Torneig de Canovelles 2017

Bon paper de l’Aleví E del Mollet CF en el torneig de Canovelles aconseguint una tercera posició. Amb una única derrota (per la mínima) en quatre partits i amb només dos gols en contra i 6 a favor. Precisament aquesta derrota contra el Sabadell ens ha impedit accedir a la final i ens ha condemnat […]

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ELENA FORTÚN CONTRA EL HETEROPATRIARCADO


“Vuelve a tu hogar, mujer, esposa, dueña y señora, vuelve a tus deberes, con los tuyos…>> ¡No! Los míos son esos que despreciáis, Joaquinito, Fermina, Lolín, Rafita,… los parias de una sociedad normal que no tiene otro fin más que reproducirse, los que habéis echado de vuestras honradas casas, llenas de lujuria, lloros de chicos y olor de pañales… Ellos son mis compañeros de camino y me voy con ellos…”
Termino la lectura de Oculto sendero, la novela inédita y prácticamente una biografía novelada de Elena Fortún, y no tengo ninguna duda de que he leído una de las obras literarias que mejor relatan la lucha contra los barrotes de la jaula del patriarcado en una doble dimensión: la de la mujer que se siente prisionera de su papel de ángel del  hogar y la que ha de liberarse de la esclavitud de la heteronormatividad. Escrita durante su exilio en Argentina y firmada con el seudónimo de Rosa María Castaños, el interés de esta obra, como bien explica en la introducción Nuria Capdevila-Argüelles, “radica en su tratamiento de la identidad sexual y genérica, constituyendo una exploración única de las relaciones entre homosexualidad y heterosexualidad. La situación de la mujer creadora en las primeras décadas del siglo XX- los años de <<las modernas>> o <<garzonas>> – y su problemática relación con el otro masculino que corta o dificulta su autoría o emancipación es el otro gran tema de esta singular novela, testamento literario de la creadora de Celia, el personaje infantil más importante de la literatura española”.
La historia de Mª Luisa, que desde niña rechaza los vestidos y quiere vestirse de marinero, es la de tantas mujeres que se vieron encerradas en la dictadura de unas normas de género que les marcaban su lugar en el mundo: el de las sumisas y virtuosas Sofías frente al Emilio nacido para la autonomía. De ahí que las mujeres que osaban superar las fronteras de lo privado eran inmediatamente tachadas de “malas”, como esas que vivían frente a la casa de la protagonista: “…cuando yo salía al balcón desobedeciendo a mamá, que me lo tenía prohibido, porque en la casa inmediata vivían unas mujeres malas. Nunca explicaba por qué eran malas aquellas mujeres que nunca pude ver, y yo suponía que siempre estaban regañando, que se arañaban y pellizcaban unas a otras, que gritaban mucho y hasta que escupían a la calle desde el balcón, cosas todas abominables y terribles”.
Mª Luisa, como todas las mujeres durante décadas, es educada para ser un ángel del hogar, una señora de, un ser carente de autonomía y al que desde pequeña niegan sus capacidades creativas. Las de la niña que se niega a ponerse “gasas de bailarina” y a la que cuando le preguntan qué harás cuando seas mayor, contesta “vestirme de hombre y montar a caballo”.  La mujer que iremos viendo cómo se resiste a ser una burda copia del modelo virginal de María: “El perfume de las rosas que inundaba la clase, las canciones frescas y desentonadas, las velas encendidas que daban animación y vida a la cara perfecta de la Virgen”.
Dividida en tres partes que se corresponden con la primavera, el verano y el otoño, y con un final de otoño que no llega a ser invierno, esta obra excepcional nos permite ser testigos del aprendizaje de una mujer que sufre múltiples renuncias y angustias hasta que finalmente consigue liberarse. Es, desde esta perspectiva, el perfecto relato de cómo el heteropatriarcado se ha construido siempre no solo sobre la subordiscriminación de las mujeres sino también sobre del brutal dualismo que contrapone de manera jerárquica heterosexualidad y otras opciones sexuales.
