual. Y todo ello porque estoy plenamente convencido de que la desigualdad entre mujeres y hombres tiene que ver con unas estructuras de poder – político, económico, cultural, simbólico – que van mucho más allá de nuestras relaciones familiares. Unas relaciones que, obviamente, hemos de construir sobre el reconocimiento del otro como igual y de la corresponsabilidad a todos los niveles, pero que no bastarán para darle la vuelta a un mundo en el que ellas son las principales víctimas del «gobierno de los padres», incluidos esos que ahora suben fotos a Facebook acariciando a sus hijos como nunca los suyos hicieron con ellos.

Publicado en THE HUFFINGTON POST, 17-3-2017:
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/la-mistica-de-las-nuevas-paternidades_a_21879956/?utm_hp_ref=es-homepage

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LA MÍSTICA DE LAS NUEVAS PATERNIDADES

Soy padre de un hijo adolescente y no creo que exagere si afirmo que ésta es una de las aventuras más complejas que he tenido que asumir en mi vida. A falta de libro de instrucciones, y nadando permanentemente en un mar de dudas e inseguridades, intento no naufragar en exceso y en asumir todo el proceso como un aprendizaje del que no solo él sino también yo salgamos más empoderados. Lo cual no quiere decir que nos convirtamos en hombres heroicos e imbatibles sino más bien todo lo contrario, es decir, en individuos que hayamos aprendido que la vulnerabilidad y la necesidad del otro/la otra es lo que otorga fortaleza ética a nuestra existencia. Este hondo compromiso me ha regalado algunos de los mejores momentos de mis últimos 15 años, pero también me ha restado tiempo y energías, por lo que no siempre ha sido ese estado ideal que ahora me meten por los ojos en blogs y redes sociales. He intentado, e intento, ser un buen padre, o sea, un padre dubitativo, generoso y cómplice, que no amigo de mi hijo, pero eso no me ha llevado a uno de esos paraísos que parecen sacados de un anuncio y en los que la paternidad se nos vende como si fuera la única vía posible para la felicidad. Al contrario, yo en muchos instantes me he sentido con ganas de tirar la toalla, me he arrepentido de parte de las decisiones de vida y hasta he soñado con dimitir de mi función. Y, por supuesto, he seguido construyendo otras muchas facetas de mi vida que me generan satisfacciones, que multiplican mis energías y que me ayudan a crecer como el hombre de coraje y ternura que un día me propuse ser. Todas ellas tan relevantes como mi paternidad porque sin ellas estoy seguro que mi hijo no tendría cerca al aprendiz de casi todo que continuo siendo. Todo esto, además, me ha permitido comprobar de primera mano que ser padre es un deseo no un derecho.


Por todo ello siento de entrada tanta desconfianza hacia todo ese movimiento, que no sé si no pasa de ser una moda o, en el peor de los casos, una manera de revestir de manera políticamente correcta un neomachismo «soft», que insiste en mostrarnos una imagen brillante de nuevos padres, la cual parece ser, para algunos, el primer paso hacia la construcción de masculinidades mucho más igualitarias y empáticas. Es cierto que esa dimensión de lo privado es casi la única en la que muchos hombres hemos empezado a compartir responsabilidades y a asumirlo como un espacio que nos permite desarrollar habilidades y capacidades que durante siglos pensamos que eran propias de mujeres. No seré yo quien dude de esos padres tiernos que cada vez veo con más frecuencia en los parques o de esos hombres con carrito que generan una expectación por donde pasan digna de la portada de la revista para mujeres más «exigente». Sin embargo, y como hace ya tiempo que asumí eso de que el feminismo es una permanente «filosofía de la sospecha», no dejo de preguntarme si detrás de esa fachada hay o no una auténtica transformación, y no solo de ellos, sino sobre todo de las relaciones de género, o sea, de poder, que siguen dando forma al sistema sexo/género. Me gustaría saber cómo es el reparto de autoridad en su ámbito familiar, o cómo esos padres amorosos actúan en sus entornos laborales o si perpetúan las fratrías viriles de siempre aunque hayan cambiado los escenarios. Querría imaginar que ese esmero en jugar con los niños, o en darle la merienda, o en jugar con ellos mientras se bañan, tiene su correspondencia en la transformación de muchos de las expresiones macro y micro de una masculinidad que continúa, me temo, apoyándose en los muchos privilegios que heredamos de nuestros padres. Sería estupendo pensar que todos esos padres que recogen a sus niños del cole pero que no sé si son capaces de sacrificar parte de su recorrido profesional para que sus compañeras brillen, o que no me consta si señalan con el dedo a los colegas que a su alrededor hacen alarde de machismo o que dudo si están por la labor de militar al lado de mujeres feministas con el objetivo de hacer más justo el mundo que vivimos, tuvieran muy claro que lo personal es político y que no se trata simplemente de ser buen padre sino de asumir que ya es hora que aprendamos a restar y a dividir. Porque solo así, por ejemplo, nuestras compañeras podrán sumar oportunidades, prestigio y autoridad. Como también sería revelador comprobar que esos hombres tan cuidadores lo son también de ancianos, enfermos o dependientes, es decir, que igualmente se implican en trabajos de atención a los demás que no suelen ser tan gratificantes ni divertidos como acompañar a un hijo en su crecimiento.

Creo que corremos el riego pues de convertir las nuevas paternidades en una especie de mística mediante la cual, una vez más, asumimos las portadas y el protagonismo, acaparamos jornadas y eventos, convirtiéndonos en héroes que en vez de superpoderes llevan en sus manos ramos de flores y paquetes de pañales. Me da miedo pensar que nos volvamos a quedar en la superficie y que la conversión del 19 de marzo en día del padre igualitario no sea más que una operación cosmética de esas que hacen que todo cambie para que todo siga igual. Y todo ello porque estoy plenamente convencido de que la desigualdad entre mujeres y hombres tiene que ver con unas estructuras de poder – político, económico, cultural, simbólico – que van mucho más allá de nuestras relaciones familiares. Unas relaciones que, obviamente, hemos de construir sobre el reconocimiento del otro como igual y de la corresponsabilidad a todos los niveles, pero que no bastarán para darle la vuelta a un mundo en el que ellas son las principales víctimas del «gobierno de los padres», incluidos esos que ahora suben fotos a Facebook acariciando a su hijo como nunca el suyo hizo con ellos.


Soy padre de un hijo adolescente y no creo que exagere si afirmo que ésta es una de las aventuras más complejas que he tenido que asumir en mi vida. A falta de libro de instrucciones, y nadando permanentemente en un mar de dudas e inseguridades, intento no naufragar en exceso y en asumir todo el proceso como un aprendizaje del que no solo él sino también yo salgamos más empoderados. Lo cual no quiere decir que nos convirtamos en hombres heroicos e imbatibles sino más bien todo lo contrario, es decir, en individuos que hayamos aprendido que la vulnerabilidad y la necesidad del otro/la otra es lo que otorga fortaleza ética a nuestra existencia. Este hondo compromiso me ha regalado algunos de los mejores momentos de mis últimos 15 años, pero también me ha restado tiempo y energías, por lo que no siempre ha sido ese estado ideal que ahora me meten por los ojos en blogs y redes sociales. He intentado, e intento, ser un buen padre, o sea, un padre dubitativo, generoso y cómplice, que no amigo de mi hijo, pero eso no me ha llevado a uno de esos paraísos que parecen sacados de un anuncio y en los que la paternidad se nos vende como si fuera la única vía posible para la felicidad. Al contrario, yo en muchos instantes me he sentido con ganas de tirar la toalla, me he arrepentido de parte de las decisiones de vida y hasta he soñado con dimitir de mi función. Y, por supuesto, he seguido construyendo otras muchas facetas de mi vida que me generan satisfacciones, que multiplican mis energías y que me ayudan a crecer como el hombre de coraje y ternura que un día me propuse ser. Todas ellas tan relevantes como mi paternidad porque sin ellas estoy seguro que mi hijo no tendría cerca al aprendiz de casi todo que continuo siendo.

Por todo ello siento de entrada tanta desconfianza hacia todo ese movimiento, que no sé si no pasa de ser una moda o, en el peor de los casos, una manera de revestir de manera políticamente correcta un neomachismo «soft», que insiste en mostrarnos una imagen brillante de nuevos padres, la cual parece ser, para algunos, el primer paso hacia la construcción de masculinidades mucho más igualitarias y empáticas. Es cierto que esa dimensión de lo privado es casi la única en la que muchos hombres hemos empezado a compartir responsabilidades y a asumirlo como un espacio que nos permite desarrollar habilidades y capacidades que durante siglos pensamos que eran propias de mujeres. No seré yo quien dude de esos padres tiernos que cada vez veo con más frecuencia en los parques o de esos hombres con carrito que generan una expectación por donde pasan digna de la portada de la revista para mujeres más «exigente». Sin embargo, y como hace ya tiempo que asumí eso de que el feminismo es una permanente «filosofía de la sospecha», no dejo de preguntarme si detrás de esa fachada hay o no una auténtica transformación, y no solo de ellos, sino sobre todo de las relaciones de género, o sea, de poder, que siguen dando forma al sistema sexo/género. Me gustaría saber cómo es el reparto de autoridad en su ámbito familiar, o cómo esos padres amorosos actúan en sus entornos laborales o si perpetúan las fratrías viriles de siempre aunque hayan cambiado los escenarios. Querría imaginar que ese esmero en jugar con los niños, o en darle la merienda, o en jugar con ellos mientras se bañan, tiene su correspondencia en la transformación de muchos de las expresiones macro y micro de una masculinidad que continúa, me temo, apoyándose en los muchos privilegios que heredamos de nuestros padres. Sería estupendo pensar que todos esos padres que recogen a sus niños del cole pero que no sé si son capaces de sacrificar parte de su recorrido profesional para que sus compañeras brillen, o que no me consta si señalan con el dedo a los colegas que a su alrededor hacen alarde de machismo o que dudo si están por la labor de militar al lado de mujeres feministas con el objetivo de hacer más justo el mundo que vivimos, tuvieran muy claro que lo personal es político y que no se trata simplemente de ser buen padre sino de asumir que ya es hora que aprendamos a restar y a dividir. Porque solo así, por ejemplo, nuestras compañeras podrán sumar oportunidades, prestigio y autoridad. Como también sería revelador comprobar que esos hombres tan cuidadores lo son también de ancianos, enfermos o dependientes, es decir, que igualmente se implican en trabajos de atención a los demás que no suelen ser tan gratificantes ni divertidos como acompañar a un hijo en su crecimiento. Todo ello por no hablar, porque eso sí que sería para nota, de lo importante que sería que fueran haciendo algunas lecturas feministas que les permitieran asumir el tapiz que han tejido millones de mujeres como un modo de vida y no como una simple bandera que enarbolan el 8M o el 25N.

Creo que corremos el riego pues de convertir las nuevas paternidades en una especie de mística mediante la cual, una vez más, asumimos las portadas y el protagonismo, acaparamos jornadas y eventos, convirtiéndonos en héroes que en vez de superpoderes llevan en sus manos ramos de flores y paquetes de pañales. Me da miedo pensar que nos volvamos a quedar en la superficie y que la conversión del 19 de marzo en día del padre igualitario no sea más que una operación cosmética de esas que hacen que todo cambie para que todo siga igual. Y todo ello porque estoy plenamente convencido de que la desigualdad entre mujeres y hombres tiene que ver con unas estructuras de poder – político, económico, cultural, simbólico – que van mucho más allá de nuestras relaciones familiares. Unas relaciones que, obviamente, hemos de construir sobre el reconocimiento del otro como igual y de la corresponsabilidad a todos los niveles, pero que no bastarán para darle la vuelta a un mundo en el que ellas son las principales víctimas del «gobierno de los padres», incluidos esos que ahora suben fotos a Facebook acariciando a sus hijos como nunca los suyos hicieron con ellos.

Publicado en THE HUFFINGTON POST, 17-3-2017:
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/la-mistica-de-las-nuevas-paternidades_a_21879956/?utm_hp_ref=es-homepage

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8M: FLORES VIOLETAS PARA LA MITAD

Me imagino que, dados los tiempos de rearme patriarcal que sufrimos, más de un neomachista se preguntará el próximo miércoles en las redes sociales qué sentido tiene seguir a estas alturas celebrando el 8 de marzo. Bastaría con responderle que más que como celebración continúa siendo necesario como día de vindicación, porque las conquistas, que sin duda las ha habido, siguen siendo precarias, parciales y no han conseguido acabar con las múltiples intersecciones que provocan en todo el planeta que las mujeres sean las más vulnerables. Bastaría con hacer números y sumar las asesinadas, las violadas o las prostituidas. Bastaría con enumerar todos los datos objetivos, y por tanto no opinables, que nos continúan mostrando que para ellas existen más obstáculos en el disfrute de muchos derechos y que su estatuto de ciudadanía, comparado con el nuestro, continúa lejos de la igualdad real. Bastaría con explicar cómo el poder, la autoridad y el prestigio siguen mayoritariamente en manos masculinas y cómo, frente el tímido pero ya imparable progreso de nuestras compañeras, muchos están reaccionando atrincherándose en su zona de confort. Miedosos ante la irreversible pérdida de privilegios y desubicados ante una realidad que empieza a negarles su tradicional heroísmo. Sobran pues razones para el paro internacional que han organizado para este año. Bastaría con recordar que las están asesinando todos los días.
A tanto machito al que últimamente parecen dar alas los espacios en los que el anonimato no oculta la cobardía, habría que dejarle muy claro en un día como el 8 de marzo que las mujeres son nada más y nada menos que la mitad de la Humanidad. Que no estamos hablando por tanto de un colectivo, ni de una minoría, ni siquiera de un grupo social al que hay que atender con la lógica formal del Derecho antidiscriminatorio. Ellas son la mitad de la ciudadanía y, por lo tanto, deberían ser la mitad del poder y de la autoridad, la mitad de la cultura y los saberes, la mitad de las propietarias y de las lideresas del planeta. Eso es justamente lo que implica reivindicar una democracia auténticamente paritaria en la que la mitad femenina no solo supere el estado de “subordiscriminación” que todavía sufre sino que también forme parte de la definición de las reglas de juego y de la construcción de los relatos que nos definen como humanos.
El 8 de marzo ha de ser pues un día de recordatorio de cómo por ejemplo las políticas de austeridad y el neolibealismo están teniendo como principales sufridoras a las mujeres, o de cómo la pretendida «nueva política» vuelve a certificar que ellas son las grandes perdedoras de todas las revoluciones, pero también ha de ser un día de reconocimiento de todas esas mujeres, habitualmente invisibles o en el mejor de los casos ocultas en notas a pie de página, que luchan cada día por transformar este mundo cruel e injusto que habitamos. Un mundo en el que nosotros, la mitad privilegiada, necesitamos no solo echarnos a un lado y renunciar a parte de nuestros dividendos, sino también aprender de todo lo que ellas pueden enseñarnos sobre el orden amoroso de la vida, la ética de los cuidados, la horizontalidad o la empatía como condición ética mediante la que superar el miedo al otro/la otra. Esas mujeres, de cuyo feminismo me nutro y que permanentemente me colocan ante el espejo de mis miserias, se merecen este miércoles mi entregado reconocimiento. Y con ellas, todas las que se quedaron por el camino, a las que como a mis abuelas no dejaron subir a los púlpitos, a las que como mi madre redujeron a ángeles del hogar, a las que como mi sobrina casi adolescente me gustaría ver libres de los Malumas de turno. Todas ellas merecen recibir este miércoles un ramo de flores violetas en las que vaya cosido con nuestros hilos vulnerables el compromiso de ser cómplices activos con todo lo que queda por transformar.
Las fronteras indecisas, Diario Córdoba, 6 de marzo de 2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/8m-flores-violetas-mitad_1128819.html
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8M: FLORES VIOLETAS PARA LA MITAD

Me imagino que, dados los tiempos de rearme patriarcal que sufrimos, más de un neomachista se preguntará el próximo miércoles en las redes sociales qué sentido tiene seguir a estas alturas celebrando el 8 de marzo. Bastaría con responderle que más que como celebración continúa siendo necesario como día de vindicación, porque las conquistas, que sin duda las ha habido, siguen siendo precarias, parciales y no han conseguido acabar con las múltiples intersecciones que provocan en todo el planeta que las mujeres sean las más vulnerables. Bastaría con hacer números y sumar las asesinadas, las violadas o las prostituidas. Bastaría con enumerar todos los datos objetivos, y por tanto no opinables, que nos continúan mostrando que para ellas existen más obstáculos en el disfrute de muchos derechos y que su estatuto de ciudadanía, comparado con el nuestro, continúa lejos de la igualdad real. Bastaría con explicar cómo el poder, la autoridad y el prestigio siguen mayoritariamente en manos masculinas y cómo, frente el tímido pero ya imparable progreso de nuestras compañeras, muchos están reaccionando atrincherándose en su zona de confort. Miedosos ante la irreversible pérdida de privilegios y desubicados ante una realidad que empieza a negarles su tradicional heroísmo. Sobran pues razones para el paro internacional que han organizado para este año. Bastaría con recordar que las están asesinando todos los días.
A tanto machito al que últimamente parecen dar alas los espacios en los que el anonimato no oculta la cobardía, habría que dejarle muy claro en un día como el 8 de marzo que las mujeres son nada más y nada menos que la mitad de la Humanidad. Que no estamos hablando por tanto de un colectivo, ni de una minoría, ni siquiera de un grupo social al que hay que atender con la lógica formal del Derecho antidiscriminatorio. Ellas son la mitad de la ciudadanía y, por lo tanto, deberían ser la mitad del poder y de la autoridad, la mitad de la cultura y los saberes, la mitad de las propietarias y de las lideresas del planeta. Eso es justamente lo que implica reivindicar una democracia auténticamente paritaria en la que la mitad femenina no solo supere el estado de “subordiscriminación” que todavía sufre sino que también forme parte de la definición de las reglas de juego y de la construcción de los relatos que nos definen como humanos.
El 8 de marzo ha de ser pues un día de recordatorio de cómo por ejemplo las políticas de austeridad y el neolibealismo están teniendo como principales sufridoras a las mujeres, o de cómo la pretendida «nueva política» vuelve a certificar que ellas son las grandes perdedoras de todas las revoluciones, pero también ha de ser un día de reconocimiento de todas esas mujeres, habitualmente invisibles o en el mejor de los casos ocultas en notas a pie de página, que luchan cada día por transformar este mundo cruel e injusto que habitamos. Un mundo en el que nosotros, la mitad privilegiada, necesitamos no solo echarnos a un lado y renunciar a parte de nuestros dividendos, sino también aprender de todo lo que ellas pueden enseñarnos sobre el orden amoroso de la vida, la ética de los cuidados, la horizontalidad o la empatía como condición ética mediante la que superar el miedo al otro/la otra. Esas mujeres, de cuyo feminismo me nutro y que permanentemente me colocan ante el espejo de mis miserias, se merecen este miércoles mi entregado reconocimiento. Y con ellas, todas las que se quedaron por el camino, a las que como a mis abuelas no dejaron subir a los púlpitos, a las que como mi madre redujeron a ángeles del hogar, a las que como mi sobrina casi adolescente me gustaría ver libres de los Malumas de turno. Todas ellas merecen recibir este miércoles un ramo de flores violetas en las que vaya cosido con nuestros hilos vulnerables el compromiso de ser cómplices activos con todo lo que queda por transformar.
Las fronteras indecisas, Diario Córdoba, 6 de marzo de 2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/8m-flores-violetas-mitad_1128819.html
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SOLO HOMBRES SOLOS FRENTE AL MAR

