CRISTINA, MANUELA Y PACA

En un país como el nuestro en el que tener un trabajo ya no garantiza no ser pobre, y en el que las mujeres continúan siendo las más vulnerables en un mercado laboral que no entiende de dignidad, es más necesario que nunca hacer un ejercicio de memoria que reconozca la lucha de todas esas ciudadanas que siempre tuvieron claro que es imposible la democracia sin la efectiva garantía de los derechos de los trabajadores y las trabajadoras. En un país tan desmemoriado como el nuestro, y en el que la memoria continúa teniendo un marcado sesgo androcéntrico, es urgente que recuperemos el hilo de todas esas mujeres, pioneras en tantos frentes, que continúan ausentes en los libros de texto.
En un día como hoy, en el que deberíamos recordar como las medidas de austeridad adoptadas con el pretexto de la crisis están provocando una imparable feminización de la pobreza, nos podría servir como referente y como impulso la trayectoria de tres mujeres que fueron y son esenciales en la construcción de nuestra imperfecta pero bendita democracia. Tres mujeres tan distintas entre sí pero tan iguales en su compromiso social y político como fueron y son Paca Sauquillo, Manuela Carmena y Cristina Almeida. Justo cuando se acaban de conmemorar los 40 años del atentado de Atocha, se ha publicado un hermoso y necesario libro en el que se nos cuentan sus dilatadas militancias a favor de los derechos laborales, de la igualdad de mujeres y hombres o de la gestión pacífica de los conflictos. El libro, que se lee con la facilidad de un relato periodístico y con la emoción de una novela pegada a la vida, supone un hermoso ejercicio de reconocimiento y memoria que todas y todos deberíamos leer para tener claro de dónde venimos, cuánto costó alcanzar determinadas conquistas y, lo más importante, cómo de frágiles son los derechos que solemos contemplar como irreversibles. Cristina, Manuela y Paca nos muestra el duro camino recorrido por unas mujeres que fueron pioneras en los ámbitos judicial y político, que tuvieron que enfrentarse no solo a las estructuras de poder de la dictadura sino también a las transversales del patriarcado, y que en todo momento fueron fieles, y así continúan siéndolo hoy, a sus convicciones.
Las tres, que como suele pasar en la historia contada por y para los hombres han estado ausentes en la mayor parte de los relatos que hemos construido sobre la transición, representan todo un ejemplo de lucha por la democracia, la libertad y la igualdad. Y, sobre todo, son un claro ejemplo de entendimiento del Derecho como herramienta de protección de las y los más débiles, como instrumento de acción política que permite poner dique a los apetitos de los poderosos, como pasaporte al fin hacia un mundo presidido por la justicia social. Algo que las tres aprendieron en las calles porque, como ha escrito Carmena, “no se puede tener una idea clara de lo que es el derecho si antes las personas no están en contacto con la injusticia”. Las tres son pues un ejemplo ético a reivindicar en estos años de ceguera moral.
Las historias de estas tres mujeres a pie de barrio, que tuvieron que vérselas en muchos casos con compañeros de lucha política tremendamente machistas y hasta misóginos, deberían ser una lección obligatoria de Educación para la Ciudadanía. Justo ahora cuando nuestras certezas son más evanescentes que nunca, y cuando los derechos económicos, sociales y culturales son pisoteados por la sacrosanta libertad. Saberse cómplice de estas “tres vidas cruzadas, entre la justicia y el compromiso” podría ser el punto de partida para tomar conciencia de la responsabilidad de todas y todos frente a las injusticias que genera la suma de patriarcado y capitalismo. Todas y todos de la mano de la voluntariosa Paca, de la comprometida Cristina y de la siempre innovadora Manuela.
Las fronteras indecisas, Diario Córdoba, 1 de mayo de 2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/cristina-manuela-paca_1143596.html
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CRISTINA, MANUELA Y PACA

En un país como el nuestro en el que tener un trabajo ya no garantiza no ser pobre, y en el que las mujeres continúan siendo las más vulnerables en un mercado laboral que no entiende de dignidad, es más necesario que nunca hacer un ejercicio de memoria que reconozca la lucha de todas esas ciudadanas que siempre tuvieron claro que es imposible la democracia sin la efectiva garantía de los derechos de los trabajadores y las trabajadoras. En un país tan desmemoriado como el nuestro, y en el que la memoria continúa teniendo un marcado sesgo androcéntrico, es urgente que recuperemos el hilo de todas esas mujeres, pioneras en tantos frentes, que continúan ausentes en los libros de texto.
En un día como hoy, en el que deberíamos recordar como las medidas de austeridad adoptadas con el pretexto de la crisis están provocando una imparable feminización de la pobreza, nos podría servir como referente y como impulso la trayectoria de tres mujeres que fueron y son esenciales en la construcción de nuestra imperfecta pero bendita democracia. Tres mujeres tan distintas entre sí pero tan iguales en su compromiso social y político como fueron y son Paca Sauquillo, Manuela Carmena y Cristina Almeida. Justo cuando se acaban de conmemorar los 40 años del atentado de Atocha, se ha publicado un hermoso y necesario libro en el que se nos cuentan sus dilatadas militancias a favor de los derechos laborales, de la igualdad de mujeres y hombres o de la gestión pacífica de los conflictos. El libro, que se lee con la facilidad de un relato periodístico y con la emoción de una novela pegada a la vida, supone un hermoso ejercicio de reconocimiento y memoria que todas y todos deberíamos leer para tener claro de dónde venimos, cuánto costó alcanzar determinadas conquistas y, lo más importante, cómo de frágiles son los derechos que solemos contemplar como irreversibles. Cristina, Manuela y Paca nos muestra el duro camino recorrido por unas mujeres que fueron pioneras en los ámbitos judicial y político, que tuvieron que enfrentarse no solo a las estructuras de poder de la dictadura sino también a las transversales del patriarcado, y que en todo momento fueron fieles, y así continúan siéndolo hoy, a sus convicciones.
Las tres, que como suele pasar en la historia contada por y para los hombres han estado ausentes en la mayor parte de los relatos que hemos construido sobre la transición, representan todo un ejemplo de lucha por la democracia, la libertad y la igualdad. Y, sobre todo, son un claro ejemplo de entendimiento del Derecho como herramienta de protección de las y los más débiles, como instrumento de acción política que permite poner dique a los apetitos de los poderosos, como pasaporte al fin hacia un mundo presidido por la justicia social. Algo que las tres aprendieron en las calles porque, como ha escrito Carmena, “no se puede tener una idea clara de lo que es el derecho si antes las personas no están en contacto con la injusticia”. Las tres son pues un ejemplo ético a reivindicar en estos años de ceguera moral.
Las historias de estas tres mujeres a pie de barrio, que tuvieron que vérselas en muchos casos con compañeros de lucha política tremendamente machistas y hasta misóginos, deberían ser una lección obligatoria de Educación para la Ciudadanía. Justo ahora cuando nuestras certezas son más evanescentes que nunca, y cuando los derechos económicos, sociales y culturales son pisoteados por la sacrosanta libertad. Saberse cómplice de estas “tres vidas cruzadas, entre la justicia y el compromiso” podría ser el punto de partida para tomar conciencia de la responsabilidad de todas y todos frente a las injusticias que genera la suma de patriarcado y capitalismo. Todas y todos de la mano de la voluntariosa Paca, de la comprometida Cristina y de la siempre innovadora Manuela.
Las fronteras indecisas, Diario Córdoba, 1 de mayo de 2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/cristina-manuela-paca_1143596.html
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DE HOMBRES HERIDOS Y PERDONES QUE SALVAN

Hacía tiempo que no veía una película tan formalmente exquisita y tan equilibrada desde el punto de vista narrativo como la última del siempre interesante François Ozon. Más allá de sus virtudes formales, empezando por un blanco y negro tan poético que solo se vuelve color cuando se evoca al ausente, Frantz es un bellísimo alegato contra los horrores de la guerra. El director francés, inspirándose de lejos en la obra  antibelicista de Rostand titulada Remordimiento, nos regala un cuidadísimo relato sobre la dificultad y la necesidad del perdón. Sobre la complejidad moral que supone cerrar las heridas que en el alma dejan los disparos y la sangre.  

La historia de Adrian, el soldado francés que deja flores en la tumba sin cadáver de un alemán muerto en la primera guerra mundial, el Frantz del título, es también una recreación de cómo el patriarcado y la patria se alían a través de las fratrías viriles creando enemigos y odios, y de cómo las mujeres acaban siendo las más sufrientes. Las que incluso, como en el caso de la protagonista, hacen de la renuncia el sentido de su vida y son capaces de crear una ficción que les duele con tal de no generar más dolor en quienes las rodean. El personaje de Adrián – frágil, sensible, dolorosamente herido – es al fin la viva imagen de una masculinidad disidente, que se rebela contra los mandatos que le hicieron ser un hombre de verdad. En este sentido, las sutiles dudas que plantea Ozon sobre una atracción homoerótica entre él y Frantz contribuyen a dibujarnos un mapa de afectos y emciones que escapan de los binomios.

Con un final que es todo un canto a la vida, Frantz tiene el aroma de un clásico y un pulso cinematográfico que uno echa de menos en las pantallas actuales. Es no solo una bella historia pacifista sino también una honda reflexión sobre cómo la ternura puede ser al fin un arma de construcción masiva. 

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DE HOMBRES HERIDOS Y PERDONES QUE SALVAN

Hacía tiempo que no veía una película tan formalmente exquisita y tan equilibrada desde el punto de vista narrativo como la última del siempre interesante François Ozon. Más allá de sus virtudes formales, empezando por un blanco y negro tan poético que solo se vuelve color cuando se evoca al ausente, Frantz es un bellísimo alegato contra los horrores de la guerra. El director francés, inspirándose de lejos en la obra  antibelicista de Rostand titulada Remordimiento, nos regala un cuidadísimo relato sobre la dificultad y la necesidad del perdón. Sobre la complejidad moral que supone cerrar las heridas que en el alma dejan los disparos y la sangre.  

La historia de Adrian, el soldado francés que deja flores en la tumba sin cadáver de un alemán muerto en la primera guerra mundial, el Frantz del título, es también una recreación de cómo el patriarcado y la patria se alían a través de las fratrías viriles creando enemigos y odios, y de cómo las mujeres acaban siendo las más sufrientes. Las que incluso, como en el caso de la protagonista, hacen de la renuncia el sentido de su vida y son capaces de crear una ficción que les duele con tal de no generar más dolor en quienes las rodean. El personaje de Adrián – frágil, sensible, dolorosamente herido – es al fin la viva imagen de una masculinidad disidente, que se rebela contra los mandatos que le hicieron ser un hombre de verdad. En este sentido, las sutiles dudas que plantea Ozon sobre una atracción homoerótica entre él y Frantz contribuyen a dibujarnos un mapa de afectos y emciones que escapan de los binomios.

Con un final que es todo un canto a la vida, Frantz tiene el aroma de un clásico y un pulso cinematográfico que uno echa de menos en las pantallas actuales. Es no solo una bella historia pacifista sino también una honda reflexión sobre cómo la ternura puede ser al fin un arma de construcción masiva. 

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FEUD: LAS MUJERES MAYORES TAMBIÉN EXISTEN

En los últimos años, y desde el punto de la construcción de relatos, las series televisivas se están convirtiendo en un espacio mucho más plural y contemporáneo que el cine. No solo estamos disfrutando en la pequeña pantalla de productos excelentemente manufacturados sino que también tenemos la oportunidad de seguir historias que hacen visibles realidades habitualmente ignoradas por el cine comercial. Algo de lo que saben mucho las mujeres, no solo limitadas en cuanto a su papel protagonista en los oficios cinematográficos y en las mismas películas, sino también en cuanto a la presencia de su mirada sobre la vida y, por tanto, tan ausentes en los imaginarios colectivos. Una situación que se agrava cuando las mujeres llegan a una determinada edad que el mercado neoliberal no considera compatible con las expectativas de negocio. Un negocio que sigue marcado por el control sobre el cuerpo femenino, por la constante sexualización de la mitad de la Humanidad y por la cosificación de quienes solo parecen importar en cuanto objetos que son mirados por hombres.

En este sentido, han sido reiteradas en los últimos tiempos las reivindicaciones de las actrices que cuando superan una determinada frontera de años prácticamente desaparecen o son devaluadas a roles muy secundarios. Algo que no sucede con sus colegas varones que pueden continuar siendo maduros interesantes y galanes con canas. Este terrible drama es precisamente el núcleo de la estupenda serie que en estas semanas emite HBO con el acertado título de FEUD (disputa). En ella no solo asistimos al enfrentamiento de dos grandes del Hollywood clásico, Joan Crawford y Bette Davis durante el rodaje de la mítica Qué fue de Baby Jane, sino que lo que me ha resultado más interesante de esta producción televisiva es el acercamiento al drama que viven dos mujeres que cuando cumplen años son ignoradas por la industria, a las que se les niega una voz propia y que acaban siendo sufrientes esclavas de un orden patriarcal, en aquellos años avalado por los grandes estudios, en el que los varones todopoderosos crean productos en los que ellos desean y ellas son las deseadas. Un dualismo jerárquico en el que lógicamente cotizan poco o nada las arrugas y la experiencia de unas mujeres que en su momento cautivaron al público.
Disfrutar además de las enormes interpretaciones de Jessica Lange, en el papel de Joan, y Susan Sarandon, haciendo de Bette, otras dos grandes actrices maduras a las que el cine parece haber dado la espalda, es razón más que suficiente para no perderse esta disputa que nos alerta sobre la que debería ser una cuestión esencial del feminismo: el espacio y la voz que nuestras sociedades ofrecen a las mujeres cuando el mercado masculino y androcéntrico las expulsa a las afueras. Ese lugar en el que acaban todas las que ya no disponen de un cuerpo capaz de generar los deseos que los varones miramos, admiramos y pagamos. Ese, y no la rivalidad entre mujeres que tanto le gusta alimentar al patriarcado, es el tema central de Feud, una de esas series que ninguna persona cinéfila ni feminista debería perderse. Para continuar aprendiendo qué privilegios hay que desmontar y qué revolución queda por hacer.
PUBLICADO EN LA WEB DE CLÁSICAS Y MODERNAS, 28-4-17:
http://www.clasicasymodernas.org/tv-gafas-violetas-feud/
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FEUD: LAS MUJERES MAYORES TAMBIÉN EXISTEN

En los últimos años, y desde el punto de la construcción de relatos, las series televisivas se están convirtiendo en un espacio mucho más plural y contemporáneo que el cine. No solo estamos disfrutando en la pequeña pantalla de productos excelentemente manufacturados sino que también tenemos la oportunidad de seguir historias que hacen visibles realidades habitualmente ignoradas por el cine comercial. Algo de lo que saben mucho las mujeres, no solo limitadas en cuanto a su papel protagonista en los oficios cinematográficos y en las mismas películas, sino también en cuanto a la presencia de su mirada sobre la vida y, por tanto, tan ausentes en los imaginarios colectivos. Una situación que se agrava cuando las mujeres llegan a una determinada edad que el mercado neoliberal no considera compatible con las expectativas de negocio. Un negocio que sigue marcado por el control sobre el cuerpo femenino, por la constante sexualización de la mitad de la Humanidad y por la cosificación de quienes solo parecen importar en cuanto objetos que son mirados por hombres.