La novela nos muestra además a la perfección como en paralelo a la sumisión de ellas se construyen las masculinidades poderosas y públicas, las propias de los diligentes padres de familia, las que tienen derecho al cuerpo y la sexualidad de las mujeres para satisfacer sus deseos. Elena Fortún no renuncia a contarnos un par de episodios de lo que hoy llamaríamos acoso sexual y que hacen que la protagonista, o sea, ella misma, se vaya posicionando frente a una masculinidad predadora. El primer episodio lo protagonizan unos chavales – “Ya otro había deslizado sus manos ásperas por mis muslos y trataba de meterlas por la boca de los pantalones …”  – mientras que en el segundo, casi un intento de violación,  es un juez el que se lanza sobre ella: “Estaba muy encarnado y respiraba jadeante, echándome a la cara su aliento desagradable. Cada vez le importaba menos el juego y más yo. Al fin, me cogió contra la pared y aplicando sus labios gordos a los míos me besó ávidamente, metiendo casi su boca entre mis dientes, al mismo tiempo que su lengua gorda y repugnante buscaba la mía hasta casi asfixiarme… y su cuerpo se aplastaba contra mi pecho, y una pierna se incrustaba entre las mías…” Unos hombres que mal llevan que las mujeres de principios del siglo XX empiecen a reivindicar su autonomía, las mismas oportunidades, ser al fin dueñas de sus proyectos de vida: “Ahora les ha dado a las mujeres por imitarnos…”. No falta en la novela incluso una mirada crítica sobre esos hombres que por ejemplo van de putas con total normalidad y con la complicidad silenciosa del resto: “Luego, ¿había mujeres que hacían eso por ganar dinero?¡Y los hombres venían a buscarlas como si fueran al café! ¡Dios, qué espanto! Y todos lo sabían… lo sabía mamá, papá, mis hermanos… todo el mundo, menos yo hasta aquel momento, y continuaban tan tranquilos, y reían felices… ¡No se morían de espanto y de horror!”.
Oculto sendero recrea a la perfección todos los mandatos de género que durante siglo han limitado los espacios y los tiempos de las mujeres, al tiempo que hacían de ellas seres educados para la virtud y para la entrega a los otros: “¡Ya está en la infancia femenina marcado el espíritu de sacrificio, la necesidad de consagrarse a la felicidad de la familia!”.  Una virtud que en el caso concreto de nuestro país estuvo marcado por el catolicismo, la única religión verdadera – claro que hay otras, pero como dice la madre de Mª Luisa, “todas son mentiras”- que enseñó a las mujeres el camino del sacrificio, la obediencia y el pudor. Una religión que santificó el orden heteronormativo a través del matrimonio, el único destino para la mujer decente: “El camino de la mujer es el matrimonio y todo lo que aprenda y estudie debe ser con miras al día de mañana, para hacer feliz al hombre que escoja por compañera, y ser una buena madre de familia”. Ese es el destino contra el que se rebela  la protagonista a la que Elena le hace decir: “¡Si yo no quiero ser una madre de familia! ¡Si no me quiero casar, ni estudiar piano, ni coser, ni hacer cuentas..! Solo quiero leer, leer todos los libros que hay en el mundo…” Un sueño que chocaba contra la jaula que la sociedad tenía construida para ella, porque “para cuidar del marido y criar hijos no hacen falta literaturas”.