Más allá del drama excesivo y pretencioso que Manchester frente al mar termina siendo, lo cual hace que sus virtudes se diluyan con la ayuda inestimable de un metraje al que le sobra como mínimo media hora, lo que más interesante me ha resultado de esta película, solo aparentemente indie, es el retrato que nos ofrece de un hombre herido, que arrastra no solo el pasado trágico que vivió sino también una manera de entenderse a sí mismo que le impide pasar página. En el personaje de Lee Chandler, el solitario y huraño hombre que tiene que volver a su comunidad de origen tras la muerte de su hermano y que deberá hacerse cargo de su sobrino de 16 años, confluyen buena parte de los rasgos que han hecho y hacen de la masculinidad hegemónica un cárcel para los que habitan en ella. Lee es un hombre al que le cuesta expresar sus emociones, incluso articular palabras que generen diálogos, que carece de habilidades para generar empatía, que parece vivir más para dentro que hacia afuera. Un hombre que parece no digerir su debilidad, lo cual se convierte en su principal obstáculo para enfrentarse de una vez por todas a su propia historia y ser capaz de remontar el vuelo.
Esas incapacidades, que en parte compartimos todos los hombres que durante siglos hemos sido socializados para no asumir nuestra vulnerabilidad y para crecer convertidos en los héroes de la película, se nos muestran con rotundidad gracias a la interpretación de Casey Affleck,  cuyo rostro, a veces poco más expresivo que una roca, es como la pantalla en la que vemos desfilar el ejército de una virilidad que no parece no entender de inseguridades, flaquezas y lágrimas. La que siempre debe estar dispuesta para cumplir el papel que se exige de ella, la que ha de dar respuesta a las preguntas más complejas, la que nunca debe mostrar inseguridad ni titubeos. La que además, en el caso de Lee, carece de recursos emocionales que le permitan superar la culpa.
Es justo el reencuentro con su sobrino de 16 años, un chico que parece que solo es capaz de calmar sus penas y de responder a sus interrogantes follando con sus novias, y al que también cuesta ver mostrando emociones, ni siquiera cuando está viviendo la tragedia de la muerte del padre, el que provoca que se remuevan los lodos que durante un tiempo suponíamos en reposo. Ante esa encrucijada, en la que ya no le bastará con saber de instalaciones de fontanería y de la que no podrá escapar bebiendo cerveza, vemos cómo el hombre de paternidad «interrumpida» tiene que hacer un esfuerzo por salir de la jaula y no seguir huyendo del espejo. Y solo muy avanzada la película, al fin, vemos que se acerca al sobrino desorientado, y lo abraza. Lo que no nos queda claro es si la experiencia de los afectos y  las responsabilidades de cuidador harán que surja un nuevo Lee.
Esta historia es, por supuesto, y como suelen serlo la mayoría de las películas que se hacen, es una historia de hombres. Donde también nosotros somos los protagonistas absolutas, los héroes incluso en el dolor, los que dominamos todos los espacios y responsabilidades, pese a nuestra manifiesta incapacidad para gestionar los asuntos más emocionales. Ellas, en esta película, y como también suele ser habitual en los relatos triunfantes, son apenas personajes secundarios y muy estereotipados, apenas trazados con un par de líneas. Mujeres ausentes, mujeres que callan, mujeres que de las que apenas sabemos nada, como mucho que siguen aferrándose al amor para sobrevivir. Apenas sabemos nada del personaje que interpreta con su habitual maestría Michelle Williams, cuando se me antoja uno de los más interesantes del relato. La exmujer de Lee, que parece haber recuperado el timón de su vida, aunque en una prodigiosa escena descubramos que continúa siendo infeliz, apenas es un trazo, un boceto, un par de líneas que no salen de lo básico y de lo que se espera de una amante esposa y madre, sufridora por excelencia, siempre dispuesta a conciliar. Ahora bien, mucho más estereotipada, y condenada a la locura y la enfermedad (otro clásico del relato patriarcal), es la exmujer del hermano de Lee, de la que tampoco conocemos otras claves que aquellas que la sitúan casi en una caricatura de la mujer mala, la Eva bíblica, la bruja a la que por cierto intenta redimir un cristiano muy fundamentalista. Y, por cierto, una mala madre que es capaz de abandonar al hijo durante años y a la que tan poco vemos muy interesada por recuperarlo.
Manchester frente al mar es, pues, una película que bajo su apariencia de cine rompedor y propuesta alternativa al cine más comercial, bebe de las fuentes más clásicas del melodrama y nos ofrece un estupendo relato, eso sí, de todas las «discapacidades» que la masculinidad tradicional continúa hoy arrastrando. Tal vez por eso, aunque la Academia de Hollywood no sea consciente, Casey Affleck se haya llevado esta madrugada el Oscar al mejor actor. Gracias a un personaje que sin duda vale más que lo que él vale como actor.
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SOLO HOMBRES SOLOS FRENTE AL MAR

Más allá del drama excesivo y pretencioso que Manchester frente al mar termina siendo, lo cual hace que sus virtudes se diluyan con la ayuda inestimable de un metraje al que le sobra como mínimo media hora, lo que más interesante me ha resultado de esta película, solo aparentemente indie, es el retrato que nos ofrece de un hombre herido, que arrastra no solo el pasado trágico que vivió sino también una manera de entenderse a sí mismo que le impide pasar página. En el personaje de Lee Chandler, el solitario y huraño hombre que tiene que volver a su comunidad de origen tras la muerte de su hermano y que deberá hacerse cargo de su sobrino de 16 años, confluyen buena parte de los rasgos que han hecho y hacen de la masculinidad hegemónica un cárcel para los que habitan en ella. Lee es un hombre al que le cuesta expresar sus emociones, incluso articular palabras que generen diálogos, que carece de habilidades para generar empatía, que parece vivir más para dentro que hacia afuera. Un hombre que parece no digerir su debilidad, lo cual se convierte en su principal obstáculo para enfrentarse de una vez por todas a su propia historia y ser capaz de remontar el vuelo.
Esas incapacidades, que en parte compartimos todos los hombres que durante siglos hemos sido socializados para no asumir nuestra vulnerabilidad y para crecer convertidos en los héroes de la película, se nos muestran con rotundidad gracias a la interpretación de Casey Affleck,  cuyo rostro, a veces poco más expresivo que una roca, es como la pantalla en la que vemos desfilar el ejército de una virilidad que no parece no entender de inseguridades, flaquezas y lágrimas. La que siempre debe estar dispuesta para cumplir el papel que se exige de ella, la que ha de dar respuesta a las preguntas más complejas, la que nunca debe mostrar inseguridad ni titubeos. La que además, en el caso de Lee, carece de recursos emocionales que le permitan superar la culpa.
Es justo el reencuentro con su sobrino de 16 años, un chico que parece que solo es capaz de calmar sus penas y de responder a sus interrogantes follando con sus novias, y al que también cuesta ver mostrando emociones, ni siquiera cuando está viviendo la tragedia de la muerte del padre, el que provoca que se remuevan los lodos que durante un tiempo suponíamos en reposo. Ante esa encrucijada, en la que ya no le bastará con saber de instalaciones de fontanería y de la que no podrá escapar bebiendo cerveza, vemos cómo el hombre de paternidad «interrumpida» tiene que hacer un esfuerzo por salir de la jaula y no seguir huyendo del espejo. Y solo muy avanzada la película, al fin, vemos que se acerca al sobrino desorientado, y lo abraza. Lo que no nos queda claro es si la experiencia de los afectos y  las responsabilidades de cuidador harán que surja un nuevo Lee.
Esta historia es, por supuesto, y como suelen serlo la mayoría de las películas que se hacen, es una historia de hombres. Donde también nosotros somos los protagonistas absolutas, los héroes incluso en el dolor, los que dominamos todos los espacios y responsabilidades, pese a nuestra manifiesta incapacidad para gestionar los asuntos más emocionales. Ellas, en esta película, y como también suele ser habitual en los relatos triunfantes, son apenas personajes secundarios y muy estereotipados, apenas trazados con un par de líneas. Mujeres ausentes, mujeres que callan, mujeres que de las que apenas sabemos nada, como mucho que siguen aferrándose al amor para sobrevivir. Apenas sabemos nada del personaje que interpreta con su habitual maestría Michelle Williams, cuando se me antoja uno de los más interesantes del relato. La exmujer de Lee, que parece haber recuperado el timón de su vida, aunque en una prodigiosa escena descubramos que continúa siendo infeliz, apenas es un trazo, un boceto, un par de líneas que no salen de lo básico y de lo que se espera de una amante esposa y madre, sufridora por excelencia, siempre dispuesta a conciliar. Ahora bien, mucho más estereotipada, y condenada a la locura y la enfermedad (otro clásico del relato patriarcal), es la exmujer del hermano de Lee, de la que tampoco conocemos otras claves que aquellas que la sitúan casi en una caricatura de la mujer mala, la Eva bíblica, la bruja a la que por cierto intenta redimir un cristiano muy fundamentalista. Y, por cierto, una mala madre que es capaz de abandonar al hijo durante años y a la que tan poco vemos muy interesada por recuperarlo.
Manchester frente al mar es, pues, una película que bajo su apariencia de cine rompedor y propuesta alternativa al cine más comercial, bebe de las fuentes más clásicas del melodrama y nos ofrece un estupendo relato, eso sí, de todas las «discapacidades» que la masculinidad tradicional continúa hoy arrastrando. Tal vez por eso, aunque la Academia de Hollywood no sea consciente, Casey Affleck se haya llevado esta madrugada el Oscar al mejor actor. Gracias a un personaje que sin duda vale más que lo que él vale como actor.
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FENCES, EL PODER DEL PADRE

El patriarcado consiste en el poder de los padres: un sistema familiar y social, ideológico y político en el que los hombres- a través de la fuerza, la presión directa, los rituales, la tradición, la ley y el lenguaje, las costumbres, la etiqueta, la educación y la división del trabajo – deciden cuál es o no es el papel que las mujeres deben interpretar y en el que las mujeres están en toda circunstancia sometidas al varón”
No he podido evitar recordar la descriptiva y acertada definición que del patriarcado haceAdrienne Rich en su imprescindible Nacemos de mujer al ver la película Fences. La más que notable adaptación cinematográfica que Denzel Washington ha realizado de la obra de teatro de August Wilson que ya había triunfado en los escenarios es mucho más que una historia sobre los prejuicios raciales en los Estados Unidos de los años 50. Por encima de ese relato, que efectivamente es central en la película, en ella nos encontramos el retrato perfecto de cómo en el entorno familiar se construye y expresa el poder del padre. Troy, interpretado de manera soberbia por el mismo Denzel Washington, encarna a la perfección al sujeto proveedor, que se proyecta en lo público (aunque como en el caso del personaje podamos considerarlo un fracasado) y que por supuesto tiene vida más allá de la cerca o valla – las simbólicas fences del título – con la que pretende rodear la casa en la que se recluye su mujer y de la que entran y salen los hijos. Una vida más ella de la cerca en la que también cabe una amante, la otra, la que le da, según él mismo, todo eso que su mujer no es capaz de darle.

Por encima del relato racial, que efectivamente es central en la película, en ella nos encontramos el retrato perfecto de cómo en el entorno familiar se construye y expresa el poder del padre.

A Troy lo vemos permanentemente ejerciendo autoridad sobre su mujer y sus hijos, poniendo orden o intentando ponerlo, estableciendo reglas y límites. En este sentido, es clarificadora la conversación que tiene con uno de sus hijos casi al principio de la película en la que subraya la condición heroica de padre proveedor y en la que deja muy claro quién manda en aquella casa. “Sí, señor” es la respuesta que Cory, el chaval adolescente que está deseando “matar al padre” (metafóricamente hablando), debe repetir frente al dueño de la casa. Como si fuera un soldado disciplinado, un subordinado frente a su jefe, un esclavo frente a su propietario. En esta relación de dominio juega un papel esencial el miedo: Cory crece temiendo al padre, esquivándolo para no recibir sus golpes, huyendo para al fin poder hacer su propia vida. Todo un clásico en el ejercicio del poder por parte de la masculinidad hegemónica: frente a los vínculos voluntarios que genera el afecto y la empatía, las cadenas que fabrica el miedo a quién siempre tiene la última palabra. La masculinidad hegemónica construida sobre la fuerza, la violencia y la subordinación de los otros.

Todo un clásico en el ejercicio del poder por parte de la masculinidad hegemónica: frente a los vínculos voluntarios que genera el afecto y la empatía, las cadenas que fabrica el miedo a quién siempre tiene la última palabra.

Como buen patriarca, Troy siente que es el dueño y poseedor no solo de la casa que tanto esfuerzo le ha costado pagar – solo cuenta su esfuerzo, por supuesto no es valorado el trabajo realizado sin compensación por la esposa durante los años en que ella ha sido fiel compañera, madre y cuidadora- sino también de quienes habitan en ella. Esa posesión la vemos sobre todo proyectada hacia Rose, la mujer con la que lleva casado más de quince años, y a la que vemos tratar como si fuera de su propiedad. Incluso cuando la llama o se dirige a ella, detectamos que para él ella representa la sujeta siempre atenta a sus requerimientos. Cuando vuelve a casa, del trabajo o del bar, la llama a gritos desde la esquina, porque ella siempre está: en la cocina, zurciendo calcetines, tendiendo ropa. Ella es la eterna Penélope. Pero también las sometidas se rebelan: No soy tu animal doméstico, le dice ella en un tenso momento de la historia. Domus: el hogar como espacio de la mujer domesticada.
Y cuando estalle el drama, que no adelanto para no fastidiar a quienes no hayan visto la película, Rose responderá desde los afectos y la entrega, aun cuando la ira esté inflamando su pecho. La mujer se hará madre para evitar que las heridas sangren aunque ese ejercicio de generosidad – las mujeres siempre como paradigma de la entrega a los demás, amorosas esclavas que dan sin recibir – le sirva también para poner su “cerca” particular frente a Troy. Pese al dolor, ella continuará siendo la cuidadora, la sanadora, la que logra al final de la historia que Cory también perdone al padre puñetero. Así completamos el círculo perfecto de la sufriente esposa, la madre entregada, la santa generosa y humilde. La que, aunque no sepamos si es consciente de ello o no, no ha hecho otra cosa en su vida que vivir por y para los demás. La experta en coser desperfectos, en aguantar y en callar, en hacer posible que el tapiz no se deshilache del todo.

Así completamos el círculo perfecto de la sufriente esposa, la madre entregada, la santa generosa y humilde. La que, aunque no sepamos si es consciente de ello o no, no ha hecho otra cosa en su vida que vivir por y para los demás.

La complejidad del personaje de Rose, atrapada en un mundo en el que ella no ha tenido nunca posibilidad de dictar las reglas, condicionada por un amor que le hace siempre entregarse y no dejarse llevar por la ira, nos es transmitida gracias al prodigioso talento de esa enorme actriz que es Viola Davis. Solo por su impecable interpretación merece la pena ver Fences, porque en su rostro es posible hallar las huellas de todo el sufrimiento de millones de mujeres. Porque en ella – en la actriz y en el personaje – vemos cómo interseccionan el género y el color de piel como factores que multiplican su vulnerabilidad. Porque su Rose vuelve a demostrarnos eso que también Adrienne Rich ha explicado con tanta lucidez y que esta película nos recuerda con cierta amargura: cómo los seres humanos conocemos por primera vez el amor y la decepción, el poder y la ternura en la persona de una mujer.
PUBLICADO EN TRIBUNA FEMINISTA, 25-2-17:
http://www.tribunafeminista.org/2017/02/fendes-el-poder-del-padre/
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FENCES, EL PODER DEL PADRE

El patriarcado consiste en el poder de los padres: un sistema familiar y social, ideológico y político en el que los hombres- a través de la fuerza, la presión directa, los rituales, la tradición, la ley y el lenguaje, las costumbres, la etiqueta, la educación y la división del trabajo – deciden cuál es o no es el papel que las mujeres deben interpretar y en el que las mujeres están en toda circunstancia sometidas al varón”
No he podido evitar recordar la descriptiva y acertada definición que del patriarcado haceAdrienne Rich en su imprescindible Nacemos de mujer al ver la película Fences. La más que notable adaptación cinematográfica que Denzel Washington ha realizado de la obra de teatro de August Wilson que ya había triunfado en los escenarios es mucho más que una historia sobre los prejuicios raciales en los Estados Unidos de los años 50. Por encima de ese relato, que efectivamente es central en la película, en ella nos encontramos el retrato perfecto de cómo en el entorno familiar se construye y expresa el poder del padre. Troy, interpretado de manera soberbia por el mismo Denzel Washington, encarna a la perfección al sujeto proveedor, que se proyecta en lo público (aunque como en el caso del personaje podamos considerarlo un fracasado) y que por supuesto tiene vida más allá de la cerca o valla – las simbólicas fences del título – con la que pretende rodear la casa en la que se recluye su mujer y de la que entran y salen los hijos. Una vida más ella de la cerca en la que también cabe una amante, la otra, la que le da, según él mismo, todo eso que su mujer no es capaz de darle.