En este sentido, han sido reiteradas en los últimos tiempos las reivindicaciones de las actrices que cuando superan una determinada frontera de años prácticamente desaparecen o son devaluadas a roles muy secundarios. Algo que no sucede con sus colegas varones que pueden continuar siendo maduros interesantes y galanes con canas. Este terrible drama es precisamente el núcleo de la estupenda serie que en estas semanas emite HBO con el acertado título de FEUD (disputa). En ella no solo asistimos al enfrentamiento de dos grandes del Hollywood clásico, Joan Crawford y Bette Davis durante el rodaje de la mítica Qué fue de Baby Jane, sino que lo que me ha resultado más interesante de esta producción televisiva es el acercamiento al drama que viven dos mujeres que cuando cumplen años son ignoradas por la industria, a las que se les niega una voz propia y que acaban siendo sufrientes esclavas de un orden patriarcal, en aquellos años avalado por los grandes estudios, en el que los varones todopoderosos crean productos en los que ellos desean y ellas son las deseadas. Un dualismo jerárquico en el que lógicamente cotizan poco o nada las arrugas y la experiencia de unas mujeres que en su momento cautivaron al público.
Disfrutar además de las enormes interpretaciones de Jessica Lange, en el papel de Joan, y Susan Sarandon, haciendo de Bette, otras dos grandes actrices maduras a las que el cine parece haber dado la espalda, es razón más que suficiente para no perderse esta disputa que nos alerta sobre la que debería ser una cuestión esencial del feminismo: el espacio y la voz que nuestras sociedades ofrecen a las mujeres cuando el mercado masculino y androcéntrico las expulsa a las afueras. Ese lugar en el que acaban todas las que ya no disponen de un cuerpo capaz de generar los deseos que los varones miramos, admiramos y pagamos. Ese, y no la rivalidad entre mujeres que tanto le gusta alimentar al patriarcado, es el tema central de Feud, una de esas series que ninguna persona cinéfila ni feminista debería perderse. Para continuar aprendiendo qué privilegios hay que desmontar y qué revolución queda por hacer.
PUBLICADO EN LA WEB DE CLÁSICAS Y MODERNAS, 28-4-17:
http://www.clasicasymodernas.org/tv-gafas-violetas-feud/
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BIG LITTLE LIES: SORORIDAD VS. VIOLENCIA MACHISTA

Hace ya algunos años que las series de televisión se han convertido en un espacio de construcción de relatos contemporáneos mucho más impactantes, y veraces, que los que nos ofrece en general una gran pantalla esclava de los dictados de las palomitas. Cuesta encontrar en el cine actual películas que hayan abordado por ejemplo cuestiones tan llenas de aristas como la masculinidad hegemónica —Mad men— , las plurales identidades de género —Transparent— o las dificultades que las mujeres siguen teniendo para ejercer el poder —Borgen—.
La pequeña pantalla está ofreciéndonos en la actualidad no solo productos impecables en cuanto a su manufactura, sino también en cuanto a su capacidad de adentrarse en aspectos esenciales de las subjetividades del siglo XXI. En este sentido, también las mujeres, con tantas dificultades para tener una presencia similar a la de los hombres en el cine y para ofrecernos su mirada sobre el mundo, están encontrando en las series un lugar en el que no parecen regir, al menos con la misma intensidad, las reglas patriarcales de la gran pantalla y en el que por tanto no solo pueden tener el protagonismo que les niega el cine sino también la oportunidad de contarnos otras historias.
Un magnífico ejemplo de esta “revolución” femenina es la recientemente emitida por HBO Big Little lies. Una serie que ha sido posible gracias al empeño de Nicole Kidman, que además de productora es una de las protagonistas, y que ha dirigido con su habitual buen pulso el canadiense Jean-Marc Vallée, del que nunca olvidaré su hermosísima Crazy (2005). Uno de los grandes méritos de esta miniserie no es solo el rotundo protagonismo femenino, hasta el punto de que los personajes masculinos son secundarios y en algún caso hasta accesorios, sino su valentía al mostrarnos buena parte de las servidumbres que las mujeres aparentemente autónomas del siglo XXI continúan sufriendo, en especial la violencia machista que sacude la vida de tantas como la expresión más brutal de desigualdad.
Las protagonistas de la serie, que viven en un lugar paradisíaco y a las que vemos con recursos materiales más que suficientes para tener una vida “feliz”, son todas, en mayor o menor medida, prisioneras de un sistema sexo/género que las sigue colocando en una posición devaluada. Unas mujeres que continúan teniendo dificultades para armonizar su vida familiar con la profesional (entre otras cosas porque esa responsabilidad recae más sobre ellas que sobre los padres de sus criaturas), que viven con angustia las obligaciones que genera la maternidad, que están encorsetadas entre un permanente sentimiento de culpa y una vigilancia social que es mucho más cruel sobre ellas que sobre sus parejas, que parecen siempre insatisfechas con el proyecto de vida que finalmente están realizando. Todo ello las hace, a pesar de su probada inteligencia y de la brillantez que les dejan demostrar en ocasiones, más vulnerables que sus compañeros, a los que vemos disfrutar de los privilegios en los que han sido educados y que continúan asumiendo como algo natural.
Pero junto a todos esos elementos, y muchos otros que tienen que ver con eso que tan acertadamente sentenciara Tolstoi de que “todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, el mayor mérito de Big Little Lies es el tratamiento que ofrece de la violencia de género a través del drama que vive Celeste (Nicole Kidman) en su matrimonio. Ella y el bellísimo Perry (Alexander Skarsgärd) constituyen el prototipo de los protagonistas de un cuento de hadas. Son la expresión extrema de la belleza, la elegancia, la perfección y la felicidad tanto material —la espléndida casa en la que viven— como emocional —esos hijos que parecen sacados de un catálogo de moda infantil—. Son la traducción contemporánea del príncipe y la princesa de cualquier producción Disney, es decir, la expresión más depurada de todos y cada uno de los mitos del amor romántico y la representación más evidente de cómo los mandatos heteropatriarcales continúan haciendo de la familia tradicional el paraíso soñado.
Pero tras esa envidiable fachada, como por desgracia es habitual en tantas parejas, habita un predador masculino que entiende el amor como dominio y una esclava de su señor que incluso justifica la violencia ejercida sobre ella en nombre de la pasión. La serie nos va mostrando cómo nunca antes, que yo recuerde, lo había hecho un producto televisivo todas las fases de la violencia de género, las múltiples estrategias de las que se sirve el maltratador y la espiral de auto-engaño y de pérdida de autoestima de la que parece no poder ni querer salir la que permanentemente está maquillándose los moratones.
Además, vemos también como esa violencia que tiene como principal víctima a la mujer genera otras víctimas (en este caso, los hijos) y cómo sin ayuda especializada y externa es prácticamente imposible salir de un laberinto en el que las cicatrices cada día son más difíciles de cerrar. Por todo ello, Big Little Liesdebería ser de visión obligatoria para todos los hombres que aún no tienen muy clara la conexión que existe entre patriarcado-amor romántico- violencia y para todas las mujeres que necesitan una mano que tire de ellas antes de que acaben absolutamente hundidas en el fango de relaciones tóxicas que les roban su autonomía.
Afortunadamente, y no haré ningún spoiler, el final de la serie no es tan terrible como el que con tanta frecuencia nos recuerdan los telediarios. Por el contrario, no podía haber un final más positivo y esperanzado que el que nos regala, y en el que frente a la omnipotencia masculina triunfa la sororidad femenina. Un último capítulo que incluso nos muestra un epílogo que nos permite soñar con una playa en la que al fin las mujeres se han liberado de la terrible carga de ser dependientes de los hombres, como si todas las protagonistas hubieran aprehendido la teoría del “continuum lesbiano” de Adrienne Rich.
Un final radicalmente feminista que a su vez nos demuestra lo necesitados que estamos de “otros” relatos, es decir, de historias que den voz y autoridad a la mitad que siempre tuvo un lugar secundario en el imaginario hecho a imagen y semejanza de quienes por los siglos de los siglos hemos tenido el poder.
Publicado en BLOG MUJERES de EL PAÍS, 19-4-2017:
http://elpais.com/elpais/2017/04/19/mujeres/1492597516_087025.html
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BIG LITTLE LIES: SORORIDAD VS. VIOLENCIA MACHISTA

Hace ya algunos años que las series de televisión se han convertido en un espacio de construcción de relatos contemporáneos mucho más impactantes, y veraces, que los que nos ofrece en general una gran pantalla esclava de los dictados de las palomitas. Cuesta encontrar en el cine actual películas que hayan abordado por ejemplo cuestiones tan llenas de aristas como la masculinidad hegemónica —Mad men— , las plurales identidades de género —Transparent— o las dificultades que las mujeres siguen teniendo para ejercer el poder —Borgen—.
La pequeña pantalla está ofreciéndonos en la actualidad no solo productos impecables en cuanto a su manufactura, sino también en cuanto a su capacidad de adentrarse en aspectos esenciales de las subjetividades del siglo XXI. En este sentido, también las mujeres, con tantas dificultades para tener una presencia similar a la de los hombres en el cine y para ofrecernos su mirada sobre el mundo, están encontrando en las series un lugar en el que no parecen regir, al menos con la misma intensidad, las reglas patriarcales de la gran pantalla y en el que por tanto no solo pueden tener el protagonismo que les niega el cine sino también la oportunidad de contarnos otras historias.
Un magnífico ejemplo de esta “revolución” femenina es la recientemente emitida por HBO Big Little lies. Una serie que ha sido posible gracias al empeño de Nicole Kidman, que además de productora es una de las protagonistas, y que ha dirigido con su habitual buen pulso el canadiense Jean-Marc Vallée, del que nunca olvidaré su hermosísima Crazy (2005). Uno de los grandes méritos de esta miniserie no es solo el rotundo protagonismo femenino, hasta el punto de que los personajes masculinos son secundarios y en algún caso hasta accesorios, sino su valentía al mostrarnos buena parte de las servidumbres que las mujeres aparentemente autónomas del siglo XXI continúan sufriendo, en especial la violencia machista que sacude la vida de tantas como la expresión más brutal de desigualdad.
Las protagonistas de la serie, que viven en un lugar paradisíaco y a las que vemos con recursos materiales más que suficientes para tener una vida “feliz”, son todas, en mayor o menor medida, prisioneras de un sistema sexo/género que las sigue colocando en una posición devaluada. Unas mujeres que continúan teniendo dificultades para armonizar su vida familiar con la profesional (entre otras cosas porque esa responsabilidad recae más sobre ellas que sobre los padres de sus criaturas), que viven con angustia las obligaciones que genera la maternidad, que están encorsetadas entre un permanente sentimiento de culpa y una vigilancia social que es mucho más cruel sobre ellas que sobre sus parejas, que parecen siempre insatisfechas con el proyecto de vida que finalmente están realizando. Todo ello las hace, a pesar de su probada inteligencia y de la brillantez que les dejan demostrar en ocasiones, más vulnerables que sus compañeros, a los que vemos disfrutar de los privilegios en los que han sido educados y que continúan asumiendo como algo natural.
Pero junto a todos esos elementos, y muchos otros que tienen que ver con eso que tan acertadamente sentenciara Tolstoi de que “todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, el mayor mérito de Big Little Lies es el tratamiento que ofrece de la violencia de género a través del drama que vive Celeste (Nicole Kidman) en su matrimonio. Ella y el bellísimo Perry (Alexander Skarsgärd) constituyen el prototipo de los protagonistas de un cuento de hadas. Son la expresión extrema de la belleza, la elegancia, la perfección y la felicidad tanto material —la espléndida casa en la que viven— como emocional —esos hijos que parecen sacados de un catálogo de moda infantil—. Son la traducción contemporánea del príncipe y la princesa de cualquier producción Disney, es decir, la expresión más depurada de todos y cada uno de los mitos del amor romántico y la representación más evidente de cómo los mandatos heteropatriarcales continúan haciendo de la familia tradicional el paraíso soñado.
Pero tras esa envidiable fachada, como por desgracia es habitual en tantas parejas, habita un predador masculino que entiende el amor como dominio y una esclava de su señor que incluso justifica la violencia ejercida sobre ella en nombre de la pasión. La serie nos va mostrando cómo nunca antes, que yo recuerde, lo había hecho un producto televisivo todas las fases de la violencia de género, las múltiples estrategias de las que se sirve el maltratador y la espiral de auto-engaño y de pérdida de autoestima de la que parece no poder ni querer salir la que permanentemente está maquillándose los moratones.
Además, vemos también como esa violencia que tiene como principal víctima a la mujer genera otras víctimas (en este caso, los hijos) y cómo sin ayuda especializada y externa es prácticamente imposible salir de un laberinto en el que las cicatrices cada día son más difíciles de cerrar. Por todo ello, Big Little Liesdebería ser de visión obligatoria para todos los hombres que aún no tienen muy clara la conexión que existe entre patriarcado-amor romántico- violencia y para todas las mujeres que necesitan una mano que tire de ellas antes de que acaben absolutamente hundidas en el fango de relaciones tóxicas que les roban su autonomía.
Afortunadamente, y no haré ningún spoiler, el final de la serie no es tan terrible como el que con tanta frecuencia nos recuerdan los telediarios. Por el contrario, no podía haber un final más positivo y esperanzado que el que nos regala, y en el que frente a la omnipotencia masculina triunfa la sororidad femenina. Un último capítulo que incluso nos muestra un epílogo que nos permite soñar con una playa en la que al fin las mujeres se han liberado de la terrible carga de ser dependientes de los hombres, como si todas las protagonistas hubieran aprehendido la teoría del “continuum lesbiano” de Adrienne Rich.
Un final radicalmente feminista que a su vez nos demuestra lo necesitados que estamos de “otros” relatos, es decir, de historias que den voz y autoridad a la mitad que siempre tuvo un lugar secundario en el imaginario hecho a imagen y semejanza de quienes por los siglos de los siglos hemos tenido el poder.
Publicado en BLOG MUJERES de EL PAÍS, 19-4-2017:
http://elpais.com/elpais/2017/04/19/mujeres/1492597516_087025.html
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CARME CHACÓN: ERA EN ABRIL

Recibo la noticia de la muerte de Carme Chacón en plena tarde de Domingo de Ramos, justo cuando la ciudad empezaba su mayor performance colectiva para deleite de muchos y malestar de quienes aún no han entendido que el espectáculo es una manera de superar el aburrido monoteísmo y de celebrar la vida a pesar de la muerte. No puedo evitar una fractura por dentro que me reconcilia con mi fragilidad. Leo en los días siguientes en los medios y en las redes sociales mucha sorpresa y mucho dolor, pero también comentarios que, a diferencia de lo que habitualmente sucede con los hombres públicos, someten a la exministra a un escrutinio muy severo. Lo que en nosotros se convierte en fácil pretexto para el homenaje, en ellas se torna cuestionamiento, ajuste de cuentas incluso: una doble vara de medir que el patriarcado alimenta y que todos, consciente o inconscientemente, aplicamos. En algunos casos con el silencio, y ya sabemos que la omisión otorga a los poderosos y quita a los vulnerables.

Recuerdo el rostro luminoso de Carme justo en una semana en la que en nuestras calles vemos una perfecta representación barroca de los roles de género: nosotros, señores en los púlpitos y principales protagonistas; ellas, abnegadas madres, un paso por detrás, sufrientes dadoras de vida y seres que viven para los demás. El hijo revolucionario y con voz, dios en la tierra; la madre, silenciosa y virtuosa, cautiva de sus renuncias. Contemplando estas imágenes, no dejo de pensar en lo complicado que todavía hoy lo tienen ellas, las Marías de todo el planeta, incluso en aquellos espacios donde ha triunfado la democracia. De ahí que no se me vaya la cabeza de Carme pisando fuerte, llevando los pantalones, plantándole cara a la confesionalidad del ejército, mirando al otro siempre orgullosa de sus convicciones pero sin la acritud del enemigo. Cuántas veces he usado en clases y conferencias su imagen como ministra de Defensa embarazada pasando revista a las tropas para explicar en qué consiste la democracia paritaria y por qué es tan importante que ellas estén en los mismos lugares que nosotros hemos ocupado durante siglos. Aunque el objetivo final pueda ser acabar con ellos, como muchos soñamos hacer con los ejércitos.

Como todos los que no sabíamos de su enfermedad, ahora he descubierto cómo en esa mujer, a la que muchos por ejemplo cuestionaron sus virtudes patrióticas por el simple hecho de ser catalana, tuvo el doble mérito de amarrarse a la vida y a su sueño de servicio público con la fortaleza de la que solo son capaces quienes son conscientes de que su vida pende de un hilo. Una lección que muchos hombres deberíamos aprender de las mujeres que con tanta insistencia nos demuestran que la verdadera fuerza tiene que ver con la asunción de nuestra vulnerabilidad. La muerte de Carme ha sido, además, una terrible metáfora del drama que vive el PSOE, de lo que pudo haber sido y no fue, de lo que no aún no sabe que quiere ser. Los rostros entristecidos que en estos días la recordaban son también los que a duras penas ocultan la preocupación ante el futuro incierto de un partido que hace años dejó de hablar el lenguaje de la ciudadanía. Quizás por no haberse querido mirar en el espejo y hacer la debida autocrítica, quizás por haber desarrollado demasiadas actitudes propias de esos machitos encantados de haberse conocido, quizás por vivir más pegado a las sombras del pasado que a la energía que en su momento pudo suponer una Carme Chacón de la que justo ahora sabemos que era la más capaz para luchar contra los destinos traicioneros. Una de esas mujeres que, pese a los obstáculos que siguen sufriendo, hablan, hacen e inspiran. Por las que siempre, Marías de todo el planeta, merece la pena seguir celebrando otro abril de sueños republicanos y horizontes violetas.
Publicado en LAS FRONTERAS INDECISAS, Diario Córdoba, 17-4-2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/carme-chacon-era-abril_1140020.html
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CARME CHACÓN: ERA EN ABRIL

Recibo la noticia de la muerte de Carme Chacón en plena tarde de Domingo de Ramos, justo cuando la ciudad empezaba su mayor performance colectiva para deleite de muchos y malestar de quienes aún no han entendido que el espectáculo es una manera de superar el aburrido monoteísmo y de celebrar la vida a pesar de la muerte. No puedo evitar una fractura por dentro que me reconcilia con mi fragilidad. Leo en los días siguientes en los medios y en las redes sociales mucha sorpresa y mucho dolor, pero también comentarios que, a diferencia de lo que habitualmente sucede con los hombres públicos, someten a la exministra a un escrutinio muy severo. Lo que en nosotros se convierte en fácil pretexto para el homenaje, en ellas se torna cuestionamiento, ajuste de cuentas incluso: una doble vara de medir que el patriarcado alimenta y que todos, consciente o inconscientemente, aplicamos. En algunos casos con el silencio, y ya sabemos que la omisión otorga a los poderosos y quita a los vulnerables.

Recuerdo el rostro luminoso de Carme justo en una semana en la que en nuestras calles vemos una perfecta representación barroca de los roles de género: nosotros, señores en los púlpitos y principales protagonistas; ellas, abnegadas madres, un paso por detrás, sufrientes dadoras de vida y seres que viven para los demás. El hijo revolucionario y con voz, dios en la tierra; la madre, silenciosa y virtuosa, cautiva de sus renuncias. Contemplando estas imágenes, no dejo de pensar en lo complicado que todavía hoy lo tienen ellas, las Marías de todo el planeta, incluso en aquellos espacios donde ha triunfado la democracia. De ahí que no se me vaya la cabeza de Carme pisando fuerte, llevando los pantalones, plantándole cara a la confesionalidad del ejército, mirando al otro siempre orgullosa de sus convicciones pero sin la acritud del enemigo. Cuántas veces he usado en clases y conferencias su imagen como ministra de Defensa embarazada pasando revista a las tropas para explicar en qué consiste la democracia paritaria y por qué es tan importante que ellas estén en los mismos lugares que nosotros hemos ocupado durante siglos. Aunque el objetivo final pueda ser acabar con ellos, como muchos soñamos hacer con los ejércitos.