Oculto sendero, editada primorosamente por la Editorial Renacimiento, es el grito de Mª Luisa, pero también de Elena, y el de tantas mujeres que ansiaron tener la misma libertad que los hombres: “¡Yo sí que les envidiaba! ¡Su libertad, sus trajes sencillos, estrictos, sin ninguna fantasía, su derecho de comportarse naturalmente, sin afectación…!”. Mujeres las que desde pequeñitas se las educaba para cuidar y encontrar marido, por lo que “quedarse para vestir santos” suponía el mayor fracaso que podían sufrir. Esa es la gran tensión que sufre la protagonista: “Y yo no tenía ningún deseo de tener casa, ni de coser todo el día, ni de llevarle el desayuno a la cama… Aquellos proyectos me sonaban a un servicio que yo estaba obligada a hacer… Jorge pintaría y yo… a coser, a limpiar la casa ayudando a la criada, a administrar el dinero… y por toda alegría, ver pintar a Jorge… ¡Así tenía que ser! ¡Así vivían todas las mujeres! El orden establecido por la sociedad era este y no otro…” Un orden que Rousseau elevó a la categoría moral de modelo y que los Códigos Civiles convirtieron en Derecho: “¡Aquella pobre Teresita del pueblo se decía que engañaba a su marido! ¡Qué atrocidad! Ella ha debido resignarse, cuidar de su casa y de sus hijos, …¿Qué él era mujeriego y holgazán? ¿Que había acabado con el último céntimo de ella…? Sí, todo eso era verdad, pero su obligación era morir en la brecha, defendiendo su hogar…” En fin, las heroicas Sofías soportando “las sinrazones del marido sin quejarse”.
Pero no solo es la lucha contra ese orden la que sufrimos con la protagonista de la novela, también es la salida del armario tras un largo proceso de empoderamiento que le lleva finalmente a afirmar “a mí no me gustan los hombres” y tiempo después  a tratar de ser consecuente con lo que le dicta su piel. Un proceso especialmente dramático en una sociedad para la que un homosexual era “un invertido, un cochino repugnante” y para la que las lesbianas no existían, eran invisibles, sumaban la puerta de su deseo a la que ya de por sí tenían cerrada por su condición de mujeres.
Oculto sendero nos muestra cómo también entre los años 20 y 30 del pasado siglo las mujeres empezaron a ocupar espacios en nuestro país que tiempo atrás les estaban vedados: “¡Ah, las muchas modernas! Las veía solas por la calle, con su cartera bajo el brazo, camino de la universidad, del instituto, de la escuela…¿Por qué había venido yo al mundo diez años antes de mi tiempo?” Mª Luisa/Elena luchando contra el tiempo que no tuvo y al fin logrando reconocer sus verdaderos latidos: “siento crecer algo que siempre he llevado en el corazón y en el cerebro, como un hijo… y que esta vez no se me puede morir”. La mujer que al fin se mira en el espejo y se reconoce en artistas y en otros seres libres: “El artista es tal vez el tercer sexo… Creo que entre los humanos son los artistas los que no deben reproducirse…el artista lleva en su cerebro y en su alma comprendidos los dos sexos, en un extraño hermafroditismo capaz de crear”. Los ecos andróginos de Coleridge y después de Virginia Woolf a través de la Fortún.
La biografía novelada de la creadora de Celia acaba siendo uno de los más hermosos relatos que yo recuerdo sobre lo que supone vivir en un mundo que no te reconoce – “los que son normales nos desprecian” – y en el que el crimen o pecado contra natura acaba siendo un cerrojo contra la naturaleza del sujeto que escapa a las reglas de la mayoría.  Un relato que ha sido más frecuente leer “en masculino” pero que no ha sido tan habitual que sea narrado, al menos en nuestro país, por mujeres.  De ahí el valor de este testamento literario de Elena Fortún, una mujer desdichada y excepcional, una de esas grandes desconocidas en un mundo que sigue dominado por el prestigio masculino. Una de esas muchas víctimas de unas estructuras de poder que le cortaron  las alas y que la obligaron a vivir en permanente lucha. Leer este libro no es solo por tanto homenajearlas sino también hacer un ejercicio de memoria para que nunca se nos olvide de dónde venimos y qué frágiles son las conquistas de la igualdad. Todo eso al margen de las muchas virtudes literarias de un texto que te hace sentir como propio el desgarro de una mujer que acaba afortunadamente reconociéndose y queriéndose a sí misma como primer paso hacia la auténtica libertad.