Por encima del relato racial, que efectivamente es central en la película, en ella nos encontramos el retrato perfecto de cómo en el entorno familiar se construye y expresa el poder del padre.

A Troy lo vemos permanentemente ejerciendo autoridad sobre su mujer y sus hijos, poniendo orden o intentando ponerlo, estableciendo reglas y límites. En este sentido, es clarificadora la conversación que tiene con uno de sus hijos casi al principio de la película en la que subraya la condición heroica de padre proveedor y en la que deja muy claro quién manda en aquella casa. “Sí, señor” es la respuesta que Cory, el chaval adolescente que está deseando “matar al padre” (metafóricamente hablando), debe repetir frente al dueño de la casa. Como si fuera un soldado disciplinado, un subordinado frente a su jefe, un esclavo frente a su propietario. En esta relación de dominio juega un papel esencial el miedo: Cory crece temiendo al padre, esquivándolo para no recibir sus golpes, huyendo para al fin poder hacer su propia vida. Todo un clásico en el ejercicio del poder por parte de la masculinidad hegemónica: frente a los vínculos voluntarios que genera el afecto y la empatía, las cadenas que fabrica el miedo a quién siempre tiene la última palabra. La masculinidad hegemónica construida sobre la fuerza, la violencia y la subordinación de los otros.

Todo un clásico en el ejercicio del poder por parte de la masculinidad hegemónica: frente a los vínculos voluntarios que genera el afecto y la empatía, las cadenas que fabrica el miedo a quién siempre tiene la última palabra.

Como buen patriarca, Troy siente que es el dueño y poseedor no solo de la casa que tanto esfuerzo le ha costado pagar – solo cuenta su esfuerzo, por supuesto no es valorado el trabajo realizado sin compensación por la esposa durante los años en que ella ha sido fiel compañera, madre y cuidadora- sino también de quienes habitan en ella. Esa posesión la vemos sobre todo proyectada hacia Rose, la mujer con la que lleva casado más de quince años, y a la que vemos tratar como si fuera de su propiedad. Incluso cuando la llama o se dirige a ella, detectamos que para él ella representa la sujeta siempre atenta a sus requerimientos. Cuando vuelve a casa, del trabajo o del bar, la llama a gritos desde la esquina, porque ella siempre está: en la cocina, zurciendo calcetines, tendiendo ropa. Ella es la eterna Penélope. Pero también las sometidas se rebelan: No soy tu animal doméstico, le dice ella en un tenso momento de la historia. Domus: el hogar como espacio de la mujer domesticada.
Y cuando estalle el drama, que no adelanto para no fastidiar a quienes no hayan visto la película, Rose responderá desde los afectos y la entrega, aun cuando la ira esté inflamando su pecho. La mujer se hará madre para evitar que las heridas sangren aunque ese ejercicio de generosidad – las mujeres siempre como paradigma de la entrega a los demás, amorosas esclavas que dan sin recibir – le sirva también para poner su “cerca” particular frente a Troy. Pese al dolor, ella continuará siendo la cuidadora, la sanadora, la que logra al final de la historia que Cory también perdone al padre puñetero. Así completamos el círculo perfecto de la sufriente esposa, la madre entregada, la santa generosa y humilde. La que, aunque no sepamos si es consciente de ello o no, no ha hecho otra cosa en su vida que vivir por y para los demás. La experta en coser desperfectos, en aguantar y en callar, en hacer posible que el tapiz no se deshilache del todo.

Así completamos el círculo perfecto de la sufriente esposa, la madre entregada, la santa generosa y humilde. La que, aunque no sepamos si es consciente de ello o no, no ha hecho otra cosa en su vida que vivir por y para los demás.

La complejidad del personaje de Rose, atrapada en un mundo en el que ella no ha tenido nunca posibilidad de dictar las reglas, condicionada por un amor que le hace siempre entregarse y no dejarse llevar por la ira, nos es transmitida gracias al prodigioso talento de esa enorme actriz que es Viola Davis. Solo por su impecable interpretación merece la pena ver Fences, porque en su rostro es posible hallar las huellas de todo el sufrimiento de millones de mujeres. Porque en ella – en la actriz y en el personaje – vemos cómo interseccionan el género y el color de piel como factores que multiplican su vulnerabilidad. Porque su Rose vuelve a demostrarnos eso que también Adrienne Rich ha explicado con tanta lucidez y que esta película nos recuerda con cierta amargura: cómo los seres humanos conocemos por primera vez el amor y la decepción, el poder y la ternura en la persona de una mujer.
PUBLICADO EN TRIBUNA FEMINISTA, 25-2-17:
http://www.tribunafeminista.org/2017/02/fendes-el-poder-del-padre/
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FEMINISMO EMANCIPADOR VERSUS MULTICULTURALISMO ACRÍTICO

En los últimos años no han dejado de aparecer en los medios noticias que han tenido como protagonistas a mujeres a las que hemos visto en encrucijadas derivadas de su identidad cultural o religiosa. Hace apenas unas semanas leíamos cómo un juzgado de Palma, apoyándose en la libertad religiosa de la demandante, respaldaba el uso del velo islámico de una azafata de tierra a la que la empresa Acciona se lo había prohibido (http://politica.elpais.com/politica/2017/02/13/actualidad/1486988386_177187.html). A principios de año, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos fallaba en contra de un matrimonio musulmán que se negó a que sus hijas fueran a clases mixtas de natación en Suiza (http://internacional.elpais.com/internacional/2017/01/10/actualidad/1484050734_880287.html).  Han sido innumerables los casos en los que el conflicto se ha planteado con respecto al uso por parte de menores de símbolos religiosos en la escuela (http://ccaa.elpais.com/ccaa/2016/09/19/valencia/1474289825_103412.html), por no hablar de polémicas convertidas en espectáculo mediático como la prohibición del burkini el pasado verano(http://internacional.elpais.com/internacional/2016/08/26/actualidad/1472217871_554853.html). Todas estas noticias tienen en común dos elementos: 1º) los sujetos que portan un determinado símbolo o que tratan de cumplir con un determinado código de conducta son mujeres; 2º) con diferente intensidad, en todos los casos asistimos a un posible conflicto entre las normas propias de una cultura, en la mayoría de los casos vinculada directa o indirectamente a creencias religiosas, y los valores que hemos asumido como comunes en ese imperfecto pero admirable pacto social que hemos denominado “constitucionalismo”. Estas dos referencias nos ponen sobre la pista de las dos cuestiones que interseccionan entre sí y que constituyen uno de los grandes retos de nuestros sistemas democráticos. De una parte, la garantía de unas sociedades interculturales en las que hagamos posible un más que aceptable equilibrio entre igualdad y pluralismo. De otra, la protección de los derechos de las mujeres y de las niñas como presupuesto ineludible de una democracia que para ser tal necesita considerarlas sujetos autónomos y con voz propia. El hecho de que sean precisamente ellas, las mujeres de determinadas culturas, las que se vean sometidas a presiones y se conviertan en foco de conflictos, mientras que sus compañeros varones carecen de las mismas ataduras, obliga a que enfoquemos todas estas cuestiones desde una perspectiva de género, es decir, teniendo en cuenta que las relaciones de poder sobre las que se construyen las culturas y en las que tradicionalmente las mujeres están en posiciones de subordiscriminación.  Unas posiciones que alimentan en general todas las religiones, muy especialmente las monoteístas, las cuales se apoyan en dogmas creados o interpretados por jerarcas masculinos que, a su vez, se traducen en normas y reglas que perpetúan la desigualdad de género. Todo ello nos obliga, de entrada, a asumir que la mayoría de los conflictos que se plantean no son tanto de tipo religioso o cultural sino político – hablamos de poder, de estatus, de ciudadanía – y de que sólo aplicando el principio de igualdad, en cuanto fundamento de nuestro pacto social, podremos gestionarlos adecuadamente. Esta perspectiva nos obliga a tener presente la dimensión interseccional de la discriminación que sufren las mujeres, al tiempo que no perdemos de vista que, como bien nos advierte Nancy Fraser, identidad, participación y distribución de bienes y recursos van de la mano.

Por lo tanto, frente a un multiculturalismo “acrítico”, que de manera ciertamente paradójica ha sido el más extendido en cierta izquierda europea, la creciente diversidad cultural y religiosa de nuestras sociedades debería obligarnos a replantear los fundamentos del “pacto social” – poder, ciudadanía, igualdad, derechos humanos – con el objetivo último de que el sistema permita garantizar el libre desarrollo de la personalidad de todos y de todas. Un objetivo que exige por poner las bases sociales, políticas, culturales y económicas para que las mujeres dejen de ser heterodesignadas. Ello implica situar el concepto de autonomíaen el foco de atención principal en los debates que hoy tenemos abiertos en torno a los derechos humanos de las mujeres. Este concepto, que nada tiene que ver con la “libre elección” mitificado por el neoliberalismo, y que ha de situarse siempre en un contexto relacional, obliga entre otras cosas a la liberación de adscripciones coercitivas y a la participación pública en condiciones de igualdad. Algo que sigue siendo todavía hoy un reto para las mujeres en muchos contextos culturales en los que continúan estando condenadas a ser las “guardianas de las tradiciones”,  mientras que sus compañeros varones ejercen poder en lo público y en lo privado sin sentirse maniatados ni por dioses ni por costumbres.

Este proceso no debería olvidar que la teoría de los derechos es necesariamente una teoría de límites – por lo tanto, los derechos humanos de las mujeres y niñas deberían ser un barrera incuestionable frente a cualquier práctica religiosa o cultural que pretenda ampararse en libertades como la de conciencia o religiosa – y que al tiempo que plantamos cara al patriarca que identificamos con claridad en otros contextos deberíamos someter a crítica el jerarca que habita en la nuestra. De ahí mi convencimiento de que el feminismo, entendido como pensamiento radicalmente humanista y como propuesta de acción política que pretende darle la vuelta a un orden político y cultura hecho a imagen y semejanza de los privilegios masculinos, constituye la mejor herramienta para revisar los derechos humanos desde una lógica de emancipación y autonomía. Solo desde esa mirada será posible ir encontrando respuestas a los inevitables conflictos de unas sociedades cada vez más diversas en las que las mujeres continúan siendo las más vulnerables. En este sentido, es urgente no perder de vista la dimensión transnacional del feminismo, en lucha siempre contra las injusticias globales, y la necesidad de fomentar diálogos entre eso que Celia Amorós denominó hace tiempo las “vetas de ilustración” presentes en todas las culturas. Por eso no estaría mal despojarnos del peso etnocéntrico que a veces nos ciega desde nuestra posición global dominante así como de la creencia de que solo las mujeres blancas y occidentales son capaces de articular un discurso feminista. Unos diálogos que, por cierto, solo serán posibles en un marco laico y en el que desde lo público se garanticen los derechos sociales como fundamentales.

A estos retos, que en la práctica plantean muchos dilemas éticos, políticos y jurídicos, constituyen, he dedicado mi último trabajo de investigación en el que planteo cuáles serían, a mi parecer, los itinerarios feministas para una democracia intercultural (https://issuu.com/tirantloblanch/docs/99d98bb05d558b696e8d14e0e7f9cdfb?e=1601165/44625800#search). O, lo que es lo mismo, para empezar a rebelarnos contra las injusticias que provocan la suma de tres dominaciones – la neoliberal, la etnocéntrica y la patriarcal – y que tiene como principales víctimas a las niñas y a las mujeres del planeta. Les invito a seguir el mapa y a asumir el reto: nos va la democracia,  y las vidas de muchas niñas y mujeres, en ello.

Autonomía, género y diversidad: itinerarios feministas para una democracia intercultural, Tirant lo Blanch, Valencia, 2017.

Fotografía: Caperucita Roja, de Fernando Bayona (cedida por el autor para la portada del libro).
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FEMINISMO EMANCIPADOR VERSUS MULTICULTURALISMO ACRÍTICO

En los últimos años no han dejado de aparecer en los medios noticias que han tenido como protagonistas a mujeres a las que hemos visto en encrucijadas derivadas de su identidad cultural o religiosa. Hace apenas unas semanas leíamos cómo un juzgado de Palma, apoyándose en la libertad religiosa de la demandante, respaldaba el uso del velo islámico de una azafata de tierra a la que la empresa Acciona se lo había prohibido (http://politica.elpais.com/politica/2017/02/13/actualidad/1486988386_177187.html). A principios de año, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos fallaba en contra de un matrimonio musulmán que se negó a que sus hijas fueran a clases mixtas de natación en Suiza (http://internacional.elpais.com/internacional/2017/01/10/actualidad/1484050734_880287.html).  Han sido innumerables los casos en los que el conflicto se ha planteado con respecto al uso por parte de menores de símbolos religiosos en la escuela (http://ccaa.elpais.com/ccaa/2016/09/19/valencia/1474289825_103412.html), por no hablar de polémicas convertidas en espectáculo mediático como la prohibición del burkini el pasado verano(http://internacional.elpais.com/internacional/2016/08/26/actualidad/1472217871_554853.html). Todas estas noticias tienen en común dos elementos: 1º) los sujetos que portan un determinado símbolo o que tratan de cumplir con un determinado código de conducta son mujeres; 2º) con diferente intensidad, en todos los casos asistimos a un posible conflicto entre las normas propias de una cultura, en la mayoría de los casos vinculada directa o indirectamente a creencias religiosas, y los valores que hemos asumido como comunes en ese imperfecto pero admirable pacto social que hemos denominado “constitucionalismo”. Estas dos referencias nos ponen sobre la pista de las dos cuestiones que interseccionan entre sí y que constituyen uno de los grandes retos de nuestros sistemas democráticos. De una parte, la garantía de unas sociedades interculturales en las que hagamos posible un más que aceptable equilibrio entre igualdad y pluralismo. De otra, la protección de los derechos de las mujeres y de las niñas como presupuesto ineludible de una democracia que para ser tal necesita considerarlas sujetos autónomos y con voz propia. El hecho de que sean precisamente ellas, las mujeres de determinadas culturas, las que se vean sometidas a presiones y se conviertan en foco de conflictos, mientras que sus compañeros varones carecen de las mismas ataduras, obliga a que enfoquemos todas estas cuestiones desde una perspectiva de género, es decir, teniendo en cuenta que las relaciones de poder sobre las que se construyen las culturas y en las que tradicionalmente las mujeres están en posiciones de subordiscriminación.  Unas posiciones que alimentan en general todas las religiones, muy especialmente las monoteístas, las cuales se apoyan en dogmas creados o interpretados por jerarcas masculinos que, a su vez, se traducen en normas y reglas que perpetúan la desigualdad de género. Todo ello nos obliga, de entrada, a asumir que la mayoría de los conflictos que se plantean no son tanto de tipo religioso o cultural sino político – hablamos de poder, de estatus, de ciudadanía – y de que sólo aplicando el principio de igualdad, en cuanto fundamento de nuestro pacto social, podremos gestionarlos adecuadamente. Esta perspectiva nos obliga a tener presente la dimensión interseccional de la discriminación que sufren las mujeres, al tiempo que no perdemos de vista que, como bien nos advierte Nancy Fraser, identidad, participación y distribución de bienes y recursos van de la mano.

Por lo tanto, frente a un multiculturalismo “acrítico”, que de manera ciertamente paradójica ha sido el más extendido en cierta izquierda europea, la creciente diversidad cultural y religiosa de nuestras sociedades debería obligarnos a replantear los fundamentos del “pacto social” – poder, ciudadanía, igualdad, derechos humanos – con el objetivo último de que el sistema permita garantizar el libre desarrollo de la personalidad de todos y de todas. Un objetivo que exige por poner las bases sociales, políticas, culturales y económicas para que las mujeres dejen de ser heterodesignadas. Ello implica situar el concepto de autonomíaen el foco de atención principal en los debates que hoy tenemos abiertos en torno a los derechos humanos de las mujeres. Este concepto, que nada tiene que ver con la “libre elección” mitificado por el neoliberalismo, y que ha de situarse siempre en un contexto relacional, obliga entre otras cosas a la liberación de adscripciones coercitivas y a la participación pública en condiciones de igualdad. Algo que sigue siendo todavía hoy un reto para las mujeres en muchos contextos culturales en los que continúan estando condenadas a ser las “guardianas de las tradiciones”,  mientras que sus compañeros varones ejercen poder en lo público y en lo privado sin sentirse maniatados ni por dioses ni por costumbres.