Como todos los que no sabíamos de su enfermedad, ahora he descubierto cómo en esa mujer, a la que muchos por ejemplo cuestionaron sus virtudes patrióticas por el simple hecho de ser catalana, tuvo el doble mérito de amarrarse a la vida y a su sueño de servicio público con la fortaleza de la que solo son capaces quienes son conscientes de que su vida pende de un hilo. Una lección que muchos hombres deberíamos aprender de las mujeres que con tanta insistencia nos demuestran que la verdadera fuerza tiene que ver con la asunción de nuestra vulnerabilidad. La muerte de Carme ha sido, además, una terrible metáfora del drama que vive el PSOE, de lo que pudo haber sido y no fue, de lo que no aún no sabe que quiere ser. Los rostros entristecidos que en estos días la recordaban son también los que a duras penas ocultan la preocupación ante el futuro incierto de un partido que hace años dejó de hablar el lenguaje de la ciudadanía. Quizás por no haberse querido mirar en el espejo y hacer la debida autocrítica, quizás por haber desarrollado demasiadas actitudes propias de esos machitos encantados de haberse conocido, quizás por vivir más pegado a las sombras del pasado que a la energía que en su momento pudo suponer una Carme Chacón de la que justo ahora sabemos que era la más capaz para luchar contra los destinos traicioneros. Una de esas mujeres que, pese a los obstáculos que siguen sufriendo, hablan, hacen e inspiran. Por las que siempre, Marías de todo el planeta, merece la pena seguir celebrando otro abril de sueños republicanos y horizontes violetas.
Publicado en LAS FRONTERAS INDECISAS, Diario Córdoba, 17-4-2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/carme-chacon-era-abril_1140020.html
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ELENA FORTÚN CONTRA EL HETEROPATRIARCADO


«Vuelve a tu hogar, mujer, esposa, dueña y señora, vuelve a tus deberes, con los tuyos…>> ¡No! Los míos son esos que despreciáis, Joaquinito, Fermina, Lolín, Rafita,… los parias de una sociedad normal que no tiene otro fin más que reproducirse, los que habéis echado de vuestras honradas casas, llenas de lujuria, lloros de chicos y olor de pañales… Ellos son mis compañeros de camino y me voy con ellos…”
Termino la lectura de Oculto sendero, la novela inédita y prácticamente una biografía novelada de Elena Fortún, y no tengo ninguna duda de que he leído una de las obras literarias que mejor relatan la lucha contra los barrotes de la jaula del patriarcado en una doble dimensión: la de la mujer que se siente prisionera de su papel de ángel del  hogar y la que ha de liberarse de la esclavitud de la heteronormatividad. Escrita durante su exilio en Argentina y firmada con el seudónimo de Rosa María Castaños, el interés de esta obra, como bien explica en la introducción Nuria Capdevila-Argüelles, “radica en su tratamiento de la identidad sexual y genérica, constituyendo una exploración única de las relaciones entre homosexualidad y heterosexualidad. La situación de la mujer creadora en las primeras décadas del siglo XX- los años de <<las modernas>> o <<garzonas>> – y su problemática relación con el otro masculino que corta o dificulta su autoría o emancipación es el otro gran tema de esta singular novela, testamento literario de la creadora de Celia, el personaje infantil más importante de la literatura española”.
La historia de Mª Luisa, que desde niña rechaza los vestidos y quiere vestirse de marinero, es la de tantas mujeres que se vieron encerradas en la dictadura de unas normas de género que les marcaban su lugar en el mundo: el de las sumisas y virtuosas Sofías frente al Emilio nacido para la autonomía. De ahí que las mujeres que osaban superar las fronteras de lo privado eran inmediatamente tachadas de “malas”, como esas que vivían frente a la casa de la protagonista: “…cuando yo salía al balcón desobedeciendo a mamá, que me lo tenía prohibido, porque en la casa inmediata vivían unas mujeres malas. Nunca explicaba por qué eran malas aquellas mujeres que nunca pude ver, y yo suponía que siempre estaban regañando, que se arañaban y pellizcaban unas a otras, que gritaban mucho y hasta que escupían a la calle desde el balcón, cosas todas abominables y terribles”.
Mª Luisa, como todas las mujeres durante décadas, es educada para ser un ángel del hogar, una señora de, un ser carente de autonomía y al que desde pequeña niegan sus capacidades creativas. Las de la niña que se niega a ponerse “gasas de bailarina” y a la que cuando le preguntan qué harás cuando seas mayor, contesta “vestirme de hombre y montar a caballo”.  La mujer que iremos viendo cómo se resiste a ser una burda copia del modelo virginal de María: “El perfume de las rosas que inundaba la clase, las canciones frescas y desentonadas, las velas encendidas que daban animación y vida a la cara perfecta de la Virgen”.
Dividida en tres partes que se corresponden con la primavera, el verano y el otoño, y con un final de otoño que no llega a ser invierno, esta obra excepcional nos permite ser testigos del aprendizaje de una mujer que sufre múltiples renuncias y angustias hasta que finalmente consigue liberarse. Es, desde esta perspectiva, el perfecto relato de cómo el heteropatriarcado se ha construido siempre no solo sobre la subordiscriminación de las mujeres sino también sobre del brutal dualismo que contrapone de manera jerárquica heterosexualidad y otras opciones sexuales.
La novela nos muestra además a la perfección como en paralelo a la sumisión de ellas se construyen las masculinidades poderosas y públicas, las propias de los diligentes padres de familia, las que tienen derecho al cuerpo y la sexualidad de las mujeres para satisfacer sus deseos. Elena Fortún no renuncia a contarnos un par de episodios de lo que hoy llamaríamos acoso sexual y que hacen que la protagonista, o sea, ella misma, se vaya posicionando frente a una masculinidad predadora. El primer episodio lo protagonizan unos chavales – “Ya otro había deslizado sus manos ásperas por mis muslos y trataba de meterlas por la boca de los pantalones …”  – mientras que en el segundo, casi un intento de violación,  es un juez el que se lanza sobre ella: “Estaba muy encarnado y respiraba jadeante, echándome a la cara su aliento desagradable. Cada vez le importaba menos el juego y más yo. Al fin, me cogió contra la pared y aplicando sus labios gordos a los míos me besó ávidamente, metiendo casi su boca entre mis dientes, al mismo tiempo que su lengua gorda y repugnante buscaba la mía hasta casi asfixiarme… y su cuerpo se aplastaba contra mi pecho, y una pierna se incrustaba entre las mías…” Unos hombres que mal llevan que las mujeres de principios del siglo XX empiecen a reivindicar su autonomía, las mismas oportunidades, ser al fin dueñas de sus proyectos de vida: “Ahora les ha dado a las mujeres por imitarnos…”. No falta en la novela incluso una mirada crítica sobre esos hombres que por ejemplo van de putas con total normalidad y con la complicidad silenciosa del resto: “Luego, ¿había mujeres que hacían eso por ganar dinero?¡Y los hombres venían a buscarlas como si fueran al café! ¡Dios, qué espanto! Y todos lo sabían… lo sabía mamá, papá, mis hermanos… todo el mundo, menos yo hasta aquel momento, y continuaban tan tranquilos, y reían felices… ¡No se morían de espanto y de horror!”.
Oculto sendero recrea a la perfección todos los mandatos de género que durante siglo han limitado los espacios y los tiempos de las mujeres, al tiempo que hacían de ellas seres educados para la virtud y para la entrega a los otros: “¡Ya está en la infancia femenina marcado el espíritu de sacrificio, la necesidad de consagrarse a la felicidad de la familia!”.  Una virtud que en el caso concreto de nuestro país estuvo marcado por el catolicismo, la única religión verdadera – claro que hay otras, pero como dice la madre de Mª Luisa, “todas son mentiras”- que enseñó a las mujeres el camino del sacrificio, la obediencia y el pudor. Una religión que santificó el orden heteronormativo a través del matrimonio, el único destino para la mujer decente: “El camino de la mujer es el matrimonio y todo lo que aprenda y estudie debe ser con miras al día de mañana, para hacer feliz al hombre que escoja por compañera, y ser una buena madre de familia”. Ese es el destino contra el que se rebela  la protagonista a la que Elena le hace decir: “¡Si yo no quiero ser una madre de familia! ¡Si no me quiero casar, ni estudiar piano, ni coser, ni hacer cuentas..! Solo quiero leer, leer todos los libros que hay en el mundo…” Un sueño que chocaba contra la jaula que la sociedad tenía construida para ella, porque “para cuidar del marido y criar hijos no hacen falta literaturas”.
Oculto sendero, editada primorosamente por la Editorial Renacimiento, es el grito de Mª Luisa, pero también de Elena, y el de tantas mujeres que ansiaron tener la misma libertad que los hombres: “¡Yo sí que les envidiaba! ¡Su libertad, sus trajes sencillos, estrictos, sin ninguna fantasía, su derecho de comportarse naturalmente, sin afectación…!”. Mujeres las que desde pequeñitas se las educaba para cuidar y encontrar marido, por lo que “quedarse para vestir santos” suponía el mayor fracaso que podían sufrir. Esa es la gran tensión que sufre la protagonista: “Y yo no tenía ningún deseo de tener casa, ni de coser todo el día, ni de llevarle el desayuno a la cama… Aquellos proyectos me sonaban a un servicio que yo estaba obligada a hacer… Jorge pintaría y yo… a coser, a limpiar la casa ayudando a la criada, a administrar el dinero… y por toda alegría, ver pintar a Jorge… ¡Así tenía que ser! ¡Así vivían todas las mujeres! El orden establecido por la sociedad era este y no otro…” Un orden que Rousseau elevó a la categoría moral de modelo y que los Códigos Civiles convirtieron en Derecho: “¡Aquella pobre Teresita del pueblo se decía que engañaba a su marido! ¡Qué atrocidad! Ella ha debido resignarse, cuidar de su casa y de sus hijos, …¿Qué él era mujeriego y holgazán? ¿Que había acabado con el último céntimo de ella…? Sí, todo eso era verdad, pero su obligación era morir en la brecha, defendiendo su hogar…” En fin, las heroicas Sofías soportando “las sinrazones del marido sin quejarse”.
Pero no solo es la lucha contra ese orden la que sufrimos con la protagonista de la novela, también es la salida del armario tras un largo proceso de empoderamiento que le lleva finalmente a afirmar “a mí no me gustan los hombres” y tiempo después  a tratar de ser consecuente con lo que le dicta su piel. Un proceso especialmente dramático en una sociedad para la que un homosexual era “un invertido, un cochino repugnante” y para la que las lesbianas no existían, eran invisibles, sumaban la puerta de su deseo a la que ya de por sí tenían cerrada por su condición de mujeres.
Oculto sendero nos muestra cómo también entre los años 20 y 30 del pasado siglo las mujeres empezaron a ocupar espacios en nuestro país que tiempo atrás les estaban vedados: “¡Ah, las muchas modernas! Las veía solas por la calle, con su cartera bajo el brazo, camino de la universidad, del instituto, de la escuela…¿Por qué había venido yo al mundo diez años antes de mi tiempo?” Mª Luisa/Elena luchando contra el tiempo que no tuvo y al fin logrando reconocer sus verdaderos latidos: “siento crecer algo que siempre he llevado en el corazón y en el cerebro, como un hijo… y que esta vez no se me puede morir”. La mujer que al fin se mira en el espejo y se reconoce en artistas y en otros seres libres: “El artista es tal vez el tercer sexo… Creo que entre los humanos son los artistas los que no deben reproducirse…el artista lleva en su cerebro y en su alma comprendidos los dos sexos, en un extraño hermafroditismo capaz de crear”. Los ecos andróginos de Coleridge y después de Virginia Woolf a través de la Fortún.
La biografía novelada de la creadora de Celia acaba siendo uno de los más hermosos relatos que yo recuerdo sobre lo que supone vivir en un mundo que no te reconoce – “los que son normales nos desprecian” – y en el que el crimen o pecado contra natura acaba siendo un cerrojo contra la naturaleza del sujeto que escapa a las reglas de la mayoría.  Un relato que ha sido más frecuente leer “en masculino” pero que no ha sido tan habitual que sea narrado, al menos en nuestro país, por mujeres.  De ahí el valor de este testamento literario de Elena Fortún, una mujer desdichada y excepcional, una de esas grandes desconocidas en un mundo que sigue dominado por el prestigio masculino. Una de esas muchas víctimas de unas estructuras de poder que le cortaron  las alas y que la obligaron a vivir en permanente lucha. Leer este libro no es solo por tanto homenajearlas sino también hacer un ejercicio de memoria para que nunca se nos olvide de dónde venimos y qué frágiles son las conquistas de la igualdad. Todo eso al margen de las muchas virtudes literarias de un texto que te hace sentir como propio el desgarro de una mujer que acaba afortunadamente reconociéndose y queriéndose a sí misma como primer paso hacia la auténtica libertad.
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ELENA FORTÚN CONTRA EL HETEROPATRIARCADO