PUBLICADO EN THE HUFFINGTON POST, 16-4-2017:
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/elena-fortun-contra-el-heteropatriarcado_a_22042041/

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ELENA FORTÚN CONTRA EL HETEROPATRIARCADO


“Vuelve a tu hogar, mujer, esposa, dueña y señora, vuelve a tus deberes, con los tuyos…>> ¡No! Los míos son esos que despreciáis, Joaquinito, Fermina, Lolín, Rafita,… los parias de una sociedad normal que no tiene otro fin más que reproducirse, los que habéis echado de vuestras honradas casas, llenas de lujuria, lloros de chicos y olor de pañales… Ellos son mis compañeros de camino y me voy con ellos…”
Termino la lectura de Oculto sendero, la novela inédita y prácticamente una biografía novelada de Elena Fortún, y no tengo ninguna duda de que he leído una de las obras literarias que mejor relatan la lucha contra los barrotes de la jaula del patriarcado en una doble dimensión: la de la mujer que se siente prisionera de su papel de ángel del  hogar y la que ha de liberarse de la esclavitud de la heteronormatividad. Escrita durante su exilio en Argentina y firmada con el seudónimo de Rosa María Castaños, el interés de esta obra, como bien explica en la introducción Nuria Capdevila-Argüelles, “radica en su tratamiento de la identidad sexual y genérica, constituyendo una exploración única de las relaciones entre homosexualidad y heterosexualidad. La situación de la mujer creadora en las primeras décadas del siglo XX- los años de <<las modernas>> o <<garzonas>> – y su problemática relación con el otro masculino que corta o dificulta su autoría o emancipación es el otro gran tema de esta singular novela, testamento literario de la creadora de Celia, el personaje infantil más importante de la literatura española”.
La historia de Mª Luisa, que desde niña rechaza los vestidos y quiere vestirse de marinero, es la de tantas mujeres que se vieron encerradas en la dictadura de unas normas de género que les marcaban su lugar en el mundo: el de las sumisas y virtuosas Sofías frente al Emilio nacido para la autonomía. De ahí que las mujeres que osaban superar las fronteras de lo privado eran inmediatamente tachadas de “malas”, como esas que vivían frente a la casa de la protagonista: “…cuando yo salía al balcón desobedeciendo a mamá, que me lo tenía prohibido, porque en la casa inmediata vivían unas mujeres malas. Nunca explicaba por qué eran malas aquellas mujeres que nunca pude ver, y yo suponía que siempre estaban regañando, que se arañaban y pellizcaban unas a otras, que gritaban mucho y hasta que escupían a la calle desde el balcón, cosas todas abominables y terribles”.
Mª Luisa, como todas las mujeres durante décadas, es educada para ser un ángel del hogar, una señora de, un ser carente de autonomía y al que desde pequeña niegan sus capacidades creativas. Las de la niña que se niega a ponerse “gasas de bailarina” y a la que cuando le preguntan qué harás cuando seas mayor, contesta “vestirme de hombre y montar a caballo”.  La mujer que iremos viendo cómo se resiste a ser una burda copia del modelo virginal de María: “El perfume de las rosas que inundaba la clase, las canciones frescas y desentonadas, las velas encendidas que daban animación y vida a la cara perfecta de la Virgen”.
Dividida en tres partes que se corresponden con la primavera, el verano y el otoño, y con un final de otoño que no llega a ser invierno, esta obra excepcional nos permite ser testigos del aprendizaje de una mujer que sufre múltiples renuncias y angustias hasta que finalmente consigue liberarse. Es, desde esta perspectiva, el perfecto relato de cómo el heteropatriarcado se ha construido siempre no solo sobre la subordiscriminación de las mujeres sino también sobre del brutal dualismo que contrapone de manera jerárquica heterosexualidad y otras opciones sexuales.