Este proceso no debería olvidar que la teoría de los derechos es necesariamente una teoría de límites – por lo tanto, los derechos humanos de las mujeres y niñas deberían ser un barrera incuestionable frente a cualquier práctica religiosa o cultural que pretenda ampararse en libertades como la de conciencia o religiosa – y que al tiempo que plantamos cara al patriarca que identificamos con claridad en otros contextos deberíamos someter a crítica el jerarca que habita en la nuestra. De ahí mi convencimiento de que el feminismo, entendido como pensamiento radicalmente humanista y como propuesta de acción política que pretende darle la vuelta a un orden político y cultura hecho a imagen y semejanza de los privilegios masculinos, constituye la mejor herramienta para revisar los derechos humanos desde una lógica de emancipación y autonomía. Solo desde esa mirada será posible ir encontrando respuestas a los inevitables conflictos de unas sociedades cada vez más diversas en las que las mujeres continúan siendo las más vulnerables. En este sentido, es urgente no perder de vista la dimensión transnacional del feminismo, en lucha siempre contra las injusticias globales, y la necesidad de fomentar diálogos entre eso que Celia Amorós denominó hace tiempo las “vetas de ilustración” presentes en todas las culturas. Por eso no estaría mal despojarnos del peso etnocéntrico que a veces nos ciega desde nuestra posición global dominante así como de la creencia de que solo las mujeres blancas y occidentales son capaces de articular un discurso feminista. Unos diálogos que, por cierto, solo serán posibles en un marco laico y en el que desde lo público se garanticen los derechos sociales como fundamentales.

A estos retos, que en la práctica plantean muchos dilemas éticos, políticos y jurídicos, constituyen, he dedicado mi último trabajo de investigación en el que planteo cuáles serían, a mi parecer, los itinerarios feministas para una democracia intercultural (https://issuu.com/tirantloblanch/docs/99d98bb05d558b696e8d14e0e7f9cdfb?e=1601165/44625800#search). O, lo que es lo mismo, para empezar a rebelarnos contra las injusticias que provocan la suma de tres dominaciones – la neoliberal, la etnocéntrica y la patriarcal – y que tiene como principales víctimas a las niñas y a las mujeres del planeta. Les invito a seguir el mapa y a asumir el reto: nos va la democracia,  y las vidas de muchas niñas y mujeres, en ello.

Autonomía, género y diversidad: itinerarios feministas para una democracia intercultural, Tirant lo Blanch, Valencia, 2017.

Fotografía: Caperucita Roja, de Fernando Bayona (cedida por el autor para la portada del libro).

PUBLICADO EN THE HUFFINGTON POST, 25-2-17:
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/feminismo-emancipador-vs-_1_b_14955238.html
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SIN MAGISTRADAS NO ES CONSTITUCIONAL

El concepto de democracia paritaria ha dado lugar en las últimas décadas a un permanente debate en torno a su significado y, sobre todo, en torno a las consecuencias en que ha de proyectarse en nuestros sistemas constitucionales. Aunque han predominando las discusiones centradas en su dimensión más cuantitativa —la presencia de las mujeres en posiciones de poder y los instrumentos para hacerla efectiva—, no deberíamos olvidar que la paridad tiene también una dimensión cualitativa que nos remite a las raíces mismas de la democracia.
Si efectivamente la igualdad es el principio jurídico y el valor ético que sustenta el sistema que, pese a sus miserias, es el que mejor garantiza los derechos y libertades de los individuos, difícilmente el mismo merecerá el calificativo de democrático si la mitad femenina no goza de un estatuto de ciudadanía igual al de los hombres. Es decir, si no participan en las mismas condiciones y con las mismas oportunidades en el ejercicio del poder y si el sexo continúa siendo determinante de discriminaciones. Por lo tanto, no es osada sino por el contrario obligada consecuencia afirmar que la democracia o es paritaria o no es.
A la espera de que el principio de paridad se incorpore de manera expresa en una urgente y necesaria reforma constitucional, no podemos negar a estas alturas que el mismo forma parte de las esencias del sistema y que, por lo tanto, ha de proyectarse en cualquier actuación de los poderes públicos y ha de presidir cualquier interpretación que hagamos de nuestro ordenamiento jurídico. Porque, insisto, estamos hablando nada más y nada menos que del derecho fundamental de las mujeres a acceder al espacio público, a participar en el ejercicio del poder y a formar parte de la definición de las políticas que nos afectan a todas y a todos.

El denominado mainstreaming de género nos obliga, y así se subrayó hace años en el Derecho Comunitario, a que la igualdad de mujeres y hombres no solo sea un principio transversal a cualquier política, sino que ha de ser el principal, en cuanto que nos remite a la condición esencial que como individuos nos sitúa en el espacio democrático. De ahí, por tanto, que las mujeres, en cuanto ciudadanas, tengan el mismo derecho que nosotros a estar en las instituciones, sin que en su caso, como suele ser habitual, se les exija un plus de méritos o capacidades. Tienen el mismo derecho que nosotros a estar y, por lo tanto, como diría Amelia Valcárcel, a ser tan malas como nosotros podemos serlo en el ejercicio del poder.
Estas lecciones básicas de democracia —porque no se trata de otra cuestión aunque algunos interesadamente, supongo que para mantener sus dividendos, las identifiquen como una reivindicación feminista y , por tanto, según ellos, parcial— deberían tenerlas presentes los partidos políticos que en fechas próximas tendrán que participar en la selección y nombramiento de las personas que integran el Tribunal Constitucional.
No creo que haga falta recordar el evidente desequilibrio que ha existido y que existe en su composición, como tampoco creo necesario recordar que el importantísimo papel que dicho órgano juega en la garantía de nuestro sistema. Simplemente teniendo en cuenta que el Tribunal Constitucional tiene entre sus funciones decidir cuando una ley es o no constitucional, además de que actúa como último garante de nuestros derechos fundamentales a través del recurso de amparo, bastaría para que fuese más que evidente la necesidad de su composición equilibrada. Y no solo porque se trate de un mandato establecido expresamente en el art. 16 de la LO 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, sino porque por exigencia democrática las ciudadanas deben estar presentes en un órgano que permanentemente está interpretando, acomodando y en ocasiones (no siempre) dándole vitalidad a nuestro ordenamiento. De ahí que, por ejemplo, no se entienda que hayamos puesto correctivos para que el Parlamento tenga una composición equilibrada de mujeres y hombres, mientras que dejamos que el Tribunal Constitucional —que con frecuencia actúa como un “legislador negativo”— siga ocupado mayoritariamente por varones.
Insisto: se trata de una reivindicación que deriva del mismo derecho de ciudadanía que tienen las mujeres pero también de la necesidad de que todas las instancias públicas reflejen las múltiples miradas que pueden hacerse sobre la sociedad que vivimos. De ahí que la paridad, también en el Tribunal Constitucional, acabe siendo garantía de mayor justicia social y de respuestas más ajustadas a una realidad marcada por las relaciones de género.
Y, por supuesto, frente a estas exigencias radicales, porque de hecho se nutren de los raíces del constitucionalismo, no vale esgrimir el argumento facilón, y perversamente machista, de que no hay suficientes mujeres juristas para optar a los sillones del Constitucional. Habría que recordarle al ministro de Justicia, que por cierto forma parte de un gobierno en el que la paridad brilla por su ausencia, (no sé si porque en el PP carecen de afiliadas o simpatizantes con el mismo nivel de competencia que los hombres), que las mujeres llevan ya décadas demostrando, también en el ámbito del Derecho, que son tan o más brillantes que nosotros, o como mínimo, igual de mediocres o malas que sus colegas varones. Escudarse en ese tipo de argumentos es la prueba más evidente de que la política y su principal instrumento, el Derecho, siguen en manos de los jerarcas patriarcales que se resisten a abandonar sus posiciones de privilegio. Porque, claro, para que entren ellas, algunos de ellos deberán hacerse a un lado.

Las mujeres tienen el mismo derecho que nosotros a estar en las instituciones, sin que, como suele ser habitual, se les exija un plus de méritos o capacidades
Esperemos pues que próximamente el Tribunal Constitucional, que por cierto no goza de la buena salud que debiera, responda al fin a un equilibrio desde el punto de vista de género, tal y como por cierto responde a otro tipo de equilibrios —territoriales, partidistas— que nadie parece discutir. Así lo reclama la Asociación Española de Mujeres Juezas y con ella todas las personas que hemos firmado un manifiesto llamando la atención de quienes en próximas fechas tendrán en sus manos la posibilidad de hacer un órgano paritario, es decir, democrático, o si por el contrario deciden que siga obedeciendo a los dictados de eso que Clara Campoamor denominó “república aristocrática de privilegio masculino”. Es la salud de nuestro sistema democrático, recordemos, la que está en juego.

Blog Mujeres EL PAÍS, 21 de febrero de 2017:
http://elpais.com/elpais/2017/02/21/mujeres/1487674290_371001.html

MANIFIESTO: ‘POR UN TRIBUNAL CONSTITUCIONAL EQUILIBRADO’

Si quieres firmar el manifiesto, redactado por la Asociación de Mujeres Juezas y que reivindica una verdadera participación de las mujeres en todas las esferas sociales, políticas, culturales o judiciales, puedes hacerlo en el siguiente enlace: Por un Tribunal Constitucional  equilibrado.
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SIN MAGISTRADAS NO ES CONSTITUCIONAL

El concepto de democracia paritaria ha dado lugar en las últimas décadas a un permanente debate en torno a su significado y, sobre todo, en torno a las consecuencias en que ha de proyectarse en nuestros sistemas constitucionales. Aunque han predominando las discusiones centradas en su dimensión más cuantitativa —la presencia de las mujeres en posiciones de poder y los instrumentos para hacerla efectiva—, no deberíamos olvidar que la paridad tiene también una dimensión cualitativa que nos remite a las raíces mismas de la democracia.
Si efectivamente la igualdad es el principio jurídico y el valor ético que sustenta el sistema que, pese a sus miserias, es el que mejor garantiza los derechos y libertades de los individuos, difícilmente el mismo merecerá el calificativo de democrático si la mitad femenina no goza de un estatuto de ciudadanía igual al de los hombres. Es decir, si no participan en las mismas condiciones y con las mismas oportunidades en el ejercicio del poder y si el sexo continúa siendo determinante de discriminaciones. Por lo tanto, no es osada sino por el contrario obligada consecuencia afirmar que la democracia o es paritaria o no es.
A la espera de que el principio de paridad se incorpore de manera expresa en una urgente y necesaria reforma constitucional, no podemos negar a estas alturas que el mismo forma parte de las esencias del sistema y que, por lo tanto, ha de proyectarse en cualquier actuación de los poderes públicos y ha de presidir cualquier interpretación que hagamos de nuestro ordenamiento jurídico. Porque, insisto, estamos hablando nada más y nada menos que del derecho fundamental de las mujeres a acceder al espacio público, a participar en el ejercicio del poder y a formar parte de la definición de las políticas que nos afectan a todas y a todos.

El denominado mainstreaming de género nos obliga, y así se subrayó hace años en el Derecho Comunitario, a que la igualdad de mujeres y hombres no solo sea un principio transversal a cualquier política, sino que ha de ser el principal, en cuanto que nos remite a la condición esencial que como individuos nos sitúa en el espacio democrático. De ahí, por tanto, que las mujeres, en cuanto ciudadanas, tengan el mismo derecho que nosotros a estar en las instituciones, sin que en su caso, como suele ser habitual, se les exija un plus de méritos o capacidades. Tienen el mismo derecho que nosotros a estar y, por lo tanto, como diría Amelia Valcárcel, a ser tan malas como nosotros podemos serlo en el ejercicio del poder.
Estas lecciones básicas de democracia —porque no se trata de otra cuestión aunque algunos interesadamente, supongo que para mantener sus dividendos, las identifiquen como una reivindicación feminista y , por tanto, según ellos, parcial— deberían tenerlas presentes los partidos políticos que en fechas próximas tendrán que participar en la selección y nombramiento de las personas que integran el Tribunal Constitucional.
No creo que haga falta recordar el evidente desequilibrio que ha existido y que existe en su composición, como tampoco creo necesario recordar que el importantísimo papel que dicho órgano juega en la garantía de nuestro sistema. Simplemente teniendo en cuenta que el Tribunal Constitucional tiene entre sus funciones decidir cuando una ley es o no constitucional, además de que actúa como último garante de nuestros derechos fundamentales a través del recurso de amparo, bastaría para que fuese más que evidente la necesidad de su composición equilibrada. Y no solo porque se trate de un mandato establecido expresamente en el art. 16 de la LO 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, sino porque por exigencia democrática las ciudadanas deben estar presentes en un órgano que permanentemente está interpretando, acomodando y en ocasiones (no siempre) dándole vitalidad a nuestro ordenamiento. De ahí que, por ejemplo, no se entienda que hayamos puesto correctivos para que el Parlamento tenga una composición equilibrada de mujeres y hombres, mientras que dejamos que el Tribunal Constitucional —que con frecuencia actúa como un “legislador negativo”— siga ocupado mayoritariamente por varones.
Insisto: se trata de una reivindicación que deriva del mismo derecho de ciudadanía que tienen las mujeres pero también de la necesidad de que todas las instancias públicas reflejen las múltiples miradas que pueden hacerse sobre la sociedad que vivimos. De ahí que la paridad, también en el Tribunal Constitucional, acabe siendo garantía de mayor justicia social y de respuestas más ajustadas a una realidad marcada por las relaciones de género.
Y, por supuesto, frente a estas exigencias radicales, porque de hecho se nutren de los raíces del constitucionalismo, no vale esgrimir el argumento facilón, y perversamente machista, de que no hay suficientes mujeres juristas para optar a los sillones del Constitucional. Habría que recordarle al ministro de Justicia, que por cierto forma parte de un gobierno en el que la paridad brilla por su ausencia, (no sé si porque en el PP carecen de afiliadas o simpatizantes con el mismo nivel de competencia que los hombres), que las mujeres llevan ya décadas demostrando, también en el ámbito del Derecho, que son tan o más brillantes que nosotros, o como mínimo, igual de mediocres o malas que sus colegas varones. Escudarse en ese tipo de argumentos es la prueba más evidente de que la política y su principal instrumento, el Derecho, siguen en manos de los jerarcas patriarcales que se resisten a abandonar sus posiciones de privilegio. Porque, claro, para que entren ellas, algunos de ellos deberán hacerse a un lado.

Las mujeres tienen el mismo derecho que nosotros a estar en las instituciones, sin que, como suele ser habitual, se les exija un plus de méritos o capacidades
Esperemos pues que próximamente el Tribunal Constitucional, que por cierto no goza de la buena salud que debiera, responda al fin a un equilibrio desde el punto de vista de género, tal y como por cierto responde a otro tipo de equilibrios —territoriales, partidistas— que nadie parece discutir. Así lo reclama la Asociación Española de Mujeres Juezas y con ella todas las personas que hemos firmado un manifiesto llamando la atención de quienes en próximas fechas tendrán en sus manos la posibilidad de hacer un órgano paritario, es decir, democrático, o si por el contrario deciden que siga obedeciendo a los dictados de eso que Clara Campoamor denominó “república aristocrática de privilegio masculino”. Es la salud de nuestro sistema democrático, recordemos, la que está en juego.

Blog Mujeres EL PAÍS, 21 de febrero de 2017:
http://elpais.com/elpais/2017/02/21/mujeres/1487674290_371001.html

MANIFIESTO: ‘POR UN TRIBUNAL CONSTITUCIONAL EQUILIBRADO’

Si quieres firmar el manifiesto, redactado por la Asociación de Mujeres Juezas y que reivindica una verdadera participación de las mujeres en todas las esferas sociales, políticas, culturales o judiciales, puedes hacerlo en el siguiente enlace: Por un Tribunal Constitucional  equilibrado.
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FEMINISTAS Y TAN FRESCAS

Hace ya algún tiempo que asumí como un compromiso personal y cívico la defensa del feminismo como el pensamiento que más y mejor puede servir para la emancipación del ser humano y, por lo tanto, como la herramienta mediante la que conseguir que ninguna persona sea privada de bienes o derechos en función de su sexo. En estos años de revancha patriarcal, como bien los ha bautizado Alicia Miyares, siento cada día con más convencimiento la necesidad de reafirmar esa defensa y de reivindicar un término que es permanentemente devaluado. Los prejuicios y la ignorancia se están aliando con el terror patriarcal a la pérdida de privilegios y están provocando que el machismo ocupe espacios que ya creíamos conquistados por la igualdad. El retroceso es evidente en muchos ámbitos, por lo que ahora, más que nunca, necesitamos sumar energías y multiplicar la lucha de las muchas y de los pocos que pensamos que es incompatible la democracia con una sociedad en la que una mitad continúa subordinada a la otra. De ahí que resulte tan saludable y gozoso que en esta ciudad, tan poco habituada a romper esquemas, un grupo de mujeres haya decidido crear un espacio para la reflexión y el debate feminista. Su estreno, hace un par de semanas, no pudo ser más exitoso, demostrándose así que la ciudadanía, y muy especialmente las que todavía hoy tienen que luchar por tener las mismas oportunidades y autoridad que nosotros, pide a gritos escapar de los cauces institucionales y hacer política sin hipotecas partidistas ni intermediarios que finalmente parecen mirarse solo su ombligo.
Que estas mujeres se califiquen a sí mismas como frescas, apoyándose en el título del libro de una de las urdidoras de este proyecto, la siempre combativa Anna Freixas, es toda una declaración de intenciones. Porque ese adjetivo, que María Moliner conecta con el descaro o la insolencia, pero también con contar «las verdades del barquero», implica plantarle cara al patriarcado y hacerlo desde la alegría que supone sentirse autónomas y acompañadas, cómplices en un ejercicio lúcido y sanísimo de sororidad. La frescura que reclaman mujeres como Marta Jiménez, Elena Lázaro o Esther Casado supone romper con las cadenas del victimismo, apostar por la construcción de un nuevo mundo y, a ser posible, hacer todo eso con buen humor y poderío. Pisando fuerte, sin pedir perdón ni permiso, sintiéndose luminosamente empoderadas.
Una experiencia como ésta debería convertirse en un referente que, sumado al activismo de todas esas mujeres que en muchos casos desde la invisibilidad y el escaso o nulo reconocimiento luchan en esta ciudad por romper las barreras de género, ayude a remover conciencias y a movilizar el sentido y la sensibilidad necesarios para replantear las cláusulas de un contrato que continúa amparando los privilegios de los poderosos. Espero pues que mes a mes el número de frescas vaya creciendo y sus voces desborden lo políticamente correcto y se hagan presentes e incómodas en la Córdoba del cordobés. También desearía que muchos hombres se fueran acercando a ellas, no para asumir el mando ni el protagonismo, como solemos hacer, ni mucho menos para esgrimir argumentos propios de víctimas, sino para aprender y acompañar, para ser partícipes de una transformación en la que, estoy convencido, nosotros tenemos que estar implicados. Una implicación que pasa necesariamente por la renuncia a buena parte de nuestros privilegios y por el ejercicio real de la corresponsabilidad tanto en lo público como en lo privado. Estaría muy bien que nos dejáramos contagiar por la frescura y la valentía de unas mujeres que nos obligan a mirarnos en el espejo y cuestionarnos qué queda en nosotros del macho que heredamos. Sólo así será posible acabar con eso que Clara Campoamor denominó «una república aristocrática de privilegio masculino» y haremos realidad el mundo que soñó John Stuart Mill gracias en gran medida a la inteligencia de su compañera Harriet Taylor.
LAS FRONTERAS INDECISAS, Diario Córdoba (20-2-17)
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/feministas-tan-frescas_1124785.html
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FEMINISTAS Y TAN FRESCAS

Hace ya algún tiempo que asumí como un compromiso personal y cívico la defensa del feminismo como el pensamiento que más y mejor puede servir para la emancipación del ser humano y, por lo tanto, como la herramienta mediante la que conseguir que ninguna persona sea privada de bienes o derechos en función de su sexo. En estos años de revancha patriarcal, como bien los ha bautizado Alicia Miyares, siento cada día con más convencimiento la necesidad de reafirmar esa defensa y de reivindicar un término que es permanentemente devaluado. Los prejuicios y la ignorancia se están aliando con el terror patriarcal a la pérdida de privilegios y están provocando que el machismo ocupe espacios que ya creíamos conquistados por la igualdad. El retroceso es evidente en muchos ámbitos, por lo que ahora, más que nunca, necesitamos sumar energías y multiplicar la lucha de las muchas y de los pocos que pensamos que es incompatible la democracia con una sociedad en la que una mitad continúa subordinada a la otra. De ahí que resulte tan saludable y gozoso que en esta ciudad, tan poco habituada a romper esquemas, un grupo de mujeres haya decidido crear un espacio para la reflexión y el debate feminista. Su estreno, hace un par de semanas, no pudo ser más exitoso, demostrándose así que la ciudadanía, y muy especialmente las que todavía hoy tienen que luchar por tener las mismas oportunidades y autoridad que nosotros, pide a gritos escapar de los cauces institucionales y hacer política sin hipotecas partidistas ni intermediarios que finalmente parecen mirarse solo su ombligo.