«Vuelve a tu hogar, mujer, esposa, dueña y señora, vuelve a tus deberes, con los tuyos…>> ¡No! Los míos son esos que despreciáis, Joaquinito, Fermina, Lolín, Rafita,… los parias de una sociedad normal que no tiene otro fin más que reproducirse, los que habéis echado de vuestras honradas casas, llenas de lujuria, lloros de chicos y olor de pañales… Ellos son mis compañeros de camino y me voy con ellos…”
Termino la lectura de Oculto sendero, la novela inédita y prácticamente una biografía novelada de Elena Fortún, y no tengo ninguna duda de que he leído una de las obras literarias que mejor relatan la lucha contra los barrotes de la jaula del patriarcado en una doble dimensión: la de la mujer que se siente prisionera de su papel de ángel del  hogar y la que ha de liberarse de la esclavitud de la heteronormatividad. Escrita durante su exilio en Argentina y firmada con el seudónimo de Rosa María Castaños, el interés de esta obra, como bien explica en la introducción Nuria Capdevila-Argüelles, “radica en su tratamiento de la identidad sexual y genérica, constituyendo una exploración única de las relaciones entre homosexualidad y heterosexualidad. La situación de la mujer creadora en las primeras décadas del siglo XX- los años de <<las modernas>> o <<garzonas>> – y su problemática relación con el otro masculino que corta o dificulta su autoría o emancipación es el otro gran tema de esta singular novela, testamento literario de la creadora de Celia, el personaje infantil más importante de la literatura española”.
La historia de Mª Luisa, que desde niña rechaza los vestidos y quiere vestirse de marinero, es la de tantas mujeres que se vieron encerradas en la dictadura de unas normas de género que les marcaban su lugar en el mundo: el de las sumisas y virtuosas Sofías frente al Emilio nacido para la autonomía. De ahí que las mujeres que osaban superar las fronteras de lo privado eran inmediatamente tachadas de “malas”, como esas que vivían frente a la casa de la protagonista: “…cuando yo salía al balcón desobedeciendo a mamá, que me lo tenía prohibido, porque en la casa inmediata vivían unas mujeres malas. Nunca explicaba por qué eran malas aquellas mujeres que nunca pude ver, y yo suponía que siempre estaban regañando, que se arañaban y pellizcaban unas a otras, que gritaban mucho y hasta que escupían a la calle desde el balcón, cosas todas abominables y terribles”.
Mª Luisa, como todas las mujeres durante décadas, es educada para ser un ángel del hogar, una señora de, un ser carente de autonomía y al que desde pequeña niegan sus capacidades creativas. Las de la niña que se niega a ponerse “gasas de bailarina” y a la que cuando le preguntan qué harás cuando seas mayor, contesta “vestirme de hombre y montar a caballo”.  La mujer que iremos viendo cómo se resiste a ser una burda copia del modelo virginal de María: “El perfume de las rosas que inundaba la clase, las canciones frescas y desentonadas, las velas encendidas que daban animación y vida a la cara perfecta de la Virgen”.
Dividida en tres partes que se corresponden con la primavera, el verano y el otoño, y con un final de otoño que no llega a ser invierno, esta obra excepcional nos permite ser testigos del aprendizaje de una mujer que sufre múltiples renuncias y angustias hasta que finalmente consigue liberarse. Es, desde esta perspectiva, el perfecto relato de cómo el heteropatriarcado se ha construido siempre no solo sobre la subordiscriminación de las mujeres sino también sobre del brutal dualismo que contrapone de manera jerárquica heterosexualidad y otras opciones sexuales.
La novela nos muestra además a la perfección como en paralelo a la sumisión de ellas se construyen las masculinidades poderosas y públicas, las propias de los diligentes padres de familia, las que tienen derecho al cuerpo y la sexualidad de las mujeres para satisfacer sus deseos. Elena Fortún no renuncia a contarnos un par de episodios de lo que hoy llamaríamos acoso sexual y que hacen que la protagonista, o sea, ella misma, se vaya posicionando frente a una masculinidad predadora. El primer episodio lo protagonizan unos chavales – “Ya otro había deslizado sus manos ásperas por mis muslos y trataba de meterlas por la boca de los pantalones …”  – mientras que en el segundo, casi un intento de violación,  es un juez el que se lanza sobre ella: “Estaba muy encarnado y respiraba jadeante, echándome a la cara su aliento desagradable. Cada vez le importaba menos el juego y más yo. Al fin, me cogió contra la pared y aplicando sus labios gordos a los míos me besó ávidamente, metiendo casi su boca entre mis dientes, al mismo tiempo que su lengua gorda y repugnante buscaba la mía hasta casi asfixiarme… y su cuerpo se aplastaba contra mi pecho, y una pierna se incrustaba entre las mías…” Unos hombres que mal llevan que las mujeres de principios del siglo XX empiecen a reivindicar su autonomía, las mismas oportunidades, ser al fin dueñas de sus proyectos de vida: “Ahora les ha dado a las mujeres por imitarnos…”. No falta en la novela incluso una mirada crítica sobre esos hombres que por ejemplo van de putas con total normalidad y con la complicidad silenciosa del resto: “Luego, ¿había mujeres que hacían eso por ganar dinero?¡Y los hombres venían a buscarlas como si fueran al café! ¡Dios, qué espanto! Y todos lo sabían… lo sabía mamá, papá, mis hermanos… todo el mundo, menos yo hasta aquel momento, y continuaban tan tranquilos, y reían felices… ¡No se morían de espanto y de horror!”.
Oculto sendero recrea a la perfección todos los mandatos de género que durante siglo han limitado los espacios y los tiempos de las mujeres, al tiempo que hacían de ellas seres educados para la virtud y para la entrega a los otros: “¡Ya está en la infancia femenina marcado el espíritu de sacrificio, la necesidad de consagrarse a la felicidad de la familia!”.  Una virtud que en el caso concreto de nuestro país estuvo marcado por el catolicismo, la única religión verdadera – claro que hay otras, pero como dice la madre de Mª Luisa, “todas son mentiras”- que enseñó a las mujeres el camino del sacrificio, la obediencia y el pudor. Una religión que santificó el orden heteronormativo a través del matrimonio, el único destino para la mujer decente: “El camino de la mujer es el matrimonio y todo lo que aprenda y estudie debe ser con miras al día de mañana, para hacer feliz al hombre que escoja por compañera, y ser una buena madre de familia”. Ese es el destino contra el que se rebela  la protagonista a la que Elena le hace decir: “¡Si yo no quiero ser una madre de familia! ¡Si no me quiero casar, ni estudiar piano, ni coser, ni hacer cuentas..! Solo quiero leer, leer todos los libros que hay en el mundo…” Un sueño que chocaba contra la jaula que la sociedad tenía construida para ella, porque “para cuidar del marido y criar hijos no hacen falta literaturas”.
Oculto sendero, editada primorosamente por la Editorial Renacimiento, es el grito de Mª Luisa, pero también de Elena, y el de tantas mujeres que ansiaron tener la misma libertad que los hombres: “¡Yo sí que les envidiaba! ¡Su libertad, sus trajes sencillos, estrictos, sin ninguna fantasía, su derecho de comportarse naturalmente, sin afectación…!”. Mujeres las que desde pequeñitas se las educaba para cuidar y encontrar marido, por lo que “quedarse para vestir santos” suponía el mayor fracaso que podían sufrir. Esa es la gran tensión que sufre la protagonista: “Y yo no tenía ningún deseo de tener casa, ni de coser todo el día, ni de llevarle el desayuno a la cama… Aquellos proyectos me sonaban a un servicio que yo estaba obligada a hacer… Jorge pintaría y yo… a coser, a limpiar la casa ayudando a la criada, a administrar el dinero… y por toda alegría, ver pintar a Jorge… ¡Así tenía que ser! ¡Así vivían todas las mujeres! El orden establecido por la sociedad era este y no otro…” Un orden que Rousseau elevó a la categoría moral de modelo y que los Códigos Civiles convirtieron en Derecho: “¡Aquella pobre Teresita del pueblo se decía que engañaba a su marido! ¡Qué atrocidad! Ella ha debido resignarse, cuidar de su casa y de sus hijos, …¿Qué él era mujeriego y holgazán? ¿Que había acabado con el último céntimo de ella…? Sí, todo eso era verdad, pero su obligación era morir en la brecha, defendiendo su hogar…” En fin, las heroicas Sofías soportando “las sinrazones del marido sin quejarse”.
Pero no solo es la lucha contra ese orden la que sufrimos con la protagonista de la novela, también es la salida del armario tras un largo proceso de empoderamiento que le lleva finalmente a afirmar “a mí no me gustan los hombres” y tiempo después  a tratar de ser consecuente con lo que le dicta su piel. Un proceso especialmente dramático en una sociedad para la que un homosexual era “un invertido, un cochino repugnante” y para la que las lesbianas no existían, eran invisibles, sumaban la puerta de su deseo a la que ya de por sí tenían cerrada por su condición de mujeres.
Oculto sendero nos muestra cómo también entre los años 20 y 30 del pasado siglo las mujeres empezaron a ocupar espacios en nuestro país que tiempo atrás les estaban vedados: “¡Ah, las muchas modernas! Las veía solas por la calle, con su cartera bajo el brazo, camino de la universidad, del instituto, de la escuela…¿Por qué había venido yo al mundo diez años antes de mi tiempo?” Mª Luisa/Elena luchando contra el tiempo que no tuvo y al fin logrando reconocer sus verdaderos latidos: “siento crecer algo que siempre he llevado en el corazón y en el cerebro, como un hijo… y que esta vez no se me puede morir”. La mujer que al fin se mira en el espejo y se reconoce en artistas y en otros seres libres: “El artista es tal vez el tercer sexo… Creo que entre los humanos son los artistas los que no deben reproducirse…el artista lleva en su cerebro y en su alma comprendidos los dos sexos, en un extraño hermafroditismo capaz de crear”. Los ecos andróginos de Coleridge y después de Virginia Woolf a través de la Fortún.
La biografía novelada de la creadora de Celia acaba siendo uno de los más hermosos relatos que yo recuerdo sobre lo que supone vivir en un mundo que no te reconoce – “los que son normales nos desprecian” – y en el que el crimen o pecado contra natura acaba siendo un cerrojo contra la naturaleza del sujeto que escapa a las reglas de la mayoría.  Un relato que ha sido más frecuente leer “en masculino” pero que no ha sido tan habitual que sea narrado, al menos en nuestro país, por mujeres.  De ahí el valor de este testamento literario de Elena Fortún, una mujer desdichada y excepcional, una de esas grandes desconocidas en un mundo que sigue dominado por el prestigio masculino. Una de esas muchas víctimas de unas estructuras de poder que le cortaron  las alas y que la obligaron a vivir en permanente lucha. Leer este libro no es solo por tanto homenajearlas sino también hacer un ejercicio de memoria para que nunca se nos olvide de dónde venimos y qué frágiles son las conquistas de la igualdad. Todo eso al margen de las muchas virtudes literarias de un texto que te hace sentir como propio el desgarro de una mujer que acaba afortunadamente reconociéndose y queriéndose a sí misma como primer paso hacia la auténtica libertad.

PUBLICADO EN THE HUFFINGTON POST, 16-4-2017:
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/elena-fortun-contra-el-heteropatriarcado_a_22042041/

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DESEOS MASCULINOS

Fui uno de los muchos espectadores que en su día quedaron tocados por la hermosísima Los juncos salvajes (1994). En aquel relato de adolescencias, deseos callados e identidades en tránsito, André Techiné ofreció lo mejor de sí y nos dio una lección sobre lo complejo que es liberarse del infinitivo para instalarse en el gerundio. Décadas después, el director francés vuelve a regalarnos una imperfecta pero bella historia sobre chicos que se están haciendo y sobre cómo pelean en esa etapa de la vida en que los hombres, sobre todo los hombres, nos vemos compelidos a cumplir fielmente con unas determinadas expectativas de género. La hermosa historia de amor que nos cuenta esta película, porque al final no es sino una historia de amor,  nos muestra como la virilidad, entendida en el sentido hegemónico del término, nos ata y en muchos casos nos conduce a subrayar el patrón que los otros diseñan para nosotros. La tensión existente entre los dos chicos protagonistas, Tom y Damien, que se plasma literalmente en violencia en la primera parte de la película, es la muestra más clara de cómo la represión del deseo, ese sobre el que los dos hablan cuando preparan una tarea de clase, produce monstruos y mucha infelicidad. Una represión en la que los hombres hemos sido y somos educados desde el momento en que asumimos la homofobia como parte esencial de la identidad masculina.

La misma referencia de los padres de la película – el padre ausente y proveedor de Tom, el padre presente a intervalos, y heroico militar, de Damien – nos muestran el espejo en el que se miran (aunque solo sea de reojo) los dos adolescentes que viven entre la soledad de la rareza, sobre todo en el caso de Tom, y el confortable útero materno (Damien). Un complejo equilibrio al que por cierto parecen desafiar Bowie y el cartel de al película CRAZY en el caso del hijo del militar y que se vuelve huida imposible en los baños solitarios de Tom en el lago de las montañas.

Y entre medias, las madres. La madre de Tom, que es cuidada por el hijo adoptivo , el cual por tanto no continúa el linaje juramentado del padre, y a la que finalmente vemos concibiendo descendencia, pero no un varón sino una hija a la que el hijo coge en sus brazos con miedo primero y ternura después.  Junto a ella, o más bien frente a ella, la madre de Damien, la doctora que extiende sus cuidados más allá de lo privado, una mujer inteligente y autónoma, aunque solo a medias, que tiene la capacidad de saber gestionar los conflictos y de buscar espacios in between. Todo ello mientras el marido ausente y en la guerra no deja de ser el bello héroe sin el que ella se siente a medias, la eterna Penélope que espera al pluscuamperfecto soldado que no sabemos si el hijo admira o esquiva.  (atención SPOILER!!!) Su muerte bien podría ser toda una metáfora de lo que Techiné pretende dar por muerto en su película y un final de capítulo que nos permite vislumbrar un nuevo mundo el que, ojalá, ya nadie tenga que frenar sus deseos. En el que los varones hayamos dejado de vivir en la cárcel del boxeo y los silencios. Un mundo en el que sobren medallas y honores militares, y en el que la Madre Naturaleza, tan presente en la película, nos evidencie que somos nosotros los que creamos monstruos ante nuestra incapacidad para sentir las llamadas liberadoras del cuerpo, la necesidad del otro, la frescura sanadora del agua en la que deberíamos tener la valentía de sumergirnos. Fuertes desde la fragilidad. Como juncos salvajes.

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DESEOS MASCULINOS

Fui uno de los muchos espectadores que en su día quedaron tocados por la hermosísima Los juncos salvajes (1994). En aquel relato de adolescencias, deseos callados e identidades en tránsito, André Techiné ofreció lo mejor de sí y nos dio una lección sobre lo complejo que es liberarse del infinitivo para instalarse en el gerundio. Décadas después, el director francés vuelve a regalarnos una imperfecta pero bella historia sobre chicos que se están haciendo y sobre cómo pelean en esa etapa de la vida en que los hombres, sobre todo los hombres, nos vemos compelidos a cumplir fielmente con unas determinadas expectativas de género. La hermosa historia de amor que nos cuenta esta película, porque al final no es sino una historia de amor,  nos muestra como la virilidad, entendida en el sentido hegemónico del término, nos ata y en muchos casos nos conduce a subrayar el patrón que los otros diseñan para nosotros. La tensión existente entre los dos chicos protagonistas, Tom y Damien, que se plasma literalmente en violencia en la primera parte de la película, es la muestra más clara de cómo la represión del deseo, ese sobre el que los dos hablan cuando preparan una tarea de clase, produce monstruos y mucha infelicidad. Una represión en la que los hombres hemos sido y somos educados desde el momento en que asumimos la homofobia como parte esencial de la identidad masculina.

La misma referencia de los padres de la película – el padre ausente y proveedor de Tom, el padre presente a intervalos, y heroico militar, de Damien – nos muestran el espejo en el que se miran (aunque solo sea de reojo) los dos adolescentes que viven entre la soledad de la rareza, sobre todo en el caso de Tom, y el confortable útero materno (Damien). Un complejo equilibrio al que por cierto parecen desafiar Bowie y el cartel de al película CRAZY en el caso del hijo del militar y que se vuelve huida imposible en los baños solitarios de Tom en el lago de las montañas.

Y entre medias, las madres. La madre de Tom, que es cuidada por el hijo adoptivo , el cual por tanto no continúa el linaje juramentado del padre, y a la que finalmente vemos concibiendo descendencia, pero no un varón sino una hija a la que el hijo coge en sus brazos con miedo primero y ternura después.  Junto a ella, o más bien frente a ella, la madre de Damien, la doctora que extiende sus cuidados más allá de lo privado, una mujer inteligente y autónoma, aunque solo a medias, que tiene la capacidad de saber gestionar los conflictos y de buscar espacios in between. Todo ello mientras el marido ausente y en la guerra no deja de ser el bello héroe sin el que ella se siente a medias, la eterna Penélope que espera al pluscuamperfecto soldado que no sabemos si el hijo admira o esquiva.  (atención SPOILER!!!) Su muerte bien podría ser toda una metáfora de lo que Techiné pretende dar por muerto en su película y un final de capítulo que nos permite vislumbrar un nuevo mundo el que, ojalá, ya nadie tenga que frenar sus deseos. En el que los varones hayamos dejado de vivir en la cárcel del boxeo y los silencios. Un mundo en el que sobren medallas y honores militares, y en el que la Madre Naturaleza, tan presente en la película, nos evidencie que somos nosotros los que creamos monstruos ante nuestra incapacidad para sentir las llamadas liberadoras del cuerpo, la necesidad del otro, la frescura sanadora del agua en la que deberíamos tener la valentía de sumergirnos. Fuertes desde la fragilidad. Como juncos salvajes.

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LO QUE SE JUEGA EL PSOE

Hace ya algunos años, como me supongo que también buena parte de quienes me leen, fui votante del PSOE. Poco a poco, y me imagino que también como le pasó a muchos de ustedes, me fui sintiendo cada vez más lejos de un partido al que percibía ensimismado, prisionero de sus dilemas y, lo más grave, absolutamente desconectado de lo que bullía en la calle, de las necesidades ciudadanas, de los nuevos vientos que empezaban a reclamar una izquierda más transformadora y menos acomodaticia. Esos males no han hecho sino acrecentarse en los últimos tiempos, en los que, ante la sacudida de la crisis y la emergencia de nuevas fuerzas políticas, el PSOE ha sido incapaz de mirarse al espejo y asumir qué tipo de socialismo y sobre todo qué tipo de partido necesita una democracia del siglo XXI.
Por todo ello, el proceso de primarias a punto de abrirse oficialmente no es solo una cuestión interna sino que tiene una inevitable proyección en cuánto a qué partido socialista vamos a encontrarnos en los próximos años y de qué manera va a ser capaz de subvertir un orden de cosas que hoy por hoy mantiene triunfante al neoliberalismo. No se discute por tanto solamente qué persona va a ocupar la secretaría general sino qué proyecto político se arma como alternativa a la derecha acomodaticia y como pieza que finalmente encaje en un panorama que poco tiene que ver con aquél en que los socialistas se convirtieron en la gran esperanza de una España recién nacida a la democracia. Precisamente por eso, porque el contexto no es el mismo y porque los retos a los que nos enfrentamos poco tienen que ver con los de los gloriosos ochenta, me parece un gran error la reivindicación del pasado, la prórroga de liderazgos que ahora tienen poco que decir, el intento de sobrevivir más con el aliento de lo que fueron que con el oxígeno de lo que pueden ser. Lo cual no quiere decir que no se reconozca lo mucho bueno que hicieron los gobiernos socialistas, sino que ese no es, o no debería ser, el eslabón que justo ahora permitirá recuperar la confianza perdida.
Como elector que fui del PSOE, y como ciudadano que además con la llamada nueva política está más decepcionado que ilusionado, me gustaría que el partido que renaciera en mayo nada tuviera que ver con ese aparato que nos recuerda que el uso y el abuso del poder produce monstruos, ni con esas dinámicas que avalan que para muchos/as socialistas estar en el partido ha sido una forma de vida y no un servicio público, ni con esas estructuras tan androcéntricas y patriarcales que solo de manera muy superficial parecen estar comprometidas con la igualdad. La izquierda necesita otros lenguajes y otras estrategias para hacer real un proyecto que en definitiva tiene, o debería tener, como ejes la igualdad real y efectiva de la ciudadanía, el bienestar de todos y de todas, la búsqueda permanente de una mayor justicia social. Un programa que lógicamente supone domar el capitalismo salvaje y entender el ejercicio del poder lejos de la verticalidad masculina. Un horizonte que mal casa con liderazgos populistas, con discursos que abundan en la sensiblería propia de una izquierda que ya difícilmente nos convence de su poderío intelectual y con una manera de entender la política en la que no caben matices ni diálogos porque todo parece dejarse en manos de un/a salvador/a a quien hemos de adorar. Solo cuando el PSOE se libere de esos lastres que lo hacen ser un partido viejo, que no histórico, y poco creíble para quienes lo hemos visto tan seducido por las oligarquías, será posible que empiece a remontar el vuelo. Eso es justo lo que el partido se juega: tener nuevas alas o limitarse a remendar las que hace tiempo solo nacen en las espaldas de quienes necesitan del partido para sobrevivir.
Las fronteras indecisas, Diario Córdoba, 3 de abril de 2017: 
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/juega-psoe_1136678.html
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LO QUE SE JUEGA EL PSOE