La novela nos muestra además a la perfección como en paralelo a la sumisión de ellas se construyen las masculinidades poderosas y públicas, las propias de los diligentes padres de familia, las que tienen derecho al cuerpo y la sexualidad de las mujeres para satisfacer sus deseos. Elena Fortún no renuncia a contarnos un par de episodios de lo que hoy llamaríamos acoso sexual y que hacen que la protagonista, o sea, ella misma, se vaya posicionando frente a una masculinidad predadora. El primer episodio lo protagonizan unos chavales – “Ya otro había deslizado sus manos ásperas por mis muslos y trataba de meterlas por la boca de los pantalones …”  – mientras que en el segundo, casi un intento de violación,  es un juez el que se lanza sobre ella: “Estaba muy encarnado y respiraba jadeante, echándome a la cara su aliento desagradable. Cada vez le importaba menos el juego y más yo. Al fin, me cogió contra la pared y aplicando sus labios gordos a los míos me besó ávidamente, metiendo casi su boca entre mis dientes, al mismo tiempo que su lengua gorda y repugnante buscaba la mía hasta casi asfixiarme… y su cuerpo se aplastaba contra mi pecho, y una pierna se incrustaba entre las mías…” Unos hombres que mal llevan que las mujeres de principios del siglo XX empiecen a reivindicar su autonomía, las mismas oportunidades, ser al fin dueñas de sus proyectos de vida: “Ahora les ha dado a las mujeres por imitarnos…”. No falta en la novela incluso una mirada crítica sobre esos hombres que por ejemplo van de putas con total normalidad y con la complicidad silenciosa del resto: “Luego, ¿había mujeres que hacían eso por ganar dinero?¡Y los hombres venían a buscarlas como si fueran al café! ¡Dios, qué espanto! Y todos lo sabían… lo sabía mamá, papá, mis hermanos… todo el mundo, menos yo hasta aquel momento, y continuaban tan tranquilos, y reían felices… ¡No se morían de espanto y de horror!”.
Oculto sendero recrea a la perfección todos los mandatos de género que durante siglo han limitado los espacios y los tiempos de las mujeres, al tiempo que hacían de ellas seres educados para la virtud y para la entrega a los otros: “¡Ya está en la infancia femenina marcado el espíritu de sacrificio, la necesidad de consagrarse a la felicidad de la familia!”.  Una virtud que en el caso concreto de nuestro país estuvo marcado por el catolicismo, la única religión verdadera – claro que hay otras, pero como dice la madre de Mª Luisa, “todas son mentiras”- que enseñó a las mujeres el camino del sacrificio, la obediencia y el pudor. Una religión que santificó el orden heteronormativo a través del matrimonio, el único destino para la mujer decente: “El camino de la mujer es el matrimonio y todo lo que aprenda y estudie debe ser con miras al día de mañana, para hacer feliz al hombre que escoja por compañera, y ser una buena madre de familia”. Ese es el destino contra el que se rebela  la protagonista a la que Elena le hace decir: “¡Si yo no quiero ser una madre de familia! ¡Si no me quiero casar, ni estudiar piano, ni coser, ni hacer cuentas..! Solo quiero leer, leer todos los libros que hay en el mundo…” Un sueño que chocaba contra la jaula que la sociedad tenía construida para ella, porque “para cuidar del marido y criar hijos no hacen falta literaturas”.
Oculto sendero, editada primorosamente por la Editorial Renacimiento, es el grito de Mª Luisa, pero también de Elena, y el de tantas mujeres que ansiaron tener la misma libertad que los hombres: “¡Yo sí que les envidiaba! ¡Su libertad, sus trajes sencillos, estrictos, sin ninguna fantasía, su derecho de comportarse naturalmente, sin afectación…!”. Mujeres las que desde pequeñitas se las educaba para cuidar y encontrar marido, por lo que “quedarse para vestir santos” suponía el mayor fracaso que podían sufrir. Esa es la gran tensión que sufre la protagonista: “Y yo no tenía ningún deseo de tener casa, ni de coser todo el día, ni de llevarle el desayuno a la cama… Aquellos proyectos me sonaban a un servicio que yo estaba obligada a hacer… Jorge pintaría y yo… a coser, a limpiar la casa ayudando a la criada, a administrar el dinero… y por toda alegría, ver pintar a Jorge… ¡Así tenía que ser! ¡Así vivían todas las mujeres! El orden establecido por la sociedad era este y no otro…” Un orden que Rousseau elevó a la categoría moral de modelo y que los Códigos Civiles convirtieron en Derecho: “¡Aquella pobre Teresita del pueblo se decía que engañaba a su marido! ¡Qué atrocidad! Ella ha debido resignarse, cuidar de su casa y de sus hijos, …¿Qué él era mujeriego y holgazán? ¿Que había acabado con el último céntimo de ella…? Sí, todo eso era verdad, pero su obligación era morir en la brecha, defendiendo su hogar…” En fin, las heroicas Sofías soportando “las sinrazones del marido sin quejarse”.