Que estas mujeres se califiquen a sí mismas como frescas, apoyándose en el título del libro de una de las urdidoras de este proyecto, la siempre combativa Anna Freixas, es toda una declaración de intenciones. Porque ese adjetivo, que María Moliner conecta con el descaro o la insolencia, pero también con contar «las verdades del barquero», implica plantarle cara al patriarcado y hacerlo desde la alegría que supone sentirse autónomas y acompañadas, cómplices en un ejercicio lúcido y sanísimo de sororidad. La frescura que reclaman mujeres como Marta Jiménez, Elena Lázaro o Esther Casado supone romper con las cadenas del victimismo, apostar por la construcción de un nuevo mundo y, a ser posible, hacer todo eso con buen humor y poderío. Pisando fuerte, sin pedir perdón ni permiso, sintiéndose luminosamente empoderadas.
Una experiencia como ésta debería convertirse en un referente que, sumado al activismo de todas esas mujeres que en muchos casos desde la invisibilidad y el escaso o nulo reconocimiento luchan en esta ciudad por romper las barreras de género, ayude a remover conciencias y a movilizar el sentido y la sensibilidad necesarios para replantear las cláusulas de un contrato que continúa amparando los privilegios de los poderosos. Espero pues que mes a mes el número de frescas vaya creciendo y sus voces desborden lo políticamente correcto y se hagan presentes e incómodas en la Córdoba del cordobés. También desearía que muchos hombres se fueran acercando a ellas, no para asumir el mando ni el protagonismo, como solemos hacer, ni mucho menos para esgrimir argumentos propios de víctimas, sino para aprender y acompañar, para ser partícipes de una transformación en la que, estoy convencido, nosotros tenemos que estar implicados. Una implicación que pasa necesariamente por la renuncia a buena parte de nuestros privilegios y por el ejercicio real de la corresponsabilidad tanto en lo público como en lo privado. Estaría muy bien que nos dejáramos contagiar por la frescura y la valentía de unas mujeres que nos obligan a mirarnos en el espejo y cuestionarnos qué queda en nosotros del macho que heredamos. Sólo así será posible acabar con eso que Clara Campoamor denominó «una república aristocrática de privilegio masculino» y haremos realidad el mundo que soñó John Stuart Mill gracias en gran medida a la inteligencia de su compañera Harriet Taylor.
LAS FRONTERAS INDECISAS, Diario Córdoba (20-2-17)
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/feministas-tan-frescas_1124785.html
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MEDEA, LA AMANTE QUE GRITA.

Medea es Aitana y Aitana es Medea. La actriz interpreta a la amante despechada, a la «mala madre», a la hechicera que es víctima de un mundo de hombres, con cada centímetro de su cuerpo: desde los dedos de los pies descalzos hasta el último cabello de su cabeza Aitana es Medea. Desde la dulzura del cuento se eleva al grito del drama y lo hace dejando que el cuerpo exprese todas las emociones. No solo la voz, sino también los brazos, las piernas, la espalda, el vientre, todo ella se hace mujer desgarrada para explicarle al público, ese coro silencioso, los argumentos de su dolor.


La Medea que, partiendo del texto de Séneca, ha hecho Andrés Lima es más mujer que mito y eso lo subraya Aitana Sánchez Gijón con una interpretación en la que se sitúa a una altura humana. A diferencia de la recreada por Plaza y Molina Foix hace un par de años en Mérida, y en la que Ana Belén parecía más que Medea una gran dama del teatro disfrazada de diosa, en esta puesta en escena nos encontramos con la angustia real de una mujer, que a su vez podrían ser tantas mujeres pasadas y presentes, que se siente traicionada y que solo tiene a su disposición, para salvarse, las herramientas de un mundo dominado por los hombres. Un mundo de reyes, guerreros y amantes, en el que ella difícilmente encaja porque es capaz de ser un sujeto activo, de tomar decisiones, incluso cuando éstas pueden provocarle el más hondo de los sufrimientos. Vemos así como Medea expresa y hace cuerpo una emoción radicalmente masculina – la ira – y cómo es capaz de anular lo que históricamente ha dado sentido a la subjetividad femenina – los hijos. De esta manera, el personaje nos coloca frente a las injusticias de un planeta en el que ellas se han llevado siempre la peor parte, al ser las marionetas de los héroes y las que nunca dudaron en ser por y para otros.

Como bien explicó anoche Aitana, no hace falta que juzguemos a Medea. Basta con que podamos entender sus razones. Las razones de sus gritos, de sus convulsiones, de sus ojos ensangrentados. Si vemos a una mujer llegar a ese extremo, el de la venganza y el de la ira, lo único que deberíamos tener claro es que el origen de sus lágrimas es su sentimiento de extranjera. La «otra» entregada y humillada. A la que la historia sólo parece dejarle la posibilidad de convertirse en heroína multiplicando el dolor de aquél a quien más quiso.

De nuevo, el amor. Eros. La garganta honda que anula y ensombrece. El mito que nos continúa convirtiendo, sobre todo a ellas, en esclavos. Por eso, anoche, no solo vi en el escenario, absolutamente conmovido y casi al borde del temblor, a una mujer despechada o a una madre a la que separan de sus hijos. Vi también a una amante echando de menos el cuerpo del amado: el deseo frustrado, la cama ocupada, la piel callada. Y Medea que grita.


MEDEA, Lectura dramatizada
Sala Polifemo, Teatro Góngora, 18-2-17

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MEDEA, LA AMANTE QUE GRITA.

Medea es Aitana y Aitana es Medea. La actriz interpreta a la amante despechada, a la «mala madre», a la hechicera que es víctima de un mundo de hombres, con cada centímetro de su cuerpo: desde los dedos de los pies descalzos hasta el último cabello de su cabeza Aitana es Medea. Desde la dulzura del cuento se eleva al grito del drama y lo hace dejando que el cuerpo exprese todas las emociones. No solo la voz, sino también los brazos, las piernas, la espalda, el vientre, todo ella se hace mujer desgarrada para explicarle al público, ese coro silencioso, los argumentos de su dolor.


La Medea que, partiendo del texto de Séneca, ha hecho Andrés Lima es más mujer que mito y eso lo subraya Aitana Sánchez Gijón con una interpretación en la que se sitúa a una altura humana. A diferencia de la recreada por Plaza y Molina Foix hace un par de años en Mérida, y en la que Ana Belén parecía más que Medea una gran dama del teatro disfrazada de diosa, en esta puesta en escena nos encontramos con la angustia real de una mujer, que a su vez podrían ser tantas mujeres pasadas y presentes, que se siente traicionada y que solo tiene a su disposición, para salvarse, las herramientas de un mundo dominado por los hombres. Un mundo de reyes, guerreros y amantes, en el que ella difícilmente encaja porque es capaz de ser un sujeto activo, de tomar decisiones, incluso cuando éstas pueden provocarle el más hondo de los sufrimientos. Vemos así como Medea expresa y hace cuerpo una emoción radicalmente masculina – la ira – y cómo es capaz de anular lo que históricamente ha dado sentido a la subjetividad femenina – los hijos. De esta manera, el personaje nos coloca frente a las injusticias de un planeta en el que ellas se han llevado siempre la peor parte, al ser las marionetas de los héroes y las que nunca dudaron en ser por y para otros.

Como bien explicó anoche Aitana, no hace falta que juzguemos a Medea. Basta con que podamos entender sus razones. Las razones de sus gritos, de sus convulsiones, de sus ojos ensangrentados. Si vemos a una mujer llegar a ese extremo, el de la venganza y el de la ira, lo único que deberíamos tener claro es que el origen de sus lágrimas es su sentimiento de extranjera. La «otra» entregada y humillada. A la que la historia sólo parece dejarle la posibilidad de convertirse en heroína multiplicando el dolor de aquél a quien más quiso.

De nuevo, el amor. Eros. La garganta honda que anula y ensombrece. El mito que nos continúa convirtiendo, sobre todo a ellas, en esclavos. Por eso, anoche, no solo vi en el escenario, absolutamente conmovido y casi al borde del temblor, a una mujer despechada o a una madre a la que separan de sus hijos. Vi también a una amante echando de menos el cuerpo del amado: el deseo frustrado, la cama ocupada, la piel callada. Y Medea que grita.


MEDEA, Lectura dramatizada
Sala Polifemo, Teatro Góngora, 18-2-17

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LA PRINCESA DESTRONADA DE CAMELOT

Me enamoré de ella, cuando apenas ella era una niña y yo un veinteañero, en aquella delicia que marcó a toda una generación titulada Beautiful girls. No he dejado de mirarla y de admirarla, a medida que ha ido creciendo, madurando y convirtiéndose en una actriz enorme, cuya belleza transmite todo el potencial creativo que tiene su mente. Siempre me gustó porque no es el típico rostro vacío de Hollywood, ni la mujer que se deja cosificar por exigencias del mercado creyéndose libre para hacerlo. Me gusta porque la siento autónoma e independiente, fuerte y poderosa. Y eso es algo que llena todos los personajes que interpreta.

Por todo ello, sólo una actriz como Natalie Portman podía interpretar la Jackie Kennedy que con tantas aristas nos presenta el chileno Pablo Larraín. Afortunadamente, el director de la brutal El club no ha hecho el retrato colorista y flambeado en el que seguramente habrían caído la mayoría de los directores norteamericanos al acercarse a este mito de la historia de su país. Al contrario, Larraín ha optado por reflejarnos las angustias, contradicciones, pesares y hasta miserias de una mujer que, de repente, se ve destronada de su sueño y se ve obligada a reconducir una vida que solo parecía tener sentido al lado del presidente más amado de la historia. En el relato que abarca los tres días siguientes al asesinato de Kennedy, vemos cómo Jackie trata de desenvolverse entre la urgencia del momento, el drama personal y familiar que está viviendo y su propio futuro. El rostro de Natalie, y por supuesto la fragilidad que delata su cuerpo pequeño y delgado, nos muestran la desorientación, el descontrol y el sufrimiento de una mujer que se creyó la princesa del cuento y que de repente no sabe qué va a ser de su vida. Más allá, claro, de convertirse en una especie de prototipo ideal para las revistas del corazón y para los escaparates (es impresionante la escena en que la misma Jackie contempla cómo en una tienda descargan maniquíes que parecen todos ellos una copia de la primera dama).
Larraín opta por hacer un relato nada complaciente, frío incluso, lleno de aristas y de diálogos que nos ofrecen muchas claves de los personajes y del contexto: los que Jackie mantiene tiempo después con un periodista, y que sirve de hilo conductor; el que la sostiene en pie con su cuñado o el lleno de recovecos que le lleva a una pseudoconfesión con el sacerdote que interpreta John Hurt en uno de sus últimos papeles. La película nos transmite la tensión que está viviendo el personaje principal, una especie de muñeca desorientada en un mundo de hombres en el que son otros los que parecen haberlo decidido todo por ella y en el que ella no tiene nada, ni siquiera una casa donde ir. Una tensión que nos llega multiplicada gracias a la poderosa y sugerente banda sonora hecha por una mujer, Mica Levi, algo poco habitual en la música de cine.
Jackie acaba siendo no solo el retrato de una mujer desubicada y perdida, como consecuencia de una trayectoria que había sido diseñada en función de otro: el marido poderosos y público, el pater familias, el sujeto proveedor y con autoridad, el líder que siempre necesita una bella esposa al lado. Es por supuesto un retrato de esa mujer que Delibes habría convertido en otra versión de «cinco horas con JFK» pero también de toda una sociedad, de todo un modelo, el norteamericano, que siempre ha vivido la nostalgia de una monarquía y que con los Kennedy estuvo a punto de tenerla. Esos príncipes y princesas de un reino imaginario, el Camelot reiteradamente aludido en la película, en el que Jackie cumplía su perfecto papel de mujer «recortable», de dama que siempre se sitúa un paso por detrás de su hombre, de espejo para todas las que admiraban su elegancia y saber estar. Pura fachada que escondía en el fondo, y es lo que Larraín con la ayuda inestimable de Portman nos cuenta, un torbellino a punto de estallar. 
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LA PRINCESA DESTRONADA DE CAMELOT

Me enamoré de ella, cuando apenas ella era una niña y yo un veinteañero, en aquella delicia que marcó a toda una generación titulada Beautiful girls. No he dejado de mirarla y de admirarla, a medida que ha ido creciendo, madurando y convirtiéndose en una actriz enorme, cuya belleza transmite todo el potencial creativo que tiene su mente. Siempre me gustó porque no es el típico rostro vacío de Hollywood, ni la mujer que se deja cosificar por exigencias del mercado creyéndose libre para hacerlo. Me gusta porque la siento autónoma e independiente, fuerte y poderosa. Y eso es algo que llena todos los personajes que interpreta.

Por todo ello, sólo una actriz como Natalie Portman podía interpretar la Jackie Kennedy que con tantas aristas nos presenta el chileno Pablo Larraín. Afortunadamente, el director de la brutal El club no ha hecho el retrato colorista y flambeado en el que seguramente habrían caído la mayoría de los directores norteamericanos al acercarse a este mito de la historia de su país. Al contrario, Larraín ha optado por reflejarnos las angustias, contradicciones, pesares y hasta miserias de una mujer que, de repente, se ve destronada de su sueño y se ve obligada a reconducir una vida que solo parecía tener sentido al lado del presidente más amado de la historia. En el relato que abarca los tres días siguientes al asesinato de Kennedy, vemos cómo Jackie trata de desenvolverse entre la urgencia del momento, el drama personal y familiar que está viviendo y su propio futuro. El rostro de Natalie, y por supuesto la fragilidad que delata su cuerpo pequeño y delgado, nos muestran la desorientación, el descontrol y el sufrimiento de una mujer que se creyó la princesa del cuento y que de repente no sabe qué va a ser de su vida. Más allá, claro, de convertirse en una especie de prototipo ideal para las revistas del corazón y para los escaparates (es impresionante la escena en que la misma Jackie contempla cómo en una tienda descargan maniquíes que parecen todos ellos una copia de la primera dama).
Larraín opta por hacer un relato nada complaciente, frío incluso, lleno de aristas y de diálogos que nos ofrecen muchas claves de los personajes y del contexto: los que Jackie mantiene tiempo después con un periodista, y que sirve de hilo conductor; el que la sostiene en pie con su cuñado o el lleno de recovecos que le lleva a una pseudoconfesión con el sacerdote que interpreta John Hurt en uno de sus últimos papeles. La película nos transmite la tensión que está viviendo el personaje principal, una especie de muñeca desorientada en un mundo de hombres en el que son otros los que parecen haberlo decidido todo por ella y en el que ella no tiene nada, ni siquiera una casa donde ir. Una tensión que nos llega multiplicada gracias a la poderosa y sugerente banda sonora hecha por una mujer, Mica Levi, algo poco habitual en la música de cine.
Jackie acaba siendo no solo el retrato de una mujer desubicada y perdida, como consecuencia de una trayectoria que había sido diseñada en función de otro: el marido poderosos y público, el pater familias, el sujeto proveedor y con autoridad, el líder que siempre necesita una bella esposa al lado. Es por supuesto un retrato de esa mujer que Delibes habría convertido en otra versión de «cinco horas con JFK» pero también de toda una sociedad, de todo un modelo, el norteamericano, que siempre ha vivido la nostalgia de una monarquía y que con los Kennedy estuvo a punto de tenerla. Esos príncipes y princesas de un reino imaginario, el Camelot reiteradamente aludido en la película, en el que Jackie cumplía su perfecto papel de mujer «recortable», de dama que siempre se sitúa un paso por detrás de su hombre, de espejo para todas las que admiraban su elegancia y saber estar. Pura fachada que escondía en el fondo, y es lo que Larraín con la ayuda inestimable de Portman nos cuenta, un torbellino a punto de estallar. 
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EL POETA Y LA CHICA QUE HACÍA PASTELITOS

Paterson es una de esas películas que te reconcilian con el sentido último del cine como espacio creativo, como pantalla en la que discurren las emociones y las más recónditas dimensiones del ser humano. La última película de Jim Jarmusch es toda ella un poema que vamos viendo como crece a lo largo de una semana y en el que el tiempo discurre con la velocidad propia del creador. En ella no ocurren grandes cosas, sino que es simplemente la vida, nada más y nada menos que la vida cotidiana, la que pasa ante nuestra mirada. Todo en ella es pequeño pero tiene sin embargo la grandeza de lo auténtico: empezando por la ciudad y las gentes que en ella habitan y terminando por las habitaciones que comparte la pareja protagonista. Todo en ella huele a verdad, desde el despertar de los amantes al pastel de queso y coles, desde la niña poeta que ve cómo cae la lluvia a las conversaciones que escuchamos en el autobús, desde los amores rotos del bar a las pequeñas ilusiones de Laura. Por todo ello, Paterson se sitúa en las antípodas de las películas que ahora mismo están triunfando en la taquilla. Es el reverso absoluto de esa tontería llamada La la la Land  y la mirada alternativa a esa América que de manera grandilocuente nos ofrece el cine de Hollywood.