Hace ya algunos años, como me supongo que también buena parte de quienes me leen, fui votante del PSOE. Poco a poco, y me imagino que también como le pasó a muchos de ustedes, me fui sintiendo cada vez más lejos de un partido al que percibía ensimismado, prisionero de sus dilemas y, lo más grave, absolutamente desconectado de lo que bullía en la calle, de las necesidades ciudadanas, de los nuevos vientos que empezaban a reclamar una izquierda más transformadora y menos acomodaticia. Esos males no han hecho sino acrecentarse en los últimos tiempos, en los que, ante la sacudida de la crisis y la emergencia de nuevas fuerzas políticas, el PSOE ha sido incapaz de mirarse al espejo y asumir qué tipo de socialismo y sobre todo qué tipo de partido necesita una democracia del siglo XXI.
Por todo ello, el proceso de primarias a punto de abrirse oficialmente no es solo una cuestión interna sino que tiene una inevitable proyección en cuánto a qué partido socialista vamos a encontrarnos en los próximos años y de qué manera va a ser capaz de subvertir un orden de cosas que hoy por hoy mantiene triunfante al neoliberalismo. No se discute por tanto solamente qué persona va a ocupar la secretaría general sino qué proyecto político se arma como alternativa a la derecha acomodaticia y como pieza que finalmente encaje en un panorama que poco tiene que ver con aquél en que los socialistas se convirtieron en la gran esperanza de una España recién nacida a la democracia. Precisamente por eso, porque el contexto no es el mismo y porque los retos a los que nos enfrentamos poco tienen que ver con los de los gloriosos ochenta, me parece un gran error la reivindicación del pasado, la prórroga de liderazgos que ahora tienen poco que decir, el intento de sobrevivir más con el aliento de lo que fueron que con el oxígeno de lo que pueden ser. Lo cual no quiere decir que no se reconozca lo mucho bueno que hicieron los gobiernos socialistas, sino que ese no es, o no debería ser, el eslabón que justo ahora permitirá recuperar la confianza perdida.
Como elector que fui del PSOE, y como ciudadano que además con la llamada nueva política está más decepcionado que ilusionado, me gustaría que el partido que renaciera en mayo nada tuviera que ver con ese aparato que nos recuerda que el uso y el abuso del poder produce monstruos, ni con esas dinámicas que avalan que para muchos/as socialistas estar en el partido ha sido una forma de vida y no un servicio público, ni con esas estructuras tan androcéntricas y patriarcales que solo de manera muy superficial parecen estar comprometidas con la igualdad. La izquierda necesita otros lenguajes y otras estrategias para hacer real un proyecto que en definitiva tiene, o debería tener, como ejes la igualdad real y efectiva de la ciudadanía, el bienestar de todos y de todas, la búsqueda permanente de una mayor justicia social. Un programa que lógicamente supone domar el capitalismo salvaje y entender el ejercicio del poder lejos de la verticalidad masculina. Un horizonte que mal casa con liderazgos populistas, con discursos que abundan en la sensiblería propia de una izquierda que ya difícilmente nos convence de su poderío intelectual y con una manera de entender la política en la que no caben matices ni diálogos porque todo parece dejarse en manos de un/a salvador/a a quien hemos de adorar. Solo cuando el PSOE se libere de esos lastres que lo hacen ser un partido viejo, que no histórico, y poco creíble para quienes lo hemos visto tan seducido por las oligarquías, será posible que empiece a remontar el vuelo. Eso es justo lo que el partido se juega: tener nuevas alas o limitarse a remendar las que hace tiempo solo nacen en las espaldas de quienes necesitan del partido para sobrevivir.
Las fronteras indecisas, Diario Córdoba, 3 de abril de 2017: 
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/juega-psoe_1136678.html
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PATRIOTAS SIN PATRIA

La historia que nos cuenta 1898, Los últimos de Filipinas, la revisión del clásico del cine español que el pasado año dirigió con buen pulso Salvador Calvo, nos plantea un relato que me atrevería a llamar contra-épico, o al menos así lo es desde el punto de vista de las masculinidades que lo protagonizan. La historia del destacamento español que fue sitiado en el pueblo de Baler, en la isla filipina de Luzón, por insurrectos filipinos revolucionarios durante más de 300 días, es un magnífico ejemplo de cómo históricamente la masculinidad hegemónica ha estado ligada al concepto de patria y cómo por tanto el mismo concepto de patriarcado nos remite a un orden político basado en los pactos de los «padres».  Unos padres que han administrado el poder, los recursos y a violencia, y que durante siglos han sido los artífices de un orden que ha debido mantenerse en muchos casos mediante guerras y batallas. Es decir, el orden de las banderas y de los galones, el de las medallas y los reconocimientos, pero también el de los muertos y el de tantas víctimas. El de los territorios y las fronteras, el de los imperios y los colonizados, el de los generales y las esposas que esperan como Penélopes o que como putas les dan placer.

En este caso, la fuerza del relato residen en la resistencia inútil de los sitiados, los cuales durante un tiempo ignoran, y luego no quieren creer, que España había  perdido la guerra y que ha había cedido la soberanía de Filipinas a Estados Unidos. Es decir, se resisten a asumir que la patria a la que se supone estaban defendiendo, cuya bandera enarbolan como parte del mástil de su propia virilidad, ha sido derrotada y los ha dejado sin referencia simbólica a la que agarrarse.  A no ser que asuman como propio el fracaso en la guerra y, en consecuencia, el fracaso de su propia virilidad.

El gran acierto de esta cuidada producción española, y a diferencia de lo que ocurría en la versión de 1945 que lógicamente respondió a  la lógica patriótica que reclamaba el contexto franquista, es situarnos frente a un grupo de hombres que han de enfrentarse a sus propias miserias y que ven puesta a prueba una virilidad que había sido educada para el triunfo y el reconocimiento. Nos encontramos en el relato masculinidades disidentes,  esos jóvenes que se han visto obligados a pelear por una patria en la que ni siquiera creen y que en algún caso optaran por la deserción, junto a los que representan el sentido del deber y la misma cárcel de la masculinidad entendida como ausencia de debilidad. En este sentido, se nos presentan dos modelos distintos de sujetos viriles empoderados pero que comparten un mismo tronco en los personajes que interpretan espléndidamente Luis Tosar (teniente Martín) y Javier Gutiérrez (sargento Jimeno). Mucho más complejo y dubitativo es el Enrique de las Morenas que recrea con su habitual solvencia Eduard Fernández. Junto a ellos, hombres que incluso podríamos calificar de cuidadores y que intentan en algún momento saltarse los patrones, como el médico interpretado por Carlos Hipólito, o el singular monje (Karra Elejalde), que parece ubicarse en una frontera mucho más lúcida y más liberadora incluso que la que podría esperarse de alguien entregado a la religión católica. 

Frente a esos hombres que ya han recorrido buena parte de sus vidas, y a los que vemos tragándose la bilis de su propia amargura o del propio fracaso no reconocido de sus proyectos, nos encontramos al grupo de jóvenes soldados que en muchos casos ni siquiera tienen claro que merezca la pena jugarse la vida por una patria a la que no se hallan tan emocionalmente ligados como sus mayores. Unos jóvenes que ven como el absurdo de la épica masculina les lleva al horror y que incluso se plantean, como en el caso de los desertores, traicionar los valores supremos y ser fieles a su (frágil) libertad. En este sentido, el personaje central de la película, interpretado con gran solvencia por el prometedor Álvaro Cervantes, hace que justo nos posicionemos en ese lado, en el de los interrogantes, en el de la rebelión, en el de unos hombres que apenas han empezado a serlo y que acaban siendo víctimas de una narrativa – la de la hombría patriarcal y patriótica – que los usa como peones.
En este relato tan masculino, las mujeres están prácticamente ausentes, salvo en el caso de Teresa, la puta filipina que actúa en la película como la Eva tentadora, como la serpiente que los reta (impresionante la escena en que el teniente Martín está a punto de matarla porque no resiste su provocadora carnalidad que pone en cuestión la virilidad a la que él se agarra como un último sacramento), como la Scherezade vista con mirada colonial y que les canta el célebre «yo te diré». Aunque también hay una escena, protagonizada por mujeres filipinas,  que nos remite al papel pacificador de las mujeres, a su rol de hacedoras de diálogos, a la proyección política de su ética del cuidado y de su capacidad de dar la vida – esas naranjas sanadoras- que luego los hombres ciegan. Ellas son, justo en ese momento del relato, la única esperanza de que en algún momento los tiros cesen y otro modelo de Humanidad sea posible.

La visión que la película ofrece sobre los hombres filipinos y sobre cómo se nos muestran de manera más carnal, incluso sexual, que los españoles, ha sido analizada por Miguel Caballero en un magnífico texto que hace unos meses se publicó en Tribuna Feminista con el título «Imperio y masculinidad» ( http://www.tribunafeminista.org/2017/01/imperio-y-masculinidad/ ) A él me remito para completar la visión tan lúcida y tan bien rodada que 1898 nos ofrece sobre el triángulo masculinidad-patria-violencia.  Porque este relato cinematográfico nos lanza finalmente una propuesta poco abordada: la crisis que a nivel nacional supuso esa fecha bien podría considerarse también el inicio de la crisis de todo un orden, el de la hegemonía patriarcal, heroica e imperial, colonizadora y depredadora, que en el siglo siguiente se vería más rotundamente socavado, aunque para ello la Humanidad tuviera que sufrir dos guerras mundiales y aunque todavía hoy las mujeres estén lejos en buena parte del planeta de haberse liberado de sus cautiverios. Una llamada de atención que desde la historia nos plantea la necesidad, todavía hoy, en estos tiempos de rearme patriarcal y de nuevos imperialismos, de desertar de nuestra condición de hombres heroicos. 


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PATRIOTAS SIN PATRIA

La historia que nos cuenta 1898, Los últimos de Filipinas, la revisión del clásico del cine español que el pasado año dirigió con buen pulso Salvador Calvo, nos plantea un relato que me atrevería a llamar contra-épico, o al menos así lo es desde el punto de vista de las masculinidades que lo protagonizan. La historia del destacamento español que fue sitiado en el pueblo de Baler, en la isla filipina de Luzón, por insurrectos filipinos revolucionarios durante más de 300 días, es un magnífico ejemplo de cómo históricamente la masculinidad hegemónica ha estado ligada al concepto de patria y cómo por tanto el mismo concepto de patriarcado nos remite a un orden político basado en los pactos de los «padres».  Unos padres que han administrado el poder, los recursos y a violencia, y que durante siglos han sido los artífices de un orden que ha debido mantenerse en muchos casos mediante guerras y batallas. Es decir, el orden de las banderas y de los galones, el de las medallas y los reconocimientos, pero también el de los muertos y el de tantas víctimas. El de los territorios y las fronteras, el de los imperios y los colonizados, el de los generales y las esposas que esperan como Penélopes o que como putas les dan placer.

En este caso, la fuerza del relato residen en la resistencia inútil de los sitiados, los cuales durante un tiempo ignoran, y luego no quieren creer, que España había  perdido la guerra y que ha había cedido la soberanía de Filipinas a Estados Unidos. Es decir, se resisten a asumir que la patria a la que se supone estaban defendiendo, cuya bandera enarbolan como parte del mástil de su propia virilidad, ha sido derrotada y los ha dejado sin referencia simbólica a la que agarrarse.  A no ser que asuman como propio el fracaso en la guerra y, en consecuencia, el fracaso de su propia virilidad.

El gran acierto de esta cuidada producción española, y a diferencia de lo que ocurría en la versión de 1945 que lógicamente respondió a  la lógica patriótica que reclamaba el contexto franquista, es situarnos frente a un grupo de hombres que han de enfrentarse a sus propias miserias y que ven puesta a prueba una virilidad que había sido educada para el triunfo y el reconocimiento. Nos encontramos en el relato masculinidades disidentes,  esos jóvenes que se han visto obligados a pelear por una patria en la que ni siquiera creen y que en algún caso optaran por la deserción, junto a los que representan el sentido del deber y la misma cárcel de la masculinidad entendida como ausencia de debilidad. En este sentido, se nos presentan dos modelos distintos de sujetos viriles empoderados pero que comparten un mismo tronco en los personajes que interpretan espléndidamente Luis Tosar (teniente Martín) y Javier Gutiérrez (sargento Jimeno). Mucho más complejo y dubitativo es el Enrique de las Morenas que recrea con su habitual solvencia Eduard Fernández. Junto a ellos, hombres que incluso podríamos calificar de cuidadores y que intentan en algún momento saltarse los patrones, como el médico interpretado por Carlos Hipólito, o el singular monje (Karra Elejalde), que parece ubicarse en una frontera mucho más lúcida y más liberadora incluso que la que podría esperarse de alguien entregado a la religión católica. 

Frente a esos hombres que ya han recorrido buena parte de sus vidas, y a los que vemos tragándose la bilis de su propia amargura o del propio fracaso no reconocido de sus proyectos, nos encontramos al grupo de jóvenes soldados que en muchos casos ni siquiera tienen claro que merezca la pena jugarse la vida por una patria a la que no se hallan tan emocionalmente ligados como sus mayores. Unos jóvenes que ven como el absurdo de la épica masculina les lleva al horror y que incluso se plantean, como en el caso de los desertores, traicionar los valores supremos y ser fieles a su (frágil) libertad. En este sentido, el personaje central de la película, interpretado con gran solvencia por el prometedor Álvaro Cervantes, hace que justo nos posicionemos en ese lado, en el de los interrogantes, en el de la rebelión, en el de unos hombres que apenas han empezado a serlo y que acaban siendo víctimas de una narrativa – la de la hombría patriarcal y patriótica – que los usa como peones.
En este relato tan masculino, las mujeres están prácticamente ausentes, salvo en el caso de Teresa, la puta filipina que actúa en la película como la Eva tentadora, como la serpiente que los reta (impresionante la escena en que el teniente Martín está a punto de matarla porque no resiste su provocadora carnalidad que pone en cuestión la virilidad a la que él se agarra como un último sacramento), como la Scherezade vista con mirada colonial y que les canta el célebre «yo te diré». Aunque también hay una escena, protagonizada por mujeres filipinas,  que nos remite al papel pacificador de las mujeres, a su rol de hacedoras de diálogos, a la proyección política de su ética del cuidado y de su capacidad de dar la vida – esas naranjas sanadoras- que luego los hombres ciegan. Ellas son, justo en ese momento del relato, la única esperanza de que en algún momento los tiros cesen y otro modelo de Humanidad sea posible.

La visión que la película ofrece sobre los hombres filipinos y sobre cómo se nos muestran de manera más carnal, incluso sexual, que los españoles, ha sido analizada por Miguel Caballero en un magnífico texto que hace unos meses se publicó en Tribuna Feminista con el título «Imperio y masculinidad» ( http://www.tribunafeminista.org/2017/01/imperio-y-masculinidad/ ) A él me remito para completar la visión tan lúcida y tan bien rodada que 1898 nos ofrece sobre el triángulo masculinidad-patria-violencia.  Porque este relato cinematográfico nos lanza finalmente una propuesta poco abordada: la crisis que a nivel nacional supuso esa fecha bien podría considerarse también el inicio de la crisis de todo un orden, el de la hegemonía patriarcal, heroica e imperial, colonizadora y depredadora, que en el siglo siguiente se vería más rotundamente socavado, aunque para ello la Humanidad tuviera que sufrir dos guerras mundiales y aunque todavía hoy las mujeres estén lejos en buena parte del planeta de haberse liberado de sus cautiverios. Una llamada de atención que desde la historia nos plantea la necesidad, todavía hoy, en estos tiempos de rearme patriarcal y de nuevos imperialismos, de desertar de nuestra condición de hombres heroicos. 


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THELMA Y LOUISE EN LA TOSCANA

Tras su más que notable El capital humano (2013), el italiano Paolo Virzì nos sorprende con una historia en la que el protagonismo absoluto corresponde a dos mujeres y que con un tono de comedia, que sin embargo tiene mucho de drama (a mí parecer lo peor de la película), nos enfrenta a algunos de los dilemas éticos de las sociedades contemporáneas.

En este sentido, la película es un retrato no incisivo pero sí clarividente sobre algunos de los males que fracturan la sociedad italiana y, en general, sobre el triunfo de un modelo social y político en el que cada vez tienen menos peso los valores éticos comunes frente a las dinámicas competitivas y neoliberales. O, lo que es lo mismo, frente a un orden que prorroga y subraya las referencias morales de la masculinidad hegemónica, olvidándose del “orden amoroso de la vida”.

En este mundo es lógico que dos mujeres como Beatrice y Donatella no encajen de ninguna manera y sean expulsadas a las afueras, ese espacio en el que las mujeres se reencuentran cuando, como en el momento actual, las crisis varias que nos sacuden incrementan sus niveles de vulnerabilidad.
La pazza gioia, traducida en nuestro país como Locas de alegría, no es una película perfecta, pero merece la pena verse porque nos ofrece una mirada distinta a la mayoría del cine comercial y porque además es una gozada ver el festín interpretativo que nos regalan tanto la superlativa Valeria Bruni Tedeschi (Beatrice) como una más contenida Micaella Ramazotti (Donatella).
Siguiendo muy de cerca la estela de la ya mítica Thelma y Louise, a la que incluso se le hace un homenaje expreso en una de las escenas, el relato se construye sobre la relación de sororidad que se establece entre dos mujeres que deciden escapar de la institución psiquiátrica en la que están recluidas, no sabemos bien si por haber contradicho la ley o por haberse dejado llevar por sus supuestos delirios mentales, o por ambas cosas a la vez. En todo caso, esa institución acaba siendo la metáfora de una cárcel en la que ellas se hallan prisioneras, y de un mundo que las ha convertido en víctimas.