Pero no solo es la lucha contra ese orden la que sufrimos con la protagonista de la novela, también es la salida del armario tras un largo proceso de empoderamiento que le lleva finalmente a afirmar “a mí no me gustan los hombres” y tiempo después  a tratar de ser consecuente con lo que le dicta su piel. Un proceso especialmente dramático en una sociedad para la que un homosexual era “un invertido, un cochino repugnante” y para la que las lesbianas no existían, eran invisibles, sumaban la puerta de su deseo a la que ya de por sí tenían cerrada por su condición de mujeres.
Oculto sendero nos muestra cómo también entre los años 20 y 30 del pasado siglo las mujeres empezaron a ocupar espacios en nuestro país que tiempo atrás les estaban vedados: “¡Ah, las muchas modernas! Las veía solas por la calle, con su cartera bajo el brazo, camino de la universidad, del instituto, de la escuela…¿Por qué había venido yo al mundo diez años antes de mi tiempo?” Mª Luisa/Elena luchando contra el tiempo que no tuvo y al fin logrando reconocer sus verdaderos latidos: “siento crecer algo que siempre he llevado en el corazón y en el cerebro, como un hijo… y que esta vez no se me puede morir”. La mujer que al fin se mira en el espejo y se reconoce en artistas y en otros seres libres: “El artista es tal vez el tercer sexo… Creo que entre los humanos son los artistas los que no deben reproducirse…el artista lleva en su cerebro y en su alma comprendidos los dos sexos, en un extraño hermafroditismo capaz de crear”. Los ecos andróginos de Coleridge y después de Virginia Woolf a través de la Fortún.
La biografía novelada de la creadora de Celia acaba siendo uno de los más hermosos relatos que yo recuerdo sobre lo que supone vivir en un mundo que no te reconoce – “los que son normales nos desprecian” – y en el que el crimen o pecado contra natura acaba siendo un cerrojo contra la naturaleza del sujeto que escapa a las reglas de la mayoría.  Un relato que ha sido más frecuente leer “en masculino” pero que no ha sido tan habitual que sea narrado, al menos en nuestro país, por mujeres.  De ahí el valor de este testamento literario de Elena Fortún, una mujer desdichada y excepcional, una de esas grandes desconocidas en un mundo que sigue dominado por el prestigio masculino. Una de esas muchas víctimas de unas estructuras de poder que le cortaron  las alas y que la obligaron a vivir en permanente lucha. Leer este libro no es solo por tanto homenajearlas sino también hacer un ejercicio de memoria para que nunca se nos olvide de dónde venimos y qué frágiles son las conquistas de la igualdad. Todo eso al margen de las muchas virtudes literarias de un texto que te hace sentir como propio el desgarro de una mujer que acaba afortunadamente reconociéndose y queriéndose a sí misma como primer paso hacia la auténtica libertad.
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35 meses

¡¡¡35 meses que cumples mi vida!!! Un mes más y ya tendrás 3 añitos. Madre mía tres años ya. Eres todo ya un señorito Ya no eres nuestro bebe, eres nuestro niño grande. 35 es un numero bonito. Era los años que yo tenía cuando tu naciste. Pero vamos al contar este maravilloso mes. Día […]

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