Solo hay un aspecto, y que no es pequeño, que la película de Jarmusch comparte con los relatos mayoritarios que vemos en el cine: su mirada radicalmente androcéntrica y absolutamente complaciente con el statu quo desde una perspectiva de género. Una vez más, nos volvemos a encontrar con una historia en la que el genio creador es él, en el que toda la trama, por insignificante que sea, gira en torno al sujeto masculino que parece tener una profunda y rica vida interior (aunque profesionalmente se dedica a algo tan poco estimulante como conducir un autobús). Un genio de este calibre, aunque no haya sido reconocido y se limite a escribir versos en una libreta, necesita a su musa, que espera ansiosa que le haga y le lea un poema de amor. Una musa a la que siempre vemos encerrada en casa, mientras que él sale al espacio público, trabaja por las mañanas y se escapa al bar por las noches.  Incluso en ese espacio tan masculino tendrá ocasión de demostrar el heroísmo que se espera de un hombre de verdad, por más que sea un chico que escribe versos sobre cerillas. A ella, salvo en la salida que hacen los dos juntos al cine, la encontramos siempre en el hogar, como ese ángel que prepara cenas con la ilusión de que le gusten al poeta y que no deja de coser y pintar cortinas, todas ellas en blanco y negro, tal vez porque así son los colores de sus sueños. Una mujer, Laura, que solo se permite ilusionarse con una guitarra y con un futuro de música leve que no parece entusiasmar mucho al hombre de la casa, y a la que vemos más radiante de nunca cuando consigue vender en el mercado los ricos pastelitos que se ha pasado horas cocinando. Esta Laura parece sin duda nieta de la Laura Brown de Las horas, heredera de las mujeres de Betty Friedam. El mal que no tiene nombre. 

Me gustaría pensar en una segunda parte del relato, que Jarmusch podría titular Laura, en la que, como la heroína que interpretó Julianne Moore, ella al fin se libere de un tipo tan tristón como el conductor de autobuses  y la veamos cantando en pubs nocturnos y vestida de colores. En esa soñada película, me encantaría volver a encontrarme con la niña que escribe poemas, y que tanto fascina al protagonista en una de las escenas más bellas de Paterson, convertida en un auténtica genia a la que, por supuesto, ya no le importaría que los versos rimen de acuerdo con las reglas de los hombres.
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ALEJANDRO: ÉTICA Y MEMORIA

Somos una sociedad desmemoriada. Lo somos porque a una buena parte de nuestro país, heredera cultural y políticamente del franquismo, nunca le interesó recordar y porque parte del resto ha sido siempre cómplice en los silencios. En paralelo hemos confundido la memoria con la nostalgia y el olvido con el perdón. El resultado ha sido negativo para la salud de una democracia que difícilmente puede dotarse de energía cívica si no se construye sobre la superación, que no la omisión, de todo aquello que en su día partió un territorio que aún hoy lucha por ser, como diría Blas de Otero, una camisa blanca esperanzada. Justo cuando se cumplen 40 años de los asesinatos de los abogados de Atocha, sería un buen momento parar reflexionar sobre qué parte de nuestra historia continúa siendo invisible o, en el mejor de los casos, mal contada, y hasta qué punto es imposible pensar en futuro si no hemos asumido esa labor ética y de justicia que supone reconocer a quiénes fueron los vencidos y humillados y quiénes fueron, en contraste, los que intentaron mantenerse en los púlpitos. Quiénes apostaron por el diálogo y la no-violencia y quiénes no tuvieron reparo alguno en convertirse en pistoleros. Y, por supuesto, como resultado de ese imposible equilibrio, cuántas de esas heridas siguen supurando debilidades en nuestra democracia imperfecta.
En Córdoba, y más concretamente en la Facultad de Derecho, tenemos la gran suerte de contar desde hace unos años con la vecindad del que hoy es el único superviviente de la matanza de Atocha. Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell, que está a punto de entrar feliz en la edad del júbilo aunque su energía sigue siendo la de un eterno estudiante, ha dedicado todos estas décadas a mantener viva no solo la memoria de sus compañeros y compañeras sino, sobre todo, el espíritu y el compromiso de quienes en su día tuvieron muy claro que no puede haber democracia sin justicia social ni Derecho justo sin igualdad de oportunidades. Unas mujeres y unos hombres que se entregaron apasionados a la lucha por la dignidad y que siempre tuvieron muy claro que carece de legitimidad moral quien vive en un divorcio permanente entre su currículo y su vida.
La gran lección de Alejandro es justamente esa: la que demuestra con hechos y no con palabrería que los valores democráticos tienen que aprenderse y aprehenderse, que la suma de igualdad y pluralismo es necesariamente conflictiva pero enriquecedora y que el verdadero sentido de un sistema constitucional es garantizar nuestros derechos frente a los que se regodean en el poder. Por eso para él, el Derecho siempre ha sido un arma de transformación social, un instrumento para la emancipación del individuo, una medicina que solo cura cuando no pierde de vista el faro ético que implica reconocer los derechos humanos como la ley de más débil.
Alejandro, que tiene mucho de poeta y de buscador de playas bajos los adoquines, es además el mejor ejemplo de un hombre que ha sabido entender, supongo que en gran medida por el dolor que ha vivido y del que nunca ha hecho un espectáculo, que además de racionales somos emocionales. Y que son justo las emociones las que no permiten ponernos alerta ante las necesidades del otro y por tanto asumir un comportamiento ético. Solo pues desde ese hilo que trenza cabeza, corazón y vientre es posible hacer carne la dignidad y cuerpo la empatía. Un ejercicio que debería ser parte ineludible de nuestra responsabilidad cívica. Esa que, como bien nos recuerda quien tanto sabe de los ángulos ciegos de la transición, solo puede nutrirse con la memoria fértil y la sororidad utópica. Dos primas hermanas que con frecuencia rompen nuestra comodidad de sujetos privilegiados pero sin las cuales la Constitución, ese hogar de la ciudadanía, acaba siendo una patera que busca una isla donde naufragar.
Las fronteras indecisas, Diario Córdoba, 6 de febrero de 2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/alejandro-etica-memoria_1120767.html
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EL PODERÍO DE ANA BELÉN

NUnca olvidaré aquella noche en el Teatro de La Latinacuando, recién alzado el telón, la Graciela imaginada por García Márquez soltó aquello de “nada se parece más al infierno que un matrimonio feliz”. En aquella Diatriba de amor contra un hombre sentado, Ana Belén, a la que yo he admirado sin pausa desde mi torpe adolescencia, se transformaba en una mujer con poderío, es decir, en una de esas mujeres que como explica Marcela Lagarde son capaces de liberarse de sus cautiverios y desarrollan al máximo sus capacidades vitales.

Es justo esa potencia que atesora la intérprete —y que puede resultar hasta incomprensible si uno se detiene en su frágil cuerpo de aristas que parecen siempre a punto de quebrase— es la que mejor puede definir el talento que no ha dejado de multiplicarse desde que la hija de la portera y el cocinero tuvo claro que la mejor manera de ganarle la jugada a Zampo (Zampo y yo, 1965) era empoderarse, es decir, estudiar, crecer, mirar, escuchar y finalmente llegar a tener una voz propia. La que, como tantas mujeres de su generación, a las que les tocó vivir el salto del patriarcado franquista a la democracia liberadora, tuvo que hacerse rebelde, preguntona, incómoda y hasta militante. La que desde su libertad asumió el reto de ser volcán y de derribar todas las murallas que impedían a las mujeres ser para sí mismas y las condenaban a vivir por y para los demás.

En este sentido, hay una línea de continuidad entre la Fortunata de Galdós, la Mari Gaila de Valle Inclán, la Adela de Lorca y la jovencísima española que en París descubre, aún si ser consciente del todo, que los derechos sexuales y reproductivos son esenciales para garantizar la dignidad de las mujeres. En todos esos personajes femeninos, como en los que interpretó a las órdenes de Jaime de ArmiñánGutiérrez Aragón o de la feminista (a su pesar) Pilar Miró, podemos encontrar el aliento épico de las que fueron con frecuencia víctimas del amor romántico y sobre todo de las que tuvieron que urdir mil tramas para darle la vuelta al guión que otros habían escrito para ellas.

Ana Belén en ‘Zampo y yo’.

Tuvo la fortuna por tanto Ana de convertirse en una especie de símbolo de todo lo que este país arrastraba a sus espaldas y de lo que suponía, muy especialmente para las españolas, abrir la puerta para que entraran los aires de libertad. A través de sus personajes, pero también a través de ella misma, Ana encarnó durante décadas todo lo que suponía dejar atrás un país de mujeres de negro y niños prodigio para construir un jardín en el que los demonios fuera sustituidos poco a poco por camisas blancas al sol.
Como también, años más tarde, ella supo darle voz al desencanto —“al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”—, a la frustración —“cómo huir cuando no quedan islas donde naufragar”—, a la pérdida de rumbo de una política en la que confió como ciudadana de izquierdas y que acabó siendo impunemente cómplice de los poderosos y de las “mentiras que envilecen el cristal de los acuarios”. Algo que con frecuencia le han reprochado a ella misma quienes piensan que se ha convertido en una burguesa acomodada y cercana siempre a los que han manejado el timón.

Desde su libertad asumió el reto de ser volcán y de derribar todas las murallas que les impedían a las mujeres ser para sí mismas

Es justamente ese poderío de Ana el que explica la belleza que irradia, la continuidad de su éxito y, claro está, las envidias y prejuicios que suscita entre tantos los que en este país cuestionan por sistema el talento y la fortuna. Mucho más cuando ambos confluyen en una mujer que goza de una habitación propia, que llama a las cosas por su nombre y que nunca se ha dejado achicar por las reglas de un juego que todavía hoy se lo sigue poniendo más fácil a los varones. Una mujer que insiste en no ser tratada como un jarrón en el que depositar las rosas y que no se cansa de reclamar personajes tan complejos como los que suelen ofrecerles a los actores. La misma que encabeza manifestaciones, que se posiciona políticamente cuando así lo estima oportuno y la que, por supuesto, faltaría más, se equivoca y hasta tiene las contradicciones propias de cualquier ser pensante.
Ana, que no ha dejado de cantar porque sin la música me temo que sería como si le borrásemos Brasil de su mapamundi, ha demostrado en los últimos años sobre las tablas que la edad es vitamina para el talento y que es justo ahora cuando está en mejores condiciones de mirar cara a cara al público y ofrecerle la verdad de sus personajes. Un reto que para ellas, sobre todo cuando pasan la barrera del tiempo que miden los relojes masculinizados, se vuelve en contra pero que Pilar Cuesta (ese es el nombre real de Ana Belén) ha superado con sobresaliente cuando nos ha regalado todos y cada uno de los pliegues emocionales de Fedra, Medea o Kathie.

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Todos los que durante estas décadas democráticas la hemos seguido y admirado con la lealtad de quien en el amor no busca la media naranja, nos sentiremos también premiados cuando le entreguen el Goya de Honor. Suponemos que aparecerá radiante y que todos los medios subrayarán el milagro que supone ver tan espléndida, en el sentido más cosificador del término, a quien ya ha superado la edad de la jubilación.
A mí, sin embargo, me gustaría que se subrayara lo que ese premio tiene de reconocimiento a todas las mujeres que son herederas de Lorca e hijas de la transición, a las que siguen siendo invisibles en la historia y en las artes, a las que en épocas de batalla tuvieron que desvelarse y mostrar al mundo que ser mujer no debía suponer en ningún caso morir en el intento. Esas rosas de amor y fuego que se atreven a dejar los jarrones y a luchar en un mundo de tanto pez sin agallas. Las que como Ana se han enamorado de hombres a los que incluso consideran más feministas que ellas mismas y que por supuesto no se conforman con ser Desiderias liadas a la pata de la cama. Las que han aprendido a tener muy claro que las cosas que hacen que la vida valga la pena son las que dan alas. Esas que yo adivino en los ojos profundos de la madrileña de la calle del Oso cuya boca, Víctor dixit, sabe más dulce que cualquier otra cosa y a la que yo, por encima de la luz de sus labios, distingo poderosa entre la multitud.

PUBLICADO EN EL PAÍS, BLOG MUJERES, sábado 4 de febrero de 2017, día e entrega del Goya de Honor a Ana Belén:
http://elpais.com/elpais/2017/02/03/mujeres/1486135998_844120.html

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CÓMO SER MUJER, Y NO MORIR EN EL INTENTO, EN EL CINE ESPAÑOL

En la rueda de  prensa concedida hace una semana con motivo del Goya de Honor que recibirá el próximo sábado, Ana Belén reclamaba conseguir en la pantalla papeles tan complejos  y llenos de aristas como los que suelen darle a sus compañeros varones. Algo de lo que no suelen disfrutar las actrices en general y no digamos las que sobrepasan la edad que marca el mercado como frontera. Un lastre que, como comprobamos cada año, no sufren los actores, siempre con oportunidad de interpretar tipos duros,  sujetos enrevesados y hasta galanes sin que importen las arrugas, el pelo cano o incluso la falta de pelo. De hecho son numerosos los actores que justo despliegan sus mayores talentos cuando llegan una cierta “madurez” en la que para ellos no cuenta, o al menos no es tan determinante,  el poderío físico. De esta manera, la Fortunata televisiva y la Desideria que nunca hubiera imaginado Antonio Gala volvía a poner el dedo en una de las llagas que siguen haciendo del cine, y muy especialmente del español, un constructor de relatos androcéntricos en los que el protagonismo corresponde al sujeto hegemónico masculino.  En este sentido, cuando colectivos como CIMA (Asociación de Mujeres cineastas y de medios audiovisuales,http://cimamujerescineastas.es/ ) o AMMA (Asociación Andaluz de mujeres de los medios audiovisuales: http://aammaudiovisual.com/aamma/) reivindican una mayor presencia de las mujeres en nuestro cine no están planteando una cuestión meramente cuantitativa, que también, sino sobre todo están llamando la atención sobre la necesidad de contar con las miradas de la mitad femenina y de,  por tanto, ofrecer otros relatos mediante los cuales podamos explicar la realidad en la que vivimos.


No es necesario volver a reiterar aquí los datos que año tras año nos siguen demostrando la discriminación, tanto horizontal como vertical, que sufren las mujeres en los medios audiovisuales. El repaso de las candidaturas a los Goya de este año vuelve a confirmarnos la evidencia. Pese a que nos llevamos la sorpresa de que las cinco cintas candidatas al galardón tienen una mujer en la producción, y de que tres mujeres y un hombre compiten por el Goya a la mejor dirección de producción, la presencia femenina continúa siendo escasa en las categorías más importantes. Solo destacan dos nombres: Nely Reguera, candidata a la mejor dirección novel por María (y los demás),  e Isabel Peña, que compite por el guión original de Que dios nos perdone.  Por supuesto hay muchos nombres femeninos en diseño de vestuario, maquillaje y peluquería, frente a la omnipresencia masculina en dirección, fotografía, montaje, dirección artística, sonido o efectos especiales. Además, tanto las películas de habla hispana como las europeas nominadas en los apartados correspondientes han sido todas dirigidas por hombres.