Fotograma de 'Locas de alegría'.
Fotograma de ‘Locas de alegría’.
Tal y como hacía la célebre película de Ridley Scott, cuyo mensaje final es tan discutible desde una perspectiva feminista, el director asume las reglas de las conocidas como buddy movie en las que habitualmente una pareja de hombres —policías, delincuentes, héroes siempre— comparten viaje y aventuras, mostrando los lazos mediante los que se construyen las fratrías viriles que nutren las estructuras simbólicas y materiales del patriarcado. En este caso lo que vemos son dos mujeres poderosas, a pesar de las limitaciones que el propio sistema ha marcado a fuego sobre sus cuerpos y sus mentes, que asumen las riendas de su destino y que viajan juntas gracias a una complicidad que poco tiene que ver con la que en general solemos articular los varones.
No creo que estas Thelma y Louise que recorren la Toscana en un intento desesperado de escapar de un mundo que ha construido sus reglas sin contar con ellas sean dos mujeres locas o, mejor dicho, no creo que realmente su diagnóstico sea el de una enfermedad mental de esas que el poder médico —por supuesto, también masculino y disciplinario— ha fijado como criterio excluyente.

Estas locas de alegríanos dan la clave para repensar todo un mundo en el que con demasiada frecuencia ellas son obligadas a estar en los márgenes
Donatella y Beatrice, de las que algunos todavía hoy se atreverían a decir que son unas histéricas o simplemente seres que se dejan llevar más por sus pasiones que por la cabeza, no son más que el resultado de unas estructuras de poder (político, social, emocional también) de las que han acabado siendo sufridoras. Me parece que esa es la lectura más radical de una película a la que le sobran excesos sentimentales al final (esa exaltación de la maternidad y la familia, tan reaccionaria), pero en la que nos encontramos con dos mujeres que hacen todo lo posible por recuperar el poder que la sociedad les ha quitado y que luchan por definirse por sí mismas frente a un entorno que en el mejor de los casos las trata de manera paternalista.
De la misma manera que en las Cortes constituyentes de 1931 hubo algún diputado que negó el derecho de sufragio a las mujeres basándose en que ellas eran “puro histerismo”, todavía hoy el mundo patriarcal que habitamos sigue cuestionando la capacidad de ser por sí mismas y para sí, sobre todo de aquellas que con relativa frecuencia se dejan llevar por las expectativas de género y acaban siendo esclavas de los machos que las dominan en nombre del amor y del deseo.
Estas locas de alegría nos dan la clave para repensar todo un mundo en el que con demasiada frecuencia ellas son obligadas a estar en los márgenes y a no ser reconocidas como sujetos iguales. Beatrice y Donatella, a las que su misma reducción al papel de esposas, amantes o madres les ha robado la autonomía, constituyen un referente que no deberíamos perder de vista en la urgente tarea que tenemos por delante.

Una tarea, la de la revolución feminista, que ha de llevarnos a un futuro lo más inmediato posible en el que Thelma y Louise no se vean obligadas a lanzarse al vacío o en el que las “locas” toscanas se sientan empoderadas para nunca más volver a quedar a merced de los hombres que siempre han sido los que han decidido cuándo amarlas, cuándo abandonarlas y cuándo convertirlas en enfermas. Esos que continúan asumiendo el papel de esposos proveedores, amantes chulos, puteros seductores directores de instituciones y jueces que interpretan la ley a imagen y semejanza de los intereses supuestamente racionales del varón.
Publicado en BLOG MUJERES de EL PAÍS (28 de marzo de 2017):
http://elpais.com/elpais/2017/03/27/mujeres/1490627061_057089.html
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THELMA Y LOUISE EN LA TOSCANA

Tras su más que notable El capital humano (2013), el italiano Paolo Virzì nos sorprende con una historia en la que el protagonismo absoluto corresponde a dos mujeres y que con un tono de comedia, que sin embargo tiene mucho de drama (a mí parecer lo peor de la película), nos enfrenta a algunos de los dilemas éticos de las sociedades contemporáneas.

En este sentido, la película es un retrato no incisivo pero sí clarividente sobre algunos de los males que fracturan la sociedad italiana y, en general, sobre el triunfo de un modelo social y político en el que cada vez tienen menos peso los valores éticos comunes frente a las dinámicas competitivas y neoliberales. O, lo que es lo mismo, frente a un orden que prorroga y subraya las referencias morales de la masculinidad hegemónica, olvidándose del “orden amoroso de la vida”.

En este mundo es lógico que dos mujeres como Beatrice y Donatella no encajen de ninguna manera y sean expulsadas a las afueras, ese espacio en el que las mujeres se reencuentran cuando, como en el momento actual, las crisis varias que nos sacuden incrementan sus niveles de vulnerabilidad.
La pazza gioia, traducida en nuestro país como Locas de alegría, no es una película perfecta, pero merece la pena verse porque nos ofrece una mirada distinta a la mayoría del cine comercial y porque además es una gozada ver el festín interpretativo que nos regalan tanto la superlativa Valeria Bruni Tedeschi (Beatrice) como una más contenida Micaella Ramazotti (Donatella).
Siguiendo muy de cerca la estela de la ya mítica Thelma y Louise, a la que incluso se le hace un homenaje expreso en una de las escenas, el relato se construye sobre la relación de sororidad que se establece entre dos mujeres que deciden escapar de la institución psiquiátrica en la que están recluidas, no sabemos bien si por haber contradicho la ley o por haberse dejado llevar por sus supuestos delirios mentales, o por ambas cosas a la vez. En todo caso, esa institución acaba siendo la metáfora de una cárcel en la que ellas se hallan prisioneras, y de un mundo que las ha convertido en víctimas.

Fotograma de 'Locas de alegría'.
Fotograma de ‘Locas de alegría’.
Tal y como hacía la célebre película de Ridley Scott, cuyo mensaje final es tan discutible desde una perspectiva feminista, el director asume las reglas de las conocidas como buddy movie en las que habitualmente una pareja de hombres —policías, delincuentes, héroes siempre— comparten viaje y aventuras, mostrando los lazos mediante los que se construyen las fratrías viriles que nutren las estructuras simbólicas y materiales del patriarcado. En este caso lo que vemos son dos mujeres poderosas, a pesar de las limitaciones que el propio sistema ha marcado a fuego sobre sus cuerpos y sus mentes, que asumen las riendas de su destino y que viajan juntas gracias a una complicidad que poco tiene que ver con la que en general solemos articular los varones.
No creo que estas Thelma y Louise que recorren la Toscana en un intento desesperado de escapar de un mundo que ha construido sus reglas sin contar con ellas sean dos mujeres locas o, mejor dicho, no creo que realmente su diagnóstico sea el de una enfermedad mental de esas que el poder médico —por supuesto, también masculino y disciplinario— ha fijado como criterio excluyente.

Estas locas de alegríanos dan la clave para repensar todo un mundo en el que con demasiada frecuencia ellas son obligadas a estar en los márgenes
Donatella y Beatrice, de las que algunos todavía hoy se atreverían a decir que son unas histéricas o simplemente seres que se dejan llevar más por sus pasiones que por la cabeza, no son más que el resultado de unas estructuras de poder (político, social, emocional también) de las que han acabado siendo sufridoras. Me parece que esa es la lectura más radical de una película a la que le sobran excesos sentimentales al final (esa exaltación de la maternidad y la familia, tan reaccionaria), pero en la que nos encontramos con dos mujeres que hacen todo lo posible por recuperar el poder que la sociedad les ha quitado y que luchan por definirse por sí mismas frente a un entorno que en el mejor de los casos las trata de manera paternalista.
De la misma manera que en las Cortes constituyentes de 1931 hubo algún diputado que negó el derecho de sufragio a las mujeres basándose en que ellas eran “puro histerismo”, todavía hoy el mundo patriarcal que habitamos sigue cuestionando la capacidad de ser por sí mismas y para sí, sobre todo de aquellas que con relativa frecuencia se dejan llevar por las expectativas de género y acaban siendo esclavas de los machos que las dominan en nombre del amor y del deseo.
Estas locas de alegría nos dan la clave para repensar todo un mundo en el que con demasiada frecuencia ellas son obligadas a estar en los márgenes y a no ser reconocidas como sujetos iguales. Beatrice y Donatella, a las que su misma reducción al papel de esposas, amantes o madres les ha robado la autonomía, constituyen un referente que no deberíamos perder de vista en la urgente tarea que tenemos por delante.

Una tarea, la de la revolución feminista, que ha de llevarnos a un futuro lo más inmediato posible en el que Thelma y Louise no se vean obligadas a lanzarse al vacío o en el que las “locas” toscanas se sientan empoderadas para nunca más volver a quedar a merced de los hombres que siempre han sido los que han decidido cuándo amarlas, cuándo abandonarlas y cuándo convertirlas en enfermas. Esos que continúan asumiendo el papel de esposos proveedores, amantes chulos, puteros seductores directores de instituciones y jueces que interpretan la ley a imagen y semejanza de los intereses supuestamente racionales del varón.
Publicado en BLOG MUJERES de EL PAÍS (28 de marzo de 2017):
http://elpais.com/elpais/2017/03/27/mujeres/1490627061_057089.html
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FESTEN: DESMONTANDO AL PATRIARCA

Aunque poco a poco las cosas van cambiando también en las artes escénicas, todavía hoy continúa siendo poco habitual que una mujer no solo consiga poner en pie montajes teatrales sino que también vaya teniendo una voz propia en un ámbito tan masculinizado. Quienes desde hace un tiempo seguimos y admiramos a Magüi Mira hemos podido comprobar cómo se ha ido convirtiendo justo en una de esas mujeres empoderadas que tienen la capacidad y la sabiduría de llevar a las tablas su compromiso ético con el mundo que le ha tocado vivir. Así se pudo comprobar en obras tan dispares como Kathie y el hipopótamo, El discurso del rey o en su particular recreación de la poderosa Cleopatra. No es solo una mirada de mujer la que urdió todas esas tramas sino que sobre esas historias miraron los ojos violetas y, por tanto, transformadores y cívicos que habitan la cabeza de una mujer radicalmente feminista. Esa que además nos demuestra cada día que los años cumplidos son garantía de lucidez y no un demérito en este mundo que parece atar a las mujeres al mito de la eterna juventud.
En esta época de tablas invadidas por estrellas televisivas y por monólogos que hacen rentable la aventura teatral que la mala gestión pública casi ha convertido en suicida, la directora valenciana vuelve a apostar, con la complicidad del Centro Dramático Nacional, por el riesgo y nos regala su versión de una película que a muchos nos sorprendió en su momento: aquella Celebración alemana con la que empezamos a oír hablar de un movimiento llamado Dogma. Magüi, que tiene el arrojo de una veinteañera en su cuerpo sabio de más de setenta, ha convertido el original en una pieza estremecedora, de esas que remueven las entrañas de cualquier espectador y que provoca que salgamos a la calle, después de verla, con la sensación de haber sido partícipes de una especie de ritual laico, hermoso y al fin liberador.

Magüi, que tiene el arrojo de una veinteañera en su cuerpo sabio de más de setenta, ha convertido el original en una pieza estremecedora, de esas que remueven las entrañas de cualquier espectador y que provoca que salgamos a la calle, después de verla, con la sensación de haber sido partícipes de una especie de ritual laico, hermoso y al fin liberador.

Festen es el relato, a veces tragicómico, siempre hondamente dramático, de cómo la familia ha sido y es el contexto privilegiado para alumbrar y mantener el poder del patriarca que extiende sus dominios sobre sus posesiones, entre las que ocupan un lugar privilegiado la esposa domesticada y los descendientes vulnerables. En la celebración del 60 cumpleaños del señor de la casa estallan todos los silencios, se abren las heridas no cicatrizadas y, al fin, el hijo pisoteado se atreve a liberar todo el dolor que durante siglos lo ha convertido en un ser sin alas. Un dolor que escupe sobre el padre todopoderoso que no dudó en violarlo a él y a su hermana gemela una y otra vez cuando eran niños, con la complicidad de una esposa que, subordinada, siempre miró para otro lado y prefirió mantener intacto el orden familiar.
A través de una bellísima puesta en escena, en la que todo – vestuario, música, iluminación, movimientos – está puesto al servicio de una celebración que acaba siendo emancipadora, Magüi Mira nos coloca frente al espejo y nos muestra, con todo su crudeza, cómo las fauces del patriarca generan víctimas y cuán necesario es que empecemos a rebelarnos contra ellas. Un patriarca que posee a su esposa y a sus hijos e hijas como quien posee tierras y a los que somete a la ceremonia cruel de sus deseos. El siempre sujeto, los demás objetos; él desde el dominio, los demás, incluidos los sirvientes, arrodillados ante su señor. Festen nos muestra, con toda la crudeza que supone ver muy cerca el rostro de los actores y de las actrices, cómo el poder del patriarca se ha erigido durante siglos sobre el control de los cuerpos de las mujeres y de los más débiles sometidos a sus designios. Es la misma regla que hoy en pleno siglo XXI sigue amparando violencias de tipo, desde la de género, que se alimenta del desmesurado amor romántico, a las que de tipo sexual convierten a las mujeres, y a algunos hombres, en esclavos del que tiene la última palabra. Todo ello ahora en alianza con un neoliberalismo que lo legitima todo en nombre de los deseos y la libertad.

Es la misma regla que hoy en pleno siglo XXI sigue amparando violencias de tipo, desde la de género, que se alimenta del desmesurado amor romántico, a las que de tipo sexual convierten a las mujeres, y a algunos hombres, en esclavos del que tiene la última palabra.

Uno de los mayores aciertos del montaje es que, pese a todo ese dolor que vemos expandirse desde la mesa familiar a los corazones de los espectadores, su final acaba siendo luminoso, blanco, esperanzador. Magüi apuesta por el triunfo de los vínculos amorosos de la vida frente a la omnipotencia del pater familias. Este acaba siendo expulsado, y con él la esposa sumisa, de un círculo en el que ya solo caben los besos y los cuerpos sin máscaras. Desnudos frente a la vida. Como recién nacidos a un nuevo orden en el que mujeres como Linda, la que hija que nos soportó no reconocerse como ser autónomo frente al espejo, abandonen las afueras y se alcen, victoriosas, sobre la mesa de unas familias en las que la jerarquía piramidal al fin haya sido sustituida por la horizontalidad de los y las iguales. 
PUBLICADO EN TRIBUNA FEMINISTA, 27-3-17:
http://www.tribunafeminista.org/2017/03/festen-desmontando-al-patriarca/
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FESTEN: DESMONTANDO AL PATRIARCA

Aunque poco a poco las cosas van cambiando también en las artes escénicas, todavía hoy continúa siendo poco habitual que una mujer no solo consiga poner en pie montajes teatrales sino que también vaya teniendo una voz propia en un ámbito tan masculinizado. Quienes desde hace un tiempo seguimos y admiramos a Magüi Mira hemos podido comprobar cómo se ha ido convirtiendo justo en una de esas mujeres empoderadas que tienen la capacidad y la sabiduría de llevar a las tablas su compromiso ético con el mundo que le ha tocado vivir. Así se pudo comprobar en obras tan dispares como Kathie y el hipopótamo, El discurso del rey o en su particular recreación de la poderosa Cleopatra. No es solo una mirada de mujer la que urdió todas esas tramas sino que sobre esas historias miraron los ojos violetas y, por tanto, transformadores y cívicos que habitan la cabeza de una mujer radicalmente feminista. Esa que además nos demuestra cada día que los años cumplidos son garantía de lucidez y no un demérito en este mundo que parece atar a las mujeres al mito de la eterna juventud.
En esta época de tablas invadidas por estrellas televisivas y por monólogos que hacen rentable la aventura teatral que la mala gestión pública casi ha convertido en suicida, la directora valenciana vuelve a apostar, con la complicidad del Centro Dramático Nacional, por el riesgo y nos regala su versión de una película que a muchos nos sorprendió en su momento: aquella Celebración alemana con la que empezamos a oír hablar de un movimiento llamado Dogma. Magüi, que tiene el arrojo de una veinteañera en su cuerpo sabio de más de setenta, ha convertido el original en una pieza estremecedora, de esas que remueven las entrañas de cualquier espectador y que provoca que salgamos a la calle, después de verla, con la sensación de haber sido partícipes de una especie de ritual laico, hermoso y al fin liberador.

Magüi, que tiene el arrojo de una veinteañera en su cuerpo sabio de más de setenta, ha convertido el original en una pieza estremecedora, de esas que remueven las entrañas de cualquier espectador y que provoca que salgamos a la calle, después de verla, con la sensación de haber sido partícipes de una especie de ritual laico, hermoso y al fin liberador.

Festen es el relato, a veces tragicómico, siempre hondamente dramático, de cómo la familia ha sido y es el contexto privilegiado para alumbrar y mantener el poder del patriarca que extiende sus dominios sobre sus posesiones, entre las que ocupan un lugar privilegiado la esposa domesticada y los descendientes vulnerables. En la celebración del 60 cumpleaños del señor de la casa estallan todos los silencios, se abren las heridas no cicatrizadas y, al fin, el hijo pisoteado se atreve a liberar todo el dolor que durante siglos lo ha convertido en un ser sin alas. Un dolor que escupe sobre el padre todopoderoso que no dudó en violarlo a él y a su hermana gemela una y otra vez cuando eran niños, con la complicidad de una esposa que, subordinada, siempre miró para otro lado y prefirió mantener intacto el orden familiar.
A través de una bellísima puesta en escena, en la que todo – vestuario, música, iluminación, movimientos – está puesto al servicio de una celebración que acaba siendo emancipadora, Magüi Mira nos coloca frente al espejo y nos muestra, con todo su crudeza, cómo las fauces del patriarca generan víctimas y cuán necesario es que empecemos a rebelarnos contra ellas. Un patriarca que posee a su esposa y a sus hijos e hijas como quien posee tierras y a los que somete a la ceremonia cruel de sus deseos. El siempre sujeto, los demás objetos; él desde el dominio, los demás, incluidos los sirvientes, arrodillados ante su señor. Festen nos muestra, con toda la crudeza que supone ver muy cerca el rostro de los actores y de las actrices, cómo el poder del patriarca se ha erigido durante siglos sobre el control de los cuerpos de las mujeres y de los más débiles sometidos a sus designios. Es la misma regla que hoy en pleno siglo XXI sigue amparando violencias de tipo, desde la de género, que se alimenta del desmesurado amor romántico, a las que de tipo sexual convierten a las mujeres, y a algunos hombres, en esclavos del que tiene la última palabra. Todo ello ahora en alianza con un neoliberalismo que lo legitima todo en nombre de los deseos y la libertad.