Pero, insisto, no se trata solo de una cuestión de porcentajes, que ya por sí solos nos deberían hacer sospechar – el feminismo como «filosofía de la sospecha», Amelia Valcárcel dixit – de un ámbito creativo en el que una mitad aparece tan subrepresentada con respecto a la otra. Se trata de una cuestión ligada a qué tipo de imaginario estamos creando como sociedad, a qué patrones ofrecemos como referente en las pantallas y, por tanto, de qué manera desde un ámbito cultural tan potente cómo el cine estamos consolidando estructuras de poder o bien revolucionándolas.  En este ámbito, como en cualquier otro espacio público o profesional, es muy importante que podamos ver mujeres y hombres ocupando responsabilidades en condiciones de igualdad, entre otras cosas para que las chicas y los chicos de este país vayan construyendo en su cabeza la imagen de una mujer directora, o autora de una banda sonora o responsable de la fotografía o montaje de una película. No se puede ser ni desear ser aquello que no se ve, por lo es educativamente muy importante que veamos mujeres ocupando posiciones que históricamente solo hemos ocupado nosotros. Pero es que, además, necesitamos que se nos cuenten otras historias, que pongan el foco en otros ángulos, que nos ofrezcan otros protagonismos, que superen, entre otras cosas, el dominio casi absoluto de un relato cinematográfico dominado por el heroísmo masculino y la accesoriedad femenina. Un superficial repaso a las historias que nos cuentan las películas que compiten a la mejor producción de este año en los Goya bastaría para confirmar cómo el cine español continúa dominado por una muy delimitada construcción de las subjetividades masculina y femenina y de las relaciones entre ambas. Como ya expliqué hace unos meses al conocer las nominaciones, “dirigidas <<lógicamente>> por hombres, las cinco finalistas nos servirían para montar una clase perfecta sobre el modelo dominante de virilidad y, en paralelo, sobre la subordinación femenina. En cuatro de ellas, los protagonistas absolutos son hombres y las mujeres apenas son personajes mínimos que poco o casi nada añaden al relato principal” (http://elpais.com/elpais/2016/12/16/mujeres/1481892281_146057.html) No olvidemos que en la que ellas son  protagonistas absolutas, Almodóvar vuelve a ofrecernos un retrato de mujeres dominadas por las pasiones  y que viven en función o como consecuencia de lo que para ellas marcan los hombres, aunque como sucede en Julieta, su aparición en pantalla sean tan limitada. La ausencia masculina es en el cine del manchego expresión de la supremacía privilegiada de ellos como factor determinante de la presencia subordinada de ellas. Es evidente que el director de Hable con ella no ha leído a Marcela Lagarde (http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/almodovar-y-los-cautiveri_b_9660226.html)


Frente al éxito de la ira, de los hombres de mil caras, de los monstruos que redimen niños a los que se les mueren las madres o de los chicos salvajes que finalmente son perdonados por Dios, me inquieta la poca atención que han merecido, salvo en los apartados interpretativos, propuestas tan radicalmente distintas como El olivo de Iciar Bollaín o la emocionante La puerta abierta de Marina Seresesky. Basta mirar con atención estas dos obras para entender a qué me refiero cuando hablo de otra mirada o de qué habla Ana Belén cuando reclama personajes tan ricos como los que suelen darles a los varones. Espero pues que la que siempre fue valiente mujer de la calle del Oso, y que va a recibir una distinción que desde 1986 solo han recibido 5 mujeres,  reivindique el próximo sábado un cine español con miradas más plurales y con historias que muestren que, efectivamente, ellas no son solo La mitad de cielo, como nos recordó Manuel Gutiérrez Aragón, sino que también lo son de la Tierra. Y que por tanto la Humanidad no será inteligible mientras que ellas no sean sujetas activas de los relatos y protagonistas autónomas de sus vidas. Es decir, mientras que continúen condenadas a acabar como “vacas sin cencerro” por culpa de los hombres o tengan que morir en el intento de ser mujeres.

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LA ÉPICA DE LAS EMOCIONES

Hay películas, que a mí particularmente son las que más me gustan, que transcurren con el ritmo pausado de la vida, que no hacen sino contar esas batallas cotidianas mediante las que el ser humano ha ido derribando murallas, que no están protagonizadas por grandes héroes ni heroínas sino por mujeres y hombres con un elevado sentido de la decencia. El cine clásico estuvo lleno de este tipo de relatos que hoy, sin embargo, es menos frecuente encontrar en las pantallas.
Loving, la última película de Jeff Nichols, un director que hace unos años me sorprendió con la notable Mud, recupera justo el tono, el tiempo y la hondura dramática de esas películas que se convirtieron en clásicos por su capacidad para mostrar las esencias más hondas del ser humano. Aunque fui a verla interesado sobre todo por el trasfondo judicial de la historia – la de la pareja interracial, Richard y Mildred Loving (interpretados en la película por Joel Edgerton y Ruth Negga), que se enamoraron y se casaron en 1958, aunque en Virginia, el Estado en que vivían, el matrimonio interracional estaba prohibido, lo que les llevaría a una larga batalla legal hasta que en 1967 el Tribunal Supremo afirmó su derecho al matrimonio -, el mayor interés de la película reside en cómo nos muestra la historia de amor de los dos protagonistas y su entereza moral frente a las dificultades.

Contada sin grandes estridencias, apoyándose básicamente en las contenidas pero emocionantes interpretaciones de sus dos protagonistas, Loving es toda una lección sobre cómo debemos entender la dignidad del ser humano y, en consecuencia,  cómo podemos definir los derechos humanos que finalmente no son otra cosa que, como bien los definió Joaquín Herrera, “procesos de lucha por  la dignidad”. La historia cobra especial valor en unos momentos en los que comprobamos, no solo en EEUU sino a nivel global, cómo cobran vigor los discursos populistas y fascistas, cómo se alimenta el miedo al otro y, en definitiva, cómo vemos en peligro buena parte de las conquistas que pensamos eran ya definitivas. El cine, una vez más, apelando a nuestra dimensión más emocional, mostrándonos que no basta con la “ética de la justicia” sino que es también necesaria la “ética del cuidado”, nos interpela como espectadores para que, tras contemplar la intensa y honda historia de amor de Richard y Mildred, salgamos a la calle teniendo muy claro lo necesaria que es nuestra energía cívica para evitar que la desesperanza se convierta en la regla de lo humano. Una energía que, por cierto, vemos cómo en la película atesora y proyecta de manera mucho más comprometida y activa Mildred frente a un marido que, como buen hombre, es demasiado esclavo a veces de sus silencios y de su masculinidad. Ambos, en todo caso, se nos retratan como seres de carne y hueso y no como unos referentes morales a los que solo faltaría elevarlos al santoral (lo cual es un defecto muy habitual del bienintencionado cine americano cuando se ocupa de cuestiones que tienen que ver con justicia social o con los fantasmas de su propio sistema). Ese es, a mi parecer, el gran acierto de este relato suave, tierno y emocionante: mostrarnos la vida, tal como huele y duele, y no el espectáculo en que con frecuencia  la transforma el cine. En este sentido, no puede haber en la pantalla ahora mismo algo más opuesto a la triunfante La la la Land que esta obra hecha con mimo y desde la honestidad. Una obra que no me caló hondo inmediatamente sino que ha ido creciendo a medida que he ido comprendiendo el gesto silencioso de Richard y la sonrisa luchadora de Mildred. Su hermosa lección sobre cómo el amor no es otra cosa que la suma, siempre inestable, de afectos y cuidados.
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RETRATO DE CHICO AZUL

Frente a la colorista, tramposa y heteronormativa La la la Land – ese sucedáneo tan bien manufacturado que se ha convertido en todo un fenónemo – , Moonlight representa justo lo contrario. La historia de un chico negro que desde pequeño siente que es “diferente” a los demás, y al que acompañamos en tres episodios a lo largo de su vida, se nos cuenta sin colores brillantes, con un realismo que no deja de ser poético y desde la apuesta ética que supone mostrarnos la vida con toda la crudeza que supone para quienes escapan de los moldes hegemónicos.  Moonlight es la adaptación de la obra de teatro de Tarell Alvin McCraney, y su título hace referencia a un dicho que afirma que los chicos negros parecen azules bajo la luz de la luna.

En el primer capítulo, nos encontramos con Little, el niño que convive con una madre prisionera de sus adicciones (el padre está ausente) y que es acosado por sus compañeros de colegio. Little entablará amistad con un traficante de drogas al que, a pesar de su extrema timidez, llegará a preguntarle qué es un marica a lo que el amigo encontrado, responderá: “es una palabra usada para que los gays se sientan mal”. En el segundo capítulo veremos como ya adolescente, y en un contexto violento y homófobo, disfruta, aunque sea fugazmente,  con la historia amorosa y sexual que vive con Kevin, el chico con el que se reencontrará una década después, cuando Little se ha convertido en Black y es todo un hombre musculoso, fuerte por fuera aunque tan frágil por dentro como siempre.
Moonlight es un bellísimo retrato de una masculinidad disidente en un mundo en el que el sistema sexo/género genera determinadas expectativas para los varones. Como dice Kevin en una escena de la película, “hice lo que todos pensaban debía hacer”.  El protagonista es un hombre que se siente desde pequeño fuera del lugar en el que le ha tocado vivir. Algo que revelan sus silencios, las palabras que dicen sus enormes ojos y la tensión que acumula frente a unos iguales que lo someten permanentemente a tratos degradantes. La película que consiguió el Globo de Oro a la mejor película extranjera, y que alguien puede ver como una especie de Brokeback Mountain afroamericano, nos plantea, desde la ternura con la que el director trata a todos los personajes, una hermosa reflexión sobre cómo la masculinidad debe conjugarse necesariamente en plural y cómo no debemos perder de vista la intersección de factores que hacen que en muchos casos haya hombres, como el protagonista, que ven multiplicada su vulnerabilidad. Es también una llamada de atención para que en nuestras miradas sobre la construcción del sujeto varón no nos situemos en un púlpito etnocéntrico y evitemos plantear construcciones colonialistas.
Moonlight es pues una bellísima película que nos permite entender cómo también los hombres, y sobre todo tantos hombres como Little, estamos prisioneros de una jaula y necesitamos, de entrada, tomar conciencia de cómo el patriarcado nos fustiga con su látigo. Obligados a sentirnos fuertes entre nuestros pares y en muchos casos negando lo que nos dicta la piel y el corazón.
Publicado en Clásicas y Modernas, 24 de enero de 2017:
http://www.clasicasymodernas.org/cine-moonlight-barry-jenkins/
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LAS VÍCTIMAS DE FITUR

Puntual, como los ritos que se repiten cada año y cuyas imágenes podrían ser perfectamente intercambiables sin que importara la fecha en que fueron tomadas, ha vuelto a celebrarse Fitur y hemos vuelto a ver a nuestros representantes haciendo todo tipo de declaraciones triunfantes y compartiendo unas sonrisas que tanto me recuerdan a esos momentos de excesos etílicos en los que resulta habitual exaltar la amistad. Hemos comprobado en la distancia la hermosura del stand de Andalucía, nos han vuelto a decir por enésima vez las bellezas que tiene Córdoba y lo poco que pernocta el personal y, por supuesto, nuestros políticos y nuestras políticas han vuelto a recordarnos lo importante que es el turismo para el desarrollo económico. Todo ello mientras que los veíamos brindando, riendo y haciéndose fotos como si fueran los invitados a la boda de Patia con algún chulazo de la cofradía del salmorejo.

No estaría mal que alguno de estos años, antes o después de Fitur, o incluso en vez de Fitur, hiciéramos entre todas y todos una profunda reflexión no solo sobre los dividendos que produce el turismo en nuestra tierra sino también sobre los riegos y consecuencias negativas que provoca. Hemos entrando en la fantasía de una línea ascendente que no tiene fin y que nos obliga a que cada año superemos las cifras del anterior. De esta manera, sumamos números y porcentajes, que tanto gustan a los políticos y a los medios para encabezar titulares. Muy pocos, sin embargo, se plantean si no corremos el riesgo de morir de éxito, como por ejemplo ya está pasando con la fiesta de los patios en nuestra ciudad, convertida en un abrumador parte temático que hace que se pierda su esencia y que nos convierte, durante unos días, en un espacio difícilmente habitable. Y es que sigue faltando, sobre todo en nuestros representantes, que no deberían seguir la lógica del máximo beneficio que es la que se le supone a las empresas privadas que viven del negocio, un análisis sobre la sostenibilidad de un modelo de desarrollo y de crecimiento económico que provoca muchas víctimas. A nadie he escuchado hablar de los riesgos medio ambientales, de las lesiones del patrimonio, de los efectos en la calidad de vida de quienes vivimos en las ciudades todos los días y de cómo la exagerada inversión en una finalidad hace que finalmente otros objetivos -la cultura, la participación ciudadana, el desarrollo cívico- acaben arrinconados o, en el mejor de los casos, supeditados al gigante que se supone llena terrazas, tabernas y esas tiendas tan horribles que rodean nuestra Mezquita.
Todo ello por no hablar de lo que, a mi parecer, es todavía más preocupante. Me refiero al tipo de trabajos que genera la industria del turismo y a la insoportable en tantos casos precariedad de las trabajadoras y los trabajadores que sostienen el invento. Vivimos instalados en la hipocresía de creernos la ciudad de los talentos, la cultura y la reflexión, pero seguimos alimentando un modelo en el que nuestros jóvenes continúan siendo condenados a irse fuera o a malvivir como camareros o limpiadoras. Los brillantes productos que nos venden en Fitur se mantienen, en la mayoría de las ocasiones, gracias a la vulnerabilidad de quienes no encuentran otra salida laboral y a la miopía de unas instituciones que de esta manera tanto contribuyen a que la distancia entre la minoría que tanto tiene y la mayoría empobrecida cada vez sea mayor. Me habría gustado ver en Fitur, por ejemplo, un pacto para garantizar la dignidad mínima como trabajadoras de las camareras de piso, o el compromiso de los empresarios en el sostén de aquellos acontecimientos colectivos que les garantizan tantos beneficios. Sin embargo, un año más, nos hemos conformado con la sonrisa artificial de presidentas y alcaldesas. Como si apenas hubiera cambiado nada con respecto a aquellos años en los que Paco Martínez Soria nos decía aquello de qué gran invento es el turismo.
PUBLICADO EN DIARIO CÓRDOBA, LUNES 23 DE ENERO DE 2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/victimas-fitur_1116867.html
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TODAS ÉRAMOS PUTAS

«Todas éramos putas».  La puta 72, la mujer que canta, la víctima de todas las guerras.  La cólera, la violencia y el dolor: hermano contra hermano, vecino contra vecino.  Las vidas rotas por los disparos y la esperanza buscando refugio. El Líbano entre llamas, como ahora lo es Siria. Las heridas de Europa,  la sangre del planeta, ¿cómo podríamos salvar la Dignidad? Mientras que el vaquero Trump llega a la Casa Blanca, y las mujeres marchan sobre Washington, y cientos, miles de personas que huyen del horror mueren bajo las nieves de una Europa silenciosa, en el Gran Teatro de Córdoba se prende la llama de las palabras.  Las del doloroso, hondo y hermoso tapiz tejido por Wajdi Mouawad  que Mario Gas ha sabido convertir en una mirada desgarradora sobre los despojos del ser humano, sobre lo que apenas queda cuando la barbarie nos domina, sobre los desastres de la guerra que, no por tantas veces contados, dejan de arañarnos porque nos sitúan frente al espejo de nuestra indolencia.

Incendios, que se va trenzando con saltos en el tiempo, con paralelismos de búsquedas y liberaciones, con desgarros que suman pasado y presente, es una brutal bofetada en nuestro alma de ciudadanos acomodados que, calentitos en la sala, nos estremecemos ante las madres que pierden a sus hijos, ante las mujeres que son violadas, ante los hombres que han hecho de la violencia el pretexto último para encontrar su lugar en el mundo. Mouawad consigue con sus palabras, que en muchos momentos parecen lorquianas, mostrarnos la tragedia que significa encontrarnos, el peso de los barrotes que a tantos seres humanos expulsan del paraíso,  la necesaria y urgente solidaridad sin la que es imposible gozar de la felicidad que supone estar juntos. Con nuestras diferencias, con nuestros dramas particulares, con nuestros rencores y nuestras tiritas. Humanidad.

Pero, por encima de todo eso, las tres horas en las que la obra consigue emocionarnos y hacernos sentir en nuestro rostro la sangre de los caídos son un magnífico relato de cómo ellas, la mitad del cielo y de la tierra, las Sofías  del mundo y las que durante siglos no aprendieron a escribir, son las principales víctimas de todos los conflictos. Las pisoteadas, las violentadas, las desgarradas, las que paren hijos de carceleros y pierden a sus descendientes en la niebla, las que ven como sus frutos se vuelven agrios, las que viven rodeadas de verdugos frente a los que en algún momento deberán rebelarse. Y aprender a leer, y a escribir, y a tener una voz propia. El empoderamiento al que incita la abuela de la protagonista. Mujeres con el rostro tapado, que guardan silencios durante años, que escriben cartas para así ganarle una última jugada al destino, que se hacen obligatoriamente las más fuertes ante tanto sujeto viril que impone las leyes por huevos. El hilo, al fin, de la sororidad de mujeres que hablan y que cantan, que se ayudan, que se escuchan, que viajan y buscan, que comparten de generación en generación la sabiduría propia de quienes siempre tuvieron que ganarse una habitación propia.

Todo eso es Incendios y, por supuesto,  Nuria Espert: esa mujer que sobre el escenario está dotada de una fuerza (sobre)natural que le permite actuar como quien va paseando por la vida. La Nuria de pelo blanco y pasos dulces, la de voz clara que es capaz de invocar el más rotundo de los sufrimientos, la que no necesita de artificios para enseñarnos la verdad de las emociones. Solo su monólogo ante el que fuera su verdugo bastaría para que nuestro corazón se sintiera deshilachado ante el horror que supone la más terrible vulneración de la integridad física y moral de un ser humano. Su interpretación de mujer/madre/abuela es un regalo que ningún espectador podrá olvidar porque ya para siempre Nawal formará parte, debería formar parte, de nuestra memoria de seres desmemoriados. Para que con ella, que vive en nosotros con la voz de la Espert, nunca olvidemos que si tantas mujeres han sido y son tratadas como putas es porque el planeta está lleno de hombres convertidos en verdugos. Una posibilidad que habita en cualquiera de nosotros, incluso en aquellos que habiendo sido víctimas tienen después la tentación de ponerse del otro lado. Nunca renunciemos, pues, a salvar la dignidad, la nuestra y la de los otros/las otras, la que nos permite descubrir lo bien que estamos juntos.