Es la misma regla que hoy en pleno siglo XXI sigue amparando violencias de tipo, desde la de género, que se alimenta del desmesurado amor romántico, a las que de tipo sexual convierten a las mujeres, y a algunos hombres, en esclavos del que tiene la última palabra.

Uno de los mayores aciertos del montaje es que, pese a todo ese dolor que vemos expandirse desde la mesa familiar a los corazones de los espectadores, su final acaba siendo luminoso, blanco, esperanzador. Magüi apuesta por el triunfo de los vínculos amorosos de la vida frente a la omnipotencia del pater familias. Este acaba siendo expulsado, y con él la esposa sumisa, de un círculo en el que ya solo caben los besos y los cuerpos sin máscaras. Desnudos frente a la vida. Como recién nacidos a un nuevo orden en el que mujeres como Linda, la que hija que nos soportó no reconocerse como ser autónomo frente al espejo, abandonen las afueras y se alcen, victoriosas, sobre la mesa de unas familias en las que la jerarquía piramidal al fin haya sido sustituida por la horizontalidad de los y las iguales. 
PUBLICADO EN TRIBUNA FEMINISTA, 27-3-17:
http://www.tribunafeminista.org/2017/03/festen-desmontando-al-patriarca/
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LOS RÍOS DE ALBERTO

La política española se ha enfangado tanto en los últimos tiempos que es normal que las personas mínimamente sensatas, y sobre todo con un trabajo que les permita ganarse la vida decentemente, no estén por la labor de implicarse en unas dinámicas que, controladas por unas élites oligárquicas, les restan autonomía. Ello no quiere decir que no haya muchas personas honestas, inteligentes y comprometidas en la vida pública. Por supuesto que las hay, aunque me temo que con demasiada frecuencia en un segundo plano o a punto siempre de abandonar el barco. Ahora bien, las que manejan el timón, marcan estrategias y se reparten cuotas de poder suelen ser profesionales de la política para los que la disciplina y la sumisión al jerarca de turno es un mínimo precio que gustosos pagan con tal de mantenerse en el púlpito y, en muchos casos, mantener un nivel de vida y de reconocimiento que por otras vías serían impensables. Estos males se multiplican en la política local, donde la cercanía hace más fáciles las redes clientelares, las servidumbres y las tácticas sicilianas, y donde además el nivel de dedicación es tan extremo para quien se lo toma en serio que es habitual que la «vitae» acabe siendo engullida por el «curriculum».
En un escenario como este es lógico que encajen mal los seres disidentes, las mentes que se interrogan y los individuos que suelen buscar los cientos de matices que hay entre el blanco y el negro. Con este panorama, que tampoco la «nueva política» ha conseguido transformar, sino que más bien lo ha subrayado con estrategias más sibilinas, a nadie de los que lo conocemos bien nos ha cogido por sorpresa que Alberto de los Ríos haya decidido abandonar el Ayuntamiento. Además de ser un hombre que tiene un puesto de trabajo al que volver, cosa que me temo no pueden decir buena parte de sus colegas de Pleno, Alberto es un tipo que asumió hace años que la curiosidad permanente es el mejor estado del alma, que conquistó en una ciudad tan armarizada como esta su irrenunciable derecho a amar a quien le dé la gana y que siempre entendió que la política o transforma la injusta realidad o es solo una escenificación en beneficio de los privilegiados. Su voz pública, además, nunca fue guerrera ni altiva, lo cual no quiere decir que no haya tenido ni tenga convicciones hondas, pero siempre la usó recordando que la ternura, como bien nos enseñó Petra Kelly, también puede ser un arma de lucha.
Con todos estos mimbres, y otros muchos que hacen del profesor De los Ríos un soñador que un día quiso probar la efervescencia de la res publica, es evidente que Capitulares haya acabado siendo un cauce demasiado estrecho y limitado para quien alberga un caudal de utopías en su cerebro de niño grande. Ello no quiere decir, estoy seguro, que se retire a la comodidad de sus habitaciones. Lo imagino curtiéndose en otras batallas, militando en sus múltiples luchas contra la desigualdad, aprendiendo y haciendo ecofeminismo, confiando en las potencialidades del cuidado y en la savia renovadora de lo horizontal. Esta ciudad, por tanto, seguirá disfrutando de su coraje y de su ternura. Solo pierde con su marcha una política que, tan vieja como la más vieja, continúa mirándose el ombligo y desilusionando a quienes un día pensamos que cabían alternativas frente al neoliberalismo salvaje y la democracia formal. Menos mal que seguiremos encontrándonos con Alberto en «la república de las letras» mientras que recordamos lo que la sabia Adrienne Rich un día nos enseñó: «Un movimiento por el cambio vive en los sentimientos, las acciones y las palabras. Cualquier cosa que limite o mutile nuestros sentimientos dificulta más nuestra actuación, hace que nuestros actos sean reactivos, repetitivos: el pensamiento abstracto, las estrechas lealtades tribales, cualquier tipo de superioridad, la arrogancia de creernos en el centro».
LAS FRONTERAS INDECISAS, Diario Córdoba, 22 de marzo de 2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/rios-alberto_1133358.html
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LOS RÍOS DE ALBERTO

La política española se ha enfangado tanto en los últimos tiempos que es normal que las personas mínimamente sensatas, y sobre todo con un trabajo que les permita ganarse la vida decentemente, no estén por la labor de implicarse en unas dinámicas que, controladas por unas élites oligárquicas, les restan autonomía. Ello no quiere decir que no haya muchas personas honestas, inteligentes y comprometidas en la vida pública. Por supuesto que las hay, aunque me temo que con demasiada frecuencia en un segundo plano o a punto siempre de abandonar el barco. Ahora bien, las que manejan el timón, marcan estrategias y se reparten cuotas de poder suelen ser profesionales de la política para los que la disciplina y la sumisión al jerarca de turno es un mínimo precio que gustosos pagan con tal de mantenerse en el púlpito y, en muchos casos, mantener un nivel de vida y de reconocimiento que por otras vías serían impensables. Estos males se multiplican en la política local, donde la cercanía hace más fáciles las redes clientelares, las servidumbres y las tácticas sicilianas, y donde además el nivel de dedicación es tan extremo para quien se lo toma en serio que es habitual que la «vitae» acabe siendo engullida por el «curriculum».
En un escenario como este es lógico que encajen mal los seres disidentes, las mentes que se interrogan y los individuos que suelen buscar los cientos de matices que hay entre el blanco y el negro. Con este panorama, que tampoco la «nueva política» ha conseguido transformar, sino que más bien lo ha subrayado con estrategias más sibilinas, a nadie de los que lo conocemos bien nos ha cogido por sorpresa que Alberto de los Ríos haya decidido abandonar el Ayuntamiento. Además de ser un hombre que tiene un puesto de trabajo al que volver, cosa que me temo no pueden decir buena parte de sus colegas de Pleno, Alberto es un tipo que asumió hace años que la curiosidad permanente es el mejor estado del alma, que conquistó en una ciudad tan armarizada como esta su irrenunciable derecho a amar a quien le dé la gana y que siempre entendió que la política o transforma la injusta realidad o es solo una escenificación en beneficio de los privilegiados. Su voz pública, además, nunca fue guerrera ni altiva, lo cual no quiere decir que no haya tenido ni tenga convicciones hondas, pero siempre la usó recordando que la ternura, como bien nos enseñó Petra Kelly, también puede ser un arma de lucha.
Con todos estos mimbres, y otros muchos que hacen del profesor De los Ríos un soñador que un día quiso probar la efervescencia de la res publica, es evidente que Capitulares haya acabado siendo un cauce demasiado estrecho y limitado para quien alberga un caudal de utopías en su cerebro de niño grande. Ello no quiere decir, estoy seguro, que se retire a la comodidad de sus habitaciones. Lo imagino curtiéndose en otras batallas, militando en sus múltiples luchas contra la desigualdad, aprendiendo y haciendo ecofeminismo, confiando en las potencialidades del cuidado y en la savia renovadora de lo horizontal. Esta ciudad, por tanto, seguirá disfrutando de su coraje y de su ternura. Solo pierde con su marcha una política que, tan vieja como la más vieja, continúa mirándose el ombligo y desilusionando a quienes un día pensamos que cabían alternativas frente al neoliberalismo salvaje y la democracia formal. Menos mal que seguiremos encontrándonos con Alberto en «la república de las letras» mientras que recordamos lo que la sabia Adrienne Rich un día nos enseñó: «Un movimiento por el cambio vive en los sentimientos, las acciones y las palabras. Cualquier cosa que limite o mutile nuestros sentimientos dificulta más nuestra actuación, hace que nuestros actos sean reactivos, repetitivos: el pensamiento abstracto, las estrechas lealtades tribales, cualquier tipo de superioridad, la arrogancia de creernos en el centro».
LAS FRONTERAS INDECISAS, Diario Córdoba, 22 de marzo de 2017:
http://www.diariocordoba.com/noticias/opinion/rios-alberto_1133358.html
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MARÍA (PARA LOS DEMÁS)

Si alguien tiene alguna duda del cambio de foco que en muchos casos supone que haya una mujer detrás de la cámara, no debería perderse la primera película de la directora Nely Reguera. Sin ser una película redonda, entre otras cosas porque me temo que ha habido demasiadas personas (cinco) metiendo mano en el guión, me parece un magnífico ejemplo de un relato en el que el protagonismo recae en una mujer y en el que contemplamos la vida narrada desde un punto de vista que poco tiene que ver con el masculino dominante. Aunque, todo hay que decirlo, la película no pasa el famoso test de Bechdel: cuando las mujeres hablan entre ellas siempre lo hacen sobre los hombres de su vida.

Lo más interesante de María (y los demás) es cómo nos sitúa frente a una mujer que durante toda su vida no ha hecho otra cosa que estar más pendiente de los demás que de ella misma. Y no solo en el sentido literal del cuidado, sino también en cuanto que han sido los otros – y muy especialmente los varones que la han rodeado – quienes han marcado su existencia. Eso le ha impedido desarrollar plenamente sus aspiraciones, sentirse totalmente autónoma e incluso le ha llevado a vivir una especie de adolescencia prolongada que la hacen ser insegura, dubitativa y frágil, muy frágil, pese a su apariencia de mujer que lo controla todo. En este caso, como casi siempre pasa con las preposiciones, el para es determinante.

María (y los demás) tiene el gran acierto de no ser una película más sobre dilemas familiares, aunque también lo sea, ya que es por encima de todo la historia de una mujer de mediana edad que no ha logrado liberarse de buena parte de sus «cautiverios» y que por lo tanto, aunque no sea capaz de reconocerlo del todo, es esclava de las expectativas que los demás  y que ella misma se ha marcado rígidamente. 

Otro punto positivo es que Nely Reguera nos cuenta este periplo emocional con tono de comedia, sin convertir en un drama excesivo lo que en otras películas hemos visto hecho un culebrón. Gracias a su sentido del humor, la historia de María se salva de la amargura que en todo caso supone vivir una vida que no es la que uno habría querido vivir.  En el caso de la protagonista, tal vez porque su gran error de partida haya sido mirar el mundo y a ella misma bajo el prisma de los varones… y de las mujeres que les siguen el juego. 

Esta luminosa historia, porque al fin parece que María acaba viendo la luz y es capaz de saltarse las reglas, no habría sido la misma sin el derroche interpretativo de una superlativa Bárbara Lennie. Ella vuelve a demostrar que es una de las mejores actrices de nuestro cine: su rostro bello e intenso es capaz de decirlo todo, de seducirnos, de interpelarnos y, finalmente, de acariciarnos. Después de haberla disfrutado sobre los escenarios en la brutal La clausura del amor, en esta película demuestra que la verdadera seducción tiene más que ver con la inteligencia que con el cuerpo, por más que ella esté esplendorosa en escenas como la del vestido de novia. Sin ella, no me cabe la menor duda, esta película habría pasado desapercibida. Con ella, este debut en la pantalla se convierte en una más que sugerente promesa que espero tenga continuación. 

María (y los demás), Nely Reguera, 2015
Filmoteca de Andalucía, Córdoba, 18-3-2017

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MARÍA (PARA LOS DEMÁS)

Si alguien tiene alguna duda del cambio de foco que en muchos casos supone que haya una mujer detrás de la cámara, no debería perderse la primera película de la directora Nely Reguera. Sin ser una película redonda, entre otras cosas porque me temo que ha habido demasiadas personas (cinco) metiendo mano en el guión, me parece un magnífico ejemplo de un relato en el que el protagonismo recae en una mujer y en el que contemplamos la vida narrada desde un punto de vista que poco tiene que ver con el masculino dominante. Aunque, todo hay que decirlo, la película no pasa el famoso test de Bechdel: cuando las mujeres hablan entre ellas siempre lo hacen sobre los hombres de su vida.

Lo más interesante de María (y los demás) es cómo nos sitúa frente a una mujer que durante toda su vida no ha hecho otra cosa que estar más pendiente de los demás que de ella misma. Y no solo en el sentido literal del cuidado, sino también en cuanto que han sido los otros – y muy especialmente los varones que la han rodeado – quienes han marcado su existencia. Eso le ha impedido desarrollar plenamente sus aspiraciones, sentirse totalmente autónoma e incluso le ha llevado a vivir una especie de adolescencia prolongada que la hacen ser insegura, dubitativa y frágil, muy frágil, pese a su apariencia de mujer que lo controla todo. En este caso, como casi siempre pasa con las preposiciones, el para es determinante.

María (y los demás) tiene el gran acierto de no ser una película más sobre dilemas familiares, aunque también lo sea, ya que es por encima de todo la historia de una mujer de mediana edad que no ha logrado liberarse de buena parte de sus «cautiverios» y que por lo tanto, aunque no sea capaz de reconocerlo del todo, es esclava de las expectativas que los demás  y que ella misma se ha marcado rígidamente. 

Otro punto positivo es que Nely Reguera nos cuenta este periplo emocional con tono de comedia, sin convertir en un drama excesivo lo que en otras películas hemos visto hecho un culebrón. Gracias a su sentido del humor, la historia de María se salva de la amargura que en todo caso supone vivir una vida que no es la que uno habría querido vivir.  En el caso de la protagonista, tal vez porque su gran error de partida haya sido mirar el mundo y a ella misma bajo el prisma de los varones… y de las mujeres que les siguen el juego. 

Esta luminosa historia, porque al fin parece que María acaba viendo la luz y es capaz de saltarse las reglas, no habría sido la misma sin el derroche interpretativo de una superlativa Bárbara Lennie. Ella vuelve a demostrar que es una de las mejores actrices de nuestro cine: su rostro bello e intenso es capaz de decirlo todo, de seducirnos, de interpelarnos y, finalmente, de acariciarnos. Después de haberla disfrutado sobre los escenarios en la brutal La clausura del amor, en esta película demuestra que la verdadera seducción tiene más que ver con la inteligencia que con el cuerpo, por más que ella esté esplendorosa en escenas como la del vestido de novia. Sin ella, no me cabe la menor duda, esta película habría pasado desapercibida. Con ella, este debut en la pantalla se convierte en una más que sugerente promesa que espero tenga continuación. 

María (y los demás), Nely Reguera, 2015
Filmoteca de Andalucía, Córdoba, 18-3-2017

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DOÑA CLARA O LA MUJER SIN MIEDO A LOS TIBURONES

Es tan poco habitual encontrar en la pantalla mujeres que lleven el timón del relato y que no sean meros personajes dependientes de los principales masculinos, que cuando uno se encuentra con una película como Doña Clara confirma qué mirada tan androcéntrica, y por lo tanto tan parcial, nos ofrece el cine en general. Que la protagonista absoluta de la historia sea una mujer jubilada, independiente, con vida propia y con una fuerza que ya quisiéramos para nosotros muchos hombres, es el principal aliciente de una imprescindible película brasileña que, además, nos ofrece de manera tierna, reposada, sin estridencias, una honda crítica del mundo que estamos construyendo a costa del que estamos reduciendo a escombros.
Acostumbrados a que las mujeres en el cine sean seres que solo viven para la pasión, que andan en muchos casos como “vacas sin cencerro”, arrastrando culpas e incapaces de sobreponerse a los fracasos amorosos, tan cautivas de los deseos y caprichos de los héroes masculinos, reconforta encontrarse con un personaje como el de doña Clara, una señora con poderío que no necesita de los hombres para darle sentido a su vida, por más que estuviera enamoradísima de su marido, y que es capaz de levantarse cada día encontrando un sentido a todo lo que puede hacer por ella misma. Mucho más cuando se enfrenta, sin convertirse en la víctima que paternalmente salvan los varones, a los especuladores que quieren acabar con su espacio, con sus metros cuadrados de soberanía, con las habitaciones propias en las que viven sus músicas, sus recuerdos y sus heridas. Porque también Clara es una mujer que ha sobrevivido a batallas y que luce orgullosa sus cicatrices. Bella y sólida. Con el rostro marcado por las hermosas arrugas que la hacen todavía más atractiva. Un personaje tan complejo y hermoso, casi la antítesis de los que por ejemplo abundan en el cine de Almodóvar, al que solo una actriz con el peso de Sonia Braga podría dotar de autenticidad.

Un personaje tan complejo y hermoso, casi la antítesis de los que por ejemplo abundan en el cine de Almodóvar

Toda la película está rodada desde el punto de vista de ella, que nos lleva por sus rutinas placenteras y por sus recuerdos, por sus amores y por las canciones que la hacen poderosa. Vemos cómo  Clara ejerce de madre, de tía y de abuela, pero esos papeles no son los que la definen de manera limitada, sino que son solo piezas de algo más complejo que es todo su ser de señora que desafía a un mar lleno de tiburones.  La vemos incluso rebelarse frente a una hija que, como suele ser muy habitual,  trata a la madre mayor como si fuera una niña, una discapacitada o una loca que necesita siempre la tutela de alguien al que se le supone racional y equilibrado solo por su juventud.  Doña Clara es también una mujer que baila, que seduce y que comparte con sus amigas el gozo de saberse autónoma. La que es capaz de generar redes de sororidad que nada tienen que ver con las relaciones que generamos los hombres. La jubilosamente sesentona que no vive ni esclava del cuerpo, ni de las modas ni de las miradas ajenas. La que se baña en la playa pese al oleaje, la que ríe como si la boca fuese un caudal, la que necesita volver a sentir lo que es el placer de gozar junto a otro cuerpo.
Pero además de ese prodigioso retrato femenino, Aquarius, que es el título original de la película y el nombre del edificio en el que resiste doña Clara como si le fuera la vida en ello, es una hermosísima defensa de eso que, como diría la profesora Laura Mora, es el “orden amoroso de la vida” frente al depredador que representan los sujetos masculinos – el poder del padre, el peso del dinero, la corrupción de la política – a los que debe enfrentarse. En este sentido, la película de Kleber Mendonça Filho es una feroz crítica del mundo capitalista en su versión más neoliberal – que va tan de la mano con el patriarcado – y frente al que todas y todos nos volvemos vulnerables.  Un mundo al que solo parecen interesarle los beneficios – de unos pocos, claro –  y al que no le importa pisotear el bienestar de la mayoría. Justo por ello necesitamos muchas mujeres con la hondura ética de doña Clara, y muchos hombres que aprendan de ellas y, por tanto, del feminismo como lógica emancipadora que persigue un planeta más justo y equilibrado. Un planeta que sea capaz de renacer cómo el larguísimo pelo negro de la protagonista y de bailar al ritmo de las hermosas canciones brasileñas de la banda sonora de una película que nos reconcilia con el cine al que siempre me gusta imaginar como si fuera una ventana abierta al mar.
Publicado en TRIBUNA FEMINISTA, 15 de marzo de 2017:
http://www.tribunafeminista.org/2017/03/dona-clara-o-la-mujer-sin-miedo-a-los-tiburones/
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DOÑA CLARA O LA MUJER SIN MIEDO A LOS TIBURONES

Es tan poco habitual encontrar en la pantalla mujeres que lleven el timón del relato y que no sean meros personajes dependientes de los principales masculinos, que cuando uno se encuentra con una película como Doña Clara confirma qué mirada tan androcéntrica, y por lo tanto tan parcial, nos ofrece el cine en general. Que la protagonista absoluta de la historia sea una mujer jubilada, independiente, con vida propia y con una fuerza que ya quisiéramos para nosotros muchos hombres, es el principal aliciente de una imprescindible película brasileña que, además, nos ofrece de manera tierna, reposada, sin estridencias, una honda crítica del mundo que estamos construyendo a costa del que estamos reduciendo a escombros.
Acostumbrados a que las mujeres en el cine sean seres que solo viven para la pasión, que andan en muchos casos como “vacas sin cencerro”, arrastrando culpas e incapaces de sobreponerse a los fracasos amorosos, tan cautivas de los deseos y caprichos de los héroes masculinos, reconforta encontrarse con un personaje como el de doña Clara, una señora con poderío que no necesita de los hombres para darle sentido a su vida, por más que estuviera enamoradísima de su marido, y que es capaz de levantarse cada día encontrando un sentido a todo lo que puede hacer por ella misma. Mucho más cuando se enfrenta, sin convertirse en la víctima que paternalmente salvan los varones, a los especuladores que quieren acabar con su espacio, con sus metros cuadrados de soberanía, con las habitaciones propias en las que viven sus músicas, sus recuerdos y sus heridas. Porque también Clara es una mujer que ha sobrevivido a batallas y que luce orgullosa sus cicatrices. Bella y sólida. Con el rostro marcado por las hermosas arrugas que la hacen todavía más atractiva. Un personaje tan complejo y hermoso, casi la antítesis de los que por ejemplo abundan en el cine de Almodóvar, al que solo una actriz con el peso de Sonia Braga podría dotar de autenticidad.

Un personaje tan complejo y hermoso, casi la antítesis de los que por ejemplo abundan en el cine de Almodóvar

Toda la película está rodada desde el punto de vista de ella, que nos lleva por sus rutinas placenteras y por sus recuerdos, por sus amores y por las canciones que la hacen poderosa. Vemos cómo  Clara ejerce de madre, de tía y de abuela, pero esos papeles no son los que la definen de manera limitada, sino que son solo piezas de algo más complejo que es todo su ser de señora que desafía a un mar lleno de tiburones.  La vemos incluso rebelarse frente a una hija que, como suele ser muy habitual,  trata a la madre mayor como si fuera una niña, una discapacitada o una loca que necesita siempre la tutela de alguien al que se le supone racional y equilibrado solo por su juventud.  Doña Clara es también una mujer que baila, que seduce y que comparte con sus amigas el gozo de saberse autónoma. La que es capaz de generar redes de sororidad que nada tienen que ver con las relaciones que generamos los hombres. La jubilosamente sesentona que no vive ni esclava del cuerpo, ni de las modas ni de las miradas ajenas. La que se baña en la playa pese al oleaje, la que ríe como si la boca fuese un caudal, la que necesita volver a sentir lo que es el placer de gozar junto a otro cuerpo.
Pero además de ese prodigioso retrato femenino, Aquarius, que es el título original de la película y el nombre del edificio en el que resiste doña Clara como si le fuera la vida en ello, es una hermosísima defensa de eso que, como diría la profesora Laura Mora, es el “orden amoroso de la vida” frente al depredador que representan los sujetos masculinos – el poder del padre, el peso del dinero, la corrupción de la política – a los que debe enfrentarse. En este sentido, la película de Kleber Mendonça Filho es una feroz crítica del mundo capitalista en su versión más neoliberal – que va tan de la mano con el patriarcado – y frente al que todas y todos nos volvemos vulnerables.  Un mundo al que solo parecen interesarle los beneficios – de unos pocos, claro –  y al que no le importa pisotear el bienestar de la mayoría. Justo por ello necesitamos muchas mujeres con la hondura ética de doña Clara, y muchos hombres que aprendan de ellas y, por tanto, del feminismo como lógica emancipadora que persigue un planeta más justo y equilibrado. Un planeta que sea capaz de renacer cómo el larguísimo pelo negro de la protagonista y de bailar al ritmo de las hermosas canciones brasileñas de la banda sonora de una película que nos reconcilia con el cine al que siempre me gusta imaginar como si fuera una ventana abierta al mar.
Publicado en TRIBUNA FEMINISTA, 15 de marzo de 2017:
http://www.tribunafeminista.org/2017/03/dona-clara-o-la-mujer-sin-miedo-a-los-tiburones/
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DOÑA CLARA O LA MUJER SIN MIEDO A LOS TIBURONES

Es tan poco habitual encontrar en la pantalla mujeres que lleven el timón del relato y que no sean meros personajes dependientes de los principales masculinos, que cuando uno se encuentra con una película como Doña Clara confirma qué mirada tan androcéntrica, y por lo tanto tan parcial, nos ofrece el cine en general. Que la protagonista absoluta de la historia sea una mujer jubilada, independiente, con vida propia y con una fuerza que ya quisiéramos para nosotros muchos hombres, es el principal aliciente de una imprescindible película brasileña que, además, nos ofrece de manera tierna, reposada, sin estridencias, una honda crítica del mundo que estamos construyendo a costa del que estamos reduciendo a escombros.
Acostumbrados a que las mujeres en el cine sean seres que solo viven para la pasión, que andan en muchos casos como “vacas sin cencerro”, arrastrando culpas e incapaces de sobreponerse a los fracasos amorosos, tan cautivas de los deseos y caprichos de los héroes masculinos, reconforta encontrarse con un personaje como el de doña Clara, una señora con poderío que no necesita de los hombres para darle sentido a su vida, por más que estuviera enamoradísima de su marido, y que es capaz de levantarse cada día encontrando un sentido a todo lo que puede hacer por ella misma. Mucho más cuando se enfrenta, sin convertirse en la víctima que paternalmente salvan los varones, a los especuladores que quieren acabar con su espacio, con sus metros cuadrados de soberanía, con las habitaciones propias en las que viven sus músicas, sus recuerdos y sus heridas. Porque también Clara es una mujer que ha sobrevivido a batallas y que luce orgullosa sus cicatrices. Bella y sólida. Con el rostro marcado por las hermosas arrugas que la hacen todavía más atractiva. Un personaje tan complejo y hermoso, casi la antítesis de los que por ejemplo abundan en el cine de Almodóvar, al que solo una actriz con el peso de Sonia Braga podría dotar de autenticidad.

Un personaje tan complejo y hermoso, casi la antítesis de los que por ejemplo abundan en el cine de Almodóvar

Toda la película está rodada desde el punto de vista de ella, que nos lleva por sus rutinas placenteras y por sus recuerdos, por sus amores y por las canciones que la hacen poderosa. Vemos cómo  Clara ejerce de madre, de tía y de abuela, pero esos papeles no son los que la definen de manera limitada, sino que son solo piezas de algo más complejo que es todo su ser de señora que desafía a un mar lleno de tiburones.  La vemos incluso rebelarse frente a una hija que, como suele ser muy habitual,  trata a la madre mayor como si fuera una niña, una discapacitada o una loca que necesita siempre la tutela de alguien al que se le supone racional y equilibrado solo por su juventud.  Doña Clara es también una mujer que baila, que seduce y que comparte con sus amigas el gozo de saberse autónoma. La que es capaz de generar redes de sororidad que nada tienen que ver con las relaciones que generamos los hombres. La jubilosamente sesentona que no vive ni esclava del cuerpo, ni de las modas ni de las miradas ajenas. La que se baña en la playa pese al oleaje, la que ríe como si la boca fuese un caudal, la que necesita volver a sentir lo que es el placer de gozar junto a otro cuerpo.
Pero además de ese prodigioso retrato femenino, Aquarius, que es el título original de la película y el nombre del edificio en el que resiste doña Clara como si le fuera la vida en ello, es una hermosísima defensa de eso que, como diría la profesora Laura Mora, es el “orden amoroso de la vida” frente al depredador que representan los sujetos masculinos – el poder del padre, el peso del dinero, la corrupción de la política – a los que debe enfrentarse. En este sentido, la película de Kleber Mendonça Filho es una feroz crítica del mundo capitalista en su versión más neoliberal – que va tan de la mano con el patriarcado – y frente al que todas y todos nos volvemos vulnerables.  Un mundo al que solo parecen interesarle los beneficios – de unos pocos, claro –  y al que no le importa pisotear el bienestar de la mayoría. Justo por ello necesitamos muchas mujeres con la hondura ética de doña Clara, y muchos hombres que aprendan de ellas y, por tanto, del feminismo como lógica emancipadora que persigue un planeta más justo y equilibrado. Un planeta que sea capaz de renacer cómo el larguísimo pelo negro de la protagonista y de bailar al ritmo de las hermosas canciones brasileñas de la banda sonora de una película que nos reconcilia con el cine al que siempre me gusta imaginar como si fuera una ventana abierta al mar.
Publicado en TRIBUNA FEMINISTA, 15 de marzo de 2017:
http://www.tribunafeminista.org/2017/03/dona-clara-o-la-mujer-sin-miedo-a-los-tiburones/
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LA MÍSTICA DE LAS NUEVAS PATERNIDADES

Soy padre de un hijo adolescente y no creo que exagere si afirmo que ésta es una de las aventuras más complejas que he tenido que asumir en mi vida. A falta de libro de instrucciones, y nadando permanentemente en un mar de dudas e inseguridades, intento no naufragar en exceso y en asumir todo el proceso como un aprendizaje del que no solo él sino también yo salgamos más empoderados. Lo cual no quiere decir que nos convirtamos en hombres heroicos e imbatibles sino más bien todo lo contrario, es decir, en individuos que hayamos aprendido que la vulnerabilidad y la necesidad del otro/la otra es lo que otorga fortaleza ética a nuestra existencia. Este hondo compromiso me ha regalado algunos de los mejores momentos de mis últimos 15 años, pero también me ha restado tiempo y energías, por lo que no siempre ha sido ese estado ideal que ahora me meten por los ojos en blogs y redes sociales. He intentado, e intento, ser un buen padre, o sea, un padre dubitativo, generoso y cómplice, que no amigo de mi hijo, pero eso no me ha llevado a uno de esos paraísos que parecen sacados de un anuncio y en los que la paternidad se nos vende como si fuera la única vía posible para la felicidad. Al contrario, yo en muchos instantes me he sentido con ganas de tirar la toalla, me he arrepentido de parte de las decisiones de vida y hasta he soñado con dimitir de mi función. Y, por supuesto, he seguido construyendo otras muchas facetas de mi vida que me generan satisfacciones, que multiplican mis energías y que me ayudan a crecer como el hombre de coraje y ternura que un día me propuse ser. Todas ellas tan relevantes como mi paternidad porque sin ellas estoy seguro que mi hijo no tendría cerca al aprendiz de casi todo que continuo siendo. Todo esto, además, me ha permitido comprobar de primera mano que ser padre es un deseo no un derecho.

Por todo ello siento de entrada tanta desconfianza hacia todo ese movimiento, que no sé si no pasa de ser una moda o, en el peor de los casos, una manera de revestir de manera políticamente correcta un neomachismo «soft», que insiste en mostrarnos una imagen brillante de nuevos padres, la cual parece ser, para algunos, el primer paso hacia la construcción de masculinidades mucho más igualitarias y empáticas. Es cierto que esa dimensión de lo privado es casi la única en la que muchos hombres hemos empezado a compartir responsabilidades y a asumirlo como un espacio que nos permite desarrollar habilidades y capacidades que durante siglos pensamos que eran propias de mujeres. No seré yo quien dude de esos padres tiernos que cada vez veo con más frecuencia en los parques o de esos hombres con carrito que generan una expectación por donde pasan digna de la portada de la revista para mujeres más «exigente». Sin embargo, y como hace ya tiempo que asumí eso de que el feminismo es una permanente «filosofía de la sospecha», no dejo de preguntarme si detrás de esa fachada hay o no una auténtica transformación, y no solo de ellos, sino sobre todo de las relaciones de género, o sea, de poder, que siguen dando forma al sistema sexo/género. Me gustaría saber cómo es el reparto de autoridad en su ámbito familiar, o cómo esos padres amorosos actúan en sus entornos laborales o si perpetúan las fratrías viriles de siempre aunque hayan cambiado los escenarios. Querría imaginar que ese esmero en jugar con los niños, o en darle la merienda, o en jugar con ellos mientras se bañan, tiene su correspondencia en la transformación de muchos de las expresiones macro y micro de una masculinidad que continúa, me temo, apoyándose en los muchos privilegios que heredamos de nuestros padres. Sería estupendo pensar que todos esos padres que recogen a sus niños del cole pero que no sé si son capaces de sacrificar parte de su recorrido profesional para que sus compañeras brillen, o que no me consta si señalan con el dedo a los colegas que a su alrededor hacen alarde de machismo o que dudo si están por la labor de militar al lado de mujeres feministas con el objetivo de hacer más justo el mundo que vivimos, tuvieran muy claro que lo personal es político y que no se trata simplemente de ser buen padre sino de asumir que ya es hora que aprendamos a restar y a dividir. Porque solo así, por ejemplo, nuestras compañeras podrán sumar oportunidades, prestigio y autoridad. Como también sería revelador comprobar que esos hombres tan cuidadores lo son también de ancianos, enfermos o dependientes, es decir, que igualmente se implican en trabajos de atención a los demás que no suelen ser tan gratificantes ni divertidos como acompañar a un hijo en su crecimiento.

Creo que corremos el riego pues de convertir las nuevas paternidades en una especie de mística mediante la cual, una vez más, asumimos las portadas y el protagonismo, acaparamos jornadas y eventos, convirtiéndonos en héroes que en vez de superpoderes llevan en sus manos ramos de flores y paquetes de pañales. Me da miedo pensar que nos volvamos a quedar en la superficie y que la conversión del 19 de marzo en día del padre igualitario no sea más que una operación cosmética de esas que hacen que todo cambie para que todo siga igual. Y todo ello porque estoy plenamente convencido de que la desigualdad entre mujeres y hombres tiene que ver con unas estructuras de poder – político, económico, cultural, simbólico – que van mucho más allá de nuestras relaciones familiares. Unas relaciones que, obviamente, hemos de construir sobre el reconocimiento del otro como igual y de la corresponsabilidad a todos los niveles, pero que no bastarán para darle la vuelta a un mundo en el que ellas son las principales víctimas del «gobierno de los padres», incluidos esos que ahora suben fotos a Facebook acariciando a su hijo como nunca el suyo hizo con ellos.


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