Incendios,  de Wajdi Mouawad, dirección de Mario Gas
Gran Teatro de Córdoba, 21 de enero de 2017
Fotografías: BRAULIO VALDERAS
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LA LA LA (TRUMP) LAND

En estos tiempos  de inseguridades, miedos y desigualdades crecientes, no debería extrañarnos que los espectadores busquen en las pantallas relatos capaces de ofrecerles bien una ilusión de comodidad y resguardo o, en su caso, una ensoñación que les permita escapar por un par de horas de su cruda realidad. Ante las dificultades de imaginar un futuro en el que las promesas de felicidad y bienestar superen las evidencias frustrantes del presente (el mito del progreso ha muerto), parece lógico que triunfen las miradas hacia el pasado, las relecturas  de lo que un día nos dió placer, la memoria de un tiempo en el que pareciera que todos éramos inocentes y que nos quedaba el universo por descubrir. Por todo ello, no me ha sorprendido que una película como La la la Land  se haya convertido en todo un fenómeno. Porque justamente lo que nos vende es esa ilusión, por otro lado tan propia de ese sentido ultimo de barraca de feria que también tiene el cine, de arrastrarnos por un cuento de música y colores en el que todo parece amortiguado para que apenas notemos el dolor que supone siempre decidir y lo duro que es asumir que la vida no siempre se pone del lado de nuestros deseos. Es por tanto la mejor película para traducir el estado de ánimo colectivo de la era Trump, en la que el neoliberalismo parece estar perdiendo parte de sus estrategias seductoras y está derivando en formas fascistoides y autoritarias, esas que durante un tiempo al menos ha procurado esconder bajo el antifaz de la libertad. Mientras tanto, las izquierdas andan desnortadas, incapaces de mirar el sur y sin encontrar voces y narrativas ilusionantes, bailando y cantando alrededor de sus ombligos.

LA LA LA LAND, a la que poco se le puede reprochar desde el punto de vista formal (salvo quizás un exceso de metraje que hace que su ritmo decaiga en la última media hora) , tiene la dulzura benevolente de un sucedáneo, el azúcar perdonable del chocolate con leche, las buenas intenciones del alumno o alumna aplicada que ha ensayado mil veces para que su número brille en la fiesta fin de curso. Eso sí, carece del aliento propio de aquellas obras cinematográficas que se instalan en la retina para siempre, como le falta a Enma Stone la gracia etérea de una Cyd Charisee o al insulso Ryan Gosling el dinamismo de Gene Kelly en sus mejores tiempos.

Es curioso como en una de las escenas presuntamente más emocionantes de la película,  Mia (Enma Stone) canta a los insensatos, a los intrépidos, a los valientes a los que se arriesgan, es decir, justo a todo aquello de lo que no pueden presumir los artífices de esta película que parece haber convencido tanto a público como a crítica. De hecho, es sorprendente ver estos días por las redes sociales cómo uno y otra usan un mismo lenguaje para describir el impacto que les ha provocado la cinta, todas y todos embriagados por el lirismo y sintiéndose parte de «the fools who dream«. A mí, sin embargo, que ya tengo bien asumido que siempre he sido un bicho raro, la propuesta del director de la sugerente Whiplash me ha parecido más cercana a un anuncio alargado de champán que a un clásico del musical norteamericano. De hecho pienso que no estaría mal reciclarlo la próxima Navidad como anuncio de esa lotería que siempre nos recuerda la suerte que tenemos con estar sanos y salvos. Aunque sigamos siendo parte de esa inmensa mayoría que no es millonaria y aún cuando arrastremos el peso de las decisiones equivocadas que un día tomamos. El mercado, en todo caso, nos habrá dicho que somos libres para soñar lo que debemos soñar.

Publicado en THE HUFFINGTON POST, 18 de enero de 2017:
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/la-la-la-trump-land_b_14223256.html

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VÍCTIMAS DEL PATRIARCADO, NO DE SU SEXISMO

En los últimos tiempos nos estamos acostumbrando a leer tanta barbaridad en las redes sociales en torno al feminismo, la igualdad de género y no digamos sobre las múltiples violencias que sufren las mujeres, que nuestra capacidad de asombro empieza a entrar en un estado en el que la alerta corre el riesgo de debilitarse. Ante tal cúmulo de opiniones lanzadas al aire en muchos casos por quienes no han acreditado la más mínima formación ni preocupación personal o intelectual sobre el tema, uno se debate entre no hacer el mínimo caso, entre otras cosas para no darle alas a determinados sujetos, o bien atender a la “militancia” personal y profesional que nos lleva a algunos a en ningún caso mantener la complicidad por omisión. Esa que es tan habitual entre muchos hombres que siguen percibiendo que el machismo, en cuanto  ideología que continúa conformándonos a todas y a todos, a la sociedad en general, acabará evaporándose como por arte de magia, mientras que la gran mayoría de nosotros seguimos disfrutando de nuestros privilegios y contemplando a nuestras compañeras como sujetas menores de edad.

Ha sido la segunda opción la que inmediatamente me ha llevado a escribir estas palabras tras haber leído, entre la perplejidad y la indignación, una entrada titulada Víctimas de su sexismo en un blog titulado Crónicas bárbaras del que es autor Manuel Molares. La pieza tiene frases como las siguientes: «Dicen los vecinos que no se explican la dependencia de la profesora de su asesino. Claro que se explica: él era una deidad sexual, dominante e iracundo, como Zeus. No señalarlo es hacerse cómplice: Zeus es un dios cruel y terrible, padre de dioses y hombres, que mata ocasionalmente con sus embestidas a las mujeres estúpidas. Lo advertía la mitología griega».
Los escasos y rotundos párrafos que componen la entrada responden a una de las estrategias que vemos más repetidas en estos tiempos neomachistas: la desconexión de la violencia de género de las estructuras de desigual poder entre mujeres y hombres que la provocan —tal y como por otra parte deja muy claro la LO 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, cuya legitimidad fue avalada por el Tribunal Constitucional en su sentencia 59/2008— y el cuestionamiento de los factores culturales, políticos y sociales que son esenciales en el entendimiento de cómo seguimos construyendo las relaciones de género.
De ahí a defender, como hace el autor del blog, la responsabilidad de las mujeres en el mantenimiento de unas relaciones tóxicas y por lo tanto en lo que constituye el caldo de cultivo idóneo para la violencia, media solo un paso de insensatez. Por supuesto que las mujeres son también el resultado de una cultura patriarcal y de una socialización que las sigue haciendo en muchos casos sujetas dependientes del amor romántico. De ahí que las personas expertas en la violencia de género lleven décadas alertando sobre la necesidad de construir otro modelo de relaciones afectivas y sexuales, algo urgente si tenemos en cuenta el rebrote machista y reaccionario que todos los estudios revelan entre las parejas más jóvenes.
Sostener, como hace el autor del blog, que las mujeres se entregan voluntariamente a maltratadores, a los que adoran como deidades, y de ahí deducir una responsabilidad que el “feminismo radical” no quiere ver, me parece no solo insostenible sino también peligroso. Y lo es por lo puede suponer de aliento de las posiciones neomachistas que inundan las redes y porque alimenta todas las posiciones que tratan de devaluar el análisis de género y por supuesto al feminismo. Todo ello, por cierto, con el objetivo último, aunque no confesado, de mantener un orden de privilegios al que muchos no están dispuestos a renunciar. De ahí que desesperadamente se acuda en muchos casos a la agresividad, a la desacreditación o simplemente al insulto más brutal, en el vano intento de defender unas posiciones que progresivamente van perdiendo legitimidad y argumentos.
No voy a repetir aquí, porque están más que analizados científicamente y difundidos, los factores que hacen que por ejemplo muchas mujeres no se atrevan a denunciar, o que presentada una denuncia la retiren, o que incluso finalizada una relación violenta repitan los esquemas con otro compañero. A nadie debería extrañarnos si la cultura patriarcal que nos sigue maleducando continúa vendiéndonos la seducción del malote y la entrega dependiente y ciega de la princesa, o si los mecanismos procesales y asistenciales de protección de las víctimas siguen dejando mucho que desear, o si analizamos la escasa formación y sensibilización que en la materia tienen por ejemplo buena parte de los operadores jurídicos.
Por todo ello, me parece absolutamente injusto, y por supuesto contraproducente en la lucha contra la que es una de las mayores violaciones de derechos humanos a nivel planetario, afirmar que “las mujeres son víctimas de su sexismo”. Por supuesto que hay mujeres machistas, en cuanto que han sido educadas en un contexto que las ha hecho idénticas y sin autonomía, pero ello no debería llevar a desenfocar la cuestión: ellas no son víctimas de su sexismo, sino de unas relaciones de poder —ese “género” que a tantos parece molestar en cuanto categoría de análisis social y política— en las que nosotros continuamos siendo el sujeto dominante y ellas las sometidas y por lo tanto vulnerables ante las múltiples discriminaciones que sufren o pueden sufrir. Es ahí donde hay que seguir trabajando, en ese marco de poder que provoca tantas injusticias y en el que, me remito a los datos objetivos, nosotros seguimos obteniendo dividendos de todo tipo y ellas deben seguir luchando por afirmar sus derechos.
No seré yo quien discuta que pueda haber mujeres, u hombres, que se conviertan “voluntariamente en esclavas sexuales de posibles asesinos” o que los sigan “suicidamente por el placer físico que les proporcionan” —los territorios del deseo son insondables— , pero lo que me parece osado es reducir el terrorismo que más asesinadas ha provocado en nuestro país en la última década a una cuestión de entrega morbosa de las mujeres a los hombres abusadores.
Se trata de una visión tan sesgada y tan carente de argumentos simplemente criminológicos que la respalden que puede acabar convirtiéndose en una bomba de relojería en un contexto en el que estamos viendo lo fácil que resulta darle validez a las propuestas que simplemente refuerzan nuestra ideología. En este caso, parece evidente, y ello es lo que más me preocupa, que la “crónica bárbara” que comento se convertirá, si no lo ha hecho ya, en bibliografía de referencia para quienes ven al feminismo como una especie de demonio que odia a los hombres y al género como una ideología que niega el orden y la naturaleza. Es decir, quienes todavía parecen no haber entendido que la lucha, como bien dijo Toni Morrison, no es contra los hombres, sino contra el patriarcado, y que el feminismo no persigue otra cosa que, nada más y nada menos, la efectiva igualdad entre ellas y nosotros.

Publicado en Blog MUJERES de EL PAÍS (11-1-17):

http://elpais.com/elpais/2017/01/11/mujeres/1484136509_449534.html

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CUANDO MUERE UN POETA

Cuando muere un poeta se suelen escribir muchas obviedades y hasta alguna que otra tontería: él ha muerto pero su obra perdurará; no morirá mientras que alguien recuerde sus versos. Incluso es posible que la prensa local le reserve el rincón de alguna portada que le negó en vida. Todo ello por no hablar de quienes lo observaron con envidia y que sin reparos no dudan en convertirse en lamentable coro de plañideras. Cuando muere un poeta, es normal que busquemos sus libros en las estanterías, o sus versos en google o que rastreemos sus últimas huellas en las redes sociales. Ahora los espacios virtuales nos engañan y es como si negaran la muerte: ahí siguen sus cuentas abiertas, sus fotos sonrientes, el nombre desafiando el tiempo. Cuando muere un poeta, imagino que todos los que necesitamos la literatura para vivir nos damos cuenta de que realmente la usamos para esquivar inútilmente el ir muriendo. Cuando muere un poeta, por unos instantes, mientras que dura el impacto de la noticia, somos capaces de mirarnos en el espejo y llorar ante la silueta de arena que se deshace. Y comprobamos cómo el dolor se expande y aún compartido no deja de doler menos: se disfraza de puzzle que enloquecido busca sus trozos dispersos. Ese dolor, esa rabia de quien choca brutalmente con su propia fragilidad, no tiene medida ni nombre cuando el que muere, además de poeta, era amigo.
El domingo pasado intenté de todas las maneras posibles subirme al tobogán que un día mi amigo poeta me descubrió pero ni mis pies ni mi pecho me obedecieron. Desde que en la pantalla de mi ordenador me enfrenté a la muerte de Nacho Montoto, quise volver a las escaleras en las que hace ya más de 15 años me encontré con un casi adolescente de mirada que penetraba mucho más allá de la superficie de las cosas. Aquel veinteañero del que leí sus primeros versos como el profesor que lee un examen, al que subrayé verbos y borré adjetivos, al que solo pude ofrecerle entonces la escurridiza sabiduría que otorga la edad. Bastaba con que él llegara a mi despacho, se quitara sus habituales gafas de sol, se dejara la bufanda puesta y se sentara frente a mí para que el campo de batalla se transformara en huerto de limones. Los dos, en el fondo, aprendices de casi todo, insatisfechos siempre con una ciudad que nos solía dejar con la resaca triste de aquél que nunca ha disfrutado por completo de la fiesta.
Cuando muere un amigo, el ovillo se desparrama por el patio y los hilos se hacen enredadera. Aprietan el pecho y la garganta de tal manera que cuesta pronunciar palabra, incluso emitir un leve sonido. Cuando muere un amigo, los cuadernos se desordenan y las vísceras hacen del cuerpo un territorio hostil. Cuando muere un amigo, que además era poeta, la prosa parece mirarnos burlona como si fuera la amante que ha conseguido al fin el cuerpo del enemigo.

Cuando el pasado domingo comprobé que la muerte de Nacho Montoto era cierta, se abrieron ante mí en canal el peso de los binarios que yo un día no entendí del todo. Quise entonces perderme en las playas de Cádiz, su Cádiz, para allí convencerme de que el mar donde se baña un amigo es por siempre el mar donde eterno se le encuentra. Iluso de mí al no entender, como él mismo había advertido el día antes de morir, que el dolor que sentía era justamente el que me hacía sentir vivo. Tal y como a él le gustaba sentirme: disidente, inquieto, burlón. Fue entonces cuando busqué sus libros y acaricié sus lomos como quien se abraza al ser querido después de mucho tiempo sin verlo. Y entendí que sus palabras eran la llave que ya para siempre me permitiría abrir el secreto de su generosa sonrisa. Fue así como comprendí, conmovido-herido-desolado, por qué amo tanto las horas.
Publicado en Diario Córdoba, 9 de enero de 2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/cultura/cuando-muere-poeta_1113030.html
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SOLO EL VACÍO

He de confesar que fui uno de los deslumbrados por los excesos de Xavier Dolan, si bien me cautivaron más sus primeras películas – Los amores imaginarios, Tom en la granja – que aquéllas en las que posteriormente fue enrevesando su estilo – o la falta de él, podríamos debatirlo – y perdiendo la luminosidad que transmitían sus inicios. Laurence anyways me interesó mucho pero no me impactó tanto como las anteriores. Mommy me dejó a medias.  Los peores presagios se adelantaban pues al estreno de su última película y, efectivamente, creo que es la obra menos lograda de este joven que desata pasiones encontradas y que no es tan «enfant terrible» como él mismo pretende vender. Solo el fin del mundo, en la que Dolan vuelve a sus temas de siempre (la familia, la madre, la culpa, los silencios, la homosexualidad), acaba siendo un artefacto en el que ni siquiera las formas son capaces de deslumbrar y, por tanto, de enmascarar el  más o menos endeble contenido. La opción por contarnos la historia de una familia histérica a través de primerísimos planos de los protagonistas acaba siendo un experimento fallido, al que le falta al aliento poético de otras obras de Dolan y en el que no se cumplen los objetivos esenciales de un relato cinematográfico. De una parte, nos cuenta una historia mínima – la vuelta a casa después de doce años de un treinteañero para anunciar que va a morir – pero sin que el espectador acaba entendiendo el porqué de las actuaciones de los personajes – los cuatro miembros de la familia que lo reciben – y sin que por tanto seamos capaces de trenzar los hilos que nos podrían dar las claves del relato. De otra, la opción del director, y también la de un guión más que flojo, resta emoción y credibilidad, apenas logra transmitirnos el volcán de sentimientos que se supone que deben anidar en los pechos de los protagonistas. Todo se limita a una sucesión de silencios y de gritos, de enfrentamientos que no nos dicen apenas nada y de rostros de actrices y actores que parecen estar haciendo un tremendo esfuerzo – de método – por revelarnos lo que se supone que está sintiendo su personaje.  Ni siquiera una actriz del enorme talento de Marion Cottillard salva la función ya que su personaje parece más un boceto que un ser de carne y hueso. Los otros tres miembros de la familia – interpretados de manera muy esquemática por Léa Seydoux, Nathalie Baye y Vincent Cassel – apenas son el eco de un grito cuyos orígenes no entendemos bien del todo.
Nos queda, eso sí, la mirada clara de Gaspard Ulliel, el joven escritor del que solo adivinamos parte de sus infiernos, de sus miedos y de sus luchas. Del que tampoco logramos comprender con exactitud su bondad o, mejor dicho, la pasividad ante las explosiones de quienes dicen quererlo bien. Queda apenas apuntados la relación tensa con su madre – «yo no te comprendo pero te quiero» -;  el duelo con el hermano que bien podría ser, aunque solo lo intuimos, ese macho hegemónico y fracasado que convierte el rencor en silencios o puñetazos; la memoria de una infancia de campos y música  (ni siquiera en este caso la magia de Dolan en la utilización de canciones inesperadas salva el naufragio); el amor incondicional de una hermana pequeña que parece la siguiente dispuesta a abandonar el nido. No nos cansamos, obviamente, de mirar y admirar su bello rostro, pero esa cara acaba por no decir nada, o al menos por no decir lo que uno espera cuando empieza la película.
Tal vez esta película venga a confirmar lo que muchos insistían en probar: que el genio de Dolan no es tal y que tan solo ha sido un espabilado constructor de imágenes seductoras en estos tiempos que van más allá del posmodernismo. Sin duda, este relato de, una vez más, las dramáticas relaciones familiares, le ha quedado muy por debajo del listón de otras producciones anteriores. No sabemos si su salto a Hollywood confirmará el vacío o le permitirá transitar por otros territorios. De momento, este Solo el fin del mundo solo ha dejado en mí el retazo de un bellísimo Louis y apenas las notas a pie de página de una historia a la que le sobran rostros y le falta alma.
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